  Relación geográfica e
histórica de la provincia de Misiones
Diego de Alvear

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  Noticias biográficas del brigadier don Diego
de Alvear
El General de la Real Armada de Su Majestad Católica, don
Diego de Alvear y Ponce de León, nació en el año de 1749
en Montilla, ciudad célebre en Andalucía, por haber sido la cuna
del
Gran Capitán, Gonzalo de Córdoba.
Descendiente de una antigua, opulenta y noble familia de España, fue
educado en el Real Colegio de Guardias Marinas del departamento de
Cádiz, en donde no se admitía sino a jóvenes que
pertenecían a la nobleza. Concluidos sus estudios, en los cuales
descolló por su singular aplicación y adelantos, emprendió
la carrera marítima, y logró ser uno de los oficiales que, en
unión con el célebre don José Masarredo, se embarcaron en
la fragata mandada por el general don Juan de Lángara, con destino a
recorrer los mares de la India y de China. De regreso a España, siendo
ya teniente de navío, tomó parte en la expedición de don
Pedro de Ceballos, que salió de Cádiz en noviembre de 1776, para
apoderarse de la isla de Santa Catalina, donde enarbolaron la bandera
española el 20 de febrero de 1777.
Por el tratado de límites, celebrado el 11 de octubre de
aquel mismo año, las Cortes de Madrid y Lisboa convinieron en nombrar
comisarios para el deslinde de sus vastos dominios en América, y don
Diego de Alvear fue designado para el importante puesto de primer comisario y
jefe astrónomo de la segunda división.
Mientras se hacían los aprestos de esta importante
expedición, y se aguardaban los demás comisarios que
debían llegar de la Península, que lo eran el brigadier don
José Varela y Ulloa y don Félix de Azara, el
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virrey
don Juan José de Vertiz ordenó a don Diego de Alvear que
permaneciese con su buque en el Río Janeiro, para estar a la mira de las
noticias que circulaban sobre una escuadra que, según aviso del
Ministerio, debía salir de los puertos de Inglaterra para obrar en el
Río de la Plata. Desvanecidos estos temores, y hechos todos los
preparativos de la expedición, las dos divisiones salieron juntas de
esta ciudad el 25 de diciembre de 1783, la primera al mando de Varela, y de
Alvear la segunda, dirigiéndose al Chuy, punto fronterizo de ambos
dominios y de reunión para los comisarios españoles y
portugueses.
Desde este paraje empezaron los trabajos de demarcación, que
se extendieron hasta los puntos culminantes de la costa del Océano,
reconociendo los terrenos, ríos y arroyos comprendidos entre el
Atlántico y la margen oriental de la gran laguna Merin. Estas
operaciones geodésicas, que sirvieron de base a la construcción
de un mapa, fueron llevadas hasta el Río Grande de San Pedro, donde se
embarcaron los comisarios en la Laguna de los Patos para descender a la de
Merin, reconociendo y determinando con una prolija investigación el
curso de sus infinitos tributarios; a saber, el Cebollati, el San Luis, el
Alférez, Aleygua, los Olimares, Justiyan, Piraraja, Víboras,
Otaso, Yerbal, Parado, etc.; y más al septentrión, el
Tacuarí, Yaguarón, Juncal, Arrepentidos, el Grande o de San
Lorenzo, Chasquero, Palmasola, el Piratiní y Santa María con los
demás arroyos que desaguan en estos dos últimos; prosiguiendo los
reconocimientos por el oeste hasta la margen oriental del río Uruguay, y
por el norte hasta Santa Tecla.
En este fuerte, cumpliendo con las instrucciones de la Corte, se
separó la segunda división española al mando de Alvear, y
atravesó el río Caciquey con los demás brazos del
Ibicuí, para llegar a los pueblos de Misiones de la Banda Oriental del
Uruguay, donde, en unión con la segunda división portuguesa,
pasó al otro lado de este río, con dirección a las
doctrinas orientales del Paraná, estableciendo sus campamentos en
Candelaria, capital de los treinta pueblos de Misiones.
El reconocimiento del Paraná hasta el Gran Salto, y el del
río Iguazú hasta la barra del San Antonio, fueron los primeros
objetos de
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sus indagaciones; las que debían ligar estas
operaciones con las que practicaría el comisario don José Varela
encargado de reconocer, hasta sus primeras vertientes, el curso del
Pepirí-guazú y el del río San Antonio, puntos directores
de la línea, según el artículo VIII del referido tratado.
Pero los Señores Virreyes dispusieron que este reconocimiento lo
practicara don Diego de Alvear, obligándole a volver a cruzar el
Uruguay, y a subir, aguas arriba, hasta la boca del Pepirí-guazú,
para explorarlo en canoas hasta donde pudiese navegarlo, y donde no, a pie por
su costa.
Esta operación, ejecutada en inmensos desiertos, y en los
bosques impenetrables de un país desconocido, ocasionó mucha
pérdida de gente; así por la ferocidad de los indios salvajes que
habitaban aquellas tupidas montañas, como por la rapidez de las
corrientes en los trechos navegables, teniendo además que luchar contra
el hambre y las escaseces que les hostigaron en todo el curso de estos
laboriosos reconocimientos.
En 1788, estando los comisarios de ambas naciones en el campamento
general, situado en las márgenes del río Iguazú, o Grande
de
Curilibá, fueron encargados el coronel
de ingenieros don José María de Cabrer, segundo jefe y
geógrafo de la segunda división, y el coronel de
artillería don Joaquín Feliz de Fonseca -el primero por don Diego
de Alvear, y el segundo por el comisario portugués- del reconocimiento
de la catarata del Paraná, una de las obras más portentosas de la
naturaleza en este hemisferio; y tuvieron la satisfacción estos
señores de estar a las diez de la mañana, del día 7 de
agosto del dicho año, sobre la cresta de este gran salto, situado en los
24º 4' 58'' de latitud austral, observada en el mismo lugar. De vuelta al
campamento, fueron recibidos con los mayores aplausos, por haber sido los
primeros, y hasta ahora los únicos, que lograron penetrar hasta aquel
punto, cuya empresa se tenía por imposible.
El general Alvear no desistió de sus trabajos hasta fines
del año 1801, en cuya época vino a esta ciudad, donde se
embarcó en 1804, de Mayor General, en una de las cuatro fragatas de
guerra al mando del general Bustamante. Atacados el día 4 de octubre del
mismo año, por una escuadra inglesa, sobre el Cabo de Santa
María, sin declaración
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previa de guerra, tuvo lugar
el funesto suceso de volar durante el combate la fragata
Mercedes, en la cual pereció, con ocho
hijos, doña Josefa Balbastro, natural de Buenos Aires, y esposa de don
Diego de Alvear, de cuyo desastre sólo escapó uno, niño
entonces, y que ha sido después el General argentino que tomó a
Montevideo y triunfó en Ituzaingo.
Esta desgracia fue sobrellevada por don Diego de Alvear con
inimitable constancia, y tan viva fue la sensación que produjo en
Inglaterra que, interesadas a su favor las primeras notabilidades del reino,
determinó a Su Majestad Jorge III, y a su primer ministro Pitt, a
dispensarle la gracia, sin ejemplo hasta entonces, de devolverle sus
considerables caudales apresados a bordo de las fragatas, con la singularidad
de abonársele también, por cuenta del erario, los que se
hundieron en la mar con la fragata
Mercedes, sin exigir más formalidad que
la simple declaración de su importe por parte del interesado. Para que
nada se echase menos en la generosa comportación de aquel monarca, se
dejó al general Alvear en plena libertad de pasar con su hijo a
España, donde fue recibido con las demostraciones de aprecio debidas a
sus distinguidos talentos, largos servicios y singulares infortunios. Colocado
en el importante destino de Comandante General de las Brigadas de
Artillería de Marina del departamento de Cádiz, fue condecorado
poco después con la Gran Cruz de la distinguida Orden de San
Hermenegildo.
Se hallaba de Gobernador en la Isla de León, cuando los
ejércitos franceses fueron a estrellarse contra ese baluarte
inexpugnable de la nación española. La actividad, la inteligencia
y el valor que desplegó en un sitio que ha quedado memorable en los
fastos militares de Europa, le hicieron expectable en aquella terrible lucha,
en que fueron tantos los héroes y tan heroicas las hazañas.
Comprendido en el número de los campeones de la independencia nacional,
terminó su honrosa carrera en Madrid el 15 de enero de 1839, dejando
cuatro hijos de su segundo matrimonio, contraído con una señorita
inglesa en su viaje a Inglaterra.
Este benemérito oficial, cuyos servicios acabamos de
bosquejar en tan pocos renglones, ha dejado varias obras que acreditan sus
muchos trabajos en estas provincias, y cuya preciosa colección se
compone de dos
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tomos de la historia de la demarcación, con
los derroteros, descripciones, competencias y disputas sostenidas con los
comisarios portugueses, y un apéndice de los partes dados a la Corte y
de las resoluciones que motivaron; otro de observaciones astronómicas
practicadas en los mismos lugares; un tercero destinado a la historia natural
de estos países, en sus tres reinos, animal, vegetal y mineral; y el
último a la descripción histórica y geográfica de
las Misiones, que es la que publicamos, sin mencionar muchas otras memorias
sobre asuntos literarios y científicos.
Al recordar los méritos contraídos por el general don
Diego de Alvear en una misión importante, por la que tuvo que recorrer
inmensos desiertos, penetrar en sitios desconocidos, sobrellevar fatigas,
privaciones y peligros de todo género; tener que transitar a pie por
entre bosques, donde le era preciso abrirse la senda con la hacha; construir
canoas y balsas para la navegación de tantos y tan caudalosos
ríos, abandonándolas después por la imposibilidad de
llevarlas, y volviéndolas a construir para transitar otros; haciendo no
pocas veces a un lado los trabajos científicos para repeler con las
armas los asaltos de enjambres de salvajes que le disputaban el paso; al
reflexionar todo este complejo de circunstancias, no se puede menos de tributar
un homenaje de admiración al que reprodujo en nuestros días los
ejemplos de aquella varonil y extraordinaria constancia que tanto
distinguió a los españoles en el Nuevo Mundo en la época
de su primer descubrimiento.
Buenos Aires, 20 de agosto de 1836.
Pedro de Angelis.
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  Relación geográfica e
histórica
  Capítulo I
  Geografía del país
La provincia del Paraguay se extendía en tiempos
antiguos al gran territorio que corta oriente el célebre río que
le da el nombre, con su dilatado curso, desde su nacimiento en el paralelo de
los 13º de latitud meridional, hasta la boca del Río de la Plata,
en el del 35. Abrazaba también a occidente y sur muchas de las
provincias interiores confinantes al Perú: el gran Chaco,
Tucumán, Buenos Aires con toda la costa patagónica hacían
parte de su distrito; y toda esta amplia comarca era gobernada por una sola
cabeza en lo civil, y otra en lo espiritual.
El tiempo que muda los imperios, y nuestros católicos
monarcas para dar a su gobierno mayor impulso y actividad, ciñeron en lo
sucesivo tan vasta amplitud a menor recinto. Nuño de Chaves fue el
primero que desmembró al poniente considerable porción de tierra
fundando a Santa Cruz de la Sierra, que logró hacer independiente hacia
los años de 1560. En 1620 se separó toda la gobernación
del Río de la Plata, que da principio en la ciudad de Corrientes sobre
la confluencia de los ríos Paraná y el Paraguay, y se
extendía por toda su ribera septentrional hasta la isla de la Cananea en
la costa del Brasil. La majestad de Felipe III, por sus cédulas de 1625
y 26, agregó a ésta todas las misiones que doctrinaban los
jesuitas en el mismo Paraná y Paraguay; las que padecieron
posteriormente varias alteraciones, quedando al fin divididas según los
obispados e intendencias, con arreglo a la nueva ordenanza de 1783, por la cual
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los pueblos del Paraná pertenecen al Paraguay, y los del
Uruguay a Buenos Aires.
Los portugueses del Brasil, y particularmente los vecinos de la
ciudad de San Pablo, con sus escandalosas usurpaciones, que en obsequio de la
paz y buena armonía otorgó después en varios tratados la
generosa piedad de nuestros reyes, defraudaron también al
septentrión de dicha provincia del Paraguay las ricas y grandes
capitanías de Cuyabá y Matogroso, y al oriente la
celebérrima provincia de Guayra, y todas las tierras
Mbiazá, conocidas por los
Campos de Vera, estrechando por
último sus límites hasta la línea divisoria que se ha de
formar, de suerte que está hoy día reducida la
jurisdicción del Paraguay a los Llanos de Manso, entre los ríos
Bermejo y Pilcomayo, que le entran de occidente; el gran Chaco, entre
éste y el Paraguay, y a los terrenos que encierra éste con el
Paraná por el levante, terminando sus confines, por la parte del
aquilón, la serranía de Maracayú, y por la del austro, los
esteros o bañados de Ñembucú, poco antes de la citada
confluencia de los dos grandes ríos, que es lo que con propiedad se
llama
Provincia del Paraguay.
No debiéndonos embarazar con lo perteneciente a los
otros oficiales compañeros, encargados de los demás partidos de
demarcación, que se da la mano con la nuestra, limitaremos nuestro
resumen a los 30 pueblos de Misiones que se hallan sobre los ríos
Paraná y Uruguay, y terrenos de su pertenencia, a que está
ceñido nuestro destino; y como hayamos dado anteriormente su
descripción corográfica, expresaremos los límites de
dichas Misiones con todas las demás noticias que digan con ellas
relación y que basten a llenar la idea que nos hemos propuesto.
En el orden que se nombraron cuando descubrimos el
Paraná y Uruguay, se hallan colocados los pueblos sobre las
márgenes de estos dos ríos, entre los paralelos de 26º y
29º de latitud austral, y entre los meridianos de 321º y 323º de
longitud, contados desde la punta occidental de la Isla de Fierro. La tabla que
se agrega a esta relación manifiesta con individualidad las situaciones
de todos ellos, y su respectiva división en obispados y departamentos,
con las distancias recíprocas de unos a otros en leguas antiguas de
5.000 varas castellanas, como las gradúan en el país, y con
atención a la desigualdad de los caminos. Las dos primeras columnas
incluyen sus longitudes y latitudes, conforme a nuestras observaciones,
practicadas en varios de los pueblos; y la latitud de los otros es observada
por don Félix de Azara en su viaje a esta provincia el año de
1784, el cual levantó una carta reducida
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de toda ella, con
mucha prolijidad y exactitud. Puede cotejarse el plano formado con arreglo a
dichos elementos con el de la antigua demarcación, hecho por el
brigadier don José Custodio, que lo hemos hallado bastante regular, y
con los trabajos de nuestras partidas.
El padre Buenaventura Suárez, célebre
astrónomo de la Compañía de Jesús, que
floreció hacia los principios del siglo XVIII, observó más
de trece años en el pueblo de los santos mártires San Cosme y San
Damián, cuando se hallaba situado una legua al este de la Candelaria; y
después de haber comunicado a sus amigos sus observaciones y lunarios
anuales por el espacio de treinta y tres años, compuso otro más
dilatado, que comprende desde 1740 a 1841 inclusive, dando al fin de él
reglas fáciles para poderlo continuar por más largo tiempo; cuyo
lunario, y una tabla que trae inserta de latitudes y diferencia de longitudes
entre el meridiano de dicho pueblo de San Cosme y algunos lugares de Europa y
de América, se imprimieron en Lisboa el año de 1748.
Para la práctica de todas estas observaciones
construyó el mismo padre por sus propias manos, como dice en la
introducción del mismo lunario, los instrumentos astronómicos,
que en aquel tiempo no venían de Europa a estos países tan
remotos. También hizo un reloj de péndola con sus índices
de minutos primeros y segundos, cuadrante para arreglarlo al tiempo verdadero,
observar las alturas meridianas y verticales de los astros y reducir la altura
de polo, cuyo limbo dividió en grados, de minuto en minuto; y finalmente
se fabricó varios y excelentes anteojos de sólo dos vidrios
convexos o lentes, y de diversas graduaciones, desde 8 hasta 23 pies. De
éstos los más cortos empleaba en los eclipses de sol y luna, y
los de mayor fuerza en las inmersiones y emersiones de los satélites de
Júpiter, de que logró hasta 147 observaciones muy exactas en el
citado pueblo, sin otras muchas no de tanta importancia. Conservó
familiar y honrosa correspondencia con los astrónomos de varias cortes y
pueblos principales que le comunicaban sus observaciones y recibían las
suyas con toda aceptación: con
mister de Lisle en Petersburgo; con
el padre Nicasio Grammatici de la misma Compañía, que
observó en el Colegio Imperial de Madrid y en Amberga del Palatinado; en
Pekín con el padre Ignacio Koegler; y por último, con el doctor
don Pedro de Peralta en Lima.
Por tal correspondencia de observaciones determinó el
padre Suárez la verdadera latitud de San Cosme, de 27º 26', y la
longitud de 321º 45', contados desde la isla del Fierro en Canarias.
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  Capítulo II
  Naciones que habitan estos países
Cuando la conquista o descubrimiento de estas provincias,
poblaba las márgenes del Paraguay y Uruguay un número
considerable de naciones: los Pampas, los Minuanes, los Chechehets, los
Guanoas, los Chiloasas, los Yaros, los Caracarás y otras, ocupaban las
dos riberas del Río de la Plata; los Boanes, los Timbús y los
Charrúas llenaban las del Río Negro y Carcarañá;
hacia la altura de Santa Fe, los Lules, los Tonocotes, los Abipones, los
Mocobíes, los Diaguitas, los Humaguacas y Comechingones. En la provincia
del Paraguay dominaba la numerosísima nación de los
Guaranís y Carios, dividida en varias ramas, los Tapes, la nación
de los Guayanás, los Guaycurús, los Payaguás, los
Ibirayarás; en el Guayra y Paranapané existían los
Tayaobas, los Cabelludos, los Camperos; y finalmente, hacia las cabeceras del
Uruguay, los Tupís y Caribes.
El largo catálogo de todas ellas que refieren los
autores, nos llevaría muy lejos sin utilidad. Su carácter
distintivo, o era quimérico, o consistía por lo regular en puros
accidentes, como cierta diferencia en el lenguaje, los más provinciales,
y alguna diversidad en los modales o costumbres. Su denominación vaga
venía comúnmente, o de aquél de sus primeros o más
famosos caciques que los había mandado, o del paraje en que
vivían, variando con frecuencia según estas circunstancias, y
ésta es la verdadera causa de su rara multiplicación. Su origen,
aún más incierto y desconocido, ha dado lugar a multitud de
ridículas fábulas, ficciones poéticas y otras conjeturas
de escritores más ingeniosos que verídicos. Muchas de estas
naciones vinieron con el tiempo a extinguirse, o destruidas por los Mamelucos
del Brasil, o confundiendo su denominación, reunidas a otras de que
aún hay vestigios; y no pocas se retiraron perseguidas a lo interior del
Chaco, y a otras regiones más remotas, donde en los errores del
gentilismo conservan su primitiva libertad.
La dócil y numerosa nación de los Guaranís
o Tapes, que recibió la luz de la Fe y el suave yugo de nuestros
católicos monarcas, reunidas en estas misiones por la apostólica
predicación de los jesuitas; sus hermanos o vecinos los Tupís o
Caribes, sangrientos e implacables enemigos; los pacíficos Minuanes y
los belicosos Charrúas, por decir más a nuestro intento,
llamarán vuestra particular atención;
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y por lo que de
ellas se diga se puede venir en conocimiento de lo que serán las otras,
con las que tienen mucha conexión.
  Origen de los Guaranís
La más antigua, y tal vez la más probable
tradición que corría entre los indios Guaranís sobre su
descendencia o linaje, refería que allá en los primitivos
tiempos, cuando planta de la humana especie no había hollado las
Américas, y eran sólo habitadas de tigres, leones y otras fieras,
aportaron en una embarcación a Cabo Frío dos hermanos con sus
familias, de la otra parte del mar Océano; internáronse por toda
la costa del Brasil, que encontraron desierta; y persuadidos de ser ellos los
únicos y primeros habitantes, trataron de poblar y cultivar la tierra,
estableciéndose con la posible comodidad.
En estrecha unión y buena sociedad vivieron largo
tiempo, subsistiendo cada uno del trabajo de sus manos y sudor de su rostro;
hasta que, prodigiosamente multiplicados con las benignas influencias del
clima, y no cabiendo ya en el corto recinto de aquel establecimiento, tuvo en
ellos entrada la discordia, y ésta abrió camino a la
división. Resentidos los hermanos
Tupí y
Guaraní de la disputa suscitada
entre sus mujeres sobre la pertenencia de cierto papagayo muy hablador y
vocinglero, cual tal vez en otro tiempo Abraham y Lot, para evitar las
continuas disensiones de sus criados, ajustaron la separación de sus
grandes y dilatadas familias. Tupí, que era el mayor, quedó en
las tierras que ocupaba, y Guaraní con toda su parentela se
transfirió hacia el Río de la Plata; y fundando cada cual su
residencia en el paraje de su elección, se fijaron y extendieron por
todo el resto del país, viniendo a ser de este modo los patriarcas de
las dos considerables naciones que hasta el día conservan su nombre, y
quizá los primeros pobladores de América.
Los Minuanes y Charrúas tienen enteramente desconocido
su origen, como asimismo las demás naciones o parcialidades, las que
probablemente son todas ramas de aquel grueso tronco de Guaraní, quien,
como otro Jacob, parece se llevó, sin comprarla, la herencia de su
primogénito, logrando con indecible prosperidad multiplicarse y llenar
de sus hijos los espaciosos ámbitos de estas vastas provincias, y
consiguiendo finalmente este pueblo escogido, ha más de siglo
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y medio, la suerte feliz de su primera vocación al gremio de
nuestra santa Iglesia; cuando los miserables Tupís yacen aún en
las densas tinieblas del paganismo, como diremos después.
Sea lo que fuere de aquella tradición, aumentado el
Guaraní como las arenas del mar y las estrellas del cielo, inundó
a manera de un caudaloso torrente las anchurosas regiones del Perú,
Chile y Quito, reconociéndose todavía, aun en los senos
más ocultos de América, ya en el idioma o costumbres, ya en las
facciones o genio, sobrados caracteres de tan antigua estirpe; sin otra
diferencia que aquella natural modificación que trae consigo la diversa
variedad de climas y temperamentos.
El color trigueño o de cobre de los Guaranís, su
pelo lacio, su barba lampiña, pecho, brazos y piernas de regular
disposición, su cara y cabeza grandes y chatas, la nariz abierta, los
ojos rasgados y muertos, su aire todo agreste e incivil, y en general toda su
fisonomía y contextura anuncian y predican esta conformidad, de que
vamos hablando, con los demás individuos naturales de América.
Hasta las pasiones tan apagadas del alma, la poquedad de su espíritu, la
tibieza y facilidad de su amor, la frialdad de su ira, su poco rubor, la
ninguna emulación por la gloria, y por último la cortedad de sus
luces y materialismo de su entendimiento, que nada comprende y todo lo imita,
todo indica la misma relación, la misma analogía. De suerte que
podemos creer, no sin fundamento, que en este nuevo mundo, o no hay otra raza
de hombres que la de Guaraní, o son todos a lo menos de una sola y
única estirpe.
Monsieur de Buffon, y otros no
menos célebres naturalistas, sentado este principio de la uniformidad de
los americanos, pasan a dar la razón, y la encuentran en la temperatura
casi igual de este continente, muy distinto en esto del antiguo, en el
semejante modo de vivir de sus habitantes, en la conformidad de sus alimentos,
en su crianza campestre y brutal, etc. Lo cierto es que no se puede poner en
duda el poderoso influjo que tiene el clima sobre el carácter de las
pasiones, de los gustos y de las costumbres. Los más antiguos
médicos observaron esta influencia, y hasta las mismas leyes y clase de
gobierno de cada pueblo penden en gran parte de aquella circunstancia, y tienen
necesaria relación con el temperamento del país.
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  Su gobierno y caciques
Así el gobierno de los Guaranís como el de otras
naciones que ocupaban estas provincias, era de los más naturales y
sencillos. Reunido un corto número de familias, que rara vez pasaban de
100, y llamada parcialidad, se hacía elección de un indio de
mayores luces, valor y experiencia, y, condecorado con el título o
dignidad de
cacique, se le entregaban, de común
acuerdo, las riendas del mando, y desde aquel instante le obedecían
todos con respeto, y seguían sus disposiciones sin consulta. La voluntad
del cacique era la suprema ley que gobernaba, y no había otro medio de
eludirla que separarse de la parcialidad, pasándose a otra de su gusto,
cuyo derecho parece quedaba reservado a los particulares; y no era a la verdad
mal arbitrio de evitar las injusticias o violencias. Su autoridad era general y
absoluta, abrazaba todos los ramos del gobierno, la policía, la justicia
y la guerra, y promulgaba las leyes sobre cada una de estas causas que le
dictaba la razón o le sugerían las pasiones. Era un verdadero
soberano que trataba familiarmente con sus vasallos, se portaba lo mismo,
vivía y dormía rodeado de ellos. Desnudo de la ambición de
los Incas y de la pompa de los Montezumas, se empleaba sólo en la
conservación de su pueblo, sin exigir otra regalía que el cultivo
de su chacra, la guarda de su ganado y alguna preferencia en la caza o pesca,
sin más distinciones, siendo el feudo principal de su soberanía
la ciega y pronta obediencia.
Establecido el cacicazgo en una familia, se hacía
hereditario de padres a hijos por la ley de los primogénitos; y en
virtud de esta ejecutoria, gozaba la parentela de las exenciones y fueros de
nobleza, que entre ellos se reducían, como acabamos de decir, a cierta
distinción o alivio en los trabajos y labranzas. Muchas veces no
correspondía el desempeño del cacique a la confianza que de
él se había hecho, y disminuía consiguientemente su
séquito y poder con la frecuente deserción de sus aliados. Otros
por el contrario, granjeándose la estimación de su parcialidad
con moderada y sabia conducta, crecía su fama entre los otros, y
aumentaba el número de sus vasallos. Algunos indios más sagaces y
astutos supieron a veces conciliar la autoridad del mando y la dignidad del
cacique, ya con su natural o artificiosa elocuencia en el idioma, ya con sus
magias, prestigios y hechicerías, o ya finalmente con la seguridad de
sus proezas militares y sutileza de sus ardides en la guerra.
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Como los derechos, natural y de gentes, tengan su principio en
la razón, tenían lugar aun entre los bárbaros. Las
parcialidades se confederaban entre sí, y celebraban convenciones y
tratados para su nueva defensa y garantía en los calamitosos tiempos de
la guerra, que entre ellos era frecuente y cruel. Los aliados se reunían
entonces en cuerpo de ejército, poniendo a la cabeza aquel cacique
más esforzado, y cuyo talento militar estaba conocido. La superioridad
de este cacique, y aun la de su tribu, era reconocida y respetada hasta en
tiempo de paz; y sus disposiciones se anunciaban por cierto número de
fuegos o humos, concertando de antemano una especie de plan de señales,
de que se valían para avisarse de las alarmas u otra novedad
intempestiva de la campaña.
No sabían los Guaranís, ni las otras naciones,
vivir en paz; su más continuo y agradable ejercicio era la guerra, que
tomaban por vía de entretenimiento y diversión, y aun
consideraban como profesión esencial a la constitución del hombre
-más extraño y cruel en esta parte consigo mismo que las fieras
del bosque, que unidas y ligadas entre sí cuidan siempre de la
conservación de su especie. El corto botín que se
prometían en los despojos del enemigo, los prisioneros esclavos, la
honra y lustre de su valor, eran las únicas causas que decidían
el rompimiento, cuya última determinación se acordaba
regularmente en un célebre congreso de los principales de la
parcialidad, que se juntaba en alguna de sus tolderías, y autorizaban
las chichas, las alojas y otros brebajes del mismo tenor.
Resuelta la guerra tumultuosamente con el ardor de la
embriaguez, antes de disolver tan noble asamblea se procedía al
nombramiento del jefe que dirigiera con acierto la facción, asegurando
una exacta, feliz y completa victoria que eternizase las glorias de la
nación. Para esto cada uno tejía prolija narración de sus
hazañas y hechos militares, y como, amantes de su propia excelencia,
aspirasen todos al honor del mando, no habiendo juez que pudiese discernir el
verdadero mérito, solía ser éste un acto muy
reñido, y paraba muchas veces en trágica y lastimosa escena. Mas,
si reunido el número de votos se verificaba el nombramiento, todos se
callaban, y obedecían, sin nueva disputa, las órdenes de su
caudillo electo de las armas.
Las únicas de que usaban eran las comunes en toda la
América: arcos, flechas, lanzas, macanas, el
tambetá o quijada de palometa, que
es muy fuerte y cortante, y aun de las bolas o
libes, que manejaban con singular ligereza.
Reducida la guerra a esta especie
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de arma blanca, venía a
ser necesariamente muy sangrienta; y como en sus combates se presentaban cuerpo
a cuerpo, mezclándose los unos y los otros con extraña
confusión y vocería, sin guardar orden ni disciplina, y la
cortedad de sus luces no alcanzaba a valerse de ardides y estratagemas, era
notable el destrozo de las dos partes, quedando las más veces indecisa
la victoria, si la superioridad del número o un golpe raro de fortuna no
la declaraba, en cuyo caso se llevaba el exterminio hasta los últimos
extremos del rigor.
Desnudo el vencedor de todo afecto humano de hospitalidad, no
daba cuartel a los prisioneros. A todos se cortaba comúnmente la cabeza,
que erigían sobre las puntas de las lanzas o picas, reservándose
sólo unos pocos de los más distinguidos para sacarlos
después como los antiguos romanos en un glorioso triunfo al sacrificio.
Éste era uno de los festines de mayor alegría para estas naciones
antropófagas, uno de los banquetes más espléndidos para
estos indios caribes, y una compasiva y vergonzosa escena, de las más
denigrativas para todo el género humano.
Vivía esta pobre gente en lastimoso capricho de que la
carne del hombre era una de las más deliciosas viandas al paladar, que
daba nuevas fuerzas al cuerpo e infundía vigorosos alientos al
espíritu. Seducidos de tan diabólica sugestión,
conservaban un cierto número de prisioneros más jóvenes y
adecuados para esta gentil idea; tratábanlos por algunos días con
toda blandura y delicadeza, les franqueaban sus más gustosos manjares y
frutos, les destinaban cazadores que les surtiesen de aves y toda laya de caza,
les permitían toda diversión y placer, ocultándoles
siempre su destino, y hasta les dedicaban, para su mayor comodidad y servicio,
hermosas doncellas que les procurasen agradar con todo género de
liviandad y regalo.
Cebados, pues, estos infelices por el estilo de los cerdos de
San Andrés, engordaban con el buen tratamiento de aquella vida regalona
y poco usada entre ellos, y venían finalmente a tener el mismo paradero.
En una junta de toda la nación, y en día determinado, se
presentaban aquellas víctimas destinadas al sacrificio, y entre
bélicos instrumentos, tambores, pitos y cornetas, con algazara, gritos y
alborotos, se les quitaba la vida inhumanamente, y divididos los cuerpos en
trozos muy pequeños para que pudiesen todos participar, los guisaban o
cocinaban en porción de agua, y se los repartían
económicamente como pan bendito, dando hasta a los niños de
pechos que no sabían mascar algunos sorbos de aquel caldo, persuadidos a
que les producían los mismos efectos de valor y brío que a los
grandes.
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¡Tan crasa es la ignorancia del hombre gobernado
por sí mismo y entregado a sus propias pasiones! Por el número de
estos convites se contaba el de las victorias, y cada cual urdía la
relación de sus méritos y servicios por las festividades de esta
especie en que se había hallado. Si alguno conservaba su primitivo
nombre de nacimiento, lo solía mudar en esta ocasión, tomando
otro de famosos o de héroes, y todos anhelaban o clamaban por hacerse de
algún diente o hueso de las víctimas, que guardaban
supersticiosamente con sagrada religión, creyendo invulnerables, cual
otro Aquiles, a sus enemigos.
  Su vida y costumbres
El modo de vivir de los Guaranís y sus costumbres
gentílicas no eran menos irracionales que sus guerras y celebridad de
sus victorias. Andaban comúnmente errantes de un pago a otro, por las
orillas de los ríos y arroyos, por las sierras y montes, mudando sus
tolderías (que no eran otra cosa que unos pequeños ranchos
movibles o chozas, compuestas de ramas de árboles enteras, de paja o
juncos, o tal vez de pieles de animales) luego que escaseaba en aquel paraje la
pesca, caza, frutas y miel silvestre, que era todo su alimento.
Su vestido ordinario era el que les dio la naturaleza, o se
cubrían cuando más con un cuero en forma de manta, llamado
toropí, que pendía de los
hombros a las rodillas. Otros por toda decencia usaban de un tejido claro de
hojas de palma, particularmente las mujeres, que eran algún tanto
recatadas. En sus mayores solemnidades, en tiempo de guerra, era muy
común ceñir la cintura y coronar la cabeza de vistosas plumas de
avestruces y garzas, y embijarse los cuerpos y rostros con variedad de
horribles pinturas, imitando ya la fealdad de las culebras y serpientes, ya lo
espantable de las fieras y monstruos, con que creían hacerse
temibles.
Los Payaguás, nación de linda talla y color
claro, que habitan en los contornos de la Asumpción del Paraguay, son
aún en el día de hoy muy ingeniosos en estas invenciones: se
dejan ver aun por las calles y plazas de la ciudad con sus cuerpos pintados,
remedando con tal primor el traje de los españoles, chupas, calzones,
medias, zapatos, etc., que parece van vestidos. Los collares de conchuela
menuda, de huesos o dientes de pescado, las gargantillas de piedrecitas
redondas y brillantes de cristales de roca de varios colores, las sartas de
cuentas o semillas duras de las plantas, y otros
-13-
adornos de este
tenor, eran muy estimables entre los Guaranís y entre las demás
naciones, muy semejantes en todo, como se ha dicho. En todas ellas era
permitida la poligamia, y cada uno, especialmente los magnates, tenían
las mujeres que podían mantener; aunque no dejaba de ser cucaña
el tener muchas para aumentar el número de los criados, siendo ellas las
únicas que se ocupaban en los trabajos de la labranza y ejercicios
domésticos, y el hombre se reservaba para la guerra y caza. Cualquier
leve motivo de desavenencia bastaba para mudar de bisiesto, y a veces por un
mero capricho, o de puro antojo, los maridos dejaban a sus mujeres, o
éstas tomaban otros maridos. Los padres, sin apego a la sangre propia,
en vez de dotar las hijas, las entregaban a sus pretendientes por una vil
granjería de mandioca o maíz; mas parece que guardaban antes a
que diesen visibles indicios de haber entrado ya en la pubertad. También
las solían exponer a crueles pruebas, ya de largos ayunos o
considerables abstinencias, ya de excesivos trabajos y otras austeridades, para
calificar de ahí su naturaleza, y la esperanza que de ellas se
podían prometer (Montoya,
Conquista Espiritual, capítulo
1.º).
La crianza de los hijos era correspondiente a los objetos a que
se dedicaban. El manejo de las armas y el ejercicio de la caza y pesca eran
todo el entretenimiento de los varones desde su más tierna edad. Sobre
el arco se apoyaban para dar sus primeros pasos, y desde entonces
corrían los riesgos de sus flechas la osada fiera que se acercaba, o la
incauta avecilla que volaba por las inmediaciones. Destinadas las niñas
al servil ministerio de las tolderías, al continuo afán de sus
transmigraciones, soltaban el pecho de la madre para oprimir los delicados
hombros con las haces de leña para los hogares, y para transportar las
esteras o cueros de las barracas. ¡No es creíble cuánto se
fortalecían unos y otros con la austeridad de esta vida, las dilatadas
marchas que ejecutaban, la velocidad de la carrera que adquirían y los
enormes pesos que cargaban desde sus primeros años! Con razón
dudan los naturalistas de las fuerzas del hombre físico.
La excelente constitución que adquirían los
jóvenes con tan sana crianza se alteraba muy luego en los vicios de la
vida adulta, que en estas regiones se anticipa de cuatro a seis años en
lo regalar. Aún no entraban en ella, cuando se entregaban a la
embriaguez, a la incontinencia, que eran sus pasiones más reinantes y
destructivas, y que sólo dejaban con la muerte. Ésta era
también, entre otras, la principal causa de su poca fecundidad y de su
corta vida, que no solía pasar de los 50 años, ni se veía
mujer que tuviese arriba de dos o tres hijos.
-14-
  Su religión y hechiceros
Todo lo que se puede decir sobre la religión de estas
naciones es lo que refieren los comentarios de Alvar Núñez, el
más célebre conquistador de estas provincias: que los soldados de
su escolta quemaron algunos de sus ídolos monstruosos, con alguna
admiración de los indios al ver la paciencia de sus dioses que se
dejaban convertir en cenizas sin vengar de modo alguno tamaño desacato.
Rui Díaz de Guzmán, autor de la Argentina, habla de una
población cerca del lago de Xarayes, de donde trae su origen el
río Paraguay, cuyos moradores adoraban un horrendo culebrón de
espantosa grandeza, y procuraban aplacar su ira con el sacrificio de los
prisioneros, por lo cual mantenían continua guerra con las naciones
comarcanas.
Lo que parece fuera de duda es que se hallaron algunos templos
de corta entidad, que eran visitados con frecuentes peregrinaciones, y los
simulacros se agradaban mucho, del mismo modo que los de toda la gentilidad,
del sacrificio cruento del linaje humano. Mas, por mayor fortuna, fue menor el
daño en estas regiones, en que no se halló vestigio de culto de
consideración, ni jamás tuvieron ídolos, lo que parece fue
debido, dice el padre Antonio Ruiz de Montoya, ya citado, a la
predicación del apóstol
Santo Tomás, que les anunció
el evangelio, como se dirá después. Los Guaranís
conocieron al verdadero Dios, y en cierto modo su unidad, como se colige del
nombre
Tupá con que lo invocaban, y
aún conservan hoy; que, según dicho padre, corresponde al vocablo
hebreo
Manhú, que quiere decir
¿qué es esto? La primera
sílaba,
tu, es admiración, y la segunda,
pa, interrogación, como quien
pregunta con espanto del Ser Supremo. En
Tupa reconocían un conservador
particular de la nación en tiempo del diluvio, de que daban noticia
llamándole
iporú, que significa
inundación muy grande. Conocían el tiempo de las sementeras por
el curso de las
cabrillas, y contaban los años por
los inviernos, que llamaban
roy; pero sus números no pasaban de
cuatro, y a lo sumo llegaban a diez, con mucha confusión. Los
Calchaquís respetaban al trueno y al rayo como a un poderoso numen, de
quien aguardaban el beneficio de las lluvias; y temían altamente su
enojo, que explicaba con tan roncos ecos y súbitas inflamaciones de la
atmósfera. Los Guaycurús, muy persuadidos de que los
espíritus malignos venían conjurados en las turbonadas a destruir
su nación, salían armados a recibirlas como a su mayor enemigo; y
no dejaban las armas de la mano hasta que se disipaba, quedando imbuidos en la
vana creencia de que a ello se debía la victoria.
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Los Mocobis consideraban en las Pléyadas a su padre y
hacedor, que llamaban
Gdoapidalgaty; y finalmente los eclipses
del sol y luna, y demás fenómenos de esta clase, se
atribuían a otro
Canis mayor o gran perro, que colocaban
también en las alturas, y se tragaba de una vez aquellos planetas,
haciendo todos grandes demostraciones de sentimiento o alegría en sus
ocultaciones o emersiones.
Otras naciones adoraban a los demás astros. Muchos no
tenían culto, eran verdaderos idiotas; y de la mayor parte de ellos era
sólo el oráculo de sus consultas y adivinaciones un mago o
hechicero, que a fuerza de embustes, encantos y prestigios, tal vez aunque
raro, ayudado realmente del demonio, había sabido granjearse la
estimación de su parcialidad; en tales términos, que se le
veneraba por autor del bien y del mal, como árbitro de la vida y de la
muerte, con supremo poder sobre el cielo y la tierra, y se le tributaban por
consiguiente los objetos debidos a tan ilusoria o loca aprensión.
Para radicar más y más estos magos su
veneración y respeto entre los indios, se hicieron también
dueños de la medicina o arte de curar los enfermos; y con una sola
varilla o hueso de ave o pescado, una piedra suelta o semilla de planta,
guardada de antemano en la boca para decir después que la sacaban
chupando de las heridas o parte afecta del dolor, con algunos gestos o visajes,
exclamaciones o ceremonias igualmente vanas que inútiles, hacían
creer a aquella pobre gente que conocían las enfermedades y las curaban
con mayor seguridad que si tuviesen conocimiento de todos los principios de
Galeno y aforismos de Hipócrates.
Supersticiosos en sus dolencias y curaciones, no lo eran menos
en sus muertes y entierros. Si el difunto era de los patricios o cacique,
émulos de la célebre Artemisa, no se contentaban con erigirle un
suntuoso mausoleo con varias pirámides de piedras sueltas, cercos de
estacas y otras defensas contra los animales y fieras del campo, sino que le
agregaban también algunas pieles o ropa para el abrigo de la
inclemencia, comestibles y brebajes para el reparo de su hambre y necesidad,
arcos y flechas para reemplazar aquellos bastimentos con caza, y, por
último, después de haber llorado mucho tiempo con inconsolables y
desentonados gritos y lamentos, refiriendo las plañideras sus
principales hechos y hazañas militares, se sacrificaban voluntariamente
a su obsequio y servicio algunas personas afectas, de sus parientes y amigos,
quitándose con gusto la vida, y haciéndose enterrar al lado en el
mismo panteón. Si el muerto no era de tanta calidad, disminuía
mucho el aparato de estos funerales: el sepulcro
-16-
era menos
precioso, y los sacrificios de los finados quedaban únicamente en
desgreñarse y pintarse el rostro, y algunas exclamaciones de dolor.
De los preservativos con que enterraban los muertos se deja
entender que conocieron, aunque confusamente, la inmortalidad del alma, cuyo
destino parece consideraban en las celestiales regiones; mas vivían
persuadidos de que permanecían en este mundo cierto tiempo
después de la muerte, comiendo y bebiendo de aquellos manjares y chichas
que les ponían por su regalo, usando de las armas, ya para la caza, ya
en la guerra contra sus enemigos, y jugar, por último,
divirtiéndose a manera de duendes, en apariciones y otros ejercicios que
habrían sido antes de su inclinación. Después de haber
pasado así algunos días invisibles entre los hombres, disfrutando
toda comodidad y diversión, dejaban este paraíso de deleites,
estos campos elíseos, y se trasladaban al cielo, donde gozaban de una
perfecta felicidad y bienaventuranza que no tenía fin, juzgando que en
esta dichosa suerte tenían el mismo lugar los buenos que los malos, para
quienes no disputaban pena alguna en las eternas moradas.
Éste era substancialmente el infeliz estado de aquella
gentilidad, y ésta la triste situación de estas provincias,
cuando nuestros célebres y antiguos conquistadores penetraron por ellas.
Pasemos a dar noticia de su descubrimiento, conquista y población.
  Capítulo III
  Descubrimiento, conquista y población de
la provincia de Misiones
Deseando la majestad de Felipe I, Archiduque de Austria,
adelantar los descubrimientos y conquista de la América, empezada por
los Reyes Católicos sus predecesores, convocó a su corte, a
principios del siglo XVI, los más célebres náuticos de
aquel tiempo: Juan Díaz de Solís, Vicente Yáñez
Pinzón, Juan de la Cosa y Américo Vespucio. De la consulta de
estos pilotos resultó la determinación de seguir el
descubrimiento por toda la costa del Brasil, hacia el sur;
-17-
y en
virtud de ella practicó el primero sus dos viajes en 1508 y 1515. Era
Solís natural de Lebrija; y el segundo de ellos, zarpando del puerto de
Lepe por el mes de octubre con dos carabelas, llegó a la boca del gran
Río de la Plata, llamado entonces Paraná-guazú, al que
llamó
Mar Dulce, por ser muy espacioso y grande.
Entró por él con una de las carabelas, y costeando las tierras al
septentrión, y advirtiendo venían muchos indios a la playa
traídos de la novedad, desembarcó con sobrada confianza,
acompañado solamente de algunos marineros desarmados, y todos perecieron
a manos de la pérfida nación de los Charrúas, que los
engañaron y atrajeron con fingidos ademanes de paz. Intimidados con este
mal suceso los de la carabela, retrocedieron en busca de la otra, y juntas
regresaron a España con esta noticia, cargando antes de palo de tinta en
el Cabo de San Agustín.
Quedó por entonces el río con el nombre de
Solís, de su primero y desgraciado
descubridor, hasta el año de 1526, en que disgustado Sebastián
Gaboto, oriundo de Venecia, del servicio de los ingleses, y pasado al de
España, se le destinó a las islas de la Especería, por el
Estrecho de Magallanes.
Salió a navegar de Sevilla a primero de abril, con
cuatro navíos, cuyo numeroso equipaje pasaba de 600 hombres, entre los
que iban muchos caballeros voluntarios de la primera nobleza; y faltando los
víveres sobre la altura de 31 grados, se vio en la necesidad de tomar
puerto en la isla de
Patos, donde fue recibido de los
Guaranís con la mayor franqueza y generosidad que podía esperarse
de una nación pagana.
Repuestos aquí algún tanto los bastimentos,
abandonó Gaboto su destino a las Molucas, o animado con la esperanza de
mayores progresos, o desalentado de su equipaje, que se había empezado a
explicar en algunas que as o murmuraciones; y torciendo la derrota,
entró por el río de Solís. Como a las 30 leguas
ancló con su armada cerca de una pequeña isla, que
denominó de
San Gabriel, sobre la ribera del norte,
donde, como dijimos en su lugar, se fundó después la Colonia del
Sacramento. Subió de aquí con dos de sus bajeles como otras 30
leguas, hasta la confluencia del Paraná y Uruguay; y buscando en
éste puerto más seguro, lo halló luego a su entrada en el
pequeño arroyo de San Salvador, donde hizo construir una fortaleza en
defensa de los Yaros y Charrúas, que observaban cuidadosamente sus
movimientos, y que por último vinieron a destruirla el año de
1530.
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Dejando allí alguna gente, continuó el
descubrimiento aguas arriba del Paraná, formando a las 130 leguas la
fortaleza de Gaboto o de
Sancti Espiritus, sobre el
Carcarañá, que le entra por el occidente. Navegó otras 200
leguas por el canal principal de dicho Paraná, hasta aquel paraje en que
se le agrega el Paraguay, reconociendo el Ibera, a que llamó
Laguna de Santa Ana; y dejando el primer
río, por inclinarse demasiado hacia la costa del Brasil, se
encaminó por el segundo, que halló también más
sondable, hasta aquella altura en que se halla hoy la ciudad de la
Asumpción. En este sitio le atajaron el paso los Agaces, nación
muy labradora y guerrera, que salió al encuentro con una crecida flota
de trescientas canoas; y aunque Gaboto los derrotó y deshizo con muerte
de muchos de ellos, como perdiese en la refriega hasta 25 soldados,
regresó al Carcarañá, donde se conservó en paz con
los Timbús, que habitaban aquella región, hasta el año de
1530, en que sus negocios le llamaron a la corte.
La derrota de los Agaces hizo muy glorioso el nombre de Gaboto
entre las demás naciones de infieles, particularmente entre los
Guaranís, enemigos de aquéllos; y de todas partes vinieron a
tratar amigablemente con los españoles, que, validos de la
ocasión, lograron rescatar de los indios, por medio de abalorios y otras
bujerías, cantidad de planchas de plata labradas y aun de oro, que los
mismos Guaranís habían adquirido acompañando a los
portugueses, que, bajo de la conducta de Alejos García, auxiliado de los
Tupís, penetraron a lo interior del Perú con deseos de extender
por aquella parte los dominios de Su Majestad Fidelísima, lo que no
consiguieron, viniendo a perecer todos a su retirada por la perfidia de sus
mismos aliados.
Persuadido Gaboto y sus compañeros que estas riquezas
eran propias del país, que sería abundante en minerales, y muy
contentos de que la suerte les había deparado tan buen destino, que
lisonjeaba sus esperanzas más que las islas orientales de Tarsis, Ophir
y Catayo, dieron cuenta al Emperador de esta novedad, enviando entre los
emisarios algunos individuos que, con su traza, vestidos y algunas de las
alhajas que llevaron, depusieron de la verdad del hecho de un modo
incontestable. El Paraná perdió entonces con este fundamento la
denominación de
Solís, y tomó la de
Río de la Plata, que conserva hoy,
aunque reducida a sólo aquel tramo de mayor anchura que corre desde su
junta con el Uruguay hasta su grande desaguadero con el Océano.
El mismo año de 1526 siguió de pocos meses a
Gaboto el portugués Diego García, vecino de la villa de Moguer,
el cual con
-19-
tres embarcaciones y otras piezas, para en caso de
necesidad, salió el 15 de agosto del Cabo de Finisterre, y pasando por
las islas Canarias y las de Cabo Verde, repuso sus víveres en la
bahía de San Vicente, costa del Brasil, habitada ya de los vasallos de
Portugal, y después de algunos trabajos y demoras entró
finalmente en el Río de la Plata, cuyos descubrimientos se
dirigía a continuar por contrata que el conde don Fernando de Andrade,
Cristóval de Haro y otros comerciantes de Sevilla habían
celebrado con el Rey Católico. Mas los felices progresos del veneciano,
que superior en fuerzas no quiso ceder su venturoso destino, impidieron los que
podía haber hecho el lusitano en virtud de su asiento, obscureciendo su
nombre de tal manera que no se habla más de él en la
historia.
Con la retirada de Gaboto a España, no pudo conservarse
mucho tiempo la guarnición de
Sancti Espiritus. Animados los
Timbús del ejemplo de los Charrúas en San Salvador, invadieron
también y destruyeron aquella fortaleza, que llegaron a sorprender con
el simulado pretexto de introducir ciertas vituallas de que carecían, y
dieron fin a muchos de aquellos animosos soldados, que vendieron no obstante
muy caras sus vidas. La causa principal de este atentado fue uno de los
caciques de mayor fama, llamado
Marangoré, que, apasionado
ciegamente de Lucía Miranda, esposa de Sebastián Hurtado y
señora de toda distinción, no menos virtuosa que de rara
hermosura, concibió el pernicioso proyecto de acabar de una vez con
todos los españoles, reservando únicamente, para el logro de sus
vanos deseos, la que con sus castos desdenes había encendido más
la llama de su amor. Y aunque tuvo la infeliz suerte de quedar en la demanda,
como merecía ese fatal designio, la llevó al cabo
Siripo, hermano y sucesor hasta en la
pasión de Marangoré, quitando la vida con la mayor crueldad a los
dos fieles esposos, después de haber tentado vanamente la constancia de
Lucía por los medios más sagaces que pudieron sugerirle su
malicia y astucia. Las reliquias que pudieron salvarse de la destrucción
de estos fuertes se retiraron el año de 1531, en sus embarcaciones, a la
villa de San Vicente en el Brasil, de donde pasaron poco tiempo después
a la isla de Santa Catalina, para cortar algunas desavenencias que ocurrieron
con los portugueses.
  Buenos Aires
Con las noticias tan ventajosas del Río de la Plata que
repartieron en España los argentinos, crecieron en el ánimo del
Emperador
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los deseos de adelantar la conquista de tan rico
país. Se hallaba a la sazón en la corte don Pedro de Mendoza,
caballero ilustre de Guadix, gentil-hombre de cámara, y que había
acreditado su valor en la guerra y saco de Roma; y fue encargado de aquella
empresa con título de Adelantado de todas estas provincias, con una
escuadra de las más lucidas que surcaron los mares por aquel tiempo,
compuesta de once embarcaciones, numeroso equipaje, 800 hombres de tropa y
muchos sujetos de calidad y recomendación. Por el mes de setiembre de
1534 zarpó la armada del puerto de San Lúcar de Barrameda,
llegó felizmente a la isla de San Gabriel, en el Río de la Plata,
y reconociendo en la ribera austral un riachuelo a propósito,
echó dicho Adelantado no lejos de él los primeros fundamentos de
la ciudad de
Buenos Aires, llamada así por los
agradables vientos que soplaban por parte de tierra cuando Sancho del Campo
primero de todos la llegó a pisar.
Los Querandís, nación de indios muy corpulentos o
agigantados, que ocupaba toda la llanura o extensión de las pampas entre
la nevada cordillera de Mendoza y la costa de Patagones, revenidos con el dulce
trato de los castellanos, o mal reprimidos con la dudosa victoria, empezaron
muy desde luego a oprimir la nueva población, rehusándole los
víveres que antes le franqueaban, cortando las comunicaciones y
reduciéndola a un largo y estrecho bloqueo, en que la continua fatiga de
los sitiados, los incendios y otras calamidades, la expusieron más de
una vez a su total abandono y subversión. Desanimado don Pedro de
Mendoza antes de tiempo con la mala suerte de estos principios, resolvió
su vuelta a España, y aunque la emprendió con efecto al siguiente
año de 1536, le quitaron la vida en la navegación la
melancolía y el continuo pensamiento de aquellas desgracias.
  Asumpción del Paraguay
Juan de Oyolas, teniente y sucesor del Adelantado, nombrado por
él en la segunda vida de la gracia del gobierno, sujeto de prendas, no
menos afable y prudente que valeroso soldado, subió el Paraná
arriba el mismo año de 1535 en que arribó la escuadra a San
Gabriel; fabricó el fuerte de
Corpus Christi, que destruyeron
también los Caracarás, cerca de la fortaleza de Gaboto;
siguió los pasos de este descubridor pacífico con el rigor de las
armas a los Mepenes y Agaces, y sobre la altura de 25º 30' abrió el
año de 1536 los cimientos de la capital del Paraguay, bajo el
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glorioso título de la Asumpción de Nuestra
Señora, y en los cantones de los dos caciques Guaranís,
Lambaré y Yanduazuby, que le hicieron entre todos mayor
oposición, y vinieron finalmente a ser sus aliados.
Pasó adelante, y dejando sus bergantines en el puerto de
la Candelaria, sobre los 20º 40' de latitud, a cargo de Domingo
Martínez de Irala, con la orden de que le aguardase el corto tiempo de
seis meses, siguió sus exploraciones por tierra con el mayor
tesón. Cruzó el Chaco, se hizo dueño de infinidad de
naciones idólatras, ya de grado, ya de fuerza, hasta el interior del
Perú, blanco de sus miras. El año de 1538 regresó al mismo
puerto de la Candelaria, cargado de despojos y riquezas; y como Irala, expirado
el término prefinido de los seis meses, se hubiese retirado a la
Asumpción, según la noticia de un indio Chané, vino a ser
con todos sus compañeros desgraciada víctima del furor y falsedad
de los Paguayás, dominantes desde entonces del río del Paraguay,
y tan ciertos y obstinados profesores del ateísmo que la
conversión de uno de ellos, dice cierto historiador, se puede contar
entre los mayores milagros de la Omnipotencia.
Los españoles de Corpus Christi, incomodados
continuamente de los Timbús y Caracarás, desampararon el fuerte
(que se recuperó después del año de 1539, en el día
y con el auxilio de San Blas, que se declaró particular protector de la
provincia), y se retiraron con sus bergantines a Buenos Aires, cuyos pobladores
no sólo padecían las miserias e infelicidades del cerco de los
Querandís, sino que gemían también bajo el pesado yugo del
teniente Francisco de Ruiz Galán. Por este tiempo de 1537 llegó
de Europa, con escuadra de cuatro navíos, muchas provisiones y 200
soldados, el veedor del Río de la Plata, Alonso de Cabrera, que
alivió algún tanto a Buenos Aires, y se repartió el mando
de la provincia con Galán.
La Majestad Cesárea confirmaba en esta ocasión,
por una real orden, al capitán Juan de Oyolas en el gobierno del
Río de la Plata, dando autoridad al pueblo para elegir gobernador en
caso de fallecimiento a pluralidad de votos. Por este motivo lo vino a ser del
Paraguay Domingo Martínez de Irala, aquel noble y activo vascongado que
elevó la ciudad de la Asumpción al esplendor que hoy goza. Dio
forma a su gobierno, sujetó a los Ibitiruceños,
Tebicuareños, Mondaistas y otras naciones que hasta allí le
habían sido rebeldes, y cual otro Salomón erigió casa al
Señor de los cielos y tierra, siendo ayudado en todas estas operaciones
del celo de los indios Guaranís, que se mostraron siempre finos
partidarios del español.
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Alvar Núñez Cabeza de Vaca, natural de Xerez de
la Frontera, uno de los más ilustres y cristianos conquistadores de
aquel tiempo, que había servido con honor en la desgraciada
expedición de Pánfilo de Narváez en la Florida, donde,
siendo cautivo el dilatado término de diez años, acreditó
el cielo con varias maravillas sus virtudes, fue nombrado sucesor de don Pedro
de Mendoza, con el mismo título de Adelantado del Río de la
Plata. El 2 de noviembre de 1540 salió del puerto de Cádiz o de
San Lúcar, con dos navíos, una carabela y 400 soldados;
surgió en la isla de Santa Catalina de la costa del Brasil, en 29 de
marzo del año siguiente. Habló en este lugar con los misioneros
del orden seráfico, fray Bernardino de Armenta y fray Alonso
Lebrón, los primeros que anunciaron el evangelio de Jesucristo a los
Guaranís, viniendo por tierra desde la Asumpción; e informado de
estos religiosos de haberse retirado allá los españoles de Buenos
Aires, impelidos de la necesidad, despachó sus embarcaciones por el
río; y enterado de los caminos y derroteros, emprendió él
la marcha por tierra, el 8 de octubre del mismo año, como quieren unos,
o el 2 de noviembre, según otros, acompañado de una gruesa
escolta de 250 fusileros, 26 caballos y algunos naturales de la misma isla.
Dirigió su rumbo por los desiertos o despoblados de
Itabucú, y abriendo montes y doblando serranías, cruzó la
cabecera del Iguazú o Río Grande de Curitibá, la provincia
del Guayra, país de los Camperos, tierras de Mbiazá, llamando a
todo este territorio
Provincia o
Campos de Vera, de que tomó
posesión formal a nombre de los Reyes de Castilla. Sujetó con la
eficacia de su persuasiva, afabilidad de su trato y franqueza de su comercio a
todas las naciones de indios, que eran numerosísimas, que los habitaban,
y cortando finalmente el Paraná, arribó a la Asumpción el
1.º de marzo de 1542, donde habían llegado sus embarcaciones con
felicidad.
Recibido el adelantado Alvar Núñez por gobernador
de la provincia del Río de la Plata, su principal esmero fue promover la
religión, la conversión de los infieles y la continuación
de nuevos descubrimientos y conquistas. Para esto destinó primero a
Domingo Martínez de Irala, que, siguiendo las huellas que dejó
trazadas su desgraciado antecesor Juan de Oyolas, buscase con mayor
precaución el paso tan deseado al Perú, y la comunicación
de aquellas regiones ponderadas de tanta riqueza; y vuelto éste sin
nuevo suceso, después de haber ajustado paces con los Agaces, vencido a
los Guaycurús y castigado al rebelde Tabaré, cacique de una
parcialidad de más de 8.000 indios, sobre el Ipané-guazú,
emprendió él en persona la célebre jornada de la isla de
los Orejones y lago de Xarayes, de que tanto cantan las dos Argentinas de Barco
Centenera
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y Rui Díaz de Guzmán. Dio principio a esta
famosa expedición por el mes de setiembre de 1543, con una flota
numerosa de 10 bergantines, 120 canoas, 400 españoles y 1.200 indios
confederados. Navegó aguas arriba del río Paraguay, al pie de 400
leguas, dio la paz a infinidad de naciones, que recibieron voluntariamente el
suave yugo de nuestros católicos monarcas, y terminando su
reconocimiento, regresó felizmente a la Asumpción. Mas, como no
encontrase las riquezas de oro y plata que pretendían, suscitada una
terrible fascinación de oficiales reales y otros asumpcionistas, fue
preso y conducido a España, donde justificó también el
cielo su inocencia, como antes en la Florida, con muerte cruel de varios
acusadores suyos. Este glorioso héroe acabó sus días,
según el padre Techo, de Oidor en la Audiencia de Sevilla, y
según el padre Charlevoix, en el Consejo de Indias.
Domingo Martínez de Irala sucedió de nuevo en el
mando de la provincia el año de 1545, y atacado de los indios en
número de 15.000, en medio de las turbulencias domésticas, se
llenó de marciales glorias, destruyendo las fuertes palizadas de Carieba
y Hieruquizaba, derrotando a sus enemigos y llevando el terror de su nombre a
todas las comarcas vecinas. El año de 1548 llegó finalmente a
descubrir el pretendido paso del Perú, atravesando por tierra, desde la
laguna de Xarayes, el río Mamoré y subiendo por el Guapay,
tributario de éste, hasta los confines de aquel reino. Habló con
los vasallos del cacique Viracocha, substituto del capitán Peranzures,
glorioso fundador de Chuquisaca; envió sus embajadores a la ciudad de
los Reyes de Lima, pidiendo gobernador para el Río de la Plata, y
ofreció al presidente Gasca su pequeño ejército para
apaciguar los alborotos de Gonzalo Pizarro. Y vuelto a la Asumpción por
el mismo camino el año siguiente, sosegó varias disensiones
civiles que había ocasionado su dilatada ausencia, y entendió en
asuntos de gobierno, para lo que tenía un talento particular. La
Audiencia de Lima, por la propuesta de Irala, proveyó por la vía
reservada el gobierno del Río de la Plata en el capitán Diego
Centeno, uno de los más expertos y prudentes soldados que lograron las
Américas, el cual fue muerto de veneno en Chuquisaca antes de tomar
posesión de su empleo.
Por este tiempo (1549), nombró el emperador don Carlos
V, a don Diego de Sanabria, Adelantado del Río de la Plata, por muerte
de su padre don Juan, natural de Medellín, que había celebrado
asiento con Su Majestad Ilustrísima en adelantamiento de aquellas
conquistas. No pudiendo pues don Diego acompañar la armada por asuntos
particulares, la despachó al cargo del capitán don Juan de
Salazar, conquistador antiguo de aquellas provincias, quien se hizo a la vela a
principio de 1552 del puerto de San Lúcar. Llegó felizmente a la
isla de Santa Catalina y puerto de
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Patos, donde se perdió
el navío del capitán Becerra, cuya gente, caída en manos
de los feroces infieles, fue libre por el padre Leonardo Núñez,
varón apostólico de la Compañía de Jesús en
la provincia del Brasil.
Dividido el resto de la escuadra por las disensiones de Salazar
y Hernando Trejo, siguió cada trozo a estos capitanes: el primero a la
villa de San Vicente, donde permaneció dos años entre los
portugueses, y de ahí se pasó a la Asumpción por tierra,
llevando en esta ocasión el primer ganado vacuno que vieron estas
campañas, y que vino después a multiplicarse considerablemente.
El segundo trozo se estableció entre la Cananea y Santa Catalina, cerca
del desaguadero del río nombrado San Francisco, donde nació el
ilustrísimo fray Fernando Trejo, Obispo del Tucumán y honra de la
religión seráfica. Mas no pudiendo subsistir en este paraje nueva
colonia, se retiró también al año siguiente a la
Asumpción.
  Villas de San Juan y de Ontiveros
Favoreciendo la suerte por todos caminos al capitán
Irala, fue por último confirmado en el gobierno del Paraguay y
Río de la Plata por la Majestad Cesárea. No menos valeroso
capitán que diestro político, extendió las glorias del
Paraguay, cuya capital había levantado desde los fundamentos, formando
varias colonias, hijas todas de ella, valiéndose de tantos y tan
ilustres conquistadores como se habían juntado ya por aquella parte y en
aquella época en la Asumpción.
La primera fue erigida de su orden por el capitán Juan
Romero el año de 1552, sobre las márgenes del pequeño
río de San Juan, cerca de la isla de San Gabriel, la cual fue destruida
en su principio por las repetidas hostilidades de los Charrúas. La
segunda la fundó también por su disposición el
capitán García Rodríguez de Vergara el año de 1554,
sobre la ribera oriental del Paraná, por el norte del
Salto grande, y en las tierras de
Caninduyú, pueblo de indios del Guayra. Llamose esta villa de Ontiveros,
y siendo desde su infancia hija rebelde a su fundador, entregada a los
desgarros del más desenfrenado libertinaje, duró poco tiempo,
pasando los moradores a la Ciudad Real.
Además de la cédula de confirmación en el
gobierno, le vinieron a Irala otras del Emperador, en la armada de don
Martín Urúe, año de 1555, en que se le ordenaban puntos
concernientes al buen gobierno y
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establecimiento sólido de
aquella nueva provincia. En una de ellas se le confió el arreglo
municipal, lo que hizo con tal acierto, valiéndose de sujetos
hábiles, que en muchos años no se gobernó el Paraguay en
lo político y militar por otros reglamentos. En otra cédula se le
franqueaba la facultad de repartir indios en encomienda, remunerando el
mérito de los conquistadores con atención a sus particulares
servicios; en esta virtud fueron empadronados 26.000, capaces de tomar las
armas, los que fueron distribuidos con toda equidad y justicia.
Para que nada faltase a la perfección de una
república cristiana, se erigió también la provincia en
obispado, y en la misma escuadra de Urúe vino su primer obispo don fray
Pedro de la Torre, prelado de mérito tan distinguido que la
religión seráfica con este nombre, y la de predicadores con el de
Tomás, se lo apropian en pluma de sus coronistas. Años antes
había sido electo fray Juan de los Barros y Toledo, con cuatro
dignidades y dos canónigos; mas no llegó a tomar posesión
de su iglesia, o prevenido de la muerte, o ascendido a la iglesia de Santa Fe
de Bogotá.
  Ciudad Real
El año de 1557 murió Irala, que fue
universalmente sentido, dejando por sucesor a Gonzalo de Mendoza, quien
siguió las mismas huellas, y no dejó de fomentar sus
disposiciones en sólo un año que le sobrevivió. En virtud
de ellas, el capitán Rui Díaz Melgarejo fundó este mismo
año, llevando una colonia de cien españoles de la
Asumpción, a
Ciudad Real del Guayra, sobre la boca del
río Pequiry en el Paraná, a tres leguas de la villa de Ontiveros,
cuyos pobladores, como acabamos de decir, fueron trasladados a ella.
Por julio de 1558, en fuerza de cédula ya citada de
Carlos V, fue electo gobernador del Paraguay Francisco Ortiz de Vergara, digno
del mando por la dulzura y afabilidad de su genio. Sujetó a los
Guaranís por sí mismo en las vecindades de la Asumpción, y
en Ciudad Real por Alonso Riquelme, que les obligó a levantar el sitio
que pusieron a su fundador Melgarejo en 1561.
Inducido de Nuño Chaves, rebelde y fundador de Santa
Cruz de la Sierra, emprendió el gobernador Vergara el año 1562,
acompañado de varios conquistadores, el obispo Torre y multitud de
indios de encomienda, viaje a dicha provincia, por el río Paraguay
arriba, lisonjeado de hallar paso en el Perú, y comunicación con
aquella deseada tierra de
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promisión que producía oro
y plata. Al llegar a sus confines, nuevamente sublevado Chaves y preso el
gobernador, lo remitió a la Real Audiencia de la Plata, donde
pasó a Europa; y de toda aquella lucida comitiva volvieron a la
Asumpción sólo 60 personas, que lograron llegar a principio de
1569, vencidas mil dificultades de marca, en especialidad la horrorosa
oposición de los Itatines, Payaguás y Guajarapos, que derrotaron
en número de 15.000. Nuño de Chaves regresó por
último a su provincia de Santa Cruz de la Sierra, que había
conseguido superar y hacer independiente del Paraguay; mas disfrutó poco
tiempo de su colonia, siendo muerto por el cacique de los referidos Itatines,
pagando de este modo sus enormes delitos.
Con la ida a España de Vergara, para justificar su
causa, vacó el gobierno; y entre varios candidatos que se presentaron,
fue electo Juan de Zárate, a quien por sus distinguidos servicios se le
confirió el título de Adelantado del Río de la Plata.
Pasó también a Europa en solicitud de la confirmación de
su empleo, y dejó interinamente en su lugar al contador Felipe
Cáceres, hombre lleno de ambición y revoltoso, que tuvo mucha
parte en la prisión de Alvar Núñez, y que prendió
también a su Obispo; aunque el pueblo, inducido del sexo más
devoto, tomó la defensa de su prelado, y arrestado Cáceres, fue
conducido a España, acompañándole el Obispo hasta la villa
de San Vicente, donde murió.
En el Guayra volvieron de nuevo los alborotos con motivo de
ciertas piedras muy comunes en aquel suelo, que no son otra cosa que cristales
de montañas de varios colores; y los vecinos, creyéndolas
preciosas, se alzaron contra Alonso Riquelme, y cargando porción o
cantidad considerable de ellas, como si fueran amatistas, topacios y
crisólitas, trataron de restituirse a España, por la vía
del Brasil. Mas implorado a tiempo el auxilio de la Asumpción, fue Rui
Díaz Melgarejo en alcance de los fugitivos, y los hizo volver a la
Ciudad Real; pero se levantó entonces con el gobierno, y desterró
a Riquelme.
  Santa Fe de la Vera-Cruz
Sosegado el Paraguay con la ausencia de Cáceres, le
sucedió intrusamente el año de 1573, Martín Suárez
de Toledo, quien no tuvo poco influjo en los disturbios pasados, y trató
de extender los límites de la provincia con nuevas poblaciones. Juan de
Garay, digno a la verdad de la empresa, fue comisionado
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con 86
individuos a restablecer el fuerte de Sancti Espiritus, o fundar otro
establecimiento en el lugar más ventajoso. Entró por el
río Quiloasa, hoy día de San Martín, gajo del Saladillo,
que desagua en el Paraná por su orilla de occidente, y sentó los
principios de la ciudad de
Santa Fe de Vera-Cruz en un hermoso valle,
de tierra pingüe y abundante de cetrerías y pesca. Los indios de
aquellos contornos, que eran numerosísimos, se redujeron
fácilmente, y empadronaron en la crecida cantidad de 25.000.
Don Gerónimo Luis de Cabrera, fundador de
Córdoba, cabeza de la provincia del Tucumán, que también
estaba muy a los principios en aquella época, se dejó ver por
aquel tiempo en Santa Fe con séquito de soldados, procurando extender
los límites de su jurisdicción. Pretendió agregar a ella
el establecimiento de Garay, pero esta solicitud fue desvanecida por el
adelantado Juan Ortiz de Zárate, que, confirmado por Su Majestad en el
gobierno del Río de la Plata, había salido del puerto de San
Lúcar de Barrameda en 1572, con cinco embarcaciones, y llegó a la
sazón de este litigio con varias cédulas reales, en que se le
concedía la gracia de ampliar su gobierno a 200 leguas más al
sur, incluyendo las nuevas poblaciones fundadas en aquel distrito. Esta
escuadra llegó a Santa Catalina tan escasa de víveres, que el
adelantado Zárate se vio en la necesidad de saltar en tierra con 80
soldados a buscar bastimentos entre los Guaranís. Su teniente Pablo de
Santiago, hombre de suma entereza, poco compadecido de las miserias de la
tripulación, que llegó a comer sapos y culebras, y morían
de 4 en 4, los trató cruelmente, y ajustició con extraña
severidad a muchos; y por último, levó anclas y se
trasladó a la isla de San Gabriel, sin aguardar al Adelantado, que tuvo
que transferirse por tierra, cruzando por medio de los fieros Charrúas,
mortales enemigos de los castellanos, que los asesinaron a casi todos,
después de gloriosos combates, y a no pocos de la misma armada,
después que hubo entrado en el río. Los esforzados capitanes Juan
de Garay y Rui Melgarejo acudieron al socorro del Adelantado, y haciendo
prodigios de valor con fuerzas muy desiguales, le abrieron camino y le salvaron
las reliquias de la escuadra, surtiéndola de refrescos y de
víveres.
Dos casos dignos de admiración refiere un
poeta historiador de estas gentes: el
primero de un monstruo marino, que parece quiso abusar de una mujer que,
acompañada de su galán, saltó en tierra en la isla de
Santa Catalina. Estas dos personas habían venido como casadas en los
navíos, y todos los tenían por tales, como escribe Centenera,
vicario de la armada; hecho poco probable, y absurdo. El segundo, más
creíble, fue la trágica escena de Liropeya, india joven y de rara
hermosura, de la nación de los Guaranís, la cual se dio a
sí misma muerte con la espada que Carvallo,
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soldado de
Garay, quitó la vida a su amado Yandubayú, a quien estaba
ofrecida con la condición que la vengase de otros siete caciques de que
estaba ofendida su parentela. Carvallo, que se había internado solo a
unos montes, encontró a los dos amantes, y prendado de Liropeya,
mató a Yandubayú. Mas ella, poseída de sentimiento,
evitó con su propio sacrificio el depravado deseo o intento del
castellano.
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