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    José Joaquín Olmedo : poesía-prosa
     Olmedo, José Joaquín
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José Joaquín Olmedo: poesía-prosa


José Joaquín Olmedo



[Indicaciones de paginación en nota.1]





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Olmedo


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Introducción

Hay en José Joaquín de Olmedo como dos personajes con dos enfoques posibles, el que le considera como prócer de su patria ecuatoriana, y el que ve en él al hombre de América.

A su patria pertenece como el primer ecuatoriano que legítimamente gobernó un jirón del territorio nacional independizado; le pertenece como el hombre público hacia el cual, por espacio de un cuarto de siglo, se volvieron constantemente los ojos de todos para un sinnúmero de cargos oficiales, nunca por él apetecidos y desempeñados siempre con máximo desinterés y máxima pulcritud.

A América pertenece por haber sido su voz en una hora decisiva, por haber recogido su aliento unánime y dádole expresión en la gloria y trascendencia del canto con que ella, a la faz del mundo, lanzó su grito libertador, su enfática proclama, su constancia jubilosa de que entraba en una fase nueva, divisoria de sus destinos, en la vida independiente de naciones, dueñas en adelante de su autonomía soberana y de su porvenir.

Al primero de estos dos enfoques atenderá el sucinto recorrido de la carrera política de Olmedo; al   -22-   segundo, el estudio del magno epinicio que domina su obra poética. Para lograr el retrato cabal del gran guayaquileño, se requerirían enfoques complementarios, desconcertantes por su manifiesta divergencia, como la pintura del hombre privado, sacrificado perpetuamente en aras del servicio público, y la interpretación del conjunto heterogéneo de su producción literaria con características casi contradictorias.




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Recorrido biográfico


1780-1809. Años de iniciación

Nació Olmedo en la ciudad de Guayaquil el 19 de marzo de 1780, primogénito del capitán don Miguel Agustín de Olmedo y Troyano, malagueño de nacimiento, pero que llevaba ya casi veinte años avecindado en el puerto, y de la señora doña Ana Francisca Maruri y Salavarría, de las familias más consideradas de la ciudad. Tuvo una sola hermana, Magdalena, a quien amó entrañablemente y que dejó muy larga descendencia.

En 1789 fue trasladado Olmedo niño a Quito, y de los 9 a los 12 años estudió en el Colegio de San Fernando, a cargo de los religiosos dominicos, gramática castellana y principios de latín, lengua que siguió cultivando toda su vida. En 1792 estaba de regreso en Guayaquil; y dos años después ya le hallamos en Lima, bajo la tutela del señor don José Silva y Olave, su pariente, chantre de la Catedral de Lima, vicerrector del Convictorio de San Carlos, y más tarde rector del Colegio del Príncipe y obispo de Huamanga.

Ingresó el joven Olmedo, entonces de 14 años, (mayo de 1794), al Colegio de San Carlos, al que quedó   -23-   adictísimo toda la vida. Entre este Convictorio y la Universidad de San Marcos gastó nueve años completos dedicados al estudio. En 1799 defendió en la Universidad un acto de Filosofía y de Matemáticas; en 1805 recibió el grado de Doctor en Leyes y dictó un curso de Derecho Civil en su Colegio. En los actos de Filosofía y de Matemáticas que presidió en 1809, se le califica de iuris utriusque magister, maestro en ambos derechos. Una nota manuscrita, que se halla en el borrador de una poesía amorosa inconclusa, nos ha conservado este dato: «Me gradué 15 de Junº de 805. Me recibí a la práctica 6 de Nove. de 805». El 1.º de febrero de 1808 sacó el título de abogado, y poco después el claustro universitario de San Marcos le eligió para la Cátedra de Digesto.

Pero el 20 de agosto de aquel mismo año le hallamos de vuelta en su ciudad natal, a donde llegó a tiempo para asistir en la despedida postrera a su padre, a quien como lo atestigua la correspondencia de familia, había mirado siempre con extraordinaria veneración.

De la primera estancia de Olmedo en Lima, se conocían hasta 1945 dos composiciones serias, la elegía En la muerte de la Princesa de Asturias y la silva sobre la prisión de los reyes españoles intitulada El Árbol. A éstas hay que añadir el Epitalamio, 4 piezas de compromiso como colegial de San Marcos y 5 composiciones familiares (dos de ellas a su hermana Magdalena). Se han publicado en la edición de las Poesías completas 12 piezas más, 7 de ellas amorosas, que nos introducen a la intimidad hasta ahora desconocida del joven poeta, cuyos borradores manuscritos revelan cuán fácil y corrido tenía ya para entonces el verso.

Después de siete meses pasados en Guayaquil, hizo viaje a Quito en marzo de 1809, con el único fin de hacer reconocer los títulos obtenidos en Lima. Obtuvo, en efecto, su incorporación en la Universidad   -24-   de Santo Tomás de Aquino y en el Colegio de Abogados.




1810-1820. Actuaciones en la Metrópoli

De vuelta a Guayaquil, pensó entregarse a un estudio más profundo de la literatura, pero pronto se vio arrastrado hacia la vida pública, y como primer paso, el 6 de julio de 1810, hubo de embarcarse con rumbo a la Península, acompañando, en calidad de secretario, a su pariente y protector el obispo de Huamanga, doctor don José Silva, nombrado miembro de la Junta Central de Sevilla. Al tener noticia en México de la disolución de aquella Junta, hostigada de ciudad en ciudad por los ejércitos franceses invasores, volvieron inmediatamente a Guayaquil. Sin embargo antes de desaparecer, la Junta General había convocado a Cortes, convidando a ellas por vez primera a las Municipalidades americanas. La de Guayaquil eligió por su representante a Olmedo, el 11 de setiembre de 1810; y éste, el enero siguiente, emprendió el viaje que se prolongó penosamente por ocho meses, pues no desembarcó en Cádiz sino al año cabal, el 11 de setiembre de 1811, para incorporarse al Cuerpo Constituyente el 2 de octubre.

De la actuación de Olmedo en las Cortes de Cádiz ha quedado para su gloria el gran Discurso sobre la supresión de las mitas, pronunciado en la sesión del 12 de agosto de 1812 y publicado aquel mismo año por Rocafuerte en Londres. Electo secretario de la asamblea doce días más tarde, fue nombrado el 13 de marzo de 1813 miembro y secretario de la Diputación Permanente que debía durar hasta las próximas Cortes. En virtud de este cargo estampó su firma en el decreto de 2 de febrero de 1814, que intimaba a Fernando VII, para ser reconocido por rey, la jura de la Constitución. De la tormenta que desató este paso con la reacción absolutista de Fernando VII, no se libró Olmedo sino ocultándose en Madrid,   -25-   hasta lograr embarcarse de vuelta para América en 1815.

Tuvo la pena de dejar sepultado en tierra extraña a su compañero de Cortes, don José Mejía, a quien honró con sentidísimo epitafio, el mejor panegírico del gran tribuno quiteño.

Volvió a pisar playas guayaquileñas el 28 de noviembre de 1816. Su orfandad se había completado con la muerte de su madre, fallecida cinco meses antes. El alivio para aquella soledad, lo halló en la unión con la virtuosa matrona doña María Rosa de Icaza y Silva, octava y última hija de don Martín de Icaza y Caparroso y de doña Rosa de Silva y Olave, hermana del doctor don José Silva y Olave, el obispo de Huamanga. El matrimonio se verificó el 24 de marzo de 1817, y dio triple fruto de bendición, dos hijas: Rosa Perpetua, fallecida en 1828, y Virginia que vivió hasta 1878, y un hijo, José Joaquín, quien casó con doña Dolores de Icaza y Paredes. De este tronco nació un tercer José Joaquín Olmedo, niño de grandísimas esperanzas, pero que murió antes de poder realizarlas y de perpetuar el apellido de Olmedo, extinto ahora en su línea directa.

Siguiéronse para el ex-diputado de Cádiz tres años y medio de paz que aprovechó con gran fruto para sus aficiones literarias. «El ocio que disfrutaba entonces -nos dice él mismo- la distracción de todos negocios públicos y la soledad, me preparaban maravillosamente a esta grande y deliciosa ocupación».2 Se refiere a la traducción de la Primera Epístola del Ensayo sobre el hombre de Alejan-Pope, obra que no había de continuar con la versión de las dos Epístolas siguientes sino en 1839 ó 40.

De las 8 composiciones poéticas que se han conservado del período 1808-1820, la más importante por   -26-   todos conceptos es la amplia e inspirada silva A un amigo en el nacimiento de su primogénito compuesta en Lima, en un viaje que hizo a aquella ciudad en 1817. Entre las 7 restantes tiene particular valor autobiográfico la preciosa canción escrita en vísperas de su matrimonio.




1820-1822. El triunviro de Guayaquil independiente

Pero estalló la revolución gloriosa de octubre 1820, de la que surgió Guayaquil independiente, la primera ciudad ecuatoriana que logró de hecho la libertad, saludada en Quito con el grito primero de 1809.

De la parte honrosísima que a Olmedo cupo en la jornada del 9 de octubre, sólo dice él modestamente, continuando la frase arriba citada: «Mas por aquel mismo tiempo una voz imperiosa me llamó de improviso a tener parte en los destinos de mi Patria. Los cuidados de la vida pública y los peligros que incesantemente amenazaron a mi país hasta la victoria de Pichincha, vinieron no sólo a interrumpir mi tarea, sino a separarme de todo género de estudio, especialmente del trato con las musas, que son, como se sabe, nimiamente delicadas y celosas».

En efecto, con el 9 de octubre entra la vida de Olmedo en un torbellino que no hallará ni un remanso hasta 1829. El Acta de Cabildo que proclama la independencia de Guayaquil da fe de que aquel mismo día, «debía recibirse el juramento al señor Jefe-Político que se ha nombrado, y lo es el Señor Doctor Don José Joaquín Olmedo, por voluntad del pueblo y de las tropas». Olmedo efectivamente «prestó el juramento de ser independiente, fiel a su patria, defenderla, coadyuvar con todo aquello que concierne a su prosperidad».

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Este juramento lo cumplió mientras le duró el mando, y lo sostuvo dos años más tarde, conforme a su leal saber y entender, haciendo frente con denodada entereza al mismo Bolívar.

Olmedo se multiplicó en aquellos días febriles, preparando la defensa militar de la provincia, y atendiendo a la organización del régimen administrativo con la redacción de la primera Constitución, sancionada por el Colegio Electoral en que actuaron 57 representantes, con el nombre de Reglamento Provisorio de Gobierno. En noviembre, a petición suya, creó el Colegio Electoral la Junta triunvira, en que se le confirmó a Olmedo el primer puesto, dándole por asesores al teniente coronel Rafael Ximena y Larrabeitia y al señor don Francisco María Claudio Roca.

Los afanes del Gobierno civil durante la campaña libertadora, que no llegó a los triunfos de Cone y Babahoyo y al definitivo de Pichincha sino a través de los fracasos de Huachi, Verdeloma y Tanizahua, se conocerán al publicarse en este volumen y en el dedicado al Epistolario los decretos de los triunviros y la correspondencia de Olmedo en aquellos azarosos meses.

Pero el problema más arduo y que más sinsabores le iba a causar, era el de la anexión de Guayaquil a una de las dos grandes nacionalidades que la rodeaban. Bien conocidos son los celos con que miraban a Guayaquil San Martín desde el Sur y Bolívar desde el Norte. Ambos codiciaban el gran puerto y astillero para el futuro desarrollo de sus creaciones políticas; ambos se juzgaban con títulos valederos para exigir la anexión: San Martín, al Perú, de quien en los últimos años de la colonia, por Real Orden de 7 de julio de 1803, dependía Guayaquil en lo militar; y Bolívar, a Colombia, de quien dependía la plaza en lo civil; ambos finalmente estaban resueltos a hacer presión por la fuerza, y eso, sin duda, apuntaban por parte y parte las tropas de Sucre y las de Santa Cruz.

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No es éste el lugar de intentar ni siquiera un esbozo de tan complicado y discutido capítulo de historia: sólo tratamos de Olmedo, y su actuación en él fue de una dignidad ejemplar.

De los esfuerzos de Bolívar por reducir a Olmedo a su partido dan fe elocuentemente las cartas que le escribió desde Cali, el 2 y 18 de enero de 18223, confirmadas por la remitida a Santander el 5 de enero4. Si a semejante batería se resistió Olmedo, es que debía de tener juicio deliberado en contrario. En el artículo 2.º del Reglamento Provisorio, aprobado por la primera Junta Electoral de Provincia, había estatuido: «La Provincia de Guayaquil se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga, de las que se han de formar en la América del Sur»; y a esta determinación se atuvo con lealtad.

Los tres partidos contrarios, el colombiano, el peruano y el autónomo se dividían enconadamente la opinión pública. Dentro de la misma Junta de Gobierno, Ximena y sobre todo Roca se inclinaban resueltamente al Perú. La posición de Olmedo era más compleja: tenía él también más vinculaciones con el Perú que con Colombia; pero su idea personal fue siempre por la autonomía. Esto lo ponen en plena luz las comunicaciones impacientes de Sucre y de Mosquera al vicepresidente de Colombia, Santander. Hablando de «los partidos» suscitados en Guayaquil, «algunos -escribe Sucre- quieren ser independientes (pobres diablos) soberanos y absolutos, y formar una masita de Nación entre dos Estados».5 Y Mosquera, deslindando con mucha sagacidad el pensamiento de Olmedo en la contingencia a la que   -29-   se podía ver abocado, especifica: «Infiero que la independencia es lo que más les agrada, y que la reunión al Perú es el partido que abrazarían en caso de no conseguir la independencia absoluta de Guayaquil».6

De todos modos, cualesquiera que fueran sus preferencias personales, los tres triunviros meritoriamente trataron de mantener el fiel de la balanza. Convocaron el primer Colegio Electoral por decreto de 3 de setiembre de 1821, pues juzgaban «haber llegado el tiempo oportuno de que la representación de la Provincia se reúna con el fin de pronunciarse sobre su agregación, para procurarse los bienes que deben resultar de la incorporación a un estado más firme y más fuerte, y para evitarle los males que pueden provenir de la incertidumbre de su destino». Y en el 2.º Considerando, vuelven a insistir en la misma finalidad: «la pronta declaración de la Provincia sobre la actitud política que más le convenga, respecto de los grandes estados que nos rodean». Medida de precaución importante para asegurar la libertad de voto, era la que estipulaban en los artículos 6.º y 7.º del decreto: «6º. Por ningún pretexto existirá en el territorio de la Provincia fuerza alguna armada de los Estados amigos, al abrirse las sesiones del Colegio Electoral; ni en la bahía permanecerá buque alguno de guerra, amigo o neutral, aunque esté simplemente armado. 7º Los cuerpos de la guarnición de esta plaza saldrán de la capital a un punto señalado, de donde no serán removidos sin orden del Colegio Electoral». Este decreto lo firmaban Olmedo, Ximena y Roca, el 19 de junio.

El 11 de julio entraba Bolívar en Guayaquil, entre Sucre, recién coronado con los laureles de Pichincha, y Salom, y seguido de 3000 soldados. Desde Pasto había mandado lo que bien pudiera llamarse un amistoso ultimatum: «Colombianos del Sur! La Constitución   -30-   de Colombia es el modelo de un Gobierno representativo, republicano y fuerte. No esperéis encontrar otro mejor en las instituciones políticas del mundo, sino cuando él mismo alcance su perfección. Regocijaos de pertenecer a una gran familia que ya reposa a la sombra de un bosque de laureles....».7

Habla O'Leary en sus Memorias de un incidente desagradable en la misma tarde del 11 de julio, y de frases hirientes de Bolívar contra los miembros de la Junta en el discurso con que agradeció el recibimiento, frases que obligaron a los triunviros a retirarse avergonzados. Envió luego, sin embargo, satisfacción por medio de un edecán, pero, preguntado si la había de ofrecer a toda la Junta, -«No, respondió Bolívar, es el genio de Olmedo, y no su empleo, lo que yo respeto».8

El capitán argentino, Gerónimo Espejo, testigo presencial, como O'Leary, de la recepción, y que lo cuenta todo con mínimos pormenores, no refiere nada semejante. En todo caso, el conflicto que iba a levantarse no era cuestión personal.

El 13 de julio, a las 11 de la mañana, cuenta Espejo, fue arriado, en la asta bandera del malecón, el pabellón del Estado independiente, y enarbolado el de Colombia; y una o dos horas después circuló impresa una proclama del Libertador, haciendo saber al pueblo su sometimiento a la República de Colombia9. Ese mismo día destituyó Bolívar a la Junta. La nota del Secretario General decía: «A los Señores de la Junta Gubernativa. S. E. el Libertador de Colombia, para salvar al pueblo de Guayaquil de la espantosa   -31-   anarquía en que se halla y evitar sus funestas consecuencias, acoge, oyendo el clamor general, bajo la protección de la República de Colombia al pueblo de Guayaquil, encargándose S. E. del mando político y militar de esta ciudad y de su provincia; sin que esta medida de protección coacte de ningún modo la absoluta libertad del pueblo, para emitir franca y espontáneamente su voluntad, en la próxima congregación de su representación. El Secretario General de S. E. el Libertador, José Gabriel Pérez».10

La misma salvedad hacia el Libertador al final de la Proclama: «Guayaquileños! Vosotros sois colombianos de corazón porque todos vuestros votos y clamores han sido por Colombia.... Mas yo quiero consultaros, para que no se diga que hay un colombiano que no ame sus sabias leyes...».

Pero ¿qué podía ser esta consulta en presencia de Bolívar y a vista de sus 3000 bayonetas?

Así lo comprendió Olmedo. El mismo día 13 de julio declaró que «cesaba desde luego el Gobierno en las funciones que le había confiado el pueblo». Diez días después se embarcó en la fragata Protector, en que se retiraba a Lima el ministro don Francisco Salazar y Baquíjano, representante del Perú ante el Gobierno de Guayaquil independiente, con todo su personal11.

Unos días antes había dirigido el ex-triunviro a Bolívar la célebre carta de 20 de julio, por la que sin duda aprendió éste a respetar a Olmedo como a hombre a quien podía destituir de su cargo por la fuerza, mas no rendir ni abatir en su serena altivez.

Bajaba la Protector, junto con la fragata Venganza y la corbeta Alejandro por el Guayas, cuando se   -32-   encontraron en Puná con la goleta de guerra Macedonia que traía al general San Martín. Venía éste para la histórica entrevista con Bolívar en Guayaquil. Olmedo fue presentado a San Martín en el puerto de Puná; allí le esperó del 24 al 28 de julio; con él reanudó el viaje, y en la misma escuadrilla que él llegó a Lima.




1822-1825. El Congreso de Lima. Canto a Bolívar

Antes de dos meses, el 22 de setiembre de 1822, se reunía en la Ciudad de los Reyes la Asamblea Constituyente convocada por el Protector. Olmedo fue llamado a representar en ella al nuevo departamento de Puno, más aún, perteneció a la Comisión que elaboró la Constitución peruana y firmó la Exposición con que fue presentada la parte primera del Proyecto.

Pero San Martín descorazonado por su fracaso en la entrevista de Guayaquil y por los disturbios en que se debatía el antiguo virreinato, entre la anarquía de la porción independizada y la amenaza constante de los ejércitos españoles todavía poderosos, se había decidido a renunciar el mando y retirarse a Chile.

La crítica situación militar del Perú obligó a su Constituyente a llamar una y otra vez a Bolívar; y para el tercer llamamiento dictó el decreto de 14 de mayo de 1823, al mismo tiempo que designaba a Olmedo y a don José Faustino Sánchez Carrión para que llevasen al Libertador el ruego apremiante del Perú. Fue la entrevista en Quito, el 27 de julio, y la circunstancia de que fuese Olmedo quien presidía la diputación «fue, dice O'Leary, muy grata al Libertador, quien le recibió con una cordialidad que así hace honor al que la dispensó como a quien la recibió».12 Allí volvió a sellarse la amistad de los dos grandes hombres, para no tornar a enturbiarse jamás.

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El 7 de agosto se embarcó Bolívar en Guayaquil para el Perú. Olmedo ciertamente no le acompañó entonces, ni volvió tampoco a Lima después13. Partía Bolívar con el feliz agüero del cuarto aniversario de Boyacá y al año, casi día por día, el 6 de agosto de 1824, había de ganar su última gran victoria en los campos de Junín.

La noticia de tan brillante triunfo llegó a Guayaquil a más tardar en el curso del mes de setiembre; y todavía no acababa Olmedo de concertar la extraña conmoción que se había adueñado de su espíritu ante suceso de tanta trascendencia, cuando en los primeros días del siguiente enero llegó la nueva de la victoria más trascendental todavía de Ayacucho, ganada por Sucre el 9 de diciembre de 1825.

Para Olmedo, que desde octubre de 1820 había abandonado toda preocupación literaria, pero que en cambio había entrado de lleno en la corriente política y militar, que a modo de río tormentoso arrebataba la vida americana, había llegado la hora decisiva de su vida. Se apoderó de él un estro irresistible, tal como jamás lo había experimentado anteriormente, y que le iba a dictar el Canto que ha tenido tan profundas y largas proyecciones en la vida de la América independiente.

Las cartas cruzadas entre Olmedo y Bolívar con referencia al Canto de Junín nos han conservado la génesis y la historia completa de aquel documento histórico de primera importancia, que nos permite formar idea del alma que puso Olmedo en esa que, como escribía al Libertador, deseaba «fuese la composición de su vida».



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1825-1829. Diplomático en Londres y París

En plena efervescencia de la composición del Canto de Junín estaba Olmedo cuando el 15 de marzo de 1825, el Gobierno peruano o, lo que era lo mismo en aquellos días, Bolívar le nombró Ministro Plenipotenciario del Perú ante las Cortes de Londres y París. Este honor, como el que el mismo Congreso Constituyente del Perú le ofreciera dos meses antes, otorgándole por decreto de 15 de enero, el título, con los correspondientes derechos, de peruano de nacimiento, no los quiso admitir Olmedo sin el previo permiso del Gobierno grancolombiano, permiso solicitado para ambas gracias en comunicación de 20 de abril, y contestado favorablemente de Bogotá por el secretario de Estado don J. Manuel Restrepo, el 6 de julio.

Para Olmedo esta misión diplomática fue un verdadero sacrificio. Su carta a Bolívar de 5 de agosto, escrita momentos antes de la partida, está rebosando de sentimientos doloridos o, para usar de sus propias palabras de «un pesar que a la verdad es inexplicable».... La composición A su esposa, escrita unos días antes, ha conservado, junto con el recuerdo de la amarga despedida, la prueba fehaciente de lo que era el corazón de Olmedo para con los suyos.

Los presentimientos que al partir comunicaba a Bolívar: «Voy a pasar dos o tres años en inquietud, porque ya pasó la edad de las ilusiones», se cumplieron sobradamente. La estancia en Europa no proporcionó a Olmedo más que sinsabores sin cuento, con las únicas compensaciones gustosas de la impresión decente de su Canto a Bolívar en tres ediciones (Londres y París, 1826), y de la amistad de don Andrés Bello, una de las más nobles que disfrutó en la vida.

Junto con Bello y otros dos literatos colombianos, José M. Salazar y José Fernández Madrid, fue   -35-   nombrado por entonces (noviembre de 1826) miembro fundador de la Academia Nacional de Colombia, que se instaló en Bogotá el 25 de diciembre de aquel mismo año.

De principios de octubre de 1825 a fines de noviembre de 1826, permaneció en Londres; y luego en París hasta fines de julio de 1827. Volvió entonces por 8 meses más a Londres, de donde zarpó de vuelta para América en los primeros días de marzo de 1828. La navegación, «larga, desagradable y peligrosa», la hizo por el cabo de Hornos. Al llegar a Valparaíso, el 10 de agosto, se halló con la dolorosísima noticia de la muerte de su primogénita Rosa Perpetua. Y a ese que llama «el pesar más amargo de su vida», vino a sumarse la desazón y desconsuelo por las violentas disensiones entre Colombia y el Perú, al que gobernaba entonces su íntimo amigo el ecuatoriano La Mar.

Hay que conocer por la correspondencia de Olmedo lo que en él importaba la amistad, para aquilatar el alcance de su resolución patriótica al pasar por el Callao sin una entrevista con el amigo tan querido. Recuérdese que La Mar no solamente le había merecido el inmortal elogio en el Canto de Junín, con la nota extraordinariamente expresiva que lo acompaña, sino que ocupó su memoria y su cariño hasta el fin, (como que la muerte sorprendió a Olmedo escribiendo unos apuntes biográficos del gran Mariscal, así como un soneto que es su más alta vindicación); y, si alguno ha osado poner en duda la ecuatorianidad de Olmedo, véale pasar frente a Lima, en 1828, desairando a La Mar, por hallarse éste amagando invasión al suelo ecuatoriano.

Restituido Olmedo al hogar después de tres años de ausencia, hambriento de retiro familiar, halló que ya le estaba esperando en Guayaquil una carta importante de Bolívar, quien no le había guardado rencor por su enérgica reprobación del proyecto de Constitución   -36-   boliviana. Esta carta fechada en Bucaramanga el 6 de junio de 1828, le ofrecía en la forma más afectuosa el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Gran Colombia14.

A ruego tan apremiante y honorífico se resistió Olmedo. Refiriéndose a esta negativa, comenta don Pedro Carbo en términos velados que discretamente condenan censurables realidades, sin comprometer grandes nombres: «Prefirió Olmedo la vida privada en esos aciagos días de dictadura, de planes de presidencia vitalicia y de pronunciamientos militares contra las instituciones juradas, que tanto empañaron la aureola de la gloriosa Colombia. Olmedo salvó, pues, su nombre, no tomando ninguna parte en los acontecimientos que dieron por resultado la disolución de aquella renombrada República».15




1830-1843, Olmedo en el Ecuador independiente. El Canto a Flores

La pacífica transformación del 13 de mayo de 1830, que desligó al Ecuador de la subordinación a Colombia, halló al triunviro del 9 de octubre vigilante y dispuesto a cooperar a la gran obra de la consolidación de la nacionalidad ecuatoriana. El nombre de Olmedo, que era entonces Prefecto del Guayas, es el primero que se lee en las actas de la sesión del 14 de agosto, a la que concurrieron en la ciudad de Riobamba 16 diputados para la instalación del Congreso Constituyente del Estado del Sur de Colombia, como provisionalmente se lo denominó. Olmedo formó parte de la comisión encargada de presentar el proyecto de Constitución, el cual fue discutido y aprobado por la asamblea en el espacio de 45 días.

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El Congreso eligió por primer presidente al general Juan José Flores, y por vicepresidente a Olmedo; este cargo le hubiera obligado a trasladarse por un cuadrienio a Quito; por eso lo renunció. Dos años más tarde, en 1832, aceptó por segunda vez el puesto de Gobernador del Guayas, que a poco renunció altivamente por los descomedimientos del ministro de Hacienda, García del Río.

Esta desavenencia no le impidió prestar generosamente sus servicios al Gobierno en las conferencias de límites con Colombia, en abril de 1832, para las que acudió a marchas forzadas a Quito. Desgraciadamente quedaron sin efecto las ventajas que alcanzaron los comisionados ecuatorianos, el doctor Joaquín Nicolás de Arteta (más tarde obispo de Quito), el doctor José Félix Valdivieso y Olmedo, frente a los plenipotenciarios neogranadinos, el ilustrísimo señor José María Esteves, obispo de Santa Marta y el doctor Manuel Restrepo. Al fin se frustró la incorporación del Cauca al Ecuador.

En carta de 9 de enero de 1833, Olmedo restituido al seno de su familia, escribía festivamente a don Andrés Bello: «¿Qué noticias me da Ud. de las amigas Musas? Ha tanto tiempo que ni las veo ni me ven, que recelo me hayan olvidado; desgracia que, por su sexo, es peor que si me aborreciesen».16 En efecto, desde la vuelta de Londres no había escrito más que la letra para la Canción Nacional, que ha quedado virtualmente inédita, y los alejandrinos franceses a Villamil.

Le quedaba, sin embargo por correr la segunda grande aventura poética de su vida.

La oposición a Flores, iniciada desde 1833, fue tomando proporciones de revolución general en todo el año de 1834. Inútiles fueron los buenos oficios de Olmedo   -38-   en la reunión de Babahoyo de 4 de agosto, para remediar la disensión de los sublevados del Norte, apoderados de Quito; y las hostilidades culminaron en el funesto encuentro de Miñarica, donde la pericia militar de Flores reportó sangrienta victoria.

No es necesario buscar complicadas explicaciones para lo que entonces sucedió. Olmedo estaba ligado a Flores por los lazos de la amistad y aun del compadrazgo; Olmedo como tantos otros ecuatorianos veía entonces en Flores al único gran político capaz de guiar los primeros pasos de la República naciente; Olmedo creyó que con esta victoria de Flores se cortaban de una vez todas las cabezas de la hidra de la revolución; y ante el anuncio del triunfo completo y la ilusión de la paz duradera, sintió repentina e ineludible la sacudida eléctrica de la gran inspiración.

Los Apuntes de Herrera han conservado fragmentos de las cartas de Olmedo a Flores que permiten seguir la génesis de este segundo Canto con la misma precisión que las cartas a Bolívar la del Canto de Junín. En el segundo como en el primero, la misma invasión arrolladora a la primera noticia de la victoria: la batalla se dio el 18 de enero de 1835, y el 27 de marzo ya estaba compuesto el exordio grandioso. «Después de diez años de sueño, me despertó la victoria de Miñarica, lo que me sorprendió en términos que me creí poeta o versificador por la primera vez. Olvidado estaba ya de la impresión de semejantes excitaciones», escribía a 1.º de abril. También en este canto ocurrieron ocupaciones intempestivas que «resfriaron el entusiasmo» y obligaron al poeta a concluir la obra trabajosamente. Diole, sin embargo, la última mano con tal maestría, que nunca hubo de corregir el texto publicado en Guayaquil el mismo año de 1835.

Pudo Olmedo arrepentirse más tarde de haber celebrado con una oda de tan alto vuelo una victoria en que no había corrido sino sangre ecuatoriana: pero no pudo dejar de comprender que esta oda era su   -39-   segunda obra maestra. Y Flores, harto sensible en achaque de versos, tuvo clara conciencia de la inmortalidad que le confería su Omero, cuya oda incluyó en la 2.ª y 3.ª edición de sus propios Ocios poéticos (Quito 1842, París 1846).

La vinculación de Olmedo con Flores no era, sin embargo, la de un incondicional. Dos breves fragmentos de cartas de 9 y 25 de febrero de 1835, conservados por Herrera, lo dan a entender con toda evidencia, y la clara admonición que contienen merece ser recordada: «La victoria de Ud., escribía al General en la primera, es tan gloriosa como inesperada. Todos debemos esperar que ésta sea la última victoria. Todos debemos hacer más de lo que se trabajó en la guerra para conservar la paz, hija de esta victoria». Y en la segunda: «Ya sabía yo que entraría Ud. bajo arcos triunfales en Quito, y que se vería rodeado de adictos, de amigos y de admiradores. Que no se pierda, por Dios, el fruto de la victoria; que no sea inútil el hecatombe del Miñarica; que no se aparte un momento del alma de Ud. el terrible pensamiento de que cada año tendremos otra tempestad, mientras dejemos los elementos que formaron la primera».17

Las mismas inquietudes se rezuman del discurso inaugural de la Constituyente de Ambato, a la que acudió el 22 de junio de 1835, como diputado de Guayaquil, y de la que fue nombrado presidente. No le faltaron insinuaciones para que presentara su candidatura a la Presidencia de la República. «Vamos a entrar en la gran cuestión de nombramiento de Presidente, escribe a Flores el 30 de julio. Sea en odio a Rocafuerte o afecto a mí todos o los más me han apremiado por que admita esta terrible carga; pero yo me he denegado con firmeza, o si Ud. quiere, con obstinación».18

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La idea que tenía formada de lo que es la Presidencia de la República, la estampó en frases memorables del discurso pronunciado al recibir el juramento constitucional del electo Rocafuerte.

Después de la Convención de Ambato en que apareció Olmedo en tan alto predicamento, volvió a la placidez de su vida de hogar y de estudio, en su quinta de la Virginia, durante unos diez años. A este lapso corresponden unas 14 composiciones, la mitad de ellas inéditas, y la continuación de las traducciones de Pope empezadas unos veinte años antes.




1843-1847. Segunda vez triunviro. Últimos destellos

Entretanto la oposición contra Flores había ido subiendo como marea incontenible, y estalló en forma violenta cuando después de la primera reelección de 1839, la Convención de 1843 procedió a una tercera reelección y para un período de ocho años.

Este amago de perpetuación en el mando junto con el predominio de extranjeros en los mejores puestos de la administración, abusos de poder y gravámenes excesivos acabaron con la paciencia del pueblo ecuatoriano. «La revolución de 1845, escribe D. Clemente Ballén, fue acaso el único movimiento popular realmente espontáneo que se ha visto en el Ecuador, y por su origen y por su espíritu compréndese muy bien que Olmedo lo abrazara, aceptando, una vez en su larga existencia, el papel de revolucionario».19 Este carácter de espontaneidad y universalidad lo proclama Olmedo, con una vehemencia enteramente inusitada en el Manifiesto del Gobierno Provisorio del   -41-   Ecuador, sobre las causas de la presente transformación. A los pueblos americanos20.

Es natural que los partidarios de Flores censuren acremente el cambio dado por el gran patricio, y contrapongan el ditirambo de 1835 con el Manifiesto de 1845. Pero pide la justicia que se averigüe si este cambio, en vez de ser pura versatilidad, no responde a otro cambio previo dado por el mismo Flores, y si el Flores de 1845 era realmente el Flores de 1830 y 1835. Las razones de la mudanza de Olmedo hay que buscarlas, más bien que en las páginas vibrantes de pasión indignada del Manifiesto del 6 de julio de 1845, en la exposición más serena y profunda del Mensaje al Congreso, de 3 de octubre. Refiriéndose en él a la suspensión de la campaña por la paz de la Virginia, dice: «Conseguido por los tratados el objeto principal y único, que era substituir a la administración ilegal y extraña un Gobierno propio, una representación verdaderamente ecuatoriana, habría sido un crimen prolongar los sacrificios del pueblo por la gloria pueril de terminar la guerra con una victoria decisiva».21 Y termina el Mensaje con esta altiva declaración: «Si una censura poco indulgente fuese numerando los errores, los desaciertos, las negligencias del Gobierno Provisorio, si se le hiciese aun más graves inculpaciones, el Gobierno responderá con frente serena: Allí tenéis derrocada la administración extraña que os oprimía; allí os devolvemos libre y gloriosa la patria que recibimos sujeta y humillada: aquí tenéis la primera representación nacional. Venid, uníos con nosotros a dar gracias al cielo por tan inestimables beneficios».

La insurrección del 9 de octubre de 1820 fue levantamiento de los colonos de Guayaquil contra la sujeción   -42-   de la metrópoli. La revolución del 6 de marzo de 1845 fue la reacción del Ecuador entero contra el extranjerismo que humillaba la vida nacional. Olmedo en su Mensaje recordando que ambos movimientos se desarrollaron en la ciudad porteña, apellida a Guayaquil por el primero «cuna de la Independencia», y por el segundo, «cuna de la Libertad del Ecuador».

Los poderes de triunviro que le habían sido conferidos por la asamblea de notables, lo mismo que en 1820, y que ejerció en compañía de don Vicente Ramón Roca y don Diego Noboa, los resignó en manos de la Convención de Cuenca: y en la contienda electoral, dejó de subir a la Presidencia de la República por un solo voto.

Ya no le quedaban a Olmedo sino dos años de vida, dos años acibarados por cruel enfermedad (estitiquez dice él mismo, cáncer intestinal apunta Ballén).

Se trasladó a Paita, en cumplimiento de la comisión que le confió el presidente Roca de reclamar al Gobierno del Perú los restos del mariscal La Mar. Estuvo en Lima por última vez en 1846, y dejó al paso algunas composiciones en los álbumes de algunas limeñas. El 31 de enero de 1847 escribe, de vuelta a Guayaquil, a don Andrés Bello: «Después de una larga peregrinación he vuelto del Perú, adonde fui a buscar la salud y no la encontré».

El fin se acercaba. Veinte días después de esta última carta el 19 de febrero de 1847, faltándole un mes para cumplir 67 años, entregó su alma al Criador, en brazos de su antiguo condiscípulo y amigo, el ilustrísimo Francisco Garaicoa, primer obispo de Guayaquil.

La muerte de Olmedo fue duelo de la patria. La voz oficial se hizo oír en El Nacional de 2 de marzo de 1847, en el que se leen entre otras estas graves sentencias: «El Señor Olmedo ha sabido llevar hasta el sepulcro la misión noble de su vida pública, la misión noble de servir a la Patria con provecho de ella y con   -43-   lauro de su reputación. Los primeros días de su juventud fueron los primeros días de la historia de nuestra redención política.... En la postrimera estación de su noble existencia, cuando ya la mortífera enfermedad pronosticaba cercana muerte, le hemos visto abajarse del lecho del dolor, y reanimándose con la grandiosidad de la idea de rescatar su patria del poder de la tiranía, ponerse a la cabeza de los libres, asistir a los reales del pueblo, y animar con su ejemplo y con el mágico poder de su elocuencia a los que peleaban por rendir el ejército extranjero que invencible se creía; le hemos visto en el solio de la autoridad popular dirigiendo con serenidad y hasta con dulzura la nave del Estado sacudida por recias tempestades y en peligro de hundirse para siempre en un abismo de sangre; le hemos visto llevar personalmente el laurel del triunfo y la oliva de la paz entre la Representación nacional, felicitarle por su inauguración política, y retirarse contento y feliz... al último descanso de la vida! Ensalcemos su nombre y bendigamos eternamente su memoria».22

Este recuerdo y esta bendición han quedado grabados en su epitafio:




A Dios glorificador


Aquí yace el doctor don José Joaquín Olmedo

Fue el padre de la Patria
El ídolo de su pueblo
Poseyó todos los talentos
Practicó todas las virtudes
1847







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Olmedo y Bolívar

La trascendencia americana de Olmedo procede de su relación con Bolívar, el Libertador. Antes de estudiar La Victoria de Junín como obra literaria, es menester ponderarla como fenómeno histórico.

El Ecuador, al volver los ojos a los primeros pasos que dio hacia la vida autónoma, se reconoce como uno de los astros que giraron dentro del sistema planetario cuyo centro fue Bolívar. Y factor constitutivo de esta que pudiera llamarse gravitación bolivariana, fue Olmedo.

Olmedo y Bolívar: dos grandes nombres que nos pertenecen; dos nombres que, enunciados juntos, nos hablan de una de las vinculaciones más íntimas y más substanciales del Libertador con nuestra patria. La importancia de las apariencias externas es efímera; lo trascendente tarde o temprano recobra sus fueros y se presenta como la explicación última de los grandes sucesos históricos. A la pregunta: «¿Qué es lo que Bolívar ha hecho por el Ecuador?», ¿con qué podemos responder sino con nuestra existencia misma? A la pregunta: «¿Qué es lo que el Ecuador ha hecho por Bolívar?», podemos contestar con un nombre, el de Olmedo. A Bolívar ha dado el Ecuador Olmedo, le ha dado su cantor, su introductor a la inmortalidad.

Y esto no es ni exageración ni verbalismo insubstancial. Realidad histórica y substancialísima es el hecho de que Olmedo ha cooperado como el que más a la glorificación de Bolívar ante la posteridad; el de que esta glorificación ha sido de un alcance incalculable para el arraigo de la veneración popular a la persona del Libertador; y el de que, a su vez, esta veneración constituye la savia vivificante y perenne del influjo de Bolívar sobre el pensamiento americano y sobre la vida de las naciones por él libertadas.

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En este sentido Olmedo y Bolívar son inseparables, son dos hombres hechos el uno para el otro. Sin Bolívar, no hubiera habido Olmedo, se entiende el Olmedo del máxico epinicio pindárico inigualado. Y sin Olmedo, Bolívar, aunque seguramente hubiera hecho todo lo que hizo, pero no sería ante nosotros lo que ahora es. Porque a Bolívar lo ve la posteridad con la aureola de gloria que en su frente puso Olmedo, y dentro de la atmósfera sobrehumana a la que, en vida, le sublimó con su canto. Bolívar en un momento de despecho, de aquellos en que, como hombre, pagaba tributo a la flaqueza humana, llegó a aplicar a su magna obra libertadora el calificativo mezquino de «nuestra pobre farsa».23 El que la posteridad no recogiera este concepto denigrante, el que antes protestara unánime contra él, que lo ahogara en una aclamación triunfal de admiración y gratitud, se debe, en primer lugar, a Olmedo, quien dio el primer grito estentóreo en esta aclamación que se prolonga a través de los tiempos.

La realidad es, pues, ésta -realidad que nos debe enorgullecer a los Ecuatorianos-: que el Bolívar que ha pasado a la inmortalidad es el Bolívar de Olmedo.

No es éste, a decir verdad, el Bolívar de proporciones rigurosamente históricas, el Bolívar de carne y hueso, el de los biógrafos y compiladores de documentos, de los críticos, sociólogos e internacionalistas. Este Bolívar documental es, por cierto, necesarísimo para la seriedad de la historia, que no sufre desviación alguna de la estricta objetividad; pero para la acción profunda sobre las generaciones que se suceden sin visión directa del héroe, y que tienen que reconstruir su figura para vivir de su influjo, se hace también necesario el Bolívar idealizado, el Bolívar casi mítico, es decir, sometido al proceso de transformación indispensable   -46-   para que un ser humano pueda convertirse en símbolo duradero, en inspiración eficaz para los pueblos.

Esta transformación, que, sin falsificar la historia, la hace asimilable y popular, quien el primero la realizó, quien dio la pauta para ella, quien aleccionó a América en ella, fue Olmedo. De modo que no faltan motivos para acercar el uno al otro y poner frente a frente al poeta y al hombre de guerra, al político de la paz y al genio de las batallas, al que fue ante todo voz y al que fue ante todo mente y brazo, y afirmar que fueron dos hombres hechos el uno para el otro: pues, si Bolívar fue necesario para hacer brotar el canto genial de Olmedo, también ha sido preciso el genio de Olmedo para forjarnos una adecuada idealización de Bolívar, y asegurar con ella su glorificación suprema.

Después del choque doloroso entre los dos grandes hombres, causado por la violenta anexión de Guayaquil a Colombia, el resentimiento que pudo conservar Olmedo quedó ahogado por la convicción de lo indispensable que era Bolívar para llevar a término la obra de la emancipación americana. A ruegos suyos pasó Bolívar al Perú.

Y llegó la victoria el 6 de agosto de 1824, arrastrando en su vuelo vertiginoso los escuadrones libertadores sobre la pampa de Junín; y con la noticia de ella brotó de súbito la vena hirviente del canto, como géiser inesperado e incontenible, que lanza a los aires el surtidor de aguas acumuladas largamente en el hervidero interior.

Lo que en el Canto a Bolívar no se ha ponderado suficientemente es el significado histórico de esta obra singular, que, desbordándose, del campo de la literatura y de la poesía, ha llegado a cobrar extraordinaria importancia en el orden cívico y patriótico, en la formación del espíritu nacional.

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Para darnos plena cuenta del mérito de Olmedo en este punto, sepamos remontar a él como la fuente primera del ferviente entusiasmo bolivariano que ahora es patrimonio común. Cuántas veces no sucede que, realizada de un modo u otro alguna trasformación de inmensas consecuencias, se toman los resultados permanentes de la misma como cosa natural, sin volver a pensar en la causa que así modificó el sesgo de los acontecimientos. Esto es lo que sucede con el Canto de Olmedo. Realizada la apoteosis de Bolívar, endiosado el héroe a los ojos de los americanos, poco se piensa en el influjo decisivo que tuvo en este fenómeno el cantor del Guayas.

Así como tampoco se reflexiona suficientemente en que la razón de este influjo reside sobre todo en que el gran epinicio contiene la más perfecta síntesis ideológica entrañada en los sucesos.

Los más grandes hechos de la historia, al tiempo de realizarse, aparecen envueltos en tan inextricable multiplicidad de pequeñeces intrascendentes, que cuesta el mayor trabajo deslindar en esa tupida madeja los datos fundamentales, las líneas directrices, el pensamiento central, lo que ha de ser germen de resultados perdurables. Y sin embargo, este deslinde, este enfoque certero, esta fijación de valores es indispensable para que se logren los objetivos a los que los sucesos iban encaminados. Pues sin esta simplificación orientadora, luz concentrada sobre lo esencial, el elemento activo puede quedar en actividad sólo potencial, paralizado por falta de ambiente y de cooperación.

Olmedo atinó como nadie con la síntesis ideológica de la obra de Bolívar en sus dos fases esenciales: liberación de colonias y creación de naciones.

El pensamiento creador del Padre de América, no podía limitarse al logro inmediato de victorias militares. Estas rompen cadenas y dispersan las fuerzas contrarias, pero nada construyen. Por falta de la labor   -48-   civil que debe hacerse después de la victoria, cuántas victorias inútiles no ha visto y no está viendo el mundo. Después de las victorias sobre las fuerzas opresoras, empeñadas en apagar el ímpetu de América hacia la emancipación, era precisa la labor cívica, tenaz y perseverante, para construir las nuevas nacionalidades sobre las ruinas del régimen colonial. Y esta labor debía estar inspirada en el mismo ímpetu vital que había promovido los heroísmos de los campos de batalla, y debía también ajustarse a las normas que rigen el desenvolvimiento normal de los pueblos.

Y esto es lo que superiormente puso de relieve Olmedo en el Canto a Bolívar. Recogió todo el valor fecundante del heroísmo bélico contemporáneo, y señaló los nuevos rumbos por los que debían lanzarse los pueblos libertados para constituirse sólidamente en naciones.

En la descripción épica de las dos batallas (y es esto verdadero milagro del genio) logró conservar fijo y bullente a un tiempo, inmutable como lo pasado y vivo como lo actual, el gran soplo huracanado de la gesta bolivariana, encarnando en versos inolvidables el arranque heroico que hizo triunfar la causa libertadora, y aseguró con esto la inyección vivífica de patriotismo que a lo largo de los siglos, mantendrá pujante el espíritu generoso de la joven América.

Luego, de entre las llamaradas de aquella descripción guerrera, se levanta idealizada, arrebatadora, la figura del Libertador, espiritualizados sus rasgos esenciales, definido el sentido de su personalidad, en pleno resalte el pensamiento central de su vida y de su obra: la creación de una América libre y grande.

Y por fin en el arrebato de la visión profética del porvenir llega, discretamente disimulado, el consejo solícito, el encauzamiento eficaz de los anhelos comunes hacia las virtudes cívicas por las que deben salvarse los frutos de la libertad, esto es, la paz y la unión para la prosperidad de los pueblos.

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Esta es La victoria, de Junín. Canto a Bolívar, obra genial en el campo de las letras, y obra trascendental en el orden de las realizaciones nacionales; lazo de unión indisoluble entre Olmedo y Bolívar, identificación gloriosa de sus espíritus, colaboración magnífica para el logro cabal de la obra emancipadora: a Bolívar, la realización activa; a Olmedo, la interpretación, la depuración intelectual, la simbolización poética y la consagración definitiva.



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    José Joaquín Olmedo : poesía-prosa
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