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    Vida del Ilmo. Señor Don Felix Amat, Arzobispo de Palmyra ...
     Lo escribió ... Fèlix Torres Amat ...
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CUARTA ÉPOCA

desde los sucesos del Escorial en noviembre de 1807, hasta 1815 en que se retiró á Cataluña.

     180   Llegó finalmente el aciago dia 27 de octubre de 1807 en que vimos con asombro y amargo dolor arrestado al Príncipe de Asturias. La entrada de las tropas de Napoleon, con el pretexto de ir á Portugal y de otras expediciones, tenian en una cruel expectacion y zozobra á todos los españoles, y singularmente á las personas mas allegadas al Soberano y á su Real familia. A mitad de octubre preguntaba al Sr. Amát uno de los mas fieles criados del cuarto de S. M. qué es lo que le parecia del estado en que nos hallábamos. No recibió otra respuesta que la siguiente: Sr. D. L.: Meses ha que lo que á Vd. le aflige, me quita muchas horas de dormir. Yo estoy ignorante de todo, como Vd. mismo. He preguntado algo al Sr. Ceballos, y veo que tambien él se halla confuso. Aquí hay un enredo grande....... Nodus Deo vindice dignus...... A Vd. como á mí no nos toca sino rogar cada dia á Dios con mucho fervor que derrame sobre S. M. y sobre sus Ministros y Consejeros abundancia de luz, para acertar en los medios de conjurar la nube maligna que tenemos ya encima. Ocurrió de allí á pocos dias aquel triste y melancólico suceso del Escorial que dejó atónitos á todos los españoles. El arresto del entónces Príncipe de Asturias, nuestro actual Soberano, fué como el funesto cometa que presagió la desastrosa y larga serie de males que sufrió la infeliz España durante su heróica defensa, y en medio de los sangrientos combates que sostuvo contra los aguerridos ejércitos de Napoleon. No dejaba de rezelar mucho el Sr. Amát de la desmedida ambicion de Bonaparte: pero solamente comenzó á [160] temer por las personas del Rey y de su Real familia, cuando vió despues la inaudita felonía con que los habia llevado engañados. Uno de los mas antiguos y principales criados de S. M. vino en aquellos críticos dias, á eso de las diez de la noche, y estuvo dos horas en conversacion muy viva y secreta con el Sr. Amát. Al cabo de algunos años oí de la misma boca de éste, que vino á proponerle que inclinara el ánimo del Rey á que encargase la causa del Sermo. Sr. Príncipe de Asturias al decano y gobernador interino del Consejo, el integérrimo Sr. D. Arias Mon y Velarde, y á los otros consejeros de los de mas fama que llevaba escritos en una lista. El Sr. Amát observaba con la mayor exactitud su máxima constante de no meterse en negocios que no pertenecian á su destino: pero daba con la mayor franqueza su dictámen siempre que era preguntado por alguna autoridad, ó por persona particular que pudiese influir en el bien de la Iglesia ó del Estado. Durante los sucesos del Escorial visitáronle algunas personas de las que intervenian en ellos. El Sr. D. Arias Mon, y el consejero Sr. D. Sebastian de Torres que tanta parte tuvieron en el feliz desenlace de aquella escena, vinieron á verle separadamente y con disimulo, y hablaron con él largamente.

     181   Pero lo que honra mas al digno Confesor de Cárlos IV, es el papel que puso en manos de su Augusto penitente, á fin de hacerle ver que debia en conciencia dar alguna órden para desvanecer completamente la calumnia contra el Príncipe. Este papel dice así: «=Señor=El Confesor de V. M. se cree en conciencia obligado á hablarle del ruidoso asunto del Príncipe de Asturias, despues de haberlo meditado mucho en presencia de Dios.--Mis observaciones no son políticas ó dirigidas al bien temporal del reino: pues en esta parte creo que nunca debo hablar, á no ser que V. M. me lo mandase; y que mi obligacion es solo rogar á Dios por la vida y acierto de V. M. Son dirigidas al bien del alma de V. M.: porque, Señor, me parece que V. M. está en conciencia obligado á examinar de nuevo algunos decretos dados en este asunto, en cuanto de ellos resulta infamia al Príncipe de Asturias.--El decreto [161] de 30 de octubre da á entender que S. A. intentó apoderarse de la soberanía en vida de V. M.; y alguna expresion puede indicar que atentó á su vida. La oscuridad de las cláusulas, por lo mismo que se suponen de un padre que naturalmente desea ocultar ó disminuir los delitos de los hijos, da motivo de interpretarlas en el sentido de mas infamia.--El decreto de 5 de noviembre perdona al hijo; pero si bien se mira, no disminuye la infamia, ántes la confirma.--En dicho decreto manda V. M. abrir un juicio, en el cual, aunque no debió juzgarse de la persona del Príncipe, porque V. M. le habia perdonado; sin embargo del proceso de los reos debia resultar si los procedimientos del Príncipe eran ó no dignos de toda la infamia que se le habia impuesto en aquellos decretos.

     El amor y la fidelidad que debo á V. M. me inspiraban deseos de que las resultas del proceso fuesen tales, que tuviese V. M. el consuelo de comunicarlas al Consejo y al Reino, observando que los procedimientos del Príncipe habian resultado ménos criminales de lo que habian hecho creer al principio indicios muy vehementes. --A últimos de enero al volver los Consejeros del Escorial á Madrid, se conoció que se habia concluido la causa. Pero no se publicó la sentencia, como esperaba y creia el público, sino unos decretos de V. M., en los cuales el que ahora llama mi atencion es únicamente lo que pertenece al Príncipe de Asturias; pues en algunos de ellos se confirma la infamia de S. A.--Por ejemplo: en el decreto del duque del Infantado se dice que admitió un decreto del Príncipe como Soberano; y se le apercibe con la pena de traidor si quebranta el destierro. Y esto da á entender que el Príncipe expidió un decreto intentando ejercer soberanía ahora mismo en vida de V. M. Sin embargo, parece ya cierto que el del Príncipe no era un decreto que debiese obrar ahora, sino preparado para el tiempo posterior á la muerte de V. M. Y por lo mismo por injusto que se suponga, siempre su criminalidad ó injusticia será de un grado sin comparacion menor que si hubiese intentado ejercer actos de soberanía [162] en vida de V. M. (3). Esto, Señor, es evidente.

     Ahora pues, hacer hablar á V. M. en los primeros decretos y en estos últimos con expresiones á lo ménos oscuras, que dan una idea mas atroz de lo que realmente merece un delito, cuyo principal autor es un hijo de V. M., es, Señor, muy poco conforme á la cristiandad y justificacion de V. M.

     El amor paternal y la benignidad presentan varias reflexiones conformes al Evangelio y á la recta razon, para que V. M. no solo perdone á su hijo, como ha hecho, sino que procure tambien cubrir su delito, ó á lo ménos presentarle en el aspecto ménos culpable. Pero pintarle mas feo de lo que es, temo, Señor, que ofende mucho las prendas mas apreciables del corazon de V. M., su amor paternal, su benignidad y su justicia.--Digo su justicia: porque, Señor, entre los vasallos, de V.M. tiene el Príncipe de Asturias un derecho muy particular á que su honor y fama no se tilde mas de lo justo.

     Por lo mismo, Señor, creo que V. M. está obligado en conciencia á examinar de nuevo con detencion dichos decretos: leer todo el proceso, de los cómplices del Príncipe, especialmente la acusacion fiscal, y las respuestas de los reos y de sus abogados: considerar con reflexion la sentencia, por el peso que le da el ser de once ministros escogidos por V. M. y muy acreditados en el público, que estuvieron un tiempo competente dedicados á este solo negocio: oir, si V. M. lo juzga conveniente, á alguno de los mismos jueces para saber en qué se fundaron, para lo que V. M. sospeche ó crea ménos arreglado en su sentencia.

     Hecho esto, confie V. M. firmemente que Dios le inspirará la determinacion mas justa, y que será al mismo tiempo de mucho consuelo. al amor paternal de V. M. y la mas útil á la Monarquía.»= Este papel se conserva de letra del Sr. [163] Amát entre sus manuscritos, y prueba bien su acendrada lealtad al Soberano y su decidido amor á la verdad y justicia.

     189   Mas apenas los amantes sinceros y fieles vasallos de SS. MM. y Real familia acababan de celebrar el feliz éxito de la tan triste y ruidosa causa del Escorial, y las tiernas y paternales demostraciones de amor que dió el Rey á su inocente hijo el Príncipe de Asturias; cuando ya los sucesos que ocurrieron en Aranjuez, á mediados de marzo, volvieron á hacer revivir los sustos y temores. Desde que en la noche del 13 de marzo comenzó á decirse que se iban el Rey y la familia Real, acudieron varios criados de S. M. á pedir al Abad que le disuadiese del viaje. Instándole mucho D. Luis Vera, ayuda de cámara del Rey, honradísimo sugeto y que amaba entrañablemente á su amo, le respondió: «¿No conoce Vd. que yo no debo ni puedo meterme en cosas políticas.? ¿Quién sabe las gravísimas causas que tendrá S. M. para eso? Para aconsejar á un Rey, sin ser preguntado por él, es menester una moral certeza de que se aconseja una cosa buena.» Pero fueron tantas las personas de distincion, y de cuyo amor al Rey no podia dudarse, que instaban al Arzobispo su confesor á lo mismo que D. Luis Vera, que al fin resolvió ir á contar todo esto al entónces Ministro de Estado Sr. Ceballos: «Vd. por su destino (le dijo) sabe los graves asuntos de la nacion. ¿Conoce Vd. si yo debo hacer alguna cosa para el bien de SS. MM. y Real familia y de toda la nacion?» El Ministro le contestó: «Yo creo que debe Vd. cooperar con todo esfuerzo á que SS. MM. no se vayan del reino. El cómo pueda Vd. hacerlo, Vd. mismo se lo reflexionará.» Resolvió, pues, pasar á ver al Príncipe de la Paz para hacerle presente el disgusto general que se notaba dentro y fuera de palacio, y los graves inconvenientes ó terribles resultados que temia del preparado viaje. Pero éste sin dejarle explicar, le respondió luego: Tranquilicese Vd., Sr. Abad; no se piensa ya en ello. Al dia siguiente 17 de marzo fué á las siete de la mañana á palacio, y halló que. S. M. estaba oyendo misa; y que despues habia de tomar un baño. Hallábanse allí los médicos y cirujanos de cámara, [164] que todos admiraron su venida en aquella hora. Creyó el Abad que sería mejor no hablar al Rey, sino entregarle en un papel cuanto pensaba decirle. Pero al pedir al Gentil-hombre que entrará á suplicar á S. M. permiso para poner en sus Reales manos un papel, se excusó de hacerlo, por haber oido el dia ántes que S. M. se quejó al ministro Caballero de que muchos le daban consejos sin pedírselos. Al fin logró el Abad que le entrara el papel, y se esperó. Estaba S. M. para meter la pierna en el baño, cuando le recibió: leyóle luego, y sin manifestar disgusto, mandó al Gentil-hombre que dijera al Confesor que estaba bien. Al partir despues de Aranjuez á Madrid el nuevo Rey Fernando VII con la familia Real, el Sr. Infante D. Antonio le pidió este papel ó dictámen. El Abad le contestó que á S. A. le daria copia de él, pero á nadie mas. Y como despues el Abad no pasó por Madrid, pudo excusarlo. Entre los manuscritos del Sr. Amát no se halla este papel; pero sí otros dos sobre este asunto, que pongo en el Apéndice núm. 67.

     183   Sucedió aquella noche del 17 de marzo el alboroto contra D. Manuel Godoy, cuyo principio fué entre doce y una, en que una patrulla de su guardia disparó dos tiros contra tres Guardias de Corps, tiros que alborotaron luego todo el Sitio. Creyóse que de veras se emprendia el viaje de los Reyes, y que habia alguna resistencia. En pocos minutos se vieron el patio del palacio y el frente de la casa de Godoy llenos de gentes que gritaban viva el Rey, y añadian expresiones contra el Valído. Pero ya desde la una fué asaltada la casa de éste. A su esposa la Princesa de la Paz y á su hija, no se les hizo el mas mínimo insulto: los mismos alborotados sacaron el coche, les pidieron que subiesen á él, y tirando ellos mismos las llevaron al Real palacio. A las dos y media de la noche fue el Abad á palacio, y entró en el cuarto de SS. MM., que se habian levantado al ruido del alboroto. Habian llegado poco ántes los Ministros y el Patriarca. Creciendo el motin, propuso S. M. la Reina que S. A. el Príncipe fuese á apaciguarle. Aquí dijo el Arzobispo Confesor: Si VV.MM. me dan permiso, yo diré lo [165] que me ocurre. Diga Vd., repuso al instante el Rey.--Señor, dijo el Abad, creo que, por ahora á lo menos, no conviene que S. A. de este paso. Cuando sea de día, podrá entónces ser conveniente. Entre tanto podria ir algun otro. A esto dijo la Reina: Los Obispos son los que podrian ir; porque ahora militares nada alcanzarian. Que vaya el Patriarca. -Señora, respondió éste, yo no me atrevo; pues el pueblo no me recibirá muy bien. El Rey y el ministro Caballero dijeron que tenia razon. Durante esta conversacion el Príncipe de Castel-Franco, que estaba en la sala inmediata con los Capitanes de Guardias y Generales, entró donde estaban los Reyes y dijo: Señora, desde nuestra sala hemos oido, que se piensa enviar al Príncipe para sosegar el motin: no podernos dejar de hacer presente á V. M. que ahora de noche es expuesto que vaya allí S. A.

     184   Entónces dijo el Rey con voz firme y resoluta: Para ir á apaciguar la gente, nadie como el Abad, que no tiene ningun enemigo; y volviéndosele de cara, le dijo: ¿Iria Vd. allá á aquella gente? -Señor, yo haré cuanto me mande V. M., respondió. Y el Rey añadió al instante: Sí, sí, vaya Vd. luego, y que le acompañen algunos con hachas. En efecto, atravesando el Sr. Abad por entre aquella confusa muchedumbre, y oyendo varias veces en seguida de viva el Rey, viva el Confesor del Rey, llegó á la casa del Príncipe de la Paz, y poco á poco pudo entrar en la sala principal. Estaban algunos rompiendo los cristales de los balcones y de las arañas, otros destrozando un piano y varios muebles preciosos. El Abad comenzó á reprenderlos con mucha entereza: Señores, decia, esto ya pertenece al Rey: no es ya de D. Manuel Godoy: es un gravísimo desacato al Rey nuestro Señor esto que están Vds. haciendo. S. M. ha exonerado ya á D. Manuel Godoy de todos sus empleos y destinos. Retírense Vds. á sus casas. D. Manuel Godoy, que Vds. buscan, ya no está aquí. Al oir estas palabras se le acercó un hombre, que parecia manchego por su trage, pero que con su voz y manera de hablar indicaba que aquel trage era un disfraz; y le dijo con voz baja y con mucha atencion: Arriba está el miserable: yo le he visto: pero dejarle ya [166] al infeliz que viva. Un arriero manchego bajaba por la escalera con unas cortinas debajo del brazo. Díjole el Abad que por qué se llevaba aquello. Dijéronselo tambien luego las centinelas, mas no hacia caso; hasta que otro encarándose con él gritó: De esta casa ni el polvo.-Tiene Vd. razon, respondió al instante el manchego; dejó las cortinas al centinela, y sacudió el polvo de sus zapatos. En cosa de una hora consiguió el Sr. Amát que las gentes se retirasen de allí, y volvió á eso de las cuatro á dar cuenta á SS. MM. que le manifestaron particular satisfaccion por lo bien que habia desempeñado el encargo. En aquella noche fué cuando S. M. la Reina se acercó al Abad, y con voz baja le dijo: Abad, ¿qué concepto forma Vd. de Bonaparte? ¿Vd. cree que sus tropas han entrado para alguna cosa buena? A lo que contestó el Abad con un tono modesto y respetuoso, pero firme: «Señora: Yo no tengo datos seguros, ni noticias para formar ningun concepto que merezca la atencion de V. M., pero una vez que V. M., sabiendo mi vida retirada, se digna preguntarme sobre tan delicado punto, yo debo responder que léjos de creer que las tropas francesas hayan entrado en España con ningun fin bueno, temo mucho que las miras de Bonaparte son apoderarse del reino; y que procurará para ello que VV. MM. se vayan de España para tomar ese pretexto, como le tomó en Portugal, alegando que habian abandonado á sus vasallos.»

     185   Al otro dia (19 de marzo) el religioso y magnánimo Soberano creyendo que su hijo y heredero el Príncipe Fernando podria sacar mejor partido á favor de sus amados vasallos, por lo mismo que Napoleon no podia tener ninguna queja ni resentimiento contra él, ni alegar ningun agravio, renunció espontáneamente la corona, y mandó que fuese reconocido por Rey Fernando VII. Nada supo el Abad hasta las seis de la tarde, mucho despues de estar hecha la renuncia. Fué luego á palacio con el Patriarca: entraron á ver á los Reyes Padres, y manifestando á SS. MM. su sentimiento, dijo el Rey, dando un golpe en el brazo del Abad: Abad, hablemos claro: Bonaparte viene, y no con buenas miras. Fernando sacará siempre [167] mejor partido que yo para la nacion: esta es la verdadera causa de mi renuncia. Apareció aquella mañana siguiente como la plácida aurora del órden y felicidad que debia seguir á la pasada oscura y tempestuosa noche del dia anterior. Veíase renacer en los semblantes de los palaciegos y del pueblo la alegria y confianza, desterradas tiempo habia de todos los corazones. Mas el Abad y algunos otros, aunque pocos, quedaron todavía con muchos temores, no creyendo conjurada aun la horrorosa y malignante nube que venia de la otra banda de los Pirineos, y amagaba descargar sobre toda la península. Así es que compadecían en su interior al jóven é idolatrado Monarca, cuando en medio de las mayores aclamaciones entró como en triunfo en la capital del reino, rodeada ya de un ejército francés, á cuya frente se puso el Príncipe Murat, cuñado de Bonaparte. El memorable dia 2 de mayo, en que tanto brilló el amor y el entusiasmo de Madrid por su adorado Soberano, hizo ya entrever que no eran vanos los temores que el Abad tenia de los ulteriores males que amenazaban.

     Temió luego con razon que los enemigos del Rey y de la Real familia tirarian á desfigurar los sucesos de Aranjuez, y que para coadyuvar á las secretas y pérfidas miras de Napoleon los pintarian con negros colores. Poco despues supo ya que en un periódico de París se pintaban con muy malicioso artificio para hacer creer que todos se dirigieron contra los Reyes Padres, á fin de obligarlos á renunciar la corona. Por eso escribió luego una sencilla, y corta relacion de lo ocurrido en el Sitio hasta que el Rey abdicó la corona. Leíase como la relacion mas fiel y verídica, entre otras que corrian hijas de las pasiones exaltadas. Y así es que al cabo de algunos años (en 11 de setiembre de 1816) el Excmo. Sr. D. Pedro Ceballos, que era entónces otra vez primer secretario de Estado, pidió de órden del Rey al Sr. Amát una copia de dicha relacion, quien la remitió desde Sallent á S. E. Persuadido S. M, dice el oficio, de la exactitud y veracidad con que estará escrita, tan propia del carácter de V. S. I., se ha servido manifestarme sus deseos de verla, mandándome &c. Véase en el Apéndice n. 68. [168]

     186   En abril pasaron los Reyes Padres solos al Real monasterio del Escorial, dejando en el sitio de Aranjuez toda su principal servidumbre. Reuníanse todas las tardes en el paseo con el Abad, el capitan de la guardia real, el sumiller de S. M. y el inspector general de infantería D. José Martí, y es por demás decir cual era el objeto de sus tristes conversaciones. Enardecido una vez el Abad, dijo al general Martí: «Vd. que tiene conocimiento de la fuerza armada ¿nos podrá dar alguna esperanza de salir victoriosos, en caso de que esos hombres (los franceses) atropellando todo honor y envileciéndose á los ojos de todo el mundo, claven con la mas inaudita felonía el puñal en el corazon de su generosa aliada, la fiel España, que los está obsequiando con tanto esmero?» Aquel digno General, despues de un largo rato de un profundo y triste silencio, le respondió: «¡Ay amigo! esta borrasca viene de léjos: tenemos fuera del reino la flor del ejército. No obstante, si yo tuviera reunidos veinte mil hombres, aun me atreveria á asegurar á Vd. un buen éxito.» De allí á pocos dias salieron del Escorial los Reyes Padres para Bayona de Francia, adonde habia de comparecer Napoleon.

     187   El dia ántes de salir de Aranjuez habia dicho la Reina al Abad delante del Rey: Vd. se irá á Madrid con Fernando.-Señora, respondió el Abad, si VV.MM. no disponen de mí otra cosa, creo que debo volverme á S. Ildefonso. En efecto, así que supo la salida de los Reyes Padres para Francia, cuando ya habian partido de Aranjuez todas las Personas Reales, se volvió á su abadía sin entrar en Madrid. Habiendo en aquellos dias anteriores renunciado el Sr. Patriarca Arce todos sus destinos, y admitídole S. M. el Rey Fernando solamente la dimision de los de Patriarca de las Indias, é Inquisidor general, nombró para el primero al Sr. D. Pedro Silva, tio del Excmo. Sr. marqués de Santa Cruz, y ofreció el segundo al Sr. Amát. Pero éste le respondió con su previsora discrecion y natural sinceridad, «que nada ansiaba sino servir á S. M. desde su retiro de S. Ildefonso: fuera de que no quisiera haber de ser el último Inquisidor general.» Al oir esto se sonrió S. M., y no [169] insistió mas en dicha idea. Habia ya besado la mano al nuevo Soberano y tributádole sus homenajes en Aranjuez; y le pareció que seria afectado el ir á presentarse despues en Madrid en la Corte entre la muchedumbre de personas que solicitaban destinos y gracias, adorando, quizá por eso, al nuevo Sol que nacia. La sencillez nativa, que se conserva mejor tratando mas con los libros que con los hombres, le hacian mirar la vida de un cortesana tal como ella es en sí, no como por defuera parece. Conocia bien que las alegrías y satisfacciones de la Corte son visibles pero falsas, y sus pesares ocultos pero verdaderos. Luego que el Sr. Amát llegó de Aranjuez á S. Ildefonso, vino á verle su vecino y buen amigo el Sr. Santa María obispo de Segovia, y los dos sabios y virtuosos prelados pasaron algunos dias explayando los sentimientos de su corazon, y consolándose mútuamente en medio del terrible sobresalto en que les tenia la lúgubre situacion del Rey y de su amada España. Fácilmente convenian ámbos en la sólida y cristiana máxima de que los ministros de la Religion debian inculcar á los fieles, especialmente en aquella época, la obediencia al Gobierno; y evitar toda especie de anarquia, el peor de los males políticos.

     188   Entre tanto el astuto y pérfido Napoleon atrajo á Bayona al rey Fernando; quien solamente salió de Madrid con el objeto de recibir á cierta distancia al que se llamaba su fiel aliado, y al cual creia encontrar hácia Burgos segun los fingidos avisos que le daba el general Savarí, enviado para engañar alevosamente al generoso y sincero Monarca. Mas aquí debo llamar la atencion del lector á la situacion política en que se hallaba España, cuando los Reyes y la Real familia partieron para Francia. Pues desde estos dias comenzó la envidia á asestar sus tiros contra el Abad de S. Ildefonso, procurando manchar su bien acreditada opinion de amante y fiel servidor del Rey y de su nacion. Por lo mismo es preciso acordar el estado de la monarquia á primeros de junio; para que se vea la cristiana prudencia, sana política y acendrado patriotismo con que procedió el Sr. Amát, haciendose superior á todos los temores y esperanzas con que se exaltaban ciegamente las pasiones de tantos españoles. [170]

     Hallábase de auxiliar en Dinamarca lo mas escogido de nuestro ejército veterano, y otra no pequeña parte acompañaba en su expedicion á Portugal al general Junot, bajo cuyas órdenes estaba. Veíase nuestro reino invadido por los enemigos, desprovisto casi del todo para resistirles, sin Rey, y sin un Gobierno de antemano establecido, que pudiese reunir y dirigir los esfuerzos de la nacion para combatir los considerables ejércitos que simultáneamente invadieron la península, y estaban ya pérfidamente apoderados de sus principales plazas. Ardian los ánimos de todos los españoles en una justa indignacion por los acaecimientos y violencias que veian rápidamente sucederse; pero al mismo tiempo fluctuaban sobre el partido ó rumbo que podria tomarse en tan extraordinaria crisis, de que en nuestra historia no habia ejemplo; y eran gravísimos los males que podian resultar de cualquiera resolucion no acertada ó prematura, ó de no feliz éxito. Salvar la patria que tan gravemente peligraba, vengar la dignidad del Soberano y de la nacion tan atrozmente ultrajada, eran el objeto de todos los votos, y sin exageracion se puede asegurar que no habia un español que no hubiera sacrificado cien veces su vida para ver realizados estos deseos. Mas ¿cómo formar, proponer, concertar esta empresa en aquellos dias? ¿cómo tratar de ejecutarla, dado caso que posible fuera, mientras que atraidos por el pérfido tirano á Bayona de Francia los dos Monarcas y toda la Real familia, é ignorante la nacion de lo que allí pasaba, y de los lances y contestaciones que habrian precedido, era tal vez comprometer su suerte, y la de nuestros augustos Soberanos y personas Reales, el proceder en aquellos dias á un rompimiento, que podrian tachar de rebelion los enemigos para doblar mas y mas las cadenas y autorizar sus tropelías? Así es que las autoridades que mandaban en nombre del legítimo Soberano estaban tambien inciertas del rumbo que debian tomar, temerosas de errar y de causar mayores males si dejaban de cooperar á la tranquilidad y quietud del pueblo. Cada español en secreto, ó en particular, gemia, hablaba, persuadia, animaba á sacudir la fuerza francesa que oprimia la libertad individual y general, que atropellaba [171] los mas sacrosantos derechos, que correspondia con insultos y violencias á la fidelidad y á los mayores sacrificios: pero sin embargo obedecia en público lo que los ejecutores de ella le mandaban, aguardando impaciente la ocasion oportuna para un levantamiento general. Reinaba la oscuridad en los negocios. Dudaban muchos cuál seria el mejor partido, cuál el mas conveniente y decoroso, y aun algunos el que les sería permitido de abrazar. Así pintaba el primer orador de Roma la situacion de los ánimos de sus conciudadanos en la mas memorable época que presentan los anales de aquel gran pueblo, muy semejante á la no ménos extraordinaria, apurada y crítica posicion en que se ha hallado la España en abril, mayo y junio de 1808.

     189   En 1.º de junio comenzaron á reunirse en Segovia algunas gentes armadas con motivo de la indignacion general que causaron en todos los españoles las forzadas renuncias que Napoleon acababa de hacer firmar en Bayona á los Reyes Padres, al rey Fernando, y á los señores Infantes. En el sitio de S. Ildefonso los criados del Rey y demas empleados y trabajadores, tanto de los jardines como de las fábricas de cristales, impelidos de su natural amor y gratitud al Rey y á la Real familia, levantaron el grito contra tales renuncias, por mas que viniesen por el autorizado conducto del Supremo Consejo de Castilla. Alborotáronse hasta el extremo de arrastrar á un pobre soldado inválido, que se dijo era espía de los franceses; quizá solamente porque hasta entónces solia hablar con entusiasmo de Napoleon, especialmente al leer sus victorias de Austerliz, Jena, &c. que referian extensamente nuestras gacetas. Salvóle la vida el Sr. Abad, y consiguió que se pusiese preso, y dejase en manos de la justicia. Al otro dia se presentó á las puertas del Sitio la columna de cuatro mil franceses, que desde el Escorial subia á deshacer la reunion de gente armada en Segovia, y hacer un escarmiento en dicha ciudad. Sabedor del alboroto del Sitio, entró en él el general francés, y es bien notorio que el no haber ya entónces probado los males de un ejército enemigo, se debió á la intercesion y reflexiones de su digno prelado, [172] que salió garante de la tranquilidad de sus vecinos. ¿Qué hubiera sucedido, si el Abad frio espectador de todo, por temor de comprometerse ó disgustar á los criados del Rey y demas vecinos que estaban en la mayor exaltacion de ánimo, no hubiera predicado la tranquilidad y el sufrimiento? Hubieran hecho fuego á las tropas como querian, y como quizá ellas tambien deseaban. Y entónces ¡qué vejaciones, qué saqueos, qué violencias no hubieran causado con este motivo! ...... Por la falsa política de los egoistas, por tales medios no se salva la patria, ni se adquiere el honroso título de buen español y amante del Rey.

     190   Al otro dia del alboroto del Sitio viendo el Abad la disposicion de los ánimos próximos á inflamarse otra vez, pasó á los dos curas párrocos del Sitio, y á los de los cuatro lugarcitos de su jurisdiccion el edicto siguiente manuscrito, en que hacia varias reflexiones á fin de procurar evitar un nuevo alboroto.

     «D. Félix Amát, por la gracia de Dios y de la Santa Sede apostólica, Arzobispo de Palmyra, Abad de S. Ildefonso, del Consejo de S. M. &c.=Al clero y demas fieles de nuestra Abadía, salud en el Señor. =Todos sabeis, amados hermanos é hijos en el Señor, que por el Consejo de Castilla, que es el Supremo tribunal del reino, se nos han comunicado en estos dias los decretos de Carlos IV y de Fernando VII, en que renunciaban la corona; y una proclama del príncipe de Asturias, y de los infantes D. Carlos y D. Antonio, en que tambien renunciaban sus derechos á ella, por creerlo muy conveniente al bien de los españoles en las actuales circunstancias. Por el mismo conducto se nos ha comunicado una proclama del poderoso Emperador de los franceses, á cuyo favor ha cedido sus derechos Carlos IV y su Real familia, dirigida á todos los españoles, en que nos anuncia que va á celebrarse una asamblea ó junta de personas respetables del clero, nobleza y pueblo de España, para acordar los medios mas convenientes de asegurar su prosperidad.

     Estos sucesos extraordinarios, que tanto interesan á nuestra [173] nacion en comun, y á todos sus individuos en particular, no pretendo mirarlos con respetos políticos. Mi ministerio me lleva á considerarlos con miras mas elevadas, ó con las luces de nuestra santa Religion, principalmente para ver con ellas cuál debe ser nuestra conducta en las actuales circunstancias. En la sagrada Escritura se nos advierte muchísimas veces que nuestro buen Dios es quien da y quita los reinos y los imperios, y quien los transfiere de una persona á otra persona, de una familia á otra familia, y de una nacion á otro nacion ó pueblo. Envió Dios á Nabucodonosor y á su hijo Baltasar unos sueños y visiones misteriosas, y se los envió, como dice el profeta Daniel, para que tanto aquellos reyes como sus pueblos, entendiesen que el Dios excelso es el Señor de los reinos y de los hombres, y que los dá á quien quiere. Para que los reyes y los vasallos entiendan que el imperio, el reino y el poder vienen de Dios, se valió el Señor de prodigios y de profetas; pero para separar entónces mismo el imperio de la familia de Nabucodonosor y Baltasar, y pasarle á la de Darío, como tambien en las demas mutaciones semejantes, no suele valerse Dios de milagros, sino del ordinario curso de las cosas humanas, dejando que se vayan debilitando unas personas, familias y pueblos, y vayan aumentando las fuerzas y poder de otras; porque siempre son efectos de la Divina Providencia los que los hombres llaman desgracias ó fortunas, acasos ó casualidades. Por lo mismo se nos repite muchas veces en la Escritura el precepto natural de obedecer á las potestades constituidas sobre nosotros. S. Pablo escribiendo á los romanos en tiempo del emperador Neron, monstruo de injusticia y de crueldad, les inculcaba la sujecion y obediencia, previniéndoles que no solo debian estar muy sujetos para evitar los castigos y males que su inobediencia podria ocasionarles, sino tambien por ser obligacion de conciencia. No hay cosa mas horrenda á las luces de nuestra santa Religion que la confusion y desórden que nace en algun pueblo, cuando abrogándose algunos particulares el derecho reservado á Dios de juzgar á las supremas potestades, y pretendiendo dar ó quitar [174] imperios, acaloran y conmueven la sencilla muchedumbre, y le hacen perder el respeto y subordinacion á sus inmediatos superiores (4). Entónces se oyen muchas veces los descompasados gritos de mueran estos ó aquellos, de bocas cristianas, que desde que aprendieron los mandamientos de la ley de Dios deben saber que solo el desear que sin intervencion de la potestad suprema se quite la vida al prójimo, esto es á cualquier hombre, aunque sea un gentil, es un pecado mortal digno de ser castigado con las penas eternas del infierno. Tertuliano que vivia en tiempo de las persecuciones, esto es, cuando los emperadores romanos con crueles tormentos y muertes dolorosas procuraban acabar con todos los fieles, observaba que los cristianos eran tantos y tan fuertes, que si hubiera n querido, fácilmen te se hubieran defendido de los gentiles. Pero no, añadia, no nos defenderémos: no volverémos mal por mal: nuestra máxima es sufrir la muerte, mas no darla. ¿Con cuánto horror hubieran mirado Tertuliano y los cristianos de su tiempo á cualquiera particular que, con apariencia de zelo por la Religion ó con cualquier otro pretexto, hubiese intentado trastornar el órden público, conmover la sencilla muchedumbre, y por el turbulento medio de conmociones populares dar la ley á los que mandan?

     Desechemos, pues, con el mayor horror toda especie que pueda dirigirse á insubordinacion. Dios es quien por sus inescrutables juicios permitió la desgraciada division entre padres é hijos de nuestra Real familia, que con tan horrendo escándalo se hizo saber á todos los pueblos de España en los últimos dias del octubre inmediato. Dios es quien puso á Fernando VII en las críticas circunstancias que le movieron á renunciar primero la posesion del reino, y despues todos sus derechos á la corona. Adoremos con humilde rendimiento estas disposiciones de la Divina Providencia. Tengamos muy presentes las cristianas y políticas reflexiones que el mismo [175] bondadoso Príncipe, su hermano y su tio nos proponen en la juiciosísima proclama con que comunicaron á los españoles su renuncia, y aprovechémonos de los saludables consejos que en ellas nos dan.

     Asimismo Dios es quien ha dado al grande Napoleon el singular talento y fuerza que le constuyen el árbitro de la Europa: Dios es quien ha puesto en sus manos los destinos de la España. Adoremos, repito, con el mas profundo rendimiento estas disposiciones del Altísimo, considerando que son disposiciones de la Providencia infinitamente sabia y poderosa de aquel Dios, que, como dice el Profeta, es el que transfiere las coronas, y da constitucion ó fundamento firme á los reinos: transfert regna atque constituit. Cuando se trata de separar la dinastía de Borbon de la corona de España, clamemos con fervorosas súplicas al Señor que la preserve de toda inquietud de los pueblos, y de las horrendas desgracias que casi siempre ocasiona. No permita la Divina Providencia que tenga que sufrir ahora la España los horrores de las guerras Civiles, las quemas, talas y mortandades que padeció en la introduccion de aquella dinastía, ó en la traslacion de la corona desde la casa de Austria á la de Borbon.

     Cuando se trata de dar á la España una nueva constitucion, esto es, de sentar las bases sobre que se levante el edificio de su buen gobierno y prosperidad: cuando para un fin tan importante van caminando tantas y tan bien escogidas personas de todas clases para juntarse ante el poderoso Emperador de los franceses, no cesemos de pedir al Señor que se digne derramar sobre ellas las luces necesarias para que en consecuencia de sus disposiciones reinen en España en adelante la Religion y la justicia; reine y florezca la Religion católica, de modo que sean mas copiosos los frutos de santidad en nuestras costumbres públicas y particulares; reine constantemente la justicia con que se mantenga en todos ramos la debida sujecion y buen órden, que son el fundamento de la verdadera prosperidad y paz.

     A estos fines encargo á los Párrocos que conviden á sus [176]feligreses en los dias 13, 14 y 15 de este mes para rezar las letanías y oraciones acostumbradas de las rogativas, y en el último digan una Misa votiva de Spiritu Sancto, rogando con especialidad al Divino Espíritu consolador que derrame sus luces y bendiciones sobre la junta ó asamblea que celebrará aquel dia la nacion española.=Dado en S. Ildefonso á 3 de junio de 1808.=Félix Arzobispo, Abad de S. Ildefonso.= Por mandado de S. S. I. el Arzobispo Abad mi Señor =Don José Torres Amát.»

     191   El Cura de Revenga dejó leer y copiar este edicto á un vecino de Segovia: tuvo noticia de él el General francés, y se quejó agriamente al Tesorero de la provincia D. Jayme Amát, hermano del Abad, de que se valiera de los ejemplos de Neron, Diocleciano &c. para animar á los vecinos del Sitio á la obediencia á José Napoleon. No obstante, el General envió copia al Gobierno, y éste le mandó imprimir en la gaceta del 17 de junio de aquel año, omitiendo empero la carta particular con que el Abad le envió á los Curas, en la cual daba bien ál entender el objeto de aquel edicto y el uso que debian hacer, como se verá mas adelante núm. 212. En aquel mismo tiempo en que el Abad de S. Ildefonso exhortaba á sus pocos feligreses á la tranquilidad, el Capitan general de Castilla la Vieja D. Gregorio Cuesta circulaba desde Valladolid con fecha de 23 de mayo una enérgica proclama exhortando á toda la provincia á que estuviese tranquila y obedeciese al Gobierno. Véase en el Apéndice núm. 69. Es evidente que todos estos escritos útiles en aquellos momentos, no hablaban á los españoles de otras partes, ni á los mismos en otra época, cuando ya el Consejo declaró nulas y violentas las renuncias de nuestro Soberano, y habia sucedido la batalla de Baylen. Este edicto que envió el Sr. Amát á los seis párrocos, para que se valiesen de sus reflexiones, á fin de contener todo alboroto ó levantamiento del Sitio en aquellos dias en que nos hallábamos rodeados de franceses, fué la causa de que en Cataluña y otras provincias se creyese que el Abad de S. Ildefonso era afecto á Napoleon ó contrario al rey Fernando. ¡Cuán cierto es que no [177] se puede juzgar de nadie por lo que se dice de él en tiempos revueltos, en que las pasiones exaltadas precipitan el juicio! Entónces mismo el digno Arzobispo, é ilustrado y sábio político, escribia en los términos siguientes al que tenia sojuzgados tantos Soberanos, é intimidados á muchos ilustres españoles reunidos en la Junta de Bayona, al hombre de mas poder que habia en el mundo, al entónces Emperador Napoleon. He aquí la representacion que le dirigió el Sr. Amát, cuya modestia la ha tenido oculta, hasta que despues de su muerte se ha hallado el borrador original con la nota del dia en que la envió.

     192   «SEÑOR.=Hasta ahora me burlaba de los que temian que V. M. venia á España para mudar su dinastía: pareciéndome imposible en V. M. una idea tan impolítica y tan contraria á su buen nombre. Ayer supe con horror que aquellos temores son fundados: supongo, que para colorar la injusticia de obligar á nuestra Familia Real á que renuncie la corona, se habrá dicho á V. M. que lo exige la suprema ley del bien público; mas este juicio solo puede hacerle quien ignore el actual estado de España; y por lo mismo me creo obligado á presentar á V. M. algunas especies indisputables, de las que se siguen con evidencia dos verdades que destruyen aquel pretexto. 1.ª Mandando el rey Fernando, España vivirá tranquila, cobrará actividad, y será fácil su mejora. 2.ª Para quitar el trono á Fernando y pasarle á otra familia es menester destruir del todo este reino.-Fernando por sus circunstancias personales, y tambien por creérsele perseguido por el privado que la Nacion detesta, es años hace muy querido de la Nacion, que solo en él tiene esperanzas de consuelo.-Este amor se avivó en gran manera el otoño pasado al verle tan injustamente arrestado e infamado por su Padre.-La calumnia contra Fernando era no solo horrenda, sino tambien notoria: pues léjos de ser el Príncipe de carácter violento ó audaz, es extraordinaria su bondad y mansedumbre, y es extremado el respeto que tiene á su Padre. --Esto lo prueba su misma Representacion contra el Príncipe de la Paz; pues parece [178] que del proceso resulta que mucho tiempo habia que la tenia en limpio para darla á su Padre, y no obstante no se la habia dado cuando le arrestaron; y este tan sensible retardo solo provino de ir S. A. difiriendo el dar á su Padre un mal rato.--Desde el arresto del Escorial en toda la Nacion se hablaba con grande entusiasmo á favor del Príncipe de Asturias. Este entusiasmo se aumentó sobre manera con la renuncia de su Padre en Aranjuez, y en los pocos dias que Madrid y otros pueblos le han visto como Soberano.--Se ha visto igualmente, y ántes ya se sabia, que el entusiasmo del ejército á favor de Fernando es tanto como el del pueblo. --El nuevo Rey no ha tenido hasta ahora precision ni ocasion de disgustar á nadie. Así está el amor nacional en el mayor grado posible de energía.

    193   En España nadie duda que el arresto de Fernando provino de haberse sabido que deseaba y procuraba aliarse con la familia reinante en Francia. Ahora mismo en sus conversaciones particulares y en público manifiesta vivos deseos de esta alianza. España ha visto casi con gusto entrar tropas francesas hasta en la Corte, creyendo que solo vienen para separar al privado déspota, hacer publicar la inocencia de Fernando, y verificar su casamiento con princesa de Francia. Si por desgracia se intenta quitar el trono á Fernando VII, y darle á un Príncipe de Francia, ¿quién será capaz de calcular la explosion que ha de hacer el amor á Fernando, y el ver su confianza en el Emperador de los franceses burlada con la que parecerá la mas infame alevosía? --La clase ínfima del pueblo de España es pobre, numerosa y resuelta en muchas provincias: la clase media igualmente; y en el caso actual se reunirian todos los motivos mas propios para inflamarlas.

    No es regular que V. M. ignore que grandes políticos bien informados del estado de nuestras Américas, creian dos ó tres años hace que no podia España conservar mas su dominio, sino repartiéndolas en cuatro ó cinco vireinatos hereditarios, y feudatarios de España, y dándolos á los Infantes hermanos, tio y sobrinos de nuestro Fernando. Si en vez de esta condescendencia, [179] se quiere que los americanos dejen tambien de obedecer á Fernando, son notoriamente perdidas para España aquellas colonias.--El comercio de España terriblemente empobrecido por la duracion de la guerra marítima, ya se va olvidando de las ruinas que le causó la mala fe con que la Inglaterra declaró la guerra; y ya cunde mucho la voz de que la ambicion de la Francia es la verdadera causa de alejarse la paz. Si se quitase la corona á Fernando, ¿cuánto se avivaria este modo de pensar? ¿Con cuánto arte le inflamarian los ingleses? Y si aprovechándose del disgusto de la Nacion, pueden arrimarse á algun puerto, llevarse los frutos de España, é introducir los coloniales, ¿cuánto inflamarán el odio de los españoles contra quien les quite á Fernando? --El erario público de España es bien notorio en cuán infeliz estado se halla. Las Iglesias, el Banco, la Compañía de Filipinas, y aun los Gremios en nada pueden ayudar al Gobierno. Están apurados todos los depósitos ó recursos de ramos particulares, como de los fondos de Propios, Espolios y vacantes &c. Los suministros de víveres y demas á las tropas francesas han empobrecido á muchísimas provincias. El numerario en España es mucho mas escaso de lo que á primera vista parece. ---En las reformas que deben hacerse en España, en especial para el arreglo de la Real Hacienda, está por hacer todo lo mas odioso y mas árduo. --Es evidente que si se quita la corona á Fernando y viene un desconocido, es menester mantener ó aumentar por mucho tiempo el número de tropas extranjeras que hay en España, cuyas asistencias, bagajes, alojamientos &c. tienen ya muy irritados los pueblos, y en especial las dos clases media é ínfima. Esta sola circunstancia, atendida la falta de numerario en España, y no siendo verosímil que la Francia lo tenga de sobra para pagar lo que gasten sus tropas en la península, demuestra que para mudar la dinastía de España es menester primero irritarla, vencerla y destruirla. Tan distante está este medio en la actualidad de poder facilitar su mejora.

    194   Al contrario: á Fernando VII no puede negársele [180] un carácter el mas propio para abrazar con gusto todas las privaciones que exija el estado de la monarquia, y un espíritu de paz que podria ser excesivo, si no anduviese unido con vivos deseos de enlazarse con la familia reinante en Francia para precaver toda ocasion de guerra continental. --El singular amor de la nacion á Fernando facilitará sobre manera las disposiciones de reforma que exige la ruina del erario, y todos los sacrificios que en muchos individuos y en algunas clases serán necesarios para el bien de la España.

    De donde se sigue que en el reinado de Fernando tiene justamente puesta la Nacion la mas viva esperanza de que se restablecerá el órden, la justicia, la energía y la comun prosperidad.

    Señor: Por Dios no desprecie V. M. estas especies. Por poco que las medite V. M. verá su fuerza. Pregunte á la Junta de españoles convocada en esa ciudad, ó á algunos de su mas hábiles individuos, si será dificil la reforma de España mandando Fernando, y si será posible sin preceder una época de su total ruina, que éntre á mandarla un Príncipe francés: propóngalo V. M. en términos de duda, que les deje libertad de hablar, y tengo por cierto que todos todos responderán con energía que la felicidad de España exige lo mismo que el buen nombre de V. M., esto es, que mande en ella Fernando estrechamente unido con la Francia. A 2 de junio de 1808.» --Se envió á Bayona el dia (5) para que se entregase al Emperador: no se sale que llegase, y es de temer que fue detenida. Hasta aquí de letra del Sr. Amát.

    Compárese ahora esta representacion, hecha y enviada no desde Cádiz ú otro pueblo libre de la dominacion francesa, sino desde el centro de los ejércitos de Napoleon; cotéjese, digo, con el edicto privado enviado á seis curas en los dias en que todo levantamienio de aquellos criados del Rey no podia servir sino para llenarlos de desastres y horrores á ellos mismos, sin ninguna ventaja de la causa del rey Fernando. Despues [181] que llegué á ver esta elocuente exposicion del Sr. Amát al que entónces era llamado todopoderoso Emperador, me he acordado de que entrando en su cuarto en los últimos dias de mayo, ví que escribia en un pliego de papel marquilla, y pude atisbar la palabra Señor en su encabezamiento: ocultóle luego, y se enfadó de que hubiese ido á interrumpirle. El oidor de esta Real Audiencia de Barcelona Sr. Seoane me dice que estando él en Valladolid en 1808 habia oido hablar de una carta que el Abad de la Granja escribió á Napoleon, cuando estaba éste en Bayona. Tambien oyó hablar de esta carta al Sr. general Mazarredo, el digno amigo del Sr. Amát D. Luis Lopez Castrillo, entónces canónigo de S. Isidro, y despues obispo auxiliar de Madrid.

    195   Luego que llegó á Segovia el General francés con sus tropas, el Sr. obispo Santa María, sumamente azorado, escribió al Sr. Amát y le pidió que bajo el pretexto de visitar al General pasase allí para consolarle. Fué luego, y halló que aquel anciano prelado estaba formando á instancias del dicho General un edicto para exhortar á sus feligreses á la tranquilidad. Leyóselo ántes de imprimirle al Sr. Amát, quien fué de opinion que no era necesaria cierta cláusula en elogio de Napoleon que ponia el Sr. Obispo. Mas el Sr. Santa María creyó prudente imprimirla para calmar la irritacion de los franceses; y así se circuló por la diócesis. Poco despues para no verse nuevamente comprometido se fué de Segovia, y últimamente paró en Cádiz, donde murió en 1812, lleno de amargura por las calamidades de la infeliz España. El Sr. Amát creyó que debia quedarse entre sus ovejas para servirles de guia y consuelo, pues que se hallaba con veinte años ménos que el octogenario Sr. Santa María, y podia resistir mas los vaivenes de la revolucion. Cabalmente en aquellos dias recibió de Roma respuesta del Sr. cardenal Cassoni, á quien habia enviado tres ejemplares de la segunda edicion de la Historia eclesiástica, uno de ellos para S. Santidad; y su Ema. le envió copia de la Notificazione ó edicto, en el cual como Secretario de Estado de S. S. habia protestado en 2 de febrero anterior contra el Gobierno francés [182] que se habia apoderado de Roma y demas Estados Pontificios, encargando al pueblo que estuviese quieto y tranquilo, y respetase á todos los individuos de la nacion francesa. Véase este documento y cartas en el Apéndice núm. 70, y nótese la conformidad de sus sábias máximas con las del edicto que acababa de hacer el Sr. Amát. en 3 de junio.

    196   Por aquel tiempo estuvo en Segovia el Capitan general Sr. Cuesta con el resto de ejército que pudo salvar de la batalla de Rioseco y las tropas que iba levantando en las provincias de su mando. No pasó el Sr. Amát á visitarle por el poco tiempo que se detuvo allí el dicho Sr. General, por haber ocurrido entónces el arresto del Bailío Sr. Valdés en aquel alcázar, suceso muy delicado que pudo ser de tristes consecuencias, y por otras consideraciones que exigía en aquellas circunstancias la prudencia; pero auxiliaba y promovía al mismo tiempo, segun los deseos del General, el alistamiento y armamento de los mozos del Real sitio y pueblos de la Abadía que podian ser útiles para incorporarse en el ejército.

    Desocupada poco despues por los franceses la capital en consecuencia de la batalla de Baylen, instalóse en Aranjuez la Junta central. El Consejo habia ya declarado nulas y violentas las renuncias hechas en Bayona, y el Abad como todos los buenos españoles respiraron algun tanto, y no se pensaba ya en otra cosa que en la justa guerra contra Napoleon. Entónces, en agosto de 1808, pudo el Sr. Amat explayar su amor al rey Fernando; y publicó la Pastoral siguiente, cuya lectura desvaneció en todas las personas sensatas la mas mínima duda que sobre el noble y patriótico amor á la augusta dinastía de Borbon, y á las glorias de la heróica nacion española, pudiese haberles hecho concebir el edicto de 3 de junio. Véase esta Pastoral en el Apéndice de documentos n. 71.

    197   Al enviar el Sr. Amát esta Pastoral á su amigo D. J. C. le decia lo siguiente con fecha de 2 de setiembre de 1808. «Amigo mío: en el impreso que V. habrá recibido, mi objeto principal es hacer ver mi justo modo de pensar en lo relativo á nuestro Monarca. Creo precisa esta manifestacion por haber [183] visto que las declamaciones anónimas que contra mí se han publicado suponen que yo he dicho é intentado probar que fueron legítimas y válidas las renuncias de nuestros Reyes, y legítimo el dominio usurpado por Napoleon y su hermano. Claro está que lo que se supone como dicho mio solo son consecuencias que otros sacan de lo que yo digo: pero en materia tan importante no debe dejarse lugar á dudas ni sospechas sobre mi modo de pensar. Por lo demas, si yo obré bien ó mal en pasar entónces aquella carta á los curas, es cuestion de ménos importancia, y que pende del conjunto de las circunstancias que solo apunto en el impreso de ahora. Por mi parte no dudo que era entónces muy necesario inculcar en este Sitio la subordinacion á los superiores inmediatos y el rendimiento á la Divina Providencia en los sucesos relativos á mudanzas de dinastía. Esto solo es lo que me propuse en aquella carta; y es evidente que no habia entónces peligro de que en estos lugares se abusase de estos principios contra la justicia de la causa de nuestro rey Fernando. Pero tampoco dejo de conocer que entónces mismo hubiera sido muy malo inculcar las mismas verdades por sí solas y con energía en otros lugares de España que se hallaban en circunstancias del todo opuestas á las nuestras; pues claro está que el sufrimiento que entre nosotros era entónces una virtud cristiana, en otros lugares hubiera sido un delito, y al contrario el tomar las armas contra los franceses, que en otros lugares era un deber político y cristiano, entre nosotros hubiera sido entonces una notoria indiscrecion contraria á la buena política y máximas cristianas. Por lo mismo no pude dejar de irritarme contra los redactores del diario del Gobierno francés de Madrid, que publicaron aquella carta no solo sin mi noticia, sino en ocasion y de modo que fácilmente pareciese dirigida á toda España, y con motivo del nombramiento de Rey. Por lo que no debe admirarme el disgusto con que fué leida en el diario y en la gaceta por los buenos españoles, ni que algunos anónimos se acalorasen contra ella y contra mí.

    En cuanto á la humillacion que de esto se me ha seguido, [184] no dudo que su causa principal ha sido el justo horror con que todos los españoles han mirado siempre la idea de mudanza de dinastía, y esto me sirve de muchísimo consuelo. Pero yo no debo detenerme en considerar las causas de parte de los hombres, sino únicamente de parte de Dios que sin duda las dirije al mayor bien de mi alma. Y deseo que mis amigos la miren con el mismo respeto, y no se acaloren contra los que hablen contra mí con este motivo, aunque les parezca que se exceden en ello. Y si hay algun amigo que piense que mi infamia es un mal cuyo remedio debe procurarse, á lo ménos considere que hay ciertos males que se curan mejor con paciencia y tiempo que con remedios fuertes. Sobre todo, es fácil no fijar la atencion en los disgustos particulares, cuando con tanta fuerza la llaman las calamidades públicas de la Iglesia y del Estado. Quiera Dios tranquilizar luego á toda la España colocando en medio de ella á nuestro inspirado Monarca. Esto es lo que importa; y esto lo que todos debemos rogar á Dios. El Señor guarde á V. muchos años.=S. Ildefonso 2 de setiembre de 1808.»

    198   Duró poco el júbilo y la alegre confianza que causó en los españoles la célebre batalla de Bailen; pues al cabo de cuatro meses entró Napoleon con sus ejércitos en Madrid, y colocó otra vez en el trono á su hermano José. Entónces sí que casi llegó á perder el Sr. Amát la esperanza de que triunfase la justa y santa causa de la nacion. Y si es un crimen la amarga y cruel desconfianza que tenia cubierto de negra melancolía su corazon sensible y puro, esa será la única falta ó debilidad de que podria tacharse su conducta política. Pero ¿quién de un juicio recto no dudó en tales dias y en tales circunstancias del buen éxito de nuestra heróica defensa? ¿Cuál era el estado de la Europa en diciembre de 1808? Escritos están con caractéres de sangre en los campos y poblaciones los acontecimientos de aquella época asombrosa: época de que debe hablarse con la delicadeza que exijen los altos respetos de los Soberanos, que unánimes han levantado el templo de la paz sobre la sólida é indestructible basa de la justicia. Toda la Europa habia doblado [185] la rodilla ante el vencedor de Marengo, de Austerlitz y de Jena: el emperador Alejandro habia consentido en Tilsit las cadenas del occidente: el imperio germánico acababa de desaparecer: las casas de Austria y de Brandemburgo parecia que ya no reinaban sino en una parte de sus dominios, y aun eso por merced del vencedor: las falanjes que habian aterrado á la Europa eran dueñas de nuestras fronteras, y de la residencia de nuestros Monarcas: cuarenta mil hombres tenian como sitiado el palacio de los Borbones en su corte, sin que la nacion ni el leal pueblo de Madrid pudiesen impedirlo, y mientras que atónitos todos los españoles se miraban los unos á los otros poseidos de cierta especie de estupor...... Es cierto que la rabia y desesperacion nacional inmortalizaron entónces el valor español: la sangre de los héroes del terrible 2 de mayo clamaba venganza en todos los pueblos de la monarquía, y un millon de brazos se armaban para repeler al pérfido invasor. La Europa vió atónita que contra las endebles murallas de Valencia, y las tapias deleznables de la inmortal Zaragoza, se estrellaron las falanjes llamadas hasta entónces invencibles del tirano. La jornada del 19 de julio de 1808, que cubrió de gloria al digno general el Excmo. Sr. Castaños y á sus compañeros, habia hecho resonar ya el estrépito, de nuestras vencedoras armas por las cuatro partes del mundo. Mas ¡cuán poco duró esta tan alegre y brillante perspectiva! Despues de las conferencias de Erfurt vino el tirano al frente de los ejercitos que habian sojuzgado la Europa, para atarnos á su carro victorioso, y hacernos sentir todo el peso de su furor, y todo el refinamiento de venganza que la derrota de Bailen le sugiriera. Tal estaba la Europa en diciembre de 1808. Y ¿podrá culparse la justa desconfianza del Sr. Amát?

    199   Habiendo previsto este benéfico prelado desde mayo de 1808 que faltaría luego, como así se verificó, el cobro de varias pensiones sobre mitras, única dotacion de la Colegiata de S. Ildefonso, acudió al intruso rey José para que, como patrono especial de la Colegiata, le permitiese usar de la autoridid eclesiástica, y deshacer algunas lámparas y candeleros de plata con que poder dar á lo menos un pan diario á cada uno del clero y [186] dependientes de la iglesia. Es de notar que se habia sugerido al rey José la idea de que la Colegiala era una mera capilla de palacio, y sus alhajas donadas todas por los Reyes, como se dice luego al núm. 216. Sin ser afecto al Gobierno intruso, tuvo el arte de no hacérsele odioso; y así logró sustraer á su rapacidad todo lo que era de la iglesia y hacer otros muchos bienes (Vease núm. 210). A este fin escribió al Sr. Azanza, ministro que era de Negocios eclesiásticos, y con su apoyo consiguió el permiso solicitado. Muy poco despues acabó el Gobierno intruso de recoger la plata de todas las iglesias.

    200   A pesar de la pastoral que publicó en 18 de agosto, manifestando el motivo del edicto manuscrito que envió á los párrocos en junio de 1808, y de la vida retirada que siguió despues aun, estando en Madrid, la efervescencia de las pasiones, y sobre todo la absoluta incomunicacion con varias provincias, prestó ocasion á algunos malignos ó atolondrados para publicar que el arzobispo Amát era consejero de José Napoleon en los negocios eclesiásticos, y por consiguiente autor de varias providencias. Así lo estampó el diarista de Barcelona, dominada entónces por los franceses. Calumnia atroz que ni sombra de verosimilitud podia presentar á los lectores imparciales. El Sr. Amat, en la pastoral que publicó en agosto, hizo ver patentemente al Gobierno de José Napoleon que no aprobaba sus máximas. Merece leerse la afectuosa carta con que en 26 de setiembre de 1808 le consolaba el venerando anciano P. Mtro. D. Fr. Alberico Rubio, abad que fué del Real monasterio de Bernardos de Valdigna, y uno de los mejores amigos que tuvo el Ilmo. Sr. Climent. Dice así: =Mi amantísimo dueño: Si la hermosa y enérgica exhortacion ó proclama á la juventud de su feligresía para el alistamiento la hubiera publicado V. S. I. á principios de agosto inmediatamente despues de la huida de los franceses de la Corte, no hubiera sido necesaria la pastoral de 14 del mismo; pues por sola esta de 1.º de setiembre se obstruia la boca de los que piensan y hablan inicuamente por no atender á la diferencia de tiempos y circunstancias, de quienes pende el acierto ó desacierto [187] de los hechos. Yo, Señor, no he visto aquella primera pastoral que dió V. S. I. manuscrita á sus feligreses, y publicó maliciosamente el redactor del diario de Madrid en 17 de junio: pues nosotros despues del disparatado del dia 10, no hemos querido ver ni leer ninguno. Pero suponemos que ajustándose V. S. I. á aquella sazon y circunstancias, no convenia otra cosa que la quietud, sosiego y conservacion del buen órden, respetando y obedeciendo á las potestades inmediatas constituidas: pues que frustrà niti, et nihil aliud se fitigando nisi odium quærere, extremæ dementiæ est, como advirtió Salustio. Y cierto que entónces venia ajustado el documento del Apóstol. Date locum iræ, y el otro: Non vos ipsos defendentes: de modo que debiamos total sumision á las potestades, no mandándonos contra la ley de Dios. ¿Hay cosa mas justa ni mas prudente? Esto mismo deseaba y procuraba el Sr. Obispo de Segovia, esto mismo el Consejo Real, cediendo á la fuerza. ¿Qué hay en esto que reprender?

    Así, Señor, V. S. I. no se desconsuele, ni tome pesar, pues ha hecho lo que debia, sin que nadie pueda tildar de desleal ni inconstante su conducta. Distingue tempora el concordabis jura. Mas notable fué la cláusula del Ilmo. Sr. obispo de Segovia: Bien enterado el Supremo Consejo de las sabias y rectas intenciones del Emperador de los franceses: debiendo decir; de las torcidas, necias, fementidas é infames &c. y con todo nadie le ha dicho nada. En fin, Señor, el tiempo que lo aclara todo, hará justicia, y dará á cada uno su merecido. Gloria boni hominis testimonium conscientiæ suæ. Y pues esta no le reprende á V. S. I. estése tranquilo y sereno, y encomendémonos á Dios, qui facit judicium injuriam patientibus; y démosle infinitas gracias de haberse declarado tan patente como poderosamente á nuestro favor. Si Deus pro nobis, quis contra nos? Queda con la mas fina y sincera voluntad al querer de V. S. I=su mas humilde y obligado servidor=Fr. Alberico Rubio.=Ilmo. Sr. Abad Arzobispo de Palmyra.»

    Y otra vez en 17 de noviembre le escribia en los términos siguientes: =«¡Qué quietud! qué sosiego! qué tranquilidad [188] no disfrutará V.S.I. en ese santo retiro tan conforme á su genio estudioso y aplicado! Y ¡qué gloria no le resulta de haber preservado y salvado á ese Real sitio y á toda su feligresía de la malignidad y depredacion de los enemigos de la patria y del Estado, con su prudencia, con su industria, con su moderacion, con su zelo y con sus oraciones!»

    201   Pero la carta mas notable que escribió al Sr. Amát sería otra anterior de febrero de aquel año: no la he hallado: quizá la rasgaría éste: mas se halla el borrador de la respuesta, que dice así.=«Aranjuez 23 de febrero de 1808.=R. P. M. mi dueño y amigo: Con particular gusto recibí la de Vd. de 11 del corriente viendo en ella que entre las incomodidades de la vejez conserva Vd. su entendimiento tan sereno, y su ánimo tan tranquilo y vigoroso como cuarenta años atrás, y sobre todo su corazon tan fino como siempre. Aprecié la visita, pero sentí que fuese tan de cumplimiento en pie y en la sala de la audiencia como hecha solo á la dignidad, y de seo que haga Vd. algunas á la persona, la cual le recibirá á Vd. en el gabinete de mas confianza, muy de asiento en dos sillas iguales y una mesita de por medio con cuatro libros y algunos papeles. No faltarán las cartas de S. Bernardo, las que he registrado estos dias leyendo con cuidado la que Vd. cita. Me parece que lo que en ella mas llama la atencion, es el remedio fuerte que recetaba el Santo. En efecto, cuando se teme la gangrena de los demas miembros no hay mejor remedio que la amputacion ó cortadura del infecto. Pero, amigo, ¿qué hubiera hecho el Santo, si hubiese creido que el cirujano no tenia fuerzas para hacerla bien? ¿Y se hubiera atrevido á aconsejar una cortadura, de cuyas resultas hubiese temido mayores estragos que del mismo mal? Aunque el médico vea el peligro y conozca el mal, debe callar cuando no conoce remedio. --Lo que importa es rogar á Dios ahora mas que nunca por la conservacion y exaltacion de la Iglesia y por la prosperidad de la monarquía. --En el teatro de este mundo, si existiesen ahora los Terencios y los Plautos, me parece que dirian que en la tragedia que se representa, se han enredado [189] ya las cosas de manera que exigen para el desenlace la presencia de un Dios, nodus Deo vindice dignus. Pero los cristianos que sabemos que Dios está siempre presente y gobernando como quiere las representaciones del teatro, solo debemos pedirle que el desenlace sea el que mas convenga á su gloria, á la exaltacion de la Iglesia, á la enmienda de las costumbres y á la tranquilidad de la monarquía.

    No admire Vd. que haya tenido yo tiempo para cuidar de la segunda edicion de la Historia, en la que se han hecho varias adiciones importantes. Siempre he tenido mas gusto en estudiar los sucesos pasados que en fijar la consideracion en los presentes: no porque crea que las épocas pasadas han sido todas mejores que la actual: pienso muy al contrario: pero los males de ahora me oprimen mucho el ánimo, y los pasados casi los miro con indiferencia. Y como mi oficio no me ocupa muchas horas, divierto mi imaginacion en leer y escribir, y no añado hablar, porque en este Sitio aunque son muchos los aficionados á conversaciones literarias, por una de las desgracias del tiempo, cada uno se está metido en su retiro conversando solo con los libros.- Sean mil enhorabuenas por el canonicato de Valencia, y celebro que tenga Vd. sobrinos que así merezcan el afecto de los prelados. Siga Vd. en encomendarme á Dios y mande con franqueza de amigo á su afectísimo=F. Arzobispo Abad de S. Ildefonso,=R. P. M. Fr. Alberico Rubio.»

    202   En 24 de julio de 1808 salió de la imprenta de Tarragona un folleto indecente contra el Sr. Amát. Es digna de leerse la respuesta que dió á dicho folleto el venerando anciano y sabio teólogo P. Miro. Fr. Domingo Viñes, catedrático de prima de teología en la universidad de Cervera. Véase el Apéndice n. 72, donde pongo en seguida lo que respondí en aquellos dias á un amigo de Madrid que me avisaba la sensacion que causó el ver en el diario ó gaceta del 16 de junio el edicto del Sr. Amát del dia 3.

    Poco después á primero de setiembre publicó el Sr. Amát el siguiente edicto:=«D. Félix Amát por la gracia de Dios y [190] de la santa Sede Apostólica, Arzobispo de Palmyra, Abad del Real Sitio de S. Ildefonso, del Consejo de S. M. &c. &c. A todos los amados fieles de nuestra Abadía, salud en el Señor.=Por órden del Intendente de este Real Sitio han empezado hoy á alistarse los que en las actuales urgencias de la monarquía deben estar prontos á tomar las armas. Y la misma diligencia acaba de practicarse en los lugares de esta Abadía por disposicion de la Junta de armamento de la ciudad de Segovia. --Estas providencias me renuevan, amados fieles míos, la gustosa memoria de los generosos y cristianos afectos de lealtad y amor al Soberano y Real familia, y de zelo por el bien de la patria que manifestasteis á últimos de mayo y á primeros de junio. Penetrados de un justo horror al ver las forzadas renuncias de nuestros Monarcas y Reales Infantes, y la detestable alevosía y escandalosa violencia con que se ultrajaron los mas sagrados derechos del Soberano, de la Real familia y de la nacion española, deseabais con impaciente coraje tomar las armas, tratar como enemigas las tropas del Usurpador, y sacrificar vuestras vidas en defensa del Rey y del reino. Y si entónces por tener encima unas fuerzas enemigas tan enormemente superiores á las vuestras, debian contenerse los ímpetus de tan justo zelo: ¡cuán favorablemente variadas vemos ahora las circunstancias, y cuán propias son para que corrais intrépidos á uniros con aquellos valerosos españoles, cuya suerte tanto envidiasteis!

    203   Entónces veía con pena que el zelo noble, pero sobrado ardiente de algunos, les hacía formar muy equivocadas ideas de las disposiciones del Intendente de este Real Sitio dirigidas por un vivísimo deseo de defender oportunamente la justa causa, y por la ilustrada prudencia y la recia justicia que deben acompañar siempre á quien gobierna. Y para precaver los males que de ahí podian nacer, me creí obligado á declamar con viveza contra aquellos particulares que conmueven sencilla muchedumbre, haciéndole perder el respeto y lo subordinacion á sus inmediatos superiores, y pretendiendo por este medio dar la ley á los que mandan, ó dictarles las [191] providencias que ellos creen oportunas. Entónces en vista de la justísima indignacion que excitaban en vosotros aquellas forzadas renuncias hechas en Francia, y la memoria de algunos sucesos que las precedieron, deseaba vivamente que imitaseis la cristiana y prudente disposicion de ánimo de nuestro virtuoso Fernando VII en su cautiverio y opresion. Porque desde que leí la proclama que se publicó en su nombre, y de los Sermos. Sres Infantes D. Cárlos y D. Antonio, he considerado siempre al jóven Monarca adorando en todos sus trabajos las disposiciones de la Divina Providencia con el mayor rendimiento, con la mas cristiana resignacion y paciencia, y con vivísimos deseos de sacrificarse para el bien de sus vasallos con energía y constancia, luego que pueda librarse del tiránico poder que le oprime. Por esto deseando en vosotros un cristiano y prudente sufrimiento, mientras durase vuestra opresion bajo de una fuerza irresistible, y no dudando que seria el mas activo vuestro valor luego que se presentase medio de recobrar la libertad: os exhorté con la mayor eficacia á que reconociéseis y adoráseis la omnipotente Providencia de nuestro buen Dios en tan melancólicos como extraordinarios sucesos.

     204   Por fin, el dia 3 de junio con las noticias que teniamos de Segovia, no podia prudentemente dudarse que pasarian luego por este Sitio hácia aquella ciudad fuerzas enemigas sin comparacion mayores que las que el Sitio pudiese oponer; y al mismo tiempo se inflamaban, mas y mas por momentos en vuestros leales pechos el horror de la perfidia y violencia con que era tratado nuestro Monarca, y los deseos de armaros en su defensa. Y ya sabeis que tan crítica situacion fué la que me movió á inspiraros por cuantos medios pude un cristiano horror á la falta de subordinacion á los superiores inmediatos, y á encargaros el mas humilde y profundo rendimiento á las disposiciones de la Divina Providencia por parecerme estas dos reflexiones las mas eficaces para precaver la ruina de este Sitio que consideraba muy inminente.Tales eran, como todos conociais, los objetos de la circular de aquel [192] dia. Y por lo mismo que la escribí rápidamente y con el ánimo bastante agitado, y porque el terror de ocasionar inútilmente mayores males, que impedia por entónces que el Sitio se armase, me obligaba tambien á mí á no repetir por escrito algunas verdades obvias que todos teniais muy presentes, y á no hacer mas que indicar otras; previne á los Curas Párrocos que os explicasen las que el papel contenia, y añadiesen las que juzgasen convenientes para mantener el buen órden y tranquilidad, cuando eran tan especialmente necesarias.

    Esta circular en que yo solo hablaba con vosotros, hermanos carísimos, ó por mejor decir con los Curas Párrocos para que tuviesen á mano las verdades cristianas que yo entendia que mas debian inculcaros en aquellos peligrosos dias, y mientras durase la insuperable opresion que padeciamos; se imprimió despues en el diario y gaceta del Gobierno francés de los dias 16 y 17 de junio, sin noticia mia, sin la carta en que prevenia á los Curas Párrocos el fin á que se dirigia y el uso que de ella debia hacerse, y con una nota en que maliciosamente se procuraba que mi escrito se leyese como dirigido á todos los españoles, y con el fin de que fuese bien recibido el nuevo nombramiento de Rey que se publicó algunos dias despues de mi escrito. Así fué muy fácil que donde no se tenia noticia de las fatales circunstancias é inminentes peligros que me obligaban á procurar con eficacia vuestro tranquilo sufrimiento, se aplicasen equivocadamente mis expresiones á otros sugetos y á otras circunstancias en que el sufrimiento fuese un verdadero delito. Mas al paso que debo adorar con humilde gratitud y profundo rendimiento á la Divina Providencia, reconociendo sus disposiciones en esta parte dirigidas al bien de mi alma, me sirve de particular consuelo el que se logró cumplidamente el fin que me propuse en aquel escrito. Vuestra religion, airados fieles, contuvo ó dirigió los ímpetus de vuestra lealtad y amor al Soberano: no tomasteis entónces las armas: y ya luego el dia 6 cuando se detuvo delante de las puertas del Sitio la fuerte columna de franceses que iba contra Segovia, cuando el General con aire [193] de terror y desconfianza quiso ántes de entrar asegurarse de que no se habia hecho alistamiento de gente para tomar las armas, cuando visteis con tanta evidencia que el tomarlas entónces solo hubiera servido para sacrificar vuestras vidas algunos de vosotros, y para destruir este Real Sitio de nuestro Monarca: conocisteis cuán prudentes habian sido las disposiciones del Intendente, y cuán oportunos los consejos que se os daban de sufrir la opresion mientras que era irresistible, y conservar la vida y las fuerzas para cuando pudiesen emplearse útilmente en servicio del Rey y del reino.

    205    Esta ocasion ha llegado ya, A. F. M. Ha llegado el tiempo de acreditar con obras los nobles sentimientos de lealtad al Soberano y amor á la patria que con tanta energía manifestasteis á primeros de junio. La misma subordinacion á vuestros inmediatos superiores es la que ahora os pone las armas en la mano. Si la conformidad con las disposiciones de la Providencia os inspiraba el sufrimientode la opresion mas injusta, mientras que vuestros esfuerzos contra ella habian de ser no solo inútiles, sino muy perjudiciales: adorad ahora con igual rendimiento, y con humilde accion de gracias la misma omnipotente Providencia, que ha variado las circunstancias y os ha puesto en libertad para emplear vuestro valor con utilidad de la causa importantísima que con tanta ansia deseais defender. La justicia de esta causa, la iniquidad de la perfidia atroz con que se ha tratado á nuestro Monarca y á la monarquía, y la gravedad de los males que especialmente en la Region y en las costumbres debia acarrear á la España la usurpacion del Emperador de los franceses, ¿no son ahora tan evidentes como á primeros de junio? ¿no tienen tanta fuerza como entónces? ó por mejor decir ¿no han adquirido desde entónces muchos grados de evidencia y de fuerza para inflamar los pechos españoles en justos deseos de defender la causa del Rey, de la Religion y de la patria? Desde entónces se ha consumado el detestable proyecto concebido contra nuestro jóven Monarca publicándose el nombramiento del nuevo Rey que llegó hasta la Capital. Desde entónces las tropas del Usurpador [194] han multiplicado las pruebas de la mas bárbara fiereza en saqueos é incendios de casas y de pueblos, en crueldad é infamia contra personas de toda clase y sexo, y en sacrílegas profanaciones de toda especie en los templos.

    206   A mas de esto la Nacion española que desde la exaltacion de nuestro Sr. D. Fernando VII al trono, y particularmente desde que emprendió S. M. el desgraciado viaje de Bayona, dió tan evidentes pruebas de lealtad y amor al Soberano y Real familia, no las ha dado mayores desde que vió que se intentaba quitarle la corona y pasarla á la familia del Emperador de los fra nceses? ¿No se opone á la usurpacion con asombrosa unanimidad y con esfuerzos extraordinarios que manifiestan el horror con que la mira? La Corte y demas pueblos que estaban bajo la opresion de las armas francesas apenas se han librado de ella, ó apenas han concebido alguna esperanza de poder superarla, ¿no han publicado con energía los mismos sentimientos de lealtad al Rey, y de acendrado patriotismo que todos los pueblos libres? Seguramente fuera menos dificil acabar con todos los españoles que lograr el consentimiento de la Nacion á favor de la usurpacion intentada. Y siendo esto ahora tan evidente: siéndolo tanto que no puede quedar al Emperador de los franceses ninguna esperanza ni pretexto de legitimar su usurpacion, ¿no será llegar al colmo de la injusticia é infamia pretender que con la total ruina de España se sostenga y consume una empresa comenzada con pretextos de su felicidad? ¿No es preciso que á los oficiales y soldados de corazon recto (que no dejará de haberlos en sus ejércitos) se les caigan las armas de la mano cuando al entrar en combate consideren que van á defender con sus vidas la injusticia mas horrenda y mas notoria? En fin el Dios de los ejércitos nos ha dado desde entónces muy claras pruebas de que está de nuestra parte. La Divina misericordia va levantando ya el azote que la Divina justicia dejaba caer sobre la España en castigo de nuestros pecados. Pues ¿cuánto mas firme y animosa debe ser ahora que á primeros de junio nuestra confianza en el Dios de las batallas? [195]

    207   Ánimo pues, jóvenes valerosos, tomad ahora sin pérdida de tiempo las armas que estais deseando desde entónces: ejercitáos en su manejo, y estad prontos á acreditar vuestro valor en el combate, luego que se os mande. No puede ofrecérseos guerra mas justa que cuando vais á defender á vuestro Rey, vuestra Religion, vuestra patria y vuestras leyes contra las mas infames alevosías y bárbaras violencias. Ese noble valor que os inspira vuestra lealtad y vuestro ardor natural, ennoblecedle aun mas y animadle con la fe y esperanza cristianas. Tomad por modelo á S. Fernando. Tened presente que el valor del soldado cristiano no ha de ser feroz, ni temerario ni injusto, sino prudente, sujeto á las órdenes de los comandantes, y arreglado por las leyes de la justicia y principios de la Religion. Todos, amados feligreses, todos debemos tomar parte en tan necesaria y gloriosa defensa. Los que permanezcamos tranquilos en nuestras casas ¿con cuánta eficacia debemos contribuir cuanto podamos para los gastos de una guerra tan urgente y tan importante? ¿con cuánto gusto debemos reducir nuestros gastos particulares á lo mas precisamente necesario y emplear cuanto ahorremos en alivio de las necesidades públicas? En medio de la suma indigencia á que se hallan ahora reducidos este Real Sitio y los lugares de la Abadía, ¿no deberémos siquiera partir con gusto el poco pan que tengamos con los padres ancianos y familias necesitadas de los esforzados guerreros que salgan á campaña?

    Mas al mismo tiempo no perdamos nunca de vista que Dios es quien da la victoria en los combates. Sean fervorosas y contínuas nuestras oraciones, y salgan todas de un corazon verdaderamente contrito y humillado. No provoquemos de nuevo la Divina indignacion con nuestros excesos. Imploremos el patrocinio de los Santos Patronos de las Españas y con muy particular confianza el de María Santísima. Clamemos al Señor que acabe de disipar los detestables proyectos con que se tiene en prision á nuestro Rey, y se intenta usurpar sus vastos dominios. Pues que el Señor tiene en sus manos el corazon de todos los reyes y emperadores, roguémosle con viva [196] fé que mueva al Emperador de los franceses á que nos restituya luego nuestro Monarca y Real familia: que mande salir sus ejércitos de todos los dominios de España, y que nos deje vivir en tranquilidad y paz. Y si por los inapeables designios de la Divina Providencia debiese todavía continuar nuestra guerra contra aquel Emperador, clamemos al Altísimo con animosa confianza que inflame los corazones de todos los demas Monarcas de Europa en justa indignacion contra el terrible ultraje que aquel ha hecho á la soberanía y á los derechos de las naciones: que los mueva á todos á salir en defensa de nuestra causa que es tambien suya y de sus pueblos: que nos conserve la importante vida y salud de los esclarecidos Generales y valerosos soldados que en tan grande número de gloriosas acciones han humillado la insolente arrogancia de los enemigos: que infunda el mismo cristiano valor y feliz acierto á los demas ejércitos que se van formando, y que por medio de repetidas y completas victorias nos haga amanecer cuanto ántes el suspirado dia en que se vea España enteramente libre de tropas enemigas: logre el consuelo de ver en medio de ella al virtuoso Monarca, y empiece á experimentar los beneficios de su justo y suave gobierno y de la paz universal.=Dado en el Real Sitio de S. Ildefonso á 1.º de setiembre de 1808.»

    Este edicto, en que manifestó el Sr. Amát su acendrado amor al Rey y á la patria, confundió la malignidad con que algunos habian atribuido á miras ambiciosas el prudente y cristiano lenguaje que habia usado en el anterior de 3 de junio, dirigido á contener el ardor con que entónces los criados y dependientes del Real palacio, jardines y fábricas de cristales querian armarse para resistir la fuerte columna de tropas francecesas que se presentó en el Sitio de paso para Segovia, como dijimos.

    208   En 1.º de diciembre de 1808 escribió el Sr. Amát, á instancias de varios amigos de Madrid y de Cataluña, una relacion de su conducta política desde la entrada de los franceses; pero creo que no llegó á enviarla. Solamente la hizo para [197] complacer á los que mas incomodados estaban de su silencio. De las muchas cartas que recibió pongo solamente una en el Apéndice n. 73, por ser de un antiguo compañero suyo en el colegio de Barcelona á quien estimaba mucho. Desde mayo de 1808 hasta el marzo de 1810 en que pasó á Madrid por órden del Gobierno, fueron muchos los curas párrocos y labradores de aquellos pueblos que en sus aflicciones acudieron á buscar direccion y consuelo en el Abad de S. Ildefonso. Ausente de Segovia el Sr. Obispo, le escribió el gobernador eclesiástico D. Pedro Gonzalez Vallejo, obispo que fue despues de Mallorca, suplicándole que se sirviese consagrar los santos óleos, en vista de los gastos que ocasionaria el enviar á buscarlos, no sin peligro, á una mayor distancia: gastos (decia) que, como conoce muy bien V. S. I, no puede sobrellevar en el dia esta Mitra. Efectivamente así lo hizo, como tambien el ordenar á cuantos se presentaban con dimisorias de los gobernadores eclesiásticos de varias diócesis ó de los prelados. Es digno de notarse que siempre, tanto en S. Ildefonso como en otras partes, fué muy zeloso en que no se cobrase nada por las cartillas ó títulos de órdenes, de confirmaciones, de indulgencias, de testimoniales &c. Durante estos dos años fueron varias las extorsiones que sufrimos de parte del Gobierno francés. No respetaban el carácter pacífico del Abad: á pesar de que conocian que no se metia en ningun asunto político, le comprendian á él como al último del clero en los pagos, alojamientos y demas vejaciones con que oprimian al Sitio. Pero no obstante eso, ¡cuántos otros males no evitó! ¡cuántos no suavizó su sola presencia y la humildad con que iba á visitar á los gefes para desarmarlos ó templar su enojo! No dejará de haber muchos en el Sitio que conserven aun muy grata memoria de cuando con sus plegarias alcanzó del Sermo. Sr. Duque de Aremberg el perdon de la vida á varios paisanos y algun eclesiástico, conducidos presos desde Mayorga en enero de 1809 para ser arcabuceados en el Real Sitio; y tuvo gran dolor por no haber alcanzado sus instancias á salvar la de tres de ellos que el consejo de guerra declaró incapaces del indulto. Despues de la dispersion de nuestro [198] ejército en Burgos y Somosierra, ocultó una porcion de vestuarios completos que se habian hecho para nuestras tropas, y los fué entregando á nuestros soldados, cuando ya habia en el Sitio algunos franceses; y aun dió camisas y ropa de su uso para vestir á varios de aquellos que só color de enfermos del Sitio se ocultaron en el hospital extramuros de él.

    209   En 16 de febrero llegaron á S. Ildefonso sesenta y tantos soldados que el General francés, gobernador de Segovia, envió para que el Clero los alojase y mantuviese en sus casas hasta nueva órden, en castigo (decia) de que agitaba los ánimos del vecindario con noticias falsas, y perturbaba la pública tranquilidad. El Abad habló con la mayor energía, y logró al cabo de dos dias que se volviese la tropa á Segovia. Y eso que poco antes habia rehusado el ir á Madrid, como se mandó á todos los obispos. Porque en 20 de enero de 1809 el general de division conde de Tilly, gobernador de la provincia de Segovia, le habia enviado órden para que pasase á la Corte, como los demas obispos y arzobispos y comisionados de cabildos, á rendir los homenajes al rey intruso José Napoleon. No obstante de ir dos canónigos en nombre del cabildo, el Abad pudo evitar este acto de vasallaje, y aunque el conde de Tilly vió claramente que eran frívolas las excusas y la falta de salud que alegó el Abad, se contentó con quejarse de eso al tesorero de Segovia D. Jayme Amát, y últimamente concluyó: «Vuestro hermano Arzobispo es un hombre sábio; y no sería hombre de bien si no conservase mucho amor á la dinastía de los Borbones. Que cuide de aquella iglesia, como vos de la hacienda pública mientras dura el pleito, y no importa que allá en vuestro corazon rogueis por Fernando VII, y seais empecinados. Pero guardáos de que este deseo salga fuera del corazon.» Es de notar que el conde de Tilly habia sido guardia de corps de Luis XVI: y conociendo la suma honradez de Don Jayme Amát, y el talento y conocimientos que habia desplegado, impugnando con tanto decoro ciertos principios de economía política del conde de Cabarrús, entónces ministro del rey José, le trató siempre con cierta franqueza, al mismo tiempo [199] que le llamaba empecinado,y protector de los que ellos trataban de brigands. Y en efecto lo era; pues teniendo á su cargo los hospitales hizo que muchísimos prisioneros se escapasen de noche y volviesen á sus cuerpos. Al dar un dia el parte diario de los muertos, le dijo el General: ¿Cómo puede ser que mueran tantos? ¿hay acaso epidemia? De allí á pocos dias fué preso el catalán Puyol, natural de Moyá, que era el que proporcionaba vestidos de paisano á los prisioneros que se daban por muertos, y fué fusilado. Hubo vez que no teniendo ya ropa para disfrazar á un prisionero, le hizo meter dentro de un ataud, en que iba un cadáver al campo santo. El valor que tuvo aquel digno patriota para no declarar los cómplices, salvó á D. Jayme Amát y á su familia de los mayores desastres; aunque mientras Puyol estuvo en capilla, yo creí que dicho mi tio moria de susto y sentimiento. El Abad habia ya procurado persuadir al general Tilly que era poco importante y muy impolítico exigir con la formalidad y aparato que queria el Gobierno de entónces el juramento de fidelidad en aquel Real Sitio, donde todos eran criados ó dependientes y especialmente favorecidos de los Reyes, cuya destitucion no podia dejar de serles muy sensible, en medio de que cediendo á las circunstancias no dejarian de obedecer, aun sin juramento, al Gobierno establecido.--«Dice Vd. bien (le respondió el General, que era de los mas moderados que entraron en España). Yo no extraño que amen á los Borbones: ¡tambien los amo yo, porque les he servido. Mas ahora sirvo á Napoleon, ó por mejor decir, sirvo á la Francia.» Y no insistió en mas formalidades, dándose por satisfecho con que jurase á nombre de todo el pueblo el intendente del Real Sitio D. Joaquin Manglano. Véase núm. 244.

    210   En setiembre del año 1809 habia venido al Sitio José Napoleon, y manifestado ya entónces que no queria que subsistiese aquella colegiata estando tan inmediata la catedral de Segovia. Habia en la secretaría un proyecto sobre su supresion, formado diez años ántes: proyecto que el que hacia de mayordomo mayor propuso al rey José como muy útil. Súpolo el Sr. Abad confidencialmente: mas á pesar de que procuró detener [200] el golpe, se decretó la supresion de la colegiata en 30 de mayo de 1810, nombrando al Abad para el obispado de Osma, y á los canónigos, racioneros y capellanes para varias prebendas de otras iglesias, expresándose que la colegiata debia cerrarse á los quince dias, esto es el 15 de junio. En medio de la terrible afliccion que nos causó á todos aquel decreto, pues conociamos bien que no estaban los tiempos para trasladarnos á los destinos que nos señalaba el Rey intruso, el Abad nos proporcionó el consuelo de que por el influjo del ministro Sr. Azanza mandara el rey José que todas las ropas y demas enseres de la colegiata se repartiesen entre sus individuos á cuenta de las mesadas que se nos debian. Y que esta reparticion la hiciesen el gobernador eclesiástico de la Abadía y el presidente del cabildo. La cosa se manejó de manera que el Gobierno intruso no se utilizó de nada, y fué tal vez la única iglesia en España cuya plata y rentas no sirvieron al usurpador. Como todas las ropas y ornamentos quedaron en manos de los individuos de la misma iglesia resultó lo que ya se previera, esto es, que en el restablecimiento de la colegiata en 1814 lo recuperó ésta casi todo; habiendo sido muy pocos los que tuvieron que vender algo para alimentarse en aquellos cuatro años que mediaron.

    211   Pero oigamos como refiere el mismo Sr. Amát muchos de estos sucesos algunos años despues, con su natural candor y exactitud, en una carta que escribia contestando á su amigo D. L. C. desde Sallent en 30 de setiembre de 1815, y cuyo borrador se conserva entre sus manuscritos.

    «Las adiciones á mi Resúmen de la Historia eclesiástica, y la traduccion de todo él en latin, que debian hacerse para que fuese mas útil á los discípulos de las Universidades, por lo mismo que me ocupaban mucho desde el verano de 1807, me sirvieron de muy oportuna distraccion desde últimos de octubre, en que la trágica escena del Escorial excitaba las ideas mas melancólicas á cuantos viviamos en la Corte con sincero afecto á la familia Real. Mas en la primavera del año siguiente con la entrada de las tropas francesas en Madrid, y el viaje de nuestro Soberano á Bayona, se fueron aumentando los [201] motivos de disgusto y sobresalto; de manera que ya no era posible apartar la imaginacion de las ocurrencias presentes y de los funestos prenuncios que se ofrecian por todas partes. Buscaba entónces el consuelo en la lectura de los libros sagrados y especialmente en la cristiana resignacion á las disposiciones de la Divina Providencia, y en la certidumbre de que todos los sucesos de este mundo los dirige el Señor al mayor bien de sus escogidos y de su Iglesia. Y luego me fué preciso inculcar estas y semejantes máximas cristianas en defensa de la tranquilidad pública y del buen órden que se veian amenazados por una general fermentacion popular tanto mas formidable, cuanto los mismos que procurabamos sosegarla, la conociamos y confesabamos excitada por el justo sentimiento é irritacion de los ánimos contra las notorias injusticias con que el Emperador de los franceses y su ejército trataban á nuestro Rey y á nuestra nacion. En los dos primeros dias de junio eran ya públicas en S. Ildefonso las disposiciones de armamento en los pueblos inmediatos, y se hablaba en ellos con el mayor desprecio y furor contra las providencias que el Excmo. Sr. D. Gregorio de la Cuesta, capitan general de Castilla la Vieja, habia dado en su edicto ó bando de 23 de mayo para mantener el buen órden. En S. Ildefonso mismo se vieron públicamente mofados y furiosamente rasgados los bandos del Consejo fijados en las esquinas sobre las renuncias de Bayona, y los inválidos, alguaciles y el mismo Intendente insultados á pesar de su moderacion y prudencia: ni cesaban los clamores de que el pueblo debia armarse por mas que el Intendente hacia ver que era imposible por entónces, y que mientras los franceses tuviesen tanta tropa como tenian en el Escorial, no serviria el armamento del Sitio sino para que al dia siguiente se metiesen en él las tropas enemigas.

    212   Unos canónigos que el dia 3 al ir á vísperas vieron un tropel de gentes que arrastraban un inválido para asesinarle, sin que pudiese quitársele el Intendente, vinieron á buscarme, y juntos corrimos, y ayudándonos algunos paisanos de los que mas instaban al Intendente que armase el vecindario, [202] pudimos por fin lograr que el infeliz inválido fuese encerrado en la cárcel, y allí asegurado, ofreciendo el Intendente que se le fomaria luego proceso.

    Como en la confusa gritería de muera, muera contra el inválido, se oyeron tambien algunas veces los nombres del Intendente, de alguno de sus dependientes, y de algun otro de los seglares conocidos, temí que serían mayores los excesos al dia siguiente; y con el fin de precaverlos extendí una Exhortacion que fué despues sobrado pública. Aquella misma noche hice que la leyese confidencialmente un seglar piadoso que tenia grandísimo influjo en el pueblo, y en especial sobre los trabajadores de las fábricas de cristales; y aunque en las juntas de la gente principal del pueblo que el Intendente aquellos días reunió varias veces en su casa, habia sido el único que juzgó oportuno el armamento del pueblo; con todo habia aquella tarde contribuido mas que nadie en contenerle y sosegarle. Al dia siguiente envié copias á los dos curas del Sitio y á los cuatro de los lugarcijos ó aldeas de la Abadía, previniéndoles que no se la enviaba para que la leyesen al pueblo, sitio para que procurasen explicar e inspirar aquellas verdades cristianas y las demas que juzgasen convenientes, á fin de mantener el buen órden y tranquilidad de su parroquia.

    A los dos días se detuvo media hora á las puertas del Sitio la fuerte columna de los franceses que la misma tarde se apoderó de Segovia. Entónces se convirtieron en acciones de gracias las anteriores quejas de la muchedumbre contra el Intendente y los vocales de la junta del Sitio, porque no accedimos al armamento. Pero no tardó muchos días en suscitárseme otro disgusto y sobresalto que me ocupó mucho mas. Pues en la gaceta y diario del Gobierno de Madrid se publicó mi Exhortacion confidencial de 3 de junio; y por toda España, al paso que eran muy pocos los que la leian, se levantó un grito general contra ella y contra mí, como si la doctrina que contiene fuese impía ó anticristiana, y yo un vil adulador de Bonaparte y un traidor contra mi Monarca legítimo. A últimos de julio se público en Tarragona un impreso de dos pliegos [203] con el título de Reflexiones político-cristiana sobre mi Pastoral, y en Santiago un folleto de medio pliego como Contestación á ella. Despues en setiembre salió en Madrid un cuadernito contra mí, no ya anónimo como los dos antecedentes, sino con el nombre del antor que era un cura párroco, y del Excmo. Sr. duque del Infantado á quien dedicó su trabajo. En ninguno de los tres impresosse copió mi carta; y no lo admiro, pues se hubiera visto con evidencia que no impugnaban lo que yo decia, sino las intenciones que calumniosamente me atribuian. Y como el reproducirla yo para defenderla se hubiera tambien interpretado maliciosamente en aquella fermentacion de las pasiones, creí prudente no defenderme sino con el silencio.

    213   Sin embargo estudiaba los puntos sobre que recaian las acaloradas cuestiones de entónces; y luego que en agosto llegó al sitio de S. Ildefonso la proclama del Consejo de Castilla del 5 sobre la solemne proclamacion de nuestro Monarca el Sr. D. Fernando VII, extendí la carta pastoral del dia 14, en la que manifesté las menciones con que habia escrito la calumniada del dia 3, sobre los bandos en que por órden del mismo se habian publicado las renuncias de Bayona, y los motivos que tuve para dirigirla confidencialmente á los párrocos. La de agosto la mandé imprimir, y di varios ejemplares para desengañar á los que sin haber visto la primera oian clamar furiosamente contra ella. Poco despues publicó el Intendente Gobernador del Real sitio la órden sobre alistamiento general: y con motivo de recomendar la puntual obediencia á tan justa órden, extendí la Pastoral de 1.º de setiembre en que pude hacer ver cuán prudente habia sido ántes la resistencia del Intendente á que el pueblo se armase, cuán recomendable la docilidad con que el pueblo se habia sujetado á sus providencias, y cuán justo era que le obedeciesen con el mayor gusto ahora en que, variadas las circunstancias, les mandaba tomar las armas en defensa del Rey y de la patria. Esta Pastoral del 1.º de setiembre no creí preciso imprimirla: pero se remitieron copias no solo á los curas con [204] encargo de publicarla, sino tambien á muchos amigos.

    Mientras duraron las juntas de Bayona, conservé algunas esperanzas de que Bonaparte, viendo la general resistencia de todas las provincias de España y de todas clases de gentes, desistiria de la empresa de quitar de ella los Borbones desde luego; y seguiria el plan de casar á Fernando con una de su familia, para disponer con sus mañas y ocultas violencias tanto la Península como las Américas á recibir el Rey que algunos años despues quisiese darles. Conocí que me habia engañado cuando supe que era cierta la vista de los Emperadores de Rusia y Francia en Erfurt; y desde entónces dí órden á mi apoderado de Santiago para que habilitase una casa que tiene mi Dignidad cerca de Betanzos con el fin de retirarme en aquel pais. Pero deslumbrado con las noticias que traian nuestros papeles públicos aquel verano, aunque jamás dudé de que eran muy exageradas, creí que en el invierno inmediato el ejército francés de Vitoria, por mas refuerzos que recibiese, no pasaria el Duero, ni intentaria atravesar Guadarrama ó Somosierra hasta la primavera inmediata, y que por consiguiente podria yo fácilmente en el invierno retirarme á Galicia por Extremadura y Portugal. La rapidez con que Bonaparte atravesó Castilla la Vieja y Somosierra, y llegó á la vista de Madrid el mismo dia 30 de noviembre en que una gaceta extraordinaria de la Corte suponia sus tropas rechazadas mas allá de Somosierra, me consternó sobremanera, y me hizo conocer que ya me era imposible pasar á pais libre, y que era preciso discurrir el modo de portarme bajo un gobierno notoriamente intruso é ilegítimo.

    214   A este fin me dediqué al estudio y meditacion de los lugares de la Escritura que tienen mas conexion con las ocurrencias de España, en especial sobre la cautividad de Babilonia en tiempo de Nabuco, y sobre la insurreccion de los Macabéos contra Antíoco, pareciéndome estas dos épocas del tiempo judáico muy dignas de que las estudiásemos nosotros para ver si en nuestra terrible situacion debiamos imitar el intrépido valor de los Macabéos, ó el tranquilo sufrimiento [205] que los Profetas del Señor aconsejaban á los judíos. Con este objeto trabajé dos largas disertaciones para aclarar la historia de ambos sucesos, de que resultaba que á pesar de la injusticia de Nabuco fué tambien ilícita la resistencia que le opuso el pueblo judáico, y en especial la insurreccion de Sedecías; y que al contrario la de Matatías y del pueblo judáico contra Antíoco, mientras que le reconocian por Rey, fué justa y prudente, no solo por suponerse apoyada en particulares inspiraciones de Dios, sino tambien segun los principios de la recta razon natural.

    215   Por la vehemencia con que arrastraban la imaginacion las desgraciadas ocurrencias de España, no era posible hallar el descanso en la inaccion, y así le buscaba en la variacion del trabajo; y en breve concluí las adiciones y traduccion en latin del Resúmen de mi Historia eclesiástica, del cual hice despues una copia en limpio. Y como entretanto me llamaban siempre la atencion así los textos de la Escritura como los ejemplos de la Historia eclesiástica que tenian relacion con la conducta que deben llevar los cristianos en tiempo de guerras y de revoluciones políticas del pais en que se hallan; hice sobre este particular muchísimos apuntamientos y observaciones, cuya doctrina ó máximas son exactamente conformes á las del librito impreso en Madrid en casa de Ibarra en octubre de 1813 con el título: Deberes del cristiano hacia la Potestad pública, ó principios para dirigir á los hombres de bien en su modo de pensar y en su conducta en medio de las revoluciones políticas que agitan á los imperios.

    216   Tales fueron los objetos de mis estudios en los Años 8 y 9, en que á mas de los generales trabajos de la España me tenian sumamente angustiado los particulares del Sitio de San Ildefonso. Ya en los últimos tiempos del Sr. D. Cárlos IV andaba muy atrasada la cobranza de las pensiones sobre mitras, única dotacion de aquella iglesia colegiata; y como era todavía mayor el atraso de los fondos del Sitio para el pago de las mesadas de los empleados y de los demas gastos, tuvimos en 1805 y 6 aquel cabildo y yo la condescendencia de ceder á instancias [206] del Intendente, que no sabia como acudir á los gastos mas indispensables para la próxima venida de la familia Real, casi todos los fondos que teniamos en arcas. Asegurónos el Intendente que de las primeras entradas de su tesorería se nos pagaria sin falta cada mes lo que necesitásemos para la iglesia. Pero no cumplió, ni pudo cumplir tan justa promesa. Y como desde principio de 1808 no entró dinero alguno ni en la tesorería del Sitio, ni en la de la colegiata, era general y cada dia mayor la miseria: que fué extrema en grande número de familias desde que á fines de 1808, inundadas ambas Castillas de tropas francesas, ya no se halló ni quien prestase ni quien comprase alhajas ni muebles sino con pérdidas insoportables, que pronto acababan con todo. Por fortuna estaba barato el trigo: de modo que con alguna plata de la iglesia que pudo amonedarse, se aseguró á todas las familias de prebendados, ministros y dependientes de ella el pan necesario, y yo con mi limitado peculio pude comprar, á treinta reales la fanega, de cuatrocientas á quinientas del mejor trigo: sin cuyos auxilios hubieran sido muchas las familias que hubieran perecido de hambre.

    A las angustias de la excesiva miseria se añadia la inevitable supresion de la Colegiata: pues luego que algunos criados del Rey intruso vinieron al Real sitio, se dió por cierto que no quedaria en él mas iglesia pública que la parroquial. Y cuando en setiembre del año 9 vino aquel Rey á ver el palacio, jardines y bosques, me llamó su Mayordomo mayor, me pidió varios informes sobre la iglesia y sus actuales ministros, manifestándome claramente qne aquella iglesia debia cerrarse cuanto ántes, y asegurándome que estos no quedarian desamparados. Observé luego que suponia el Mayordomo mayor que el Rey podia disponer de nuestra colegiata como de la capilla de su palacio de Madrid; y ya ántes el Guardamuebles habia hablado de llevarse toda la plata, ménos algunos cálices. Sobre esto le hable muy sériamente, haciéndole ver que el Rey debia mirar nuestra colegiata no como un oratorio ó capilla privada de su palacio, sino como la catedral de [207] Toledo y demas iglesias de patronato Real. Pues ni la dotacion del abad, de los canónigos y demas ministros, ni la de la fábrica de la iglesia ha salido de la tesorería Real, sino únicamente de pensiones sobre mitras: ni las albajas de plata ni los adornos de la iglesia se pagan de la tesorería del Rey, sino de la dotacion de su fabrica: aunque haya algunas alhajas de plata regaladas por personas Reales, como las hay en casi todas las iglesias de España. Despues ví que estas reflexiones fueron las que difirieron la supresion hasta el año siguiente, en que el decreto se hizo por la secretaría que llamaban de Negocios eclesiásticos.»

    217   Vióse finalmente el Abad obligado á separarse de sus ovejas; pero no dejó de trabajar en su alivio. Oigamos lo que él mismo en seguida refiere sobre eso. «Hallábame yo en Madrid desde el 6 de marzo (de 1810) por haber tenido órden formal comunicada por el ministro de Negocios eclesiásticos de pasar á aquella villa: órden que por alguna feliz casualidad, ó por mejor decir por un especial beneficio de la Divina Providencia, no recibí hasta mediados de febrero, habiéndose dado el 10 de diciembre anterior. Luego que llegué á Madrid tuve noticia de varios proyectos sobre nuevo plan general del clero de España que se habian presentado ó habian de presentar al Consejo de Estado; y ví claramente que ya no bastaba estudiar y meditar mucho qué variaciones podian desearse ó aprobarse como justas y oportunas, y por qué autoridad como legítima debian hacerse: sino que era menester estudiar desde los primeros principios la distincion entre las dos potestades, y su mútua conexion para atinar bien hasta qué punto debe llegar la condescendencia y tolerancia cristiana de la una de ellas, cuando la otra procede injustamente. Pues segun las fundadas sospechas del modo de pensar de algunos de los que mas parte tenian en el Gobierno intruso, era de temer que la potestad secular llegase á exigir de la eclesiástica que hiciese mas de lo que ésta pudiese hacer, ó que tolerase mas de lo que podia tolerar. Y por otra parte, atendidas las opiniones de algunos obispos y otros eclesiásticos timoratos, [208] era tambien de temer, que por un zelo ménos prudente se negasen á hacer ó tolerar lo que pudiesen, y por consiguiente debiesen, para evitar los mayores males que su resistencia ocasionaria por la violenta reaccion de la potestad secular.

    218   Mis conversaciones, mis lecturas, y todo mi estudio versaban sobre los puntos generales insinuados, ó sobre dudas particulares que se excitaban con las providencias del Gobierno intruso, en especial con la reduccion ó supresion de iglesias ó títulos eclesiásticos, nombramiento para obispados, prebendas ó beneficios, ú otras disposiciones de aquel Gobierno en que yo pudiese tener que hacer ó sufrir. Tenia amigos entre los que mas limitaban, y entre los que mas extendian las facultades del poder civil en asuntos eclesiásticos. Los tenia entre los que mas deseaban y los que mas temian las reformas en riqueza y número del clero secular y regular y otras mudanzas eclesiásticas de que tanto se hablaba en Madrid y Cádiz, y que con tanto ardor se proclamaban muy oportunas para el bien espiritual de las almas, y de urgente necesidad para el temporal de la España; y en todos los partidos observaba la gran facilidad con que en disputas acaloradas fijándose la consideracion en algun principio cierto y luminoso, se sacan de él consecuencias que no se siguen, y se atribuyen á los autores célebres que han defendido aquel principio, aunque sean evidentemente contrarias á otros principios igualmente ciertos defendidos por los mismos autores. Varias veces hice ver cuán contrarias eran al modo de pensar de Bossuet y de Fleury algunas doctrinas que se les atribuian, y eran solo consecuencias mal sacadas de sus principios, ó alguna proposicion aislada y no bien entendida de sus obras.

    219   Como por genio y por principios he huido siempre de opiniones extremadas, y ademas hallo gusto en condescender cuanto puedo, me dediqué con especialidad á inquirir hasta dónde podrian llegar la condescendencia y la tolerancia del clero español, si el Gobierno intruso daba todavía mas curso á su furor de innovar en asuntos eclesiásticos, y sobre todo [209] si las Cortes en Cádiz emprendian las mudanzas que desde su convocacion se creyeron proyectadas. Y teniendo presentes algunos consejos que en tiempo de mis estudios me dió varias veces un Prelado de gran virtud y de instruccion poco comun en las ciencias eclesiásticas, deseoso de que yo formase ideas exactas y juiciosas sobre las delicadas materias de la distincion entre las dos potestades, de la autoridad del sumo Pontífice en toda la Iglesia, y de cada obispo en su diócesis, y de la necesidad de tolerar los abusos cuando el intentar la enmienda puede ocasionar mayores males, de la prudencia en aprovechar las ocasiones de corregirlos, y de facilitar su remedio: creí que debia ocuparme con particularidad en examinar cómo pensarian y obrarian en los tiempos actuales en los lances que me ocurriesen, ó sobre que se me preguntase, así el gran Bossuet como el sábio abad Fleury, viendo el uso y abuso que se ha hecho de sus doctrinas y lo que se ha escrito en su impugnacion y defensa.

    220   Con este fin me propuse poner en español los ocho Discursos del Sr. Fleury sobre su historia, teniendo presente el último y mas hábil de sus impugnadores críticos para añadir á la traduccion las notas oportunas. Me propuse tambien hacer un resúmen de la obra del Sr. Bossuet sobre las cuatro famosas proposiciones del clero galicano, añadiendo lo que él mismo habia dicho en otras obras sobre los puntos que de propósito ó por incidencia trata en aquella, y lo que me pareciese mas fundado y conveniente de lo que han alegado contra él sus impugnadores. Desde la primavera de 1810 hasta fines de 1813 me ocupaba en estos objetos todos los ratos que me dejaban libres algunas otras ocupaciones, y en que me permitian algun trabajo la debilidad del estómago, la pertinaz frecuente y violenta tos, y mi habitual quebranto de fuerzas. Concluí la traduccion de los Discursos de Fleury, y extendí algunos pliegos de notas; pero falta todavía la mayor parte que están solo apuntadas. En cuanto al Sr. Bossuet no hice mas que algun estudio y pocos apuntamientos prévios. Suspendí este trabajo á principios de 1814, luego que fué cierta la [210] esperanza de la suspirada vuelta á su trono de nuestro deseado Monarca: ya por suponer por ahora innecesario este trabajo, ya tambien porque con la libertad de Cataluña acabó de facilitárseme el retiro que tanto deseaba; y cuyas prévias disposiciones me llamaban toda la atencion.» Así referia el Sr. Amát, en 1815, á un amigo suyo la historia de su vida desde 1808 á 1814.

    221   Suprimida pues en 1810 la abadía y colegiata de San Ildefonso se retiró el Sr. Amát á Madrid en un pequeño cuartito de la calle de las Urosas. Encerrado todo el dia entre sus libros, pasaba meses enteros sin salir de casa. Y las poquísimas veces que salió en aquellos años fueron siempre para consolar á algun enfermo que le llamaba, ó para contribuir á que se evitára alguna de las muchas extorsiones propias de los tiempos de revolucion. Una de las acciones de su vida que caracterizan mas al vivo su alma grande y benéfica, es el haber salvado los conventos de monjas de Madrid. Decretada su extincion por el Rey intruso, algunos generales franceses entraron luego á tomar conocimiento de dichos edificios. Era esto á fines de agosto de 1810. Es por demás ponderar el trastorno y la terrible sensacion que experimentaron las infelices religiosas: las cuales no hallando ningun consuelo, acudieron al Sr. Amát. Casi todas las preladas le escribieron, ó le enviaron los capellanes de sus iglesias, conjurándole por las llagas de Jesucristo, que no las desamparase, y las sacase de aquel conflicto. ·«El carácter episcopal de V. S. I. (le decian) y la fama de su virtud y sabiduría tal vez causará alguna impresion en el ánimo de S. M. Muévale á V. S. I. nuestra triste situacion: muchas de las religiosas son de pueblos y provincias muy distantes de esta Corte, y se hallan sin saber á dónde ir, solas, sin parientes y sin recursos para alimentarse.» En una carta le decia la Priora de las monjas de Santa Isabel: «No tenemos ni podemos hallar órgano mas oportuno por donde dirigir nuestros clamores al trono, que V. S. I. Su espíritu verdaderamente evangélico, su ilustracion en la ciencia de Dios, su sagrada uncion y persuasion enérgica, moverán el corazon compasivo [211] de nuestro Soberano para que tengan buen éxito nuetras súplicas.» Yo ví al Sr. Amát derramar lágrimas sobre estas cartas de las preladas, y quien considere el retiro en que vivia, y las circunstancias políticas de aquellos dias, conocerá el sacrificio generoso que hizo, prometiendo á las monjas que daria el último paso que ellas le pedian, de ir en persona á echarse á los pies del Rey intruso. Rayaba entónces al mas alto punto el odio de los madrideños á su Gobierno: eran señalados como traidores y enemigos de la patria cuantos entraban en palacio; y gentes habia que llegaban á tener por delitos hasta aquellas tres ó cuatro visitas públicas de ceremonia que por precision debian hacer al Rey intruso en el discurso del año las personas de distincion que estaban en Madrid, y eran convidadas expresamente. Entre estas se contaban el Ilmo. Sr. Puyal, obispo auxiliar de Madrid, el Arzobispo Abad de S. Ildefonso, y cualquier otro obispo ó eclesiástico muy condecorado.

    222   Viendo pues que nadie se resolvia á presentarse á José Napoleon para abogar por las desconsoladas religiosas, respondió al capellan del convento de santa Teresa, que le instaba á ello con lágrimas, y le dijo: «Vaya Vd. y diga á aquellas señoras, que para hacer esa obra de caridad que me piden, iré á arrodillarme á los pies del Rey, aunque sé que me tacharán de afrancesado, y murmurarán de mí los que vean ó sepan que he pedido audiencia. Pero como logre sacar de tan terrible apuro á las religiosas, me tendré por muy feliz en haberles hecho tan grande bien, aunque sea á costa de mi reputacion.» Apenas acababa de decir esto cuando llegó otro capellan con la novedad de que habia entrado aquella mañana en un convento un general francés con un arquitecto, y que estaban tirando líneas para convertirle en habitacion suya. Estaba en cama el Sr. Amát, de resultas de un fuerte cólico. Sin embargo vistióse al instante los capisayos, y se fué á ver al Sr. conde de Montarco, ministro interino de Negocios eclesiásticos, á quien pintó el sumo desconsuelo de las religiosas, y refirió la palabra qne acababa de darles de presentarse al Rey para implorar su clemencia. Ofrecióse dicho Sr. Conde á ayudarle en [212] cuanto pudiese; y al otro dia (en 10 de octubre de 1810) le envió un aviso reservado en que le decia:=«Ilmo. mio, mi dueño y amigo: es conveniente que Vd. realice su idea luego que esté mejor, y puede Vd. añadir lo respectivo á la pretension del convento de Santa Ana: yo tendré suma complacencia en contribuir á las justas ideas de Vd.: repito la necesidad y utilidad de su conferencia y visita. De Vd. afectísimo amigo y servidor= Montarco.»=Habiendo pedido el Sr. Amát audiencia, se le señaló para las diez de la mañana. A fin de no llamar tanto la atencion de las gentes con los hábitos episcopales, alquiló un coche ordinario de los que entónces llamaban simones: mas esta precaucion no le libró enteramente, y el capellan hermano mio que le acompañaba, padeció mucho al observar la admiracion de algunas gentes que le vieron ir hácia palacio, y el desagrado que les causaba. Previó todo esto el Abad, mas no le arredró. «El egoismo (dijo con este motivo un amigo suyo) es de almas pequeñas, y el Arzobispo de Palmyra la tiene muy grande: es propio de cobardes, y Amát tiene un espíritu magnánimo y generoso: es de hombres muelles y amantes del placer, y Amát solamente es austero consigo; y siempre tierno y caritativo con el prójimo, envia consuelos á dó quiera que reina el dolor, la indigencia y la horfandad.» Así se explicaba el Sr. Vargas Ponce en una reunion de varias personas que admiraban la ida del Sr. Arzobispo á palacio, sin reflexionar que éste se hacia siempre compartícipe de las aflicciones de todos sus hermanos, imitando la conducta de S. Pablo, y dando así un maravilloso realce á la dignidad de obispo ó sucesor de los apóstoles.

    223   Recibióle el rey José con mucha urbanidad; y al ver que se arrodillaba á sus pies, le cogió del brazo para hacerle levantar. Resistióse el modesto Arzobispo, diciéndole las siguientes palabras: Señor, dígnese V. M. concederme una gracia á favor de las pobres religiosas, que casi es de justicia. José le respondió: Si á Vd. le parece tal, ya está concedida; pero yo quiero que Vd. se levante ántes de todo. Puesto en pie le expuso con el lenguaje mas patético la triste situacion de las religiosas [213] de todos los conventos, y concluyó de esta manera: Señor, es tanto y tan general el disgusto con que mira el pueblo ese decreto que V. M. ha dado para extinguir los conventos, que aun cuando nada valieran las consideraciones que la justicia y la recta razon me han sugerido, y acabo de hacer presentes á V. M., la política exigiria que se suspendiera la ejecucion de lo decretado. Ofrecióle el rey José hacer cuanto pudiese para consuelo de las religiosas, y le añadió: Ponga Vd. por escrito todas esas razones, y envíemelas. --Llevaba ya el Sr. Amát una exposicion enérgica de todo, que al instante puso en sus manos (véase en el Apéndice n. 74), y se volvió á su retiro con cierto presentimiento de que no sería del todo infructuoso el sacrificio que habia hecho en visitar al intruso Monarca. Pero ¿cuál sería su viva y grata sorpresa cuando aquella misma tarde se halló con una esquelita reservada del conde de Montarco en que le avisaba que el decreto contra las monjas no se ejecutaria? Inmediatamente envió un recado á todos los conventos para que se tranquilizaran y tuviesen confianza en Dios, y redoblaran sus oraciones, haciéndoles saber que S. M. le habia recibido muy bien, y que el asunto presentaba buen aspecto. A los dos dias recibió del Ministro copia de un Real decreto con el cual se mandaba suspender la ejecucion del anterior. Irritáronse los generales franceses que habian formado ya sus planes para transformar varios conventos en habitacion suya, y se temió que pasaria adelante la extincion de dichas comunidades religiosas. Pero habiéndolo tratado entre sí el conde de Montarco y el Sr. Amát, procuró aquel que el rey José expidiera un decreto en que se encargaba al reverendo Arzobispo de Palmyra que tomando conocimiento de la actual situacion y medios de subsistir de todos los conventos de monjas de Madrid, propusiese á S. M cuáles podrian quedar, y el modo de hacerlos mas útiles á la Religion y al Estado.

    224   El Sr. Amát llamó en seguida á los seis mas respetables eclesiásticos seculares y regulares de los que estaban encargados de la direccion de los conventos, y manifestándoles con franqueza todo lo hecho, y lo que creia prudente hacer aun [214] para precaver otro lance como el pasado, concluyó: Vds. ahora es menester que preparen algunas noticias de las que se me encarga tomar: á fin de que si dentro de algunos meses hay alguna instancia, y se me pregunta, pueda hacer ver que voy recogiendo los datos para el informe qué desea S. M. Entre tanto (añadió sonriéndose) Deus providebit. A los dos meses se vió cuán prudente era la precaucion tomada; pues ya uno de los generales franceses al servicio de José logró que se removiera el expediente, y se oficiara al Sr. Amát para que despachase pronto el informe. Con la respuesta que éste dió pudo ganarse algun tiempo mas, y llegó entre tanto el suspirado dia en que las tropas y el Gobierno intruso desocuparon la Corte, y salieron las monjas del inminente riesgo en que habian estado.

    225   Es de advertir que ántes, á primeros de setiembre, creyó el ministro conde de Montarco que para salvar los conventos sería muy útil que el Sr. Amát tuviese á su cargo la visita ó superintendencia de ellos. Tres preladas le suplicaron por escrito que aceptase dicho encargo; y casi todas las demás se lo pidieron tambien por medio de los capellanes. En efecto, el conde de Montarco escribió para eso al cabildo de Toledo que gobernaba el arzobispado por ausencia y con autoridad del Emmo. Sr. cardenal de Borbon; y en consecuencia pidió el Cabildo al Sr. arzobispo Amát se sirviese tomar sobre sí tan penoso y delicado encargo. El oficio que le pasó, dice asi:=«Ilmo. Sr.= Siendo la voluntad de S. M que V. S. I. sea Superintendente y Visitador de todos los conventos de religiosas sujetas á la obediencia del diocesano de Toledo en esa Corte, acompañamos muy gustosos el título auténtico de esta delegacion, para que con arreglo á sus facultades desempeñe tan útilmente este delicado encargo, de lo que tenemos las mas lisonjeras esperanzas y verdadera confianza. Nuestro Señor guarde á V. S. I. muchos años.=Toledo nuestro cabildo 13 de setiembre de 1810 =Ilmo. Sr. &c.»=Contestacion del Sr. Amát.= Ilmo. Sr.=Con la de V. S. de 13 del corriente recibo el título de Visitador y Superintendente de los conventos de religiosas que hay en esta villa y corte de Madrid, que V. S. me [215] confia, por entender que es esta la voluntad del Rey (q. D. g.). Conozco que no tengo las circunstancias oportunas para una comision tan delicada en la actualidad; pero conozco tambien que debo obedecer al Soberano siempre que no me lo impide la obediencia que debo á Dios. Y por lo mismo acepto con resignacion este encargo, confiado en los auxilios del Padre de las luces, y animado del mas vivo deseo de dirigir con acierto y consolar á las religiosas en sus ansiedades y trabajos. Quedo sumamente reconocido á las honrosas expresiones con que V. S. me favorece, y ofrezco mi rendida voluntad á las órdenes de V. S, y ruego á Dios le conserve muchos años en su verdadero esplendor. Madrid 17 de setiembre de 1810.= Ilmo, Sr.=B. L. M. &c..... Ilmo. Sr. Dean y Cabildo de la santa Iglesia de Toledo primada de las Españas.»

    226 Con este motivo salió algunas veces de su retiro para visitar los conventos que se lo pedian con muchas instancias; y consolaba y dirigia á las religiosas en los contínuos apuros y aflicciones en que se hallaban. No eran infructuosas sus visitas. Una sola conversacion que tuvo con las religiosas de S. Plácido, las cuales se hallaban en grandes apuros para subsistir, bastó para que aquellas señoras resolviesen adoptar al momento el medio que les sugirió la ilustrada virtud del Sr. Amát, de disminuir las horas del coro, y trabajar todas juntas en una sala en varias labores, á fin de ganarse el alimento diario, práctica muy propia del estado religioso, y que, segun me dijo despues la Superiora de aquel convento, produjo en él grandes bienes no solamente temporales, sino tambien espirituales. En 1824 cuando participé á varias religiosas la muerte del Sr. Amát, para que le encomendasen á Dios, aun ví algunas que le ofrecieron el tributo de sus lágrimas, manifestando bien el sentimiento que les causaba la pérdida del benéfico Prelado. Son muy dignos de leerse los decretos de visita que dió á las religiosas del convento de las Gerónimas de la Concepcion. Véase el Apéndice n. 75.

    227   Cuando el Gobierno intruso extinguió la colegiata de.S. Ildefonso, ya dijimos que nombró al Abad para el obispado [216] de Osma, cuyo obispo Sr. Garnica habia muerto tres meses ántes. Al mismo tiempo nombró tambien al Sr. Puyal obispo auxiliar de Madrid para el de Astorga, que no estaba vacante; aunque su obispo D. Vicente Martinez Jimenez se habia ausentado de la parte de su diócesis en que dominaban los franceses. Los dos electos trataron de este delicado punto y convinieron luego en que de ningun modo podia aceptarse el nombramiento para el obispado de Astorga, y que era de esperar que el Sr. Azanza estimando justos los motivos de la resistencia los apoyaria. En cuanto al obispado de Osma, como realmente estaba vacante, no podian alegarse razones que satisfaciesen al Gobierno: y así resolvió el Sr. Amát admitir el nombramiento, reservando su firmeza para resistir toda ulterior gestion. Una de las muchas falsedades de que abunda la Historia de la revolucion de España que publicó el agustiniario P. Salmon, y prohibió tan justamente el Gobierno, es el decir que el Sr. Amát aconsejó al Sr. Puyal que admitiese el obispado de Astorga; cuando al contrario, dijo delante del Sr. conde de Montarco que hacia entónces de ministro de Negocios eclesiásticos, que tampoco le hubiera admitido él si hubiese sido nombrado. El mismo Sr. Puyal atestiguó la equivocacion del P. Salmon al Sr. D. José de Vega y de Sentmanat, que en junio de 1814 le preguntó sobre eso, y me lo ha contado despues á mí para que lo publicara en esta historia. Véase lo que sobre este nombramiento dijo el Sr. Amát al sincerar su conducta política en su exposicion á la Regencia del reino en 1813, que copiaremos mas adelante n. 244. Allí se ve que instado por el Gobierno intruso para que fuese á gobernar la iglesia de Osma con los poderes que le daria aquel cabildo, procuró y logró eludir esta órden; á pesar de que el cabildo le envió todas sus facultades, y varios canónigos y personas principales de aquel pais le suplicaban que pasase á consolar aquellos pueblos, á los cuales acarrearia muchos bienes, y evitaria ó disminuiria ciertamente muchísimos males.

    228   En este tiempo supo el rey intruso la suma estrechez en que vivia el Arzobispo de Palmyra; y el ministro de Negocios [217] eclesiásticos Azanza envió expresamente un oficial de la secretaría á la casa del Sr. Amát á la hora de comer para que con el pretexto de preguntarle alguna cosa sobre el expediente de los conventos de monjas, averiguara si era verdad que le faltase hasta el pan. En efecto enternecido aquel honrado emisario al ver que la comida del Sr. Amát se reducia á un plato de harina de almortas, y un triste puchero; al observar que no habia pan en la mesa, y que todos bebiamos agua pura, se fué penetrado de la mas viva afliccion á contárselo á su gefe. Éste lo haria presente al Rey; y á pocos días recibió de oficio el Sr. Amát copia de la Real órden al cabildo de Osma, para que le asistiese con sesenta mil rs. de los réditos de aquella Mitra. Pero al dar las gracias á S. M. le hizo presente que su conciencia no le permitia aceptar nada de las rentas de aquel obispado, hasta que pudiese ir á cuidar de él en nombre del cabildo. Lo mismo avisó á éste en carta que escribió á su arcediano Dr. D. Raymundo Abinzano, que habia sido canónigo de S. Ildefonso y especial amigo suyo.

    229   Así fuimos pasando el terrible invierno de 1812, en que la horrorosa miseria que padeció Madrid acabo con la vida de innumerables infelices. Veíanse sembralas las calles de moribundos, y algunos que dejándose caer en medio de ellas espiraban víctimas de la hambre que los habia aniquilado. Cuánto padeció en aquella época el tierno corazon del Sr. Amát no es posible ponderarlo bien. Y á pesar de que su vida retirada le impedía ver diariamente por sus mismos ojos los espectros que la miseria presentaba en las calles y plazas públicas, ¡qué cruel sensacion habian de producir en su ánimo los ayes y lamentos que oia desde su cuarto! Tenia un dia en las manos una taza de caldo que iba á tomar, cuando oyó la voz lastimera de un muchacho que pedia socorro repitiendo muchas veces con lágrimas: Tengo hambre. Entregó luego el caldo al criado, y se lo mandó bajar al infeliz, que quedó confortado y sumamente agradecido.

    Creóse por el Gobierno intruso una junta general de caridad para proporcionar el preciso alimento á tantos hambrientos. [218] Pasaron circulares á los vecinos. Al instante que la recibió el pobre Sr. Arzobispo respondió en los siguientes términos: «Ayer recibí la carta de esa Real junta presidida por el Excmo. Sr. Patriarca limosnero mayor de S.M.; y en respuesta envio por el dador de la presente cien reales vellon, confiando que podré repetir igual pequeña limosna en cada uno de los tres meses siguientes. En mi actual situacion me es imposible dar mayor prueba de cuán convencido estoy de que es muy urgente en todos los que ahora nos hallamos en Madrid la obligacion de quitar de nuestros gastos, y aun de nuestro alimento diario, todo lo que no sea absolutamente indispensable, para dar el auxilio posible á la extrema miseria de los mas hambrientos. Dios guarde &c. Abril de 1812.»

    230   Levantó finalmente el Señor de sobre nosotros tan terrible azote: y en el dia que salieron los franceses de Madrid, la venta de los granos que habian almacenado para las tropas, y la esperanza de que se abriria otra vez la comunicacion con las demas provincias, hizo bajar repentinamente la libra de pan á 4 rs. de 20 á que habia subido. El Sr. Amát comenzó aquel dia á comer pan, y su corazon sensible se enterneció mucho al ver el afan y gozo con que recibiamos nosotros tan ansiado alimento. Cabalmente entónces cobró diez mil rs. que le habia recogido su apoderado en Santiago; y con este motivo se lamentaba de no haberlos recibido durante la miseria pasada. Y alegre escribia poco despues, en octubre de 1813, á su amigo el Sr. Dou: «Cuando quiera Dios que se halle Vd. en Cervera, disponga Vd. de los libros mios que estén en poder del librero Verdaguer (si todavía existen) repartiéndolos entre pobres literatos, ó estudiantes que puedan aprovecharse de ellos: y si hubiese quien comprase alguno, ó cuando Verdaguer pudiese pagar algo, lo cobre Vd. como apoderado de pobres, y lo reparta en limosnas, especialmente á estudiantes.» Estaban con el Sr. Amát cuando recibió los diez mil reales de Santiago sus buenos amigos Sr. D. Luis Castrillo, canónigo de S. Isidro, y el marino y literato Sr. Vargas Ponce; y diciéndole éste con su natural festivo humor que contaba que de aquel dinero descontaria [219] para él una mesada de teniente de navío, el Sr. Castrillo le puso en un papelito dentro del sombrero el siguiente dístico, que con disimulo escribió entónces mismo, y no vió Vargas hasta que al dia siguiente quiso acepillar su sombrero:

                           Præsulis egeni Vargas vult munia: recte
Huic angusta domus, possidet ille nihil.

    231   Consideraba el meditabundo Arzobispo en el retiro de su cuartito el curso de la revolucion con los ojos de un filósofo cristiano fijos en la Providencia: y afligíale sobre manera la terrible exaltacion de las pasiones, cuyos funestos efectos iban corrompiendo la moral pública con una velocidad espantosa. Veía como sofocadas las máximas del evangelio, que eran el único recurso para remediar aquellos males. Lamentábase muchas veces de esto con los dos sábios amigos que le visitaban casi todos los dias, el Sr. D. Estanislao de Lugo, director que habia sido de los Reales estudios de S. Isidro, y el Sr. D. Ramon Cabrera, ambos bien conocidos en la Corte por su juicio y exquisita literatura: el primero de los cuales le animaba á que explicase en un breve escrito al pueblo las principales máximas de la moral evangélica. De allí nació la obrita que publicó con este título: Deberes del cristiano hácia la Potestad pública; ó principios propios para dirigir á los hombres de bien en medio de las resoluciones que agitan los imperios. Tomó por modelo otra obrita semejante, que con el mismo fin se habia publicado en Francia durante su revolucion; y aunque en el prólogo viene á decir modestamente que no ha hecho mas que traducirla al español, el que coteje ambos escritos verá que puede llamarse una obra enteramente nueva. No juzgó prudente publicarla en su nombre: y aun para cuidar de la impresion se valió del laborioso y sábio agustiniano P. M. Fr. José de la Canal, que estaba entónces como todos los regulares expelido de su convento, y en muchos apuros para ganar su alimento diario. El Sr. Amát á pesar de la escasez en que tambien vivia, halló medios para costear la edicion,cuyo producto destino [220] para socorro del mismo Mtro.Canal y de otros religiosos que éste juzgase mas necesitados.

    232   En el prólogo de esta preciosa obrita manifiesta bien el fin que se propuso en publicarla, y le concluye con estas notables palabras: «Por último no puedo dejar de advertir al que leyere este tratadito, que si encuentra en él opiniones que no le parecen fundadas y las impugna, especies oscuras y las aclara, artículos tratados superficialmente y los solida é ilustra, ó tambien alguna equivocacion ó error mio, y lo advierte y publica en algun periódico ó impreso, obrará conforme á mi designio y á mis deseos, presentando útiles instrucciones ó desengaños al público español.»

    La sola lectura de los epígrafes que tienen los seis parágrafos en que divide la obra, indican ya su grande importancia. En el l.º presenta los principios de que nacen los deberes del cristiano hácia la potestad pública. En el 2.º enumera estos deberes. En el 3.º demuestra que debe el cristiano cumplir los deberes de súbdito tambien respecto de los Soberanos que abusan de su poder. En el 4.º prueba que debe el cristiano rogar por las potestades que tiene sobre sí, aunque sean injustas y crueles. En el 5.º pone en clara luz esta delicada cuestion: ¿Deberá el cristiano tener por soberano suyo al usurpador mientras que éste posee de hecho la soberanía del pais? En el 6º. enseña cómo han de conducirse los pueblos particulares del pais que es el teatro de la guerra, en las ocasiones en que ninguna de las potestades beligerantes está en posesion del dominio de ellos, ó es incierto cuál lo esté. Concluye el Sr. Amát con una tierna y enérgica oracion á Dios para pedirle la paz. Despues pone en un apéndice los textos de la sagrada Escritura, y de los santos Padres y Escritores eclesiásticos, y de otros autores en que se ha apoyado, á fin de que se vea si es justo el sentido que les dió.

    Al transcribir el texto de S. Mateo: Diligite inimicos vestros: benefacite his qui oderunt vos, se explica así: «Contra el precepto de amar á los enemigos tan claramente expresado en las sagradas Escrituras, en especial del nuevo Testamento, han [221] levantado siempre la voz las mundanas pasiones ó vicios de la ira, de la envidia y del odio. Y si en tiempo de S. Gerónimo hubo gentiles que creyeron imposible este amor, tambien entre cristianos en tiempos de disturbios civiles ó de guerras suelen oirse proposiciones que le suponen injusto, ó contrario al amor de la patria. Llega tal vez á notarse de imprudente ó perjudicial el zelo del obispo que repite con frecuencia á sus feligreses desde el púlpito las palabras con que Jesucristo nos intimó aquel precepto: y lo que es mas sensible se oyen oradores cristianos, por otra parte dignos de respeto, que se esmeran en excitar el odio de los enemigos, con tal confusion de ideas, que parece juzgan que el odio á las personas es necesario ú oportuno para sostener la constancia de los pueblos y el valor de los soldados en los trabajos de una guerra justa, ó que el precepto de amar á los enemigos es contrario de la profesion militar, ó de la defensa en las guerras justas.

    233   Cuando se nos manda que amemos á nuestros enemigos, con este nombre se entiende á los que nos tienen mala voluntad y nos desean ó nos hacen mal: de modo que se supone que hay en el enemigo una voluntad mala, y por consiguiente culpa ó pecado. De ahí es que suele decirse que al enemigo podemos aborrecerle por la iniquidad ó malicia que hay en el, y debemos amarle por su naturaleza racional, y porque es nuestro prójimo. Pues á los pecadores, por graves que sean sus delitos, como son hombres capaces de la bien aventuranza eterna estamos obligados á amarlos por el precepto de la caridad: bien que como pecadores debemos aborrecerlos, esto es, debemos aborrecer sus pecados, debemos sentir que sean pecadores, y esto mismo es quererlos bien á ellos, es amarlos por caridad ó por Dios. Por tanto el precepto de la caridad no nos obliga á amar á los enemigos como enemigos, ó como hombres que quieren mal á su prójimo, porque esto sería amar en ellos una cosa mala; pero nos obliga á tenerles el amor general que debemos al prójimo: esto es, á amarlos como prójimos por mas que ellos nos aborrezcan, á tenerles buena voluntad, aunque ellos nos la tengan [222] mala, y á estar con el ánimo dispuesto ó preparado para hacerles bien, ó darles pruebas de nuestro amor en casos comunes ó de necesidad, á saber, en todos aquellos casos en que el precepto de la caridad nos obliga á socorrer, aliviar, ó hacer bien al prójimo. Pero ni el precepto general de amar al prójimo, ni el particular de amar á los enemigos nos obligan á darles por Dios particulares pruebas de amor, ó á hacerles particulares favores ó beneficios. No está obligado á tanto el cristiano; pero lo practica con gusto cuando está animado de una caridad perfecta, la cual no se contenta con cumplir con el precepto, ó con guardarse de concebir odio ó mala voluntad por las injurias que le hace el enemigo, y por la mala voluntad que le tiene, sino que ademas procura á fuerza de beneficios vencer la mala voluntad del otro, y atraerle á que le ame (S. Thom. 2. 2. q. 25 à 8. 9).

    234   Es evidente que hablándose de guerras el nombre de enemigos solo significa contrarios; y muchos lo son sin que ninguno de ellos tenga odio ni mala voluntad al otro. Así los soldados ó los ciudadanos de uno de los dos ejércitos ó pueblos que están en guerra, se llaman enemigos de todos los del otro ejército ó pueblo, aun aquellos que léjos de tenerse mala voluntad, tienen entre sí afectuosas conexiones de parentesco, de comercio ó de amistad particular. Pero de cualquiera clase que sean los enemigos, para que el paisano contribuya con generosidad y prontitud en la justa guerra de la patria contra ellos, y para que el soldado pelee con el valor constante que conduce á la victoria, lo que se necesita en el pueblo y en el ejército no es el odio del enemigo, sino el firme convencimiento de la justicia y de la necesidad ó importancia de la guerra, el ilustrado amor al bien comun de la patria, y sobre todo la animosa confianza, dócil sumision y pronta obediencia respecto de los que mandan.

    Es menester mucha preocupacion para figurarse que el soldado ha de aborrecer al enemigo, ó tenerle odio ó mala voluntad para embestirle y matarle con valor. El soldado cuando mata al enemigo ejerce un acto de la virtud de la justicia [223] es, como decia S. Agustin, el ministro de la ley; Miles in hoste interficiendo minister legis est (De libero arbitr, 1. 5). Le mata y le debe matar por cumplir con su obligacion, ó por la necesidad de obedecer á sus gefes; no porque le tenga ninguna mala voluntad: Hostem pugnantem necessitas perimat, non voluntas, dice el mismo Santo (Epist. 189 ad Bonifac). Si el navegante está en conciencia obligado á arrojar al mar sus propias mercadurías, por mas que las quiera, cuando así lo exige la necesidad de aligerar la nave para que no se vaya á pique: ¿qué mucho que el soldado cristiano dispare contra el enemigo, ó procure matarle, aunque le ame con la caridad con que debe amar al prójimo, cuando lo exige el bien comun de la patria empeñada en una guerra justa, y cuando por medio de su gefe inmediato se lo manda la legítima potestad suprema? Para que los fiscales pidan la pena de muerte contra los asesinos ó salteadores, y demas reos de muy enormes delitos, para que los jueces la manden cuando está impuesta por la ley, y para que los ministros á quienes se encargue la ejecuten, no es menester que los fiscales, jueces ó ministros tengan mala voluntad ú odio á ningun reo. Al contrario es muy comun que los miren con compasion, que rueguen á Dios por ellos, y que les faciliten los alivios ó consuelos que la ley permita. Les hacen bien y los aman, al mismo tiempo que sacrifican su vida al amor de la justicia, á la conservacion del buen órden, y á la necesidad de obedecer á la ley: hacen este sacrificio sin odio y sin ira, y con una disposicion de ánimo semejante á la del navegante rico que sacrifica sus mercadurías: todos sacrifican lo que de veras aman, porque así conviene para otro bien que deben amar mas. Lo que pasa con los fiscales, jueces ó ministros de justicia en el gobierno interior de los estados ó repúblicas, se aplica fácilmente á los consejos supremos que proponen la guerra, á los soberanos que la declaran, y á los generales, gefes, subalternos y soldados que la dirigen y ejecutan; porque en uno y otro ramo el amor de la patria, el deseo de conservar en ella el buen órden y pública tranquilidad, y el [224] zelo de la justicia, y en particular de la vindicta pública, son los afectos inspirados por la recta razon, no ménos que por nuestra Religion divina, que fomentan la energía y facilitan el acierto en cuanto se dispone y se hace contra los enemigos internos y externos del bien comun de la república.

     235   Mas en cuanto á las pasiones del odio y de la ira, y á los deseos de venganza, si pueden ser útiles para promover en el pueblo y en el ejército la energía y constancia en los esfuerzos que de ellos exigen las guerras largas y dificiles, solo es mientras que estas pasiones se dejan dirigir y gobernar por la recta razon; porque cuando llegan á desenfrenarse, causan fatalísimos estragos, oponiéndose á los mejores dictámenes de esta, y entorpeciendo ó frustrando con sus violentos arrebatos los planes y providencias que se conciben con la mayor ilustracion, y con el exámen detenido y juicioso. Y siendo esto una verdad demostrada por la mas constante experiencia, no lo es ménos que las máximas morales del evangelio son el freno mas oportuno para que la recta razon contenga y dirija las pasiones, evitando en ellas todo desórden, y aprovechándose de su fuerza ó energía.

     Por lo mismo importa mucho que en tiempos de guerra los vecinos y los soldados de los pueblos cristianos estén muy instruidos en las máximas y preceptos de nuestra Religion sobre las obligaciones particulares que á cada uno de ellos impone aquella calamidad, y sobre las generales de todo cristiano, especialmente la de obedecer á las potestades públicas, y la de tener á raya las pasiones. Uno y otro importa muchísimo para el bien espiritual de las almas: á lo ménos porque en medio de los estragos de la guerra, la obediencia suele exigir sacrificios mas árduos, y las pasiones de la ira, de la envidia y del odio se exaltan fácilmente, degeneran en vicios, y á muchas almas de la verdadera felicidad y gloria, á que no se llega sin la caridad. Igualmente importa para el bien temporal de la nacion ó república: á lo ménos porque en tiempo de guerra le cansan mas fatales perjuicios que nunca, tanto la insubordinacion del soldado respecto de sus gefes, [225] como la falta de obediencia y legalidad del paisano en el pago de las contribuciones, y en el cumplimiento de otras órdenes del gobierno legítimo.

     236   De lo mismo resulta que en tiempos de guerra deben los ministros eclesiásticos, no solo como encargados de la salvacion de las almas, sino tambien como ciudadanos zelosos del bien público, instruir á paisanos y militares en los deberes comunes y particulares de tiempo tan calamitoso y exhortarlos al mas exacto cumplimiento. Justo será, si el gobierno legítimo se lo encarga, que instruyan tambien al pueblo en la justicia é importancia de los fines con que la guerra se ha emprendido, en la grave necesidad de seguirla con teson á costa de grandes sacrificios, en la oportunidad de los medios que se toman para sostenerla, ó en cualquier otro de los objetos particulares del gobierno político en que éste quiera que el pueblo se halle instruido y convencido. Pero solo por cumplir con su propio ministerio deben los ministros sagrados inculcar mucho aquellas máximas ó verdades cristianas que sean mas oportunas para que se haga la guerra con el menor daño posible, y con las mayores ventajas, tanto en lo temporal como en lo espiritual.

     237   Inspiren pues á paisanos y á soldados un justo horror de la ambicion de extender sus dominios, de la infidelidad en cumplir los contratos, de la mala fe en apoderarse de plazas ó provincias, ó de otros vicios con que el enemigo haya excitado la guerra. Inflamen cuanto puedan el odio de vicios tan perjudiciales, y tan directamente contrarios al espíritu de nuestra Religion. Pero adviertan á sus oyentes que el odio que es justísimo mientras se dirije contra los vicios, deja de ser justo cuando se ocupa en las personas. Díganles con S. Agustin, que el odio no se ha de concebir contra los hombres, sino contra lo malo que hacen los hombres (Serm. 24. n. 3); y añádanles con el mismo Santo que quien aborrece á otro, se hace enemigo de sí mismo: Intus sibi ipse inimicus est, qui odit alterum (Serm. 89. n. 3). Asímismo pinten con viveza los estragos que cause el ejército enemigo, y [226] todos los demas daños de la guerra, y procuren conmover los ánimos para que obren con fortaleza y constancia cuanto convenga para repeler al enemigo; pero distingan con cuidado la justa conmocion que se dirige á evitar ó reparar los males, de otra conmocion injusta que suele juntársele contra las personas que los han ocasionado. Inflamen á sus oyentes en una santa indignacion contra toda suerte de crímenes, y en un ardiente deseo de la enmienda de los vicios y abusos, y de la justa reparacion de los daños que de ellos han resultado; pero instrúyanlos con las luces de nuestra Religion, para que no sean de aquellos necios ó estultos, á quienes, como dice Job (cap. 5. v. 2), la ira les quita la vida del alma: ni de aquellos de quienes dice el mismo Jesucristo, que por irritarse contra su hermano, merecen ser condenados al fuego eterno (Matth. V. v. 22): á lo menos adviértanles que es tan fatal la ira siempre que se opone á la caridad, con que se debe amar tambien al enemigo que ha hecho el daño que excitó la indignacion.

     238   Sobre todo inculquen á los paisanos los ministros del santuario la obligacion que tiene todo cristiano de pagar con especial prontitud las contribuciones que exige el gobierno legítimo, y clamen con energía contra la mala fé y la repugnancia en pagarlas en tiempo de guerra: de donde se sigue la mala asistencia de las tropas, causa y pretexto de un sin fin de males físicos y morales, igualmente contrarios á la defensa de la patria, y á la salvacion de las almas. Y al mismo tiempo para alentar y dirigir á los soldados en medio de sus trabajos y peligros, enséñenles á lo ménos á sacar gran provecho para sus almas de lo mucho que padecen sus cuerpos, y á mirar los dolores, miserias y fatigas que sufren con semblante animoso y alegre: no dudando de que sufriéndolos por Dios alcanzarán premios infinitamente mayores, y que es muy del divino agrado y muy meritorio el sacrificio de su vida cuando la exponen y tal vez la pierden por un acto de obediencia al mismo Dios que les manda por boca de sus gefes. Mas al paso que les inspiran fortaleza y valor con las verdades [227] y esperanzas eternas, dénles tambien los avisos convenientes para su conducta. Explíquenles el neminem concutiatis de S. Juan (Luc. III. 14). Háganles observar con S. Agustin, que si son muchos los soldados de vida poco arreglada, no tiene la culpa la profesion de la milicia, sino la malicia de los que la profesan: Milites enim benefacere non prohibet militia, sed malitia (Serm. 302. n. 15). Díganles con el mismo Santo que es cosa muy infame que un hombre de valor, á quien no pueden vencer las espadas de los enemigos, se deje vencer de la deshonestidad ó de otro vicio: Valde turpe est ut quem non vincit homo, vincat libido &c. (Epist. 189. n. 7). Encárguenles en fin que nunca se olviden de que tanto en tiempo de paz zelando el buen órden de los pueblos y la seguridad de los caminos, como en tiempo de guerra en el campo de batalla ocupando pueblos del enemigo, obran siempre como ministros de la ley ó siervos de Dios; pues obran con la autoridad que Dios ha dado á la suprema potestad en cuyo nombre les mandan los gefes. Y que por lo mismo deben tener el mayor cuidado en no exceder en nada las órdenes del gefe, y en no manchar tan honrosa profesion ó ministerio con ningun exceso contrario á la ley de Dios, especialmente al precepto de la caridad.

     239   Dichosos los pueblos ó naciones, cuyos sagrados ministros logran infundir en los entendimientos y en los corazones de todas clases de gentes estas máximas cristianas, y las demas concernientes á los tiempos de guerra. El sumo respeto y la fiel obediencia á las autoridades públicas, que tanto recomienda nuestra sagrada religion, asegurará en los que mandan una libertad completa para deliberar y dar las providencias que juzguen oportunas, y la mayor energía para hacerlas cumplir, y al mismo tiempo asegurará en los súbditos la sumision digna de un pueblo cristiano: el cual sin pretension de dictar las resoluciones del Gobierno, se gloriará de ser libre para representarle con buen modo cuanto estime conveniente; pero por lo mismo se creerá mas obligado á observar sus órdenes con exactitud, y hablar de ellas con profundo [228] respeto mientras subsisten, aun cuando le parezcan ménos justas ó convenientes. En tan feliz situacion del Estado ó república las resoluciones de emprender ó continuar la guerra, y de cómo y cuándo se ha de solicitar ó admitir la paz, serán siempre inspiradas por el ilustrado amor de la patria, tomadas por la detenida y juiciosa meditacion de los que mandan, y aceptadas con docilidad por los súbditos. Entónces serán impuestas con medida y pagadas con puntualidad las contribuciones necesarias para sostener la guerra con honor, mientras sea inevitable. El ejército provisto en lo necesario, y observando la mas exacta disciplina, mantendrá la mejor armonía con los vecinos de los pueblos aun cuando esté alojado en sus casas. No se verá en oficiales ni en soldados aquel desenfreno de las pasiones con que mas de una vez las tropas destinadas á la defensa del pais han igualado ó excedido á las enemigas en violentos ultrajes contra los bienes y el honor de los paisanos. Por otra parte como la disciplina militar fundada en una ciega obediencia enseña á sujetar las pasiones al imperio de la razon, si se halla ademas ilustrada y sostenida con las máximas del evangelio, mantendrá á los generales, á los gefes subalternos y á los soldados del ejército libres del atolondramiento y confusion de las pasiones exaltadas, y harán la guerra con la razon despejada, y con la serenidad de ánimo y el prudente valor que aseguran la victoria en los combates, al paso que tratan siempre al enemigo con miramiento, y despues de haberle vencido, con generosidad.

     Mucho podria añadirse sobre el influjo de las virtudes y máximas cristianas en el feliz éxito de las empresas militares; y no sería dificil hacer ver que para alentar, dirigir y sostener el valor de generales, de subalternos y de soldados, ofrecen las verdades de nuestra Religion divina luces mas claras y mas fuertes estímulos que todo fanatismo, tanto el que se cubre con el manto de la filosofía, como el que se abroquela con el escudo de la religion; y que aquellas conducen á la victoria por sendas mas llanas y seguras que las de uno y otro fanatismo, en las que apenas se da paso sin tropiezo, sin precipitacion, [229] sin ilusiones y violencias. Pero lo dicho hasta aquí es mas que suficiente para que reconozcamos que el precepto de amar á los enemigos en nada se opone á la profesion militar, ni á la defensa de las guerras justas: que excitar el odio contra los enemigos es oponerse al espíritu de la religion cristiana; y que los ministros de ella para acreditarse de ciudadanos amantes de la patria, no tienen que hacer mas que cumplir exactamente con su ministerio, entre cuyas principales funciones deben contar en tiempos de guerra la de promover en conversaciones privadas ó públicas, y sobre todo en los sermones y en el sacramento de la penitencia, con claras explicaciones y con exhortaciones enérgicas, el debido puntual cumplimiento de las obligaciones del ciudadano mientras dure aquella calamidad, tanto de las comunes á todo súbdito, como de las particulares del soldado, del jóven, del rico, y de cada uno de los demas segun las circunstancias en que se halle.»

     He querido transcribir esta larga exposicion del diligite inimicos vestros; porque en ella manifiesta bien el Sr. Amát el profundo conocimiento que tenia del primer precepto y suma de toda la ley de Jesucristo, que es la caridad: y tambien porque esa caridad ilustrada y zelo segun ciencia, que forman el carácter del Arzobispo de Palmyra, era entónces (y ¡ojalá no lo fuera aun ahora!) mirada por muchos como una mera teoría y sutileza escolástica inventada para acomodar la religion á toda especie de gobiernos y de partidos ú opiniones políticas. Así se estampó en uno de los folletos publicados contra el Sr. Amát. Tan crasa ignorancia de la divina moral del Evangelio en este y otros puntos, es el resorte mas terrible de que se vale la impiedad, ó el espíritu del Anticristo en estos tiempos, para hacer guerra á la Religion santa, y católica, que trajo del cielo el Hijo de Dios, para que sean felices en éste, y mas aun en el otro mundo, todos los hombres de cualquiera nacion que sean, y bajo cualquier gobierno en que vivan.

     240   Durante los dias mas terribles de la hambre de Madrid me acaloré mucho una vez hablando contra los franceses. Calló el Sr. Amát; y al otro dia por la mañana, al volver de [230] decir misa, me hallé dentro del breviario el papel siguiente «Zelo verdadero y falso.¿Quieres conocer si tu zelo es el verdadero que nace de la caridad, ó el falso que nace del odio, de la envidia, ó de los deseos de venganza? El medio es fácil. En el silencio de la oracion, ó á los pies de Cristo crucificado, examínate á tí mismo, y observa si cuando se habla de malas doctrinas, diriges la atencion y sentimiento contra ellas, ó contra las personas que las inventan, esparcen ó adoptan. Si cuando se habla de vicios ó malas costumbres, te enardeces únicamente contra su fealdad, ó principalmente contra los sugetos que sabes ó piensas que están dominados de ellas. Si cuando se habla de las calamidades públicas, como de guerra ó peste, te detienes en compadecerte de los que padecen, y en alabar á los que procuran socorrer á los afligidos, y disminuir y abreviar los males, ó te irritas luego contra los que te figuras que son la causa de ellos.

      El zelo verdadero, como hijo de la caridad cristiana, se enardece principalmente contra los errores y vicios por los daños que ocasionan á aquellos á quienes dominan. Por consiguiente no inspira respecto de estos infelices, sino sentimientos de compasion, impulsos de rogar á Dios por ellos, y deseos de que se enmienden ó conviertan. En las calamidades públicas, como en tiempos de guerra ó peste, el zelo verdadero arde en deseos de aliviar á los que padecen: sirve con actividad á los apestados, á pesar del peligro de contagiarse procura halagar, y discurre como templar á las tropas y á sus comandantes, para que causen menos daños á los pueblos: predica á estos paciencia y sufrimiento, para que con imprudentes resistencias no se acarreen saqueos, incendios y otros males: trabaja cuanto puede en disminuir los de la guerra, aunque con esto se exponga á disgustos y trabajos propios.

     Pero el zelo falso dirije sus esfuerzos y conatos mas contra las personas que contra los males que les dominan. Se ceba y complace en publicar, abultar, y tal vez fingir defectos en las personas, como si esta fuese la mejor impugnacion de los errores ó vicios que les atribuye, ó medios para librarles de ellos. En tiempos [231] de peste fácilmente se enardece con ira el comerciante con cuyos géneros se introdujo, ó contra los médicos y sirvientes que le parecen poco hábiles y activos; y tal vez se mantiene muy tibio en animarlos con su ejemplo y procurar auxilios para los enfermos, y medios de contener los progresos del mal. En tiempos de guerra el falso zelo fácilmente prorumpe en expresiones de odio y deseos de venganza contra los que tiene por enemigos: se ocupa mucho en juzgar si hacen bien ó mal los que dirigen los negocios públicos: se acalora contra los que no piensan como él: pronuncia, resuelve, pronostica sobre las grandes empresas de una parte y otra, sin atender á que no tiene todos los datos ó noticias en que fundan su resolucion aquellos á quienes él censura. Y al paso que se ocupa mucho en lo que deben y pueden hacer los otros, está muy flojo en discurrir qué es lo que pueda él hacer por su parte para disminuir los males de la guerra y acelerar su fin: sin considerar que por poco y oscuro que sea lo que él puede hacer, en esto es en lo que debe ocuparse, y no en lo que está al cuidado de otros.» =Y en efecto en esta y otras épocas de guerras y partidos violentos, yo ví siempre al Sr. Amát haciendo de padre á todo desgraciado que se le presentaba, aun cuando fuese el fanatismo ó la ignorancia la causa de los padecimientos ó de la expatriacion. Así es que muchos sacerdotes franceses emigrados se volvieron en 1794 á sus parroquias, de resultas de los consejos del Sr. Amát, que les proporcionaba tambien socorros para el viaje. Jamás el fanatismo de partido movió su corazon. Informábase de la honradez y aptitud de los pretendientes que imploraban su proteccion: nunca de sus opiniones políticas ni de escuela. Parece que hizo su retrato aquel poeta francés que dijo de otro sabio:

                   Rencontre t'il quelques rochers débiles
Qu'ont submergé nos tempêtes civiles?
Il les console, il leur ouvre le port
Sans s'informer par quel vent, quel orage,
Ni sur quel bord chacun d'eux fit naufrage.
[232]
¿Encuentra algunos náufragos perdidos
Por las civiles tempestades nuestras?
A todos los consuela y abre el puerto;
Sin curar por qué viento ó qué borrasca,
Ni en cuáles costas estrelló su quilla.

     241   A 12 de agosto de 1812 salieron de Madrid las tropas francesas. Entraron luego las inglesas al mando del general Wellington, duque de Ciudad-Rodrigo, y algunas tropas españolas, que permanecieron allí hasta primero de noviembre en que tuvieron que abandonar la capital. En un papelito que servia de registro para el breviario escribió aquel dia el señor Amát lo siguiente: «Ayer dia 12 de agosto al mediodia entró el general Wellington: hoy 13 por la tarde se ha publicado la Constitucion. Sean dadas á Dios las gracias; y sean tambien vivas las súplicas para que se solide la tranquilidad de España con retirarse todo ejército extranjero, y vivísimas para que no se excite ninguna discordia en el Gobierno español, y se mejoren luego las costumbres religiosas y civiles.» El Sr. Amát continuaba en su retiro. Fuí de su parte á visitar al Sr. D. Antonio Cortabarría, antiguo amigo suyo, que vino de Cádiz en calidad de Comisionado régio ó Gefe político; y á pesar de las relaciones de amistad con mi tio y conmigo, me recibió de un modo que temí desde entónces que venia con la idea de que el Arzobispo de Palmyra, como todos los que se habian quedado en sus destinos, era adicto al Gobierno del intruso rey José. No quiso acompañar una exposicion, que el Sr. Amát tenia hecha á la Regencia del reino para luego que estuviese expedita la corresponde ncia, de su conducta política durante los años de estar bajo el Gobierno intruso: la cual envió despues desde Hortaleza, como dirémos. En efecto, á pocos dias el Ilmo. Sr. obispo Puyal le participó de parte del Gobierno que debia retirarse de Madrid, y de acuerdo con dicho Señor se fué á la villa de Hortaleza á la casa del Cura, en donde estuvo casi todo el mes de octubre. Es justo hacer aquí grata [233] memoria de dicho cura párroco Sr. Aznar, hoy dean de la santa iglesia de Córdoba; pues á pesar de que era tenido por acalorado enemigo del Gobierno intruso, manifestó un respeto tan singular á su huésped, que nada tuvo éste que desear; y confesó despues dicho Sr. Cura que se habia desengalado bien de la idea equivocada que le habian hecho formar del Abad de S. Ildefonso los que le acusaban de afecto á Napoleon. --Elogió mucho con este motivo la mansedumbre con que hablaba de los que le obligaban á estar en Hortaleza. Así se verificaba en el Sr. Amát la sentencia del Espíritu santo (Eccli. III. 19): Fili in mansuetudine opera tua perfice, et super hominum gloriam diligeris.

     242   Puesto el Sr. Amát en Hortaleza, hallándose sumamente decaido de fuerzas empleó aquellas tres semanas en prepararse para la muerte. Enamorado del precioso librito que se llevó allí, cuyo título es: Le Bonheur de la mort chretiénne: Retraite de huit jours, le tradujo al castellano, y se conserva entre sus manuscritos. Y ya verémos despues que se valió de esta traduccion tres meses antes de morir en 1824. El sabio y juicioso D. Agustin Ginesta, cuyo nombre honrará siempre el catálogo de los profesores del célebre colegio de cirujía de S. Cárlos de Madrid, amaba entrañablemente al Sr. Amát, y como vivía en la misma casa de la calle de las Urosas, al lado de su habitacion, no pasaba dia sin visitarle. Este hábil facultativo le habia pronosticado que sería víctima de su excesiva sensibilidad; y me manifestó entónces los temores que tenia de que el Sr. Amát viviria pocos meses. ¿Quién le habia de decir á aquel digno amigo que él mismo al cabo de dos años sucumbiria á las amarguras que le ocasionó un compañero suyo empeñado en hacerle pasar por afrancesado?

     243   En 12 de octubre escribió desde Hortaleza la siguiente carta al canónigo de S. Ildefonso Sr. Bedoya, que se hallaba en Cádiz.=«Amigo y Sr. D. Juan: Luego que ví felizmente restablecido en ambas Castillas el gobierno de nuestro suspirado monarca el Sr. D. Fernando VII, creí de mi obligacion dar cuenta á la Regencia de las Españas del trastorno [234] de nuestra Colegiata durante el Gobierno intruso. Parecióme tambien del caso aprovecharme de esta ocasion para sincerar mi conducta política en estos cuatro años. Para uno y otro tuve el 24 de setiembre extendida una representacion que no pudo ser breve, ni dejar de ir acompañada de algunos documentos. Y pareciéndome que debia remitirla por conducto del Sr. Cortabarría que llegó entónces como gefe político, dejaba pasar los primeros dias en que le ví abrumado de mil asuntos sin duda mas urgentes y mas importantes. Entre tanto el dia 27 me dijo el Sr. Obispo auxiliar que se le habia encargado insinuarme que sería del caso que me saliera á algun lugar inmediato; y no teniendo yo ninguna conexion en estas cercanías, el mismo Sr. Auxiliar me hizo el gusto de hablar á su amigo el cura de Hortaleza, en cuya casa estoy muchísimo bien, sin mas incomodidad que la del aumento de gasto que ocasiona el estar fuera de casa, mayormente cuando el Cura se halla tanto ó mas pobre que yo.

     Como ya entónces se hablaba mucho de purificaciones y chismes, creí al pronto que habria habido alguna delacion contra mí, y que se me harian cargos y por lo mismo suspendí el dar curso á la representacion á la Regencia, con la idea de entregarla como respuesta general á la primera pregunta ó cargo que se me hiciese. Pero han pasado ya quince dias, y no solo no se me ha hecho cargo ni pregunta alguna, sino que se continúa en asegurarme, como se me aseguró al principio, que la insinuacion de que me saliese fuera de Madrid, era una mera providencia de seguridad personal mía, y de tranquilidad pública. É instando yo nuevamente anteayer que se me comunicasen luego los cargos que contra mí resultasen, para dar la debida satisfaccion, se me responde que ninguno hay hasta ahora contra mí: que si los hubiese se me comunicarian; y se me aconseja que me esté quieto dejando pasar algun tiempo. En seguir este consejo á mas del reparo de aumento de gasto que ántes insinué, se me ofrecen algunos otros, como el triste espectáculo de la miseria de este pueblo, el peligro de insultos de rateros y de soldados dispersos no [235] solo en estos caminos, sino tambien en las casas, como han experimentado esta misma del Cura y otras del pueblo. Mas estos y semejantes reparos no me hacen mucha fuerza, mayormente porque supongo que la dilacion que se me aconseja será á lo mas de dos ó tres meses, y así no llegará á los meses peores del año, ni acabaré con el recurso que tengo en un amigo para comer con la economía que Vd. sabe hasta tener corrientes algunos alimentos de Santiago.

     En los primeros dias de nuestra libertad pensé pedir luego pasaporte para alejarme de Madrid por miedo de que los enemigos volviesen: mas á pocos dias lo suspendí, porque formé concepto de que segun las noticias del Norte el pronóstico mas probable es que los rusos lograrán disipar las fuerzas colosales de Napoleon; y ademas tuve por del todo cierto que, sea el que fuere el éxito de aquella guerra, no podrán los franceses volver á las Castillas á lo ménos en todo un año. Fundado pues en este modo de pensar, creo que sería ridículo todo miedo de franceses en Madrid y sus inmediaciones; y por lo mismo me es indiferente tardar tres ó cuatro meses en emprender mi viaje: y aun he llegado á esperar que en este intermedio podria despejarse mas el horizonte, y tranquilizarse Cataluña, de modo que pudiese buscar en algun monasterio, lugarcito ó casa de los montes del pais nativo el retiro y quietud que exigen mis debilísimas fuerzas.

     Sin embargo, no puedo negar á Vd. que de algunos dias á esta parte me pone en algun cuidado el ver que no se verifican las que creia necesarias consecuencias de quedar las Castillas seguras, á lo menos por un año, de invasion de enemigos, pues ni acaban de llegar á esta villa los Grandes que se esperan desde mitad de agosto, ni parece que hayan llegado los Obispos á sus iglesias, ni viene el tribunal supremo de Justicia &c. Al contrario se ven providencias que hacen temer que el Gobierno no cree todavía seguro este pais. Hasta ahora me tranquiliza la reflexion de que puede haber otras causas de semejante demora; pero siempre que yo llegase á creer moralmente posible ó contingente la vuelta de los enemigos, [236] estaria impacientísimo hasta haberme alejado de este desgraciado pais; y sentiria en extremo no haber dirigido á la Regencia mi representacion desde el mismo punto en que la concluí. En ella comienzo: «Que viendo felizmente restablecido en esta Capital y ambas Castillas el Gobierno de nuestro suspirado Monarca, &c. &c. me creo obligado á dar parte á V. A. del estado actual de la abadía y colegiata de S. Ildefonso; y con este motivo sincerar mi conducta en las relaciones que por este y otros asuntos he tenido con el Gobierno intruso.» Y acabo pidiendo para los individuos de la Colegiata en caso que no pueda restablecerse luego (como supongo) la conmutacion de su título ú oficio con el de alguna otra iglesia, ó algun otro medio de subsistir. Y para mí pido dos gracias: la primera «que declarando la Regencia sincerada mi conducta se levante el embargo que se puso á las rentas de mi arcedianato de Nendos, por hallarme en pais ocupado de los enemigos: y la segunda, que se me permita retirarme en los pocos años que puedo vivir, ó en la residencia de la silla de mi arcedianato en el coro de Santiago, ó en algun monasterio de aquella diócesis, ó donde fuere mas del agrado de V. A.»

     He hecho á Vd. tan larga relacion á fin de que si Vd. recibe esta en Cádiz, ó ha de volver á aquella ciudad, me haga el gusto de informarme si podrá notarse como falta mia el que retarde uno ó dos meses mas el dar parte á la Regencia del estado de la Colegiata; pues en este caso enviaria mi representacion por el conducto que Vd. me avisase ser el mas á propósito, y si no me ocurriese otro, la dirigiria por el correo al Secretario del despacho de Gracia y Justicia. Al contrario, si no hay peligro de que se me haga cargo aunque tarde dos ó tres meses en dar cuenta de la supresion de la Colegiata, esperaré á ver si entre tanto se proporciona enviarla por conducto de los gefes de esta provincia.»

     244   A últimos de octubre fué cuando el Sr. Amát remitió á la Regencia del reino la exposicion de su conducta política durante la dominacion francesa. Es este escrito digno de que le copiemos aquí literalmente; pues es como un resumen [237] histórico que comprueba los sucesos de su vida, que acabamos de referir, y manifiesta bien el sincero y noble carácter de este insigne prelado. Dice así:

     «Sermo. Sr.=D. Félix Amát, Arzobispo de Palimyra y Abad de S. Ildefonso, con el debido respeto á V. A. hago presente: Que viendo felizmente restablecido en esta Capital y ambas Castillas el Gobierno de nuestro suspirado Monarca el Sr. D. Fernando VII, me creo obligado á dar parte á V. A. del estado actual de la abadía y colegiata de S. Ildefonso, y con este motivo sincerar mi conducta en las relaciones que por este y otros asuntos he tenido con el Gobierno intruso.

     A 3 de junio de 1808 al comunicarse á los pueblos la circular del Consejo de Castilla sobre las fatales renuncias de Bayona, habia dirigido manuscrita á los dos párrocos del Sitio y á los otros cinco de la Abadía la carta ó edicto, que impresa poco despues en el diario y gaceta de Madrid, sin consentimiento y aun sin noticia mia, me ha acarreado gravísimos disgustos. La ocasion, causas y fin de tan desgraciado papel las expliqué en dos pastorales. En la de 14 de agosto que se acompaña núm. 1.º; de la cual hice imprimir en Segovia una porcion de ejemplares para repartir entre conocidos, y supe despues que se habia reimpreso y se vendia en Valencia: y en la de 1.º de setiembre, que va de núm. 2.º, la cual no se imprimió, pero se repartieron muchas copias.

     Los franceses ocuparon á Segovia y el sitio de S. Ildefonso al mismo tiempo que á Madrid; y desde entónces no han cesado hasta ahora los disgustos y trabajos. A 23 de diciembre se me intimó la órden de pagar luego en dinero, en trigo ó en otros efectos veinte mil reales, que se me señalaron por el empréstito forzado que se exigió del clero, y los pagué en trigo. Al mismo tiempo se comunicó al Cabildo de la Colegiata la órden de pagar otros veinte mil.

     245   A 7 de enero de 1809 el comandante de S. Ildefonso Rapatelli me comunicó una órden del duque de S. German, mayordomo mayor, para que en todo el dia siguiente se le entregase un inventario de toda la plata y demas efectos [238] de la iglesia. El Cabildo nombró dos comisionados para hacerle y se entregó.

     A 20 del mismo enero recibí por medio del general Tilly, gobernador de Segovia, la órden de pasar á Madrid á presentar mis homenajes á José Napoleon. El mismo General mandó separadamente al Cabildo que enviase diputados, y los envió. Pero yo no fuí, habiéndome excusado con el rigor de la estacion y quebranto de salud.

     El 21 me comunicó el Intendente la severísima órden con que se mandaba que al dia siguiente se celebrase una misa solemne, y se prestase juramento de fidelidad y obediencia á José Napoleon. Prestóle el Intendente en nombre de todo el pueblo, y en manos del celebrante, pues yo no salí del coro, excusándome de recibir el juramento y de hacer una plática al pueblo con este motivo, aunque se me instó con mucha importunidad que hiciese á lo ménos una de las dos cosas.

     A 16 de febrero llegaron al anochecer sesenta soldados de Segovia, y el Comandante del Sitio los alojó todos en casas de eclesiásticos, mandando que los mantuviésemos. A mi casa envió el oficial y dos soldados. La órden del Gobernador de Segovia decia que los enviaba porque el clero perturbaba con falsas noticias y otras especies el buen orden y quietud del pueblo, y que duraria el castigo hasta que el clero mudase de conducta. Quejéme con viveza de que se procediese á tan dura providencia general, sin habérseme dado antes queja contra ningun clérigo, ni noticia de ningun hecho particular. Insté con eficacia al Comandante del Sitio que suspendiese la órden del General de Segovia: pero insistió en que por aquella noche le era imposible; y que á la mañana siguiente deseaba hablar en mi casa y presencia con los eclesiásticos mas respetables. La sesion fué muy larga; pues aunque el Comandante quedó luego convencido de que eran falsas varias noticias que le habian dado, se quejaba con mucha eficacia de que siendo la Colegiata la iglesia de un palacio y sitio Real, nunca en los sermones se hablase al pueblo de la obediencia debida al Gobierno intruso. Insistimos en que ni era justo ni oportuno [239] que en los sermones predicásemos mas que las virtudes y máximas cristianas, sin contraernos á los disturbios del dia. Y por fin dispuso el Comandante que la misma tarde se volviesen los soldados á Segovia.

     246   En el mes de abril comenzó la aplicacion de la lámpara mayor de plata y de los candeleros de mas peso, que refiere el papel de núm. 3, y de que resulta que ya entónces era excesiva la indigencia de la iglesia y de sus ministros: ninguna la esperanza de cobrar sus rentas; y que al paso que no habia otro recurso que ir vendiendo la plata para ocurrir á las mayores urgencias, era de cada dia mas inminente el peligro de quedar de un instante por otro sin mas que los cálices precisos para las misas.

     El dia 8 de setiembre por la tarde llegó á S. Ildefonso el rey José Napoleon. En fuerza de aviso prévio del comandante militar me reuní con los eclesiásticos y principales vecinos en la plaza al tiempo que entraba. El dia 9 pedimos audiencia con los diputados del Cabildo, y se nos concedió. Esta fué la primera vez que hablé al Rey intruso; y la única por entónces, pues en la tarde del mismo dia no fuí á los jardines que siguió aquel Rey, viendo correr las fuentes: el dia 10 le pasó en Balsain y en el monte; y en la mañana del 11 salió para Madrid. Y aunque era regular que yo me presentase al tiempo de la salida, dejé de hacerlo por haber entendido que no saldria hasta las siete, y salió á las seis.

     El 10 por la tarde un criado del conde de Melito, llamado Superintendente del Real palacio, vino á decirme que su amo me esperaba en su cuarto, pues tenia que hablarme. Fuí al instante; y el Conde me dió un papelito con seis preguntas sobre la fundacion, rentas y estado de la Colegiata, encargándome que le respondiese por escrito, si podia ser aquella misma noche, y de cualquier modo á la mayor brevedad; pues se iba á arreglar inmediatamente todo lo del Sitio. En la conversacion ví claramente que estaba resuelta la supresion de la Colegiata: que no queria adoptarse el medio de dejarla acabar con el tiempo, no proveyendo las vacantes; sino que se queria [240] disolverla desde luego; y que las alhajas y enseres de la Colegiata se creian propias de la Corona, del mismo modo que las de la capilla del palacio de Madrid.

     447   Despues de la batalla de Ocaña, en la entrada de los franceses en Andalucía, y en algunas otras ocasiones, se me dirigieron varias órdenes para que las comunicase á los curas. Las circulares con que las acompañé fueron todas manuscritas. A últimos de diciembre del mismo año 1809 recibí el aviso de habérseme nombrado Comendador de la llamada órden Real de España con decreto de 22 del mismo mes. Sorprendióme esta novedad, no habiendo jamás solicitado esta ni otra gracia directa ni indirectamente. Y reflexionando sobre el estado actual de las cosas, juzgué que serian fatalísimas las resultas de mi resistencia ó desprecio; pues no hallaba modo de colorear mi renuncia, y por consiguiente admití. Acompaño señalado con letra A el papel original de aviso que se me envió.

     Con fecha de 20 del mismo diciembre se me mandaba pasar luego á Madrid. La órden decia: Ilmo. Sr. =El Rey, quiere que V. S. I. se traslade luego á Madrid; y para que sea con seguridad que aproveche la compañía ó escolta de una partida de tropa que está para salir de ahí con direccion á esta Corte. Lo que participo á V. S. I. de real órden para su inteligencia y cumplimiento. Dios guarde á V. S. I. muchos años. Madrid 20 de diciembre de 1809.=El ministro interino de Negocios eclesiásticos =Miguel Jose de Azanza.=Sr. Arzobispo Abad de S. Ildefonso.

     248   En efecto á últimos de diciembre se mudó la guarnicion del Sitio, con la cual se fué el Comandante que entónces habia. Pero dicha órden no la recibí hasta el dia 12 de febrero del año siguiente 1810, y por eso no fuí á Madrid hasta primeros de marzo. Jamás he podido averiguar en qué consistió el atraso de la órden; pero le tengo por un particular beneficio de la Divina Providencia. Porque supe despues que si yo hubiese llegado á Madrid antes del dia 8 de enero en que el Rey intruso salió para la Mancha y Andalucía, [241] se hubiera publicado entónces mismo un reglamento ó decreto para cerrar la colegiata. Y sin que hubiese habido lugar ni tiempo para impedirlo, la plata y ornamentos hubieran quedado al cuidado ó á la disposicion del administrador y del inspector de los muebles de la corona; y las mesadas de los individuos y dependientes y los demas créditos contra la colegiata se hubieran sepultado en el abismo de la deuda del Estado.

     Efectivamente habia tiempo que los encargados de los muebles de la corona intentaban apoderarse de toda la plata de la colegiata. En la conversacion que tuve con el conde de Melito en S. Ildefonso, procuré precaver tan fatal golpe. Pedí, y poco despues conseguí permiso para aplicar cinco ó seis arrobas de plata de la lámpara mayor en alivio de los pobres individuos ó dependientes de la iglesia. Y en mayo del año siguiente logré igual permiso para deshacer diez candeleros y una cruz de plata con el mismo fin, como se refiere en la ya citada relacion de n. 3. En ella se ve que con mis instancias sobre este asunto se logró desvanecer la idea de que la colegiata de S. Ildefonso debiese considerarse en todo tan pendiente del arbitrio del Rey, como la capilla del palacio de Madrid. A lo que fué consiguiente que el asunto de reglamento ó supresion de colegiata se separase del Superintendente y de mas empleados de palacio, y se pasase á la secretaría de Negocios eclesiásticos.

     El mismo dia 25 de mayo en que por esta secretaría se me comunicó el permiso para aplicar la cruz y diez candeleros al alivio de los ministros de la iglesia, se me pidieron los mismos informes que en el setiembre anterior me habia pedido el Superintendente de palacio. Y el ministro interino conde de Montarco en las conversaciones de los dias inmediatos me manifestó que la supresion debia verificarse muy luego, explicándose propenso á facilitar que las mesadas de los ministros y demas deudas fuesen pagadas con las existencias de la iglesia.

     249   El 4 de junio recibí el decreto en que se me mandó que la colegiata quedase reducida á simple capilla del Real palacio; [242] su parroquia reunida á la del Cristo; y el territorio de la abadía se devolviese al obispado de Segovia. Y en el oficio con que se me dirigió, se me dió la comision de aplicar la ropa y ornamentos no necesarios á la Real capilla al pago de las deudas; como se ve en las copias del decreto y oficio que siguen bajo n. 4.

     En cuanto á la supresion, no ocurriéndome grave inconveniente en cumplir las disposiciones del decreto en lo que pendia de mis facultades, y teniendo presente que de cualquier modo el estado de indigencia de la iglesia y la falta de todo recurso hacian necesaria la interrupcion de la residencia y celebracion de los Divinos oficios, extendí el auto que se copia en el mismo núm. 4, y escribí al Ordinario eclesiástico de Segovia encargándole el gobierno de la abadía. Tuve muy presente que siempre que cesando las calamidades y recobrados los medios de subsistir la colegiata pudiese reponerse como antes, ningun reparo habria en que cesase aquella comision, y volviese yo á gobernar por mí mismo el territorio separado, ó cometiese su gobierno á quien conviniere.

     La comision de aplicar las ropas y ornamentos al pago de las deudas de la colegiata me ocasionó muy pesadas molestias, y no pocos cuidados y disgustos. Pero todo lo doy por muy bien empleado al considerar que en una época de tan general escandalosa rapacidad de las alhajas y ornamentos de las iglesias que se cerraban, y aun de las otras, pude librar la plata de la de S. Ildefonso de que se emplease su valor en defensa del Gobierno intruso; y sobre todo al considerar que pude aplicar las alhajas de aquella iglesia al justísimo y oportunísimo destino de pagar las mesadas y demas créditos de los individuos y dependientes de ella. Cabalmente en aquella época era tan apurada la situacion de todos, y tan inminente en muchos el peligro de perecer de hambre, que la calidad de Prelado ordinario me obligaba á vender cuanto pudiese de la iglesia para socorrerlos.

     250   Poco despues de la supresion de la colegiata supe en 13 de junio que se me nombraba para el obispado de Osma. Y como [243] me constaba que habia muerto el Sr. Garnica su último obispo, tuve gran consuelo en verme libre de discutir las famosas destituciones de prelados que comenzaron en Sevilla, y en que no tuvieron ménos parte el atolondramiento y la ignorancia, que la malicia. Uno de los gobernadores del obispado de Osma en sede vacante, que lograba muy buen concepto en aquel clero y pueblo, habia sido penitenciario en S. Ildefonso, y era y es íntimo amigo mio. Esta amistad, y las noticias que tenia del cabildo y del pais me persuadian que no llegaria el caso de haber de trasladarme á aquella diócesi; y sobre todo me aseguraban de que si me viese precisado á ir á Osma, ó á Soria, correria con la mejor armonía con aquel cabildo: podria no hacerme odioso á aquellos pueblos; y cuando viese que mi estancia no sirviese para disminuir los males de aquella iglesia y pais, me seria fácil pasar á pueblo libre: lo que desde Madrid me era imposible. En esta inteligencia, y en la de que el resistirme á la admision de un obispado sin duda vacante podria tener malas resultas, creí que la prudencia me dictaba que le admitiese. Por eso el dia 15 al recibir el oficio y decreto de nombramiento, que acompaño originales de letra B, avisé mi aceptacion inmediatamente como se me prevenia.

     No tardó en hablárseme de pasar á Osma. Manifesté que antes de recibir la confirmacion ó institucion canónica no podria tomar parte en el gobierno de aquella diócesi, sino como Vicario capitular sede vacante: esto es, dándome sus poderes aquel cabildo. Se me dijo que así se habia hecho en Málaga adonde habia pasado el Sr. Cuerda á gobernar la diócesi por comision del cabildo sede vacante. Y el 14 de julio recibí el otro oficio y decreto insertos y señalados con la letra C, en que haciéndose memoria de la muerte del último obispo el Ilmo. Sr. D. José Antonio Garnica, y suponiéndose al cabildo gobernando en sede vacante; se le manifiesta la Real voluntad de que me entregue el gobierno de la diócesi. El Ministro dirigió al cabildo de Osma aquel decreto con semejante oficio: tambien escribí yo: pero no llegaron las cartas, y se pasaron siete meses sin instárseme que fuese á Osma. [244]

     251   En febrero del año siguiente 1811 habiendo el comandante francés de aquella provincia, sin contar para nada con el Gobierno de José, trasladado violentamente á Soria el cabildo de la catedral de Osma, se me habló con bastante eficacia de pasar á aquella ciudad. A cuyo fin el ministro Azanza dirigió al cabildo el oficio de que se me dió un duplicado que acompaño de letra D, y yo la carta cuya copia está bajo núm. 5. Respondióme el cabildo con la que se copia en continuacion, manifestándose pronto á entregarme toda la autoridad que tiene en sede vacante, cuando yo me presentase en aquella ciudad, y deseoso de que fuese pronto. Semejantes deseos se me habian manifestado varias veces en aquellos meses; pues aunque las cartas del Ministro y las mias de oficio no hubiesen llegado al cabildo, no dejé de recibir noticias y cartas de particulares. Y no era de extrañar que deseasen que yo fuese á Soria, tanto el cabildo, como varios seglares, creyendo que mis súplicas y representaciones podrian contener algo los atropellamientos de los comandantes franceses: ni que lo deseasen con particularidad los que tenian que luchar con ellos, no dudando que recaeria sobre mí la mayor parte de estos combates. Cabalmente el comandante que habia entónces en Soria se manifestó tambien deseoso de que yo fuese, añadiendo que podria emprender el viaje por el camino mas corto, sin pedir escolta sino hasta la mitad, pues para las tres últimas jornadas él me la enviaria suficiente cuando yo avisase. Con esta proporcion no me era dificil pasar á Soria; y por lo mismo medité con reflexion si debia ó no.

     252   Siempre creí que trasladado á la diócesi de Osma podria lícitamente tomar parte en el gobierno de ella, comunicándome sus facultades el cabildo: ni dudaba tampoco de que mi presencia podria precaver ó disminuir algunos males. Pero temí muchísimo los que en aquellas circunstancias podia ocasionar la de ser yo electo por el Rey intruso; y este temor me tuvo indeciso y quieto en Madrid. Aviváronse mis dudas á primeros de julio al recibir otra carta del cabildo, que en el núm. 5 sigue á su primera respuesta. Pues al paso que las [245] vivas instancias de aquel para mí muy respetable cuerpo, no podian dejar de inspirarme vivos deseos de pasar á Soria, su misma singular eficacia me hizo temer que podría haber influido en ella ageno impulso. Este temor me impidió el hacer por mi parte diligencia alguna para vencer las dificultades que ocurrian en el viaje; y así no se verificó.

     En el primer oficio de nombramiento me decia el Ministro que desde entonces quedarian á mi disposicion las rentas de la mitra. Manifestéle que no me acomodaba tan irregular providencia, y que no admitiria ni un maravedí de las rentas de aquella diócesi hasta que estuviere en ella, trabando con los poderes del cabildo: en cuyo caso admitiria lo preciso para mis alimentos. En mayo de este año 1812 noticioso el Sr. Azanza de que se iba estrechando mas la economía con que en estos años se vive en mi casa, procuró un Real decreto en que se me señalaban alimentos sobre las rentas del obispado de Osma, hasta que trasladado á él las percibiese todas. Me lo dijo cuando ya el decreto estaba hecho: le dí gracias; pero le aseguré que no era mi indigencia tan extrema como le habian dicho, por tener un amigo que habia podido socorrerme en los grandes apuros y lo habia hecho con gusto. Resolví no hacer uso de tal decreto, á no ser que los amigos de Osma juzgasen conveniente que yo recibiese alguna cantidad para objetos importantes de aquellas iglesias ó de aquellos pobres. Pero ni vino este caso, ni otorgué poderes, y creo que ni llegó á enviarse á Soria aquel decreto.

     253   Por último debo dar á V. A. alguna razon del encargo relativo á monjas que se me dió por órden del Gobierno intruso. El dia 17 de setiembre de 1810 recibí carta del cabildo de Toledo, que con fecha del 13 me decía, que siendo la voluntad de S. M que yo fuese Superintendente y Visitador de los conventos de Religiosas en esta Corte, me acompañaba el título de dicha delegacion.

     Habia algunos meses que se habia suprimido el convento de religiosas de la Encarnacion; y el 20 de agosto anterior se habia decretado la supresion del de santa Catalina, y el 3 del [246] mismo setiembre del de santa Ana. Las religiosas de santa Catalina de acuerdo con el Intendente ó Prefecto debian trasladarse juntas al de santo Domingo el Real, que era de la misma órden, El dia 22 debia pasar yo al locutorio de santa Catalina, para tratar con las religiosas del tiempo y modo de la traslacion, cuando el mismo dia recibí el decreto de la supresion del expresado convento de santo Domingo, y de los de santa Isabel y santa Clara, con un oficio en que se me decia que procediese sin dilacion á lo que por mi parte fuese correspondiente. Y el Prefecto me envió al mismo tiempo su adjunto para trabajar del modo de hacer saber á las religiosas el decreto y procurar su cumplimiento. No quise encargarme de comunicarle á las monjas, ni de otras diligencias de que se me hablaba, y quedamos acordes en que yo me ceñiria á procurar á las religiosas los consuelos y consejos cristianos de resignacion, obediencia, y demás que corresponden á mi ministerio. Así lo dije al Ministro al acusar el recibo del decreto, quejándome de la extraña ligereza con que por parte del Gobierno ó del Prefecto se habia avisado á la Priora de las monjas de santa Catalina que podrian trasladarse al convento de santo Domingo, al mismo tiempo que se acordaba y decretaba la supresion de él.

     254   La de tres conventos, pocas semanas despues de haberse suprimido otros dos, me hizo temer que eran fundadas las voces que corrian entonces de que estaba resuelta la de todos ó casi todos en un par de meses. Por lo mismo me creí obligado á hacer por mi parte todo lo posible para impedirla. Hablé con dos de los Ministros, y no pude tranquilizarme con su contestacion. Entonces no quedándome ya otro recurso que al mismo Rey intruso, pedí audiencia, y le manifesté con alguna viveza cuán injustas eran aquellas supresiones respecto de las monjas, cuán inútiles al erario público, cuán odiosas á todo hombre de buen corazon, y cuán llenas de otros inconvenientes. La respuesta me inspiró alguna confianza; y realmente se me previno á pocos dias que el Rey en vista de mi reputacion habia acordado que yo premeditase é informase [247] sobre los objetos de pública utilidad en que podrian ocuparse las religiosas de los conventos existentes en Madrid, y que se suspendiese toda supresion hasta que en vista de mis informes se acordase cuáles deberían subsistir, y cuáles podrian suprimirse con el tiempo. En efecto en casi dos años que han pasado desde entonces no se ha suprimido ningun convento de esta Corte, aunque en varias ocasiones se ha instado con extraña eficacia la de algunos, en especial con pretexto de destinar los edificios para hospitales, pabellones ó cuarteles.

     255   Entonces mismo puse en manos del Rey intruso un memorial de las religiosas del convento suprimido de santa Ana que acababan de trasladarse juntas al de santa Teresa, y pedian que no se les quitasen las rentas de una casa grande, y de algunos censos que eran cobrables: lo que se les concedió. Expúsele la escandalosa injusticia de que señalándose pension á las monjas que salían de los conventos para ir á casas particulares, no se señalase á las de conventos suprimidos que pasaban á otra clausura. Sobre este particular tuve que repetir á muchas instancias al Ministro, y por fin se les señalaron cuatro reales diarios. Mas como el señalar pension sobre tesorería venia á ser lo mismo que no señalarla, no cesé de clamar que se consignasen al pago de las pensiones de las monjas de los demás conventos suprimidos, las rentas de los mismos, como se habia hecho con el de santa Ana. Y por este medio lograron todas algun alivio, realmente muy limitado, pero particularmente apreciable por la extrema indigencia en que se hallaban.

     Al paso que con mis eficaces y contínuas instancias al Gobierno intruso logré impedir la supresion de muchos conventos de religiosas, y facilitar algunos auxilios á las de conventos suprimidos, estuve muy distante de molestarlas con providencias ni con visitas. Contesté y procuré consolar ó dirigir á cuantas acudieron á mí por asuntos propios ó de comunidad; pero ni he autorizado eleccion alguna de prelada, ni he hecho formal visita de ningun convento. Solo en uno la comencé á fuerza de repetidas instancias de varias religiosas del [248] mismo, de que eran precisas algunas providencias interinas para contener el enorme exceso de los gastos sobre las entradas y facilitar á las mas pobres algun tiempo para ganar algo con su labor.

     Por fin con fecha de 17 de agosto último devolví al cabildo de Toledo el título original de Superintendente y Visitador de las religiosas que me habia enviado; manifestándole que habiendo cesado con el restablecimiento del Gobierno de nuestro suspirado monarca el Sr. D. Fernando VII. en esta villa y corte las causas que me movieron á admitirle, entendia que ya no era justo ni conveniente que yo hiciese mas uso de él. Con la misma fecha lo avisé al Sr. Obispo auxiliar, añadiéndole que siempre que gustase le remitiria los legajos de papeles de la visita y superintendencia por haber cesado ya las causas que le obligaron á enviármelos, y á mi á admitirlos.

     A lo dicho se reducen las relaciones que he tenido con el Gobierno intruso. En ellas era mi plan general el no chocar sin necesidad, ó el sufrir y condescender en lo posible creyéndolo necesario, ya para impedir los violentos efectos de la irritacion con que aquel Gobierno procedia contra cualquiera renuncia ó excusa que no pudiese cubrirse con motivos muy aparentes: ya tambien para representar con mas valentía y eficacia en los negocios mas importantes en que no fuese posible condescender.

     Porque no solo en las violentas entradas de los ejércitos enemigos, sino tambien en las providencias políticas del Gobierno intruso se descubria fácilmente una insaciable rapacidad en apoderarse de toda suerte de bienes de la Iglesia, un bárbaro furor en destruir, y el mas quisquilloso prurito de innovar. Eran pocas, débiles y rara vez atendidas las voces que en sus Consejos clamaban por la justicia y por la religion. Y con tan funesto espectáculo á la vista, tuve siempre por cierto que los ministros eclesiásticos que nos hallábamos en el pais ocupado por los franceses, no podiamos tomar por modelo la conducta de aquellos prelados que bajo de gobiernos [249] piadosos resistian con valor á cualquiera providencia que reputasen perjudicial al clero, sino que debiamos imitar á los que en tiempo de persecucion, ó bajo de gobiernos usurpados y enemigos de la Iglesia, sufrieron con resignacion males gravísimos: ensancharon cuanto pudieron la condescendencia de la caridad y prudencia cristianas para tolerar providencias duras contra bienes ó prácticas del clero: y reservaron la energia y la constancia en resistir para aquellos puntos en que no fuese lícito condescender: á la manera de aquellos sábios adalides, que conociendo que el valor de acometer en campo abierto á los famosos conquistadores ú opresores del género humano, por esforzado que sea, suele facilitar á éstos nuevos triunfos y mayores fuerzas; toman un rumbo opuesto y logran por fin la ruina de los mas impetuosos, cediéndoles mucho terreno, y reservando la resistencia para los puestos mas sólida y cautamente pertrechados.

     257   Sobre tales principios se ha reglado mi conducta con el Gobierno intruso. Si he sufrido, tal vez sin quejarme, exacciones injustas, si he condescendido en admitir algunas gracias, y si he cooperado al cumplimiento de alguna de sus providencias: no hay acto alguno de estos en que no haya obrado en fuerza de un juicio práctico, de que en aquel conjunto de circunstancias estaba en conciencia obligado á hacerlo; ó para lograr la diminucion de algunos males que la obediencia ó condescendencia proporcionaban, ó para impedir otros gravísimos que la resistencia debia acarrear.

     Espero, Sermo. Sr., que con la sencilla exposicion que acabo de hacer, quedará bastantemente justificada mi conducta en la humillante y penosa situacion en que la Providencia me ha tenido en estos cuatro años bajo el Gobierno intruso. Y que si bien no puedo aspirar á las coronas ó premios que tantos valerosos y sábios españoles han merecido y merecen de mil maneras en brillantes servicios á la patria: á lo ménos me queda el consuelo de haber podido algunas veces trabajar útilmente en precaver ó disminuir los atropellamientos del Gobierno intruso contra buenos españoles.

     258   Hasta aquí he manifestado á V. A. con sencillez los [250] asuntos en que he tenido relacion con el Gobierno intruso y las máximas sobre que he arreglado constantemente mi conducta. Y aunque de lo dicho sobre supresion de colegiata puede colegirse su actual estado, creo deber añadir alguna observacion sobre las dificultades que ocurren en su restablecimiento. La que nace de haberse aplicado los ornamentos en pago de las mesadas de los individuos y dependientes, entiendo que es fácil de superar. Pues aunque muchos se habrán visto precisados á vender todos los que les tocaron en el reparto que se hizo por suerte, ó gran parte de ellos, no teniendo otro recurso con que subsistir; otros ménos necesitados habrán conservado todo lo que adquirieron, ó una buena parte. Yo tengo por cierto que si se restablece la colegiata, no solo enviaré yo al instante lo que tengo en mi poder, sino que todos sus individuos con igual gusto cederán cuanto conservan; y todo esto añadido al repuesto que para misas rezadas se dejó en la capilla, espero que sería al pronto lo bastante para la precisa decencia del culto divino.

     Además debo hacer presente á V. A. que de los enseres de la colegiata que quedaron despues de completado el pago de sus deudas, los cuales fueron destinados á venderse para alivio de los individuos y dependientes mas necesitados, se vendieron poquísimos, y subsisten en la colegiata los mas necesarios, como la libreria del coro, y la cajonería del vestuario, segun resulta de la relacion que va al fin de n. 4. Y en cuanto á los enseres que, como allí se dice, se trajeron á esta villa, sabe ya que están en mi poder el actual encargado por V. A. de las llaves de la colegiata: á cuya disposicion los entregaré cuando me los pida.

     259   La principal dificultad que ha de ocurrir en el restablecimiento de la colegiata consiste en proveer á los gastos sucesivos y contínuos de cera y demas indispensables para la celebracion y canto de los divinos oficios y sobre todo para la manutencion ó alimentos de los individuos del cabildo, y de todos los ministros ó dependientes de aquella colegiata. Pues todas las rentas con que está dotada son pensiones sobre Mitras [251] cuya cobranza ha de ser sumamente dificil, á lo menos por el espacio de algunos años. Pero por lo mismo que considero muy dificil el pronto restablecimiento de la colegiata en su estado anterior, no puedo dejar de hacer presente á V. A. la gran indigencia en que se hallan generalmente los individuos y ministros de dicha Real iglesia, muchos de los cuales la han servido casi toda su vida. Es cierto que al tiempo de la supresion, ó algo despues, el Rey intruso nombró para otras iglesias á casi todos los que tenian título colativo. Pero solo tres de ellos acosados de la extrema miseria, fueron á residir en el nuevo destino para poder comer. Es tambien cierto que suprimida la colegiata cobraron todos las mesadas que se les debian; pero sobre haber cobrado la mitad del valor en ornamentos, han pasado ya dos años en que nada han percibido. En cuanto á los ministros ó sirvientes, así eclesiásticos como seglares, aunque tambien cobraron las mesadas de su salario se que se les debian, eran estas muy limitadas, y por lo mismo los mas debian ya cuanto entónces cobraron. En cuya atencion no puedo dejar de implorar la justificacion de V. A. para que en caso de que no pueda restablecerse la colegiata, se les conmute su título ó destino con el de otra iglesia, ó se les facilite algun otro medio de subsistir.

     260   Por lo que á mí toca, Sermo. Sr., siempre que por disposicion de S. M. ó de V. A. se deba restablecer aquella colegiata en el estado anterior, con el mayor gusto delegaré todas mis facultades á la persona ó personas que mas sean de su beneplácito, y revocaré la delegacion al Ordinario de Segovia que hice al tiempo de la supresion, y renové últimamente al recobrar su libertad ambas Castillas. Mas en atencion á que en estos cuatro años he envejecido como si hubiesen pasado quince ó veinte, mi suma debilidad de fuerzas me obliga á suplicar á V. A. que aun en caso de restablecerse pronto aquella colegiata, tenga á bien exonerarme de volver á aquel pais tan en extremo frio, y permitirme que vaya á acabar mis dias en el retiro de algun monasterio de pais mas templado. Y como obtengo en la metropolitana de Santiago [251] el arcedianato de Nendos, cuyas rentas pueden darme lo preciso para mi decente subsistencia, aunque destine una buena parte para las actuales urgencias públicas, como hice en el año de 1808, hallándose estas rentas embargadas con el motivo (que ha cesado ya) de mi residencia en pais ocupado por el enemigo:

     261   A V. A. rendidamente suplico, que declarando sincerada mi conducta, se digne ponerme libre y expedito el uso de aquellas rentas, mandando al Intendente del reino de Galicia que levante el embargo, y lo ponga en noticia de mi apoderado. Igualmente suplico á V. A. que se digne darme su permiso para retirarme en los pocos años que puedo vivir, ó en la residencia de la silla de mi arcedianato en el coro de Santiago, ó en algun monasterio de aquella diócesi ó donde fuere mas del agrado de V. A.

     En cualquier parte rogaré incesantemente al Altísimo que todos los pueblos de la Península se vean desde luego libres de tropas enemigas: que se soliden la independencia y la tranquilidad de todas las Españas: que con la mejora de las costumbres religiosas y civiles se compensen las calamidades que han padecido y aun padecen, y que derrame continuamente el Señor sus bendiciones sobre todos los decretos y providencias de las Córtes generales del reino y de V. A. para que cuanto ántes reine en todos los pueblos y familias españolas, de las cuatro partes del mundo, la comun alegría y felicidad que nacen de la abundancia y del buen órden. Madrid á 24 de setiembre de 1812.=Serenísimo Señor Félix, Arzobispo de Palmyra, Abad de S. Ildefonso.»

     262   El dia 2 de noviembre supo el Sr. Amát en Hortaleza que habian entrado otra vez en Madrid las tropas francesas, y que comenzaban á dejarse ver por aquellos pueblos varias cuadrillas dispersas. Aconsejóle el Sr. Cura que se volviese á Madrid, á donde fué igualmente dicho señor; y apeándose poco antes de llegar, entró al anochecer, con disimulo en su cuartito de la calle de las Urosas. No salió ya de él, á pesar de [253] que pocos dias despues, habiéndose restituido á Madrid el Rey intruso con toda su comitiva, se avisó de oficio á todas las corporaciones y personas distinguidas para que fuesen de ceremonia á felicitarle por su regreso á la Corte. El Sr. Amát, aunque recibió aviso, no fué ni volvió á ver á José Napoleon en todo el medio año que estuvo éste en Madrid. A últimos de mayo de 1813 de resultas de los sucesos del Norte abandonaron otra vez la Corte los franceses, y se fueron retirando hácia Francia.

     263   De allí á tres meses tuvo el sentimiento de la muerte de su querido sobrino y capellan D. Félix Mancharell y Amát de 33 años de edad, de mucho talento y aplicacion, y sobre todo de una ejemplar virtud. La reina Maria Luisa le llamaba el Santito: y por sus prendas se habia granjeado la estimacion y aprecio de los principales señores de la Corte, que le veian siempre acompañando al Abad. El Ilmo. Sr. Santa Maria obispo de Segovia solia decir que Felix era el único hombre feliz de la Corte. Murió á 18 de agosto de 1813. Véase en el Apendice n. 76 la carta con que la tarde ántes se despidió de su amado tio. Fué la muerte de este virtuosísimo sacerdote uno de los sucesos que mas dolor causaron al Sr. Amát, y objeto de varias cartas de éste, llenas de reflexiones muy sabias, que he creido debia copiar al fin en el Apéndice núm. 77.

     264   Como los franceses volvieron á entrar en Madrid el 2 de noviembre de 1812, no pudo el Sr. Amát recibir contestacion á su exposicion remitida pocos dias antes á la Regencia. Pero cuando despues á últimos de mayo de 1813 se retiraron otra vez de Castilla, escribió á su amigo Sr. Dou que se hallaba Diputado en Córtes y á algun otro, para saber si habia llegado al Gobierno dicha exposicion de su conducta política, que envió desde Hortaleza, en 26 de octubre del año anterior 1812. Ninguno pudo averiguarlo, y el Sr. Dou le aconsejó en una carta que difiriese el ocuparse en esto hasta que el Gobierno se trasladase á Madrid. Con fecha 13 de agosto le escribia el canónigo de S. Ildefonso D. Juan Manuel de Bedoya, el cual despues de la extincion de la colegiata habia ido á refugiarse [254] en S. Lucar de Barrameda en casa de s u hermana doña María Bedoya de Gutierrez, lo siguiente: He estado algunos dias en Cádiz. He visto á los consejeros de Estado Sres. Ceballos, Romanillos, García, los diputados obispo de Sigüenza, Gutierrez de la Huerta, Guazo, y varios otros amigos y conocidos; y he observado que ó no tenian prevencion ninguna contra V. S. I., ó la han depuesto. Romanillos llegó á decir con respecto á la pastoral del 3 de junio que V. S. I. en aquella ocasion salvó el Real sitio de S. Ildefonso. Este mismo señor y el Sr. Obispo de Sigüenza han quedado admirados al saber los muchos males que ha impedido V. S. I. durante el Gobierno, del intruso José. En efecto no solamente se le debe al Sr. Amát el no haberse suprimido los conventos de monjas (como hemos visto) sino tambien el no haberse decretado la abolicion de los diezmos, ni el nuevo plan de las iglesias de España, ni la abolicion de toda suerte de cofradías, y de los votos de religiosos legos, ni otras muchas providencias disparatadas que proponia la cabeza ligera é irreligiosa de algunos franceses que dirigian á José Napoleon. La íntima y antigua amistad que tenian con el Sr. Amát D. José Jóven de Salas, abogado que fué de la provincia eclesiástica Tarraconense, y el Sr. D. Estanislao de Lugo, director que habia sido de los Reales estudios de S. Isidro, proporcionó á estos un sabio cooperador de sus buenos intentos. ¡Cuántas veces en la misma víspera de un consejo de Estado venian á buscar en el Sr. Amát armas para pelear contra los acalorados innovadores ó políticos irreligionarios!

     265   Tanto el Sr. Romanillos, como otros muchísimos amigos que vinieron de Cádiz con el Gobierno en el otoño de aquel año, especialmente los diputados por Cataluña Sres.Marés, Llocer, Ros, Sellés, Rey, Anglasell, Lasala &c. visitaron luego con muestras del mas sincero afecto y veneracion al Arzobispo de Palmyra, que seguia sin salir jamás de su cuarto, desde que volvió de Hortaleza en octubre de 1812. Reuníanse muchos de estos amigos en la habitacion del venerando anciano, donde pasaban largos ratos en la mas amena é instructiva conversacion. Para dar una idea de esta tertulia literaria bastará decir [255] que, ademas de los nombrados, asistian á ella el erudito y festivo D. José Vargas Ponce, teniente de navío de la Real armada, y su digno compañero y amigo desde la niñez el Sr. Don Martin Fernandez Navarrete, ambos bien conocidos en la república literaria, los sabios eclesiásticos, D. Ramon Cabrera, don Luis Lopez Castrillo, D. Antonio Cuesta, los Padres Maestros Fr. Antolin Merino, Fr. José de la Canal y Fr. Francisco Marin, el marqués de Puerto Nuevo, el modesto D. Agustín Ginesta, insigne profesor del colegio de S. Cárlos &c. En tan grata compañía pasábanse muchas horas sin percibirlo. Comenzó un dia á hablar el afluente arcediano Sr. Cuesta, que era diputado en Córtes, de los desvaríos y desbarros por falta de lógica, y sobre todo de las falsas citas de Mr. Dupui en su impía obra Origine des cultes, y á las dos horas, en que casi nadie le habia interrumpido, siendo ya tiempo en que debia recogerse el Arzobispo, se levantó el chistoso andaluz Vargas y dijo al Sr. Amát: El marques de Puerto Nuevo (no habia siquiera abierto la boca) se lo ha hablado todo en esta sesion; yo pido la palabra para la de mañana. El Sr. Cuesta repuso: Me opongo; porque le sucederia á Vd. el chasco que hoy, en que yo no he dado lugar á nadie. Vargas y yo no podemos hablar, si el Sr. Arzobispo no toma á su cargo el tocar la campanilla. Solia decir despues el Sr. Amát que entre el gozo general por vernos libres del intruso gobierno y el placer de estas reuniones literarias, le parecia que la muerte se habia alejado de su cuarto.

     266   Uno de los que mas le acompañaron desde el año 10 al 13 fué el Sr. Cabrera. Tuvo éste varios disgustos, como casi todas las personas de algun crédito los tienen en tiempos de revolucion; porque solamente consiguen librarse de la tormenta los que ó son nulos por su talento, ó tan egoistas que desentendiéndose del pro comunal no salen de su escondrijo, sino para observar de donde sopla el viento. Aconsejaba el Sr. Amát á su buen amigo Sr. Cabrera que probase el pasar una temporada entre sus gentes de Segovia, sin esperar á que sus males no tuviesen ya remedio. «¡Ojalá (le decía) que mi patria estuviese tan cerca como la de Vd.! En Segovia tiene Vd. á mi hermano [256] el Tesorero, en quien hallará Vd. conversacion variada, á todas horas que Vd. la quiera.» Fué al fin el Sr. Cabrera, y al llegar le escribia en los términos siguientes: «He visto al hermano de V. S. I. y á toda su familia que encontré ocupada en las labores de su sexo. Parecióme que estaba en la casa de uno de aquellos patriarcas de que nos habla el Testamento viejo, pues hallé á una respetable matrona rodeada de varias hijas llenas de candor, y cada una con su labor en las manos. ¡Qué espectáculo tan diferente del que nos ofrece Madrid, donde no vemos otros instrumentos que fortepianos y papeles de música!» El Sr. Amát le respondió de esta manera: «Tengo particular gusto en considerarle á Vd. oportunamente ocupado en consolar, aliviar y dirigir á su familia. Y aunque no puedo persuadirme que sea tan dilatada como la mia, no dudo que le ocupará á Vd. muchas horas al dia, debiendo hablarse de tantos años, y habiendo sido los últimos de tanta agitacion. En Cataluña hacia yo con frecuencia semejantes visitas. En cuantos asuntos se me proponian daba siempre con abundancia los consejos y consuelos de palabra, y con el gusto de verlos siempre bien recibidos, se mezclaba alguna vez la pena de conocer su poca eficacia. Mas en cuanto á los auxilios efectivos ó pecuniarios pocas veces pudieron ser los que de mí se esperaban, y nunca los que yo deseaba dar. Y con todo veia con la mayor complacencia que mis esfuerzos producian siempre favorables resultas, que á veces excedian mis esperanzas. De esta combinacion resultaba una conserva agridulce, que tomada algunas semanas contínuas con el incesante ejercicio de hacer bien á mis gentes, me sentaba perfectamente, y me hacia volver á mi casa con el cuerpo mas robusto, y con el ánimo mejor dispuesto para pasar sin fatiga muchas horas en las tareas literarias. No dudo que experimentará Vd. semejantes efectos de su actual paseo, y que en adelante le repetirá Vd. cada dos ó tres años.»

     267   Desde el mayo en que entraron en Madrid las tropas españolas, y en seguida las autoridades que nombró la Regencia, [257] comenzaron otra vez á gritar algunos contra los afrancesados, manchando con este odioso renombre á todo el que tenia algun destino ó dignidad, y no hubiese huido á Cádiz. La guerra de empleos era la principal ocupacion de muchos españoles que habian emigrado por no haber podido medrar bajo la dominacion del Gobierno intruso. Se calumniaba hasta á aquellos ministros de la religion que habian sido el amparo del huérfano y de la viuda, y de todo necesitado; y que mediando entre el conquistador y los pueblos, habian salvado á estos del furor de aquel, y trabajado en sostener la religion, y aun el amor de los pueblos á su Rey cautivo. Algunos de estos dignos eclesiásticos trabajaban como ocultamente. Pero el Sr. Amát era demasiado grande para poder ocultarse. Su sabiduría, su virtud y el aprecio que habia hecho de él el Sr. D. Fernando VII, cuando Príncipe de Asturias, excitaba la envidia de algunos que temian que habia de ser bien recibido del adorado cautivo Monarca, cuya llegada se esperaba con un entusiasmo que no tiene ejemplar en los fastos de la historia. A los amaños y tortuosas intrigas de tales émulos atribuirnos todos el que la Regencia no diese curso á la exposicion de su conducta política, que repitió despues por segunda vez. La abadía de S. Ildefonso era deseada vivamente por cierto eclesiástico que creia tener mérito para ella: éste hizo cuanto pudo para que la Regencia no declarara sobre la conducta política del Abad, y para prevenir en contra de éste al ministro de Gracia y Justicia Sr. Cano Manuel, y despues al Sr. Macanaz, que nombró el Rey al volver de su cautiverio. El Abad por su parte no hizo diligencia ninguna. Es propio del varon justo no sospechar mal de los otros; y por eso se ven tantos que al fin son víctimas de la malignidad y envidia de los intrigantes.

     268   A pocos dias de haber entrado en Madrid Fernando VII, tan deseado, ya comenzó el Sr. Amát á experimentar los efectos de la calumnia. Recibió un oficio del Excmo. Sr. Escoiquiz en el que de órden del Rey se le mandaba entregar la librería y manuscritos que fueron del Conde de Gondomar, suponiéndose que el Sr. Amát la tenia en su poder. Vino el Sr. [258] Escoiquiz en persona á verle, y quedó atónito al hallar que todo era una necia calumnia. Con todo el Sr. Amát dió una respuesta, clara sí y enérgica, pero sin quejarse de que se le imputase un delito tan grosero.

     269   Luego de llegado el Rey repitió la misma exposicion de su conducta política enviándola al Sr. Macanaz, ministro que era entónces de Gracia y Justicia, para que la presentara á S. M. con los mas sinceros y respetuosos sentimientos de alegría por la feliz restitucion al trono de sus mayores. Decíale lambien que no se atrevia á hacerlo en persona, besando la Real mano de S. M. y AA., mientras no le constase que S. M. habia visto y aprobado su conducta política en tiempo de la dominacion francesa. La carta que escribió al ministro Sr. Macanaz, decia así: «Excmo. Sr. =Penetrado del sólido consuelo y dulces confianzas que inspira la presencia de nuestro augusto Soberano en la capital de su monarquía, creo de mi obligacion poner desde luego en noticia de V. E. el trastorno de la colegiata del Real sitio de S. Ildefanso, suprimida por el Rey intruso con decreto de 30 de mayo de 1810.

     De las principales circunstancias de aquella catástrofe dí cuenta al Secretario del Despacho universal de Gracia y Justicia en el intervalo de libertad que gozó esta villa en el verano de 1812, y despues de la última salida de los enemigos, en junio del año siguiente. Entónces expuse que á costa de varios disgustos y molestísimas ocurrencias habia logrado que la plata y ornamentos de la colegiata, léjos de tener el sacrílego destino que tuvieron los de casi todas las iglesias entónces suprimidas, se aplicasen al pago de las deudas de la colegiata, especialmente de las catorce mesadas que se debian á los individuos y dependientes de ella, en consecuencia del atraso que ya en 1808 padecia la cobranza de las pensiones sobre mitras, que son su única renta, y de la imposibilidad de pagar en que se hallaron despues los Sres. Obispos. Pero no pude dejar de añadir que este auxilio sumamente apreciable en las apuradas circunstancias del año 1810 en que se logró, estaba, ya del todo agotado dos años despues; porque los individuos [259] y dependientes de la colegiata por lo- comun no tenian otra renta ni recurso. Y tuve en este particular el consuelo, de que con oficio de 8 de setiembre de 1813 me dijese el Secretario interino del Despacho de Gracia y Justicia que la Regencia habia mandado que se les contribuya con las dos terceras partes de su renta ó asignacion, mientras se verifica el restablecimiento de dicha iglesia, habilitándolos para que nombren comisionados que entiendan en la recaudacion y percibo de las pensiones &c.

     Expuse tambien con sencillez las relaciones que tuve con el Gobierno intruso por la supresion de la colegiata y por algun otro asunto: los principios que tomé por regla de toda mi conducta; y lo mucho que en aquellos años se debilitaron mis fuerzas y se quebrantó mi salud. En cuya atencion supliqué á la Regencia que aun en caso de restablecerse la colegia la me permitiese quedarme retirado en algun monasterio de pais menos frio que el de S. Ildefonso, manifestándome pronto á delegar todas mis facultades á quien gustase el Gobierno, y tambien á renunciar la abadía si se juzgaba conveniente.

     270   Se me previno en el citado oficio que la Regencia habia resuelto que yo nombrase sugeto que en calidad de Gobernador ejerciese la jurisdiccion eclesiástica del territorio de la abadía de S. Ildefonso, poniendome de acuerdo con el Diocesano de Segovia, y pudiendo, si me pareciese, valerme al intento de alguno de los canónigos ya purificados de aquella Iglesia. En efecto me pareció muy oportuno que gobernase aquella jurisdiccion como delegado mio uno de los canónigos de la misma iglesia, una vez que tratándose de restablecer la colegiata, sería regular que se le facilitasen medios para residir en el Real sitio. Y habiéndome puesto de acuerdo con los Gobernadores de la diócesi de Segovia, y asegurado de que admitiria mi delegacion el canónigo magistral de la colegiata D. Santos Martin Sedeño, que sobre ser el canónigo de oficio mas antiguo de la misma me pareció por sus recomendables prendas el mas oportuno; lo expuse con fecha de 10 de [260] diciembre último al Secretario de Gracia y Justicia, manifestando que para extender el título esperaba solo tener noticia de que el nombramiento merecia la aprobacion del Gobierno. No se me ha comunicado resolucion sobre el particular: ni la he instado por creer que sería aun ahora muy gravosa al magistral la residencia en el Real sitio; y por estar bien seguro de que los Gobernadores de la diócesi de Segovia, en uso de las facultades que les tengo delegadas, atienden y atenderán mientras convenga al gobierno espiritual de los fieles de la abadia con el mayor zelo y prudencia.

     Sin embargo por si ahora quedando libre de enemigos toda la España, y estando ya el gobierno de ella en manos de nuestro suspirado Monarca, se facilitase la cobranza de las pensiones en lo preciso no solo para la subsistencia de los individuos y dependientes que existen, sino tambien para reponer y tener corriente la colegiata, y S. M. decretase el restablecimiento de ella, hago presente á V. E. que estoy pronto á delegar todas mis facultades para el gobierno espiritual de la abadía de S. Ildefonso al expresado canónigo magistral, ó á cualquier otro sugeto que sea del agrado de S. M.; como tambien á renunciar la abadía siempre que S. M. lo crea oportuno: pues son vivos mis deseos de pasar el poco tiempo que puede quedarme de vida en el retiro é inaccion ó quietud en que vivo mas ha de dos años, y que exije la debilidad de mis fuerzas.

     271   Aprovechando alguno de los días en que me halle ménos débil, tendré el honor de presentarme á V. E. para mejor informarle en lo perteneciente á la colegiata. Pero no disponiendo V. E. lo contrario, tardaré algunas semanas: ya por considerar ahora á V. E. especialmente atareado: ya tambien por parecerme que no debo apresurarme á salir de casa por un justo miramiento á las relaciones que tuve con el Gobierno intruso hasta fines de 1811: aunque estoy muy seguro de que no dí en ellas paso alguno sin creerme en conciencia obligado á darle en aquel conjunto de tristes circunstancias, ó para impedir males gravísimos, ó para procurar algun [261] alivio de los que no podian evitarse. como aparece en la exposicion que dirigí á la Regencia y documentos que la acompañan, que supongo en esa secretaría de V. E.

     El quebranto de mi salud, y el insinuado respetuoso miramiento me han privado hasta ahora de la honrosa satisfaccion de besar la Real mano. Y por lo mismo no puedo dejar de suplicar á V. E. que se sirva presentar á los pies de S. M. el debido homenaje de mi sincero constante amor, humilde respeto y fiel obediencia, y las mayores seguridades de que han sido y serán incesantes mis votos al Altísimo para que derrame continuamente sus bendiciones sobre las augustas personas de S. M. y Real familia, y sobre todos sus decretos y providencias, y para que extinguidos entre los vasallos los odios, envidias, venganzas y demas violentas pasiones que la guerra fomenta, y mejoradas siempre mas y mas las costumbres religiosas y civiles de la España, queden pronto remediadas las calamidades que ha padecido, y sólidamente establecido en ella el reinado de la justicia y de la paz.

     Ofrezco mi voluntad á las órdenes de V. E. y ruego á Dios guarde su vida muchos años. Madrid á 19 de mayode 1814= Excmo. Sr.=Félix Arzobispo Abad de S. Ildefonso. =Excmo. Sr. D. Pedro de Macanaz, Secretario de Estado y del Despacho universal de Gracia y Justicia.»

     272   Posteriormente en 17 de junio, en consecuencia de la contestacion que recibió del Sr. ministro Macanaz, dirigió el siguiente oficio á los Sres. consejeros Cortabarría y Moyano. «El Excmo. Sr. D. Pedro Macanaz acaba de prevenirme que el Rey (que Dios guarde) se ha servido resolver que para purificar mi conducta acuda á VV. SS. como encargados de informar acerca de los dependientes del ministerio de Gracia y Justicia.

     En cumplimiento de esta soberana resolucion acompaño la exposicion que en 1812 dirigí á la Regencia del Reino para darle cuenta del trastorno de la colegiata de S. Ildefonso, y sincerar mi conducta en las relaciones que por este y algun otro asunto tuve con el Gobierno intruso.

     Hallábame entónces en la casa del cura párroco de Hortaleza [262] por insinuacion del Sr. Obispo auxiliar, segun manifesté en la carta de 24 de octubre con que acompañé la citada exposicion. Así la imprevista entrada de los enemigos en Madrid, que se verificó en los dias inmediatos, me sorprendió en un lugar en que no habia carruajes, ni caballerías, y en medio de mi debilidad de fuerzas y estatura irregular, cosas que no permitiéndome viajar dizfrazado, ni sin alguna comodidad, habian ántes sofocado mas de una vez en su cuna los proyectos de viajes á pais libre concebidos con quietud en esta villa. Por lo mismo, y por estar Hortaleza y pueblos inmediatos particularmente expuestos á los atropellamientos de las tropas enemigas, en especial de pequeños destacamentos, creí preciso imitar al cura párroco en cuya casa me hallaba, y á otros sugetos prudentes de los pueblos vecinos, que en semejantes ocasiones buscaban asilo dentro de Madrid; y entrando á pie por la puerta dé Recoletos al anochecer, llegué á este cuarto sin tropiezo y sin ser visto, con lo que pude excusarme de asistir en la entrada del rey José el dia 3 de diciembre, para la cual ni siquiera tuve aviso, ó convite particular, aunque se adoptaron medios extraordinarios para que fuese grande el concurso. De esta manera pasé en Madrid los seis ó siete meses anteriores á la última salida de los enemigos, sin ver nunca al rey José, ni entrar en el Real palacio, sin tener que tratar asunto alguno con sus Ministros, y sin hacérseme encargo, ni decírseme palabra de parte de aquel Gobierno.

     273   Cuando á últimos de mayo del año próximo pasado salieron por última vez los enemigos, continué en mi retiro de modo que hace mucho mas de un año que no he salido de esta casa ni de dia ni de noche, ni siquiera una sola vez. Aun despues que con un gozo tan justo, como general, celebramos cumplidos los ansiosos deseos de la vuelta de nuestro suspirado Monarca, y con hacimiento de gracias á la Divina Providencia le admiramos sentado en su augusto trono, como centro feliz de la reunion de todos los españoles, he creido prudente guardar mi retiro, dirigiendo al Excmo. Sr. Ministro de [263] Gracia y Justicia la representacion, cuya copia acompaño, con la del oficio en que S. E. me comunica la Real órden de acudir á VV. SS. para purificar mi conducta y la de nombrar sugeto que en calidad de Gobernador ejerza la jurisdiccion eclesiástica de la Abadía de S. Ildefonso, como lo verifiqué el mismo dia 14 en que la recibí.

     En este oficio del Excmo. Sr. Ministro de Gracia y Justicia he leido con sentimiento la siguiente cláusula: Con motivo de haber permanecido V. S. I. entre los franceses el tiempo que ocuparon el territorio de la Granja y obispado de Osma á que fué promovido por el Gobierno intruso. Pues el contesto de estas palabras me hace temer que habrá podido informarse á S. M. ó á S. E. que he permanecido algun tiempo entre los franceses no solo en el territorio de la Granja, sino tambien en el obispado de Osma, para el cual fuí nombrado por el Gobierno intruso. Pero lo cierto es que desde últimos de 1808 no salí de la Granja hasta primeros de marzo de 1810 en que por órden del Gobierno intruso vine á Madrid: que desde dicha época no he estado fuera de esta villa sino el mes de octubre de 1812 que pasé en la casa del cura de Hortaleza; y que si bien el Rey intruso me nombró obispo de Osma, ni llegué á ir á aquel obispado, ni á encargarme de su gobierno, ni cobré un maravedí siquiera de sus rentas, ni hubo mas sobre aquella eleccion ó nombramiento que lo que sencillamente refiero en la citada exposicion á la Regencia.

     274   Por lo mismo no puedo dejar de suplicar á VV. SS. que me hagan el favor de comunicarme cualquier reparo ó duda que pueda ocurrir sobre mi conducta política en estos años, para que yo pueda manifestar con ingenuidad y exactitud las circunstancias de los sucesos y los principios que hayan servido de regla á mi conducta; con lo que espero que resultará purificada. =Dios guarde á VV. SS. muchos años como deseo. Madrid 7 de junio de 1814.=Sres. D. Antonio Ignacio Cortabarría, D. Tomás Moyano, y D. Benito Arias Prada.»

     274   Mas á pocos días se le avisó por el Sr. Alcalde del [264] cuartel que en cumplimiento del Real decreto que mándaba salir á cierta distancia de la Corte á todas las personas que hubiesen recibido ciertas gracias del Rey intruso, debia S. I. o ausentarse de la Corte; pues que habia sido nombrado obispo de Osma y recibido la llamada cruz de la Real órden de España. Aconsejaban al Sr. Amát todos sus amigos que hiciese un recurso á S. M. haciéndole presente, que no solamente no habia querido pasar á Osma á gobernar aquella iglesia, á pesar de los poderes que le envió el Cabildo, sino que ni habia aceptado el socorro de los sesenta mil reales que el Intruso mandó á dicho Cabildo que enviaran al electo; y que en cuanto á la condecoracion la habia recibido sin pedirla y por un decreto general en que se concedió á los obispos que se hallaban bajo la dominacion del Intruso, incluso el Ilmo. Sr. Puyal, auxiliar de Madrid. Pidió al Sr. Alcalde que acompañara un oficio en que pedia al ministro Sr. Macanaz que diera órden para que se decidiera en juicio su conducta política en vista de los documentos presentados, y los informes que S. M. se dignara tomar. El Alcalde, que era el Sr. D. Vicente Fita, hijo del camarista de este nombre que tantas relaciones de amistad habia tenido con el Sr. Amát, me manifestó con el mas sincero dolor de su corazon que era preciso cumplir la órden: Su tio de Vd., me dijo, es demasiado conocido: tiene un poderoso enemigo, que no parará hasta verle fuera de Madrid. En vista de esto, pidió el Sr. Amát pasaportes para ir á Trillo á tomar las aguas y despues á Cataluña.

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