Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Carta de Miguel Hernández a María Cegarra. Madrid, 7 de septiembre de 1935

Miguel Hernández

imagen

Querida María: Ya hace tanto tiempo que no me escribes, que me decido a escribirte yo a ti. No sé los motivos del silencio tuyo. Supongo que serán muchas tus ocupaciones, pues no puedo creer que te hiriera ninguna de las cosas que te decía en mi última carta de hace tiempo. Pienso en ti y te veo tan sola en ese pueblo tristísimo, que me da angustia, María. Por eso me gustaría estar escribiéndote continuamente, cosa que me es imposible hacer por varias razones. ¿Me equivoco al pensarte sola? Ya sé que tienes tu familia, pero hay necesidades y congojas tan íntimas que no puede curar más que un buen amigo de la misma especie. Ya me dijiste ahí aquella tarde, que deseabas venir por aquí alguna vez. Me alegraría tanto que

imagen

tu deseo, que yo he experimentado hasta la exasperación, se satisficiera cuanto antes... Yo te acompañaría a donde quisieras por este laberinto peligroso de gentes. He hablado mucho de ti a mis mejores amigos y amigas, y ya quieren conocerte. ¿Cuando vendrás por aquí María? Mira, que sea pronto. Yo estoy cansado de vivir aquí. Busco la manera de escaparme a la tierra que sea. No quiero seguir haciendo biografías de toreros y vida de oficina. Paso muchos días tristes, y no me consuela nada en absoluto. Después de todo me digo que no debiera haber salido nunca de pastor. Presiento que la insatisfacción de ahora será de siempre. Me arrepiento de haberte dicho que vengas. Te irás desengañada y verás que nada vale la pena.

imagen

Se ven muchas cosas mezquinas en todas partes. No saldremos de animales nunca. No vengas, María, no vengas: sigue en tu casa con tus cosas. Hazte novia, si ya no lo eres, del hombre más sencillo y más vulgar que te quiera, y ten hijos, y sigue escribiendo en tu soledad. Perdóname, si te he dicho antes o ahora algo inconveniente. Me pongo a escribir y dejo que la tinta exprese lo que voy sintiendo al pensar en tu vida a través de la mía. Por eso no quiero que tomes en cuenta lo que no te parezca bien. Tu eres dueña de tu corazón y puedes hacer y harás siempre lo que oigas en su sangre. No dejes de escribirme, María. Dime muchas cosas, muchas cosas, muchas cosas, las más sencillas

imagen

y las más pequeñas de tu vida, sobre todo. Llena tu soledad de mí un poco y dime como ruedan los días para ti. Quisiera que no tardaras en escribirme. Necesito ahora noticias de todos mis amigos lejanos más que nunca. Estoy solo, a pesar de todo, más solo que tú, aquí. ¿Te ha escrito alguien hablándote de tu libro? Aleixandre me dijo hace días que te iba a escribir y a decirte que le había gustado mucho tu libro. Es quien más me ha preguntado por ti. Saluda mucho a tus padres y a tu simpática hermana por mí. Tú, María, recibe, en cuanto quiera, todo el corazón que puedo darte de mí, con un adiós.

Miguel