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Wolf, Memoria sobre el Cotopaxi y su última erupción, acaecida el 26 de junio de 1877, Guayaquil, 1878. Es una monografía interesante sobre la constitución geológica del volcán; la adornan dos láminas.

El padre Velasco asegura dos cosas: primera, que el Cotopaxi no había hecho ni una sola erupción siquiera antes de la conquista; segunda, que la primera erupción que hizo fue la de 1534, el mismo año en que Benalcázar llevó a cabo la conquista de Quito. La primera de estas aseveraciones queda desvanecida por el testimonio de la geología, según la cual, la actividad del Cotopaxi se remonta a algunos siglos antes de la conquista. La segunda aseveración no tiene en su apoyo el testimonio de ningún autor contemporáneo, pues lo único que se sabe es que un volcán hizo su erupción, cuando los conquistadores españoles aparecieron en la planicie interandina; y esto se sabía mediante la tradición de los indios de la provincia de León y de Tungurahua, quienes, en sus cantares, conservaban la memoria de aquella coincidencia. Pero ¿qué volcán fue el que hizo la erupción? ¿Fue el Cotopaxi? ¿Fue el Tungurahua?

Cieza de León da a entender que habla del Cotopaxi cuando dice: «Está a la mano derecha deste pueblo de Mulhaló un volcán o boca de fuego, del cual dicen los indios que antiguamente reventó, y echó de sí gran cantidad de piedras y de ceniza; tanto que destruyó mucha parte de los pueblos donde alcanzó aquella tormenta». Estas palabras confirman nuestra narración, pues expresan claramente que, antes de la conquista, el Cotopaxi había estado ya en actividad, y que sus erupciones habían sido devastadoras.

Que haya sido el Tungurahua el que hizo su primera erupción, cuando asomaron los conquistadores en el territorio ecuatoriano, consta por un documento antiguo, digno de crédito, y es la Descripción geográfica, que, por orden del Gobierno español, se trabajó de las dos provincias actuales de Riobamba y de Ambato en 1605, para remitirla al Real Consejo de Indias; en ese documento, describiendo el pueblo de Baños (el cual entonces no era más que una aldehuela o asiento, como se decía en aquella época), se refiere lo siguiente: «Está el asiento al pie del volcán famoso de Tungurahua... Dicen las relaciones de este asiento, que antes de la entrada de los españoles en las Indias, el volcán no se había encendido ni estaba abierto, sino que el cerro en figura piramidal se acababa en una punta muy aguda, dicen, como de una aguja; que con el principio de la conquista comenzó a arder, y así sus fuegos y ardores son prodigios que significan calamidades». En la descripción del pueblo de Pelileo, dice el mismo documento lo que sigue:

«Los indios de este pueblo y los demás de esta provincia creen, por antigua tradición, que la primera población de esta tierra fue al pie del cerro del volcán, y que de allí se multiplicaron todos los indios de este reino. En sus bailes y juntas repiten y celebran con cantares este su origen, y la enseñan a sus hijos» (Documentos Inéditos del Real Archivo de Indias en Sevilla, tomo nono de la Colección de Torres de Mendoza, Madrid, 1868). Por este documento consta, pues, que el Tungurahua entró en actividad el año mismo de la conquista, y así en actividad se mantenía todavía hasta 1605; porque, en el citado documento descríbanse las erupciones del volcán, y se refiere que la ceniza que arrojaba se esparcía a más de sesenta leguas, y que el viento la llevaba hasta el mar, al occidente, porque el viento dominante en toda aquella comarca era de Levante.

Que el Chimborazo y el Tungurahua eran adorados como divinidades vivas, por los aborígenes Puruhaes, consta asimismo de otro documento muy antiguo, que es la descripción que del pueblo de San Andrés y de su partido escribió el padre Maldonado (Descripciones geográficas de Indias, tomo III, Madrid, 1897). La descripción del padre Maldonado no tiene fecha, pero es evidentemente anterior al año de 1590, porque se hizo por orden del licenciado Auncibay, quien fue Oidor de la Audiencia de Quito poco antes de aquella fecha.

Parece, pues, que en buena crítica histórica se puede asegurar que el Cotopaxi estaba en actividad siglos antes de la conquista; que la primera erupción del Tungurahua coincidió con la llegada de los conquistadores al territorio ecuatoriano, y que la ceniza arrojada por el Tungurahua fue la que, cayendo sobre don Pedro de Alvarado y sus compañeros, los sorprendió y los aterró, mientras iban transmontando la cordillera occidental. (N. del A.)

 

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Véanse las obras siguientes, en apoyo de nuestra conjetura.

Jiménez de la Espada, Del hombre blanco y signo de la cruz precolombinos en el Perú, Bruselas, 1887.

Desjardins, El Perú antes de la conquista española, París, 1858 (Monumentos del Perú, Descripción de Concacha y de Villca-Huaman). En francés.

Wiener, Perú y Bolivia (Divinidades y cultos peruanos. Culto Solar), París, 1880.

Squier, Viaje y exploración en la tierra de los Incas (en el cap. XIX y en otros lugares habla de los sitios sagrados denominados Inti-huatanas, y describe algunos), New York, 1877. En inglés.

Hutchinson, Dos años en el Perú, con una exploración de sus antigüedades, Londres, 1873. (Describe algunos monumentos; y, en cuanto a las obras de cerámica, hace notar la grande semejanza que hay entre algunos objetos peruanos y los restos de alfarería encontrados por Schliemann, en el sitio donde existió la antigua ciudad de Troya). Squier es americanista norteamericano, Hutchinson es viajero inglés.

Van Volxem, Noticias sobre el destino probable del Inti-chungana o juego del Inca en el Ecuador (Actas del congreso internacional de americanistas, sesión celebrada en Bruselas, tomo II). El señor Juan Van Volxem, viajero belga, visitó el Ecuador en agosto de 1858.

Nos parece indudable que el nombre de Inti-chungana fue inventado andando el tiempo por los castellanos, y que fue ese el nombre que aquel sitio tuvo en la lengua de los Incas. (N. del A.)

 

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Además de los autores que hemos citado en la nota anterior, aduciremos aquí la autoridad de Cieza de León, que vio el Inga-pirca pocos años después de la conquista, diez y siete años poco más o menos, cuando en la casa de la elipse se conservaba todavía la misma techumbre pajiza puesta por los Incas. Cieza llama al Inga-pirca aposentos de Tomebamba y habla expresamente del templo del Sol, que hacía parte de esos aposentos o edificios. ¿Qué templo podía ser ése sino la elipse con la casa edificada encima de ella?

Es necesario advertir que Cieza de León emplea en dos sentidos la palabra Tomebamba: unas veces designa la ciudad de ese nombre, y otras la provincia antigua del Azuay, o la provincia de los Cañaris, como dice Cieza. Cuando describe el Inga-pirca emplea la expresión de Tomebamba para designar la provincia.

He aquí, a la letra, las palabras de Cieza: «El templo del sol era hecho de piedras muy sutilmente labradas, y algunas de estas piedras eran muy grandes, unas negras toscas y otras parecían de jaspe» (C. XLI, de la Crónica del Perú, Primera parte).

En cuanto a los conocimientos astronómicos que alcanzaron los Incas, los refieren todos los antiguos cronistas y los historiadores, que han tratado de la cultura de los antiguos soberanos del Cuzco. Citaremos aquí la monografía de Mr. M. J. Du-Goureq, titulada: La astronomía entre los Incas, París, 1893. Véase, además, la carta que el señor doctor Reiss le dirigió al señor García Moreno, dándole razón, en 1873, de los viajes de exploración que había verificado a las montañas del Sur de la República (Riobamba, 8 de julio de 1873. Imprimiose en Quito en la imprenta nacional). Ya el señor doctor Reiss sospechó que la elipse podía haber servido de adoratorio, y, hablando de las piedras de que está construida, dice las siguientes textuales palabras: «Las piedras, que, muy bien trabajadas, componen las murallas, se deben haber traído de bastante lejos, porque no se conoce el punto donde tales rocas se encuentran en sitio». La autoridad del señor doctor Reiss en esta materia es muy respetable y decisiva. (N. del A.)

 

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Unas ruinas algo parecidas a las que existían en el valle de Yunguilla a orillas del río Jubones, había en la costa del Perú en la comarca de Pacasmayo. Raimondi, Enumeración de los vestigios de la antigua civilización entre Pacasmayo y la cordillera (Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, tomo XII, trimestre segundo, Lima, 1903). (N. del A.)

 

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El señor Wiener opinaba que las sillas monolíticas de Manabí eran obras de los Cañaris, cuyo dominio en tiempos antiguos suponía el mismo arqueólogo que se había extendido mucho, y creía también que los indios Colorados eran descendientes de los antiguos Cañaris; todas tres cosas son infundadas e inexactas. El doctor Hamy, con la reserva propia de un sabio, no se atreve a formar conjetura ninguna sobre el pueblo a quien pertenecieron las sillas; pero, en el análisis que hace de un medallón de piedra remitido por Pinart al Museo del Trocadero, emite la opinión de que aquel objeto debió haber sido fabricado por gentes que tuvieron relaciones etnográficas con tribus del antiguo México.

Wiener, Los indios colorados y las sillas de piedra de la región de Manabí (Revista de Etnografía, París, 1882). En francés.

Hamy, Galería americana del Museo de etnografía del Trocadero (Explicación de las láminas 30 y 31) en francés.

Casi no hay museo de Europa que no tenga una o dos sillas de Manabí: el Museo de Bruselas, que, hasta hace poco, era el más rico en objetos arqueológicos del Ecuador, posee dos, las cuales fueron descritas por Bamps en su Catálogo de antigüedades ecuatorianas, publicado en Bruselas el año de 1879, con un pequeño atlas de cincuenta láminas iluminadas. El opúsculo de Bamps forma parte del Congreso de americanistas, en las actas de la sesión celebrada en Bruselas.

Respecto a las misiones establecidas entre los indios Colorados, poseemos un documento antiguo, de 1694, por el cual consta que había dos pueblos, Lichipe y Calopi con dos misioneros; estos pueblos pertenecían a la jurisdicción del corregimiento de Latacunga. No sólo tenían misioneros esos dos pueblos de los Colorados, sino que pagaban el tributo legal, porque formaban parte de la gran encomienda, que poseía en pueblos de la actual provincia de León el Duque de Uceda; y no es posible que la raza se haya conservado pura, como creía Wiener; antes, es casi seguro que se ha cruzado con la blanca. (N. del A.)

 

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Seler, Noticia sobre la lengua que hablan los indios Colorados en la República del Ecuador, Berlín, 1885.

Seler, Investigaciones sobre la antigüedad de los idiomas americanos, Berlín, 1902 (Parentesco entre la lengua de los Cayapas y la lengua de los Colorados). Ambos trabajos del señor Seler están en alemán; es lo más concienzudo que, hasta ahora, se ha publicado sobre esos idiomas.

Insistiremos una vez más en la advertencia, que hicimos en el texto: las tribus de Esmeraldas y las de Manabí no fueron ni conquistadas ni subyugadas por los Incas; e insistimos en esta advertencia, porque algunos arqueólogos extranjeros tienen ideas muy inexactas sobre la extensión y la duración de la conquista de los Incas en el Ecuador. (N. del A.)

 

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Brinton, Lenguas de Sudamérica. (Idioma de los Jíbaros), Filadelfia, 1892. El señor Brinton analiza el idioma de los Jeberos, y sostiene que los Jíbaros y los Jeberos son idénticos, confundiendo esos nombres y creyéndolos sinónimos en la lengua castellana, lo cual no es exacto. El mapa más antiguo que existe de la región oriental es el que trazó el padre Samuel Fritz, y en ese mapa se ponen aparte los dos territorios, el habitado por los Jíbaros, y el poblado por los Jeberos, que eran dos naciones indígenas distintas y separadas una de otra. Sobre este mapa del padre Fritz hemos dado noticias prolijas, en el tomo sexto de nuestra Historia general de la República del Ecuador. (N. del A.)

 

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Uno de estos viajeros es Vidal Seneze, el cual recorrió la provincia de Loja el año de 1877, y bajó por Tomependa al Marañón y de ahí a Chachapoyas. Este viajero habla de ruinas considerables de edificios de piedra y hasta de estatuas, que descubrió en varios puntos de la región oriental, tanto en la misma provincia de Loja, como en la de Jaén (que ahora retiene el Perú). La relación del viaje de Seneze se publicó en el Boletín de la Sociedad de Geografía de París (Trimestre cuarto, año de 1885. Viaje de Vidal Seneze y Juan Noetzli por las Repúblicas del Ecuador y del Perú. 1876-1877). En el Mercurio Peruano se dio noticia de edificios sepulcrales muy notables, existentes en la comarca de Chachapoyas (Mercurio peruano, Segunda edición, 1861. Tomo III: esta edición se hizo en Bensanzon). (N. del A.)

 

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El año de 1878, publicamos en Quito nuestro Estudio histórico sobre los Cañaris, antiguos pobladores de la provincia del Azuay en la República del Ecuador. Este opúsculo ha merecido los honores de una traducción al francés. En efecto, fue estudiado y vertido al francés en Bruselas, por el señor Anatolio Bamps, uno de los más distinguidos americanistas de Bélgica: mas, cuando Bamps tenía ya el manuscrito preparado para darlo a la prensa, le sorprendió la muerte y la traducción quedó inédita; poco tiempo después, el manuscrito fue vendido en París, en la librería de Mr. Chadenat, en cuyo catálogo había sido anunciado con el Número 29.284 (Boletín trimestral, Número 28, enero y febrero de 1902).

Ya algunos años antes, el mismo señor Bamps había publicado en francés una monografía sobre Tomebamba, valiéndose de los datos y de las noticias consignadas por nosotros en nuestro estudio sobre los Cañaris. Bamps, Tomebamba, antigua ciudad del imperio de los Incas, Lovaina, 1887. Este trabajo lo dio a luz, primero en el Museon, revista científica muy acreditada, y luego circuló en tirada por separado. (N. del A.)

 

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Hablando de los indios que poblaban la provincia del Chimborazo al tiempo de la conquista, dice Oviedo lo siguiente: «Toda la gente de aquella tierra es de las provincias del Collao y Condesuyo, que la trajo Guainacapac, cuando la conquistó, porque no se alzasen, y la gente natural de allí llevola a donde salió esotra», Gonzalo Fernández de Oviedo. (Historia general y natural de las Indias, Libro cuadragésimo sexto, capítulo vigésimo).

Es muy necesario tener presente este dato histórico, para juzgar con acierto acerca de la lengua y de los usos y las costumbres de los indígenas de Riobamba, entre los cuales conviene distinguir muy bien a los aborígenes, de los colonos: éstos eran quichuas, del Sur del Cuzco; y aquéllos, opinamos que descendían de los Caribes.

En la actual provincia de Guaranda, en el cantón de Chimbo, había otra colonia numerosa de Mitimaes, traídos de las cercanías de Cajamarca y, principalmente, de Guamachuco. Esos Mitimaes residían en los pueblos de Asancoto y Chapancoto.

En la provincia que ahora se llama de Cañar, hubo otra colonia de Mitimaes, en el punto denominado Chuquipata. Relaciones geográficas de Indias (Tomo tercero). (N. del A.)

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