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El año de 1783 hubo grande empeño por descubrir la destruida ciudad de Logroño, y con este objeto se hicieron algunas expediciones a la provincia de los Jíbaros, situada tras la cordillera oriental en el territorio de Cuenca; entonces fue cuando se encontraron restos de grandes edificios y ruinas extensas, las que, por lo pronto, se tomaron como escombros de la ciudad de Logroño, que, con tanto afán, se andaba buscando; pero, ya entonces mismo, algunas personas más instruidas en historia comenzaron a sospechar que esos vestigios no eran ruinas de la ciudad de Logroño, sino restos de edificios construidos por los aborígenes del Azuay, o del tiempo del gentilismo, como se decía entonces.

Confirmose esta sospecha cuando, más tarde, el año de 1816, se llevó a cabo la expedición más bien organizada para descubrir el sitio verdadero donde había estado la perdida ciudad de Logroño; esta expedición la hizo un religioso franciscano español, el padre fray José Prieto, por encargo del virrey Abascal, y a instancias de don José López Tormaleo, Gobernador interino de Cuenca. El padre Prieto dio con el sitio de la antigua ciudad de Logroño, descubrió las extensas ruinas de los edificios de los aborígenes y levantó el plano de ellas, emitiendo su dictamen, tanto respecto del punto en que le parecía que había estado la antigua ciudad de Logroño, como sobre el origen de las ruinas que había explorado.

Según el plano levantado por el padre Prieto, las ruinas están en una planicie triangular, formada por la confluencia de los dos ríos, el de San José y el de Sangurima y el Rosario, que en aquel punto se hallan ya reunidos formando uno solo; constan las ruinas de tres cuerpos. Una muralla muy extensa, levantada para encerrar y defender todo el edificio; tiene una dirección paralela a la corriente de los ríos. Nueve trincheras de piedra, colocadas una tras otra, en línea recta, formando ocho callejones estrechos. Unas tres casas casi juntas, una plaza murada y además dos murallas paralelas, construidas para defender y resguardar el plano en que están las casas. Los edificios han sido de piedra y ocupan una extensión muy considerable de terreno; cuando los reconoció el padre Pietro, ya estaba todo el plano cubierto de árboles, que formaban un bosque tupido.

Los Cañaris sostenían guerras constantes con los Jíbaros de Gualaquiza y de Zamora, disputándose la posesión de unas salinas, las cuales no hemos podido determinar dónde estaban situadas. En el Tomo sexto de nuestra Historia general de la República del Ecuador hablamos detenidamente del viaje del padre Prieto, de cuyos manuscritos poseemos en nuestro archivo privado una copia fidedigna, juntamente con los planos. (N. del A.)

 

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Las llamadas tolas o montecillos artificiales no se encuentran en todo el territorio ecuatoriano, sino tan solamente en las provincias de Imbabura, de Pichincha y de Esmeraldas, en la área geográfica circunscrita al Oriente por la gran cordillera de los Andes; al Occidente, por el Pacífico; al Norte, por el río Chota; y al Sur por la curva que hace el Guaillabamba, desde su origen en el valle de Chillo, hasta su desembocadura en el mar. Estas tolas se han tenido y se tienen hasta ahora por monumentos sepulcrales de los Scyris o reyes de Quito; empero, nosotros opinamos que no son obra de los Scyris, sino de una gente muy anterior a los Scyris, y, acaso, exterminada o subyugada por éstos, cuando éstos entraron al territorio ecuatoriano. Que las tolas sean monumentos sepulcrales es indudable, pero opinamos que no son obra de los Scyris.

Respecto de los constructores de montículos en la América del Norte, se pueden consultar los autores siguientes:

Squier, Antigüedades del Estado de New York, Búfalo, 1851 (En inglés).

Baldwin, La América antigua. Notas para la arqueología americana, New York, 1871 (En inglés).

Nadaillac, La América prehistórica, París, 1883 (En francés).

Schoolcraft, Historia e investigaciones acerca de las tribus indígenas de los Estados Unidos, Filadelfia, 1853 (En inglés). (N. del A.)

 

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Es un hecho histórico cierto la entrada del Inca Guayna-Cápac a las provincias orientales trasandinas del Ecuador. Después de conquistada la tribu de Caranqui, acometió el Inca la empresa de sujetar también a los Cofanes, y entró al territorio de ellos, por la cordillera de Pimampiro; mas, reconocida la tierra y vista la gente que habitaba en ella, salió sin haber hecho establecimiento en aquellas partes. En 1569, es decir, como cuarenta años después, todavía vivía en Quito una india noble de las que habían ido en compañía del Inca en aquella expedición. Ortiguera, Noticias de Quito y del río de las Amazonas (Manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid). Don Toribio de Ortiguera vivió en Quito, y ahí mismo escogió los datos con que compuso su obra; de ésta poseemos una copia, sacada por nosotros mismos en Madrid el año de 1886. (N. del A.)

 

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En cuanto al itinerario seguido por los Caribes en su inmigración, nosotros nos apartamos de casi todos los historiadores y los situamos a las orillas del Atlántico, dándoles como punto de llegada al continente meridional americano las costas del Brasil; parece que las inmigraciones fueron varias y en diversos tiempos, y que los grupos de inmigrantes, aunque provenientes todos de un mismo tronco etnográfico, eran distintos, atendido su grado relativo de cultura social y hasta de robustez física.

Moke, Historia de los pueblos americanos, Bruselas, 1847 (En francés).

Guevara, Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, Buenos Aires, 1882.

Porto Seguro (Varnhagen, el Visconde), El origen turiano de los americanos Tupis-Caribes, Viena de Austria, 1876 (En francés).

Bancroft, Las razas indígenas de los Estados del Pacífico en Norte América, París, 1875.

El padre Guevara refiere la tradición de los Tupis, por la cual consta cómo éstos recordaban que sus primeros progenitores habían venido de fuera y arribado por el Atlántico a las costas del Brasil, y hasta señalaban en Cabo Frío el punto donde habían desembarcado. (N. del A.)

 

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Enumeraremos aquí los autores en cuyo testimonio nos apoyamos para hacer estas investigaciones históricas.

Jerez S., Verdadera relación de la conquista del Perú (Tenemos a la vista la edición de Barcia, la de Ribadeneira y la última de Madrid, hecha el año de 1891).

Gómara, Historia general de las Indias (En las ediciones de Barcia y de Ribadeneira).

Cieza de León, La crónica del Perú, Primera parte, Madrid, 1880.

Zárate, Historia del descubrimiento y de la conquista del Perú (En la edición de Ribadeneira, Biblioteca de autores españoles, Historiadores primitivos de Indias, Madrid, 1858-1862).

Montesinos, Memorias antiguas historiales y políticas del Perú, Madrid, 1882.

Cabello Balboa, Historia del Perú (En la edición de Ternaux Compans, París, 1840. De esta obra, hasta ahora, no se ha hecho ninguna edición castellana, y se conoce solamente la traducción francesa; el original castellano parece que se habrá perdido).

Acosta, Historia natural y moral de las Indias (En la edición de Madrid de 1792, que fue la sexta de la obra).

Oliva, Historia del reino y provincias del Perú, Lima, 1895.

Cobo, Historia del Nuevo Mundo (Tomos tercero y cuarto, Sevilla, 1892-1893).

Herrera, Décadas de Indias, o Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar Océano, Madrid, 1726.

Pachacuti Yanqui, Relación de antigüedades de este reino del Perú (La dio a luz el erudito americanista don Marcos Jiménez de la Espada, el año de 1878 en Madrid, en el volumen que publicó aquel año con el título de Tres relaciones de antigüedades peruanas).

Las Casas (el padre fray Bartolomé), De las antiguas gentes del Perú (El mismo señor Espada fue quien publicó esta obra, entresacándola de la Historia apologética de las Indias, escrita por el célebre padre Las Casas, la cual se conserva todavía inédita; lo publicado por el señor Espada forma el tomo vigésimo primero de la Colección de Libros españoles raros o curiosos, Madrid, 1892).

Anónimo, Discurso sobre la descendencia y gobierno de los Incas (Fue publicado por el mismo señor Espada, en Madrid, con el título de Una antigualla peruana).

Fernández (El Palentino), Historia del Perú (En el libro tercero de la segunda parte habla de los Incas. Sevilla, 1571).

Córdoba y Salinas, Crónica de los franciscanos del Perú, Lima, 1651.

Calancha, Crónica moralizada de los agustinos del Perú, Barcelona, 1688.

Mesa, Anales de la ciudad del Cuzco, Cuzco, 1866.

Lorente, Historia antigua del Perú, Lima, 1860.

Mendiburu, Diccionario histórico y biográfico del Perú (Lima, ocho volúmenes).

Pizarro, Descubrimiento del Perú (Se publicó entre los documentos inéditos para la historia de España. Tomo quinto).

Prescott, Historia de la conquista del Perú.

Garcilaso de la Vega, Comentarios reales (En la edición de Madrid, de 1829).

Oviedo (Gonzalo Fernández), Historia general y natural de las Indias (En la edición de Madrid, hecha el año de 1855, que es la primera de tan recomendable obra).

Ulloa, Resumen histórico del origen y sucesión de los Incas, Madrid, 1748 (En el tomo cuarto de su viaje a América).

Brullo, Historia de la orden de San Agustín en el Perú, 1651 (En latín).

Merecen también citarse las Informaciones que sobre la manera de gobierno de los Incas hizo recibir en varios puntos del Perú el virrey Toledo; lo más importante de ellas publicó el mismo señor Jiménez de la Espada, como apéndice a la edición castellana de la obra de Montesinos sobre las antigüedades del Perú. (N. del A.)

 

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Entre los documentos del Real Archivo de Indias en Sevilla se encuentra uno relativo a los servicios que el cacique de Cayambe prestó a los conquistadores castellanos, acompañando a Rodrigo Núñez de Bonilla a la expedición de Quijos en 1579. En el mismo expediente consta que Nazacota Puento, régulo de Cayambe, sostuvo la guerra contra Huayna-Cápac durante diez y siete años; este régulo tenía bajo su dependencia a los señores de Cochasqui, de Perucho, de Otavalo y de Caranqui (Cartas y expedientes de personas seculares del distrito de la Audiencia de Quito, Legajo tercero de esta sección). (N. del A.)

 

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El punto relativo al lugar del nacimiento de Atahuallpa lo ha tratado últimamente el señor Larrabure y Unanue, de cuya opinión nos apartamos nosotros, apoyados en las razones que acabamos de exponer.

Larrabure y Unanue, Monografías histórico-americanas, Lima, 1893. (N. del A.)

 

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Antología ecuatoriana. Prosistas ecuatorianos, Quito, 1895. (N. del A.)

 

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Han respetado la autoridad de Velasco como historiador el insigne Prescott y el señor Pi y Margall; ha seguido en todo la narración de Velasco relativamente a los Scyris Mr. Faliés en su obra titulada Estudios históricos sobre las civilizaciones (Tomo segundo, París, sin año de impresión); ha combatido la autoridad de Velasco y ha tachado de fabulosa la historia antigua del Reino de Quito el muy entendido americanista, señor don Marcos Jiménez de la Espada; y nosotros comenzamos a desconfiar mucho de la veracidad de las narraciones históricas de nuestro compatriota en punto a los Scyris, cuando descubrimos las inexactitudes y las equivocaciones en que había incurrido relativamente a sucesos del tiempo de la colonia.

Prescott no dio asentimiento a la aseveración de que los Scyris hablaban un dialecto de la misma lengua quichua; y Margall declaró que la historia de los Scyris de Quito descansaba en muy débiles fundamentos.

Pi y Margall, Historia general de América, Barcelona, 1883. (N. del A.)

 

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Molina, Relación de las fábulas y ritos de los indios ingas (Manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid, del cual poseemos una copia en nuestro archivo privado). Molina era cura en el Obispado del Cuzco, y redactó esta relación para el señor Lartaún, tercer Obispo de esa Diócesis, a fines del siglo décimo sexto. Véase también a Jiménez de la Espada, en su curiosa memoria sobre El hombre blanco y la cruz en el Perú, leída en el Congreso de americanistas, en Bruselas, el año de 1879. Actas y memorias del Congreso, Bruselas, tomo primero).

Squier, El símbolo de la serpiente y el culto de las fuerzas recíprocas de la naturaleza, New York, 1851 (En inglés).

Brinton, Los mitos heroicos americanos. Estudio sobre las religiones indígenas del continente occidental, Filadelfia, 1882 (En inglés). (N. del A.)

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