Leyendas, ¿imposturas?
Agustín Sánchez Vidal
Lo peor de los mitos no siempre es lo que manifiestan, sino lo que ocultan. Porque a menudo se basan en realidades constatables, pero no dicen toda la verdad, ni solo ella. En el caso de MH, convierten en fotos fijas o clichés una trayectoria en continua mutación. Igual de indeseables pueden resultar las desmitificaciones a contrapelo, como las que afectan al pastor-poeta, malentendido al que él mismo no fue ajeno. Cierto que habría preferido el marchamo de pastor-poeta, donde el sustantivo marca el verdadero oficio. Sin embargo será el primero el que le estampillarán en 1931 cuando lo entrevisten en su primera escapada a Madrid, fotografiándolo con traje y corbata. Como si la impostura de ir vestido de señorito denunciara la de pastor y, de paso, la de poeta.
De regreso a Orihuela, intentó desmentir esos equívocos con su primer libro, Perito en lunas. Formalmente, uno de los poemarios más herméticos e hipercultos de nuestra literatura, aunque sus contenidos fuesen tan cotidianos. Esto provocó malentendidos aún peores. Ni siquiera Gerardo Diego se sintió con fuerzas para digerir aquella extraña amalgama de ultraísmo, gongorismo, poesía purista y adivinanzas. Y eso que el santanderino había cometido alguna pieza no menos impenetrable, como su Fábula de Equis y Zeda. Si eso sucedió en 1933 con su debut, es fácil suponer el juicio que merecerían tales devaneos más tarde, al hacer su autor el trasbordo hasta las tendencias de avanzada. Y en particular cuando pasó del vagón de cola al de cabeza. Entonces se cernieron sobre él los paradigmas que lo encasillarían como Viento del pueblo. Diagnóstico: Perito en lunas no cuadraba con la dicción llana a la que estaba abocado Miguel, quien se mentía al componer sus octavas. Otra impostura, pues.
La realidad es muy diferente: sin ese tour de force nunca habría sido un poeta contemporáneo. ¿Pudo ensayar otras alternativas? Seguramente. Pero no fue una elección arbitraria: quería que lo consideraran alguien con los deberes hechos tanto de cara a la tradición culta como respecto las vanguardias. Y los riesgos así asumidos no cuadran con la imagen de un oportunista, apegado a su disfraz de cabrero. Sin duda cayó más de una vez en la tentación de exhibir sus humildes orígenes para ganarse la simpatía de los intelectuales. Pero sería reduccionista degradar ese comportamiento a una pose, por basarse en hechos reales y porque esa vivencia fue muy honda: basta leer sus versos y prosas.
Ciertas proyecciones de su imagen se han desleído con el tiempo, como la del adalid y gran promesa del nuevo catolicismo español. Otros clichés le vinieron de su propio bando, como el retoricismo y verbo torrencial reprochados por sus correligionarios durante la guerra. Con razón, aunque fuera achaque tan común. Siempre resulta más fotogénica una imagen recitando en las trincheras que otra escribiendo a folio tendido. Hoy sabemos que ese Hernández circunstancial y ripioso, o el cantor de algunas glorias estalinistas, no sería el predominante ni el definitivo. Ni siquiera él consideraba afortunados tales versos, destinados a hojas volanderas o al Altavoz del Frente. Los que le gustaban eran otros: la «Canción del esposo soldado» o «Hijo de la luz y de la sombra», al que llegó tras seis trabajadísimos borradores. Y, por supuesto, su última palabra fue el Cancionero y romancero de ausencias, donde todo está quintaesenciado. Ahí ya se interna en zonas inexploradas, aunque de modo que resulten familiares. Lo hace recurriendo a una voz personalísima, pero que pertenece al acervo común, de tanto como ahonda en lo primordial y en los tuétanos del idioma.