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Hay que advertir que, aunque esa nostalgia de los dioses se tradujo en múltiples ocasiones en un sincretismo religioso presente todavía en muy diversos ámbitos latinoamericanos, Posse no aborda este tema en sus novelas más que a través de un caso atípico como es el del conquistador Cabeza de Vaca, quien ya en sus Naufragios daba muestras de haber mezclado ritos indígenas con el rezo del padrenuestro. En El largo atardecer del caminante, resultan significativos en este sentido pasajes como el de la descripción de la muerte de Amadís, que lleva al protagonista a rezar «extendiendo las manos sobre su cuerpo. Padrenuestros, Avemarías. Pero también menté a ese dios de los Tarahumaras, que nos devuelve a la materia y las aguas primigenias, de donde surge la vida. No olvidé al dios de los mexicas, a la serpiente emplumada que nos recuerda la eternidad del tiempo» (El largo atardecer del caminante, p. 258).

 

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Sobre estos intentos de convertir a los indígenas transmitiéndoles la teología cristiana, el narrador-protagonista explica en esta última crónica: «Mi fe era algo claro y absoluto, indiscutible desde los días del primer catecismo. Había cometido el error de arriesgarla al duro y simple razonar de los bárbaros» (ibid., p. 90).

 

323

Ibid., p. 163.

 

324

Ibid., p. 181.

 

325

Daimón, p. 43.

 

326

El largo atardecer del caminante, p. 89.

 

327

Ibid., p. 92.

 

328

Véase ibid., p. 135.

 

329

Posse, «El descomunal viaje...», op. cit., p. 121.

 

330

Daimón, p. 51.

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