321
Hay que advertir
que, aunque esa nostalgia de los dioses se tradujo en
múltiples ocasiones en un sincretismo religioso presente
todavía en muy diversos ámbitos latinoamericanos,
Posse no aborda este tema en sus novelas más que a
través de un caso atípico como es el del conquistador
Cabeza de Vaca, quien ya en sus Naufragios daba muestras
de haber mezclado ritos indígenas con el rezo del
padrenuestro. En El largo atardecer del caminante,
resultan significativos en este sentido pasajes como el de la
descripción de la muerte de Amadís, que lleva al
protagonista a rezar «extendiendo las
manos sobre su cuerpo. Padrenuestros, Avemarías. Pero
también menté a ese dios de los Tarahumaras, que nos
devuelve a la materia y las aguas primigenias, de donde surge la
vida. No olvidé al dios de los mexicas, a la serpiente
emplumada que nos recuerda la eternidad del tiempo»
(El largo atardecer del caminante, p. 258).
322
Sobre estos
intentos de convertir a los indígenas
transmitiéndoles la teología cristiana, el
narrador-protagonista explica en esta última crónica:
«Mi fe era algo claro y absoluto,
indiscutible desde los días del primer catecismo.
Había cometido el error de arriesgarla al duro y simple
razonar de los bárbaros»
(ibid., p. 90).
323
Ibid., p. 163.
324
Ibid., p. 181.
325
Daimón, p. 43.
326
El largo atardecer del caminante, p. 89.
327
Ibid., p. 92.
328
Véase ibid., p. 135.
329
Posse, «El descomunal viaje...», op. cit., p. 121.
330
Daimón, p. 51.