Al acabar la tarde Todos los ocasos, cuando entre el atajo llevo a los apriscos muy lentos mis pasos, oigo unos cantares medio berberiscos. Oigo unas canciones dulces, dulces, dulces cual la cañaduz, mientras a lo lejos unos azadones, al mascar la tierra dan truenos de luz. El sonoro aliento exhalando apenas, escucho las coplas que parten el viento de melancolías y ternuras llenas. Y desde el camino, miro el punto donde nacen los cantares: es al pie de un pino y detrás de unos huecos cañares. Allí tras un mulo de cascabelero collar, que una noria guía jadeante entre los gemidos del combo madero y los gritos del agua brillante, que los cangilones -o los arcaduces-, sueltan en sonoros y gruesos renglones cual maravillosa poesía de luces, una zagalilla que pingajos viste, de ojos negros, cruza ondulosa y triste como la doliente canción andaluza. Es la que a la brisa las coplas dispara; es la que entre tanto que un trigal se riega, como si llorara canta: «¡Vení tuícas, aves de mi vega!» mientras en su mano cruje un latiguillo que hace que la mula trote con más gozo, y en sus ojos de llantos hay brillo y su pecho sacude un sollozo... Cuando ya mi mirada la pierde, cuando ya voy lejos y los correntales de la huerta verde toman del crepúsculo los rojos reflejos, aún escucho su copla cual queja que me trae la sutil brisa alada, hasta que es un zumbido de abeja, un trino, unas notas, un suspiro, nada... Entonces, mis pasos más prestos guiando por el caminico picado de huellas, que en sus nieves se queda mirando los nacientes luceros y estrellas, mientras a mi lado con bulla retoza un recentalillo de gracias resumen, exclamo: ¡bendita, bendita la moza que con sus cantares exalta mi numen!... |