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FALACIO.- Mira, Amor, no nos persigas ni
apremies, tente afuera, que el que no es acostumbrada a ser
captivo, adora la libertad: no pienses con tus blasones y poderes
absolutos que publicas, enternecer nuestro silvestre y salvagino
natural, que nosotros la soledad amamos, las peñas nos
acompañan, los jarales nos recrean, las yerbas nos
refrescan, adonde con nuestras brutales fuerzas despedazamos los
osos, los tigres y basiliscos amontamos. Reconoce, Amor, que los
corazones que contra tales fieras pueden, contra tus fuerzas mas
que bastantes serán.
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CUPIDO.- ¡Oh brutos zagales! ¡Contra
mi poder tan atrevidamente habláis! Tornad, tornad en
vosotros, y conosced que soy hijo del sapientísimo Vulcano,
y a los pechos blancos de la diosa Venus mi madre criado: temido de
los fuertes, generalmente de todos obedescido; ¿pues
qué hacéis, brutos zagales, que ante mí no os
humilláis? Amando a la pastora Doresta, que por uno de
vosotros se deshace, gozad, gozad de la primavera, del verano, y no
aguardéis la invernal senectud; catad que como me
sirviéredes, así seréis de mí
galardonados.
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BRUNEO.-
¿Cómo? ¿Cómo? Tente a una
banda, Falacio no piense con los fieros que publica subjectarnos,
ni con yerba de su flecha nos herir. Saca, saca tu cachicuerno
cuchillo, aquel con que las verdes hayas y altos robles de estas
nuestras montañas destroncar sueles; y si fuerza contra
fuerza poner quiere, a las manos lo tomemos, y ellas solas lo
determinen.
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FALACIO.- Muera.
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BRUNEO.- Llega, dale.
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FALACIO.-
No viva el que nos piensa subjectar bajo sus
pies.
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DORESTA.- Paz, paz, zagales, que contra el
poderoso Amor no hay fuerzas ni mañas que basten... Escogido
rey, en tal guerra sin tu ayuda no se puede haber victoria.
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CUPIDO.-
Amadora y sierva mía, pues amas sin ser amada,
y los corazones de estos dos zagales se endurecen contra ti, toma
mi arco y mi enherbolada flecha, y al que más amares
atraviésale el corazón.
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FALACIO.-
Defiéndete, Bruneo.
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BRUNEO.- No tires, zagala, que no hay quien te
ame.
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FALACIO.-
Y si tirares no nos yerres, que a nuestras manos
morirás.
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CUPIDO.-
Suelta, zagala.
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FALACIO.-
¡Ay, que me siento herido!
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BRUNEO.-
¿Tan presto desmayas? Poco ánimo es el
tuyo. ¿De quién?
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FALACIO.- De amores de esta zagala.
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BRUNEO.-
Ten, ten fuerte como yo.
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CUPIDO.- Aguarda porque no te alabes.
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BRUNEO.- ¡Ay que me siento vencido de
aquesta que adora mi vida!
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CUPIDO.-
¿Sois amantes?
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FALACIO y
BRUNEO.- Y tus siervos.
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FALACIO.- ¡Oh zagala! Pues tu amor nos ha
vencido, apiádate de nosotros.
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DORESTA.- Como si nunca os viera.
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FALACIO.- Tú eres mi señora.
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DORESTA.-
Vosotros mis enemigos.
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BRUNEO.-
¡Oh gran diosa!
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DORESTA.- ¡Oh crueles!
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FALACIO.-
Aguarda, aguarda.
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DORESTA.- No me cumple.
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BRUNEO.-
Por ti morimos.
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DORESTA.- Yo vivo en veros morir.
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FALACIO.-
Yo peno.
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DORESTA.-
Yo descanso.
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BRUNEO.- Yo tu esclavo.
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DORESTA.-
Yo señora.
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FALACIO.- Yo suspiro.
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DORESTA.- Yo canto.
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BRUNEO.-
Yo te sigo.
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DORESTA.-
Yo huyo. (Aquí se arrodillan los
pastores delante de CUPIDO.)
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FALACIO y
BRUNEO.- Amor, Amor, apiádate de nosotros.
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CUPIDO.- Levantaos, nuevos amantes; aunque
rebeldes habéis sido, es justo que de la que os amó y
amáis, seáis galardonados. ¡Oh hermosa zagala!,
ámalos, pues que te aman.
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DORESTA.- ¿A cuál de ellos?
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CUPIDO.-
Bien preguntas: esa causa no quiero determinarla sin
consejo de amadores; mas como rey absoluto mando que entre tanto
que se determinare, andes en medio de los dos por selvas y
boscajes, adonde con casto amor de ellos servida seas, y con su
vista te contentes. Ea, caballeros, gentileshombres, lindas damas,
en vuestro juicio lo dejo que juzguéis lo que aquí ha
pasado: entrambos la aborrecían: entrambos fueron forzados.
¿Cuál se puede llamar amador, el que la zagala
hirió con su flecha, o el que yo herí de mi
voluntad?
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