1
Ver su artículo inicial de 1986, revisado y ampliado muy profusamente en sus trabajos de 1988, 1989, 1992 y 1993.
2
Resulta imposible recopilar todas las referencias bibliográficas sobre el tema, por lo que me limito a constatar las más relevantes: José Toribio Medina, 1915; Marcos A. Morínigo, 1946; Miguel Aguilera, 1952; Valentín de Pedro, 1954; Ángel Franco, 1954; Weston Flint, 1961; Richard W. Tyler, 1978; Glen F. Dille, 1988; Victor Dixon, 1992; Patricio C. Lerzundi, 1996.
3
Ver el cap. 1 de la tesis doctoral de Mary Gladys White Navarro, 1989; o los trabajos de Francisco Ruiz Ramón, en especial 1993, pp. 261-268, donde edita la escena a que nos referimos.
4
Más información, aunque con el lógico desfase de ser un libro antiguo, en Mario Méndez Bejarano, 1929.
5
En su momento me ocupé del estudio y edición crítica de esta trilogía tirsiana: ver Zugasti, 1993.
6
Para un catálogo completo remito de nuevo a Zugasti, 1996a.
7
Ver el trabajo fundamental de Valladares Reguero, 1996, que examina con tino las cinco comedias y que nos ha puesto sobre la pista de las partes tercera y cuarta, cuyo paradero ignorábamos. Por su parte Homero Serís ya dio noticia de tales piezas en su artículo de 1942.
8
Agradezco a mi amigo David McGrath la deferencia que tuvo de facilitarme este dato tras hacer la pertinente consulta en la biblioteca londinense.
9
Ver el «Prólogo» de su libro Viaje del mundo, p. 10: «Anduve peregrinando y viendo el mundo, andando por él más de treinta mil leguas, como en el progreso de esta historia verás, tocando todas las cinco partes de él: Europa, África, Asia, América y Magallánica»
. Todas las citas se harán por la edición moderna de Madrid, Miraguano-Polifemo (col. Biblioteca de Viajeros Hispánicos 8), 1993.
10
Algunos estudiosos sostienen que el libro contiene demasiada inclinación a lo fantástico, por lo que no puede tomarse como una autobiografía real: Serrano y Sanz (1905, p. XCII) advierte: «Difícil es averiguar cuánto hay de verídico y cuánto de fabuloso»
; Jos (1943, p. 15) apunta que Ordóñez de Ceballos sería el más admirable de los conquistadores «si la verdad se casara con la mitad siquiera de las páginas de su Viaje del mundo»
; Alborg (1957, p. 76) defiende algo más la veracidad de lo narrado: «No cabe duda de que algunos de los episodios contados por Ordóñez son sospechosos en sí mismos [...]. Pero esto atañe más a los detalles o circunstancias meramente accesorias que a lo sustancial de los hechos»
, para señalar también su marcada intención de embellecer la historia: «Toda la parte que precede a la ordenación es demasiado pulcra y ejemplar si tenemos en cuenta el ambiente en que entonces -y siempre- se movía por fuerza un hombre entre el ajetreo de los tercios y los tripulantes de las galeras [...]. Nos da una versión de la primera parte de sus andanzas tan limpiamente recortada de todo lo que no fueran los trabajos de Marte, que apenas si es creíble»
(1957, pp. 75-76).