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Las dos únicas menciones al caso que he localizado son así de escuetas: «Fuimos a visitar el sepulcro del benditísimo Apóstol Santo Tomás a Calamina o Malipur, que nos pareció no perder aquella ocasión tan buena y con confianza sería remedio de mi pérdida. Vimos allí cosas maravillosas, y en particular una cruz milagrosísima hecha en una piedra por el santo; es una de las cosas más prodigiosas que hoy hay en el mundo, y por serlo tanto la dejo para el tratado de la cruz, donde a lo largo lo contaré» (II, 26, p. 300); y «Está la ciudad de Malipur, donde padeció el glorioso Santo Tomás, que desde aquel tiempo hasta ahora ha habido cristianos que se han conservado en medio de tanta gentilidad y moros. Muy estragados los hallaron los padres de la Compañía y los han vuelto a la verdad evangélica. Vese en esta ciudad todos los años un milagro muy público y manifiesto, que es sudar la piedra adonde martirizaron al santo, de tres colores, y esto es en la misa cuando se dice el Evangelio» (III, 13, p. 425).

 

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Cito, modernizando, por el ejemplar de la BNM con signatura 2/10802, fols. 64v-66r. A pesar de afirmaciones tan tajantes, conviene recordar que hoy en día no hay evidencias arqueológicas o históricas de la llegada del Apóstol Santo Tomás a la India, aunque la tradición así lo sostiene. Según unas fuentes (Eusebio) el Apóstol difundió el Evangelio entre los partos, y según otras (S. Jerónimo) llegó hasta Persia. Parece que el Tomás que pisó la India fue un misionero nestoriano. Con todo, el peso de la tradición de que se hace eco Ordóñez es muy fuerte, y según ella Santo Tomás fue martirizado en el año 72 en el monte que ahora lleva su nombre, descansando sus restos en el sepulcro que se halla en la Basílica Catedral de Santo Tomás (en Madrás o Chennai), que se erigió años después del paso de Ordóñez por la ciudad: por eso él habla de «iglesia» y no de catedral.

 

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En ningún momento se precisa el nombre de la ciudad. Por esos años en la gobernación de Quijos había cuatro grandes urbes: Baeza, Ávila, Archidona y Sevilla del Oro.

 

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Cito la Historia de Jaén por la edición facsímil de Riquelme y Vargas, 1983.

 

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Reproduzco los versos pertinentes de la última escena: «CAPITE: Soy el general Capite, / aquel que salió algún día / a la campaña de Urabá / a probar tu valentía. / A solas tuvimos campo, / y aunque quedó allí vencida / mi braveza por entonces, / no ha sido la culpa mía. / Tuviste mejor ventura / en darme aquesta herida; / son sucesos de fortuna, / y tal vez será la mía. / He procurado vengarme / aguardando cada día / tu vuelta por Urabá, / como tú dicho lo habías [...] /. ORDÓÑEZ: A ti digo, el gran Capite, / al general de Urabá, / aquel que vencí en la guerra / y a quien prometo la paz: / ¿no sabes que prometiste / de serme siempre leal / y servir a nuestro rey / como a señor natural? / Y cuando te bauticé, / hallándote ya capaz / con la enseñanza cristiana / que tenías ya de atrás, / prometiste a Dios del cielo / y a la Virgen singular / de ser siempre buen cristiano / y jamás te levantar» (fols. 33r-v y 34r).