31
Ed. cit., p. 801.
32
Ibíd., p. 769.
33
Ibíd., pp. 804-805.
34
«Lo viejo y lo santo en manos de ahora», loc. cit., p. 579.
35
Ibíd., Id.
36
Ibíd., p. 578. En esta frase logró resumir una idea fundamental de su estética; la repitió en dos de los tres borradores de un manuscrito inacabado, que quedó inédito hasta que en 1982 lo transcribiera Edmund L. King y lo publicara con el título Sigüenza y el Mirador Azul, Madrid, Ediciones de La Torre, 1982.
37
Epistolario, ed. cit., p. 403.
38
Ibíd., p. 624. No es menos importante lo que viene a continuación; da la medida del artista: «No es posible valernos de lo hecho. Lo que ya se dijo, ya está. Si hemos de darlo de nuevo, hemos de verlo nuevamente. He aquí el milagro del arte puro: la renovada eternidad y novedad. Dar la emoción de mi mano, será difícil; pero si logro darla una vez, será más costoso decirla virginalmente la segunda; y más la tercera. Y la mano mía es más mía que el paisaje levantino. No es lo conocido lo fácil».