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A quien Cadalso llama «Capellán Secretario de nuestra Academia» (XIMÉNEZ DE SANDOVAL: «Quince cartas...», 37).



 

41

Sobre este importantísimo poeta hay una escasa bibliografía; cf. F. AGUILAR PIÑAL: Bibliografía fundamental..., 169. Además de la que allí se reseña, el profesor Real de la Riva tiene todavía inédita su tesis doctoral sobre el poeta.



 

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Sobre este compañero de estudios de Meléndez, Forner e Iglesias, ha escrito Demerson una pequeña nota biográfica, cf.: Don Juan Meléndez Valdés y su tiempo I (Madrid 1971) 96 y ss.



 

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Carta de Meléndez Valdés a don Salvador de Mena, del 16 de marzo de 1782, citada por A. L. CUETO: Poetas líricos... I, p. CVI. Idénticas expresiones encontramos en una carta a Hormesindo firmada por Meléndez e Iglesias: «¡Oh, querido Hormesindo!, a él sólo deben Arcadio y Batilo que las musas les den sus blandas inspiraciones, y Apolo su lira celestial; a él deben que libres de las nieblas de la ignorancia, busquen la Sabiduría en su Santuario Augusto, y no se contenten con su mentida sombra; a él deben el ver con los ojos de la filosofía y la contemplación las maravillas de la naturaleza...» (F. XIMÉNEZ DE SANDOVAL: «Quince cartas inéditas...», 42).



 

44

Ensayo de literatura hispánica (Madrid 1967) 238.



 

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«Quizá el rasgo que mejor caracteriza a todos los miembros de la llamada Escuela de Salamanca (y les distingue más claramente de los poetas de la Escuela de Sevilla o de los que escribían en Madrid) sea su insistencia en el éxtasis, el carácter sagrado y el consuelo de la amistad: su poesía es poesía escrita por, para y sobre sus amigos». (P. R. SEBOLD: Cadalso: el primer..., 45). Alarcos ha hablado de «panfilismo» respecto del ambiente que rodeó a Cienfuegos entre 1782 y 1787, y cita unos versos del mismo poeta que ilustran muy bien este concepto: «¡Oh inefable placer! ¡Oh hermosas tardes / de mi felicidad!... Fueron, Batilo, / para siempre jamás; ¡pueda a lo menos / vivir siempre inmortal nuestro cariño, / único resto de tan bellos días!» (cit. por E. ALARCOS: «Cienfuegos en Salamanca», Boletín Real Academia Española 18 [1931] 728).



 

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HANS MAYER («La muerte de Wichelmann y el desenmascaramiento de la doble vida», Historia maldita de la literatura -Madrid 1977- 185 y ss.) ha escrito sobre las actividades que esta relación materno-filial entre hombres y hombres comporta. Esta sensibilidad está de moda en el siglo XVIII y proviene, seguramente, de una lectura neoplatónica, cf.: F. RODRÍGUEZ DE LA FLOR: «La filiación neoplatónica de un poema de Meléndez Valdés», Dieciocho (en prensa). En este mismo sentido, el manuscrito inédito de Fernández de Rojas abunda en composiciones donde la ambigüedad sexual es constante. El tema fue puesto de relieve por Sebold en el caso de Iglesias de la Casa («Dieciochismo, elementos místicos y contemplación en La esposa aldeana, de Iglesias de la Casa», El rapto de la mente [Madrid 1970] 197-221), pero son los epistolarios los que mejor lo evidencian, como en el caso de este texto de una carta de Dalmiro a Arcadio (F. XIMÉNEZ DE SANDOVAL «Quince...», 32): «... pero viniendo de Vds. me deleitan, porque las considero hijas de una tierna amistad, la cual siendo como es entre nosotros finísima, produce delirios así como el amor, porque animae carent sexu (el subrayado es mío)».



 

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R. FOULCHÉ DELBOSC: «Cadalso a Meléndez Valdés», Revue Hispanique (1894) 300.



 

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Como «centro de amistad» antes que como escuela poética prefiere catalogar J. Arce al grupo: «Así tuvo origen lo que pretenciosamente se llamó, por puro mimetismo con la historia poética del XVI, Escuela Salmantina, que no fue tal en realidad, sino más bien un grupo ligado por algo auténticamente nuevo en este momento de la historia civil de los hombres, el sentimiento de la amistad...» («Cadalso y la poesía del siglo ilustrado», Cuadernos de Investigación Literaria 1 [1978] 201).



 

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Cf. F. LÓPEZ: Juan Pablo Forner et la crise de la conscience espagnole au XVIII siècle (Bordeaux 1976) 231 y ss.



 
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