Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
 

1

La columna habitual de Arlt en el diario El Mundo de Buenos Aires llevaba por título «Aguafuertes porteñas». En 1933 Arlt reunió bajo el mismo nombre una selección de las escritas hasta ese momento. Otra serie posterior llevó el nombre de «Aguafuertes españolas» y también apareció como libro en 1936. Otras colaboraciones periodísticas de Arlt siguen dispersas sin haber sido reeditadas.

 

2

Cf. Luis C. Alén Lascano, La Argentina ilusionada (1922-1930), Astrea, Buenos Aires, 1975, p. 85.

 

3

Para el enorme movimiento de prensa ocasionado por la aparición de Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes y el pequeño eco en torno al libro de Arlt véase el artículo de Andrés Avellaneda, «De Areco a los suburbios porteños», en La opinión, Buenos Aires, 13-6-76. En aquellos años Arlt no satisfizo a las derechas por no entrar en el juego cultural -aunque se lo combatió con el argumento de que carecía de calidad estética-, pero tampoco contentó a las izquierdas, por no novelar la vida proletaria; cf. Mario Trejo, «Testimonio para Roberto Arlt», en El Nacional, Buenos Aires, 5-5-58.

 

4

Cf. Noé Jitrik, «1926, año decisivo para la narrativa argentina», en El Mundo, Buenos Aires, 4-7-65 (reeditado en N. Jitrik, El escritor argentino. Dependencia o libertad, del Candil, Buenos Aires, 1967).

 

5

Así lo sostiene Luis Gregorich en «La novela moderna: Roberto Arlt», fascículo 42 de Capítulo, la historia de la literatura argentina, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1968. Este tipo de afirmaciones incurren, a mi juicio, en el error de reducir la realidad a fechas. Por mi parte, acepto el año de 1926 como jalón relativo. Carlos Fuentes, por su parte, fija el comienzo de la novela latinoamericana moderna en 1941 con la aparición de El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría (1909-1967), según lo atestigua J. Lafforgue, «La narrativa argentina actual», en Idem, Nueva novela latinoamericana, Paidós, Buenos Aires, tomo 2, p. 13.

 

6

Esta imagen, propiciada desde Estados Unidos, está documentada en el film que Julián Ajuria realizó en Hollywood titulado en español «Una nueva y gloriosa nación» (1928); cf. Luis C. Alén Lascano, op. cit., p. 229. José Ortega y Gasset, por su parte, en las notas sobre la Argentina de 1929 decía: «El pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras: quiere un destino peraltado, exige de sí mismo un futuro soberbio, no le sabría una historia sin triunfo y está resuelto a mandar. Lo logrará o no, pero es sobremanera interesante asistir al disparo sobre el tiempo histórico de un pueblo con vocación imperial», tomado de El espectador, VII (1930), Obras Completas, Revista de Occidente, Madrid, 1961, tomo II, p. 645. En 1932 Céline diría, en cambio: «Les Argentins n' existent plus».

 

7

Cf. W. I. Lenin, El imperialismo como estadio superior del capitalismo (1917), donde se introduce el ejemplo de la Argentina como caso clave de dependencia financiera inglesa. [En este caso, como en los siguientes, he tratado de transcribir los nombres rusos sin pasar por el desvío francés o inglés.]

 

8

Inglaterra, bajo su bondadosa apariencia liberal, impidió la industrialización argentina por todos los medios para seguir contando con un proveedor de alimentos baratos y un importante comprador de manufactura; aparte del soborno y la propaganda ideológica utilizó la política tarifaria de los fletes ferroviarios para boicotear productos fabricados en la Argentina; con la misma generosidad acudió presurosa a la nación recién fundada convenciéndola de la necesidad de un crédito (de la casa Baring Brothers en 1825), cuyos beneficios fueron los comerciantes ingleses establecidos en Buenos Aires los únicos en percibir; cf. Raúl Scalabrini Ortiz, Política británica en el Río de la Plata (1940), Plus Ultra, Buenos Aires, 1973.

 

9

Cf. Vicente Vázquez-Presedo, Crisis y retraso. Argentina y la economía internacional entre las dos guerras, EUDEBA, Buenos Aires, 1978, p. 277.

 

10

Ricardo M. Ortiz en Historia económica de la Argentina (1955), Plus Ultra, Buenos Aires, 1978, p. 371, afirma que a causa de esta división oligárquica -originada en la penetración de capitales norteamericanos en monopolios ingleses de frigoríficos establecidos en argentina- se produce la concesión hecha a la pequeña burguesía con la ley electoral en 1912, que en 1916 permitiría la llegada al poder a los liberales del Partido Radical.