Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
 

101

Cf. Ludwig Marcuse en «Ist Nietzsche ein Nazi» [¿Es N. un nazi?], en la revista Aufbau, New York, 13-10-1944. En mi opinión, Nietzsche no era filogermano porque le reprochaba a Alemania su racionalismo hegeliano y su aburguesamiento a causa de los planes industrialistas de Bismarck. Si bien tampoco era antisemita, despreciaba, en cambio, todas las religiones. Más importante para el nazismo fueron sus convicciones antiigualitarias (contra seres presuntamente inferiores, como contra la mujer); su canto al heroísmo y su irracionalismo. El verdadero y más importante móvil nazi era la expansión hacia el Este para llegar a ser una potencia de primer orden; venía, pues, bien a la ideología justificarse para la agresión con la teoría de la lucha contra los judíos y bolcheviques, que ocupaban las tierras a invadir; estas teorías podían construirse a partir de un «canevas» nietzscheano.

 

102

En este sentido Arlt preanuncia en su personaje la década siguiente en que el arte de la palabra alcanzaría inusitado relieve gracias a su difusión técnica (a través de la radio, el disco y el cine parlante), mientras que el hipnotizador Cipolla de Thomas Mann -quien doblega las voluntades gracias a su mirada- se orienta a la tradición de la década que acababa de concluir y que había sido cimentada por el cine mudo alemán de la así llamada República de Weimar (1919-1933). Cf. Thomas Mann, Mario und der Zauberer [Mario y el mago] (1930).

 

103

En Brave New World (1932) de Aldous Huxley (1894-1963) el dios se llama «Ford»; cf. también la frase que el Astrólogo pretende salida de Barsut: «Luego Ford es un Dios» (LOCOS, p. 91; OBRA, I, p. 209).

 

104

De esta pareja de categorías hace la apología Spengler como virtudes del sistema prusiano en su obra ya citada.

 

105

Este aspecto del problema aparece estudiado en la obra de Arlt con detenimiento por O. Masotta, op. cit.

 

106

En la edición española, véanse las pp. 506 y 526-7.

 

107

Cf. F. Nietzsche, Götzen-Dämmerung [El ocaso de los ídolos] (1889): «'Alta Educación' y numerosidad -esto se contradice de entrada. Toda alta educación corresponde a la excepción: hay que ser un privilegiado, para tener derecho a tan alto privilegio. Todas las cosas grandes y bellas no pueden ser nunca bien común: pulchrum est paucorum hominum. -¿Qué produce la decadencia de la cultura alemana? Que la 'alta educación' ya no es un privilegio -el democratismo de la educación que la ha tornado 'común, ordinaria...'» (en la edición de sus obras completas bajo el título de Werke [Obras], Hanser, Munich, 1969, III, pp. 432-3); y Ecce Homo (1889): «Mis experiencias me dan derecho a la desconfianza sobre los así llamados impulsos 'altruistas' del 'amor al prójimo' pronto al consejo y a la acción. Este lo considero una debilidad, como una excepción de incapacidad de defensa contra los estímulos -Compasión es sólo entre los décadents una virtud. Yo les reprocho a los compasivos perder fácilmente la vergüenza, el sentido del honor, el tenue sentimiento de las distancias, que compasión puede oler a plebe y que se parece demasiado a las malas maneras [...]. La superación de la compasión la cuento yo entre las virtudes elegantes» (Op. cit., III, p. 521).

 

108

Esta «divina bazofia» recuerda, en cierto sentido, el «soma» de la novela de Huxley, en cuyo mundo ficticio se legaliza la desigualdad genéticamente. El interés de Huxley no es, sin embargo, como podría creerse, hacer por contraposición la apología de la igualdad. Este autor sostiene realmente un individualismo a ultranza y se refugia en la mística, cantando loas a la otra desigualdad de la era pretécnica. En su pretendida utopía aparecen con rasgos positivos los prejuicios burgueses del siglo XIX (obrerismo, libre sexualidad, feminismo, estética para el pueblo y destabuización de la muerte). La confusión de Huxley entre bolchevismo y fascismo lo lleva a dotar a sus personajes -en un sistema de castas como el que pinta- con nombres como Bernard Marx, Lenina Crowne y Polly Trotsky a los más negativos. En el prólogo de la reedición de la novela (en 1946) equipara explícitamente bolchevismo y fascismo, sin percibir que su anhelo de privilegios para unos pocos está más cerca del fascismo de lo que él cree.

 

109

Ni Juan D. Perón (1895-1974) ni Franklin D. Roosevelt (1882-1945) propiciaron la ideología bélica ni la agresión militar. El programa de ambos presidentes se basó en la ampliación del consumo interno mediante una redistribución de los ingresos, para lo cual debieron luchar contra las resistencias de las respectivas altas burguesías, encontrando así como aliadas a las clases explotadas, que ganaron coherencia y empuje gracias a una propaganda política que no fue exclusiva de los «totalitarismos». Cf. Richard Hofstadter, The American Political Tradition. And the Men Who Made It (1948), Vintage Books, N. York, 1974; Robert Goldston, The Great Depression. The Unites States in the Thirties, Fawcett Premier Books, N. York, 1968, y Mónica Peralta Ramos, Acumulación del capital y crisis políticas en Argentina (1930-1974), Siglo XXI, México, 1978. Cf. también las reflexiones de A. Thalheimer, op. cit., p. 36, sobre la debilidad organizativa de la burguesía frente a los terratenientes en las repúblicas sudamericanas, en las que las condiciones casi feudales hacen estructuralmente imposible un desarrollo hacia el fascismo; ellas conducen, en cambio, hacia dictaduras militares, que cimentan el poder latifundista. Este mismo pensamiento aparece discutido y confirmado en la obra de Reinhard Kühnl, Formen bügerlicher Herrschaft. Liberalismus-Faschismus [Formas del dominio burgués. Liberalismo-fascismo], Rowohlt, Reinbeck-Hamburgo, 1971, p. 156. Hay que agregar aquí que nuestro holocausto llegó recién en la década del 70.

 

110

El novelista español Ramón Sender (1902-1982) en el prólogo de 1968 a la reedición de su novela Mr. Witt en el cantón, que trata el tema de la derrota sufrida por la Primera República (1873-1875) hace alusión a su «profetización» con respecto a la Segunda (1931-1939) con estas palabras: «Al publicarse esta segunda edición [Alianza Editorial, Madrid], treinta y dos años después de la primera, que salió en 1936, se me ocurren unas palabras preliminares. Las condiciones sociales eran muy diferentes entonces, y algunos críticos han dicho que la novela resultó en cierto modo profética, porque muchos de los sucesos de 1873 se repitieron poco después de su publicación [...] Las condiciones básicas eran las mismas, es verdad. El rumbo de la historia fue diferente; aunque todos nos hemos dolido de la violencia (vencidos y vencedores), nadie ha podido extrañarse demasiado porque lo que sucedió era inevitable y estaba incubándose desde hacía más de un siglo: desde la muerte de Fernando VII».