121
De la clase alta se describen sus mansiones y, en algunos casos, sus miembros (cf. LOCOS, pp. 17-19 y 144; OBRA, I, pp. 133-5 y 163-5). Al proletariado lo vemos dirigirse a su trabajo a la madrugada («Otros hombres de gorra o sombrero torcido cruzan a la distancia»
, LOCOS, p. 66; OBRA, I, p. 184) o volver cargado con el trabajo que debe realizarse en casa («... las pantaloneras que regresaban con pesados bultos»
, LOCOS, p. 179; OBRA, I, p. 298); pero también se subraya desde la perspectiva pequeño-burguesa la explotación de que esa clase es objeto en fábricas, frigoríficos y plantaciones.
122
Aunque tanto Ergueta como Barsut hablan de cambiar la sociedad mediante la revolución, en ellos se parodia a los «revolucionarios de café»
, que por no pasar a la acción colaboran con el statu quo. De los hermanos Espila dice Erdosain que podrían entrar en la sociedad (cf. LOCOS, p. 62; OBRA, I, p. 180). En cuanto a Haffner e Hipólita en su relación con la conspiración véase el capítulo siguiente; aquí es interesante destacar que ella lleva el mismo nombre del presidente radical Yrigoyen.
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Los socialistas alemanes expulsados de su país por Bismarck en 1878 fundan en Buenos Aires el «Club Vorwärts» [Club Adelante] en 1882. El diario socialista La Vanguardia empieza a publicarse en la misma ciudad en 1894. Dos años más tarde el Partido Socialista de Juan B. Justo se presenta a elecciones. En 1904 Alfredo B. Palacios es elegido en las cámaras como el primer diputado socialista de América Latina. Más tarde, sin embargo, este bloque menor es utilizado por los conservadores en su coalición contra el «radicalismo». Cf. Rubén Rotondaro, Realidad y cambio en el sindicalismo, Pleamar, Buenos Aires, 1971.
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Si bien las primeras mutualidades obreras argentinas son de 1857, la lucha sindical toma cuerpo desde el sindicato de los ferroviarios, «La Fraternidad», fundado en 1887. Por esos años actúa en el país el discípulo de Kropotkin, Enrico Malatesta (1850-1932). El diario anarquista La Protesta Humana empieza a publicarse en 1897, pero también Malatesta había dirigido otros de vida más efímera entre 1885 y 1889.
125
Cf. Julio Godio, Historia del movimiento obrero argentino. Inmigrantes asalariados y lucha de clases 1880-1910, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1973.
126
Cf. Diego Abad de Santillán, La FORA [Federación Obrera Regional Argentina], Ideología y trayectoria del movimiento revolucionario en la Argentina, (1933), Proyección, Buenos Aires, 1971.
127
Para la crítica de Arlt/el Astrólogo al socialismo democrático, cf. LLAMAS, p. 249, u OBRA, I, p. 372: «El sentimentalismo no nos interesa. Se lo dejamos a los socialistas que son tan bestias que aun después de la experiencia de la Guerra Europea siguen creyendo en la democracia y la evolución»
y LLAMAS, p. 240, u OBRA, I, p. 362: «De los socialistas no hablemos. Muchos de ellos son pequeños propietarios. Fueron socialistas cuando vinieron desnudos casi de Europa al país, y por sentimentalismo continúan siéndolo, cuando explotan a otros desgraciados que llegan más desnudos que ellos»
. La «objetividad» de estos juicios se pone de manifiesto en que el astrólogo los repite tanto ante el Abogado como ante Barsut.
128
Cf. José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1975 (edición ampliada), y Jorge Enea Spilimbergo, Historia crítica del Radicalismo (1890-1974), Octubre, Buenos Aires, 1974.
129
Cf. José Ortega y Gasset: «Porque más, mucho más que todos los adelantos económicos, urbanos, etc., de la Argentina, sorprende el grado de madurez a que ha llegado allí la idea del Estado [...]. A veces en Buenos Aires me acordaba de Berlín, porque veía por dondequiera asomar el perfil jurídico y de gendarme de las instituciones públicas»
, en El espectador, VII (1930), Obras Completas, op. cit., II, p. 644.
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Entre las visitas de gran importancia hay que mencionar además de las de Ortega y Gasset, la de Albert Einstein (en 1925). Yrigoyen, por su parte, tuvo sus mayores éxitos en diplomacia internacional, evitando por ejemplo la entrada de Argentina en la Gran Guerra, a pesar de las presiones estadounidenses. Este prestigio a nivel mundial no sólo le valió la admiración del presidente norteamericano Hoover, sino también la del guerrillero nicaragüense Sandino. Estos laureles los cosechó más tarde la gran burguesía argentina, cuando le fue acordado a uno de sus representantes, Carlos Saavedra Lamas (1878-1959), el premio Nobel de la Paz (1936) por su misión de intermediario en la guerra del Chaco.