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Para la biografía de este político véanse los estudios de Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen -el hombre del misterio-, (1937), Kraft, Buenos Aires, 1939, y Félix Luna, Yrigoyen, (1954), Desarrollo, Buenos Aires, 1964.
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Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832) desarrolló una posición ecléctica mezclando diferentes corrientes idealistas. En tanto masón proclamó en su ética el ideal de una unión de la humanidad. Sus ideas no pudieron contender contra las de Hegel y, aunque desde 1850 hubo varios intentos de rescatarlo del olvido, su fama sólo prosperó en España.
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Yrigoyen lee a Krause entre 1882 y 1884, especialmente su libro Los mandamientos de la humanidad, aparecido en Madrid en 1875; pero su interpretación del «krausismo» se aparta de la versión laicista española, para restituirle el esoterismo original que Yrigoyen combina con sus simpatías por la teosofía de Rudolf Steiner. Cf. M. Gálvez, op. cit., Cap. V («Las voces interiores»).
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Ni en España ni en Argentina tuvo lugar una verdadera revolución burguesa, pues en ambos países siguen dominando estructuras agrarias que distorsionan sus respectivas economías. Lo paradójico de la situación es que países como Inglaterra han logrado su aburguesamiento mediante una integración de la aristocracia agraria; esta nueva clase burguesa, sin embargo, apoyó en las semicolonias y colonias estructuras feudales para mantenerse en el poder y frenar con la riqueza acumulada los ímpetus del propio proletariado. Cf. Leo Kofler, Zur Geschichte der bürgerlichen Gesellschaft [Para la historia de la sociedad burguesa], (1948), Luchterhand, Darmstadt-Neuwied, 1976. En Argentina ello se ejemplifica con el hecho de que los latifundistas argentinos consolidaron su posición con la abundante venta de carne barata destinada a los obreros de Manchester o Liverpool durante más de cincuenta años.
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En la pedagogía el éxito del krausismo fue durable e importante. En España culminó con la fundación de la «Institución Libre de Enseñanza» (1876) y en Argentina con la «Reforma Universitaria» (1918).
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Para la importancia de lo que un escritor calla en su obra, cf. Pierre Macherey, Théorie de la production littéraire, Maspero, París, 1966. El carácter negador y de protesta en el silencio del concepto campo en Arlt sólo puede comprenderse si se lo inserta en el itinerario que va entre la farsa «Al campo» (1902) de Nicolás Granada (1840-1915), quien lo dota de la única visión posible en la época -un rousseaunianismo chispeante- y la amargura de un drama como «El campo» (1968) de Griselda Gambaro (1828-), quien contradice las expectativas de un público acostumbrado a relacionar con ello lo idílico ocultando en el nombre el juego de palabras más cruel -aquí se trata de un «campo de concentración».
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Su concepto de las masas, de los privilegios de las minorías elegidas, su uso de las metáforas en lugar de las explicaciones racionales ponen a Ortega en la línea de Nietzsche; su adhesión a la Segunda República lo acercan, en cambio, al krausismo. Esta posición ambigua fue un típico fenómeno mental de comienzos de este siglo. Su figura se emparienta con los así llamados «Vernunft-Republikaner» [republicanos por razonamiento] alemanes, como, por ejemplo, el sociólogo Max Weber (1864-1920), quienes eligieron la república como mal menor.
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Cf. Juan A. Vázquez, op. cit., p. 23. La filosofía alemana en su corriente irracionalista había llegado a la Argentina gracias a la labor docente de un discípulo de Dilthey, Félix Krueger (1874-1948), y de otros profesores alemanes. El entusiasmo por Ortega arraiga, pues, en una cimentada tradición. Su influencia parece haber sido, por consiguiente, muy extendida en el Río de La Plata, hasta que en la década del 50 un núcleo de intelectuales empieza a difundir a Sartre. Quizás la obra de Arlt sea ya en 1930 el esbozo hacia la ruptura del orteguismo con procedimientos que anuncian los del filósofo francés.
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Cf. «Quien sabe eludir los 'trompe-l'oeil' psicológicos [...] se impacientará de que en el pueblo con más vigorosos resortes históricos que existe hoy, haya faltado una minoría enérgica que suscite una nueva moral en la sociedad [...]. El día que tal minoría enseñe a este hombre a aceptar hondamente su individual destino, a existir formalmente y no en gesticulación y representación de un 'role' imaginario, la Argentina ascenderá de manera automática en la jerarquía de las más altas calidades históricas. Porque el hombre del Plata es uno de los mejor dotados que acaso haya»
y «Contando con parejo ímpetu elemental, con esa decisión de vivir y de vivir en grande, se puede hacer de una raza lo que se quiera»
, citas tomadas de J. Ortega y Gasset, El espectador, VII, en Obras Completas, op. cit., II, pp. 663-6. La discusión de la idea de «factoría» se halla en las páginas 655-6. Para la formulación de la Argentina como «pueblo con vocación imperial»
véase la p. 645.
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Ortega dejó España en 1936, pero volvió en 1945, cuando Franco todavía no había abjurado de su fascismo más que en elementos superficiales.