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La búsqueda de los valores morales interiores del hombre había sido una constante preocupación del exacerbado individualismo de Dostoyevski; ello explica su popularidad en ese siglo, especialmente bajo las tendencias irracionales y fascistas de las décadas del 20 y del 30.
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Este apodo y otros como «el Hombre que vio a la Partera»
para Bromberg muestran la confluencia de dos tradiciones posibles. Una sería la de la novelística rusa, cuya cultura permite la variación entre patronímicos y apellidos para nombrar a los personajes. Otra tradición es la del expresionismo que consistiría en nombrar a las figuras de la ficción por características generales elevadas a nombre propio, como «La Madre»
. Arlt muestra, sin embargo, cierta irreverente ironía con ambas tradiciones en la elección de sus composiciones.
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Como el capitán de la Aeronáutica, Germán Belaúnde, que se marcha con Elsa, la esposa de Erdosain, el Rufián tiene «uñas cuidadosamente lustradas»
, lo que acredita que ninguno de los dos ha trabajado con sus manos nunca. Militares y rufianes disfrutan del ocio que les permite el cuidado de su cuerpo como parásitos de la sociedad.
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En este sentido vemos a Haffner manejar su chequera con el atildamiento y empaque de un industrial (LOCOS, p. 26; OBRA, I, p. 142).
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Cf. Norberto Galasso, [Enrique Santos] Discépolo y su época, J. Álvarez, 1967, p. 73.
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Véase el embellecimiento de la prostitución en la Argentina que hace el conde de Keyserlingen Südamerikanische Meditationen [Meditaciones sudamericanas], DVA, Sttugart, 1932, p. 30: «Recuerdo un 'souper', que me brindaron en un sencillo burdel hombres con cargos en la vida política e intelectual: la atmósfera era acogedoramente casera, como la de un estanciero. Por lo tanto allá se caracteriza la vida de esas esclavas y sus rufianes en el hecho de que no se gana con las muchachas tan sólo, sino también que se vela por ellas. Las que han sido arrastradas a Argentina y Brasil acaban en la mayoría de los casos de forma no-desdichada. Con las 'queridas' propiamente dichas la cosa es directamente brillante»
.
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En su descripción de la policía que persigue la prostitución, Arlt aprovecha para pintar la represión policial bajo la figura del torturador Gómez (LLAMAS, p. 260; OBRA, I, p. 384), que documenta la realidad que inicia la «década infame», cuando la tortura se establece en la Argentina como mecanismo habitual -aunque oculto- del Estado.
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Desde las expresiones de Barsut -«Y un macho está bien plantado en cualquier parte»
(LLAMAS, p. 366; OBRA, I, p. 495)- hasta el misoginismo del Rufián, encontramos en Los siete locos todo el repertorio de lugares comunes contra la mujer. Hipólita misma odia a las mujeres por dejarse dominar (LOCOS, p. 152; OBRA, I, p. 271).
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Cf. el monólogo interior de Hipólita en el capítulo «La vida interior» (LOCOS, pp. 152-5; OBRA, I, pp. 271-4), que preanuncia el drama «Trescientos millones» (de 1932). La humillación condicionada por la servidumbre que surge de estas obras de Arlt ha permitido a Mario Trejo comparar al escritor argentino en el artículo ya citado con Jean Genet (1910-1986), quien en su pieza «Les Bonnes» (1947) ha representado ese sentimiento. También Masotta, op. cit., p. 32, hace la comparación con esta obra de Genet, que había aparecido traducida en la Editorial Sur de Buenos Aires ya en 1948.
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Arlt, que se sentía enormemente interesado por el problema de la prostitución, permanece al respecto con una posición rezagada en comparación con su toma de conciencia en otros dominios -inclusive con respecto a su controvertida toma de conciencia política-: El narrador o comentador no se pronuncia con un juicio propio, pero permite que los personajes den opiniones (muy criticables) que sirven para caracterizarlos con respecto a cómo ven la prostitución. Así Hipólita considera que se llega a ella por astucia (LOCOS, p. 145; OBRA, I, p. 264); Haffner, por estupidez (LOCOS, p. 28 ; OBRA, I, p. 144); Erdosain, por vicio (LOCOS, p. 31; OBRA, I, p. 148); y Elsa, por holgazanería (LLAMAS, p. 282; OBRA, I, p. 407). El episodio en que Hipólita relata que ha sido rechazada por la familia de Ergueta por haber sido sirvienta y no por haber sido prostituta es el más significativo. Con ello Arlt quiere demostrar, a mi juicio, en qué bajo concepto tenía la pequeña-burguesía el trabajo de ayuda doméstica; pero la sátira es en realidad peligrosa, pues minimiza la prostitución.