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Boletín (Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil)

Año IX, núm. 17, Mayo-Agosto 1991

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ArribaAbajo La función didáctica de las adivinanzas

Eduardo Soler Fiérrez


Los autores de libros de texto han descubierto, sin duda, que el introducir en ellos algunas adivinanzas es uno de los factores que contribuyen a hacerlos atractivos para el público al que se destinan. No debe sorprendernos, por tanto, que estas fórmulas del folklore de siempre, tengan hoy en los libros escolares lugar propio. Hasta las escuelas cubanas decoran sus aulas con carteles del pintor chileno Roberto Matta, con adivinanzas como ésta del escritor García Márquez:


Coraza de oro
corona de espinas
fragancia de lunas dormidas
en el fondo del patio
y doce soles de marzo
en el fondo del plato.



Los profesores saben también que cuando en clase se siente el cansancio, cuando sus alumnos ya no pueden más, el recurrir a las adivinanzas suele reavivar los ánimos, despertar el interés y motivar a los más aburridos. Y es que las adivinanzas tienen esa magia, ese poder de encantamiento que tanto atrae a la gente menuda.

A estas razones responde el que podamos encontrar adivinanzas para los distintos contenidos de aprendizaje; las hay relacionadas con las ciencias naturales (sobre el cuerpo humano, sobre vegetales, sobre astronomía, sobre los fenómenos de la naturaleza, etc.), con la geografía (sobre accidentes geográficos, ríos, países, pueblos y ciudades, etc.), con la historia (sobre descubrimientos, personajes, sucesos, arte, etc.), con la religión, teología, filosofía... Es fácil acudir a ellas como lectura

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Cubierta de uno de los libros de E. Soler.

complementaria, y más sabiendo que su utilización distiende al grupo, para llevar a la práctica el consejo de «enseñar deleitando», de tanta raigambre didáctica.

Debido a este interés pedagógico, las adivinanzas han adoptado la forma de propias preguntas de clase. Por ejemplo, las que recogió Vergara Marín en una curiosa monografía1:

- ¿Cuál es la ciudad de España más trepadora?

- La Cabra, en la provincia de Córdoba.

- ¿Cuál es la población de España de piel más fina?

- La de Chinchilla, pueblo de Albacete.

Otras veces pueden ser las cuestiones presentadas en una prueba de evaluación, como las que componen este «Examen de adivinanzas»2:

- ¿Sabes cuál es el animal que asusta con su nombre?

- ¿Quién es el carpintero de las aves?

- Dime el nombre del ave más religiosa.

- ¿Conoces el nombre del animal más completo?

- ¿Cuál es el escritor de las aves?

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Junto con las características apuntadas, tienen otras que contribuyen a reforzar su aplicación escolar, como ha puesto de manifiesto Francisco Cubells en el prólogo de uno de mis libros:

«En otro aspecto, la percepción sincrética del niño, que le hace apreciar como similares o idénticos objetos que no lo son, favorece la comprensión del camuflaje metafórico y simbólico de la adivinanza. Las soluciones, al desenmascarar estas fantasías, le ayudan a ir desglobalizando su visión de la realidad y por ende a liberarla de su egocentrismo.

»Además de desarrollar la intuición, la imaginación y la reflexión, el desciframiento de acertijos ejercita enormemente la atención, especialmente la necesaria para distinguir unas palabras de otras, para penetrar su significado interno y para advertir sus posibles asociaciones, con lo que se va consiguiendo un más hábil dominio del idioma».3

Aunque, como hemos dicho ya, auxilien a cualquier materia objeto de enseñanza, tienen las adivinanzas especial interés para el estudio de la lengua. Por primera vez han adquirido carta de naturaleza en los programas escolares con los promulgados para la Reforma. Aunque su utilización fuera un hecho, hasta ahora no figuraban formando parte del currículo.

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En la nueva Educación Primaria se introduce no sólo el estudio de la Lengua Española sino también el de su literatura y ésta, para niños de 6 a 12 años, tiene que empezar por la que se pueda transmitir de forma oral: cuentos populares, canciones, poemas, trabalenguas y, de manera muy clara, adivinanzas. Uno de los objetivos que se han fijado para la Lengua y Literatura en la Educación Primaria es éste:

«Explotar las posibilidades expresivas orales y escritas de la lengua para desarrollar la sensibilidad estética, buscando cauces de comunicación creativos en el uso autónomo y personal del lenguaje».

Lógicamente, este objetivo implica como contenido el estudio de «textos literarios de tradición oral» y para él se establece en la misma norma como criterio de evaluación el «memorizar, reproducir y representar textos orales (poemas, canciones, adivinanzas, trabalenguas, otros textos de carácter literario) empleando la pronunciación, el ritmo y la entonación adecuados al contenido del texto».

Por esto, las colecciones de adivinanzas a partir de ahora tendrán que pasar a formar parte de las bibliotecas de aula y de los libros que se seleccionen para que los niños y niñas se introduzcan en la literatura. Las recopilaciones infantiles de Carmen Bravo Villasante, por ejemplo, forman parte de los libros que no podrán faltar en nuestras escuelas.

Hemos dicho que las adivinanzas encierran cualquier clase de sabiduría y que despiertan en los niños la curiosidad por desentrañarla. Creo que esta metaadivinanza puede ser definitoria:


Saber que se busca es
este saber que te ofrezco,
hasta que no lo adivines
no te des por satisfecho.



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Pero es sin duda en la enseñanza de la lengua donde prestan su mayor contribución didáctica, pues parte del interés que los escolares sienten por ellas se debe a su afortunada mezcla de recursos, como la paradoja o la antítesis, la onomatopeya, que tanto pueden desconcertar en una primera audición.

Así mismo, los juegos de palabras, las metáforas y toda una serie de figuras que Francisco Cubells ha puesto de manifiesto en un riguroso artículo a propósito de la publicación del «Animalario»4.

Incluso, la multiplicidad de estrofas en las que se pueden presentar ayuda al estudio métrico, pues nuestro adivinancero emplea el verso con profusión y acierto y se sirve de metros cortos y de las combinaciones estróficas y poemáticas tradicionales que con mucha facilidad se fijan en la memoria. Así abundan las aleluyas, cuartetas, redondillas, romances y quintillas, como ésta de Jiménez y Fornesa referida al romero5:


Mi nombre es de peregrino,
y tengo virtud notable,
jamás se supo que hable,
ni que anduviese camino,
y mi olor es agradable.



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Finalmente hay que reconocer que con las adivinanzas, los escolares experimentan una serie de sensaciones que por sí solas aconsejarían su cultivo: sensación de éxito, de seguridad en sí mismos cuando se atreven a proponérselas a los mayores, adentramiento en lo misterioso, sensibilización por los recursos lingüísticos, etc. Unos acendrados estudiosos y recopiladores, José Luis Garfer y Concha Fernández, conocidos por sus ricas colecciones, insisten en su carácter lúdico: «En toda cabeza infantil bulle la idea del descubrimiento. Muchísimas veces hemos repetido que el mejor entretenimiento para los niños es el adivinancero, porque las adivinanzas son como esos juguetes que el niño gusta de destripar para descubrir lo que guardan dentro»6.

A la vez que las leen y escuchan, las adivinanzas pueden ser escritas por los propios niños pudiendo convertirse en uno de los cauces para expresar su pensamiento creativo. Gianni Rodari, que tanto se esforzó por conseguir una didáctica lúdica de la lengua, dejó bien sentada la importancia que tiene la fantasía en la enseñanza y fijó el proceso que se debe seguir en la elaboración de estas fórmulas y que nosotros no exponemos aquí por haberlo desarrollado en otro lugar7.

La adivinanza, como forma de creación literaria al alcance de los niños, y forma de refuerzo, ayuda a aprender; a aprender, ¿por qué no?, adivinando.



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