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Recuerdo de Camilo José Cela61
Apagados los últimos destellos del Siglo de Oro, desaparecidos ya sus admirables poetas y prosistas, la literatura española inicia un dilatado bostezo que concluirá a fines del siglo XIX con el fecundo impulso dado a las letras y al pensamiento español por las grandes figuras de la Generación del 98. En realidad, debemos señalar dos importantes excepciones durante ese siglo: Bécquer, al promediar la centuria, y Pérez Galdós en sus últimas décadas. Si nos limitamos a los prosistas, es necesario destacar, a partir del 98, la irrupción de un grupo de escritores -Azorín, Gabriel Miró, Valle Inclán, Unamuno, Baroja, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y otros-, que cubren gloriosamente casi toda la primera mitad del siglo que acabamos de dejar atrás. En los siguientes cincuenta años, no aparecen creadores ni artífices de la prosa comparables a los mencionados. La única excepción es Camilo José Cela, que hereda y renueva la pasión por el lenguaje de su paisano Valle Inclán y hunde las raíces de su escritura aún más lejos, en la tierra fértil de los clásicos, especialmente en Quevedo, en la novela picaresca y en la tradición de coplas, refranes y dichos populares.
No es que falten en esa segunda mitad del siglo excelentes prosistas, tampoco poetas que tomen la posta de la notable constelación del 27 -García Lorca, Alberti, Cernuda, Salinas, Aleixandre, Guillén, Miguel Hernández-, pero prácticamente ningún narrador ofrece la elaboración estética que, en su momento, caracterizó las obras de Gabriel Miró, Valle Inclán o Azorín. Los que amamos nuestra lengua volvemos a experimentar en la prosa barroca y sensual de Cela el regodeo del idioma, los olores y los sabores de la vida popular española. La muerte física del escritor, ocurrida el 17 de enero último, —102→ representó una pérdida, qué duda cabe; pero su obra, tan abundante y variada, está viva y lo seguirá estando en España, con toda seguridad. En nuestro país, a juzgar por el tradicional desdén de los escritores argentinos hacia la literatura española, no es posible asegurarlo.
Francisco Umbral, uno de los mejores prosistas vivos de la España contemporánea, y a la vez, desinhibido y filoso crítico de sus colegas, escribió en su libro Las palabras de la tribu:
Camilo José Cela, miembro de la Real Academia Española desde 1957 y Premio Nobel de Literatura en 1989, era ya un clásico en vida, una de las referencias literarias insoslayables del siglo convulsionado que le tocó vivir. Mucho se ha hablado de sus incorrectas actitudes políticas, de sus transgresiones de adolescente malcriado, de sus extravagancias y exabruptos. Yo estaba en España en 1989, poco después de que se le otorgara el premio de la Academia sueca, y leí en una revista ilustrada un reportaje con el título «Un día en la vida de nuestro Premio Nobel». El escritor aparecía en una secuencia fotográfica cuando se levantaba de la cama, en calzoncillos, y con una toalla envuelta en su abultada cintura al salir de la ducha. Pero todo esto es anécdota, frivolidad y escándalo, algo que Cela buscaba o a lo que se prestaba complacido. No al hombre sino al escritor, que es seguramente el Cela más íntimo, hay que buscarlo en sus libros, en La familia de Pascual Duarte y en La colmena, novelas donde palpita la España profunda, la de sus sufridos hombres y mujeres del campo y la ciudad, la de unas vidas sombrías, a veces violentas, dentro de una corriente literaria que se dio en llamar «tremendismo» y tiene cierto parentesco con los rasgos existencialistas de su contemporáneo Albert Camus.
Cela publicó una serie de novelas que fueron cimentando, a lo largo de los años, la legitimidad de su prestigio. Pabellón de reposo, Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes, La catira, San Camilo 1936, Vicio de tinieblas, Mazurca para dos muertos, La —103→ cruz de San Andrés y Madera de boj, entre otras; así como originalísimas crónicas surgidas de su vocación de vagabundo con morral al hombro: Viaje a la Alcarria; Primer viaje andaluz; Judíos, moros y cristianos y Del Miño al Bidasoa; libros provocativos, como Diccionario secreto y Enciclopedia del erotismo; novelas cortas, fábulas, poemas y una extensa colección de brillantes artículos periodísticos.
En todos los textos de Cela, aun en los de destino más efímero, resalta siempre el regusto arcaico o novedoso de expresiones vivaces y coloridas, los destellos de un ingenio que se nutría de lo popular y era, a la vez, testimonio de una sólida cultura. Y todo ello, español hasta los tuétanos.
El autor de La familia de Pascual Duarte visitó, por primera vez, la Argentina en 1952, de paso para un congreso literario en Santiago de Chile. Guardo un recorte periodístico en el que se lo ve junto al novelista italiano Curzio Malaparte y al entonces agregado de prensa de la embajada de España, José Ignacio Ramos, durante una recepción en el salón de fiestas del diario La Prensa.
Yo lo conocí cuando vino, años más tarde, invitado por la Feria del Libro para participar en la celebración del milenio de la lengua castellana escrita. Estuve en una conferencia de prensa general y, después, en un reportaje a solas. Por la naturaleza de mis preguntas, Cela dedujo que yo era, además de periodista, el aprendiz de escritor que todavía sigo siendo. Muy generosamente, me invitó a enviarle alguno de mis trabajos para que, en caso de ser aprobado, apareciera en la revista Papeles de Son Armadans, que él dirigía en Palma de Mallorca. Así fue como le mandé una serie de «Poemas españoles» que Cela publicó en el número 174 de la revista y me envió, luego, dos docenas de separatas con los poemas.
Pero volvamos al reportaje, en el que demostró poseer un cabal conocimiento de las letras de tango pues los había cantado, de joven, en una radio madrileña. Recuerdo que su humor contrastaba con su rostro permanentemente adusto, casi diría ceñudo, y con su voz recia, una voz que parecía acentuar dicha reciedumbre al salpicar sus frases con expresivos «tacos», como se les dice a las palabrotas en España. En cuanto a su humor de gesto serio, despojado del típico garbo y jacarandoso salero de los andaluces, se debía indudablemente a su condición de gallego, es decir, celta; no un humor mediterráneo, sino —104→ atlántico, como el de los ingleses. No olvidemos que Cela tenía antepasados de ese origen por vía materna.
«Vosotros sois más pudibundos que los españoles»
, dijo.
Cuando acoté que algunas de esas palabras estaban también en el vocabulario de Quevedo, replicó:
Agregó que no consideraba válidos los prejuicios puristas y contó que, en la Edad Media, los aristócratas eran los asturianos; y los castellanos, sus servidores.
Entonces, los asturianos, que pronunciaban «Castiella» y «morciella», decían: ¿qué puede esperar de esta gente castellana que dice «Castilla» y «morcilla»? |
El diálogo se desarrolló en los años del «destape», tras la muerte de Franco; y Cela, a mi pedido, manifestó su opinión:
Le pedí que adelantara algún detalle de su próximo libro y contestó:
—105→No puedo informar sobre mi próximo libro pues tengo media docena de obras empezadas. Escribo todos los días, a lo que salga; si sale con barbas San Antón, y si no, la Purísima Concepción. |
Le pregunté después cuál de sus libros era el que más le gustaba, y respondió rápidamente: «No sé, nunca los he leído»
.
Finalmente, al comentarle el trabajo de un hispanista norteamericano, que encontraba un clima similar entre su prosa y el verso de Miguel Hernández, la ternura suavizó su ademán adusto.
Comenté:
-Usted logró que los restos del poeta no fueran a parar a la fosa común ¿no es cierto? -Bueno, con algunos amigos... ¿Pero para qué vamos a hablar de eso ahora? |
Se hizo un momento de silencio y el diálogo, que había comenzado entre risueño y mordaz, terminó poniendo en el ánimo del entrevistado y del entrevistador un dejo de melancolía.
Así, con ese gesto de humanidad que afloró entonces a su rostro, ya sin expresiones desenfadadas, sin máscaras excéntricas ni provocadoras, es como prefiero recordar a Camilo José Cela, espíritu transgresor, escritor magistral y polémico que, en aquel instante, me reveló una faceta escondida de su personalidad.
Antonio Requeni