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Academia Nacional de Letras del Uruguay
Es para mí altamente honroso estar aquí, en compañía de tan destacadas personalidades, ante tan distinguido público y, particularmente, por un motivo como el que nos reúne. Y, además, saber que estoy aquí debido a una doble condición: la de haber sido amigo de Ofelia Kovacci y la de traer la representación de la Academia Nacional de Letras del Uruguay, para la cual, me adelanto a señalarlo, la Doctora Kovacci era uno de sus miembros más destacados.
Conocí a Ofelia en un otoño madrileño. Llegaba yo, al atardecer de un jueves, para asistir a la sesión de la Real Academia Española y, al entrar en el salón de estar de los académicos, distinguí una figura femenina que no había visto los jueves anteriores. Verla y pensar «tiene que ser Ofelia Kovacci», fue todo uno... y era.
Hasta ese momento, yo sólo conocía a la Doctora Kovacci a través de sus trabajos, los cuales han sido obligada bibliografía en los cursos superiores de Gramática Española, en instituciones uruguayas. Además importa destacarlo, sus libros de texto para la enseñanza básica fueron hitos de referencia y motivo de renovación para no pocos docentes con años de actividad.
Aquella mujer de sobria elegancia, que los académicos madrileños atendían con respeto y admiración, dejó de ser entonces un nombre para mí y fue transformándose en una amiga.
Quiso la vida que, andando el tiempo, los académicos españoles que nos habían presentado, nos eligieran a Ofelia y a mí, en la misma sesión, Correspondientes Hispanoamericanos, cuando nuestras dos Academias no eran aún correspondiente de la Española.
Recuerdo que este fue el motivo de una de aquellas charlas que manteníamos, teléfono mediante, casi siempre los fines de semana. Y en la conversación, más allá de la felicitación recíproca, hablamos, como en otras oportunidades, de trabajos académicos, de proyectos personales y hasta tuvimos el buen ánimo de reírnos un poco de nosotros mismos.
—316→Es que la Ofelia un tanto distante tenía como reverso una delicada calidez. Calidez que se insinuaba en cuanto respondía una consulta con contestaciones precisas y aun eruditas, pero afables, nunca afectadas ni petulantes. Calidez que se acentuaba en las conversaciones en grupo reducido y que llegaba a su plenitud en las finas atenciones con que obsequiaba a sus amigos.
Resulta difícil separar a la amiga de la académica. En definitiva, ambas facetas respondían a una única personalidad con calidades intelectuales y espirituales de excepción. Por eso no titubeo en afirmar que la amiga que hoy nos convoca se proyecta como paradigma del académico.
La Asociación de Academias, para encarar debidamente los desafíos que plantean el presente y el futuro inmediato de la lengua española, necesita que las Corporaciones asociadas sean no solo refinados cenáculos intelectuales, sino también ámbitos de estudio idiomático, de investigación idiomática. Y para que esto sea así, es preciso que la Asociación de Academias y cada una de las Academias asociadas cuenten con muchos académicos como Ofelia Kovacci. Porque el establecimiento de políticas académicas y la realización de tareas como la elaboración del Diccionario de la Real Academia Española, del Diccionario Académico de Americanismos, del Diccionario panhispánico de dudas o la Gramática de la Real Academia Española solo pueden cumplirse a satisfacción si participan en ellas personas como Ofelia Kovacci, que conjuguen el saber lingüístico con el literario, dominen la norma culta sin desconocer el habla popular, mantengan un dinámico equilibrio entre promover la unidad del español y rescatar la peculiaridad regional.
Este último aspecto me lleva a señalar que esta Nación tuvo en Ofelia Kovacci una excelente embajadora. Ella constituía siempre una presencia emblemática de lo argentino y, donde quiera que fuese, llevaba no solo la referencia al habla de los argentinos, sino también a la literatura argentina, a la música argentina, en suma, a la mejor cultura argentina. Por todo esto, pues, como representante de la Academia del Uruguay rindo homenaje a la docente, a la universitaria, a la intelectual, a la académica; como amigo, me inclino, profundamente dolorido, ante su luminoso recuerdo que el afecto no permitirá que empalidezca nunca.