—[362]→ —363→

André Gide a cincuenta años de su muerte55
Lo primero que asoma en Gide es su responsabilidad. Pocos, como él, pudieron llamarse mentores y guías de la juventud, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Predicó el fervor en sus primeras Nourritures terrestres (1897); divulgó la autenticidad nietzscheana. Mientras sobrellevó dudas y angustias fue el pope de una época de brillante pensamiento francés, que por entonces era como decir occidental. Paradojalmente, cuando alcanzó algo parecido a la serenidad, los discípulos se fueron alejando y su prestigio decayó. Hoy cabe sospechar, no sin dolor, que cuando desaparezcan algunos de sus pocos seguidores, Gide no pasará de ser un admirable estilista y un fenómeno literario propio de su época. Sin embargo, fue el maestro de dos generaciones, como antes lo habían sido Hugo, Taine, Renan. Pudo creer -y lo dijo- que su semilla no iba a morir jamás. El drama del hombre quedaba justificado por la obra; dejaba así de lado, él, un apologista de la libertad y la propia determinación, esa vida que -como le dijo a Charles Du Bos- no aprobaba.
Conmueve después en Gide lo que podríamos llamar su máscara. Decía de niño: «No soy igual que los otros»
. Y esa sensación de diferencia, de extraneidad (que con mejor salud también padeció Mauriac), esa singularidad oscura, hicieron de él, originalmente, un reprimido. Tímido por naturaleza, su primer fruto tenía que ser una expansión lírica. Los Cuadernos de André Walter revelan su deseo de aire limpio, a través de la pureza y el amor. El joven André se
permitía hablarle a un Dios en quien creía o quería creer: «Señor, si te
—364→
hubiera conocido te habría amado con toda mi alma, y aunque no te conozca todavía te amo»
. Cuando, años después, vuelva la espalda a ese anhelo de fe, contará en un libro autobiográfico su descubrimiento del Evangelio y la semejanza
que halló entre el amor de Dios y el de Emmanuèle (es decir, su prima Madeleine, después su mujer). En 1895, durante un viaje por África asomó -o prevaleció- su segunda condición. Y ahí comenzó la agonía.
Como Camus, argelino ávido de luz y sol, anhelaba un mundo de energía vital: «No me basta leer que las arenas en las playas son suaves; quiero que mis pies desnudos las sientan. Todo conocimiento al que no ha precedido una sensación, me parece inútil»
. De entonces data El inmoralista, en parte novela autobiográfica, porque Miguel es André y Marcelina puede ser Emmanuèle. La unión de Gide con su prima fue un matrimonio blanco; ella nunca preguntó nada y él jamás dio explicaciones. Los dos habían recibido una rígida educación puritana, pero Gide albergaba el erróneo convencimiento de que la sensualidad era cosa de hombres o de mujeres de mala vida. Sobre Madeleine pesaba un trauma juvenil: el descubrimiento de la infidelidad de la madre. Estos solitarios que se amaron durante la vida entera no podían sino desencontrarse. Más allá de los desplantes de El inmoralista, la nostalgia del amor, del amor pleno y puro, se mantuvo en pie.
Cuando en 1907 apareció El regreso del Hijo Pródigo, librito admirable que Rilke juzgó necesario traducir, el fondo nostálgico e inestable de Gide se manifestó claramente. Moeller discierne tres pilares en el universo gidiano: El Evangelio, Nietszche y Dostoiewsky. Estamos en el ámbito del primero, sólo que se trata de un universo adaptado para justificar la libertad a ultranza y la búsqueda interminable. En cierta ocasión Gide le dijo a Claudel que los católicos no conocían el Evangelio y que se proponía escribir un opúsculo: El Cristianismo contra Cristo, que no pasó de proyecto. En la parábola, que Gide recrea con deslumbrante belleza, el hermano mayor le recuerda al Pródigo la palabra de la Escritura: «A quien venciere, Dios lo hará columna de su templo y no saldrá jamás»
. Ese jamás fue precisamente lo que espantó al hijo segundo y lo llevó a abandonar la casa del padre. Cuando insta al hermano más pequeño a marcharse,
como él antes, recurre a la metáfora de la granada salvaje, la única capaz de satisfacer la sed. Y, al verlo partir, exclama: «¡Si pudieras no regresar!»
.
La máscara del escritor y del hombre está compuesta. Las contradicciones con que Gide enfrentará al mundo integran un rostro donde prevalece la ambivalencia. Su camino depara infinitos recodos. Uno de ellos se advierte en La puerta estrecha (1909), su libro preferido, quizá porque -más allá de sus negativas- se parece demasiado a la historia de su matrimonio. Klaus Mann, su discípulo, ve en él una protesta contra las renuncias y los sacrificios inútiles. Alissa -declaró Gide- no es Madeleine; ésta, criatura real, era más sencilla, más normal, menos corneilleana. Para Alissa el amor humano sustrae a la criatura del amor de Dios. De ahí la mutilación que la protagonista impone a su vida. Algo de eso hubo entre ambos, el escritor y su mujer, pero con matices insoslayables.
Conmueve el patético convivir de esas dos soledades que se amaron tan sinceramente. Separados por la desviación de él y la pasividad de ella, Gide buscó sustituir el amor pleno que le negaba con la donación de una obra que ella jamás leyó. Escribe: «Toda mi obra está inclinada hacia ella. Hasta Los monederos falsos, el primer libro que escribí tratando de no tenerla en cuenta, todo lo he escrito para convencerla, para arrastrarla. Todo ello no es más que un largo alegato. Ninguna obra ha sido más motivada que la mía»
. Madeleine no indagó, tampoco obró para forzar un sinceramiento. Inclusive se mutiló, y en dos dimensiones: deformó sus manos (lo que más admiraba él) y, tras cierta fuga del
marido a Londres, con uno de sus amigos ocasionales, quemó sus cartas, lo más valioso de sus escritos, según el propio Gide.
La ambivalencia es el tercer rasgo. La disfrazó de curiosidad, de sed por saber y abrirse al mundo de los hombres. En Les nourritures... -está dicho- la palabra clave es fervor: «Una existencia patética, Nathaniel, más bien que la tranquilidad»
. Una existencia capaz de convertirlo en el más irreemplazable de los seres. En el Prólogo de la nueva edición dice que, contra lo que se piensa, su rasgo más dominante es la fidelidad. Creo que podría admitírselo, con cierto agregado: la fidelidad en la ambivalencia. Porque también escribió esto, muy francés y muy cartesiano: «No des cosa alguna por sentada. Pon todo en tela de juicio, insiste en obtener pruebas de toda teoría»
.
Fruto de esa ambivalencia es la novela La sinfonía pastoral, uno de sus libros más hermosamente poéticos y más intrínsecamente perversos. La relación entre el pastor y la muchacha a quien aquél pretende salvar, es un compendio
de ambigüedad e hipocresía. Mientras Nourritures... es un himno a la insaciable curiosidad vital, la novela proclama, por boca del pastor: «El estado de alegría al que se oponen nuestras dudas y la dureza de nuestros corazones, es para el cristiano un estado obligatorio»
. Palabras inobjetables, si no encubrieran un amor teñido de culpa, porque se vale de la excusa de salvar cuando su meta es corromper.
El vitalismo y la ambivalencia se mezclan hasta en sus proclamas más sinceras y suenan a justificación. Escribe en los Cahiers...: «La vida intensa, he aquí lo magnífico. No cambiaría la mía por ninguna. He vivido muchas vidas y la
real ha sido la mejor»
. No puede extrañar que en su drama Teseo, tras la apología del dolor que conduce a la luz, y de la sabiduría que proporciona la renuncia, diga el héroe, con palabras que se han juzgado como el testamento moral de su autor: «He creado mi ciudad. Después de mí podrá habitarla inmortalmente mi pensamiento. Sin rebelarme es como me acerco a la muerte solitaria. He gozado de los bienes de la tierra; me es dulce pensar que, después de mí, gracias a mí, los
hombres se reconocerán más felices, mejores y más libres. Por el bien de la humanidad futura he realizado mi obra. He vivido»
. Nos hallamos ante un redentor más, no de la especie de Kirilov. El uso extremo de la libertad como pedagogía parece ser el punto que los une. Sólo que, en el caso del ruso, lo lleva a optar por la muerte; en el francés, a permitirle el goce total de la vida. ¿Fue verdaderamente así?
En alguna ocasión esa libertad está condicionada. Escribió en el Prólogo de Vol de nuit: «Le estoy profundamente agradecido por haber aclarado esta verdad paradojal, que me parece de extraordinaria importancia psicológica: que la dicha del hombre no proviene de la libertad, sino que radica en la aceptación del deber»
. Ante la evidente contradicción entre estas palabras y otras, y con los hechos, quizá Gide se convenció de que su deber era suscitar el fervor, proclamar el
triunfo de la vida, la sed como actitud motivadora. De no ser así, el hombre, desprovisto de esperanza terrenal, caería en el abismo. Dice
—367→
Edipo, en el drama que recrea la tragedia antigua: «Yo comprendí, yo solo comprendí, que la única contraseña para no ser devorado por la Esfinge es el hombre. Se necesitaba, claro, un poco de valor para decir esa palabra»
. He aquí en germen el ideal de Malraux y de Camus. Sólo que éstos se debatirán en un mundo más turbulento y cruel, y no contarán con el fondo cristiano del que Gide nunca abjuró, aunque lo enredara en la madeja de sus ambigüedades.
Una de ellas es el abordaje de un tema que ya había desvelado a Dostoiewsky: el crimen inmotivado. Había escrito Gide, en Prometeo mal encadenado: «He creído siempre que esa es la cualidad en cuya virtud el hombre se distingue de los animales: la capacidad de obrar gratuitamente. Para mí el hombre es el animal capaz de obrar sin recompensa, hasta en contra de sus intereses materiales»
. Y Klaus Mann parece aprobarlo al definir: «Un acto gratuito es un acto libre, concebido y ejecutado sin
presión alguna del mundo exterior. Es desinteresado, creador, un acto humano»
. Todos recordamos el planteo de Dostoiewsky, implícito ya en el título de su novela: al crimen gratuito deberán seguir el arrepentimiento y el castigo del culpable. Sólo así el orden moral quedará restablecido.
En 1914 Gide publicó Las cuevas del Vaticano, a la que llamó sotie, como las comedias burlescas representadas por tontos en la época medieval. Más allá de la intriga compleja y de la sátira contra ciertos aspectos de la Curia vaticana y los círculos católicos, la novela muestra al joven Lafcadio, rico, desprejuiciado, sin arraigo familiar. En cierto momento comete un acto gratuito: arroja del tren, sin razón alguna, a su acompañante. ¿Se entregará a la justicia? La novela no lo resuelve, pero en su transcurso se juega con la posibilidad de obrar sin fundamento, por mero impulso. Lafcadio realiza un acto libre, su razón para obrar consiste en no tenerla. Tal posibilidad, que plantea una situación psicológica al margen de toda moral, fue una divisa para cierta juventud de la postguerra del catorce. El héroe de Dostoiewsky pretendía estar más allá del bien y del mal; pero, no bien cometido el crimen, comienza a padecer su purgatorio. Lafcadio, en cambio, permanece insensible. Sonia es el ángel de Raskolnicoff; Genoveva sólo será la amante desdeñada por el impasible asesino.
Después de muchas vacilaciones, y desoyendo el consejo de sus amigos más sinceros, Gide dio rienda suelta a sus desafíos y publicó
—368→
Corydon, una apología de la homosexualidad. Lo último significativo de su obra fue Los monederos falsos (1929), entre otras cosas por haber tentado la novela de la novela, como antes Unamuno en Niebla y Pirandello en su teatro. En 1947 le fue otorgado el Premio Nobel. Lo que resta cuenta poco. Adhirió de buena fe al marxismo, aunque luego del viaje a Rusia, y tras comprobar sus aberraciones, abjuró de esa convicción. Por entonces Klaus Mann lo describe como un hombre en perpetuo estado de inquietud, sobre todo después de la muerte de su mujer. El fervor, la curiosidad vital, se transformaron en un ambular permanente, en cuerpo y espíritu, como si no hallara sosiego en parte alguna ni interés que retuviera sus apetencias. Distante, inasible, su voz llegaba como un silbido con resonancias diabólicas. Quizá la máscara que armó cuidadosamente se consubstanció tanto con su rostro que ya no pudo arrancársela. Murió en 1951. Dicen que sus últimas palabras
fueron: «todo está bien»
.
La responsabilidad de Gide respecto de su época es ciertamente grave. Quizá el autor de la parábola del Pródigo salteó, respecto de sí, la de los talentos. Y eso que no le faltaron amigos ilustres, como Du Bos y Maritain, u oficiosos como Claudel. Su ascendiente hizo que muchos jóvenes vieran en él al vocero de los espíritus libres, al glorificador de los instintos sin freno, al hombre de prestigio capaz de descreer y desafiar; hasta de obviar los buenos sentimientos, con tal de no parecer poco inteligente. Así reinó hasta 1930 y, sin proponérselo, dio lugar al «gidismo», algo muy cercano al libertinaje. Sabemos que las guerras, como las catástrofes y lo que a ella sigue, incitan a romper con todo lo que sea obstáculo para un vivir sin trabas. ¿Fue todo obra de Gide? No, por cierto. Pero su pluma, no siempre clara, contribuyó a la confusión. Hay hombres que previenen y hombres que fomentan; Kafka fue de los primeros, Gide de los últimos. Por eso dice Grenszmann que fue un guía peligroso.
La historia de su vida y su literatura es la de un paulatino alejamiento de las fuentes. Cristiano por origen y educación, en cierto momento (a raíz de la muerte de un amigo muy querido), estuvo a punto de abrazar el catolicismo. Tal vez desistió por soberbia o -sería más triste suponerlo- por no aceptar con humildad su condición. Como dice Pierre de Boisdeffre, lo mejor de la obra gidiana nació de su
—369→
inspiración cristiana, ya fuera como apoyo o como rechazo. Cita un fragmento juvenil: «Señor, vengo a Vos como un niño, como el niño que queréis que vuelva a ser aquél que se abandona a Vos. Depongo todo lo que constituía mi orgullo que, ante Vos, sería mi vergüenza. Escucho y someto mi corazón»
. Causa perplejidad que precisamente el orgullo, señalado por Gide como la desmesura de Edipo, al cabo hiciera presa en él. Quien escribía la confesión antes citada, respondía, años después, ante una pregunta sobre el alma: «El alma [...] ¡No hace falta decir que creo en ella!, naturalmente que creo en el alma. Creo en ella como en el resplandor del fósforo. Pero no puedo imaginarme este resplandor sin el
fósforo que lo produce»
. Como observa Moeller, el último e irredimible pecado de Gide fue el del espíritu, ese que lo llevó a admitir como un bien lo que es un mal y a llamar mal a lo que es bien. Quizá el creador de Lafcadio olvidó algo insoslayable: que es menester frotar el fósforo, aunque al hacerlo quede la cabeza destrozada.
Sintetiza Gaëtan Picon su empresa: «Dar la imagen de lo que puede ser el hombre sin ninguna ayuda de la gracia, pero con el uso total de sus medios humanos»
. Cuando éstos se agotaron, se fue petrificando. Como dice Boisdeffre, fue la víctima
del individualismo del siglo XIX, después estigmatizado por Malraux. No nos enseñó a vivir; sólo nos enseñó el culto, la idolatría de la vida. Cómo y por qué comprometernos, he ahí lo que no supo decirnos. Sírvale de justificación lo trágica de su circunstancia, esa fatalidad que lo privó del coraje de volver, como el Pródigo, aun al precio del dolor, que lo tuvo con creces. Cuando la hora del regreso golpeó a su puerta, esperemos, quienes hemos admirado muchas de sus palabras, que le hayan valido éstas de uno de sus libros, con esa permanente unidad que acaso todo hombre representa en presencia del Padre: «Si en el amor hay alguna limitación, no está en Vos, Dios mío, sino en los hombres. Por culpable que mi amor aparezca a los ojos de los hombres, ¡oh Dios, dime que a los tuyos es santo!»
.
GIDE, ANDRÉ, Los cuadernos y las poesías de André Walter, Buenos Aires, Schapire, 1954; Les nourritures terrestres, París, Gallimard, 1942; Si la —370→ semilla no muere, Buenos Aires, Losada, 1956; El regreso del Hijo Pródigo, Buenos Aires, Tirso, 1952; Paludes, París, Gallimard, 1948; La puerta estrecha, Buenos Aires, Poseidón, 1952; La sinfonía pastoral, Buenos Aires, Poseidón, 1951; Teatro, Buenos Aires, Sudamericana, 1958; Corydon, Buenos Aires, Losada, 1938; Las cuevas del Vaticano, Buenos Aires, Argonauta, 1946; Los monederos falsos, Buenos Aires, Américalee, 1954; Diario (fragmentos), Buenos Aires, Losada, 1956.
BOISDEFFRE, PIERRE DE, Métamorphose de la Littérature, París, Alsatia, 1953, t. I.
GRENSZMANN, WILHELM, Problemas y figuras de la Literatura contemporánea, Madrid, Gredos, 1963.
MANN, KLAUS, André Gide y la crisis del pensamiento moderno, Buenos Aires, Poseidón, 1944
MOELLER, CHARLES, Literatura del Siglo XX y Cristianismo, Madrid, 1960, t. I.
PICON, GAËTAN, Panorama de la Literatura Francesa actual, Madrid, Guadarrama, 1958.
SOUDAY, PAUL, André Gide, París, Simon Kra, 1927.
STARKIE, EVID, André Gide, Buenos Aires, Sur, 1956.