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La crónica de este acto, realizado el 12 de septiembre de 2002, puede leerse en «Noticias» del presente volumen.

 

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Palabras pronunciadas en el Aula Magna de la Universidad Nacional de San Juan el 17 de octubre de 2002. La crónica de este acto puede leerse en «Noticias» del presente volumen.

 

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Transcribo parte de la foja 92 del Legajo 14, La Rioja 1921, donde dice: Una batalla en Olpas (Gral. Ocampo) «Tenía poco más o menos diez años de edad, cuando un día como a las doce, oímos trompa y tambor, llegando casi enseguida del oeste muchos hombres a caballo armados de lanza, fusil y sable y vestidos con uniformes colorados; más tarde se supo que eran federales a las órdenes de Salazar; éstos acamparon en unos bordos que están situados un poco al naciente del lugar. A la puesta del sol llegó otro contingente del mismo lado, venían también montados a caballos, aneados como los anteriores y vistiendo uniformes azules; eran unitarios a las órdenes de Linares que venían en persecución de los Federales seguramente. Acamparon hacia el poniente cerca de los pozos que suministran agua a la población. Linares manifestó a cuantos tuvo ocasión de hablar que si obtenía el triunfo pasaría a degüello a todos los habitantes del lugar; esto llenó de pavor a las gentes quienes en su mayoría huyeron a las sierras próximas quedando muy pocos, entre ellos los de mi casa. Muy de madrugada tiraron las líneas empezando la batalla al salir el sol, la que duró todo el día; a cada descarga que hacia de una parte a otra, Rosendo Villafañe, un primo de mi edad y yo gritábamos: ¡Viva!, sintiendo algunas veces el silbido de las balas que pasaban por encima de la casa. Al ponerse el sol se declaró en derrota Linares, huyendo con muy pocos hombres hacia el sud, en dirección a Catuna en cuyo camino encontró dos buenas personas a quienes mandó ahorcar. Salazar quedó victorioso y muchos de sus soldados se llegaron a mi casa y a las vecinas pidiendo de comer pero sin hacer mala nadie; muchos muertos de la batalla quedaron insepultos y como los devoraban los perros, los habitantes les dieron piadosa sepultura. Actualmente se destapan aún cadáveres y se encuentran otras señales del combate».

 

4

Así se llamaba: «El ciego de las Chimbas». De cuando en cuando caía al pago a pedir limosna montado en su viejo borrico. Lo acompañaba como lazarillo un muchacho remolón y pillo, también jinete en su pollino. Acababan de abandonar un rancho donde, como única limosna, el muchacho recibiera unos pasteles. Puestos en camino, el muchacho adelante, el viejo atrás, aquél concibió la idea de regalarse él solo con la limosna; el viejo ¡qué iba a verlo!, y así lo hizo. Mas llevaban el viento en contra y pronto el viejo advirtió algo así como un olor a «freídos».

-Muchacho ¿que vas comiendo pasteles?

-¡De ande pasteles! Un pedazo de pan es lo que nos acaban de dar.

-Si la vista me falta, olfato me suebra. Seguramente que me engañás, muchacho.

-No señor, no le engaño -reafirmó el gañán, colocando en la mano el contenido para hablar mejor.

-Seguramente en algunas casas que se divisan deben d'estar friendo pasteles porque yo siento olor.

-Bueno -gruñó el viejo, no del todo convencido.

Y siguieron en silencio. Al poco andar, el muchaho dijo:

-Voy a tomar agua; si usted quiere, avise, p'ayudarlo a apiar.

Asintió el viejo y ya en tierra:

-Preste la mano, siga. Junte los pies pa' saltar que aquí hay una cequia. Hízolo así el viejo y dando el salto diose fuerte contra un palo.

-¡¡Ay diablo!! -dijo llevándose ambas manos a la frente.

-¡Oh! ¿Nués tan de güen olfato?, ¿por qué no olfateó el tronco? -exclamó con sorna el [pillo] del gañán.



 

5

LIDA, MARÍA ROSA. «Una anécdota de Facundo Quiroga». En Academia Argentina de Letras. Sarmiento. Centenario de su muerte. Buenos Aires: Academia, 1988, p. 259.

 

6

FANCHÍN, ANA T. «Protagonistas de un intercambio cotidiano, desde y hacia Chile por San Juan (Siglo XVIII)». En Estudios Trasandinos. N.º 6 (2001), pp. 67-79.

 

7

Me refiero a las bellas descripciones que Ebelot hace de su vida en la zona de Tandil, con rastreadores de cuño, y las que incorpora del General Villegas acerca de los excelentes rastreadores de San Luis. Ver EBELOT, ALFREDO. La Pampa, Buenos Aires: Eudeba, 1961.

 

8

CARRIZO, JUAN ALFONSO. «Sarmiento y el cantar tradicional a la muerte del General Juan Facundo Quiroga». En Academia Argentina de Letras. Sarmiento. Centenario de su muerte. 1988, pp. 133-144.

 

9

SARMIENTO, D. F. «Introducción». En su Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo Quiroga y aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina. Santiago: Imprenta del Progreso, 1845.

 

10

DRAGHI LUCERO, JUAN. Las mil y una noches argentinas. Mendoza: Ediciones Culturales de Mendoza y Editorial de la Facultad de Filosofia y Letras, UNCuyo, 1992, vol. II1 y Edición facsimilar de Buenos Aires: Kraft, 1953.