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Luis Cardoza y Aragón, Miguel Ángel Asturias. Casi novela, México, Era, 1991. Aparte del escrito de Morales, existe una reseña de José Mejía, aún inédita, sobre el mismo libro. Una de las primeras reseñas de este libro la escribió el escritor guatemalteco Mario Roberto Morales, autor de varias novelas y de ensayos de rara lucidez, así como hábil y apasionado polemista periodístico. Al evocar un añejo artículo suyo, intitulado «Matemos a Miguel Ángel Asturias», Morales se decidió a repetir su incitación, esta vez proponiendo, en su título provocador: «Ahora matemos a Cardoza»
(Diario «Prensa Libre», Guatemala, 6 de septiembre de 1992, pp. 10 y 13), con tal puntería que el maestro falleció puntualmente dos días antes de la publicación del artículo.
El punto de partida del joven escritor, para su segundo y eficaz parricidio, es el volumen que nos ocupa. Obediente a la sentencia cardociana de que «nada es más miserable que los elogios pequeños»
, y antes de declararlo como «un clásico latinoamericano que además fue consecuente con su ideario político y con sus posiciones democráticas»
, Morales emite un juicio crítico sobre el estilo de Cardoza y Aragón, según el cual «los elementos más susceptibles de envejecimiento»
son «el sentimentalismo lírico, evocador, un poco grandilocuente por su filiación modernista, y su imaginería apegada al vértigo de todos los vanguardismos»
.
La mayor parte del artículo, sin embargo, se dedica a la posición política de Cardoza expresada en el libro sobre Asturias. Para Morales, Cardoza se equivoca al enfocar sin perspectiva crítica a la figura de Rodrigo Asturias, Comandante en Jefe de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA). La visión unidimensional de la guerra guatemalteca, dice Morales, no deja que Cardoza escuche versiones, culpas, políticas, militares y humanitarias con que se manchó toda la oposición armada. Esta ceguera lo llevaría a crear una ilusoria continuidad, por la cual Rodrigo, el hijo, es la realización ideal del padre novelista. Lo que Cardoza no ha visto en su libro, continúa Morales, es el nuevo reto que se abre en Guatemala: la articulación política de los ideales de la izquierda dentro de una nueva organización popular de duración estable. Hasta aquí el elogio de Morales.
2
L. Cardoza y Aragón, op. cit., p. 36.
3
Idem, p. 93. Más adelante, Cardoza afirma: «Miguel Ángel fue firme en su vigilia y en lo que supongo su inconsciente. Hubo congruencia en su vida personal y no admitirlo así lo haría aún más inasible. [...] desde su principio y de sus principios lo que consideramos episódico fue constancia [...] Miguel Ángel probó no ser un hombre endeble, voluble o indeciso en sus aceptaciones o en sus rechazos. Fue un hombre fuerte que asumió sin pestañear causas y comportamientos para otros imposibles sin su idiosincrasia; tampoco carecía de cultura política y, además, no se requería de cultura alguna de tal orden para saber quién era el general Ubico y cuál la naturaleza del régimen del general Ponce o del régimen de Méndez Montenegro»
.
4
«Sé los riesgos que existen al trabajar con esta materia volátil, delgadísima, interminablemente escindiéndose; pero nada más un hijo de puta pensaría que la obra desmerece o merece si evocamos al hombre Asturias en ciertos momentos de su vida y de la vida guatemalteca»
. Idem, pp. 220-21.
5
Idem, p. 183.
6
Idem, p. 37.
7
Idem, p. 168.
8
«La literatura indigenista no puede darnos una versión rigurosamente verista del indio. Tiene que idealizarlo y estilizarlo»
. J. C. Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Amauta, Lima, 1971, p. 335, cit. por L. Cardoza, op. cit., p. 65.
9
Cf. Antonio Cornejo Polar, Literatura y sociedad en el Perú: la novela indigenista, Lasontay, Lima, 1980.
10
L. Cardoza y Aragón, op. cit., p. 69.