Los elementos musicales que aparecen en la obra pueden subrayarse si el director lo considera necesario -después de la canción de cuna en el segundo acto-, utilizando canciones de la época fragmentadas, sobre todo «La Bayamesa», cuyos versos iniciales son:
O la de Perucho Figueredo.
Estos fragmentos musicales si son bailados y cantados entre los hombres pueden darle una mayor fuerza y sentido irracional al texto.
Véanse en estas observaciones simplemente una sugerencia. Gracias.
Escena I
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CARLOS, ÁNGEL y LEONEL.
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CARLOS.-
(Violento.) ¡No cuentes conmigo! (Otro tono.) Apenas sé cómo... ni con qué fuerzas pudimos burlar el cerco...
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ÁNGEL.-
(Nervioso, angustiado.) Aracelio Fonseca decide. Te lo repito. ¡No he sabido explicarme! ¡Compréndeme, Carlos...! De cuarenta hombres, quedamos dos. Y ustedes cuatro que ahora se incorporan... ¡Y con esta amenaza permanente! (Se oyen tiroteos lejanos.) La verdad...
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CARLOS.-
(Interrumpiendo.) Trabajo nos costó llegar hasta aquí. (Otro tono.) Las tropas de Garrido están agazapándose...
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LEONEL.-
(Rápido.) Eso se huele en el aire.
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CARLOS.-
¡Y pensar que ahora hemos caído en esto! (Otro tono.) El fortín de la Candelaria queda demasiado lejos. Nosotros no podemos...
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ÁNGEL.-
(Decidido.) Aracelio tiene el mapa... Sería cosa de buscarlo.
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CARLOS.-
(Irónico.) ¿Crees que lo entregará?
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ÁNGEL.-
Es cuestión de...
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LEONEL.-
(Tajante.) ¡Yo no me atrevo! (Pausa.) Es muy capaz de arrastrarnos a la debacle. (A ÁNGEL.) Tratará de matarnos.
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ÁNGEL.-
(Rápido.) Tuvimos que dejarlo. (Pausa.) ¡Es horrible! (Otro tono.) Nos agarraron por sorpresa. En la madrugada. Los jefes se habían reunido ese día desde muy temprano. Discutían sobre el rumbo a seguir en las próximas semanas. Tú harás esto. Tú esto otro. Tú por aquí... Discusiones necesarias. Pequeños ajustes de organización. (Otro tono.) La acción clave es tomar el fortín de la Candelaria, que sirve de arsenal y alimento a las tropas enemigas de la provincia, y que viene siendo algo así como la imagen de nuestra isla en manos del poder español. (Pausa.) Por eso es mi insistencia. Si lo tomamos, podemos apertrecharnos y arrasar. (Pausa.) Yo estaba amodorrado. El sueño no venía, me movía intranquilo. Quizás las tensiones... O sabe Dios qué... El silencio se hacía tan siniestro... Sólo los gallos cantaban... (Pausa.) Aracelio, durante todo el día, se sintió indispuesto, probablemente de un fuerte rasguño en el brazo, y dormitaba debajo de una seiba. Aracelio era el hombre de confianza del General Suárez. En el caso de que faltara uno u otro, mi tío Indalecio Cruz ocuparía sus lugares.
(Se oyen tiroteos.)
Te vuelvo a contar esto para que te hagas una composición de los hechos...
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(Se oyen tiroteos.)
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LEONEL.-
¡Esa gente no descansa!
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ÁNGEL.-
Rematando y descuartizando cadáveres como aves de rapiña... (En un grito ahogado.) ¡Miserables!
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LEONEL.-
¡Y nosotros con estos fusiles y treinta cartuchos por cabeza! (En un arranque de violencia.) Si yo pudiera... (Intenta salir.)
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CARLOS.-
(Deteniéndolo.) ¡Cálmate! ¡Déjate de locuras!
(LEONEL se echa a un lado, derrotado, impotente.)
¡En cualquier momento nos afrijolan!
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(Pausa.)
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ÁNGEL.-
El asunto es que... Se aparecen entre remolinos de polvo y crepitar de cascos... ¡Nosotros empezábamos! ¡Era la primera batalla, Carlos!
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LEONEL.-
(Abatido.) A uno le hablan de la guerra... ¡Aquella Universidad era un hormiguero...! (Otro tono.) Que si sí, que si no... Cientos, cientos de ideas, y un ceremil de opiniones. La guerra, la guerra. Allá en la manigua es donde está la verdad, ¿recuerdas, Ángel? Y los españoles agarrándote por el cogote, y apretando, apretando duro... Y tú dices... «Allá voy». (Pausa.) Luego el panorama es otro. No me quejo. Simplemente lo digo.
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ÁNGEL.-
Alguien me dijo: «En caso de apuro: ¡abre brecha y sigue adelante...!» El ruido me ensordecía... «¡Dale duro, cabrón!» En la yegua sin ensillar, medio desnudo, corría como un trompo, tirando a diestra y siniestra... ¡Ponte en mi lugar! ¡Es difícil, lo sé!
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CARLOS.-
De todos modos, Ángel...
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ÁNGEL.-
¡Terrible, viejo! (Pausa larga.) Sin Aracelio y sin ese documento estamos varados...
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LEONEL.-
(Interrumpiendo.) ¡Toca a fondo! ¡Di la verdad! (Otro tono.) Nosotros sabemos de buena tinta que el General Suárez se lo entregó, en plena batalla, antes de que cayera muerto de un balazo en el pecho. (Rápido. Otro tono.) ¡Datos que interesan a todos...! (Otro tono.) Lo tremendo fue que por tratar de salvarlo, Aracelio recibió cuatro balazos en una pierna...
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ÁNGEL.-
(A CARLOS.) ¡No puedes hacerte una idea de lo que era aquello! ¡Entre el estruendo, la gritería, los caballos encabritados, los nuestros prácticamente sin armas... y las tropas de Garrido, aprovechándose, haciendo de las suyas! Lo recuerdo y creo que voy a enloquecer... «¡Arriba!» «¡Cabrones!» «¡Arriba!» «¡Viva Cuba libre...!» (Pausa. Otro tono.) ¡Era espantoso...! ¡Una carnicería...! La gente trata de rescatar el cadáver del General Suárez; desgraciadamente... ¡Ya era imposible! (Pausa. Otro tono.) Mi tío desaparece... y los que quedan vivos ponen pies en polvorosa... Y nosotros corriendo de un lado a otro, atajando...
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(Pausa.)
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CARLOS.-
¿Y luego?
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ÁNGEL.-
¿Luego? ¿Cuándo?
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CARLOS.-
¡Más tarde!
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ÁNGEL.-
¡No recuerdo! (Pausa.) Ah, sí. Fuimos a donde estaba Aracelio quejándose... (Pausa.) Atronaba, se doblaba, sudaba, los ojos parecían saltársele...
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CARLOS.-
Olvida eso.
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LEONEL.-
(Rápido.) Le planteamos que nos entregara el mapa. Se puso igual que una fiera. Quería que lo lleváramos a toda costa... (Pausa.) Ahora, después de tres días y dos noches, abandonado, a la intemperie...
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ÁNGEL.-
(Interrumpiendo.) ¡Imagínate como estará!
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LEONEL.-
¡Se resistirá!
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ÁNGEL.-
¡No querrá vernos ni en pintura!
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LEONEL.-
¡Y con razón!
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ÁNGEL.-
¡Y tomará revancha...!
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CARLOS.-
La mayor osadía...
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LEONEL.-
(Cortante.) ¡Primero está la Revolución!
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(Pausa.)
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ÁNGEL.-
(En un susurro, desesperado.) ¡Coño, coño, coño! (Otro tono.) Pensé que adelantábamos, que ganaríamos terreno... ¡Pensé azul y me salió punzó...! ¡No, no! ¡Eso fue después...! En aquel momento... ¿Crees que no me desconcierta, que no me agita el haberlo dejado abandonado...? Siete días y siete noches, discutiendo, dándole vueltas al mismo tema... ¿Por qué? ¿Por qué fue? ¿Por qué lo hice? ¿Por miedo? ¿Por maldad...? ¡Mentira! ¡Mentira...! Como una nube negra, nada, nada, nada... Por mucho que me esfuerce, ¡no puedo explicarlo...! Y a medida que pasa el tiempo un sentimiento extraño... No de culpabilidad, sino de vacío... ¿Y él, qué dirá? ¿Qué pensará...? ¡Aunque yo sé que por encima de nosotros está la verdad...! (Pausa.) ¿Por qué no hemos salido de este lugar? Por él, por él, por él... (Violento, casi entre sollozos.) ¿Qué quieres que haga...? ¿Que me ponga como una Magdalena, dándome golpes contra las piedras, halándome los pelos? ¡No, no, por favor! ¡Qué desgraciado soy! (Otro tono.) ¡Me niego!
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LEONEL.-
(A ÁNGEL.) ¡Vamos, tranquilízate!
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CARLOS.-
Estamos en un disparadero. No quiero equivocarme. Pero me la juego que Garrido sabe...
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LEONEL.-
¡Ese maricón conoce bien la zona!
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ÁNGEL.-
(Con el rostro mojado de lágrimas.) ¡En llegando al fortín, arrasamos!
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CARLOS.-
¿Arrasamos?
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LEONEL.-
(Interrumpiendo a CARLOS.) Fíjate que en realidad...
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ÁNGEL.-
(Interrumpiendo a CARLOS.) ¡Con Aracelio... no digo yo! ¡Arrasamos! Su carácter, viejo... ¡Su experiencia! (Impositivo.) ¡Convéncete!
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LEONEL.-
(A CARLOS.) ¡Tú lo sabes...! Aracelio anduvo siempre junto al Chino Viejo, y al lado del General Antonio, en la Guerra Grande, en la Protesta de Baraguá y, después, en la Guerra Chiquita...
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CARLOS.-
(Interrumpiendo.) Estemos claros, caballeros... este cerco no lo brinca un chivo.
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LEONEL.-
¡Necesitamos a ese hombre!
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ÁNGEL.-
¡Es imprescindible!
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LEONEL.-
¡Cuestión de vida o muerte!
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ÁNGEL.-
Podrías buscarlo...
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LEONEL.-
(Interrumpiendo.) ¡Acércatele!
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CARLOS.-
¿Yo?
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ÁNGEL.-
¡Si, tú!
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LEONEL.-
Tú, mejor que nadie, Carlos... conoces lo que es la guerra.
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ÁNGEL.-
Con nosotros, la cosa es distinta.
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LEONEL.-
Ese no nos perdona.
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ÁNGEL.-
Pero tú... si de algún modo logras ganarte su confianza, conseguirás lo que quieras.
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CARLOS.-
¡Tan convencido están!
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ÁNGEL.-
Primero, no te conoce... Hay que calcular el pro y el contra... Segundo, puedes inventarle una historia... ¡No me mires así! Ni me cae mal ni le tengo mala voluntad... ¡Te lo juro! Tercero, es la única salida que tenemos. Ayúdanos.
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LEONEL.-
Sé que tu carácter, que tu condición... que eres incapaz de meterte en semejante jueguito. Pero, ¿y la guerra? ¿Debemos detenernos? ¿Debemos morir achicharrados en manos de las tropas de Garrido...? ¿Abandonar nuestros ideales? ¿Abandonar la Revolución?
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ÁNGEL.-
Cuando me enrolé estaba en babia. Ni la más remota idea de la práctica. Sabía que era una necesidad, que la verdad está en nosotros... (Firme.) Yo hoy lo tengo bien claro... (Pausa.) Carlos, consigue a ese hombre.
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LEONEL.-
¡Vivos o muertos, nosotros... la Revolución triunfará!
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ÁNGEL.-
Conociendo la posición exacta de las tropas de Garrido, podríamos lanzarnos a lo que fuera... (Construye con los pies un mapa en el suelo.) Sabemos que en esta dirección, y más allá... y por este lado... hacia acá... y por ciertos movimientos... En realidad, andamos con los ojos vendados, olfateando...
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LEONEL.-
Si te decides...
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CARLOS.-
Por respeto, por consideración, por humanidad...
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ÁNGEL.-
¡A la ofensiva, Carlos!
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LEONEL.-
¡Nuestra liberación!
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ÁNGEL.-
A Aracelio hay que meterlo en cintura.
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LEONEL.-
Inventa.
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ÁNGEL.-
Dile algo.
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CARLOS.-
(Exaltado.) Sí, que le diga lo que se me antoje. El cuento más desconcertante surte efecto. Un efecto prodigioso. Casi sobrenatural... (Moviéndose, agitándose.) Igual que un prestidigitador sacaré de un sombrero de copa un conejo. La magia, ¿en...? O como el brujo de la tribu... O el encantador de serpientes... (Pausa. Otro tono.) La verdad, lo que se llama la verdad, siempre resulta insólita... Para que la verdad sea reconocida es necesario que se le mezclen algunos datos inverosímiles, algunas mentiras... Cosas que si a mano viene uno piensa que no... Entonces actúa de un modo... Como una brasa caliente, como un cuchillo. Por ejemplo, yo, en este momento. Miles de argucias... Distribuidas con minucia... con tacto. (Pausa. Otro tono.) ¡Parece muy sencillito!
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ÁNGEL.-
Cuando te pregunte de dónde vienes, confiésale que...
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CARLOS.-
Espera, Ángel... (Otro tono. Evidentemente representando.) Me opongo a los métodos utilizados... Es indignante que, a estas horas, después de los fracasos de la Guerra Grande, todavía haya gentecita tan equivocada y, entre ellos, Ángel Agüero...
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(ÁNGEL y LEONEL se miran consternados.)
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ÁNGEL.-
Tú no me dejas...
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CARLOS.-
(Siguiendo la representación.) ¡Lo confundiré, lo enmarañaré, Ángel!
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ÁNGEL.-
¡Aguántate!
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LEONEL.-
¡Las cosas no son así!
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ÁNGEL.-
¡Estás loco!
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LEONEL.-
Te burlas.
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CARLOS.-
(Rápido.) Y si pregunta quién soy...
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ÁNGEL.-
¡No te precipites!
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LEONEL.-
Falta mucho para llegar a eso.
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ÁNGEL.-
Cuando llegue ese instante...
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LEONEL.-
Pues, te muestras... cómo decirte, vamos...
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ÁNGEL.-
¡Nada de subterfugios! ¿Comprendes?
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CARLOS.-
Le afirmo que soy hijo de... vaya... de... Agramonte...
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ÁNGEL.-
(En un grito.) ¿Cómo?
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CARLOS.-
¡Sí...! O de Aguilera... O de Serafín Sánchez... Escojo el que más me convenga... Según las circunstancias, según la atmósfera especial... (A LEONEL.) Te pones como un niño bobo. (A ÁNGEL.) ¡No te atolondres!
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LEONEL.-
(Indignado.) Bastante hemos pasado.
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ÁNGEL.-
No hay que llegar a esos extremos. Exponle, simple y llanamente, la verdad.
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LEONEL.-
¿Por qué ocultarla?
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ÁNGEL.-
(Interrumpiendo, mientras continúan las carcajadas de CARLOS.) Que tu padre, Silvio Santana, era el niño lindo en la tropa del Chino Viejo... y que... ¡datos que él conoce al dedillo...! El Chino Viejo le regaló la yegua pinta y el revólver con casco de plata... ¡Enséñaselo...! Ganado se lo tenía... Dile que cuando murió en el combate del cafetal González, el Chino Viejo, que es más duro que un jiquí, se fue aparte y echaba fuego... Dile que... (Sacudiéndolo por los hombros.) ¡Apacíguate, carajo...! Dile que... que estuviste, todavía un bejigo, en la Protesta de Baraguá... Recalca que carecemos de gente para tomar el fortín... y la importancia real de esta empresa. Sacudiremos la isla, Carlos.
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LEONEL.-
(Interrumpiendo.) Exagera un poquito... en cuanto a que te hice venir a la fuerza... y que cuando llegaste te tratamos como a un perro, que te negamos la sal y el agua... y que yo, principalmente yo...
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ÁNGEL.-
(Rotundo.) Mejor cuéntale la cruda realidad.
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LEONEL.-
No lo pienses.
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ÁNGEL.-
La cosa marchará sobre una balsa de aceite.
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LEONEL.-
Nadie te forzó.
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ÁNGEL.-
Viniste porque quisiste.
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LEONEL.-
Debe ser un honor para ti...
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ÁNGEL.-
Hay que salir de este atolladero.
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LEONEL.-
Por principio...
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ÁNGEL.-
Hazlo a conciencia.
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LEONEL.-
Un buen discurso.
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ÁNGEL.-
Aracelio, solo, vale lo que nosotros seis juntos...
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LEONEL.-
Súmale a eso, entonces, con el mapa...
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ÁNGEL.-
Arriésgate.
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LEONEL.-
Es la vida
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CARLOS.-
(En una explosión.) ¡No me hago cómplice! ¿Pensaron que iba a prestarme como mansa paloma? Quienes abandonan a un hombre...
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ÁNGEL.-
(Rápido.) Entiéndenos.
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CARLOS.-
De ningún modo...
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LEONEL.-
En aquella situación...
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CARLOS.-
(Interrumpiendo.) Me saca de quicio. ¡Hay que nacer! ¿Por qué tengo que darle la cara a un asunto que no es mío...? Un hombre es un hombre. Jamás mi padre se hubiera prestado. (Otro tono.) ¿Quieres que lo agarremos? ¿Entre todos...? ¡Estoy dispuesto...! La violencia, si es oportuna...
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ÁNGEL.-
¡La verdad...!
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(Pausa.)
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LEONEL.-
Estás lelo.
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CARLOS.-
¿Y eso lo obligará?
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ÁNGEL.-
Cuando lo conozcas, verás.
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CARLOS.-
(Desesperado.) Entonces, estoy obligado a carabina. (Otro tono.) ¿Quieres? ¿Y si no puedo?
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ÁNGEL.-
¡Sobreponte!
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LEONEL.-
(Violento.) ¡Ay, si el General Antonio estuviera aquí, otro gallo cantaría!
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ÁNGEL.-
Ánimo.
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LEONEL.-
Coraje.
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CARLOS.-
No sé...
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ÁNGEL.-
Te aferras.
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LEONEL.-
Recapacita.
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ÁNGEL.-
Prueba de una vez.
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LEONEL.-
Sacúdete.
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ÁNGEL.-
Recibirás grandes ventajas.
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LEONEL.-
Serás proclamado ante la tropa del Chino Viejo.
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ÁNGEL.-
Haz lo que te digo.
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LEONEL.-
Al final, al final...
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LEONEL.-
(Derrotado.) ¡Está bien!
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(Pausa.)
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ÁNGEL.-
¿Aceptas?
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LEONEL.-
(Suavemente.) ¿Vencerás en ti mismo...?
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(Gesto afirmativo de CARLOS.)
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ÁNGEL.-
Ten presente que la verdad, que la Revolución...
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LEONEL.-
(Interrumpiendo.) ¡Eres la candela, mi hermano!
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ÁNGEL.-
¡Búscalo pues!
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LEONEL.-
Nosotros estaremos entre las rocas y en los simulacros de barricadas, vigilando, y haciendo resistencia a las tropas de Garrido.
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ÁNGEL.-
Dentro de unos segundos tendrás a los escoltas contigo.
(ÁNGEL y LEONEL se van.)
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Escena II
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JUAN, PEDRO y CARLOS.
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(JUAN y PEDRO cargan y revisan las monturas, las alforjas, los paños de loneta, las sogas, los palos, etc. a lo largo de esta escena.)
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JUAN.-
(Entrando. PEDRO lo sigue. En tono bajo.) Alférez, Alférez...
(CARLOS está abstraído, al fondo.)
Si nos concediera una palabrita...
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PEDRO.-
¡Déjalo! No ves que rumia, que rumia...
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JUAN.-
(Violento.) ¿Y qué...? ¡Nos mandaron! (Otro tono.) Si fuera por ti... como estacas en medio del matojo. (Otro tono.) De pronto salta la liebre y, ¿qué vamos a decirle...? Porque supongo que jugamos un papel, ¿no?
(CARLOS, abstraído, se acerca a los escoltas.)
Aquí todo el mundo hace lo que puede, y a la hora de los tiros, nadie se acoquina ni se echa pa tras. Fuego y pa lante. O el machete, compadre, el machete. En Ceiba Grande y en el Quirijal, hay que ver a la gente, descalza, a medio vestir, como gatos subiendo las lomas, y enfrentándose...
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PEDRO.-
¡Cómo te gusta el julepe!
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JUAN.-
¡Aclárame tú entonces!
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PEDRO.-
(Señalando a CARLOS.) Subuso.
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(Saludos militares.)
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JUAN.-
(Titubeante.) Alférez...
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CARLOS.-
(Secamente.) Mantenga la guardia. (Otro tono.) A sus puestos.
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(PEDRO, mientras carga y revisa los enseres, comienza a dar vueltas a un círculo imaginario que ocupa casi todo el escenario. JUAN lo imita en el sentido contrario. CARLOS se sitúa en el centro de la escena.)
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PEDRO.-
Felipe anda reconociendo la zona.
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JUAN.-
Con los troncos que hemos cortado, construimos los simulacros de barricada, tal como se nos ordenó.
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CARLOS.-
Muchachos, mucha precaución. (Otro tono.) Aracelio Fonseca es un tipo de cuidado.
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JUAN.-
(Rápido.) Si aparece, ¿qué le decimos?
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CARLOS.-
¿Ustedes? Nada. (Otro tono.) Hay que evitar los barullos. (Otro tono.) ¡Se alejan!
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PEDRO.-
¿Y usted, Alférez?
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CARLOS.-
Eso es cosa mía.
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JUAN.-
Me da mala espina.
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PEDRO.-
Soy todo ojos.
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JUAN.-
¿Vive aquí?
(Gesto afirmativo de CARLOS.)
¿Solo?
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CARLOS.-
Como alma en pena.
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JUAN.-
Perdone usted tantas preguntas, pero... (Otro tono.) El seso se me hace agua. (Otro tono.) ¿Se habrá ido?
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CARLOS.-
Según dicen, hace una semana, más o menos, quedó por esta parte.
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PEDRO.-
(Interrumpiendo.) Seguramente busca que comer.
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JUAN.-
Andará cazando.
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PEDRO.-
O buscando yerbas.
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CARLOS.-
Algo, indudablemente, estará haciendo. ¿Qué otro recurso le queda?
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JUAN.-
¡Es del carajo!
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PEDRO.-
Sin nadie... y la pierna supurando...
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JUAN.-
Dirás podrida.
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PEDRO.-
Debe ser espantosa la peste.
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JUAN.-
Me lo imagino.
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PEDRO.-
Y los dolores...
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JUAN.-
¡Si fuera eso sólo!
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PEDRO.-
Y el hambre.
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JUAN.-
De pensarlo, me erizo.
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PEDRO.-
¡Qué aguante tiene ese tipo! (Otro tono.) A mí digan lo que digan... Compadre, ¡hay que joderse!
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CARLOS.-
¡No exageres el cuadro, Pedro!
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PEDRO.-
¡Es un macho cuadrado, Alférez!
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CARLOS.-
¡Pues no conoces ni la mitad! En la Guerra Grande y después en la Chiquita... Un soldado, lo que se llama un soldado... La guerra no es juego de bobos, muchachos... (Otro tono.) ¡Mira! (Le enseña una cicatriz que tiene en el cuello y otra en la mano izquierda.) ¡Ahí tienes! (Con orgullo.) ¡Marcas, trofeos! (Otro tono.) Es una lástima que tengamos que conocerlo en estas circunstancias... De él se cuentan historias increíbles... Dicen que en la recurva del Cauto, en el 68... En aquella época ninguno de ustedes levantaba un palmo de tierra...
(Señales o muecas de JUAN.)
¿Qué...? ¿Apareció...? ¿Hay algo?
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JUAN.-
Oí un ruido... unas pisadas.
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PEDRO.-
¡Eres un payaso!
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JUAN.-
¡Lo oí!
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CARLOS.-
(A PEDRO.) ¡Deja al muchacho! (A JUAN. Otro tono.) ¿Dónde? ¿Hacia arriba? ¿Hacia abajo? Debe andar escondido en algún recoveco. ¿Han visto algo?
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PEDRO.-
(Afuera.) Muchas cenizas, restos de palos quemados...
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CARLOS.-
¿Y qué más?
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JUAN.-
(Afuera.) Varias jícaras recién usadas.
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CARLOS.-
¿Están seguros?
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(PEDRO y JUAN regresan.)
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PEDRO.-
Encontramos una cama improvisada de hojas y pajas secas.
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CARLOS.-
No debe andar muy lejos...
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JUAN.-
Bajito, Alférez.
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CARLOS.-
(Rápido.) ¿Qué pasa?
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PEDRO.-
(Rápido.) ¿Ha oído?
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JUAN.-
(Rápido.) Alguien viene.
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PEDRO.-
¿Las tropas de Garrido?
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CARLOS.-
Amárrense los pantalones.
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PEDRO.-
¡Lo que diga, Alférez!
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CARLOS.-
¡Atrás! ¡Preparen las armas! ¡Apártense!
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Escena IV
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Dichos y ARACELIO.
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Al entrar ARACELIO FONSECA, JUAN y PEDRO dan dos pasos hacia atrás, las armas en guardia. FELIPE se levanta. A partir de este momento, JUAN, PEDRO y FELIPE irán construyendo rústicos burros, donde pondrán las monturas. Esto forma parte del juego, del ceremonial, en su primera fase. Las imágenes creadas deben ser vigorosas. Describen la secreta profundidad de los «hombres de a caballo».
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CARLOS.-
(A FELIPE.) ¡Atrás!
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(FELIPE obedece.)
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ARACELIO.-
(Arrastrando la pierna derecha, quejándose, sudoroso y vacilante.) ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay, malditos troncos...! (Otro tono.) Me estoy volviendo loco. No hay duda... He oído voces aquí mismo... Voces de alguien... Tres días y dos noches, es demasiado... (Otro tono.) Más que seguro que las tropas de Garrido andan merodeando... Esos bandoleros de siete suelas... Aunque hace rato se aplacó la gritería... (Pausa. Advierte la presencia de los soldados.) ¡Alto! (Enseña su arma.) ¿De dónde vienen? ¿Están mudos? (A CARLOS.) ¿Cómo han llegado hasta aquí? (Caminando alrededor de ellos, sin acabar de darle crédito a lo que ve.) Mambises, por lo que veo. ¿Dispersos? A la buena de Dios. (Se detiene, vuelve a quejarse espantosamente.) Soy un montón de carroña. (Irónico.) Me dejaron como un perro. (Apenas puede moverse.) ¡Ay! ¡Ay...! (A pesar de quejarse, trata de ocultar su dolor. Pausa. Otro tono.) ¡Vamos, respondan!
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CARLOS.-
(Firme.) Somos mambises, señor.
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ARACELIO.-
(Con alegría.) ¡Mambises...! ¡Carijo, mambises...! (Intenta acercarse, abrazarlos, no puede.) ¡Gracias, Dios mío! ¡Al fin, la verdad...! Sí, sí... Mis ojos no se engañan... Ni espíritus ni musarañas... Están ahí, vivitos y coleando. (Pausa.) Por entre tanto matojo, es difícil. A veces ignora uno cómo orientarse... ¿Se han extraviado?
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(Una risita nerviosa se desata entre los escoltas. Una risita que tratan de contener y no pueden. CARLOS les hace un gesto, indignado. Los escoltas van hacia el fondo por unos instantes. ARACELIO no se da cuenta del gesto de CARLOS. Largas carcajadas.)
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ARACELIO.-
(Receloso.) Algo vienen buscando... Porque así, sin más ni más... Alguna intención... (Otro tono.) ¡Habla! (Violento, agarrándolo por la charretera.) ¿De qué se ríen? (Cesan las carcajadas.) Di... ¿Quién eres?
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CARLOS.-
Suélteme. Ningún derecho tiene usted.
(ARACELIO lo suelta. Pausa.)
Nací, señor, allá, en las cercanías de Guantánamo. Me llamo Carlos Santana, hijo de Silvio, uno de los escoltas del General...
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ARACELIO.-
(Sorprendido.) ¿Silvio? ¿El hijo...? (Interrumpe un gesto de CARLOS.) A ver, muchacho... Tú... ¿El hijo? ¿Estás seguro?
(Pausa. CARLOS va a decir algo, pero ARACELIO lo interrumpe.)
¿Silvio Santana? No juegues, muchacho ¿El Capitán...?
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CARLOS.-
(Rápido.) El mismo.
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ARACELIO.-
¿El mismo...? Estoy pensando que tú... ¿El que en Palo Seco...?
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CARLOS.-
(Rápido.) ¡Con el Chino Viejo!
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ARACELIO.-
¡La alegría más grande...! Tu padre era un hombre de pelo en pecho. Cuando lo conocí, en el incendio de la Socapa... Caray, en realidad, el tiempo vuela. (Otro tono.) Recuerdo que una noche, estábamos de centinelas en la finca de Quintero y hacía un frío que pelaba... Recuerdo que me decía... y me lo decía con orgullo: «Si muero, porque yo sé que no seré hueso viejo, Aracelio... Yo tengo un cachorro preparado. Un cachorro que será un mambí de cuerpo entero...» ¡Y ese eras tú! Todos en la tropa, mi amigo, de trescientos hombres, desde el primero hasta el último, lo querían, por su chispa y buen ánimo... El Chino Viejo, con lo cascarrabias que es, y con lo exigente, se reía y gritaba: «Silvio, Silvio, el día menos pensado...» (Se ríe como un niño.) ¡Qué tipo! (Pausa.) Para mí era como un hermano. (Pausa.) Y, ¿cómo has caído aquí?
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CARLOS.-
¿Aquí? ¡Después de la batalla!
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ARACELIO.-
¡Qué jeringa! Me alegra que no hayas visto la carnicería y el desparramo... (Pausa. Mirándolo fijamente.) ¡Es inadmisible! Pero si en la tropa...
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CARLOS.-
¿Pertenecía usted a ella?
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ARACELIO.-
Tienes que conocerme.
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CARLOS.-
Nunca lo vi.
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ARACELIO.-
¿Nunca? ¡Júramelo!
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CARLOS.-
(En tono de broma.) ¡Desconfiado!
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ARACELIO.-
¡Qué extraño! ¿No me has oído mentar? ¿De veras...? ¿Ignoras lo que me ha pasado, que mi pierna...?
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CARLOS.-
Para qué mentirle.
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(Pausa.)
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ARACELIO.-
(Dando grandes zancadas.) ¿Es tanta mi desgracia? ¿Es tanto el odio...? Carajo, ninguno de los míos conoce la verdad.
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CARLOS.-
Señor... yo...
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ARACELIO.-
¡Muchacho! (Se golpea el pecho. Firme, orgulloso.) Yo soy Aracelio Fonseca, Coronel del Ejército Libertador y escolta personal del General Suárez.
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CARLOS.-
(Fingiendo, nervioso.) ¿Será posible...? Señor, perdón, Coronel...
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(Saludo militar.)
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ARACELIO.-
¡Déjate de cumplidos!
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CARLOS.-
Lo que yo he oído, ¡la cantidad de historias...! Hasta en mis sueños lo he visto, sin conocerlo, coronel... Y aparecía igualito... Con su barba... (Se arrodilla para recibir la bendición.) Mi primo José Luis contaba...
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ARACELIO.-
¡Levántate! (Le palmea los hombros.) ¡Cachorro!
(CARLOS se incorpora. Más amable.)
¡Cómo tu padre serás un león!
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(Pausa.)
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CARLOS.-
¿Y como usted, en esta situación?
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ARACELIO.-
¡El cuento de nunca acabar...! ¡Unos cuatreros, hijo! Porque esos no son mambises ni la cabeza de un pato... Hombres que se comportan como miserables. ¡Peores que las tropas de Garrido! ¡Y es bastante decir! ¡Coño, si estuviera a mi alcance...! Tú sabes que yo... En la Guerra Grande desde que empezó... El Chino Viejo, en una ocasión que nos encontramos, me dijo: «Conmigo te quedas...» Luego, tres o cuatro años más tarde, en una entrevista que tuvo el General Antonio con el Chino Viejo, decidieron que yo hacía falta para reforzar la tropa del General Antonio... El Chino Viejo, a regañadientes, me soltó... «Te vas, pero tienes que volver», masculló, mientras me abrazaba. (Pausa. Suspira.) Yo ahora, cuando supe que venía el General Suárez... «A sus órdenes, mi General...» Que Dios lo tenga en la gloria... (Pausa.) Uno se acostumbra. ¡La guerra es la guerra...! Y hasta que esos cabrones españoles no salgan de esta tierra... ¡Es la verdad! (Sonríe.) A darles fuego, como al macao.
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CARLOS.-
De todo lo que me ha dicho, todavía...
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ARACELIO.-
(Irritado.) ¡Déjame terminar! (Otro tono.) ¿Te aburres?
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CARLOS.-
¡La impaciencia me mata!
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ARACELIO.-
¡Ahora verás! ¿Por dónde iba? Ah...
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CARLOS.-
(Interrumpiendo.) Lo que iba a decirme...
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ARACELIO.-
(Interrumpiendo.) He perdido el hilo. Me confundo. Es como un vacío, un hueco. (Trata de ocultar los dolores de la pierna.)
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CARLOS.-
¿Algo malo? ¿Qué le ocurre?
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ARACELIO.-
Esta pierna... (Busca alrededor suyo.)
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CARLOS.-
Yo lo ayudaré. (Recogen unos yerbajos.) ¿Son estas hierbas?
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ARACELIO.-
(Gesto afirmativo. Se queja. Pausa.) Por momentos, los dolores me trastornan. (Pone unos yerbajos sobre la pierna.) Dentro de un ratico me alivio. ¿Por qué pones esa cara?
(CARLOS intenta decir algo. ARACELIO lo interrumpe.)
El caso es que... ¡Figúrate tú! Hecho una etcétera...
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CARLOS.-
¡Otra vez vuelve a lo mismo!
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ARACELIO.-
(Molesto.) ¡Ahora me exiges!
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CARLOS.-
(Suave. Encogiendo los hombros.) Está claro que con usted no se puede hablar.
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ARACELIO.-
¡No me interrumpas! (Otro tono.) Todo eso me asquea. (Otro tono.) ¡Déjame! (Otro tono.) Oh, perdón. (Mira a CARLOS, suplicante.) Apenas sé lo que digo. (Pausa. Otro tono.) He olvidado un poco el orden. Hay cosas que uno, muchacho, aunque quiera contarlas, punto por punto, se ve imposibilitado. Algo le falta. Algo está roto. Y si se habla de ellas cae uno, sin proponérselo, en el aire. (Pausa breve. Otro tono.) Qué cosa, Dios mío. Es igual que un sueño. Giramos, giramos. En el vacío, globos, hojas... Ignoro si fue un día o muchos... Se agolpan, se entrecruzan... Yo sudaba fiebre. ¿A causa de qué...? La verdad se me atraganta. Algún arañazo, alguna herida... La resolana, el cansancio, la poca comida. (Otro tono.) Habíamos pasado por la finca de los Muñoz, de los Pitises, por Dos Brazos... Y estábamos a unas cuantas leguas de la zona de Palmarito, por estos contornos... Quizás esté cambiando, mezclando... A uno se le escapan mil detalles... Lo que te aseguro es que lo veo como si estuviera ocurriendo ahora... Las tropas de Garrido se escurrían, entre los yerbazales, como gatos jíbaros. (Pausa. Se transfigura.) Suárez se me acerca... Durante todo el día estuvieron reunidos... Asuntos, problemas, discusiones... A ciencia cierta, ahora no recuerdo... Creo que era la táctica a seguir... Yo estaba tirado debajo de una seiba. Volaba en calentura, pero sin rechistar. El airecito aquel era una bendición... «Aquí me tienes». Y me entregó un mapa... Un mapa, amigo mío... «¿Por qué, General?» Se sonrió. Los ojos se le iluminaron. Se me acercó... (Rengueando se acerca a CARLOS, luego mira, con gran sigilo, a su alrededor.) «El fortín de la Candelaria es un punto estratégico, el lugar que alimenta de armas al enemigo en toda la provincia. Prácticamente, un arsenal de guerra. Tú eres el designado para tomarlo, aprovisionar a la tropa, y después devastarlo. Eso significa que si tú cumples el objetivo, realizarás la epopeya más grande de la Revolución. Es como si te posesionaras de la Isla de Cuba. Aracelio, la primera operación que debes llevar a cabo...»
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CARLOS.-
¿Eso te dijo?
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ARACELIO.-
Y yo, sin poderme aguantar, se me saltaban las lágrimas. (Pausa breve. Otro tono.) «He dedicado buena parte de mis noches a trabajar y analizar el terreno. Tomando esa posición, cumples una meta. La isla en tus manos. Demostrarás al enemigo nuestra fuerza, los vecinos de la zona serán liberados, nuestras tropas crecerán convencidas de que ganaremos, y con ese impulso, nadie podrá detenernos». «General, yo...»
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CARLOS.-
(Interrumpiendo.) Es extraordinario...
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ARACELIO.-
Admito que no podía creerlo. (Pausa breve. Otro tono.) «Vadeando las montañas, evitarás cualquier cerco. En forma de zigzag...» «¿Y usted, General?» «¿Yo?» (Otro tono.) Sospecho que me quedé dormido. O empezó un tiroteo. La columna de Garrido, carajo, ¡como un aurero! (Otro tono.) «Afinca, muchacho». (Otro tono.) Es posible que fuera de madrugada. Salí, encañoné el rifle. «¡General Suárez...!» Rastreándome, entre los cascos de los caballos... El olor de la pólvora... Coño, al menor descuido, en la golilla. (Otro tono.) Era una imprudencia a las claras. Lo reconozco. Pero tenía que salvarle el pellejo al General... Vinieron varias descargas de plomo y sentí que se me quebraba la pierna... ¡No! Eso lo sentí más tarde. (Otro tono.) «General, General». (Solloza. Pausa.) Traté de incorporarme. La pierna del pantalón estaba empapada en sangre. Ángel y su primo Leonel, a mi lado... (Sobresaltado.) «¿Y el General? ¿Y Suárez?» «Nada pudimos hacer. Se apoderaron del cadáver, por mucho que forcejeamos. Nada, nada. Mi tío Indalecio, como un cohete, se internó en la manigua. Andamos sin rienda y sin montura...» (Rápido.) «Qué roña, ustedes...» (Rápido.) Me quitaron la palabra de la boca. «Tenemos que dejarte. Esto huele a chamusquina. Tu caballo lo mataron. Y, a todas luces, parece que las tropas de Garrido están trazando un cerco. Vámonos». (Rápido.) «Aguanten, coño. Tienen que llevarme. Me han confiado una misión». «La pierna me dolía y la fiebre, sí, la fiebre, y la sed...» (Jadeante.) Hay que tomar y devastar el fortín de la Candelaria, a ver si echamos a esos cabrones de la isla. Aquí tengo el mapa. Suárez me lo entregó. (Pausa.) «Estaba como loco, revolviéndome, allí, con aquellos dolores, y luego, éstos...» «Dame el mapa». «¿Cómo?» «Dame el mapa», «Ni muerto». (Otro tono.) A brazo partido, nos enredamos. Leonel, viendo que no podían conmigo, sacó el revólver... Ángel dijo: «Vamos».
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JUAN.-
¡Degenerados! |
PEDRO.-
Merecen que los cuelguen...
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CARLOS.-
(Interrumpiéndolos. A ARACELIO.) ¡A mí también...! Algo parecido.
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ARACELIO.-
(Interrumpiendo.) ¿A ti?
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CARLOS.-
Si tengo un chance... A los dos, algún día, los hago polvo.
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ARACELIO.-
Son de argolla y faja. (Otro tono.) Y, ¿qué fue? (Otro tono.) Por tu cara se ve que pinta feo.
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CARLOS.-
Cuando pienso que los nuestros son capaces de semejantes porquerías... (Otro tono.) Es darle gusto al enemigo. (Otro tono.) ¡Miren, miren cómo se fajan entre ellos!
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ARACELIO.-
¡Convéncete! ¡Viven a la desbandada! |
CARLOS.-
Lo mejor, como dice el refrán, «échale tierra y tápalo».
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ARACELIO.-
¿Y vas a quedarte así? |
CARLOS.-
¿Vale la pena hacer algo?
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ARACELIO.-
(Violento.) A mí, esa filosofía, no... ¡Jódete tú! Yo... ¡ojo por ojo y diente por diente! |
CARLOS.-
Nada vamos a remediar.
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ARACELIO.-
Es bueno, hijo, que se sepa. Porque si tú, de un modo o de otro, te lo tragas... (Frenético.) ¿Por qué no hablarlo? ¿Por qué no gritarlo a los cuatro vientos? ¡La verdad! ¡La verdad! (Rotundo.) ¡No! Yo no pienso como tú. A los desmadrados, ¡guerra sin cuartel!
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CARLOS.-
No es el momento, General.
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ARACELIO.-
¿Cómo que no es el momento? ¿Tendremos que permanecer como estatuas de piedra esperando el momento? ¿Cuándo, dime, cuándo será? (Se precipita sobre CARLOS.) |
CARLOS.-
A río revuelto...
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ARACELIO.-
(Fuera de sí.) ¡Dímelo! ¿Cuándo? (Pausa larga. Se aparta de CARLOS, lentamente.) ¿Y lo tuyo? |
CARLOS.-
¡No sé cómo empezar!
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ARACELIO.-
(Mirándolo fijamente.) Con la verdad en la mano, cualquiera hace de mí lo que quiera.
(CARLOS rehúye la mirada.)
Ninguna confianza muestras. (Otro tono.) ¿Piensas que yo, en una oportunidad, pueda irme de la lengua?
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CARLOS.-
(En un exabrupto.) ¡Me atosigas! ¡Estoy harto! Siempre lo mismo... ¡Soy hombre, coño! ¡Sé lo que hago! ¡Sé lo que digo! ¡Sé lo que pienso! Déjame... (Otro tono.) No, eso no... (Otro tono.) ¿Crees que soy imbécil, que algo no me funciona? (Exaltado.) ¿Qué quieres? Dígame. O me voy a volver loco. (Pausa. Logra reponerse. Otro tono.) Miro hacia arriba, veo las estrellas, y digo: «Ahí están ustedes como testigos. Ustedes, mejor que yo, pueden cerciorarse si tengo o no razón... La imagen de mi padre me sigue, me persigue... Se agita dentro... Sueño con él... Imposible remediarlo. Su entereza, su pulcritud en el afecto...» (Pausa. Ahogado entre sollozos.) ¡Esperas sacarme todo lo que doy! ¡Qué perorata! ¡La verdad! (Pausa. Otro tono.) Yo mismo veo, allá en la tierrita, que las gentes se van como en remolinos y dejan sus parcelas abandonadas, y la vieja que lloriqueaba por los rincones, como ánima del purgatorio, con una eterna matraquilla, vete al pueblo, vete al pueblo, y yo me voy, y empiezo a trabajar en una herrería, pero la hambruna era de apaga y vámonos, y entonces me encuentro que la gente del pueblo deja sus casas, lo deja todo, y me miran como a bicho raro, ¿vas a trabajar para los españoles? ¡A la manigua! ¡A la manigua! (Sofocado.) De carretilla quisieras, aunque me comiera los hígados, que despotricara... Pues ya lo ves, eso estoy haciendo. Es una lástima que no llegues a comprenderme.
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ARACELIO.-
Formas una revertera. |
CARLOS.-
(Gritando.) ¡Aguántenme! |
ARACELIO.-
(Indefenso.) Como un bólido... |
CARLOS.-
Usted quiere que le cante, que le cante... ¿No es cierto? Usted quiere que le diga lo que fue. Usted quiere la verdad. ¿Sí o no? ¡Bien! Con pelos y señales. Usted dice: «A este bobo lo he calado. En tres y dos me lo meto en el bolsillo. Suelta prenda, ¡chiquito!» ¡Bien! ¡De acuerdo! Cantaré hasta cansarme. No podrá detenerme. Como un grifo de agua, como un temblor de tierra, como una avalancha. ¡Zumbaré! Aprovéchese de mi odio. Aprovéchese de mi mala sangre. (Pausa breve.) Ángel y Leonel me engatusaron. Me prometieron villas y castillos. Me dijeron que el General Antonio, que Flor Crombet, que Quintín Banderas, que Guillermo Moneada, que Saturnino Lora... ¡Vaya, que los tiros estaban sonando...! Como un guanajo: «Voy por buen camino». Sin pensarlo, agarré el caballo y con estos vecinos de la zona nos metimos en la manigua. Al encontrarnos con Ángel y Leonel en la casa del camagüeyano, donde el General Antonio y Flor se entrevistaban con la gente, la cosa cambió. Ángel me llama aparte y me exige que le dé lo que traigo encima. Pero, ¿y esto? ¿Cómo es posible...? Me quedé aturrullado. Le dije que mi padre Silvio Santana, que el Chino Viejo, en la Guerra Grande, que yo, en los mangos de Baraguá... «Eso no me interesa. Puedes ser un infiltrado. Un traidor...» Le aseguro que no... Juro y perjuro. Ni el más mínimo caso. «Confiesa». Yo, Coronel, temblaba de ira, de odio. «Te vamos a fusilar». «Señor, yo le juro... Soy hijo de mambí... No puedo traicionar... ¿Cómo...? Si la Revolución es cosa mía...» (Pausa.) Al fin pude escaparme, y ellos... (Señala a los escoltas.) ¿Satisfecho?
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JUAN.-
(Fingiendo.) ¡Es para matarlos! |
PEDRO.-
(Entre risas y gran sarcasmo.) ¡Síguele la corriente! |
FELIPE.-
¡Cállense! |
PEDRO.-
La verdad, mi socio... |
FELIPE.-
¡Con un tapón...!
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ARACELIO.-
(Confuso.) Si es verdad lo que me cuentas... (Otro tono.) ¿Cómo no me enteré? Yo formaba parte con el General Suárez y con Indalecio Cruz... y estuve en la entrevista con el camagüeyano y la gente... (Otro tono.) Es para haberle plantado los caballos, como quien dice. (Otro tono.) Cuando los agarres... |
CARLOS.-
¡Lo tengo jurado!
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ARACELIO.-
No demorará mucho, porque a pesar de mi pierna.
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CARLOS.-
Confías demasiado.
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ARACELIO.-
Pronto me conocerás, muchacho. Guajiro, guajiro de tierra adentro, guajiro de verdad, allá donde se pierde la jutía... (Otro tono.) ¡Soy capaz...! En el estado en que estoy, sin apenas poderme valer, me sobra esperanza. (Otro tono.) El mal, no te apures, no será hoy, no será mañana... ¡Pero exigiré!
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CARLOS.-
Te confieso que yo tendré sumo cuidado... La mayoría de las veces la gente buena desaparece y esos bribones andan haciendo de las suyas. Y con tipos de tal calaña, ¡me niego! (Pausa.) Volveré al rancho, me ocuparé de mi madre y de mis hermanas, sembraré la tierra y... y después me buscaré un trabajito, para ir tirando, en el pueblo.
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ARACELIO.-
¿Te vas?
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CARLOS.-
Si, nos vamos.
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ARACELIO.-
No seas chiquillo. (Otro tono.) ¿Dejas la Revolución ¿Dejas la verdad? (Pausa.) Las tropas de Garrido, al menor instante cuando asomes la cabeza...
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CARLOS.-
Yo me entiendo. (Otro tono.) Para llegar hasta aquí me burlé del cerco...
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ARACELIO.-
¿Pudiste?
(Gesto indefinido de CARLOS. Transfiguración de ARACELIO que, en su delirio, apenas ha tenido tiempo para reflexionar.)
Pero, por lo que más quieras... Te ruego, te suplico que no me dejes. Llévame contigo. Sácame de aquí... Y yo me iré, a como sea, por el bajío de las Palomas Muertas, y cruzaré la sabana de las Tres Cruces hasta llegar al camino de San Benito para buscar un enlace...
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CARLOS.-
(Perplejo.) ¿Que te lleve, dices?
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ARACELIO.-
Sí, como un trasto viejo. Compláceme... Que te recompensaré...
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CARLOS.-
(Con intención.) ¿Con qué?
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ARACELIO.-
Detrás, en las ancas del caballo, ¿qué pierdes? A nadie molestaré. (Como un niño.) Di que sí. (En un acto desesperado, cae de rodillas.) Aunque sea cojo. ¡Sácame de este atascadero!
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CARLOS.-
¡Levántese, Coronel! (Ayuda a incorporar a ARACELIO.)
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ARACELIO.-
¡Un favor, por piedad! (Otro tono.) Después sabrás lo que es un amigo. (Otro tono.) Me es camino... Con un esfuercito, sin agitarse... ¿Por qué no vienes conmigo?
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PEDRO.-
(Con intención, a CARLOS.) Una caridad, compadre.
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JUAN.-
(Con intención, a CARLOS.) Llévalo, total...
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CARLOS.-
(A FELIPE.) ¿Y si se niega después?
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FELIPE.-
No le des más vuelta. Aquí nos la jugamos toda. Como hace la mayoría... ¡Libertad o muerte! (Otro tono.) Allá en el caserío de las Dos Piedras, a medianoche, a machete limpio, sin reparar en nada, ni en nadie, la gente combate duro... ¡Tú decides!
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CARLOS.-
(A ARACELIO.) ¡Vamos!
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(Los escoltas se van. CARLOS toma del brazo a ARACELIO y caminan juntos, lentamente.)
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Escena VII
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Dichos y el VENDEDOR AMBULANTE.
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VENDEDOR.-
(Afuera.) Baratijas para las damas enamoradas. Pañuelos, perfumes.
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(Entra el VENDEDOR AMBULANTE. Esquelético, pintarrajeado, vestido de hojas silvestres, yerbajos, raíces y tela de yute, de la cintura a los pies. El resto del cuerpo desnudo. Carga a sus espaldas un maletín de madera raída. Colgado a la cintura trae un tambor rústico que golpea con un palillo enorme. En la mano izquierda sujeta un paraguas o sombrilla china, desvencijada: le cuelga en el brazo izquierdo un asiento portátil de troncos y cuero duro.)
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VENDEDOR.-
Aromas de Arabia. ¡La guerra ha empezado! |
CARLOS.-
¡A un lado! ¡Atrás!
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(Los escoltas bajan las armas. El VENDEDOR AMBULANTE, ignorando la presencia de los otros personajes, se mueve con una dignidad imprevista, casi solemne. Su voz es a veces chillona, a veces aflautada, a veces ronca.)
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VENDEDOR.-
Los palos del monte, señoras, caballeros. Los palos del cielo. Conchas, estrellas, flautas de jade. ¡La guerra! Yemas de coco, mensajes, sortijas, culebras. Rompe-zaragüey, escoba amarga, guizaso de Baracoa, para las enfermedades del riñón. Itamo real, yerba mora, trepadora, mastuerzo, paraíso, rosedá. ¡La guerra! Ateje, algodón, belladona, mar pacífico, culantrillo, jobo, higuereta, flor del río, flor del agua... Maravilla, cundeamor, curujay, campana blanca, campana morada, albahaca, verdolaga, mariposa. ¡La guerra! ¡El pueblo de Cuba está en pie de guerra!
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(El VENDEDOR AMBULANTE deja de tocar. Se detiene con un golpe seco en el suelo. Sitúa la sillita portátil en primer plano. Pone la sombrilla a un lado. Se zafa el tambor y lo pone en el lado opuesto de la sombrilla. Descuelga la maleta. Respira hondo. Hace breve ejercicio de calistenia.)
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PEDRO.-
Es un provocador. |
JUAN.-
O un chivato. |
FELIPE.-
Alejémonos. |
CARLOS.-
¡Quietos!
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FELIPE.-
Mejor sería... (Levanta el arma.) |
CARLOS.-
¡Un paso atrás!
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VENDEDOR.-
(Gritando.) ¡El pueblo de Cuba está en pie de guerra! (Mirando al grupo.) ¡Ay de aquel menguado y falto de fe! (Se sienta.) El monte se llena de espíritus... (Toma la maleta.) Municiones y explosivos... ¡Bam-bam-bam...! Municiones y explosivos... ¡Pum-pum-pum!
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PEDRO.-
Este tipo, Alférez...
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JUAN.-
Agita, bobo.
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FELIPE.-
Con esa maleta...
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CARLOS.-
(A FELIPE.) Averigua.
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(FELIPE se acerca al VENDEDOR.)
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FELIPE.-
Eh, tú. ¿Como te llamas? ¿Qué haces?
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(El VENDEDOR permanece inmutable.)
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VENDEDOR.-
¡Baratijas para las damas enamoradas! Pañuelos, perfumes. Aroma de Arabia. Palos del monte, señoras, caballeros.
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FELIPE.-
¿Estás sordo? (Le encañona.) ¡Contesta!
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VENDEDOR.-
Los palos del cielo. Conchas, estrellas, flautas de jade... ¡La guerra! ¡La guerra!
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CARLOS.-
(A FELIPE.) ¡Déjame a mí! (Al VENDEDOR.) Señor...
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VENDEDOR.-
Eliecer... Me llamo Eliecer... Algodón, belladona, mar pacífico, flor del río, flor del agua...
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CARLOS.-
¿Qué traes ahí?
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VENDEDOR.-
(Con una risita extraña.) ¿Ahí? (Pausa. Con sigilo.) Caracoles, maravilla, cundeamor, campana blanca, campana morada, verdolaga, mariposa, albahaca. Municiones, explosivos... ¡Bam-bam-bam!
(Los otros personajes dan un paso hacia atrás, atemorizados.)
Lo invisible.
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CARLOS.-
¿Lo invisible?
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VENDEDOR.-
Sí, lo invisible.
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CARLOS.-
¿Puedo verlo?
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VENDEDOR.-
¡Si te atreves!
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CARLOS.-
¡Enséñamelo!
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VENDEDOR.-
(De un salto, se pone de pie. Poseído, extraño.) Ah, Olorum. (Cae de rodillas. Riega ron de una botella.) Todo viene de arriba, pero está abajo y en todas partes. (Golpea tres veces en el suelo.) Olodumare. Bendito seas. (Extiende los brazos a CARLOS.) Tú eres el hijo de Silvio Santana... eh, muchacho.
(CARLOS asiente.)
Mira... (Abre la maleta. Está vacía. Se ríe misteriosamente.) El enigma es un ardid. (Se pone de pie, nuevamente.) Traigo un mensaje.
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CARLOS.-
¿Un qué?
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VENDEDOR.-
No vociferes... Entre tú y yo... Algo que te interesa.
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CARLOS.-
Venga.
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VENDEDOR.-
Tramando planes.
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CARLOS.-
¿Quiénes?
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VENDEDOR.-
Ángel y Leonel.
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CARLOS.-
¿Los conoces?
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VENDEDOR.-
Entre las rocas y las barricadas.
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CARLOS.-
¿Estás seguro?
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VENDEDOR.-
Cómo estoy vivo.
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CARLOS.-
Afloja, corre.
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VENDEDOR.-
Dicen que te demoras.
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CARLOS.-
(Violento.) Bonita gracia.
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VENDEDOR.-
Que no has cumplido.
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CARLOS.-
¿Por qué ellos...?
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VENDEDOR.-
Te repito lo que he oído.
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CARLOS.-
Hago lo que puedo.
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VENDEDOR.-
Hacia acá se dirigen...
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CARLOS.-
¿Qué Ángel...?
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VENDEDOR.-
Como oyes.
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CARLOS.-
Imposible creerlo.
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VENDEDOR.-
Bufando y encabronados...
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CARLOS.-
Pero...
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VENDEDOR.-
Los dos.
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CARLOS.-
Ellos sabían...
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VENDEDOR.-
¡Ejem!
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CARLOS.-
Ahora mismo...
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(En su arrebato, intenta salir; el VENDEDOR lo detiene.)
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VENDEDOR.-
Las tropas de Garrido están emboscadas en toda la zona. El cerco es monstruoso. Jugando cabeza casi es una locura salir de aquí. Entérate, si no lo sabes, que la gente que quedaba en Manzanillo y Bayamo por hambruna se han ido a la manigua, que todos, todos se sacrifican. (Otro tono.) Leonel te echará el guante... Ángel se encargará del otro. (Señala a ARACELIO.) ¿Es ése?
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CARLOS.-
Sí.
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VENDEDOR.-
Mi madre, sacúdete.
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ARACELIO.-
¿Qué se trae ese hombre?
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CARLOS.-
Si le diera crédito... (Al VENDEDOR.) Dile lo que tienes que decir.
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VENDEDOR.-
¿Yo? Conmigo no pienses que... (Cierra la maleta y se la cuelga a las espaldas.) Y si luego la cosa... (Se amarra el tambor a la cintura.) Tú eres bobo. Bastante hice. Estás advertido.
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ARACELIO.-
No saldrás.
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VENDEDOR.-
A cambio me pagan... (Se cuelga la silla portátil al hombro. Los escoltas lo rodean en semicírculo. Toma la sombrilla.) Nada de violencia. Metiéndome miedo, sólo conseguirán... Si hay justicia.
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CARLOS.-
¡Déjenlo!
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VENDEDOR.-
Seguiré camino... Hacia el norte, hacia el sur, hacia el este, hacia el oeste...
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ARACELIO.-
Pero, ¿cómo puede?
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VENDEDOR.-
Baratijas para las damas enamoradas. Pañuelos, perfumes. Aromas de Arabia. Los palos del monte, señoras, caballeros. Los palos del cielo. Conchas, estrellas, flautas de jade. Yemas de coco, mensajes, sortijas, culebras. Itamo real, rompe-zaragüey. ¡La guerra! ¡La guerra!
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