«Cola de lagartija». Cocina literaria
Luisa Valenzuela
1980, expatriación semivoluntaria en Nueva York, vacaciones en México. Esas eran mis circunstancias cuando me asaltó una pregunta: ¿por qué los argentinos, supuestamente tan alfabetizados, aggiornados, actuales, pudimos caer en manos de un brujo? José López Rega, Lopecito, el autor de libros de astrología esotérica y hechizos y también el gestor de la Triple A y de todo el horror que había llevado a nuestro país al punto donde se encontraba entonces.
La respuesta a tamaña pregunta no podía llegar por carriles racionales. De los brumosos terrenos míticos en los que me sumergí empezó a manar una novela. La profecía de don Bosco: correrá un río de sangre y después vendrán veinte años de paz, desencadenó la trama. El brujo no quiere la paz, el brujo quiere perpetuar el horror, quiere el poder omnímodo. Secretamente asesora a los militares en el gobierno, un grupo de civiles se le enfrenta. Él ha hecho su refugio cerca de los esteros del Iberá, él tiene tres testículos e insiste que el del medio es su hermana embrionaria, Estrella. Embarazar a esa «hermana» y tener un hijo de sí mismo es el proyecto gracias al cual dominará el mundo.
Titulé la novela Cola de lagartija, el nombre de un látigo que se usó el siglo pasado en Corrientes para castigar a los rebeldes. Escribirla fue una experiencia muy intensa. Le di la palabra al Brujo para no condenarlo de antemano, tomé la palabra de a ratos para enfrentarlo sin demasiado éxito (los locos siempre pueden más y mejor). No necesité hacer investigación alguna, con los datos reales y mitológicos que tenía sobre el ex ministro de Bienestar Social (vaya la paradoja) me alcanzó de sobra para esta ficción donde la megalomanía crece hasta alcanzar proporciones de escándalo.
Otros protagonistas de nuestra historia reciente aparecen tras claras máscaras: el Generalisísimo, la Muerta, la Presidenta. Y sobre todo afloran las ansias desmesuradas de eternizarse en el poder. Tema que ya empieza a ser recurrente, mal que nos pese: los argentinos tenemos una dramática propensión a repetir la historia, y no necesariamente como farsa...
Las preguntas suelen serme muy útiles. Sobre todo cuando no hay una fácil respuesta. Entonces, con mucha suerte, puede ir surgiendo algo que empezará a cobrar forma de novela. Como trabajo de indagación, como espeleología en las propias cavernas a ver por dónde aparecerá un atisbo de luz.
Eso es escribir. Todo lo demás es caca de perro: algo que al rato se pone duro y ni el mal olor le queda.