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Con «Cancionero y romancero de ausencias» y «La casa encendida» escriben su mejor poesía: es la factura sentimental e íntima que les había pasado la violencia

Luis García Montero

Los destinos se cruzan y se alejan siguiendo itinerarios poco previsibles. Las cercanías pueden convertirse en abismos y las distancias en misterios comunicantes. Miguel Hernández y Luis Rosales, dos grandes poetas del siglo XX, nacieron en 1910. La vida los acercó y los alejó y los volvió a juntar formando un argumento cargado de interés para el lector de poesía. Sus destinos no deben servir para inventar quiméricas teorías sobre la guerra civil española, caminos intermedios que tienen más que ver con las reflexiones del presente que con la realidad de 1936. Pero pueden iluminarnos sobre los procedimientos sigilosos de la poesía.

Miguel Hernández era un muchacho descarado y seguro de sí mismo, dispuesto a crecer como poeta y a sobresalir en el ambiente del catolicismo conservador de Orihuela, con el mismo ímpetu que gastó después en su vida madrileña y durante la guerra civil para destacar en el compromiso republicano y comunista. No había dudado en escribir poemas y obras de teatro en defensa del orden tradicional y del respeto a Dios frente a los movimientos revolucionarios, y tampoco dudó apenas un año más tarde en tomar partido en su literatura contra la Iglesia y los poderes internacionales del fascismo. Luis Rosales era un muchacho tímido, agazapado siempre detrás de una prudente lentitud y de unas gafas grandes de miope, que vivió bajo el amparo de un catolicismo discreto y profundo tanto en los años republicanos como después del golpe de Estado de 1936. Su lectura minuciosa de García Lorca, de Alberti, de Guillén, sirvió de sedimento estético, pero tuvo que interpretar esta herencia con una mirada propia de católico que no podía asumir con tranquilidad una definición laica del mundo.

Cuando los dos coinciden en 1935, en el último número de El gallo crisis, la revista del católico Ramón Sijé, Miguel Hernández está empezando a cambiar. Utiliza ya su maestría en el verso para darle entrada a una realidad urbana y sentimental negativa, en la que la sensualidad se mezcla con la carencia. Es el mundo que al año siguiente madura en El rayo que no cesa. Atrás habían quedado los ejercicios gongorinos de Perito en lunas, un libro de juegos retóricos. Luis Rosales mantiene la lección formal de Jorge Guillén para dar cauce a una religiosidad positiva, dominante en Abril, su primer libro. El rayo que no cesa y Abril son dos obras importantes en una generación que quiere reivindicar la estrofa después de que los hermanos mayores del 27 hubieran apostado por los caminos movedizos del surrealismo.

Alberti, García Lorca y Cernuda habían demostrado en sus primeros libros un diálogo fértil entra la tradición y la vanguardia, recuperando la estrofa culta (el soneto, la décima, los tercetos encadenados) o las elaboraciones neopopulares de la poesía tradicional (el romance, la canción lírica). Juan Ramón fue un maestro en los dos caminos. el famoso homenaje a Góngora en 1927 supuso una apuesta por leer con ojos vanguardistas la tradición y legitimar en el pasado los ideales de la poesía pura, cercana al cubismo o a la deshumanización.

Pero al final de los años 20 el ideal de la pureza queda roto por una conciencia trágica que descubre la falta de sentido, el vacío del mundo y la impotencia de la razón para ordenar el caos de la realidad. Nacen así libros como Sobre los ángeles, Poeta en Nueva York o Un río, un amor, en los que la rebeldía y la lucidez ética adquieren la forma del grito, la queja desde el propio corazón del estilo descuartizado. La sabiduría técnica, que antes había servido para crear evasiones abstractas y juegos conceptuales, sirve ahora para exponer una nueva forma de evasión irracional, cercana al surrealismo, en el que la desesperación sentimental se atreve con lucidez y sin consuelo a descubrir la nada, las precariedades de la realidad y las fracturas del sujeto.

Algunos jóvenes poetas que habían dado sus primeros pasos en los años 30 se sintieron incómodos con esta radicalización que no podían asumir desde una sentimentalidad católica. Por eso recordaron la vuelta a la estrofa de los primeros años de la generación del 27 y siguieron con la lección de los clásicos. Un soneto, una décima, un romance, les vestía mejor que un grito. Claro que tampoco pudieron acomodarse al diálogo entre tradición y vanguardia que había caracterizado a los mayores. Cada mirada necesita su vocabulario y Rosales procura recomponer las relaciones entre el pasado y el presente con una terminología de carácter cristiano: la memoria y la esperanza. Miguel Hernández, por su parte, con poca formación intelectual, pero con una fuerza poética asombrosa, se preocupa menos por la configuración ideológica de su mundo y utiliza la estrofa clásica (la silba, los tercetos, los sonetos) para expresar sus desarreglos vitales. Antes que el compromiso político, le cambia su mundo estético la necesidad de encauzar una pulsión vital y erótica que no encuentra acomodo en la realidad. Pocos libros tan ardientes y tan insatisfechos como El rayo que no cesa.

Pero ninguno de los dos poetas pudo encastillarse en el refugio del clasicismo, porque los tiempos iban a soplar de forma huracanada. Luis Rosales y Miguel Hernández asumieron a la vez, por ejemplo, el impacto de la Residencia en la tierra de un Pablo Neruda recién llegado a España. Comprendieron entonces el sentido neorromántico de la humanización de la poesía, las lecciones surrealistas y las ventajas de una poética que podía unir la metáfora fulgurante y la vida cotidiana. En una foto del año 1935, se ve a un grupo de poetas que se ha reunido en Madrid, en el Restaurante Buenos Aires, para homenajear la salida de La destrucción y el amor de Vicente Aleixandre. De pie, empezando por la izquierda, aparecen enseguida Miguel Hernández y Luis Rosales. Allí se encuentran los dos entre sus compañeros de generación, Neruda y los maestros del 27. Miguel sonríe mirando hacia el grupo. Rosales mira hacia la cámara defendido por sus gafas.

La guerra, que impidió con sus urgencias una asimilación momentánea y natural del surrealismo entre los más jóvenes, separó el camino de los dos poetas. Miguel Hernández apostó por la defensa de la República y por una poesía combativa que recogió en Viento del pueblo y El hombre acecha. La poesía paga factura en tiempos de guerra, por mucho que el compromiso humano sea admirable. Las consignas ocupan de manera obligatoria más espacio que el matiz humano, verdadero poder de la poesía. Pero composiciones como «El niño yuntero» o «Llamo a los poetas», demuestran que una voz verdadera puede conseguir logros líricos en las situaciones más difíciles. Luis Rosales apoyó el golpe militar, pero se sintió incómodo como poeta en medio de las batallas y solo publicó unas pocas colaboraciones coyunturales.

Cuando la España democrática fue derrotada, se abrió aún más la trinchera que separaba la vida de los dos poetas. Miguel Hernández penó en la cárcel hasta su muerte, desatendido por la nueva autoridad, y Luis Rosales se integró en el aparato victorioso del régimen franquista. Sin embargo, la poesía los unió. El Miguel Hernández maravilloso de Cancionero y romancero de ausencias lamenta no ya la derrota, sino las tristes guerras, la ferocidad del ser humano. Y el maravilloso Rosales de La casa encendida huye de la realidad y se esconde en un recuerdo inocente, exculpatorio, anterior a cualquier tipo de batalla. Los dos escriben la factura sentimental e íntima que les había pasado la violencia. Los dos escriben su mejor poesía.