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Crónica de salones. Un baile en casa de Campero

Concepción Gimeno de Flaquer

¿Os acordáis, lectoras mías, del Elíseo, de ese lugar delicioso, feliz creación de los griegos mil veces cantada por los poetas, de esa incomparable mansión donde se gozaban todos los placeres, y se olvidaban todos los pesares? Hesíodo coloca el Elíseo en las Islas Afortunadas; Homero, en los límites occidentales de la tierra; Luciano, en la luna; yo lo colocaría en la encantadora morada de la familia Campero. Un hada protectora de la Sra. del Barrio de Campero, debió enseñarle el arte de atraer y cautivar, debió revelarle la ciencia de adivinar deseos, concediéndole el poder de realizarlos. Su penetrante mirada todo lo abarca; su doble vista, la vista de su espíritu, es completamente analítica; su clara inteligencia delinea el más pequeño detalle; su fina educación la hace olvidarse de sí misma, para consagrarse a los que la rodean. Sus irreprochables maneras, el pulcro y correcto estilo de su conversación, sí, porque su conversación tiene estilo, el inimitable savoir faire ingénito en ella, no copiado; sus delicadezas, sus finas bromas, atildadas frases y chispeantes ocurrencias, hacen que su trato sea fascinador. Estar al lado de tan perfecta dama, es respirar la atmósfera de la distinción, es sentir el poderoso hechizo de su mágica influencia.

Para conocer la sociedad de Madrid, debéis haceros presentar en las reuniones de la Duquesa de la Torre, de la Medinaceli, o de la Fernán Núñez; para conocer la sociedad mexicana, debéis frecuentar los elegantes salones de la Sra. del Barrio de Campero. La flor y nata de la más fina sociedad mexicana, encuentra digno pedestal en casa de la distinguida dama, que siente como los griegos la pasión de la belleza, y no coloca nunca en las artísticas guirnaldas de flores animadas que hábilmente enlaza, ninguna flor marchita, ninguna flor sin perfume.

Al entrar en el Edén, en el Olimpo de la Sra. Campero, quedé deslumbrada, no por las cien mil bujías que reflejándose sobre los espejos nos envolvían en una red de luz, sino por las irradiaciones de la belleza.

Panchita Campero salió a mi encuentro: al verla tan vaporosa y aérea, envuelta en damasco y crespón azul, al verla tan poética, pareciome una aurora primaveral rasgando las cerúleas gasas del cielo napolitano, la misteriosa ondina que soñaron los poetas alemanes, y que han buscado eternamente en los lagos de la Germania, sin poder encontrarla jamás. Destacándose entre las bellezas de primer orden, vi a Carmen Romero Rubio de Díaz, que por lo esbelta, elegante y bella, merece la medalla hecha en honor de Juana de Navarra, en la que se leía esta inscripción al pie de las tres Gracias: O cuatro, o ninguna.

Cuando hube tomado asiento, me encontré favorecida con la grata presencia de Paz Terreros de Rincón y de Josefa Terreros de Algara. Esta interesante dama estaba vestida con suma elegancia, y su traje, adornado de ricos encajes negros, tenía el tono dorado de las hojas otoñales, esas caprichosas hojas que tanto aman las almas soñadoras y melancólicas, y que causan la desesperación del pintor que las quiere copiar con fidelidad. La toilette de Paz Terreros de Rincón se coronaba con una abeja de brillantes, esmeraldas, perlas, rubíes y zafiros. La abeja es el símbolo de la actividad, y en algunos pueblos el símbolo de la inteligencia; sobre la cabeza de Paz Terreros, era el emblema de la actividad de su pensamiento, era la manifestación de su claro talento. Tras el movimiento ocasionado por una danza, vime cambiada de lugar y agradablemente acompañada por la esposa del eminente doctor Liceaga. Esta gran dama, dotada de majestuosa figura, esta dama que tiene una palabra fácil y correcta, fue mi cicerone en aquella pinacoteca de la hermosura. La distinguida dama a quien me refiero, me hacía notar todas las bellezas sobresalientes, con esa generosidad que solo poseen las mujeres de mérito, dotadas de alma superior.

-¿Quiénes son esas elegantes damas que forman aquel animado grupo? -le pregunté.

-Son las Sras. Ángela Buch de Ituarte, María Parada de Buch, Ana Estrada de Gutiérrez Estrada y Magdalena Flores de Zaldívar.

-Visten de un modo irreprochable -exclamé-, y llaman mi atención por su gallardía.

-¿Cómo se llama esa bella dama que luce vestido blanco y corselete negro? Cuán caprichosa es su toilette.

-Llámase Jacinta Gutiérrez Estrada de González Gutiérrez.

-Está muy bien vestida: solo una mujer realmente elegante puede vestirse sin seguir las prescripciones de la modista o del figurín; solo la Sra. Gutiérrez Estrada puede idear esa atrevida toilette, de tan buen gusto. Su vestido de tul, salpicado de rojas campanillas y verde musgo, su corselete de terciopelo negro con cuello Médici y solapa Robespierre, forman un efecto sorprendente; para ostentar con éxito esa nueva toilette, se necesita poseer la distinción que ella posee en su figura.

-¿Quién es aquella señora rubia?

-Gila Buch, una de nuestras más elegantes damas.

-Y también una de las más bellas. Paréceme uno de los tipos inmortalizados por Ticiano, ese sublime pintor que poseyó el secreto y la armonía del colorido. Habíanme dicho en París que no encontraría rubias en México.

-¡Oh, qué error! No crea vd. que Gila Buch es la única rubia que puedo presentarle. Sin salir de este salón encontrará vd. algunas. Fíjese en Javiera Buch de Landa y en Dolores y Guadalupe Escandón de Arango.

-Es verdad, son rubias, y hermosas como la Eva de Milton, como las Magdalenas de Leonardo da Vinci.

-¿Y aquella joven y linda dama vestida con traje de color lila orlado de marabú?

-Es María Martínez de Sánchez Navarro.

-Su tipo me recuerda aquella celestial mujer que fascinó a Lord Byron y que tantas veces cantó ocultando su nombre bajo el de Elvira.

Apenas pude acabar estas palabras, porque María Cañas de Limantour pasaba ante mí, y me dejó muda de asombro con la fulgidez de sus ojos árabes. Para ella se debió escribir este cantar de un poeta español:

Si Colón descubrió un mundo,

soy más grande que Colón,

pues en tus ojos María,

dos mundos descubro yo.



Yo no he visto nunca ojos como los de las mexicanas y los de las andaluzas.

¿Queréis admirar los ojos de las mexicanas? Contemplad los de Concepción Buch de Parada, los de Adelaida Suverbielle de Amor y los de Lola Moncada de Lasquetti. Tienen las ígneas fosforescencias de las estelas del océano en noche estival: disparan dardos, arrojan chispas, relampaguean. La señora de Amor llevaba magníficos brillantes, mas la luz de sus ojos los eclipsaban.

¿Y qué decir de los ojos de la arrogante Paz García Teruel? Todo sería pálido; a Paz García Teruel hay que dedicarle estos conocidos versos:

Tus ojos copian el día:

entornados... amanece;

¿Los abres? el sol deslumbra.

¿Los cierras? la noche viene.



Dícese que a los héroes escandinavos les ofrecen en la Walhalla, que es su Paraíso, por premio a las más extraordinarias hazañas, la compañía de las walkyrias, poéticas y hermosas vírgenes encargadas de encantarles con su presencia. Comprendo perfectamente por qué son tan valientes los mexicanos: ellos no tienen que esperar a las walkyrias en el Paraíso de Odín, las tienen en México. ¿Sabéis cómo se llaman? Teresita Campero, Amelia Zamacona, María y Elena Bejarano, Srtas. Ramírez, Julia Martínez del Río y María Luisa Romero Rubio. Julia y María Luisa hicieron su début en la vida social el día de Año Nuevo: era la primera vez que asistían a un baile. Julia y María Luisa son dos jazmines que han abierto sus hojas en el vergel de la Sra. Campero. Julia y María Luisa han entrado en el gran mundo con buen pie, porque han atravesado los salones de la Sra. Campero, y porque lo tienen bello.

Contemplé con éxtasis a Luisa y Julia, esas dos azucenas del invernadero social, hasta que me sacaron de mi contemplación las vertiginosas vueltas que daban Guadalupe, Manuela y Rosario Cervantes, bailando un vals como deben bailarlo las sílfides sobre las alas del céfiro. Bailar un vals con elegancia, es muy difícil; las Srtas. Cervantes se balancean al bailarlo como las palmeras de un bosque africano mecidas por el viento; bailan como se bailaba en la corte de los Valois. Chopin, Weber, Strauss y Venzano, quedarían satisfechos al verlas interpretar las raudas notas de sus composiciones. Manuela, Rosario y Guadalupe Cervantes, son las aristocráticas bayaderas del vals.

Solo las igualan en flexibilidad las hermosas hijas de la simpática Sra. Manuela del Barrio de Osio. Las niñas Osio parécenme un grupo de mariposas, porque las mariposas son lo más bello de la creación.

Le papillon est une fleur qui vole,

la fleur un papillon fixe.



Almas volantes denominaban los griegos a las mariposas. Poético es su destino: ellas nacen con la primavera, nadan en el éter, se columpian en el cáliz de las flores, se saturan de perfumes y gorjeos, dejan en la tierra los áureos átomos de sus alas, y mueren con las rosas perdiéndose en el cielo para renacer. Bellísimas son las hijas de la Sra. del Barrio de Osio; pero entre todas ellas se distingue Sofía, que al presentarse deja un recuerdo indeleble.

Asistir al baile que da la familia Campero el día 1.º de enero, es entrar en el año por la dorada puerta de la felicidad. Así se lo afirmé al distinguido Sr. Manuel Campero, que hacía los honores de la siesta en unión de sus amables y elegantes hijos Alonso y Nicolás, con la más exquisita cortesía.

Las mujeres, enemigas declaradas e irreconciliables de Saturno, de ese implacable dios que nos arrebata los mejores días de nuestro reinado, hacemos sin embargo fervientes votos para que no detenga sus alas, y nos traiga presto la memorable fecha del 1.º de enero. Las contertulias de la Sra. Campero decimos con Alfredo de Musset:

                                             Le bonheur sur terre

peut n'avoir qu'une nuit, comme la gloire un jour.



Este invierno ha empezado con gran animación en los salones: hemos tenido numerosas fiestas. La distinguida familia del ministro Morgan ha dado una buena soirée en la cual han lucido una vez más sus encantos las bellas hijas del Sr. Morgan. Los Sres. de Chapeaurouge han obsequiado a sus amigos con un gran baile que ha estado selecto y concurrido; la conocida familia Almonte de Herrán está dando amenísimas tertulias. Las graciosas hijas de la Sra. Herrán son maestras en el arte de la causerie, y encantan a sus contertulios con los elegantes giros de su ingeniosa conversación. Prepárase un gran baile en palacio, y lo dedica la guarnición a la muy estimable esposa del Presidente.

Ostentad elegantes toilettes, lindas lectoras, para que proporcionéis el grato placer de describirlas a

Concepción Gimeno de Flaquer.