«Cuaderno de San Bernardo» de Leopoldo de Luis
Francisco Morales Lomas
LUIS, Leopoldo de: Cuaderno de San Bernardo, (Premio Paul Beckett), Ed. Vitruvio, Madrid, 2003.
Leopoldo de Luis fue uno de los poetas más lúcidos, entre aquellos que con unas palabras capturan la conmoción interior. Su poesía en los ochenta y cinco años poseía la misma vitalidad que la de muchos adolescentes. Porque Leopoldo de Luis fue uno de los grandes poetas de esa generación de posguerra llamada del «tremendismo» y conservó intactas sus constantes emocionales y un discurso que penetra como una navaja en la mantequilla de la consciencia y hace presa en el desgarro de lo humano. Sus premios nacionales le avalan.
Su último poemario, Cuaderno de San Bernardo, podría considerarse a la sazón como una obra de despedida, pues no en vano va precedido de una cita de Amado Nervo que en su obra La amada inmóvil habla del concepto de último libro y los dictados del dolor como incentivo para la conformación de lo que debe o no ser la postrera obra. Ese dictado blande Leopoldo de Luis para justificar la escritura de su obra capitular, que va precedida por un heptasílabo de Fray Luis de León: «Roto casi el navío...»
y un eneasílabo de León Felipe: «Viejo caballo sin estirpe...»
. En ambas citas se compendian dos sentencias: la vida que se va (¿acaso no se va desde que nacemos?) y la metáfora del corredor de fondo sin linaje. Creo que hay mucha humildad en estas citas y un deje de adiós, sin embargo la estirpe es algo que ya tiene más que conquistado de Luis, porque su lírica posee el abolengo de todo lo cierto y consustancial al ser humano, ya que en su obra este siempre asciende y se hace «héroe» en su desgarro interior.
El libro lo conforman cuarenta y cinco sonetos, que poseen una continuidad cierta en la organización de su propio mundo intimista: desde el inicial «Estas hojas» hasta el finisecular «La soledad». Un inicio en el que se observa la conformación estructural de la obra y su unidad, desde el momento en que la metáfora del cuaderno surge de esas «hojas amarrillentas», unas hojas que son el poso del paso del tiempo con un valor de personificación pues están identificando la propia existencia del poeta, que va aunando en sus sonetos lo efímero de un día que adquiere consustancialidad y resistencia imperecedera. Un verano, puede ser el pretexto, o la cárcel, en los poemas siguientes. Pero en unos y otros se muestra la vida y su valor de paso del tiempo a través de la metáfora de esas hojas del cuaderno que van desapareciendo progresivamente: «Vivir es arrancar estas finales / hojas de un inclemente calendario»
. El motivo de la prisión (él estuvo encarcelado como sabrá el lector) se va conformando con el discurrir temporal, autoafirmándose y creando un extraño maridaje, y junto a una poesía desgarrada se imbrica la imagen metafórica o simbólica en poemas como «El pozo», donde se juega a la metáfora de la propia identificación narcisista: «Yo soy el pozo de mí mismo y veo / el azul de mi cielo que se escapa»
. No hay resistencia al recuerdo y la memoria que, como una especie de espiral, se agita en todo el poemario, plagado de cuartos vacíos, barrios, casas o enfermedades... El tono elegíaco se va apoderando progresivamente de los resortes de los endecasílabos, en su mayoría melódicos o heroicos que le dan al soneto una cadencia reflexiva y narrativo-lírica con constantes presencias del símbolo y el lenguaje directo y desgarrado.
Los elementos de la posguerra se agitan en el engranaje musical del soneto clásico con los cuartetos y su rima abrazada y los tercetos que tienden al pareado en los dos primeros. El desgarro de la guerra llega de sus versos de soldados que mueren: «Yo era el soldado que moría»
. El sema de la oscuridad, el encierro, la falta de esperanza conforma muchos de estos poemas que son una especie de desahogo a esa rémora del pasado que una y otra vez lo acerca a la desesperanza: «[...] Poesía / no es más que una patética manía / de suponer que algo mejor existe. / La existencia es un mal, un cáncer grave»
o las deseperanzadas palabras de «Un hombre esperando»: «La esperanza que no espera nada / y es como el vientre de un animal muerto»
o en el poema «La madrugada» donde definitivamente dice: «Nada espero»
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La presencia de la muerte, a través de la metáfora de la yedra que crece como los brazos de una mujer fría que pasa. Quizá la vuelta a casa sea la pregunta retórica que necesita ser respondida o en su búsqueda se vaya uno alejando más. La casa como elemento simbólico al que asirse, porque siempre necesitamos de esos referentes para evitar a la mujer fría: «Y me doy cuenta de que aquella casa / es el espejo de lo que me pasa / porque no es otra cosa que yo mismo»
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En muchos poemas el poeta es un «héroe» clásico, un personaje de una tragedia de Sófocles que se debate ante su manifiesto destino: «El yo no es más que un breve testimonio / de un implacable y trágico destino»
. También en los poemas «León ciego» o «Tremendismo»: «Yo soy aquel que lleva una cadena / en los pies y en las manos y en el pecho»
. En otras la imagen shakespeariana del ser o no ser, de la esencia o la presencia, de ser sombra uno de sí mismo: «Ni sabes ya qué fuiste. Lo que eres / resulta más extraño todavía»
. Ante esta zozobra permanente del poeta, se pregunta si la respuesta debe ser el olvido, sin embargo su respuesta es siempre negativa: primero es identificado ese fragmento que se pierde con un hermano para después afirmar: «En el olvido sé que voy muriendo / y me apena olvidar...»
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La antítesis de la muerte y la vida es constante en la mayor parte de sus poemas: por ejemplo, «Voz de la muerte», «Todo claro», «Muerte súbita», «El ángel de la nada», etc. Pero también la pérdida de la juventud, el dolor, la amistad, la escritura como remedo de la vida, el misterio de la existencia, la eterna espera del hombre. En el poema «Las dos mujeres» tomando como pretexto la metáfora de la mujer fatal y la muerte (otra mujer) define la poesía que escribe con mayúscula: «Y entre unos ojos y una noche siento / que por las dos mujeres moriría»
. Hay una constante huida hacia adelante, pero una huida hacia el pasado, la casa, los elementos que lo conformaron, porque ir hacia delante es una forma de regresar a repasar en el cuaderno todo lo que uno ha sido. De ahí que exista mucho de recopilatorio, de álbum del sentimiento, en este Cuaderno de San Bernardo de Leopoldo de Luis: «He soñado que el tiempo retrocede / y estoy junto a mi madre todavía»
. Pero el pesimismo se apodera de todo: «Hay en el sueño una cerrada puerta. / Cuando ya me creí que estaba abierta / sólo apareció el ángel de la nada»
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El último poema, «La soledad», está escrito siguiendo la estructura paralelística y sigue una trayectoria metafórica ascendente en la que se identifica la soledad con «perra vieja», «trago salobre», «caja vacía», «pájaro herido» y, finalmente, su acogimiento en ella: «Llegó la soledad y no me he muerto. / La soledad me abre su desierto / y me quedo a vivir entre sus brazos»
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Un poemario desolador, elegíaco y pesimista, donde Leopoldo de Luis anuncia una despedida, que deseamos sea extensa y llena de buenos augurios, y en el que el sentimiento ha invadido lo más profundo del ser humano para convertirse en un desgarro del alma que se ha ido conformando a través de la historia de las emociones.