¡Cuánta tradición!: la modernidad y lo británico en «Un mundo para Julius»
David Wood
En las obras de Alfredo Bryce Echenique que se orientan en Lima es posible apreciar siempre una cierta presencia de lo británico. Desde Huerto cerrado (1968), donde Manolo estudia con Mr. Davenhock en un internado con posibles castigos con un palo de hockey («Un amigo de 44 años») hasta No me esperen en abril (1995), donde el señor Harriman establece su colegio Saint Paul's muy a la inglesa, la educación y el deporte aparecen como dos ámbitos privilegiados para una manifestación de lo británico en la sociedad peruana en la que se desenvuelven tales textos. Esta presencia obedece a una doble lógica de las experiencias del propio autor, sin querer sugerir que se trate de un simple caso de escritura autobiográfica, y la realidad del medio, sobre todo para las clases medias y altas, que son las que figuran como sujeto literario en la mayoría de las obras de Bryce. En este ensayo, ofreceremos un análisis del significado de esta presencia británica en Un mundo para Julius, sobre todo con respecto a los discursos modernizadores que entran en juego cuando consideramos tanto el periodo de los eventos de la novela (mayormente la década de los 50) como de su publicación en 1970.
Para poder entender mejor el carácter de lo británico en el Perú, y lo que podríamos denominar sus ámbitos de influencia, emprenderemos, primero, un resumen de los orígenes de esta presencia y de su impacto en el periodo que precede a la novela. Ante todo, hay que advertir aquí que hemos optado por el término «británico» en vez de «inglés» (que se suele usar tanto en la novela como en estudios de la comunidad expatriada), ya que al hablar de lo británico incorporamos no solo lo inglés, sino también lo galés y -sobre todo- lo escocés (pero no lo irlandés), un dato significativo cuando tomamos en cuenta elementos como el golf o el whisky, por ejemplo, factores importantes en la rutina diaria de Susan y Juan Lucas.
Los británicos en Lima
El primer contacto británico con Lima fue poco grato: Francis Drake arribó al puerto del Callao el 13 de febrero de 1579, capturando los 22 veleros que ahí se encontraban, y llevándose todos los valores que cargaban (Harriman, 2001: 231). Con estos antecedentes, y debido a su protestantismo (ahí radica una diferencia importante con respecto a los irlandeses), no es de extrañar que los británicos se consideraran «extranjeros sospechosos»
durante la época colonial, ni que entre las 120 personas europeas de origen distinto al español, según el censo de Lima de 1775, se registrara solamente un inglés (Bonfiglio, 2001: 15-17). Es con la independencia que se puede apreciar la primera inmigración europea (no hispana) importante, mayormente compuesta por británicos y, en menor medida, franceses, que habían sido marinos y oficiales en los ejércitos libertadores. A mediados del siglo XIX, se produjo el periodo más intenso con respecto a la llegada de los ingleses (y escoceses) a Lima. Esto tuvo que ver, sobre todo, con el auge del guano y el importante papel de las empresas que exportaban no solo guano sino también algodón y azúcar, donde los británicos ocuparon puestos en las empresas exportadoras y en las empresas de navegación, además de los ferrocarriles, tanto en la capital como en el resto del país.
En este sentido, la inmigración británica se puede diferenciar del grueso de la inmigración europea del siglo XIX: los ingleses, que llegaron mayormente antes de 1880, «no pertenecían a las masas desheredadas de Europa, expulsadas por la segunda expansión industrial. Se trataba, por el contrario, de contingentes reducidos, de marinos y aventureros que más que por una expulsión llegaban atraídos por la expansión comercial que se daba en el país»
(Bonfiglio, 2001: 41). Como sería de esperarse, entonces, cuando el dominio británico en el sector de la exportación comenzó a menguar a finales del siglo XIX, la presencia británica, por lo menos en forma humana, se redujo también, y para las primeras décadas del siglo XX se había producido un descenso significativo, como bien indica la tabla a continuación:
| 1857 | 1876 | 1908 | 1940 | |
| Británicos en Lima | 1041 | 473 | 442 | 561 |
| Británicos en el Callao | no datos | 1296 | 264 | 80 |
| Europeos en Lima | 13204 | 6823 | 6113 | 7876 |
En el mismo periodo, los europeos pasaron de constituir el 61,2% al 28,0% sobre el total de extranjeros en la capital, y del 14,0% al 1,5% de la población de Lima (Bonfiglio, 2001: 107). Estas cifras no solo revelan la caída en la relativa importancia de los inmigrantes europeos (y el rápido crecimiento de la población de Lima), sino también la disminución de la proporción de los inmigrantes europeos con la llegada de grandes números de inmigrantes de países asiáticos a comienzos del siglo XX.
Si bien es cierto que muchos de los británicos contratados por las casas comerciales regresaron a Gran Bretaña en las últimas décadas del siglo XIX, otros se quedaron en Lima y formaron familias o con otros miembros de las comunidades de inmigrantes o con peruanos. Un buen ejemplo de este fenómeno es un tal John Bryce, «un escocés y socio principal de la firma Vivero»
(Harriman, 2001: 233), quien regresó por los años 1860 a su tierra natal después de amasar sumas considerables en la exportación del guano. Su hijo, sin embargo, se quedó en el Perú y, con dos hijos de William Grace (que también había regresado a su tierra natal, en este caso Irlanda), formó en 1868 la empresa comercial Bryce, Grace & Co. Después de ocho años, Bryce se retiró de la empresa, la cual se convirtió en Grace, Hermano y Cía. Esta pequeña historia familiar resulta interesante por su relación con nuestro autor, pero más aún por los procesos de asimilación y aculturación que ejemplifica (nótese cómo se ha «acriollado» el nombre de la empresa en una década), procesos que bien están en juego en la novela para Susan sobre todo, como veremos en mayor detalle a continuación.
En Un mundo para Julius, Susan es peruana de primera generación, «nieta de ingleses, hija de inglés»
(110)1, pero con fuertes vínculos personales todavía al país de origen familiar. Su ficha biográfica encaja perfectamente con las pautas de la inmigración británica que se acaba de comentar: al terminar su educación en un colegio en Londres tiene 18 años, y estamos en setiembre de 1937 (UMPJ: 355). Susan, linda, habría nacido entonces sobre 1919, y el periodo de lo que podríamos llamar su formación social se habría dado en los últimos años del Oncenio y en la década de los 1930. Julius, en cambio, crece durante el ochenio de Odría, como se deduce por el hecho de que Susan tenga 33 años hacia el comienzo de la novela. Debido a la crisis económica de 1929-1930, la década de los 1930 no fue propicia para la inmigración, y hasta se introdujeron leyes para reducir el número de inmigrantes y su influencia, sobre todo con respecto a la economía. Durante el gobierno de Bustamante y Rivero de la posguerra, el canciller García Sayán alentó de nuevo la inmigración europea (sobre todo de Europa del este) como elemento del Plan Marshall, pero, al llegar al poder el régimen de Odría en 1948, esta actitud cambió a favor de una postura antiinmigratoria, debido en parte a la nuevamente difícil situación económica y al carácter más cerrado de este régimen frente a la política internacional (Bonfiglio, 2001: 73-81).
La relativamente escasa inmigración durante los periodos claves de la novela no impide que Gran Bretaña, y Londres sobre todo, sigan ejerciendo una fuerte influencia sobre las acciones y las perspectivas de la familia de Julius. Un factor que hay que tomar en cuenta aquí es la manera en que lo británico remite a una tradición establecida que además goza de una posición de privilegio entre la élite local por las connotaciones de modernidad y de éxito comercial que conlleva. Es precisamente esta combinación la que ejerce tanta fascinación en Juan Lastarria, como bien se aprecia en el siguiente extracto:
«Así la vida era más agradable, así que valía la pena vivir y para eso se había trabajado tanto en la vida, así hablando de nuestros antepasados, de tu abuelo, Susan, tan británico en todo, tan señor, como ya no los hay, y con ese nombre tan sugestivo, Patrick, estudió en Oxford, ¿no?, ¡cuánta tradición! A Lastarria le fascinaba todo lo inglés, el castillo era buena prueba de ello y por eso era tan maravilloso tener a Susan, nieta de ingleses, hija de inglés, educada en Londres, metida en el bar, ahí ya no faltaba nada ni nadie».
(UMPJ: 110-11)
Si la Universidad de Oxford (junto con Cambridge) es símbolo de la tradición, los valores educativos británicos que se introdujeron al Perú fueron parte de un discurso modernizador, como comentaremos más adelante. La compleja, y hasta paradójica, posición de lo británico también se nota en la manera en que la construcción de un castillo obedece a una doble lógica de remitir a una tradición respetada para significar una diferencia modernizadora frente a la herencia española que en algunos sectores se había llegado a ver como anticuada.
Susan y la construcción de una limeña británica
Susan vive esa combinación de tradición y modernidad en carne propia, y no solamente por ser producto de un matrimonio británico-peruano, sino por sus antecedentes aristocráticos hispanos, a saber, el abuelo presidente ele la República, y el virrey que tiene en común con Fernando Ranchal y Ladrón de Guevara. Sus abuelos paternos, por su parte, habrían sido miembros de la clase empresarial que trabajó en el comercio de exportación durante la segunda mitad del siglo XIX. A pesar de la transferencia de la hegemonía económica y comercial a los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX, y fuertes inversiones estadounidenses durante los 1930 y los 1950 (representadas en la novela por Lester Lang III), Susan mantiene una estrecha conexión a lo británico como indicador de su diferencia de la élite criolla. La manera en que Susan se concibe a sí misma en términos de esta distinción se aprecia en varias oportunidades, como por ejemplo cuando reflexiona sobre los esfuerzos de Juan Lastarria por entrar en la alta sociedad a través de su matrimonio a la prima Susana y cierto éxito económico: «descubrió que había más todavía, something called class, aristocracy, ella por ejemplo»
(UMPJ: 105); o bien cuando, frente a los comentarios críticos de las otras madres en la repartición de premios en el colegio de Julius, reafirma su autoestima: «Cosas así pensaba y sentía Susan, linda y mejor que todas porque hablaba en inglés»
(UMPJ: 286). A pesar de lo ridículo que nos puede resultar tal (auto)evaluación, parece que Susan no se está haciendo ilusiones, ya que otros comparten esa apreciación de ella a raíz de lo que tiene de británica, como se nota en los comentarios de Juan Lastarria en el texto que citamos arriba. También es una opinión que encontramos entre sectores menos privilegiados: al descubrir a través de Julius en el ómnibus del colegio que Susan no se educó en Villa María sino en Londres, Gumersindo Quiñones dice simplemente que «eso ya es distinto»
(UMPJ: 205), afirmando desde otra posición social la misma perspectiva con respecto a la capacidad de lo británico de ocupar un espacio mediador entre tradición y modernidad, entre lo nacional y lo extranjero.
Durante un flashback a su tiempo en el internado en Londres, donde estudió la secundaria, nos damos cuenta de la importancia de ese periodo crucial en la formación de una identidad propia para Susan como adulta. Si consideramos la manera en que hay una sola letra que distingue a Susan (linda) de su prima Susana (horrible), es revelador que la madre de Julius deje de ser Susana (criolla) para convertirse definitivamente en Susan (más bien británica) como resultado de su tiempo en Londres. En una conversación recordada con su mejor amiga Cinthia, cuenta que «daddy me llama Susan y mami Susana, yo firmaba Susana, pero en Londres nadie me ha vuelto a llamar así, sólo mami en sus cartas, ya hasta me suena extraño»
(UMPJ: 352). Y no es solo Susan quien se ve diferenciada y distanciada del resto de la sociedad peruana por su identidad británica: Cinthia, la hija de Susan, toma su nombre directamente de su mejor amiga en el internado de Londres, mientras que Julius es el nombre de otro íntimo amigo durante su estancia londinense. Para los niños, lo que tienen de británico sirve para marginarlos de la sociedad en la que viven: los empleados se ven obligados a hacer aproximaciones a los fonemas extranjeros que contienen sus nombres («Si los oyeras decir Cintita en vez de Cinthia, Julito en vez de Julius, ¡qué horror!»
- UMPJ: 81), y en el caso de Julius sobre todo, su marginación se ve aumentada por sus orejas descomunales y el hecho de que se describa de forma repetida «de espaldas»
. Varios críticos han visto en esta marginación un símbolo de la caducidad de la clase social que protagoniza la novela, sobre todo cuando se considera las varias muertes tempranas que encontramos en la familia y el momento político en el que se publicó. Sin embargo, en el estrecho contexto de la presencia británica, podría verse también como un reflejo más o menos fidedigno de la situación que se daba, y que se buscaba mantener. Como sugiere Bonfiglio: «Debida a la alta valoración étnica, no se invitaba a los europeos a asimilarse a la cultura local»
(Bonfiglio, 2001: 129). Ya veremos más adelante que en el caso de lo británico esta alta valoración no se limitaba a cuestiones de etnicidad, y sería posible ver la representación que tenemos en la novela como un cuadro bastante verosímil. Incluso podemos plantear que el proceso de adquirir una identidad propia que emprende Susan en Londres hace eco de cierta manera de la contribución de lo británico a la formación de una cultura nacional en el Perú republicano, donde elementos como relaciones comerciales, los deportes (sobre todo el fútbol) y el valor de la educación física marcaron una diferencia importante frente a España, ex poder colonial.
La relación que tiene Susan con Gran Bretaña mantiene su vigencia mediante visitas a Londres que sirven para comprar productos de lujo y para reafirmar su estatus como anglo-peruana que vive de primera mano su herencia británica. Estos viajes a Londres son de dos tipos: reales e imaginarios, pero todos tienen en común el hecho de que se produzcan en un momento de crisis personal o de cambio trascendente. El primer viaje se da después de la muerte de Cinthia, un periodo que se asocia con «el fin de algo»
(UMPJ: 126), cuando Susan, Juan Lucas, Santiago y Bobby parten para Europa, dejando a Julius en Chosica. Si bien es cierto que también visitan Madrid y París en el curso de ese viaje, el evento más significativo se realiza en Londres, donde Susan y Juan Lucas se casan en una renovación simbólica de los valores y las tradiciones familiares.
Al regresar a Lima, este cambio se hace explícito cuando Susan se da cuenta de que Juan Lucas «los estaba salvando hacia una nueva vida, no sé, sin tantos cuadros de antepasados, sin esos vitrinones, sin estatuas»
y que lo que quieren es «una casa llena de terrazas [...] donde lo antiguo sea un adorno adquirido o un recuerdo, no lo nuestro»
(UMPJ: 159). Frente a la muerte de Cinthia, la solución para Susan fue un viaje a Londres en avión; ahora, frente a la muerte de los valores que habían caracterizado la vida con su primer esposo, también muerto, la solución es un viaje a Londres en su mente: evoca el primer encuentro con Santiago en una fiesta en Sarrat, al norte de Londres, y toma de ese recuerdo la fuerza para poder lanzarse hacia un nuevo comienzo con Juan Lucas en el palacio nuevo que empiezan a planear en ese mismo momento. Hay aquí una cierta simetría, que contribuye a la sensación de encontrarnos frente a una existencia circular y cerrada, cuando en «Los grandes» Juan Lucas y Susan reciben la noticia de que el nuevo palacio está listo para la mudanza durante un viaje relámpago a Madrid y Londres (UMPJ: 411). Lo que sale de esta relación entre los momentos de cambio profundo en la vida de la familia y los viajes a Londres es que lo británico sirve como una especie de punto de referencia cuya constancia permite que los cambios en el Perú puedan negociarse al mismo tiempo que Susan, sobre todo, mantiene el elemento de tradición que la permite distinguirse del resto de la sociedad peruana en la que se mueve a diario.
Esta sensación de que lo británico cumple la función de una suerte de refugio contra los cambios que se están produciendo en la sociedad donde viven los protagonistas se aprecia en las páginas en las que Susan revive su tiempo en el internado de Londres y los meses de libertad que disfrutó después de terminar el colegio hasta conocer a su futuro esposo y regresar al Perú (UMPJ, 352-58). Esta vez el incidente que amenaza con desestabilizar el nuevo estado de equilibrio que vive con Juan Lucas es la relación de este con la sueca, cuyo comportamiento «europeo» en términos de relaciones sexuales hace olas entre las amistades de Ernesto Pedro de Altamira. El mecanismo de defensa de Susan es recurrir al recuerdo de sus años en Londres, cuando era ella «la libre peruanita»
(UMPJ: 355) que se escapó en moto con un chico inglés y que coqueteó -precisamente- con un sueco (UMPJ: 353). Susan también se recuerda sentada al borde de una laguna en una fiesta con pantalones sucios que desentonaban con el ambiente, elementos que hacen eco de la sueca en la casa de Altamira en Monterrico. Para sobreponerse a la crisis que podría provocarse en su relación con Juan Lucas, y a la posibilidad de que haya envejecido, Susan se transporta mentalmente a un Londres donde siempre será joven y bella, y donde su particular combinación de tradición y modernidad la pondrá siempre a salvo frente a cualquier crisis identitaria.
Instituciones británicas: colegios y clubes
Para Susan, entonces, el recuerdo de su educación en Londres es un punto de refugio y de autoafirmación constante, pero para sus hijos una educación británica se reproduce en Lima. Los primeros esfuerzos por establecer una educación británica en el Perú se dieron mucho antes de la apropiación de ideas con respecto al valor de la educación física y el deporte (dos aspectos importantes de la educación británica que comentaremos más adelante), y ya en 1824 estaba en Lima James Thomson, agente de la Sociedad Bíblica Británica «encargado de organizar una escuela de tendencias liberales y tolerantes en lo religioso»
(Bonfiglio, 2001: 19). Estos esfuerzos fracasaron, sin embargo, en parte por el reingreso de los españoles a Lima en 1824 y en parte por la fuerte oposición de la Iglesia Católica. A la par de la creación de instituciones sociales y deportivas a mediados del siglo XIX, también se creó el primer colegio inglés en el Callao, en 1864 (Harriman, 2001: 242), para que la considerable comunidad británica ahí establecida pudiera educar a sus hijos en su propio idioma. En los albores del siglo XX, algunos conceptos británicos, como la educación física y el deporte, se incorporaron al currículum peruano para reforzar la disciplina y el vigor, pero a nivel de instituciones la educación siguió siendo un campo en el que lo británico más bien marcaría distancias, como se hace física y metafóricamente en No me esperen en abril. En 1913, se fundó una escuela inglesa -la Escuela Diego Thompson- en Lima, la que rápidamente excedió su capacidad, y que pocos años después se convertiría en el Anglo-Peruano, cuyo propósito era combinarlo mejor del sistema educativo peruano con las características de un colegio privado inglés. Una trayectoria similar se nota en el colegio Cambridge House, que sería reconocido en 1938 como el colegio San Silvestre, y en el colegio Markham, fundado en 1946 (Harriman, 2001: 242).
Los colegios en la novela sirven como espacios que marcan no solo la distinción entre los miembros de la élite local y el resto de la sociedad peruana, sino, también, la creciente influencia de los Estados Unidos en el Perú. Si Santiago y Bobby, los hermanos mayores de Julius, estudian en el Markham, Julius estudia en el Inmaculado Corazón, colegio de monjas norteamericanas que se construye un nuevo local mucho más amplio en el curso de la novela. La ruptura con la tradición familiar se explica por la nueva dirección que toma la vida de la familia con la muerte del papá, ya que Julias entra en el colegio después del matrimonio de Susan y Juan Lucas, quien marca una mayor presencia de los Estados Unidos, sobre todo en las nuevas relaciones empresariales que constituyen la base de su fortuna económica. El factor común más obvio entre los dos colegios es, por supuesto, el uso del inglés, y no es casual que las frustraciones de Bobby frente a sus relaciones con la sociedad criolla (Maruja, los primos Lastarria, por ejemplo) se manifiesten en el Markham al «mandar al diablo al profesor de castellano»
(UMPJ: 508; el subrayado es nuestro). Si Bobby aprueba el año con las justas, a Santiago lo jalan: su fracaso se explica en parte por «un profesor que era un resentido social»
(UMPJ: 223), frase que habría tenido gran resonancia en la época de publicación de la novela, aunque en parte se reconoce que no le ha ayudado «mucho Mercedes sport, mucha enamorada, mucho plancito, mucho bar nocturno a la americana»
(UMPJ: 223). Para los dos hermanos mayores, la solución es mandarlos a terminar sus estudios en el extranjero, pero esta vez no van a Londres sino a los Estados Unidos, otra indicación del paso -en algunos ámbitos por lo menos- a otro modelo de modernidad: en vez de los estudios de Derecho de Santiago padre en Londres, Santiago hijo estudia agronomía, carrera mucho menos tradicional en términos académicos, y más adecuada en cuanto el nuevo énfasis en el comercio internacional y el futuro manejo de los negocios de Juan Lucas.
Para Julius, la adquisición del inglés es sinónimo con su educación, como apreciamos cuando Cinthia le dice en una carta de Boston que «Mamita dice que es necesario que aprendas inglés y que aprendas a leer de una vez. Dice que estás muy atrasado en todo»
(UMPJ: 122). El aprendizaje del inglés le permite a Julius superar su atraso (léase falta de educación a la británica)2, participar en el mundo de Susan y Juan Lucas y tener acceso a perspectivas y preocupaciones que son ajenas a la mayoría de los personajes de la novela. Cuando Juan Lucas contrata a Abraham como cocinero, por ejemplo, Julius descubre la existencia de la homosexualidad a través de la presencia de este, y de su conocimiento del inglés: frente a un posible acoso homosexual que aterra a Susan, Juan Lucas responde: «Anyhow, do you think he would dare?»
, en el idioma que suele garantizar que lo enunciado sea un secreto. Sin embargo, en este caso el narrador nos hace ver inmediatamente después que la conversación no se queda entre ellos: «Y Julius, ahí parado, que era primero de su clase en inglés»
(UMPJ: 425). El inglés, entonces, sirve como una barrera que se erige de manera consciente para excluir a la servidumbre y ocultar las verdaderas actitudes de la familia frente a ellos y el Perú que representan.
En este sentido el inglés es más que un idioma, pues cumple la función de un código que mantiene las distancias entre la familia y la servidumbre (y el resto de la sociedad). Al mismo tiempo, conforme Julius va participando de ese código con la familia, se va alejando de la servidumbre. Un episodio clave aquí es la lectura de los libros escolares con la servidumbre, justo cuando Julius ha pasado a comer en la mesa de los grandes:
«La servidumbre se quedó desconcertada; nunca más volvió a comer Julius en Disneylandia. Algo se había terminado en su vida. Algo caducaba, también, porque no todo en los textos escolares era como Nilda o Vilma o los mayordomos le habían contado. [...] Y para remate, una buena parte de esos textos estaba en inglés y, cuando él leía en voz alta, para traducirles en seguida, ellos lo miraban con desconfianza, entre asustados y avergonzados, tomaban actitudes casi infantiles».
(UMPJ: 207)
Además, de confirmar lo que comentábamos arriba con respecto a una relación entre la falta de educación (sobre todo en inglés) y el atraso en el colegio, esta cita revela que las versiones «oficiales» que aprende Julius para explicar su relación con la historia local y global, y así lograr un entendimiento de su posición en el mundo, no coinciden con las experiencias de la servidumbre y su forma de explicar esa relación. Para el final de la novela, Julius ha terminado de redefinir su relación con la servidumbre en su reacción de horror frente a la visita de Nilda y asumir plenamente -por primera vez- su participación en el mundo de la familia («quedarse tranquilito, hijo de Susan, casada con Juan Lucas, hermano de Bobby»
, UMPJ: 589). Sin entender del todo lo que está pasando con su hijo menor, Susan nota que algo no anda bien, que algo ha cambiado de nuevo en el seno de la familia, y la solución es otro viaje a Londres, que servirá seguramente para moderar el cambio, para restablecer el equilibrio entre las tradiciones y lo nuevo. La participación de Julius en el mundo que se experimenta a través del inglés lo ha visto pasar social y emocionalmente de ser un miembro de la servidumbre a ser parte de la familia, con la transferencia de una serie de valores en el camino.
La presencia de los británicos muestra lo que Bonfiglio describe como «una caída importante entre las décadas de 1870 y 1921»
(Bonfiglio, 2001: 113), como podemos apreciar de la tabla que incluimos arriba, sobre todo en el Callao, la zona más directamente ligada a las empresas de exportación y navegación, pero su influencia se siguió sintiendo más allá de una presencia física. Una de las formas en las que esto se produjo fue la fundación en la segunda mitad del siglo XIX de clubes sociales y/o deportivos, tales como The Traveller's Club (que luego sería el Club Phoenix), el Club Lima Cricket and Lawn Tennis (1865) y El Callao Club (1867). Estas instituciones cumplieron la función de ofrecer un punto de reunión alrededor de una identidad de origen al mismo tiempo que funcionaron como punto de integración y emulación para las élites locales, que pronto fundaron clubes parecidos, como el Club Regatas de Chorrillos (1875) y el Club Unión Cricket (1 896), donde entre los miembros originales figura Francisco Echenique Bryce (Muñoz Cabrejo, 2001: 45 y 228). Las dos instituciones de este tipo que sobresalen en la novela son, por supuesto, el Country Club y el Golf. Los orígenes del golf en el Perú no se han establecido con precisión, pero parece que funcionarios de la Pacific Steam Navigation Company y británicos que trabajaban en las casas de exportación comenzaron a practicarlo en los primeros años del siglo XX. Los primeros partidos se realizaron en lo que es ahora La Perla, pero en 1915 se trasladaron al hipódromo de Santa Beatriz, local donde miembros de la élite local ya practicaban varios deportes. Luego, en 1924, se formó The Lima Golf Club Limited en terrenos que se adquirieron en San Isidro, donde el golf se sigue practicando hoy en día. Puesto que otros campos de golf en Lima solo se fundaron en el periodo 1950-1960, se puede suponer que el Golf donde practican Juan Lucas y Susan es el Lima Golf Club de San Isidro. Lo británico se manifiesta con vigor en los orígenes de este deporte, que marca la tradición de sus orígenes geográficos y de sus regias con una fuerza que se encuentra en pocos deportes, así como en sus primeros jugadores en el Perú y en el nombre del primer Club. Es interesante notar que estos elementos se sigan enfatizando, ya que la descripción del Lima Golf Club que se encuentra en su página web comienza afirmando que «nació con un estilo británico»
3, un valor que reconocen Juan Lucas y Susan al elegirlo corno su espacio predilecto para escaparse y olvidarse de las posibles preocupaciones que les pudiera traer la vida limeña. Es este el aspecto que identifica justamente Elmore cuando afirma que «es interesante que Bryce rescate de ese grupo privilegiado el estilo, eso que podríamos llamar la ética de las formas»
(Elmore, 1993: 168 169), ya que, junto con una serie de otros productos culturales, el Golf juega un papel central en la recreación de ese estilo británico. Construido frente al Golf en 1927, el Country Club comparte esa búsqueda de una herencia británica, y no es casual que Juan Lucas se sienta feliz al instalarse en ese espacio durante la construcción del palacio nuevo en Monterrico (que dará, por cierto, a un campo de polo, otro deporte fuertemente marcado como de élites británicas, y una renovación simbólica con respecto a la ubicación del palacio original, que se sitúa «frente al antiguo hipódromo de San Felipe»
, UMPJ: 77). La felicidad de Juan Lucas en el Country Club se deriva de la reconstrucción de un espacio cultural ajeno a Lima, como se reconoce explícitamente cuando el narrador nos cuenta que «siglos que no viajaba y ahora en el hotel quería sentirse viajero constantemente»
(UMPJ: 294). Las instituciones sociales y deportivas forman, pues, una parte importante de la presencia británica en la sociedad peruana; son una parte central de ese estilo de vida que cultivan Juan Lucas y Susan, una suerte de prolongación física en Lima de sus visitas a Londres.
En los años después de la humillación del Perú en la Guerra del Pacífico, la cual un discurso influyente explicaba en términos de la debilidad del hombre peruano, la actividad deportiva que se practicaba en los clubes británicos se convirtió en un modelo para el desarrollo de un hombre viril y sano. Muñoz Cabrejo afirma que los miembros de la comunidad británica constituyeron una parte integral de la élite modernizadora a finales del siglo XIX, y afirma que el concepto británico de la actividad física como rutina, expresado sobre todo en la obra de Herbert Spencer, «influyó fuertemente en los intelectuales y la élite modernizadora de la época». Señala, asimismo, que el deporte «asumió los mismos propósitos que tuvo en Inglaterra [...]: desarrollar un cuerpo autónomo y dinámico, a la vez de infundir la disciplina y el control. En el Perú también se le adjudicó la función de regenerar la raza»
(Muñoz Cabrejo, 2001: 203 y 200). Estas actitudes se aprecian claramente en el hecho de que una de las primeras medidas del nuevo gobierno de Nicolás de Piérola fue, en 1896, extender la práctica de la instrucción física en los colegios para «formar una generación orgánica y moralmente vigorosa»
4. La rápida aceptación y expansión de la práctica deportiva se nota ante todo con respecto al fútbol. Antes que se iniciara el siglo XX, el discurso modernizador había asimilado plenamente la relación entre este deporte -y sus orígenes británicos- y el progreso, como bien se puede apreciar en el siguiente texto tomado de El Comercio a finales del siglo XIX: «[el fútbol] había contribuido a virilizar a la nación inglesa, juego que como el cricket y otros muchos que en ese país son populares, desarrollan las fuerzas físicas y tiende a formar una raza de hombres enérgicos y audaces»
5.
El primer partido de fútbol documentado entre peruanos e ingleses se produjo el 7 de agosto de 1892, y en su relación del evento el cronista José Gálvez pone énfasis en las características de los británicos que los marca como «otros», combinando el respeto y la burla: «usaban gorritas, fumaban en pipa, tomaban wiskey y algunos llegaban a encajarse un monóculo aún [sic] cuando no haya necesidad de vidrio para ver»
(Gálvez, 1966: 215). Esta cita sugiere que los británicos ocupaban un lugar en el imaginario peruano que oscilaba entre la cercanía y la distancia, la asimilación y la otredad, la admiración y la burla. Si un tono burlón es una forma de cuestionar la supuesta superioridad de los británicos, otra más directa es la victoria deportiva, como se puede ver claramente en la siguiente cita de El Sport en la que se comenta una jornada deportiva en los terrenos del Club Union Cricket para celebrar las fiestas patrias de 1899:
«Ayer cuando los peruanos vimos á los niños de las escuelas municipales que creimos débiles, medio idiotizados e incapaces de luchar; hacer sublimes esfuerzos por obtener la victoria, cuando á los colegios de instrucción media, á los engreídos de nuestras principales familias, que creíamos afeminados y sin brío, presentarse a la arena y jugar con la conciencia de su fuerza, y vencer al fin, cuando nos cupo la suerte de aplaudir a los peruanos del Club Unión Cricket al vencer a los ingleses en el football y en todos los concursos sin excepción, dimos un grito de viva al Perú bien sincero, convencidos de que los hombres de acción de mañana serán capaces de muchos esfuerzos, acompañados de éxito y podrán dar al Perú el puesto que le corresponde en la América del Sur»6.
Los comentarios que leemos en este texto hacen eco claramente de lo que se comentó arriba con respecto al papel que se le atribuía al fútbol como «fabricador de hombres»
en la estela de la Guerra del Pacífico. La idea de que los encuentros deportivos representan una forma sublimada de conflicto bélico es un lugar común en las ciencias sociales, pero ya a finales del siglo XIX se puede apreciar cómo el mismo concepto encontraba su expresión en los medios locales, bajo una influencia británica que no se puede ignorar. Y ¿qué fecha podría ser más significativo que las fiestas patrias de 1899 para que los peruanos salieran victoriosos frente a los británicos? Si en la segunda mitad del siglo XIX los británicos habían dominado varios ámbitos del comercio de exportación y de los avances tecnológicos que acompañaron la Revolución Industrial (los trenes y los barcos a vapor, por ejemplo), este era el momento que reivindicaba lo nacional y, en los albores de un nuevo siglo, establecía las bases para una nueva peruanidad que había superado a los británicos en su propia cancha.
El carácter esencialmente moderno del texto de El Sport reproducido arriba se hace notar al basarse en varios supuestos, como serían: la importancia de la educación; el enfoque sobre la actividad corporal; la idea de que los esfuerzos propios son capaces de cambiar las estructuras de poder; y la inserción del país en un ambiente de competencia internacional. Tales discursos modernizadores se fundaban no solo en conceptos abstractos, como la obra de Spengler, sino también en una realidad cotidiana que vio por esos años la introducción de cambios fundamentales en la experiencia de Lima. Ejemplos emblemáticos de este proceso serían: la demolición de las murallas de «la ciudad del damero»
en 1870, para dar paso a una expansión de la ciudad que se inspiraba en el modelo urbano que se implantó en París bajo el barón Haussman; la instalación en 1902 de un alumbrado público eléctrico; y la inauguración en 1906 del tranvía eléctrico tras varios años de funcionamiento del 'tren inglés' que unía el Callao, Lima, Miraflores y Chorrillos (Elmore, 1993: 21; Harriman, 2001: 234). Este fenómeno de renovación ya se comentó en términos urbanísticos con la preferencia en la novela por instalaciones deportivas en San Isidro y la construcción del palacio nuevo en Monterrico. Tales escenarios constituyen un proceso de abandono del centro colonial de Lima, que viene a asociarse cada vez más con el deterioro y hasta la pobreza en la novela (véase, por ejemplo, la casona que visita Julius para sus clases de piano con Frau Proserpina), a favor de nuevas zonas al sur de la ciudad7.
Prácticas y productos en la recreación de lo británico
A nivel humano, la continuidad de la supuesta degeneración de la raza, discurso que se hizo prominente después de la Guerra del Pacífico, se hace notar en varias oportunidades en la novela, a pesar del paso de medio siglo desde la época en que este concepto gozó de mayor aceptación. Un personaje como Gargajo López del Perú sería una representación clara de la debilidad tanto física como económica de los miembros de la oligarquía tradicional hispana (que también se hace notar en No me esperen en abril), y no es casual que sus apellidos llamen la atención a la combinación de lo hispano con lo nacional en este deterioro. Tales actitudes se revelan asimismo cuando Juan Lucas y Susan bajan a cenar en el Country Club, donde pasan a «hombre rojos en la media luz, sentados como muertos frente a unos espárragos o frente a una dieta ridícula, porque se están muriendo a punta de descender de un virrey»
(296). En contraste con la referencia al sistema de gobierno del imperio español pasado, a continuación: «Aparecía Juan Lucas y era el rey de ese maravilloso ajedrez [...] y besaba la frente bajo el mechón de Susan, una reina bebiendo su té»
(296). La comparación de los protagonistas con las máximas autoridades de la familia real establece una conexión directa con los mecanismos tradicionales del imaginario de poder político británico a los que remiten Susan y Juan Lucas, subrayando de nuevo la fusión de tradición y modernidad que ejercen. Frente a la debilidad y fealdad de los oligarcas tradicionales, la belleza de Susan radica principalmente en su famoso mechón rubio, símbolo de su descendencia británica y el punto que la distingue más obviamente de su prima Susana, horrible. Por su parte, la vitalidad y virilidad de Juan Lucas, con las «típicas ar rugas del duque de Windsor»
(UMPJ: 293), se mantienen gracias a conceptos y prácticas que llegaron de Gran Bretaña con respecto al deporte, sobre todo el golf y el polo. Parecería, entonces, que el concepto decimonónico de mejorar la raza a través de matrimonios con europeos y la práctica del deporte se respaldan en la novela, pero hay que tomar en cuenta la manera en que los valores de Juan Lucas y Susan terminan siendo excluidos en vez de exclusivos8. Asimismo, es importante recordar que para Juan Lucas la práctica del golf no es una forma de desarrollar los valores sociales que se adjudicaban a deportes de equipo, como el fútbol y el cricket, sino afirmar su individualismo y marcar su distancia de la sociedad en la que vive.
El carácter complejo de la posición de lo británico puede apreciarse con respecto a una de las actividades predilectas de Susan en la novela, a saber, la práctica del golf. Ya se comentó la gran popularidad de los deportes entre los hombres y su asimilación en varios discursos modernizadores, pero pata las mujeres la situación era otra. Si la práctica del deporte formaba hombres audaces, enérgicos, viriles, sanos, fuertes y vigorosos, para las mujeres se trataba más bien de preparar el cuerpo para su función reproductora, recomendándose ejercicios que trabajaran la flexibilidad y soltura del cuerpo9. Aun así, los esfuerzos por introducir la gimnasia en los colegios de mujeres a finales del siglo XIX encontraron tal rechazo que muchos padres retiraron a sus hijas frente al supuesto riesgo de vulgarizar al cuerpo femenino (Muñoz Cabrejo, 2001, 208-11). Según autoridades de la época, las mujeres que practicaban deporte a finales del siglo XIX eran extranjeras, sobre todo las inglesas (González de Fanning, 1898): en este caso, parece que la modernidad no pudo con la tradición, y si la práctica del golf se acepta en el caso de Susan, para las peruanas en general los conceptos de género eran mucho más arraigados que los que tenían que ver con la arquitectura o incluso la identidad nacional.
El otro ámbito en el que se manifiesta la fuerte presencia de lo británico es en una serie de productos y artefactos que constituyen la base de la vida diaria de Susan y la familia. Elementos como la mermelada de naranja, el té, el Jaguar, los gin and tonic, el whisky, Yardley For Men y los palos de golf sirven como la extensión física y la presencia cotidiana del mundo británico que se visita en repetidas oportunidades en persona y en el recuerdo. Si por un lado estos productos marcan una exclusividad que separa a la familia de Julius del resto de la sociedad en términos económicos, por otro funcionan como una suerte de muleta, facilitando la reconstrucción de un espacio cultural británico en Lima que hace soportable la vida diaria para Susan y Juan Lucas. Hay que señalar, sin embargo, que el espacio cultural británico que la familia recrea en la novela es un espacio muy cerrado, caracterizado por una serie de locales donde el ingreso es estrictamente controlado (el cerco del Golf, los porteros del Country Club, los «altos muros blancos»
(UMPJ: 126) -cuyo color no puede dejar de notarse- del Palacio original). El lugar que ocupan estos elementos británicos se torna explícito cuando Juan Lucas está admirando «cómo la sombra nocturna descendía sobre el césped del campo de polo, prolongando su jardín hasta el fondo de la noche, y cómo el entretenido golfito [que acababa de instalar en el palacio] oscurecía también, pero siguiendo el oscurecer de sus colores»
(UMPJ: 477). Es uno de los pocos momentos de la novela en que Juan Lucas baja la guardia, debido a la reconstrucción eficaz de una escena británica, junto con el vaso de whisky que usa para combinar con los colores del atardecer. Sin embargo, el idilio se interrumpe con los alaridos de Bobby, y Juan Lucas se encontró un poco ridiculón, tan sensitivo ahí, combinando colores, inventando caleidoscopios y decidiendo de esa forma el color de unas telas que pensaba encargar a Londres. Realmente andaba en otro mundo, y en esta vida hay que estar en este mundo (LMPJ: 478).
Si bien es cierto que la combinación de elementos deportivos y productos de lujo aquí tienen el efecto deseado de reproducir Gran Bretaña en Monterrico, el carácter tanto cerrado como artificial y ajeno de este mundo se hace evidente pollos comentarios finales del narrador, que representan una crítica directa de este oasis británicamente construido. Para algunos críticos, momentos como este contribuyen a «una sensación de grupo social nada dinámico, cuyos movimientos suponen una constante circunvalación sin progreso en torno a sí mismos»
(De la Fuente, 1994: 48), mientras que para otros la novela «presenta una visión dinámica de Lima, que transcribe el profundo cambio sociológico de la capital peruana durante los años 1945-70»
(Soubeyroux, 1985: 84). La aparente contradicción entre las dos lecturas de la novela se resuelve al considerar que el primero se refiere a la familia de Julius, mientras el segundo habla más ampliamente de la sociedad de Lima. Lo que queda claro es que la novela se centra en la tensión que provoca una serie de oposiciones, y entre estas González Vidal identifica «la oposición base, que es ruptura/continuidad»
(González Vidal, 1997: 125), la que se manifiesta en nuestra opinión sobre todo en la oposición modernidad/ tradición. A través de la figura central de Julius, la novela pone en evidencia la tensión entre ruptura (la suerte de Vilma, por ejemplo) y continuidad (los esfuerzos de la familia por mantener el statu quo).
Si continuidad corresponde de manera bastante obvia a tradición, que se retrata como el dominio casi exclusivo de la familia, no está tan claro quién tiene mayor derecho a considerarse «moderno» en la novela. Es Juan Lucas quien tiene el Jaguar, símbolo de la modernidad tecnológica, y quien regresa de sus viajes a Europa con Susan cargado de productos nuevos, pero la modernidad británica de la que participan remite al mismo tiempo a una tradición histórica que permite perpetuar una diferenciación de la tradición hispánica que funciona como base de las interacciones lingüísticas y sociales (sobre todo la jerarquía racial y la subordinación de la población indígena) para el resto de los personajes. Para la servidumbre, su experiencia de la modernidad implica ruptura de la tradición, sea en los proyectos para construir casa propia de Daniel y Celso, o en nuevas formas de relacionarse con los que están en el poder, como mandar al diablo a Juan Lucas cuando el circuito de comunicación eléctrica en el nuevo palacio está cerrado. La tensión entre continuidad y ruptura, entre tradición y modernidad, se ve acentuada por las marcadas diferencias en términos tanto políticos como sociales y culturales entre el periodo en el que se sitúa la novela (el ochenio de Odría) y el momento de su publicación (el gobierno de Velasco). Como bien apunta Elmore:
«En el tiempo de la ficción, la clase dominante no ve cuestionado su predominio: el poder económico y la influencia política se complementan íntimamente [...] No ocurría lo mismo en el proceso social [del momento de publicación], ya que estaba en curso el proyecto populista más ambicioso intentado en el siglo».
(Elmore, 1993: 167)
Con respecto a los diferentes momentos históricos que entran en conflicto en la novela hay que reconocer también que nos encontramos frente a diferentes versiones de modernidad. Si estas diferencias funcionan como uno de los ejes de la novela, haciendo que se desencadene una serie de debates en el momento de su publicación, el hecho de que siga gozando de una gran popularidad entre el público lector puede explicarse por la vigencia hoy en día de esas diferencias en cuanto el modelo de modernidad que el país sigue o debe seguir10, y los procesos de cambio social que se siguen manifestando, cuyos comienzos pueden verse en los eventos de la novela.
Otra dimensión de esta tensión entre diferentes formas de negociar la tradición y la modernidad se hace sentir en el carácter cerrado del mundo de Juan Lucas y Susan, descrito por Elmore como un ambiente «casi hermético de la oligarquía local»
(Elmore, 1993: 166), frente a la sensación de apertura y optimismo que se había experimentado en el Perú en los años que precedieron la publicación de la novela. La vida de Juan Lucas y Susan consiste en una serie de encuentros en espacios cerrados (el Golf, los dos palacios, restaurantes, el Country Club), a los cuales se movilizan en el Jaguar o el Mercedes. Lo que estos espacios podrían tener de modernos -debido en parte a la influencia cultural británica que testimonian- se compensa por lo que tienen de continuidad y de hermetismo, es decir, el querer mantener su posición social y económica tradicional. Son los miembros de la servidumbre, por contraste, quienes compensan su falta de modernidad material por unas perspectivas que están abiertas al cambio, y quienes se sienten a gusto en las calles y nuevas urbanizaciones de Lima; no estamos viendo una Lima que se va, como sugiere José Gálvez, sino una Lima que se viene.
Conclusiones
Para concluir, al llegar a Lima con la independencia, el comienzo de la presencia (e influencia) de los británicos coincidió con la derrota de España y el nacimiento de la nueva República. Esta conexión se vio reforzada por el hecho de que la primera inmigración británica significativa llegó a Lima después de haber participado en las batallas de la independencia y por los históricos conflictos entre los dos viejos poderes coloniales. Estas circunstancias hicieron posible que lo británico pudiera contrastarse con lo hispano en una relación en la que el primero tuviera connotaciones de modernidad, mientras el segundo se viera ligado a una tradición que llegó a verse como anticuada, como sugiere Elmore al comentar los planes para el nuevo modelo urbano que se elaboraba: «las preferencias arquitectónicas no se inclinaban por el pasotismo virreinal [...]. El embellecimiento de la ciudad no era un homenaje nostálgico a su pasado: los árbitros del gusto y la moda eran franceses e ingleses»
(Elmore, 1993: 16). Lo británico, entonces, ocupaba un lugar un tanto incómodo en el Perú de la época: gracias a cierto abolengo dentro de la nueva República, y a la inserción de muchos miembros de la comunidad británica al nivel de la élite local, por lo menos en términos económicos, pudo representar -hasta cierto punto- una nueva tradición. Sin embargo, al mismo tiempo, al ser fuente de varias prácticas culturales introducidas que gozaban de gran aceptación (por ejemplo, el fútbol que juega Julius con los otros niños en el colegio) v de varias innovaciones tecnológicas, también lo británico se asociaba fuertemente con una modernidad que marcaba distancia con el pasado colonial hispano.
A lo largo de Un mundo para Julius queda claro que lo británico tiene u n impacto más significativo y más directo para Susan y su familia que para el resto de los personajes de la novela, peto la influencia que tiene en diversos sectores de la población del país no deja de ser importante. De hecho, mediante aspectos como el privilegiar al deporte, el sistema y los valores educativos y el capitalismo de exportación, lo británico también es apropiado por la sociedad peruana más ampliamente, y en las múltiples lecturas de la novela se cuestiona la visión hegemónica tanto de lo moderno como de lo británico que tiene la familia de Julius. Para Juan Lucas y Susan, el inglés es un idioma que les ayuda a mantener su distancia con respecto a otros, pero para los otros, lo británico deja de ser un idioma para convertirse en un código que se puede usar para negociar su posición entre lo tradicional y lo moderno, lo nacional y lo cosmopolita, lo inmigrante y lo peruano. En una reunión exclusiva durante la época de toros, Susan ve en una botella «Jerez and London y siente algo familiar, como el resumen de su sangre»
(UMPJ: 252), episodio que sintetiza lo que la tradición ancestral, lejana tanto geográfica como temporalmente, representa para ella como expresión de su modernidad. Esta imagen puede aplicarse asimismo a la sociedad peruana en general, donde lo británico sirvió como elemento mediador de la tradición y la modernidad, contribuyendo así a redefinir la relación que tiene el país con sus antecedentes hispanos y cuestionar lo que significa ser parte de la sociedad peruana, tanto en el año que vio la publicación de la novela como ahora.
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