Cuaresmas del Duque Job
Manuel Gutiérrez Nájera
Introducción
Todavía Rubén no nos había conducido a ver cisnes de Versalles o de Aranjuez, cuando este joven poeta nos llevaba, con la Duquesa Job, su musa pagana y mexicana, al pintoresco parque de Chapultepec, vecino a México D. F. Los manuales de historia literaria os dirán que Gutiérrez Nájera (1859-1895) fue, con Darío y algunos otros, el iniciador del modernismo. Pero fue algo más: un parisiense de América, su mejor cronista y el primer romántico americano sin golilla. Su literatura nunca es solemne y tropical como la de tantos escritores nuestros. «Esprit rociado con Veuve Clicquot»
, dijo una vez de su avispada musa. Él también había sido bautizado con champaña. Ligero, ardiente, sonriente, malicioso y sagaz, parece, por su desenfadada prosa, un Larra americano, pero un Larra deísta y optimista que le perdonara al Destino sus veleidades.
El Destino fue avaro con él. Gutiérrez Nájera, el Duque Job, moría a los 36 años, cuando perfeccionaba su manera más íntima, esa atrevida y amena excursión por almas o pensamientos, ese ingenioso ragionare del que son muestra eximía las páginas que siguen, esa divagación del alma libre y aventurera por todos los huertos en abril. Más que sus versos, exquisitos, sin embargo, nos seducen estas burbujeantes fantasías en prosa, improvisaciones de un conversador genial. Para sí mismo parece haber escrito aquellas páginas aladas sobre el «Músico de la murga»
, en donde alude a «ciertos espíritus fugaces que solo producen una vibración, un centelleo, un estremecimiento, un escalofrío, y mueren como si se evaporaran»
.
Como poeta de la frívola vida, es innovador también. En los comienzos de su carrera literaria, los románticos de México y de América entera no se habían extinguido aún. Si no pasaban arrebujados; como Ignacio Rodríguez Galván, en su capa de luto, con los bucles sombríos sobre la oreja y la mecha «fatal» que es el rasgo de Satán en la frente, continuaban por lo menos la antigua y plañidera hipérbole. Se quejaba al viento y al mar el más ilustre romántico mexicano, maldecía a «la mujer infiel» y juraba
que el destino del hombre es padecer.
¿Qué hacen los otros, sino repetir de cien maneras esta elegía? Se suicida Manuel Acuña, y grita al cielo el juvenil Díaz Mirón su blasfemia elocuente. Solo Gutiérrez Nájera inicia una melancolía de buen gusto, una queja mesurada y recóndita cuyo lejano acorde parece prolongarse a veces en el budismo de Nervo y en la resignación sideral de González Martínez.
Del poeta anacreóntico, del prosador impresionista quedan libros divulgados y populares ya. Aquí hemos querido recoger las casi desconocidas Cuaresmas, en donde un poeta confidencial, un confesor de «desencantadas» como Nervo, predica sonriendo, el evangelio de la bondad.
Ventura García Calderón.
Domingo de la tentación
¿Recordáis haber visto en nuestra Academia de Bellas Artes un cuadro que representa la tentación de Jesús? El demonio muestra al hijo de Dios varias bandejas llenas de frutas y de flores y sostenidas por las manos de unos ángeles, que no sé si son hombres o mujeres, porque los ángeles no tienen sexo. Y parece decirle: -Si me obedeces, si te entregas a mí, ¡te comerás todas esas uvas, todos esos melocotones, todas esas peras!- ¿Recordáis haber visto el cuadro aquel? Pues bien: así no fue la tentación de Jesucristo.
Hay otro lienzo -¡vaya si es otro!- que tiene el mismo asunto. Es de Ary Scheffer, y recuerdo haberlo contemplado en un artículo maravilloso de Renan (suprimid el adjetivo maravilloso por inútil y la frase no perderá nada de su fuerza); en un artículo de Renan. El demonio allí es hermoso -¿Por qué hemos de hacerlo feo, cuando Dios lo hizo bello? ¿Por qué hemos de ponerle cuernos, si no somos mujeres? ¿Por qué hemos de imaginarlo repugnante, si a todos, por desgracia, nos simpatiza tanto?-. Y en actitud gallarda, altivo, ofrece a Jesús el señorío y dominio de la tierra. Dan ganas de decirle: -Te estás equivocando; ese humilde esenio puede más que tú; ese es Dios. Y dan ganas también de decir a Jesús: -Aquí ya no eres Jehová, que eres Jesús; desengaña a ese truhan buen mozo y perdónalo, ¡porque hace ya muchos años que sois enemigos!
La tentación, en ese cuadro, es seductora; ¡así han de ser las verdaderas tentaciones! La de la serpiente en el Paraíso fue muy tonta. ¿Qué ofrecía la serpiente? Lo que ofrece cualquiera india en cualquiera esquina: ¡una manzana! Por honra de Adán, y por honor de Eva, puesto que somos, al fin, de su familia, quiero creer que esto de la manzana solo es símbolo y que la serpiente, en realidad, le ofreció otra cosa. Es más: quiero creer que no hubo tal serpiente, porque las serpientes no pueden haber sido hechas por Dios ni haber estado en el Paraíso; y las mujeres, desde la primera hasta la última, fueron, son y serán incapaces de entrar en conferencia con animales semejantes.
De por sí, la tentación es hermosa. Leed, La Tentación de san Antonio escrita por Flaubert. ¿Cómo pudo resistir aquel santo? Ya era cosa de decirle a Dios: ¡Siempre mejor no voy al cielo! Pero como era santo, no lo dijo, e hizo bien.
La tentación es bella, señoritas, y no solo despliega sus encantos para seducir a las que pueden perder a toda la humanidad, como Eva; no solo habla en la cima de una montaña; a cada paso, en cualquier mostrador, ya ofreciendo un sombrero, ya un vestido, ya una joya, habla al oído. En el poema de Goethe, la tentación es un cofrecito con alhajas. Fausto, para vencer a Margarita, no necesitó la intervención del diablo que le acompañaba: bastábale el dinero que el mismo diablo le había dado. Esto, a mi juicio, constituye uno de los defectos de la heroína. Margarita no se enamora de Fausto por su bravura, como Desdémona de Otelo; ni por irresistible simpatía, como Julieta de Romeo; ni por su genio, ni por su ciencia, ni por su belleza, sino por sus joyas. Fausto se vende al diablo y compra a Margarita. Y por eso ni Fausto ni Margarita son simpáticos. ¡No son simpáticos, y por eso, tal vez, son tan humanos!
La tentación, desde los tiempos más antiguos, ha enamorado a la mujer con las ojeadas de la moneda de oro y con los rayos de las piedras preciosas. Júpiter, para poseer a Dánae, se convirtió en lluvia de oro. Los enemigos del alma son tres: no sé cuántos son los enemigos de la mujer, pero uno de ellos, señoritas, es el diamante.
Yo no tengo motivo alguno de disgusto con esta piedra, acaso porque no la conozco íntimamente, sino de vista, nada más; pero cuando pienso en los males que ha causado, no puedo menos que condenarla. Ya Shakespeare había dicho: «El oro y los dones brillantes tienen una elocuencia muda que mueve el corazón de la mujer mucho más que los discursos más hermosos»
.
Para poseer honradamente ese pedazo de carbón ennoblecido por la luz, la mujer aspira a atrapar un marido rico. Los perjuicios que ocasiona el caer en esta tentación serán, señoras y señoritas, el tema de mi discurso.
Desde luego debemos entendernos respecto a la palabra marido. Un marido viejo no es un marido. Hablo, pues, de los jóvenes, y entre estos aseguro que hay, en México, muy pocos ricos. Se puede conseguir un novio hijo de padres ricos, pero un novio que sea rico es muy difícil de obtener. Es necesario importarlo. Los pocos que hay tienen mucha demanda en el Extranjero, y sus familias los exportan para casarlos en Europa con la depreciación necesaria. Los padres acaudalados les mantienen a sus hijos varios caballos, un cochero, diversos vicios, la ignorancia y alguna enfermedad. Estos hijos tienen muchas necesidades artificiales, lo que equivale a tener mucha familia, a ser pobres. Aquí el dinero se va acabando como se acaba el arbolado de los montes porque cortan árboles para durmientes o para leña, y nada siembran. La progresión descendente es esta: bisabuelo, millonario; abuelo, rico; padre, acomodado; hijo, pobre; nieto, limosnero. No creáis, por consiguiente, que haya ricos. Esa es una voz que hacemos circular para que nos presten dinero en Berlín. Aquí hay algunos, que fueron ricos; otros, que van a ser ricos; pocos, que parecen ricos; pero ricos no hay. Se trata de construir un ferrocarril, y lo construyen los ingleses o los americanos; se trata de establecer una industria, y la establecen los españoles; se vende algo, y lo venden los franceses; pide el Gobierno dinero prestado, y se lo prestan los alemanes. En México hay casas, hay haciendas, hay libranzas, pero no hay dinero. El dinero de México está en las minas. De allá lo sacaremos, en bajando, pero no tenemos todavía para comprar la escalera.
Llamaremos, pues, rico a un joven que tenga caballo, por la misma razón con que podríamos llamarle caballero. Este joven no sabe trabajar, porque nos ha quedado inveterada la hidalguía española, y los hidalgos no trabajaban. Todo oficio, menos el de usurero, está aquí muy mal visto. En la misma clase media se siente invencible repugnancia a toda ocupación manual. Los pobres hacen versos; los ricos se hacen pantalones; pero hacer zapatos, hacer velas, hacer cerillas, es cosa de plebeyos y pecheros. De la nobleza, que nunca tuvimos, nos ha quedado la ociosidad. Investigad el origen de los mayores capitales mexicanos: es el agio o el contrabando, con excepción de los que derivan de las minas o del juego. No hay, pues, muchos ricos que puedan vanagloriarse de sus ascendientes. Pero, a pesar de eso, se consideran nobles, y como tales nobles, no trabajan. El pobre piensa hacer a su hijo abogado, o médico, o ingeniero; pero nunca sastre, ni panadero, ni boticario. Si el muchacho no sirve para el estudio, y en el examen lo reprueban, se hace literato.
El rico no piensa hacer nada de sus hijos. Antes hacían a uno mayorazgo, a otro militar y a otro sacerdote. Ahora a todos los dedican al vicio. No quieren que sigan una carrera porque en las escuelas del Estado se corrompen. Entre la escuela y la cantina, optan por la cantina. Prefieren que pierdan el honor en un garito a que pierdan la creencia de que san Pascual Bailón anuncia con tres toques la hora de la muerte.
El joven rico, en consecuencia, es un hombre que se va a comer los huesos que dejó en el plato el padre al levantarse de la mesa. Como no sabe hacer nada, su caudal se extingue. Por el instinto de la propia conservación, busca para esposa a una heredera. ¡Y gracias a estos injertos, tenemos todavía familias acomodadas en México! Suele acaecer, no obstante, que uno de estos señores, que tienen caballo, y cuenta ilíquida en la sastrería, se case con una pobre. Este es el bizarro paladín, el joven príncipe en que sueñan ustedes ¡oh, hermosas dormidas! La mujer entonces entra a la misma categoría que ocupa el caballo: los padres de su esposo la mantienen. Ella es siempre la desdeñada. Tiene que tratar poco a su familia, porque esta hace mala figura en la casa de su marido. Tiene que ser mala, porque forzosamente deseará que mueran sus suegros para ser ella algo por sí misma. El marido juega, y sus padres, que no supieron educarlo, le echan a ella en cara que no haya podido corregirlo. Siempre es la advenediza, la postiza en la casa, la agraciada, la favorecida. Suele tener brillantes en el cuello, pero tiene también muchas lágrimas en los ojos. No tiene: le dan. No vive: le prestan la vida y se la cobran diariamente.
¡Señoras que me oís; decid si esto no es cierto a todas las señoritas que me escuchan!
Se me preguntará si quiero que todos los matrimonios sean los de ¡une chaumière et ton coeur!, en francés, y los de «contigo pan y cebolla», en España. ¡No, tampoco! Los matrimonios los debe hacer el amor: a unos les hace bien y a otros les hace mal; pero él debe hacerlos. Os aconsejo, sin embargo, que no os caséis con un pobre de solemnidad. El amor come, el amor se viste. Los hambrientos y los desnudos se mueren. La miseria es una puerta muy grande; por ella entran el tedio, el deshonor, el crimen. Exigid a vuestros maridos mucho amor; pero también un poco de dinero. No crean ustedes: este es un personaje indispensable; es el apuntador, y si él no habla, se le puede olvidar a la esposa su papel.
Pero no busquéis, señoritas mías, una canastilla de boda, sino un esposo que sepa amaros y que pueda manteneros. No os unáis a un hombre que se crea superior en rango y casta a vosotras, o cuya familia a lo menos piense así. Si sois ricas, tampoco os caséis con un pobre, a menos que lo améis inmensamente y él os ame lo mismo y estéis ciertas de que lo preferiréis a todo. Un pobre puede dejaros con lo que llamaba la madre de los Gracos sus mejores joyas: con los hijos; y llevarse las peores joyas: los brillantes.
Lo que os encarezco es que no busquéis el diamante: esperadlo. Cuando cae naturalmente, como el rocío en el pétalo, es hermoso y es bueno.
Hablo ante un auditorio distinguido, de cuya religiosidad y buena conciencia tengo muestras evidentes, y por eso creo inútil el deciros que no busquéis el diamante por otros caminos. Pero siempre, señoritas... no lo busquéis.
Semana de Lázaro
El Evangelio nos refiere, señoras mías, la resurrección de un buen hombre llamado Lázaro. En este suceso, vosotras representáis excelente papel, porque si el Salvador revivió al difunto Lázaro, fue por dar gusto y consolar a sus dos afligidas hermanas. Podéis, pues, enorgulleceros de haber contribuido a la resurrección de un hombre, ya que de la muerte de tantos otros se os acusa.
El milagro no se ha repetido. A los muertos, los entierran sin remisión, y aun a algunos vivos también. Hay, sin embargo, algunos muertos que, por exceso de discreción, no quieren decir que lo están; muertos disfrazados de vivos que logran escapar a la solicitud de los sepultureros, a los tiernos y cariñosos cuidados de los médicos, a las ventajas que para todo difunto, convicto y confeso, ofrece la agencia de inhumaciones. Estos muertos se quedan en la vida chasqueados, como viajeros modernos que llegan al andén cuando ya han partido los vagones; y por ahí andan sin dirección fija, haciendo tiempo que llegue otro tren. Ya no quieren volver a la ciudad por no exponerse a regresar de nuevo tardíamente; ya se despidieron de todos sus amigos, ya guardaron su ropa en la maleta, y se quedan en la estación horas enteras, aburridos, callados y estorbando.
¿No habéis observado cuánta gente sobra en el mundo? Malthus dijo que sobraría; yo digo que sobra. Hay muchas botellas vacías en esta gran casa de la humanidad; pero las botellas vacías llénanse otra vez con licor nuevo; el hombre, no. Los de mal corazón y buena desvergüenza, confesarán que algunas personas les están sobrando. Los más tímidos y de mejores sentimientos dirán, hasta acaso caritativamente: este señor le está sobrando a este otro. Pero lo indisputable es que muchos sobran, que hay mucha gente inútil y estorbosa en este extenso paradero, y que, para una gran parte de ella, el tren de la muerte es como el tren de Laredo, que no se sabe cuándo llegará. Ninguno vive tanto como un muerto. Conozco a muchos de quienes hace largos años, lustros, décadas, estoy diciendo con íntimo convencimiento -¡Ya se van! Y helos de pie viendo partir a los que, acaso por más jóvenes y ágiles, les toman la delantera y suben de un salto al tren oscuro y húmedo que va directo a su final destino, sin detenerse nunca, ¡ni jamás desrielarse!
De esos embalsamados, de esas momias, está llena la mitad del mundo. Cuando se habla de ellos, la frase toma la forma de epitafio: era, se dice, verbi gratia, un literato notable; era apuesto, galán, afortunado. -Y ¿ahora qué es? -preguntamos nosotros. Pues nada, ya no es nada: ¡ya fue! Se quedó con un centavo de cerebro. Todavía de cuando en cuando quiere escribir y escribe, pero sus artículos producen el mismo efecto que una vieja desnuda. Se vació la botella y ya no sirve, sino para que en su cuello coloque el estudiante pobre un cabo de vela. El vino que antes contuvo, embriagó a la mujer hermosa, rio en la copa del potentado, fue alegría en el corazón, idea risueña en la mente de los jóvenes... ¡Pero ahora la botella está vacía! ¿Por qué no la arrojan a la basura? Para una botella de Borgoña debe ser muy penoso y degradante sentir que luego la llenan de petit bleu y enseguida de aguardiente, después de alguna medicina que huele mal, y, por último, le tapan la boca con un cabo de vela que la gotea de sucio sebo. Y como la botella es ese hombre. Ya está lleno de una poción de botica: pronto le pondrán entre los labios la vela de los agonizantes.
¡Qué triste debe ser acordarse uno de sí mismo como de persona extraña! ¡Hermosa muerte la del que cae en plena lucha, en plena juventud, en pleno vigor! Ese muere, pero no se siente muerto, se despide, ¡no lo echan! ¡Más hermosa muerte aun la de aquel cuya vida fue transformándose sin perder su decoro, y tuvo estaciones como la naturaleza; la del que brilló primero con luz propia, como el sol, y luego con la luz refleja de sus obras, como la blanca y apacible luna; la del que supo ser joven y ser viejo; la del que se mira revivido y continuado con sus hijos; la del que no huye de la existencia como un prófugo, ni se va de ella arrastrado por la policía como un borracho, sino que se desprende lentamente de la vida, como el esposo de los blancos brazos de su mujer que ya se duerme!
Pero estos infelices a quienes la mala suerte saqueó y dejo desnudos; estos que llegan a prematura decrepitud sin talento, sin dinero, sin lujos y con vicios; estos que sobreviven a todo lo bueno que tuvieron; estos que no se van porque la enfermedad no quiere soltarlos; estos que para hacerse la ilusión de que viven han menester de darles la vida artificial de la embriaguez; estos que nos piden vergonzantemente una peseta, como si no la pidieran para ellos, sino para los deudos indigentes de algún amigo que tuvimos, rico, brillante y que murió muy joven; estos que nos ven como diciendo: «¿Te acuerdas de él?»; estos piden a gritos que la muerte los tenga presentes, que no los olvide como los han olvidado todos; estos sí sobran.
Y, sin embargo, ¡cuán poderoso debe ser el sentimiento de la propia conservación cuando vive y no se asfixia ni envenena en este pantano de vida! ¡Esos enfermos le toman cariño a su cama de hospital; esos trasnochadores quieren entrar lo más tarde posible a su casa, que es el cementerio; presencian los funerales de su inteligencia, de su dignidad, de su decoro, y no se van con todo eso que era suyo y que los llama, por no separarse de la copa de tequila, de la colilla de cigarro, del grasiento naipe!
Y miles y millones más están sobrando en este valle de lágrimas. Pensad en aquel otro: su mujer lo abandonó; sus hijos han desaprendido a quererlo y se han enseñado a despreciarlo; ya no puede ser nada, y cuando ya no se puede ser nada, cuando ya no se va a ninguna parte, lo mejor a que uno puede aspirar es a ser muerto.
Esta deshonra con sus desmanes y escándalos a una familia honrada, aflige a sus padres y pervierte a sus hijos: está ya muerto para la vida, y sobra. Ese le sobra a su mujer. Aquel está empeñado en ser hombre político porque fue hombre político, y le sobra al gobierno. ¡El de más allá seca y marchita con sus manos enjutas y arrugadas los verdes laureles que conquistó en la juventud! ¡A todos estos que ya no pueden volver a su casa, que ya guardaron toda su ropa en la maleta y que aguardan en la estación sin hacer nada, llévatelos, Señor ¡Tú, que resucitaste a Lázaro, acaba de matar a estos otros Lázaros, a estos muertos abandonados por la muerte!
Hay otros, sin embargo, que también están muertos y que sí necesitan de resurrección. Hay botellas vacías que no han servido aún y cuyo cristal terso aguarda el vino generoso que ha de llenarlas. ¿Veis este frasquito? Es de Bohemia: su tapón diminuto es de plata. Ese frasco fue hecho para guardar algún perfume: pero está vacío. Es un niño rico, de buena familia; su padre vive en el club, la mamá en los paseos, en los teatros, en los bailes, o durmiendo. No vive, porque vivir, para él, ha de ser estar lleno de amor, y está vacío. La madre da primero el cuerpo, y después, beso a beso, va derramando el alma, gota a gota, por los labios del niño. Los brazos no son brazos hasta que no saben cruzarse sobre el pecho. Los ojos no son ojos hasta que no saben ver el cielo. Ese niño está en su cuna como en coqueto ataúd de raso blanco. Si le ha olvidado la madre, ¿cómo la vida no le ha de olvidar? ¿Veis qué blanco? Parece un cirio apagado, de cera intacta. ¡Señor: llena ese pomo transparente de perfume! A ella le diste un hijo: dale a él una madre. ¡Señor: prende una luz en esa vela blanca! ¡Señor: resucita a esos muertecitos que no han vivido todavía y que están en sus cunas aguardando almas!
Abrid el ventanillo del vagón, si vais de viaje. ¿Veis en la puerta de aquella casucha a un muchachillo de cutis atezado, casi desnudo, que casi ladra y casi hopea cuando el tren pasa? La india lo hizo como hace una tortilla, y lo echó al canasto. Por ahora sus hermanos son el perrito, el gallo, el cerdo. No es un frasco de perfume, como el otro; pero sí es una vasija de barro, también vacía. ¡Señor: echa, aunque sea atole en ese jarro! Que se funden muchas escuelas. ¡Allí se llenan estas ollitas trigueñas de leche pura y sana! ¡Resucita, Señor, a estos muertos tirados en el campo, para que no sean más tarde carne de cañón, ni hueso de presidio, ni abono de la tierra, sino hombres! ¡Entierra a los padres y a los hijos resucita!
Y no solo resucita a estos niños que nacieron muertos: también a los jóvenes, también a los hombres, también a las mujeres, que aún son susceptibles de resurrección: devuélveles la vida. A esta joven que no tiene ideales, que no siente amor, que compra un traje pagándolo con ser esposa, en el sentido brutal de esta palabra, y piensa en adquirir un coche pagándolo con su deshonra, a esta que está muerta, resucítala antes de que sea adúltera, como resucitaste a Magdalena y como resucitaste a la Samaritana. Si es adúltera, mátala ya. ¡A la única mujer a quien no dijiste si la perdonabas fue a la adúltera!
A todos los que están muertos, porque sus padres no les dieran la vida del espíritu, la vida, en fin, revívelos, Señor. Y al avaro que está muerto, porque yace enterrado en su dinero inmóvil; al que no ama y está muerto, porque vive sepulto en su egoísmo; a todos esos dormidos que parecen muertos en la sombra y silencio de la noche, ¡despiértalos con el clarín alegre de la Aurora!
Hay muchos jóvenes también a quienes puedes todavía resucitar. Allí miro a uno que ronca o gruñe de codos en la mesa de una cantina. ¿Vive...? No, porque el borracho es un muerto intermitente. Cada vez que se va a dormir, es que va a morirse de una vez; pero la muerte, al sentir el tufo del licor, se echa para atrás y lo deja dormido. Cuando está en su juicio, cuando parece vivo, es que anda prófugo. Es un esclavo que huye escondiéndose, agazapándose en lo más intrincado de la selva, porque le queman y le sangran todavía los latigazos de su amo, el vino. Jura no volver, pero apenas ha dado algunos pasos cuando el tirano lo atrapa, y como en la servidumbre ha perdido las fuerzas, vuelve a echarse, a manera de perro soñoliento, a los pies de su señor. Algunas ideas sobreviven en su cerebro, como náufragos bregando entre olas de alcohol. ¡Qué asoladora inundación! Primero, la oleada cubre la memoria; luego, la dignidad; enseguida, la inteligencia toda; al último, la vida. El hombre cree que bebe la copa, y se engaña, porque la copa lo bebe a él. Él la vacía primeramente de un solo trago; pero la copa cobra lo que perdió y el hombre tiene que llenarla con algo de su entendimiento, con algo de su corazón, con algo de su alma. Parece tan estrecho un vaso, ¡y en él, no obstante, se han ahogado tantos hijos, tantas madres, tantas esposas, tantas vidas! Se arroja alcohol al fuego para que este arda más; y alcohol a la idea para apagarla! El ebrio es muerto, pero si aún no pasan los tres días que Lázaro pasó sin vida, ¡resucítalo! Tal vez todavía es joven; tal vez el Dolor lo llevó del brazo y le dijo: «¡Ven y olvida!». Tal vez las ideas, enflaquecidas y anémicas de ese hombre, gastadas por un exceso de trabajo, no tenían ya fuerzas para salir del cerebro, y era preciso que salieran para que le llevasen a la vuelta el pan de cada día, y entonces el alcohol, que es fuerte y vigoroso, le dijo: -¡Yo te las empujaré! Tal vez de este naufragio flotan, salvos aún en el océano, algunos sentimientos buenos asidos a una lancha, a una balsa, a un mástil roto... Si es así, ¡resucítalo, Señor!
A estas resurrecciones milagrosas podéis ayudarnos mucho, señoras mías, como ayudasteis a la de Lázaro en figura de Marta y de María. Nada hay que despierte tan pronto como un beso de amor. La mujer da la vida y puede volverla a dar a los que casi la han perdido. No solo se es madre en los momentos del alumbramiento: se es madre antes y después. Es madre cuando con un rayo de amor crea la mujer sentimientos buenos en el alma de un hombre, y cuando despierta alguna actividad dormida en su ánimo; es madre cuando, como la Cordelia de El rey Lear, sostiene al padre anciano; es madre siempre que es buena y siempre que ama. Por eso, señorita, puede usted, cuando quiera, realizar el prodigio de ser virgen y madre, como María de Nazaret.
Semana de Dolores
Esta es la semana más triste de la Cuaresma, porque en ella se hace memoria de la aflicción inmensa de una madre. En los altares quedan veladas las imágenes; o diríase que todos los santos, se van al cielo, para acompañar a Jesús en los solemnes días de la pasión, o que se cubren asustados con un velo para no ver las terribles escenas del Calvario.
Nosotros hemos dado al Viernes de Dolores un carácter simpático y alegre. Es el día en que la hostia blanca baja a los labios del niño, y cierra y sella esa cartita que, cuando el hijo hace su primera comunión, le envían todas las madres a la Virgen; es el día en que la joven se corona de más flores, el día en que el trigo nace, para adorno del altar, como si también fuera otro hijo rubio de María.
Pero ¡qué triste, sin embargo, está la Dolorosa! Yo no hablo de las grandes Dolorosas que ponen en los templos; hablo de la que conozco, de la mía, de la que estaba a la cabecera del lecho en que nací, ¡de aquella cuyas lágrimas vi yo al través de las primeras mías! No la alegran las rojas amapolas, ni las espigas doradas, ni los cirios blancos con sus rosetas de papel picado, ni las aguas de colores, ni las armonías de la orquesta que toca música de Rossini. ¡Para una madre que va a perder su hijo no hay consuelo! Y eso que el Hijo de María iba a resucitar, iba a subir al cielo, ¡como que es Dios! Pero también iba a sufrir tormentos indecibles, y por eso la Madre acongojábase. También iba a separarse de ella, y como la Virgen era mujer y madre al cabo, no sería extraño que, aun sabiendo a ciencia cierta que su hijo era Dios, pensara al verle expirar crucificado: -¡Si se habrá muerto...! ¡Si ya nunca lo veré!-. Puede ser que esta sea una blasfemia; pero yo la digo, a reserva de desdecirme, si el obispo, mi superior jerárquico, me lo ordena. Y lo digo porque todas las madres son medrosas, y porque a alguna que lloraba a su hijo muerto, dije yo: -Consuélese usted, porque su niño está en el cielo- ¡y la señora siguió llorando todavía!
Son muy buenas las madres, y por lo mismo os encarezco a todos que seáis buenos hijos, y de los buenos hijos voy a hablaros.
Oigo decir de muchos jóvenes que son buenos hijos. Esta es una cualidad que se concede fácilmente. Parece como que no la queremos, como que nos causa envidia, como que nos sobra y, por eso, la damos a cualquiera. Llamar a alguien buen escritor, buen músico, buen sastre, cuesta trabajo a los escritores, a los músicos y a los sastres; pero llamar al mismo buen hijo, o buen hombre, es cosa llana y corriente para los hombres y para los hijos. De modo que hay muchos buenos hijos recibidos y titulados, aunque no ejerzan su profesión; porque entre esos buenos hijos ¡cuántos desalmados y Caínes hay, así como también muchos de aquellos a quienes se apoda con el mote, entre despreciativo y cariñoso, de «buen hombre», merecen el presidio y hasta la horca!
Cada vez que se anuncia un parricidio, la sociedad se alarma, la indignación se enciende, todos los «buenos hijos» leen con horror y espanto la noticia, sacudiendo con mano temblorosa el periódico que la publica y que ellos leen al desayunarse..., si bien es cierto que no siempre ese movimiento convulsivo nace de ira justa y noble, sino algunas veces, cuando menos, de los desórdenes y excesos que «el buen hijo» comete por las noches. -¡Parece imposible que haya almas tan negras! -exclaman todos- ¡Que lo ahorquen! -repiten. Y al oír tales voces, se siente uno satisfecho de sí mismo, de su buen corazón, de su ternura, y orgulloso de pertenecer a un mundo en el que hay tantas personas excelentes.
Infortunadamente, he perdido esa ilusión, y como aquel que se acostumbró al uso de los venenos, hasta el grado de que ya estos no le dañaban, yo me he acostumbrado a presenciar parricidios, y ya no me asustan, y me parecen tan vulgares como cualquiera defunción de un tifoideo. He llegado a tal punto, que, no solo absuelvo, sino que trato a muchos honorables parricidas. Esto de haber matado uno a su padre, constituye un pequeño defecto; es como el fumar, un vicio muy común y ya aceptado; es, en resumen, una pequeña mancha que se lava con derramar sobre ella algunas lágrimas, a la hora en que la víctima esté expirando. En cierto modo, el parricidio es lógico; ¿no dicen que los padres nos dan la vida? Pues entonces no les quitamos la vida, aunque parezca que se la quitemos; nos la dan.
Tan cierto es esto, que la misma sociedad llama a incontables parricidas «buenos hijos».
La doctrina enseña que hay diversas maneras de matar. De modo que el asesino, en muchas ocasiones, puede decir a sus jueces: -¿Cómo están ustedes, compañeros?-. Lo punible en el asesino es la brusquedad, el uso de armas cortantes o de fuego, el matar sin aviso previo y de golpe y porrazo. No tiene licencia de portar armas y se le prohíbe que compre un veneno en la botica sin exhibir la receta del facultativo; pero sí respetando estas prudentes taxativas se da sus mañas para matar de otra manera, la justicia no se mete con él; es hombre honrado.
En el hijo es casi natural la propensión a matar a sus padres. Algunos cumplen pronto su comisión: despachan, a la mayor brevedad posible, su trabajo, y en cuanto llegan al mundo, matan a la madre. Cuando menos, hacen todo lo posible para conseguirlo. Si no lo logran, es porque el médico, un intruso, los saca a fuerza antes de que cumplan su cometido.
Las señoras tienen la conciencia de que sus hijos han de ser sus asesinos. Por eso desde que el muchacho empieza a andar, le dicen a propósito de cualquiera rabieta y de cualquiera travesura; -¡me estás quitando la vida!-. Y esto que ellas dicen en broma, porque las madres son más ciegas que el amor, es la verdad en muchos casos. El muchacho está afilando sus armas para hacer uso de ellas en el momento oportuno.
De fulano se dice: «Tiene muchos defectos; pero es un buen hijo». A mí siempre me ha llamado mucho la atención este elogio. ¿Cómo ha de ser un buen hijo el que es un mal hombre? De sus defectos tengo pruebas sobradísimas: se embriaga, juega, deshonra una mujer, etc. ¿En qué consiste entonces su bondad filial? Si no afligen a la madre estos vicios y escándalos del hijo; si no la apena pensar que él ha de enfermarse, y que será, por fuerza, mal esposo y padre peor, entonces y sin remedio, es una mala madre. Y si es buena, y si sufre por tales desmanes y deshonras tales, ¿cómo ha de ser buen hijo el que la hace sufrir, el que le está abreviando la existencia? Aunque lo vea darle de besos a la anciana, aunque le oiga hablar de su santa madre, aunque mire cómo respetuosamente la acompaña a la iglesia, por complacerla, dos o tres veces cada año, aunque escuche los sollozos y los gritos que lance el día en que acabe de matarla, nunca podré creer que es un buen hijo. Pues, ¿sabéis qué es ser bueno? ¡Es dar bondad! Que me digan en buena hora: -¡Quiero ser un buen hijo, pero no puedo!-. Eso tal vez sea cierto; pero ¡no me obliguéis a admitir una moneda falsa! Le diremos buen hijo, porque no somos sus padres, y ellos se lo dirán y hasta lo creerán, porque lo son, y será un buen hijo, para afuera, para la galería, para las costureras que leen novelas de Pérez Escrich y lloran en El campanero de san Pablo; para los que creen en el patriotismo de ciertos oradores que hablan de la patria; y hasta para nosotros que no tenemos nada que ver con él y que no le daríamos dinero en préstamo, ni a nuestra hija por esposa; más para Dios, para la Verdad suprema, no es ni puede ser buen hijo.
Y de esos «buenos» está lleno el mundo. ¿Cómo serán los malos, santo cielo? Y los hay a millares que no disfrutan la reputación ni la fama de los parricidas, pero por falta de equidad en los juicios del mundo y no porque no lo sean. ¿Veis a esa madre? Su esposo os dirá que no ha perdido ningún hijo, y los ha perdido todos. Porque ya no son suyos, porque no la aman como debían amarla, porque se fueron, porque se los llevaron, porque ya nunca volverán. Ella los aguarda, porque el amor es terco, incrédulo de la muerte; ella les habla, como se habla en oración, con el muerto que yace bajo la losa del sepulcro. Y cree que la oyen y que la agradecen las flores que les lleva... ¡Pero ya están muertos!
¿Sabéis por qué las madres dan a luz a sus hijos con dolor? Pues porque la naturaleza se resiste a que los dejen ir, y la madre quiere tenerlos dentro ella misma; porque solo allí están seguros; porque solo de allí no se los roban. Algo más tarde, la madre siempre tiene miedo de que le hurten a su niño, y por eso se asusta cuando no lo ve a su lado, y lo estrecha en sus brazos, como si quisiera volvérselo a meter dentro del seno. Prevé que cuantos la cercan son ladrones; el libro de la escuela, la jovencita que sonríe... Y esos, siquiera, son ladrones generosos, porque al cabo devuelven lo robado; no matan para robar; pero ¡el garito! ¡La mujerzuela indigna!... ¡Él vino...!
Si María, con ser madre del Hijo bueno por excelencia, de Jesús, sufrió tanto, ¿cómo habrán de sufrir y padecer las desgraciadas que tengan hijos malos?
Señoritas:
No os asombren los parricidios, porque diariamente se cometen.
Buen hijo:
No aguardes a que tu madre muera para saber que la tuviste.
Hijos buenos:
Amad a vuestras madres, por todos los que no aman a las suyas.
Buenas almas:
¡Orad por todas las madres dolorosas!
Domingo de Ramos
Refiere el Evangelio, hermanas mías, que entró Jesús en Jerusalén montado en una pollina, y que el pueblo tendía las capas a su paso y agitaba palmas, en muestra de regocijo, y entonaba hosannas. Esta triunfal entrada a la ciudad santa me parece muy semejante, en muchos casos, al solemne día del matrimonio. Jerusalén es, por ejemplo, santa Brígida. A la pollina ha reemplazado el landó en que llegan los novios. La ciudad, digo, la iglesia, está adornada y de fiesta. Al observar el infinito número de flores que hay orlando las columnas y tapizando las paredes, se cae en cuenta de que para la feliz pareja es aquel su día de ramos, el principio de su Semana Santa. El órgano canta ¡hosannas!, como el pueblo de Jerusalén. La multitud se divide en dos grandes masas para abrir calle a los triunfadores, y un murmullo de admiración cortesana se alza y se extiende en la majestuosa nave de la iglesia. ¡Ya entraron en Jerusalén! ¡Ya comenzó la gran semana!
Os hablo, por supuesto, señoritas, de los matrimonios hechos ligera y atolondradamente. Para los que se hacen como Dios manda, Jerusalén es más piadosa y menos tornadiza. Para estos, al día de Ramos siguen la Anunciación, el Nacimiento y otras fiestas simpáticas y poéticas. Mas para los primeros, en pos del Domingo de Ramos vienen indefectiblemente las Tinieblas, el «pase de mí este cáliz», los azotes, el pésame y, por último, un amigo traidor que mete la mano en el plato, un desesperado que se ahorca, o un amor muerto y sepultado que nunca, nunca resucitará.
Para que no paséis por este Calvario, voy a haceros algunas advertencias.
Ante todo, caballeros y damas, no entréis en Jerusalén, o sea en el matrimonio, con el fin de hacer alguna redención. Hay algunos varones, ejemplares y magnánimos, que suelen decir a la que va a ser su esposa: «Yo te perdono porque amaste mucho». Esto es de consecuencias desastrosas. Procuren ustedes, caballeros, que sus futuras hayan amado lo menos posible. Nuestro maestro Víctor Hugo dijo: No maldigáis a la mujer que cae
; pero no dijo que nos casáramos con ella.
Y en cuanto a ustedes, señoritas, ruégoos también que no penséis en redenciones. Muchas de vosotras aman o creen amar a un botarate, a un perdido, a un jugador, aun ebrio más o menos adelantado, y a pensar en casarse, se dicen para su coleto: ¡Mi amor lo redimirá! Esto es muy noble, aunque algo andaluz; pero tened en cuenta que la única redención que se ha realizado fue a expensas de la vida del Redentor.
Tampoco, señoritas -y esto os lo digo para que seáis felices- imaginéis que vais a hallaros la felicidad. Sueñan algunas que, al casarse, su vida mudará completamente, y que toda será sonrisas, mimos, cariñosos halagos de la suerte, y como la vida siempre es vida, como las enfermedades, los pesares, etc., no se guardan con el vestido de novia, que ya no vuelve a usar la esposa, el desencanto es lamentable. A mí no me dan lástima los que se quejan de no ser dichosos. Esto es quejarse de que no hay sol por la noche. Pues, si no hay, ¿para qué vamos a quejarnos? Confórmense ustedes con obtener los premios chicos, las aproximaciones en la lotería, porque el premio principal solo le toca a uno, y ese uno casi siempre es un desconocido a quien nunca llegamos a conocer.
Alejandro Dumas (hijo) daba estos consejos algo tristes, pero algo ciertos, a una muchacha casi tan buena como vosotras, a la Anita de Francillón: «-No te diré como tu confesor o como Hamlet, el primero con su fe y el otro con su duda: Entra a un convento. No, tú tienes otro destino que cumplir, tan abnegado y útil como el de las monjas; pero no pidas al amor más de lo que el amor te puede dar. Pídele, por el matrimonio, el medio de cumplir tu natural destino, y si te da la maternidad, queda satisfecha. Sé indulgente para con el hombre y reconocida para con Dios»
.
Prefiero, hermanas mías, que entréis en el matrimonio con alguna desconfianza y hasta con algún temor, a que entréis con desmedidas esperanzas. Pensad que, de la pasión, del apóstol traidor, de la cruenta agonía podéis libraros, y de seguro os libraréis si obráis cuerdamente; pero bueno es que no vayáis enteramente seguras de escapar al ayuno de los días santos y a los azotes más o menos leves que la suerte aplica siempre a todos los humanos. Procurad, sobre todo, que vuestro amor no muera, o que solo muera aparentemente, como el Salvador, para resucitar a los tres días, y vivir la inmortal y serena vida del espíritu.
No penséis al casaros, señoritas: Voy a ser feliz. Decid: Vamos a ser dos, y mis alegrías aumentarán, porque sufriré con él y gozaré con él. Y cuando seáis dos, sed tres y... cuatro luego... ¡Vaya! hasta cinco, para que podáis ajustar al sistema decimal; pero no os aconsejo, os deseo que no agreguéis muchos sumandos, porque las sumas largas son complicadas y dificultosas. En fin, sumad, sumad cuanto queráis, pero a medida que el esposo vaya aumentando las multiplicaciones en el libro de caja. Dividid poco o, mejor dicho, entre pocos: el amor entre los vuestros. Restad menos.
Yo creo que, la felicidad, a pesar de lo que antes dije, o más bien, para explicar lo que dije antes, no es tan difícil de encontrar. Solo que, como no la conocemos, pasa inadvertida por nosotros y no asimos su brazo, ni siquiera la saludamos. Y luego exclama el hombre: -¡Ah!, ¿conque era aquella...?- ¡Y sí, aquella... era!
Nosotros creemos que la felicidad es una señora muy alta, muy hermosa, muy rica; y la felicidad es bajita de estatura, algo pálida, algo melancólica, que de todo se asusta, que por todo se ruboriza, pero muy buena, muy bonita, muy de su casa, muy humilde. Al hallarla decimos: -Esta ha de ser la hermana menor de la felicidad, la hormiga de la casa, la Marta que trabaja. Y no: ¡es la misma! Como no hace ruido, cuesta trabajo saber en dónde está. Como es muy vergonzosa, casi siempre está escondida. Pero vosotras, señoritas, la encontraréis sin duda alguna, siempre que no la esperéis, porque la felicidad está muy ocupada y no puede ir a todas las casas en que la aguardan, sino siempre que la busquéis solícita y cariñosamente.
Cásense ustedes: ¿no ven que todo lo que vuela tiene dos alas? Pero si no os sentís con la prudencia y tino necesarios para saber acomodarse con otro carácter, para triunfar de vosotras mismas -porque es triunfar el ser vencido por amor-, entonces no os caséis, a menos que no queráis ser asesinos.
El amor sabe mucho; preguntadle. Y si así lo hiciereis, señoritas, el amor os lo premie, y si no, os lo demande.
Segunda Cuaresma
Primer sermón
Acabamos de celebrar, señoras mías, el Miércoles de Ceniza. A los buenos católicos nos ponen ese día una cruz en la frente, como anticipando la que más tarde o más temprano han de poner en nuestra cristiana sepultura. Se nos recuerda que polvo somos y que en polvo hemos de convertirnos: se ofrece a nuestra meditación lo efímero de la vida, la vanidad de las pompas mundanas y lo inevitable y terrible de la muerte.
Ese día de Ceniza es un día que amanece desvelado, pobre, porque en la noche anterior gastó más de lo que podía gastar; enfermo del estómago y nublado el espíritu por penosas preocupaciones. La campana que en él repica es la del portón de la escalera, anunciando a los acreedores que suben. ¡Y qué acreedores...! ¡La salud! ¡El amor! ¡La virtud! ¡La muerte! ¡Dios!...
Muy bien pensado fue llamarlo de ceniza; porque ceniza es lo que ya ha ardido, lo que ya ha brillado, lo que se acuerda del calor que tuvo, como nosotros nos acordamos del amor que sentimos. La nieve es más feliz que la ceniza, porque la nieve no fue nunca fuego.
Cuentan los entendidos en achaques eclesiásticos que la ceniza del famoso miércoles es la de las palmas que lucieron en la procesión del Domingo de Ramos y que después queman los clérigos. ¡Símbolo hermoso en verdad! ¿Qué ceniza más triste que la de la gloria? Primero, palmas que, a modo de abanicos, sostienen en el aire, agitando estos himnos de triunfo y cantos de esperanza; después, las mismas palmas reducidas a polvo, como las ilusiones que mecieron al moverse, y trocadas en signo de vejez o muerte. La ceniza verdadera, la que más apaga, la que más enfría, es la que ha llovido en nuestra alma; la ceniza de las palmas que ceñimos con vanidad a nuestras sienes: la ceniza de las cartas de amor, quemadas antes de casarnos; la ceniza de los azahares ya marchitos; la ceniza de las flores que en otro tiempo nos dieron, ocultando un beso entre sus hojas; la ceniza de los versos nuestros que en un tiempo nos parecieron tan hermosos; la ceniza de nuestros diplomas o de nuestros títulos honoríficos; y la más triste de todas las cenizas: la ceniza del escapulario que nuestra santa madre nos colgó del cuello y que nosotros besábamos de niños.
No es preciso pasar por el martes de Carnestolendas para llegar al Miércoles de Ceniza. No es necesario salir de la orgía, de la bacanal, para sentir la tristeza de esa desvelada, el cansancio y desaliento de ese miércoles. Hay vidas puras; vidas sin mancha de vino: vidas sin labios mordidos por otros labios, y a las que el Destino pone un día la ceniza en la frente. Salen de la alcoba nupcial, salen del hogar paterno, salen del estudio; llevan muchas esperanzas, muchos deseos de hacer bien, muchos recuerdos santos, como niñas que llevan flores para ofrecerlas a la Virgen; y la suerte las arrodilla y les dice: ¡Todo es ceniza! ¡Todo es polvo! En ese día solemne de la vida, día que es como los días del Génesis, porque nadie ha fijado aún su duración, y lo mismo puede ser de una hora que de un año o muchos años; en ese día no anunciado por el toque del alba, sino por los dobles, unos se arrojan al agua, otros al alcohol, algunos a la honradez sin esperanza, muchos a la tristeza sin amigos. Fingíos por un instante que las almas se quitan los cuerpos, como si se quitaran dominós. ¡Cuántas almas con la cruz en la frente! Esa joven hermosa acaba de casarse; amó o creyó amar; sale de la alcoba que todavía huele a azahares; nadie la aguarda porque la creen feliz, y a la felicidad se respeta y cuida y rodea de silencio, como al sueño; busca a la madre para besarla y para decirle la más piadosa de todas las mentiras: que es dichosa; y esa joven que debe sonreír cuando alguien llegue, que debe ruborizarse cuando, le hable el primer amigo, lleva ya la cruz de ceniza, el todo es miseria y todo es vanidad dentro del alma.
¡Cuántos, llevando la ceniza de sus amores muertos! ¡Cuántos, escondiendo las cenizas de sus creencias! Humo primero; polvo después... ¡Y eso es todo!
Pero eso es todo, señoras mías, para el que no sabe vivir con la intensa vida del espíritu; para el que no sabe ir a la muerte, limpio y bien vestido como quien va a una visita. Lo que nos recuerda el Miércoles de Ceniza y lo que en él nos entristece, no es el fin del hombre. Esa sería una perogrullada de la Cuaresma. Ya bien sabemos que hemos de morir. La vejez es peor que la muerte, porque dura más que esta; y la vejez nos recuerda el Miércoles de Ceniza. Nos habla de que un día morirán los seres que amamos, y nosotros viviremos; de que un día nuestra hija se irá con su esposo, porque lo amará más que a los padres, y nosotros viviremos; de qué pasado el tiempo oirá nuestra vanidad, ya lejano, muy lejano, el estrépito del aplauso que hoy oímos tan de cerca, y nosotros viviremos; nos habla, en suma, de que todo es polvo y se ha de volver polvo, no nosotros... que al cabo eso no importa... el polvo nada siente... sino todo lo que más queremos, todo lo que más amamos, todo lo nuestro en realidad o en el deseo.
Es muy triste ese anuncio de inevitables despedidas; y más triste para vosotras, mis hermosas oyentes, porque sois las que con mayor pena os resignaréis a ser viejas, si es que os resignáis. La belleza es para vosotras como una segunda patria, y no queréis dejarla. Salís de ella, pero por fuerza, desterradas.
En verdad os digo, señoras mías, que de esa terquedad depende la desdicha de muchas mujeres, dignas de ventura. Ven al espejo como se ve al conductor del ferrocarril cuando está uno comiendo en alguna estación, con inquietud y como preguntándole: ¿ya es hora? Levantaos de la mesa antes que el conductor; salid de la juventud antes que el espejo lo mande, despedíos antes de que os despidan. ¿A qué teñirse las canas o encubrir con afeites los estragos del tiempo? Con eso no se engaña a nadie. Los ojos de veinte años no se dejan engañar en contrabandos de hermosura. Las que tal hacen se engañan a sí mismas, y cuando sonrían de satisfacción frente al espejo, el espejo, copiando la sonrisa, se ríe de ellas.
Resignaos, señoras mías, y seréis felices, y seréis hermosas. Pues qué: ¿no tiene su hermosura la vejez? La belleza de esta es una belleza blanca, así como la belleza de la juventud es una belleza color de rosa. Las viejas que no quieren ser viejas son las feas: hacen un gesto que las desfigura; Pero las viejas de buena voluntad, las que saben vestirse de negro como antes se vestían de azul o blanco, ¡qué bonitas!
Saber ser joven, saber ser hombre y saber ser viejo, es saber vivir. Pero no hay que demorarse en la estación dejando partir el tren que la vida nos señaló, porque entonces se hace un papel ridículo. Entremos en él como entra el año, sin remilgos ni tardanzas, a sus cuatro estaciones. Primero es uno feliz por lo que goza; luego es feliz por lo que gozan sus hijos, o los hijos de sus amigos. Primero se quiere; después, se acepta.
Para que sea bella la vejez; se necesita que tenga una virtud suprema: la indulgencia. El joven es intransigente; el joven exige: ¡ha vivido tan poco...! ¡Cree que le deben tanto los demás...! Pero el viejo ya sabe que también él debe mucho; ya sabe que no pagan todos los deudores; y se resigna a pedir pequeños abonos de gratitud y de cariño a la ingratitud y al desamor humanos. ¿Qué ha aprendido viviendo tantos años si no ha aprendido a perdonar para que los otros lo perdonen?
¿Qué se van los hijos...? Bueno; es decir: malo; pero es natural, perversamente natural, ¡pero es así! En cambio, vienen los nietos. ¿Qué ya no se besa una boca de quince fresas? Bueno; es decir: malo; pero se besa una boquita que todavía no tiene dientes para morder fresas.
Porque queremos ser felices siempre de igual modo, somos desgraciados. Se cambia de felicidad, de felicidad relativa que nos llega, así como se cambia de traje. Un viejo que no quiere ser viejo, siente frío en el alma, como el que se empeñara en salir con traje de verano en el invierno. Pero no es culpa del invierno, es culpa de él.
Por eso yo, señoras mías, al poneros la ceniza en la frente, y al deciros que sois polvo -polvo de arroz, por supuesto, y del que yo quisiera muchos pomos-, también os digo que sepáis ser viejas porque así conservaréis vuestra hermosura.
Y tal es el deseo de vuestro capellán que mucho os ama.
Segundo sermón
Como yo, señoras mías, predico los domingos, y el día más solemne de los días cuaresmales es el viernes, deseo asistir en él a alguna iglesia para oír la palabra de Dios y tomar ejemplo de los grandes predicadores que son decoro y gloria de la cátedra sagrada. Pero es el caso que múltiples y profanas atenciones me vedan concurrir a esas fiestas evangélicas y edificantes, a las que tanto realce da vuestra presencia; y como quiera que es vivísimo el deseo por mí alentado de instruirme en asuntos religiosos, con el único fin de perfeccionarme y de perfeccionaros -moralmente, se entiende, porque ya sois perfectas en lo físico y hasta cuentan en lo químico-, lo que hago es comprar El tiempo «de mañana» para leer el Evangelio del día, puesto que empiezo a leerlo a las doce en punto de la noche. ¡Qué brillantes, qué profundos, qué elocuentísimos sermones! ¡Cómo que en ellos habla el mismo Salvador del mundo con la divina unción de su palabra vivificadora! Entre esos discursos apostólicos y los sermones de muchos respetables sacerdotes, hay la misma diferencia que entre decir Jesús y decir Chucho.
El Evangelio del viernes último fue, mis señoras, el del paralítico. Él sabía que bañándose en la piscina (parece que así llamaban antes a la alberca Pane), sanaría tal vez; pero como era paralítico y como los demás eran egoístas, no podía moverse ni echarse al agua mucho menos. Se necesitó que pasara por allí Jesús, el Bueno entre los buenos, y que le dijera: -¡Alza tu catre y anda!-, con lo cual quedó sucio, puesto que no se bañó, pero quedó curado por obra de la Divina Omnipotencia.
Si yo fuera pesimista -¡pero qué he de serlo...!-, haría todas las noches esta oración al Redentor: -Jesús mío-, es decir, no mío, Jesús de todos: -Jesús, vuelve a nacer porque hay muchos paralíticos y muchos Lázaros, y muchas Magdalenas, y tú solo curabas, resucitabas, perdonabas! Parece que esta gente no se acuerda ya de ti. Todos son como esos descastados egoístas que dejaban abandonado en su jergón al pobre paralítico, sin ayudarlo, sin alzarlo para que entrara en el baño milagroso. Por curar, cobran; resucitar, no saben; perdonar, no quieren. ¡Señor, vuelve a nacer, por vida tuya!
Por fortuna, como arriba apunté, yo no soy pesimista. ¡Qué blasfemia decir que ya no existe la Virgen madre María, cuando tenemos una madre buena! ¿Cómo no creer en la eficacia, en la bondad presente y activa de la moral predicada por Jesús, cuando resuenan todavía, como una música lejana, en nuestro oído, las máximas que nos inculcó, amoroso y sabio padre? Sí: hay muchos buenos; yo conocí a algunos; yo conozco a uno... a dos, acaso a tres; tal vez más tarde conozca a otros; pero ¡hay buenos! Sin embargo, son más paralíticos y muchos más todavía los que no ayudan a los paralíticos.
El número de esas personas que no pueden moverse, casi es tan grande como el de los tontos. Paralíticos de bolsillo, paralíticos de corazón, paralíticos de voluntad... ¡Cómo abundan los pobres paralíticos! Pero no es la parálisis enfermedad irremediable. Ya Jesús lo demostró. Y está probado que la medicina mejor es la que empleó ÉL: la bondad infinita. Para que esos inmóviles se muevan, hay primero que hacerles creer en uno, por medio del amor, y luego hacerles creer en ellos, en su propia fuerza. Y así curan, y se levantan, y caminan.
¡Cuántas de vosotras, mis señoras, tendréis maridos paralíticos, de esos que andan por las cantinas, y por el Hockey, y por las calles de plateros, y por entre bastidores... y por otras partes! No lo digo por agraviarlos, ni mucho menos por haceros injuria; pero creo que esa es la verdad. Son paralíticos los que, por herencia, por desencanto, por aburrimiento, se acuestan en el vicio o se echan sobre el colchón de la pereza. Pero a todos los que están dormidos y no muertos, se les puede despertar. Al que no puede moverse por sí mismo se le carga, aunque pese, para llevarlo a donde le conviene. Cargar, señoras, no es oficio exclusivo de los asnos. Ya habréis visto en una de las cancelas del Sagrario a San Cristóbal cargando a Jesús. Y Jesús cargó a toda la humanidad. ¡Todas las buenas madres saben cargar a sus hijitos! Para soportar todo peso moral no se requiere mucha fuerza: lo que se necesita es mucho amor. Me diréis, tal vez, que san Cristóbal era muy grandote. Concedido; pero ese gigantón solo llevó en hombros a un niño; y ese mismo niño alzó, para salvarlo, todo un mundo. No, la fuerza, la corpulencia, la recia musculatura no son indispensables; lo indispensable es el amor.
La mujer es lo más débil, y al propio tiempo lo más fuerte. Yo conozco a señoras que soportan a maridos flacos y canijos, pero que pesan mucho... ¡Y los soportan! Todas vosotras, en queriendo, sois muy fuertes. Tan grande es vuestro poder, que el mismo Dios necesitó de una mujer para hacerse hombre y redimir el mundo. Podéis creerlo: si no hubiera mujeres, no habría hombres.
Pero ¿basta con echarse a un marido sobre la espalda y pasearlo en tal guisa por las calles? A eso voy: no, no basta. Lo que conviene es llevarlo a alguna parte en que se cure. Cargar a los maridos para ayudarlos, es muy bueno; cargarlos, por cargarlos, es muy tonto.
Pero hay muchos, señoras, que están como el paralítico del Evangelio, cerca de la piscina, con el deseo de bañarse en sus aguas saludables. Y sus mujeres pasan junto a ellos de igual modo que los egoístas fariseos, sin decirles bien claro: «-Puesto que tú no puedes, yo te llevaré».
¿Quién mejor que vosotras para curar a esos enfermos? Paréceme que curar es como cosa propia de mujeres. Los médicos recetan, escriben, estudian, dicen cosas en latín; pero las mujeres son las que le hablan a la enfermedad en castellano, las que tienen manos blandas, las que curan. Una esposa es la mejor medicina, siempre que proceda de botica que tenga responsable competente, y siempre, también, que alguien no la haya adulterado en el camino.
Curar... ¡Ese es el oficio de los buenos en la vida! Yo no aconsejo a las señoritas que se casen con los paralíticos. No: para ellos hay hospitales. Pero si ya se casaron con esos tristes enfermos, que procuren curarlos. Y, sobre todo, que no los paralicen después de casados, que no sean como esos sacristanes rapavelas, que andan por el altar mayor apagando los cirios cuando acaba la ceremonia cuaresmal. ¿Creéis que os habéis casado para ser felices, hermosas oyentes mías? Pues creéis mal. ¿Cómo ha de dar el matrimonio lo que no da la vida? Os casasteis para ser dos... y luego, más. Pero en ese ser dos y luego más -multiplicando, se entiende, no partiendo, porque hay divisiones que aumentan el hogar-, cabe mucha dicha, siempre que los esposos sepan empacarla. Mas para conseguirla hay que curar, señoras, curar mucho. Se entiende que la curación ha de ser mutua: pero como, por sus muchas ocupaciones no han venido a esta iglesia los maridos, con vosotras hablo solamente.
Muy acá, para entre nosotros, y basado en mi larga práctica de confesar, voy a deciros que hay muchos maridos, aun de esos que pasan por muy buenos, que son algo paralíticos, es decir, que aun siendo buenos están algo malos. ¿Los conocéis...? ¿Sí? ¡Por supuesto! ¡Acaso mucho! Pero os diré -soy optimista- que no son incurables. ¿Quién de nosotros no tiene alguna parálisis en alguna parte del alma? Pero ahora, como ha dicho uno de los más ilustres padres de la iglesia mexicana, el Sr. Dr. Francisco Bulnes, solo mueren de enfermedad los que son tontos. Podéis, pues, bellísimas feligresas, confiar en la curación de vuestros excelentes maridos que parecen tan sanos. Pero es indispensable que apliquéis el medicamento requerido. Sin médico puede haber curación: sin enfermera, no.
No es tan difícil, a mi entender, el tratamiento; pero si pasáis junto a los maridos como pasaban los fariseos junto al paralítico, de cierto que no se curan. Lo mejor es hacer lo que hizo Jesús: decirles que están sanos. No os aconsejo que les digáis: -Alza tu cama y anda-, porque pudieran llevársela a otra parte. Pero si os aconsejo que les digáis sencillamente: ¡anda!, teniendo cuidado de apoyarlos si tropiezan al dar el primer paso.
¿No es algo paralítico el que desconfía de sí mismo, el que no tiene fe, y por lo mismo no tiene esperanza, y por lo propio se arrepiente de haber tenido caridad algunas veces? Pues a ese decidle: ¡Anda! ¡Tú puedes ser sabio o puedes ser ministro! Llegará a ser gacetillero o llegará a ser escribiente; pero algo es algo. Lo importante es decirle: ¡Anda!
Que crea en sí mismo, que crea en su fuerza, como creyó el paralítico del Evangelio, y ya veréis si se mueve.
¡Cuántas parálisis morales se curan de esta suerte! ¿Qué es la parálisis? Tener dormido el cuerpo. Pero a los que tienen pesado el sueño, los despiertan. Y todos, señoras mías, llevamos algo dormido dentro del alma. Todos necesitamos un despertador con campana bien sonora. Y ese es el problema al casarse: ¿resultará la esposa despertador o apagador?
A algunos se les paraliza el cariño; hay que decirle a ese cariño: ¡Anda! Otros se paralizan en el tapete verde, en el mármol de alguna mesa de café, en el sofá de la amiga que les sonríe.
Pero -no todos- algunos se quedan postrados en el tapete, en la mesa o en el sofá, porque la mujer, la única redentora posible, no les habla como habló Jesús al pobre enfermo: con amor y sin preguntarle por qué y cómo enfermó.
¡Si supierais, señoras, cómo ata una sonrisa! ¡Si vierais cómo, a veces, hasta los malos son buenos, si los quieren bien! ¡Si os convencierais de cómo se aborrece el champagne viendo cabellos rubios, o castaños, o negros, pero de uno, es decir, de otra persona que es de uno! Pero ¡qué digo! Vosotras lo sabéis mejor que yo, y hasta me diréis que siendo padre no debiera saberlo. Pero por lo mismo, señoras, por lo mismo.
Y porque lo sé, y porque os quiero mucho (con permiso de vuestros esposos), deseo que pongáis en práctica mis consejos. Anhelo que tengáis la convicción de vuestra fuerza propia, y os digo: ¡Andad!, como Jesús al paralítico.
Así seréis dichosas, relativamente. Y téngase en cuenta que no puede ser más desinteresado mi consejo, porque me gusta mucho consolar a las desgraciadas que llorarían con ojos muy hermosos, si lloraran.
Tercer sermón
«En aquel tiempo vino Jesús a una ciudad de Samaria llamada de Sicar, vecina a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Aquí estaba la fuente de Jacob. Jesús, pues, cansado del camino, sentose así sobre el brocal de este pozo. Era ya cerca la hora de sexta. Vino una mujer samaritana a sacar agua. Díjole Jesús: Dame de beber. (Es de advertir que sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar qué comer). ¿Cómo, tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Porque los judíos no comunicaban con los samaritanos). Díjole Jesús en respuesta: Si tú conocieras el Don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", puede ser que tú le hubieras pedido a él, y él te hubiera dado agua viva. Dícele la mujer: Señor, tú no tienes con qué sacarla, y el pozo es profundo. ¿Dónde tienes, pues, esa agua viva? ¿Eres tú por ventura mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él mismo, y sus hijos y sus ganados? Respondiola Jesús: Cualquiera que beba de esta agua tendrá otra vez sed; pero quien bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás volverá a tener sed; antes el agua que yo le daré, vendrá a ser dentro de él un manantial de agua que manará hasta la vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame de esa agua para que no tenga yo más sed ni haya de venir aquí a sacarla. Pero Jesús le dijo: Anda, y llama a tu marido, y vuelve acá. Respondió la mujer: Yo no tengo marido. Dícele Jesús: Tienes razón en decir que no tienes marido porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido. En eso la verdad has dicho. Díjole la mujer: Señor, ya veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar. Respondiole Jesús: Mujer, créeme a mí, ya llega el tiempo en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis. Pero nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salud procede de los judíos. Pero ya llega el tiempo, ya estamos en él, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y por lo mismo, los que le adoran, en espíritu y en verdad deben adorarle»
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Esto, mis señoras, dice el Evangelio que, de seguro, leísteis el viernes último en vuestro devocionario, forrado de terciopelo color de oro viejo. Eso dijo el mismo Dios, y uno de sus ministros más elocuentes (y más amables porque es francés), el padre Didon, dice lo que sigue en su flamante y hermoso libro Jesucristo:
«Ese encuentro de una mujer en el pozo de Jacob; esa petición de un vaso de agua; ese coloquio, esos incidentes tan comunes en la vida, dieron a Jesús ocasión de manifestarse tal cual era, en su conmovedora y sublime intimidad»
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«Él es el Cristo, el que viene, el que esperan los samaritanos, los judíos y toda la humanidad: díselo a una pecadora a quien transforma su presencia y a quien inicia su palabra en la verdad eterna; a sí propio se llama el Don de Dios; y promete que a cuantos lo pidan comunicará el Espíritu que llama él "agua viva", tomando este símbolo precisamente del agua que pedía la Samaritana»
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«¿Qué espíritu es este? ¿De dónde viene? ¿A dónde va? Impenetrable en la sustancia, se muestra solo en los efectos, porque en las almas creyentes se transforma en la única fuente abrasadora que calma las esperanzas infinitas. Como los manantiales terrestres cuyo punto de término está a la altura de su origen, el agua viva del Espíritu nace en las profundidades de Dios, brota en las conciencias, y en Dios mismo va a perderse. Dar esa agua viva es la función propia del Mesías. Él es el verdadero pozo de Jacob, abierto por Dios mismo en el sitio en que se cruzan todos los caminos por dónde va la caravana humana. Él funda así la religión eterna, el culto en espíritu y en verdad. En lo venidero, ya no será Jerusalén la enemiga de Garizim. Él es el Templo, y ese Templo está en todas las almas que habitan el Espíritu y que adoran a Dios en ese Espíritu de verdad y de amor. Esa es su Iglesia, ese es su Reino»
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Otro padre, excomulgado este -también los samaritanos, mis señoras, estaban excomulgados-, el reverendo y virtuoso sacerdote Ernest Renan, dijo algunos años antes casi lo mismo que el elocuentísimo predicador a quien acabo de citar y al que todavía no han excomulgado. Esto se lee en la Vida de Jesús, con relación al coloquio de que hablamos:
«Aquel día Jesús dijo por primera vez la palabra que había de ser la base y el cimiento de la eterna religión; fundó el culto puro, sin fecha, sin patria, el que practicarán todas las almas levantadas hasta el fin de los tiempos. Y desde ese día memorable no solo fue su religión la religión buena de la humanidad, sino la religión absoluta; tanto que, si en otros planetas hay habitantes dotados de razón y de moralidad, su credo religioso no puede ser diverso del proclamado por Jesús cabe el pozo de Jacob. El hombre no ha podido mantenerse en él porque solo podemos asir el ideal durante brevísimo momento. La palabra de Jesús fue un relámpago en noche oscura. Mil ochocientos años se han necesitado para que la humanidad -¡Qué digo...! ¡Una porción infinitamente pequeña de la humanidad!- se haya acostumbrado a realizar esa palabra. Pero ese relámpago será la luz algún día, y tras de haber recorrido los tenebrosos círculos de los errores, la humanidad convertirá la mirada a esa palabra como a la expresión suprema e inmortal de su fe y de su esperanza»
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¿Verdad, señoras, que el padre Renan y nuestro padre Didon, que está en París, se parecen a ratos? ¿Verdad que el Amor y el Perdón -dos hermanos gemelos- son los que fundaron el cristianismo y los que piden limosna para alimentarlos? ¿Verdad que dar agua al sediento y esperanza al que la ha menester, sin preguntarle si cree en esto o en aquello o si ha cometido algún pecado, siempre es muy hermoso?
Como esta eficaz virtud de la indulgencia es la que me he propuesto inculcaros en sermones cuaresmales, por tenerla en altísimo concepto y creer que de ella depende en mucho vuestra doméstica ventura, no podía dejar que pasara inadvertido el Evangelio del perdón más amplio. Ya os he dicho que a la adúltera no la perdonó Jesús; a lo menos no consta en los Libros Santos tal perdón. Perdonó explícitamente a la Magdalena; pero esta era pecadora nada más, y, para que nos entendamos, diré que era una pecadora católica y no una pecadora hereje como la samaritana. Ya sabéis que los judíos veían a los samaritanos como algunos de nosotros miramos a los yanquis. Amén de ello, la Magdalena estaba arrepentida de sus culpas y amaba mucho al Salvador, circunstancias ambas que hacían el perdón menos difícil.
Perdón bueno, el de la samaritana, la de los cinco maridos, la yanqui, la protestante, la que no conocía a Jesús, la que titubeó antes de darle el vaso de agua, la que no sabemos si era hermosa o fea. Eso es lo que se llama perdonar.
Algunas señoras -no vosotras que sois todas unas santas, porque tenéis la santidad de la belleza y porque yo os canonizo- suelen no imitar el divino ejemplo de Jesús. Para ellas hay dos clases de samaritanas: la Samaritana de raza, la yanqui, la extranjera, y la Samaritana de vida... la... la... la que no ha sido tan virtuosa como algunas mujeres, como vosotras. ¡Y a ninguna de las dos perdonan!
Vais a escandalizaros, porque de seguro ni presumíais que se cometieran estas injusticias: hay mujeres que detestan a otras únicamente porque son extranjeras. Y no llamo extranjeras tan solo a las que han nacido en otro país. Para la fea, extranjera es la hermosa; para la tonta, extranjera es la inteligente; extranjera es la rica para la pobre, y para la mal vestida es extranjera la que gasta buenos trajes. Ni ellas se resignarían a pedir un vaso de agua a esas samaritanas, ni estas probablemente se arriesgarían a beber el agua que ellas les dieran. Y, sin embargo, señoras mías, ganarían tanta esas proteccionistas, esas chinas, con decir a las Samaritanas: ¡Acercaos!
Yo, que no soy médico, creo que todo es contagioso, hasta la belleza, hasta el talento. Una mujer rica, de esas extranjeras que se visten bien de seda, puede enseñar a otra pobre a vestirse bien de lana. La diferencia consistirá en que un traje será bonito y rico, y otro bonito nada más. Pero a los hombres lo que nos gusta es lo bonito.
Lo necesario en la vida -y sobre todo, en la vida del matrimonio- es imitar lo bueno. ¿Para qué inventar, si es más difícil?
Lo malo es que muchas señoras, lejos de imitar lo bueno en donde lo hallen, aunque sea en las samaritanas, procuran hacer lo contrario. Cuántas veces va el marido a alguna casa únicamente porque en ella preparan bien el café. Al principio no le gusta más que el café; pero a fuerza de ir, y a fuerza de que su mujer le diga diariamente: -¡Ese café ha de ser pésimo!, acaba porque le siga gustando el café, y, además, la señora que lo sirve. Cuánto más valdría que la esposa preguntara a esa que puede ser su amiga y todavía no es su enemiga: -Señora, ¿Cómo hace usted ese café?
Por eso digo a las que me oyen... ¡Me equivoco! A las que no me oyen: ¡Acercaos! ¡Ya no hay samaritanas ni judías! ¡Ya no hay Jerusalén ni Garizim!
Hay encantos, señoras, que se pueden robar honradamente. Hasta las gentes malas pueden enseñarnos, desde lejos, algo bueno. La lectura de los libros prohibidos puede permitirse a las mujeres casadas... siempre que se limite a algunas páginas.
Comúnmente -y hablo, por supuesto, de aquellas que se casan con un hombre honrado y que las quiere-, las que se quejan de que otra mujer les robó el cariño de su esposo son cómplices en el delito. Cuando menos por inadvertencia fueron víctimas, y no hay que culpar a la policía... digo, al marido. En este mismo púlpito predicó ayer otro padre de la Iglesia un sermón edificante sobre el homicidio del Sr. Hernández. Dijo, y tuvo razón, que en parte el asesinado tuvo culpa. ¡Acostumbraba a estar solo, a oscuras... y rodeado de joyas! Naturalmente, la tentación fue poderosa.
Yo, por lo mismo, os recomiendo que no dejéis a vuestros maridos solos ni a oscuras, porque todo marido que está solo busca y encuentra compañía; y todo marido que está a oscuras... encuentra alguna luz, con L mayúscula. Y dejar solo a un marido es no entrar en su vida, es no seguir su pensamiento, es no amar lo que él ama y puede amar su esposa. Dejarlo a oscuras es no querer, no saber cómo se enciende la luz en el alma con un beso.
Cuando la catástrofe acontece, dicen algunas que las han robado.
¡Pero si se han dejado robar, señoras mías...! ¡Si dejaron, como el Sr. Hernández, abierta y a oscuras la joyería...!
No me cansaré, pues, de repetiros que pidáis a las samaritanas, a las enemigas de raza, todo lo bueno que puedan daros. Esto a las samaritanas, que llamo yo «extranjeras», porque son de otra belleza o de otra inteligencia. En cuanto a las samaritanas que... que han tenido cinco maridos como la del Evangelio, también tengo que aconsejaros el perdón. No la amistad, no; pero sí la indulgencia. Jesús habló con la mujer de Samaria porque era hombre. La Virgen Madre, el arquetipo supremo de la mujer, no habló con ella.
Pero, oyentes mías: cuando os hablen de esas pobres samaritanas... ¡Seguid siendo buenas!
No voy a repetiros el verso célebre de Víctor Hugo porque sería eso una vulgaridad imperdonable; pero ¿Qué sabéis? ¿Qué sé yo? ¿Qué sabemos?... Algunas son malas, porque heredaron la maldad como se hereda la locura, porque su sangre es como vino adulterado, porque sus instintos y sus pasiones son como los borrachos. Pero eso que lo diga el médico: nosotros no tenemos los datos suficientes para hacer el diagnóstico.
Otras, mis señoras, han tenido cinco maridos como la mujer de Samaria, porque cuatro fueron malos y el otro acaso lo es o va a serlo.
Hay una máxima inmoral que dice: Hazte rico honradamente si puedes, y si no... hazte rico. En el amor, que es la tendencia a adquirir lo más bueno y lo más bello, esa máxima... continúa siendo inmoral, pero es más humana y hasta más perdonable.
Registra muchos mártires el legendario; pero son más los que no han querido ser mártires. Pues qué: ¿No hay carne? ¿No hay espíritu? ¿No quiere este saber de amor y aquel gustar de amor?
¿Qué sabéis de los desencantos que han sufrido esas mujeres que no hallaron nada noble que amar? Disculpad a unas, perdonad a otras; compadeced a todas.
¡Pobres! ¡Esas sí que son pobres...! ¡Las que piden amor, porque no tiene que comer su alma; las que están solas cuando están con su marido!
Por las que son malas, de maldad, pedid a Dios misericordia; por las que no son buenas, orad también, pero con más cariño. No habléis con ellas, como Jesús con la samaritana -porque Jesús era hombre-; no les pidáis agua, pero dadles, sí, el agua viva de vuestros consejos.
Ci-gît le bruit du vent
. «Aquí yace el susurro del viento». ¿No os parece elocuente este epitafio, ideado por Antípatro para la tumba de Orfeo? Lo que pasa alzando apenas un rumor muy leve y se extingue, cual si otro más recio soplo lo apagara; lo que sienten al estremecerse las eréctiles hojas, lo que riza las ondas, cuando tiemblan, cogidas de repentino escalofrío; el brillo efímero de la luciérnaga azulina; el beso rápido de Psiquis, eso es lo semejante a ciertos espíritus fugaces que solo producen una vibración, un centelleo, un estremecimiento, un escalofrío y mueren como si se evaporaran.
¿Conocéis de Juventino Rosas algo más que unos cuantos valses elegantes y melancólicos, y bellos como la dama, ya herida de muerte, en cuyas manos, casi diáfanas, puso la poesía un ramo de camelias inmortales? Un schottisch... una polka... una danza... otro vals... ¡Rumor del viento! Algunos tienen nombres tristes como presentimientos: «SOBRE LAS OLAS»... Ahí flota descolorido y coronado de ranúnculos el cadáver de Ofelia. «MORIR SOÑANDO»... ¡Anhelo de los que han vivido padeciendo! Y observad que envuelve casi toda esa música bailable cierta neblina tenue de tristeza. Parece escrita para rondas de Willis. Al compás de la mazurca danzan las mozas en un claro del bosque; están alegres, ríen y cantan, pero el músico está triste.
Ya se está el baile arreglando,Y el gaitero, ¿dónde está?-Está a su madre enterrando;pero en seguida vendrá.-¿Y vendrá? -¿Pues qué ha de hacer?Cumpliendo con su deber,vedle con su gaita; pero¡Cómo traerá el corazónel gaitero,el gaitero de Gijón![...]La niña más habladora:-¡Aprisa! -le dice-, ¡aprisa!-Y el gaitero sopla y lloraponiendo cara de risa.[...]
Algunas noches, en los grandes bailes, fatigado de la fiesta, huyendo de las conversaciones privadas y de los amigos impertinentes, me he puesto a pensar en esos pobres músicos que,
[...][...]Como ganan sus manosel pan para sus hermanos,en gracia del panaderotocan con resignación.Como tocaba el gaitero,El gaitero de Gijón.[...]
Federico Gamboa, en sus Impresiones y recuerdos, nos pinta con colores muy vivos a aquel Teófilo Pomar que componía danzas y las tocaba, primero en algunos salones; luego en los bailes de trueno. Ese Pomar tuvo también un momento efímero de dicha, «una luna de miel -dice Gamboa- encantadora por lo rápida y lo intensa. El cuarto de un hotel convertido en un rincón del cielo; en la ventana, pájaros y flores; en la mesa de trabajo, el papel rayado, la pluma lista; el piano abierto, en espera de las caricias de su dueño; sobre el velador, la comida traída a hurtadillas de la fonda más próxima, con un solo vaso, para aumentar los pretextos de besarse; y en las paredes, en los muebles, en todas partes, ella, la mujer amada que ríe de nuestras locuras y las comparte y nos arrulla y nos enloquece...»
. Luego, «en la ventana, el pájaro muerto, las flores marchitas; en la mesa de trabajo, la pluma rota, las papeletas del Montepío; el piano ausente, dejando un hueco inmenso; en una silla, ella, la mujer amada, que llora nuestros dolores y los comparte y nos martiriza»
. Para vivir, continuaba Pomar tocando danzas. Entraba ceñudo al baile de trueno, «cual si bruscamente lo hubiesen despertado de algún dulce sueño, y se llegaba al piano con tan visibles muestras de mal humor que cualquiera habría temido una armonía ingrata, un arpegio discordante, y en su lugar brotaban tibias, delicadas, voluptuosas, las danzas, que estaban haciéndole célebre, sus danzas, pensadas y compuestas por él, las que le daban de comer y lo premiaban a él solo, de tanta prosa, de tanta amargura. Y entonces, se abstraía por completo, no respondía a nadie; noche hubo en que improvisara una danza, así, en medio de los gritos destemplados, con la excitación de la desvelada y del desencanto interno cuando la aurora sonreía desde la azotea y las lámparas de petróleo se apagaban amarillentas y tétricas»
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«En cuanto concluía, los concurrentes lo rodeaban disputándoselo, lo mareaban a amabilidades, a invitaciones: todos querían darle un cigarro, una copa, las buenas noches. Las mujeres se le colgaban de los brazos, lo arrastraban a los gabinetes donde la manzanilla o una cena fría aguardaban a los consumidores, y él agradecía, rehusaba a los más, complacía a los menos.
-Gracias, de veras gracias; lo que quiero es descansar un instante...
Y se quedaba solo, apoyado sobre los barandales del corredor desierto; a un paso de esa ficticia y ruidosa alegría de las orgías; habituado a estas, a las riñas que traen, a las ilusiones que se llevan. Allí fumaba cigarrillo tras cigarrillo, hasta que la gente se impacientaba, quería bailar...
-¡Pomar! ¡Que venga Pomar!...».
Otro músico a quien traté de cerca, el de levitón café y sombrero alto como de pizarra mojada, era celoso... y tenía razón. ¡Cuán largas eran para él esas noches de baile que tan breves son para los enamorados venturosos! Pensaba en su casa pobre, tan distante de aquel palacio; en su casa de barrio, con ventana baja y casera celestina; en la mujer guapa, joven todavía, cansada de miserias y sin hijos; en el galanteador fornido y mocetón que la vio, con ojos encandilados, una mañana en la parroquia; e imaginándose infamias y vergüenzas, sintiendo como que le corrían por todo el cuerpo incontables patitas de alfileres, le parecía oír una risa fresca, chorreante, cual si brotara de jugosa carne de sandía, y otra sardónica, burlona, que le quemaba el oído como latigazo. Tocaba entonces con frenesí, con furia, y el arco del violín, torciéndose y retorciéndose sobre las cuerdas, fingía un estoque rasgando en epiléptico y continuo mete y saca las entrañas de víctima invisible. No es, señora, huraño moralista el que os ve de reojo cuando pasáis bailando cerca de él y oye las frases de pasión que os dirige el galán; no es un beato ese que al veros querría cubrir con su mirada la desnudez de vuestros hombros: es un pobre músico ya viejo, casado con una mujer todavía joven!
Mas, entre los violinistas de murga que he conocido, ninguno de ideas más sugestivas ni de existencia más infeliz que el de los ojos azules desteñidos; el que vistiendo siempre ropa ajena, flaco y largo, proyectaba en las alfombras la sombra de un paraguas cerrado y puesto a escurrir junto a la puerta.
Este era artista como Juventino Rosas. Era el espectro de un artista rico, que existió antes que él, pero que era de su familia. Hay vástagos que son agradecidos, antecesores resucitados. Tenía los labios siempre secos, y en los labios sed de gloria, sed de besos, sed de vino.
Aún me parece verle, como cuando le conocí. Tocaba malagueñas en el cuarto de un estudiante. Y con notas pinta. ¿No lo veis?
¡Qué guapa es la cantadora! ¡Qué provocación el movimiento de sus caderas! ¡Qué negro su pelo! ¡Qué breve su pie! ¡Y qué torneado el mórbido tobillo! ¡Con qué sandunga y qué malicia canta! ¡Esos ojos solo salen de noche, porque están prohibidos! Cuando miran es que desnudan la navaja. Los brazos en jarras, parecen decir al majo que los quiere: -¡Ven a tomarlos!
¡Y aquel gitano viejo que está allí de codos sobre la mesa! Con los ojos encandilados, la boca entreabierta y las piernas extendidas, ese tío está calentándose junto al fogón de una petenera retozona. Está gozando un minuto de muchacho. Se ve brillar la manzanilla en las cañas de cristal; se oyen los acompasados palmoteos, y la atmósfera se llena de un humo que lleva alcohol y en el alcohol alegría. Por allí cayó una navaja; por allá se alza un pandero; y en aquel rincón tronó el sonoro beso que la de mantilla blanca, la de la rosa colorada en el cabello, dio a su guapo torero. En la calle, Fígaro deja caer al suelo su bacía de cobre; y rasguea la guitarra, mientras Rosina se levanta de puntillas y entreabre la puerta del balcón.
Después toca algo muy apacible y melancólico: es el ruiseñor que cantaba en el granado mientras Julieta acariciaba a Romeo en el camarín. Amad -nos dice-, todavía hay mucha sombra para que brillen mucho las estrellas y despidan los ojos más amor. Una exquisita dulzura se exhala de sus notas; siéntese el contacto suave de la escala de seda; se ve la luna, como bañándose desnuda en las murmurantes y azules ondas del pequeño lago; se oye el rumor de los besos todavía tímidos, como que acaban de encontrarse y conocerse; el susurro de las hojas curiosas que formando corrillos cuchichean; el aleteo de algunos pájaros que no pueden dormir porque están enamorados y quieren ya que amanezca. El escalofrío del alba, escarapela voluptuosamente nuestro cuerpo y roza nuestras mejillas encendidas, la cabellera húmeda y perfumada de Julieta. Es la madrugada. ¿No veis cómo el amante baja ya de la gótica ventana y cómo brilla el rayo de la luna en terciopelo granate de su jubón y en el áureo joyel de su sombrero? Huye y desaparece por entre el bosque de castaños; ciérrense las vidrieras de colores y esas notas transparentes y frágiles, esas notas que brillan como lágrimas y que suenan como una esquila de cristal herida por la varita de alguna hada, se pierden y se extinguen poco a poco en la obscuridad, al amanecer... El ruiseñor ya no canta; pero el cristal solloza todavía.
Él improvisaba todo eso, y al oírlo, volvía la vista atrás en al camino de la vida; habría querido volver a ser niño; volver a ser niño; volver a sentarme en las rodillas de mi madre, besar las canas del anciano que nunca, nunca muere en mi espíritu; oír la campana que llamó a la misa el día de mi primera comunión; ver las torres blancas de la iglesia; creer, hallar quien me consolara como me consolaban cuando aún no sufría... ¡Y allá va la pelinegra Liseta! ¡Allá va la hermanita que no ha vuelto! En aquel ruedo bailan las muchachas con los mozos; en aquella mesa y a la luz de pobre lámpara, sueña versos el poeta; ¡Allá va el abuelito! ¡Allá la novia con quien creíamos haber aprendido a besar... y no sabíamos! ¡Allá va todo lo que se fue como se van las notas...!
El artista, que tan maravillosamente evocaba esas memorias y revivía esos sentimientos, solía decirnos al concluir de tocar alguna de sus improvisaciones:
-Esto en que pongo alma ni siquiera lo escribo... no lo compran. ¿Oísteis las malagueñas?: esas sí me producen, allá donde las toco, aplausos y un puñado de monedas. El editor quiere música que se baile, música para que la estropeen y la pisen. Y yo necesito dinero para mí y para mis vicios. Me repugnan esos vicios, no porque lo son, sino por envilecidos, por canallas. Quisiera dignificarlos, ennoblecerlos, vestirlos de oro, en la copa, en el cuerpo de la mujer, en el albur. Quitármelos no; porque ¿qué me quedaría?... Cuando me doy asco, pienso en matarme. Pero hay en mí cierto indefinible temor a la otra vida que se quedó en mi alma, como grano de incienso no quemado en la cazoleta del incensario, ¿Quién lo puso allí?... De niño fui monago. Vestí la sotanilla roja. Aprendí a cantar cantando, cantando letanías. Ayudé misas. Y todavía envuelven mi espíritu nubes de incienso; todavía percibo, en horas de nostalgia, el olor a cedro de la sacristía; me acuerdo del Cristo que me veía como un padre muy triste desde la reja del coro... ¡A mí, que nunca tuve padre!... ¡Y no puedo matarme!... ¡El réquiem es muy pavoroso! Suenan sus notas como el aire, por las noches, en una catedral a obscuras y desierta.
Compongo, pues, para vivir, música alegre, valses voluptuosos cuyas introducciones son muy tristes. Los toco en bailes y festines. Pero vosotros no sabéis como se me rasga el alma cuando los oigo y cuando los toco y cuando pienso en ellos. Vosotros no sabéis lo que se sufre tocando con hambre y sed ante los que comen y beben. Yo compuse ese vals; yo hice esas elegancias, esas coqueterías aladas; yo aproximo esos cuerpos, yo confundo esos alientos; yo debiera presidir, de pie sobre un tonel sombreado por la parra, el baile alegre; yo debiera ordenar con tirso de oro, como joven Baco, los amorosos giros de la danza; ¡y los codos de mi levita están rotos, y veo pasar cuellos desnudos ceñidos por collares de brillantes! El vals es mío, pero eso, que es mi vals animado, eso no es mío. Me dan para que atice las concupiscencias de ellos, champagne y más champagne. Quieren que vea todo a través de una gasa color de oro, para que, olvidado de mí, esparza alegría. Me enseñan... casi me obligan a embriagarme... y a desear, ¡Ah sí! ¡A desear mucho! Vivo mirando muy de cerca el esplendor de la opulencia y oyendo las promesas y las mentiras de los sueños.
Despierto... reflexiono... la vela amarillenta alumbra mi rostro cadavérico. ¿Qué soy? El Galeoto de esos próceres ¡Pobre música mía, para todos risueña, provocativa, voluptuosa, para mí triste, infamada, prostituida! ¡Cómplice de adulterios! ¡Cortesana de bajezas! ¡No saliste de mi alma para eso! ¡Eras mi blancura..., eras mi pendón, eras mi hija! Señores, digo entonces como Triboulet, vosotros sois piadosos: sois muy buenos, ¿qué habéis hecho de mi hija? ¡Es lo único que tengo! ¿En dónde la escondéis?
Por eso, despechado, busco los que llamáis «paraísos artificiales». En ellos el vals se anima para mí. Yo no escancio las copas. Soy el rey.
Algunos años hace murió en un hospital, como Juventino Rosas, aquel espectro largo, hoffmanesco, que parecía la sombra de un paraguas cerrado. Muchas veces he pisado después su música en los bailes. Ahora que lo recuerdo, siento pena, como si hubiera maltratado a un niño sin darme cuenta de lo que hacía... ¡Como si hubiera hollado frescos pétalos de alma!
Pocas mañanas hay tan alegres, tan frescas, tan azules, como esta mañana de San Juan. El cielo está muy limpio, «como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana»; llovió anoche, y todavía cuelgan de las ramas brazaletes de rocío que se evaporan luego que el sol brilla, como los sueños luego que amanece; los insectos se ahogan en las gotas de agua que resbalan por las hojas, y se aspira con regocijo ese olor delicioso de tierra húmeda, que solo puede compararse con el olor de los cabellos negros, con el olor de la epidermis blanca y el olor de las páginas recién impresas. También la naturaleza sale de la alberca con el cabello suelto y la garganta descubierta; los pájaros se emborrachan con el agua, cantan mucho, y los niños del pueblo hunden su cara en la gran palangana de metal. ¡Oh mañanita de San Juan, la de camisa limpia y jabones perfumados! ¡Yo quisiera mirarte lejos de estos calderos en que hierve grasa humana; quisiera contemplarte al aire libre, allí donde apareces virgen todavía, con los brazos muy blancos y los rizos húmedos! Allí eres virgen: cuando llegas a la ciudad, tus labios rojos han besado mucho; muchas guedejas rubias de tu undívago cabello se han quedado en las manos de tus mil amantes, como queda el vellón de los corderos en los zarzales del camino; muchos brazos han rodeado tu cintura; traes en el cuello la marca roja de una mordida, y vienes tambaleando con traje de raso blanco todavía, pero ya prostituido, profanado, semejante al de Giroflé después de la comida, cuando la novia muerde sus inmaculados azahares y empapa sus cabellos en el vino! ¡No, mañanita de San Juan, así yo no te quiero! Me gustas en el campo; allí donde se miran tus azules ojitos y tus trenzas de oro. Bajas por la escarpada colina poco a poco; llamas a la puerta o entornas sigilosamente la ventana para que tu mirada alumbre el interior, y todos te recibimos como reciben los enfermos la salud, los pobres la riqueza y los corazones el amor. ¿No eres amorosa? ¿No eres muy rica? ¿No eres sana? Cuando vienes, los novios hacen sus eternos juramentos; los que padecen, se levantan vueltos a la vida; y la dorada luz de tus cabellos siembra de lentejuelas y monedas de oro el verde obscuro de los campos, el fondo de los ríos y la pequeña mesa de madera pobre en que se desayunan los humildes, bebiendo un tarro de espumosa leche, mientras la vaca muge en el establo. ¡Ah! Yo quisiera mirarte así cuando eres virgen, y besar las mejillas de Ninón... ¡Sus mejillas de sonrosado terciopelo y sus hombros de raso blanco!
Cuando llegas, ¡Oh mañanita de San Juan! Recuerdo una vieja historia que tú sabes y que ni tú ni yo podemos olvidar. ¿Te acuerdas? La hacienda en que yo estaba por aquellos días, era muy grande; con muchas fanegas de tierra sembradas e incontables cabezas de ganado. Allí está el caserón, precedido de un patio con su fuente en medio. Allá está la capilla. Lejos, bajo las ramas colgantes de los grandes sauces, está la presa en que van a abrevarse los rebaños. Vista desde una altura y a distancia, se diría que la presa es la enorme pupila azul de algún gigante, tendido a la bartola sobre el césped. ¡Y qué honda es la presa! ¡Tú lo sabes...!
Gabriel y Carlos jugaban comúnmente en el jardín. -Gabriel tenía seis años; Carlos, siete. Pero un día, la madre de Gabriel y de Carlos cayó en cama, y no hubo quien vigilara sus alegres correrías. Era el día de San Juan. Cuando empezaba a declinar la tarde, Gabriel dijo a Carlos:
-Mira, mamá duerme y ya hemos roto nuestros fusiles. Vamos a la presa. Si mamá nos riñe, le diremos que estábamos jugando en el jardín. Carlos, que era el mayor, tuvo algunos escrúpulos ligeros. Pero el delito no era tan enorme, y, además, los dos sabían que la presa estaba adornada con grandes cañaverales y ramos de cempasúchil. ¡Era día de San Juan!
-¡Vamos! -le dijo- llevaremos un Monitor para hacer barcos de papel y les cortaremos las alas a las moscas para que sirvan de marineros.
Y Carlos y Gabriel salieron muy quedito para no despertar a su mamá, que estaba enferma. Como era día de fiesta, el campo estaba solo. Los peones y trabajadores dormían la siesta en sus cabañas. Gabriel y Carlos no pasaron por la tienda, para no ser vistos, y corrieron a todo escape por el campo. Muy en breve llegaron a la presa. No había nadie: ni un peón, ni una oveja. Carlos cortó en pedazos El Monitor e hizo dos barcos, tan grandes como los navíos de Guatemala. Las pobres moscas, que iban sin alas y cautivas en una caja de obleas, tripularon humildemente las embarcaciones. Por desgracia, la víspera habían limpiado la presa, y estaba el agua un poco baja. Gabriel no la alcanzaba con sus manos. Carlos, que era el mayor, le dijo:
-Déjame a mí que soy más grande. Pero Carlos tampoco la alcanzaba. Trepó entonces sobre el pretil de piedra, levantando las plantas de la tierra; alargó el brazo e iba a tocar el agua y a dejar en ella el barco, cuando, perdiendo el equilibrio, cayó al tranquilo seno de las ondas. Gabriel lanzó un agudo grito. Rompiéndose las uñas con las piedras, rasgándose la ropa, a viva fuerza, logró también encaramarse sobre la cornisa, tendiendo casi todo el busto sobre el agua. Las ondas se agitaban todavía. Adentro estaba Carlos. De súbito, aparece en la superficie, con la cara amoratada, arrojando agua por la nariz y por la boca.
-¡Hermano! ¡Hermano!
-¡Ven acá! ¡Ven acá! No quiero que te mueras.
Nadie oía. Los niños pedían socorro, estremeciendo el aire con sus gritos; no acudía ninguno. Gabriel se inclinaba cada vez más sobre las aguas y tendía las manos,
-Acércate, hermanito, yo te estiro.
Carlos quería nadar y aproximarse al muro de la presa; pero ya le faltaban las fuerzas, ya se hundía. De pronto, se movieron las ondas y asió Carlos una rama, y apoyado en ella logró ponerse junto al pretil y alzó una mano; Gabriel la apretó con las manitas suyas, y quiso el pobre niño levantar por tos aires a su hermano que había sacado medio cuerpo de las aguas y se agarraba a las salientes piedras de la presa. Gabriel estaba rojo y sus manos sudaban, apretando la blanca manecita del hermano.
-¡Si no puedo sacarte! ¡Si no puedo!
Y Carlos volvía a hundirse, y con sus ojos negros muy abiertos le pedía socorro.
-¡No seas malo! ¿Qué te he hecho? Te daré mis cajitas de soldados y el molino de marmaja que te gustan tanto. ¡Sácame de aquí!
Gabriel lloraba nerviosamente, y estirando más el cuerpo de su hermanito moribundo, le decía:
-¡No quiero que te mueras! ¡Mamá! ¡No quiero que se muera!
Y ambos gritaban, exclamando luego:
-¡No nos oyen! ¡No nos oyen! ¡Santo ángel de mi guarda! ¿Por qué no me oyes?
Y entretanto, fue cayendo la noche. Las ventanas se iluminaban en el caserío. Allí había padres qué besaban a sus hijos. Fueron saliendo las estrellas en el cielo. Diríase que miraban la tragedia de aquellas tres manitas enlazadas que no querían soltarse y se soltaban! Y las estrellas no podían ayudarles, ¡porque las estrellas son muy frías y están muy altas!
Las lágrimas amargas de Gabriel caían sobre la cabeza de su hermano. Se veían juntos, cara a cara, apretándoselas manos, ¡y uno iba a morirse!
-Suelta, hermanito, ya no puedes más; voy a morirme.
-¡Todavía no! ¡Todavía no! ¡Socorro, Auxilio!
-¡Toma! Voy a dejarte mi reloj. ¡Toma, hermanito!
¡Y con la mano que tenía libre sacó de su bolsillo el diminuto reloj de oro que le habían regalado el Año Nuevo! ¡Cuántos meses había pensado sin descanso en ese pequeño reloj de oro! El día en que al fin lo tuvo, no quería acostarse. Para dormir, lo puso bajo su almohada. Gabriel miraba con asombro sus dos tapas, la muestra blanca en que giraban poco a poco las manecitas negras y el instantero que, nerviosamente, corría, corría, sin dar jamás con la salida del estrecho círculo. Y decía:
-¡Cuando tenga siete años, como Carlos, también me comprarán un reloj de oro!-. No, pobre niño; no cumples aún siete años, y ya tienes el reloj. Tu hermanito se muere y te lo deja. ¿Para qué lo quiere? La tumba es muy obscura, y no se puede ver la hora que es.
-¡Toma, hermanito, voy a darte mi reloj; toma, hermanito!
Y las manitas, ya moradas, se aflojaron, y las bocas se dieron un beso desde lejos. Ya no tenían los niños fuerza en sus pulmones para pedir socorro. Ya se abren las aguas, como se abre la muchedumbre en procesión cuando la Hostia pasa. Ya se cierran y solo queda por un segundo, sobre la onda azul, ¡un bucle lacio de cabellos rubios!
Gabriel soltó a correr en dirección del caserío, tropezando, cayendo sobre las piedras que lo herían. No digamos ya más: cuando el cuerpo de Carlos se encontró, ya estaba frío, tan frío, que la madre al besarlo, ¡quedó muerta!
¡Oh mañanita de San Juan! ¡Tu blanco traje de novia tiene también manchas de sangre!
La novela del tranvía
Cuando la tarde se obscurece y los paraguas se abren, como redondas alas de murciélago, lo mejor Que el desocupado puede hacer es subir al primer tranvía que encuentre al paso y recorrer las calles, como el anciano Víctor Hugo las recorre sentado en la imperial de algún ómnibus. El movimiento disipa un tanto cuanto la tristeza, y para el observador nada hay más peregrino ni más curioso que la serie de cuadros vivos, que pueden examinarse en un tranvía. A cada paso, el vagón se detiene, y abriéndose camino entre los pasajeros que se amontonan y se apiñan, pasa un paraguas chorreando a Dios dar, y detrás del paraguas, la figura ridícula de algún asendereado cobrador, calado hasta los huesos. Los pasajeros ondulan y se dividen en dos grupos compactos, para dejar paso expedito al recién llegado.
Así se dividieron las aguas del Mar Rojo para que los israelitas lo atravesaran a pie enjuto. El paraguas escurre sobre el entarimado del vagón, que, a poco, se convierte en un lago navegable. El cobrador sacude su sombrero, y un benéfico rocío baña las caras de los circunstantes, como si hubiera atravesado por en medio del vagón un sacerdote repartiendo bendiciones a hisopazos. Algunos caballeros estornudan. Las señoras de alguna edad levantan su enagua hasta una altura vertiginosa, para que el fango de aquel pantano portátil no la manche. En la calle, la lluvia cae conforme a las eternas reglas del sistema antiguo: de arriba para abajo. Mas en el vagón hay lluvia ascendente y lluvia descendente. Se está, con toda verdad, entre dos aguas.
Yo, sin embargo, paso las horas agradablemente encajonado en esa miniaturesca arca de Noé, sacando la cabeza por el ventanillo, no en espera de la paloma que ha de traer un ramo de oliva en el pico, sino para observar el delicioso cuadro que la ciudad presenta en ese instante. El vagón, además, me lleva a mundos desconocidos y a regiones vírgenes. No, la ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, ni acaba en la calzada de la Reforma. Yo doy a ustedes mi palabra de que la ciudad es mucho mayor. Es una gran tortuga que extiende hacia los cuatro puntos cardinales sus patas dislocadas. Esas patas son sucias y velludas. Los Ayuntamientos, con paternal solicitud, cuidan de pintarlas con lodo mensualmente.
Más allá de la peluquería de Micoló, hay un pueblo que habita barrios extravagantes, cuyos nombres son esencialmente antiaperitivos. Hay hombres muy honrados que viven en la plazuela del Tequesquite, y señoras de invencible virtud, cuya casa está situada en el callejón de Salsipuedes. No es verdad que los indios bárbaros estén acampados en esas calles exóticas, ni es tampoco cierto que las pieles rojas hagan frecuentes excursiones a la plazuela de Regina. La mano providente de la policía ha colocado un gendarme en cada esquina. Las casas de esos barrios no están hechas de todo ni tapizadas por adentro de pieles sin curtir. Son casas habitables, con escalera y todo. En ellas viven muy discretos caballeros, y señoritas muy respetables, y señoritas muy lindas. Estas señoritas suelen tener novios, como las que tienen balcón y cara a la calle en el centro de la ciudad.
Después de examinar ligeramente las torcidas líneas y la cadena de montañas del nuevo mundo por el que atravesaba, volví los ojos al interior del vagón. Un viejo de levita color de almendra meditaba apoyado en el puño de su paraguas. No se había rasurado. La barba le crecía «cual ponzoñosa yerba entre arenales»
. Probablemente, no tenía en su casa navajas de afeitar... ni una peseta. Su levita necesitaba aceite de bellotas. Sin embargo, la calvicie de aquella prenda respetable no era prematura, a menos que admitamos la teoría de aquel joven poeta, autor de ciertos versos cuya dedicatoria es como sigue:
A la prematura muerte de mi abuelita,a la edad de 99 años.
La levita de mi vecino era ya muy mayor. En cuanto al paraguas, vale más que no entremos en dibujos. Ese paraguas expuesto a la intemperie, debía asemejarse mucho a las banderas que los independientes sacan a la luz el 15 de septiembre. Era un paraguas calado, un paraguas metafísico, propio para mojarse con decencia. Abierto el paraguas, se veía el cielo por todas partes.
¿Quién sería mi vecino? De seguro era casado, y con hijas. ¿Serían bonitas? La existencia de esas desventuradas criaturas me parecía indisputable. Bastaba ver aquella levita calva, por la que habían pasado las cerdas de un cepillo, y aquel hermoso pantalón con su coqueto remiendo en la rodilla, para convencerse, de que aquel hombre tenía hijas. Nada más las mujeres, y las mujeres de quince años, saben cepillar de esa manera. Las señoras casadas ya no se cuidan, cuando están en la desgracia, de esas delicadezas y finuras. Incuestionablemente, ese caballero tenía hijas. ¡Pobrecitas! Probablemente, le esperaban en la ventana, más enamoradas que nunca, porque no habían almorzado todavía. Yo saqué mi reloj y dije para mis adentros: -Son las cuatro de la tarde. ¡Pobrecillas! ¡Va a darles un vahído! Tengo la certidumbre de que son bonitas. El papá es blanco y si estuviera rasurado no sería tan feote. Además, han de ser buenas muchachas. Este señor tiene toda la facha de un buen hombre. Me da pena que esas chiquillas tengan hambre. No había en la casa nada que empeñar. ¡Como los alquileres han subido tanto! ¡Tal vez no tuvieron con qué pagar la casa y el propietario les embargó los muebles!-. ¡Mala alma! ¡Si estos propietarios son peores de Caín!
Nada; no hay para qué darle más vueltas al asunto: la gente pobre decente es la peor traída y la peor llevada. Estas niñas son de buena familia. No están acostumbradas a pedir. Cosen ajeno; pero las máquinas han arruinado a las infelices costureras, y lo único que consiguen, a costa de faenas y trabajos, es ropa de munición. Pasan el día echando los pulmones por la boca. Y luego, como se alimentan mal y tienen muchas penas, andan algo enfermitas, y el Doctor asegura que, si Dios no lo remedia, se van a la caída de las hojas. Necesitan carne, vino, píldoras de hierro y aceite de bacalao. Pero, ¿con qué se compra todo esto? El buen señor se quedó cesante desde que cayó el Imperio, y el único hijo que habría podido ser su apoyo, tiene rotas las dos piernas. No hay trabajo; todo está muy caro, y los amigos llegan a cansarse de ayudar al desvalido. ¡Si las niñas se casaran! Probablemente, no carecerán de admiradores. Pero como las pobrecitas son muy decentes y nacieron en buenos pañales, no pueden prendarse de los ganapanes ni de los pollos de plazuela. Están enamoradas sin saber de quién, y aguardan la venida del Mesías. ¡Si yo me casara con alguna de ellas!... ¿Por qué no? Después de todo, en esa clase suelen encontrarse las mujeres que dan la felicidad. Respecto a las otras ya sé bien a qué atenerme. ¡Me han costado tantos disgustos! Nada, lo mejor es buscar una de esas chiquillas pobres y decentes, que no están acostumbradas a tener palco en el teatro, ni carruajes, ni cuenta abierta en la Sorpresa. Si es joven, yo la educaré a mi gusto. Le pondré un maestro de piano. ¿Qué cosa es la felicidad? Un poquito de amor, un poquito de salud y un poquito de dinero. Con lo que yo gano, podemos mantenernos ella y yo, y hasta el angelito que Dios nos mande. Nos amaremos mucho, y como la voy a sujetar a un régimen higiénico, se pondrá en poco tiempo más fresca que una rosa. Por la mañana, un paseo a pie en el Bosque. Iremos en un coche de a cuatro reales hora, o en los trenes. Después, en la comida, mucha carne, mucho vino y mucho hierro. Con eso y con tener una casita por san Cosme; con que ella se vista de blanco, de azul o de color de rosa; con el piano, los libros, las macetas y los pájaros, ya no tendré nada que desear.
Una heredad en el bosque.Una casa en la heredad.En la casa, pan y amor...¡Jesús, qué felicidad!
Además, ya es preciso que me case. Esta situación no puede prolongarse, como dice el Gran Duque en La Guerra Santa. Aquí tengo una trenza de pelo que me ha costado cuatrocientos setenta y cuatro pesos con un pico de centavos. Yo no sé de dónde los he sacado: el hecho es que los tuve y no los tengo. Nada; me caso decididamente con una de las hijas de este buen señor. Así las saco de penas y me pongo en orden. ¿Con cuál me caso? ¿Con la rubia? ¿Con la morena? Será mejor con la rubia... digo, no, con la morena. En fin, ya veremos. ¡Pobrecillas! ¿Tendrán hambre?
En esto, el buen señor se apea del coche y se va. Si no lloviera tanto -continué diciendo para mis adentros- le seguía. La verdad es que mi suegro, visto a cierta distancia, tiene una facha muy ridícula. ¡Qué diría, si me viera de bracero con él, la señora de Z! Su sombrero alto parece espejo. ¡Pobre hombre! ¿Por qué no le inspiraría confianza? Si me hubiera pedido algo, yo le habría dado con mucho gusto estos tres duros. Es persona decente. ¿Habrán comido esas chiquillas?
En el asiento que antes ocupaba el cesante, descansa ahora una matrona de treinta años. No tiene malos ojos; sus labios son gruesos y encarnados: parece que los acaban de morder. Hay en todo su cuerpo bastantes redondeces y ningún ángulo agudo. Tiene la frente chica, lo cual me agrada porque es indicio de tontera; el pelo negro, la tez morena y todo lo demás bastante presentable. ¿Quién será? Ya la he visto en el mismo lugar y a la misma hora, dos... cuatro... cinco... siete veces. Siempre baja del vagón en la plazuela de Loreto y entra en la iglesia. Sin embargo, no tiene cara de mujer devota. No lleva libro ni rosario. Además, cuando llueve a cántaros, como está lloviendo ahora, nadie va a novenarios ni sermones. Estoy seguro de que esa dama lee más las novelas de Gustavo Droz que El menosprecio del mundo del Padre Kempis; tiene una mirada que, si hablara, sería un grito pidiendo bomberos. Viene cubierta con un velo negro. De esa manera libra su rostro de la lluvia. Hace bien. Si el agua cae en sus mejillas, se evapora chirriando, como si hubiera caído sobre un hierro candente. Esa mujer es como las papas: no se fíen ustedes, aunque las vean tan frescas en el agua: queman la lengua.
La señora de treinta años no va indudablemente al novenario. ¿A dónde va? Con un tiempo como este, nadie sale de su casa si no es por una grave urgencia. ¿Estará enferma la mamá de esta señora? En mi opinión, esta hipótesis es falsa. La señora de treinta años no tiene madre. La iglesia de Loreto no es una casa particular ni un hospital. Allí no viven ni los sacristanes. Tenemos, pues, que recurrir a otras hipótesis. Es un hecho constante, confirmado por la experiencia, que a la puerta del templo, siempre que la señora baja del vagón, espera un coche. Si el coche fuera de ella, vendría en él desde su casa. Esto no tiene vuelta de hoja. Pertenece, por consiguiente, a otra persona. Ahora bien; ¿hay acaso alguna sociedad de seguros contra la lluvia o cosa parecida, cuyos miembros paguen coche a la puerta de todas las iglesias para que los feligreses no se mojen? Claro es que no. La única explicación de estos viajes en tranvía y de estos rezos, a hora inusitada, es la existencia de un amante. ¿Quién será el marido?
Debe de ser un hombre acaudalado. La señora viste bien, y si no sale en carruaje para este género de entrevistas es por no dar en qué decir. Sin embargo, yo no me atrevería a prestarle cincuenta pesos bajo su palabra. Bien puede ser que gaste más de lo que tenga, o que sea como cierto amigo mío, personaje muy quieto y muy tranquilo, que me decía hace pocas noches: -Mi mujer tiene para el juego una fortuna prodigiosa. Cada mes saca de la lotería quinientos pesos. ¡Fijo!-. Yo quise referirle alguna anécdota, atribuida a un administrador muy conocido de cierta aduana marítima. Al encargarse de ella, dijo a los empleados:
-Señores: aquí se prohíbe ganar a la lotería. ¡Al primero que se la saque lo echo a puntapiés!
¿Ganará esta señora a la lotería? Si su marido es pobre, debe haberle dicho que esos pendientes que ahora lleva son falsos. El pobre señor no será joyero. En materia de alhajas, solo conocerá a su mujer, que es una buena alhaja. Por consiguiente, la habrá creído. ¡Desgraciado! ¡Qué tranquilo estará en su casa! ¿Será viejo? Yo debo de conocerle... ¡Ah! ¡Sí! ¡Es aquel! No; no puede ser; la esposa de ese caballero murió cuando el último cólera. ¡Es el otro! ¡Tampoco! Pero, ¿a mí qué me importa quién sea?
¿La seguiré? Siempre conviene poseer un secreto de mujer. Veremos, si es posible, al incógnito amante. ¿Tendrá hijos esta mujer? Parece que sí. ¡Infame! Mañana se avergonzarán de ella. Tal vez alguno la niegue. Ese será un horrible crimen, pero un crimen, justo. Bien está; que mancille, que pise, que escupa la honra de ese desgraciado que probablemente la adora.
Es una traición; es una villanía. Pero, al fin, ese hombre puede matarla, sin que nadie le culpe ni le condene. Puede mandar a sus criados que la arrojen a latigazos, y puede hacer pedazos al amante. Pero sus hijos -¡pobres seres indefensos!- nada pueden. La madre los abandona para ir a traerles su porción de vergüenza y deshonra. Los vende por un puñado de placeres, como Judas a Cristo por un puñado de monedas. Ahora duermen, sonríen, todo lo ignoran; están abandonados a manos mercenarias: van empezando a desamorarse de la madre, que no los ve, ni los educa, ni los mima. Mañana esos chicuelos serán hombres, y esas niñas mujeres. Ellos sabrán que su madre fue una aventurera y sentirán vergüenza. Ellas querrán amar y ser amadas; pero los hombres, que creen en la tradición del pecado y en el heredismo, las buscarán para perderlas y no querrán darles su nombre, por miedo de que lo prostituyan y lo afrenten.
Y todo eso será obra tuya. Estoy tentado de ir en busca de su esposo y traerle a este sitio. Ya adivino cómo es la alcoba en que te aguarda. Pequeña, cubierta toda de tapices, con cuatro grandes jarras de alabastro, sosteniendo ricas plantas exóticas. Antes había dos grandes lunas en los muros; pero tu amante, más delicado que tú, las quitó. Un espejo es un juez, es un testigo. La mujer que recibe a su amante, viéndose al espejo, es ya la mujer abofeteada de la calle.
Pues bien; cuando tú estés en esa tibia alcoba y tu amante caliente con sus manos tus plantas entumecidas por la humedad, tu esposo, y yo entraremos sigilosamente, y un brusco golpe te echará por tierra, mientras detengo yo la mano de tu cómplice. Hay besos que se empiezan en la tierra y se acaban en el infierno.
Un sudor frío bañaba mi rostro. Afortunadamente, habíamos llegado a la plazuela de Loreto, y mi vecina se apeó del vagón. Yo vi su traje; no tenía ninguna mancha de sangre. Nada había pasado: después de todo, ¿qué me importa que esta señora se la pegue a su marido? ¿Es mi amigo acaso? Ella sí que es una real moza. A fuerza de encontrarnos, somos casi amigos. Ya la saludo.
Allí está el coche; ella entra en la iglesia; ¡qué tranquilo debe de estar su marido! Yo sigo en el vagón. ¡Parece que todos vamos tan contentos!