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Cuna de cóndores [Fragmento]

Mariano Latorre






Epopeya de Moñi

Moñi seguía su descenso por el cañón de la escopeta y al tocar el cóndor las piedras con sus patas huesosas, apretó el gatillo y soltó la perdigonada. En medio del fogonazo vio inclinarse al pájaro en un brusco movimiento de costado, equilibrarse en seguida, tratar de volar sin conseguirlo y luego correr un trecho abriendo desmesuradamente su corto pico. Se precipitó entonces hacia él, empuñando la escopeta por el cañón. Una alegría infinita asomaba a sus ojos. Veía ya el cuerpo del cóndor tendido en medio de la planicie y a su padre, mirándolo con ojos de asombro y de agradecimiento, pero al acercarse, el ave furiosa, desesperada, alargando su cabeza llameante, de turbios ojos, se precipita sobre Moñi. El muchacho, aterrorizado, suelta el arma que tenía empuñada y corre hacia la laguna, seguido de cerca por el desgarbado trote del cóndor, cuya ala rota, sujeta todavía al cuerpo por una esquirla sanguinolenta, se arrastra pesadamente. En su terror, Moñi se aprieta en la orilla de la planicie a las rocas de la montaña y exasperado, inconsciente, ciego, se arroja sobre el pájaro para estrangular el cuello que culebrea como una serpiente por encima de la espalda de Moñi, esquivando los dedos crispados del pastorcito. El pico del cóndor se hunde en la carne, arrancando trapos sucios y trozos de piel sanguinolenta. Moñi se siente desfallecer. Un sopor helado oprime sus párpados, pero su ruda vitalidad de indígena reacciona con histérico arrebato y sus manos que el dolor ha convertido en férreos ganchos, logran coger el cuello del cóndor y atraerlo hacia sí. En la ceguedad de esta lucha a muerte, no ve que el abismo se abre a sus pies, en la risueña y lejana indiferencia del pastizal y adherido ahora al cuerpo del cóndor que se remece con todas sus fuerzas, estirando las plumas de sus alas con la rigidez de la agonía, el ave y el hombre llegan, sin advertirlo, al borde de la sima y violentamente, confundidos en un abrazo monstruoso, van a estrellarse en las lajas pizarrosas que orillan el cajón.





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