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De la búsqueda de la propia identidad a la desconstrucción de la «historia europea». Algunos aspectos del desarrollo de la novela histórica en América Latina entre «Amalia» (1855) y «Noticias del Imperio» (1987)

Michael Rössner





La novela histórica, dentro de la historia de la literatura mundial, aparece relativamente tarde: en el siglo XVII en Francia, Madame de Lafayette y otros utilizan la historia como un mero pretexto para cumplir con el deber de la «veracidad» sin que nadie pudiera verificar si la historia narrada era verdadera o no1. La novela histórica como tal, fruto de un genuino interés por la historia, no se impone antes del siglo XIX, con el Romanticismo, y en la vecindad de la «búsqueda de las raíces» que hoy en día asociamos con nombres como Herder y con el Ossian de Macpherson. No cabe duda, entonces, de que las novelas históricas tienen que ver con la búsqueda de una identidad colectiva ya en el origen de su forma moderna, las novelas de un Walter Scott por ejemplo. Tanto en su versión romántica -de un Manzoni en Italia por ejemplo- como en aquella realista -por ejemplo en los Episodios nacionales de Galdós (cf. Hinterhäuser 1963)-, las novelas históricas de Europa se ocupan de esta búsqueda de las raíces, tienen cierta finalidad didáctica y/o política, quieren ayudar a crear -en el caso de nuevas naciones-estados como Italia o Alemania- o fortalecer una identidad colectiva.

Por otro lado, sabemos que la cuestión de la identidad colectiva (continental o nacional) es uno de los temas-clave de la literatura latinoamericana desde sus orígenes hasta hoy2. No nos debería extrañar, por consiguiente, si toda la literatura latinoamericana fuera dominada por el género de la novela histórica. Sin embargo, la imagen de la literatura del subcontinente que creó el boom en el público europeo es incluso totalmente diferente: en el realismo mágico, fórmula de marketing bajo la cual se presentó toda o casi toda esta literatura aquí3, no había lugar para la Historia, si no fuera como símbolo o horizonte externo. Esta literatura nos introdujo en lo «real maravilloso americano» en la definición de Carpentier, en el mundo mágico detrás, antes, más allá de la Historia, al que se llega desandando el camino de la humanidad a través de la Historia, como lo muestra el mismo Carpentier -aunque no sin ironía- en su novela Los pasos perdidos. La nueva novela latinoamericana aparecía así como una vuelta a un tipo más antigua de la narración, al mito o al mundo de la novela mágica medieval tal como la lee Rosario en la novela citada de Carpentier (cf. Roloff 1985).

Ahora bien, pasó el boom, pero los estereotipos creados tienen una vida larga. Para el público europeo (y sobre todo aquél de lengua alemana), resulta difícil aceptar que ha cambiado el paradigma de la novela en América Latina, y a menudo los críticos europeos expresaron su asombro ante el hecho de que los latinoamericanos «descubren la Historia».

Claro está, esto tampoco corresponde a la verdad. La novela latinoamericana comienza tarde4, y, por carecer de tradición en el género, de manera insegura. De hecho, de los cinco primeros títulos, cronológicamente tratados, en la colección de interpretaciones editada por Harald Wentzlaff-Eggebert y Volker Roloff en 19925, dos no tienen mucho que ver con la definición corriente de la novela (El lazarillo y El matadero), e incluso Amalia parece oscilar entre los géneros de panfleto político, crónica histórica (por la incorporación de muchos documentos) y novela romántica de amor. Sin embargo, es precisamente esta mezcla que en mi opinión la convierte en la primera verdadera novela histórica del continente. Sabemos que existen dos Amalias: La versión inacabada, publicada por entregas en Montevideo hasta 1851, y la versión definitiva, enriquecida de los documentos mencionados, publicada en Buenos Aires 1855, después de la caída de Rosas. Y es sobre todo esta segunda versión, dirigida a un público que ya no se debía incitar a la lucha contra el tirano descrito, la que tiene valor de histórica: El autor ya no puede polemizar con un dictador desaparecido; lo que quiere hacer ahora, es conservar la Historia para un fin didáctico: mostrar al pueblo argentino las atrocidades de la dictadura pasada y, con este ejemplo, guiarlo hacia un futuro mejor concebido según la alternativa sarmiento de civilización y barbarie.

Ya en esta primera novela histórica de la literatura latinoamericana (que también es la primera novela del dictador) aparece, por consiguiente, una finalidad que tiene algo que ver con la identidad colectiva: el autor deplora la incapacidad de acción solidaria entre los argentinos, el desmesurado individualismo «que es el cáncer que corroe las entrañas de este pueblo» (Mármol 3 1944, 270), pero ofrece también, en las figuras de Eduardo y de Daniel, modelos (románticos, por supuesto) para superar este vicio nacional. La novela histórica como medio de la educación, por lo tanto, en una época en la cual la educación es una tarea central de la generación sarmientina llegada al poder; pero al mismo tiempo un texto que compite con la historiografía propiamente dicha, porque incorpora muchos documentos auténticos y los utiliza como prueba de lo expuesto sobre la dictadura de Rosas. En las épocas siguientes, en las corrientes del Naturalismo, del Modernismo, del Indigenismo, de la Novela de la Selva, de la Gauchesca, etc., la Historia tiene un papel muy reducido, con la única excepción -muy particular y geográficamente limitada- de la novela de la Revolución Mexicana que en la primera fase aparece también más como novela política que histórica, en la segunda suele tener más carácter de psicológica -se habla más de la Verarbeitung o Bewältigung de la Historia que de la Historia misma.

Si no fuera por Las lanzas coloradas de Uslar Pietri, se podría casi decir que la novela Histórica en América Latina después del Romanticismo desaparece hasta volver con la nueva novela de Posguerra.

Y también en esta nueva novela, la búsqueda de la identidad dominante incorpora la Historia únicamente como un camino entre muchos: Hay algo de Historia en El reino de este mundo, en Hombres de maíz, en El Señor Presidente, finalmente en Cien años de soledad; pero es Historia traspuesta, travestida, que aparece en un nivel simbólico o mezclado con la ficción hasta perderse en ella. Yo no llamaría a ninguno de los libros citados novela histórica en el sentido estrecho de la palabra, porque lo que se pone en escena en estos textos es precisamente la superación de la Historia por el Mito, la incorporación de una perspectiva no-racional, a menudo asociada con el indígena, en la instancia del autor, una perspectiva que por consiguiente niega la Historia en el sentido tradicional, como pasado, como desarrollo linear, y que le opone una visión circular, arquetípica de los acontecimientos6.

Pero al acabarse el boom, al agotarse el interés por el conjunto realismo mágico-real maravilloso americano, de repente surge la novela histórica propiamente dicha: en los últimos quince años, hemos registrado un gran número de novelas que se ocupaban de temas históricos. El Quinto Centenario tuvo algo que ver con eso, también. Pero queda el hecho de que -por lo menos en las literaturas que yo conozco- sólo Hispanoamérica e Italia registraron una especie de boom de la novela histórica en los últimos años. En un coloquio con autores italianos hace dos años, se ha querido hallar una razón de esta «moda» en la saturación del público con experimentos formales. Después de la novela experimental, se habría buscado entonces la sencillez de la narración de hechos, la seguridad en el mundo inalterable del pasado -como lo hace el Enrico IV del drama de Pirandello. Es una explicación posible, como también aquella de la -tal como se dice hoy en día- «evasión en la historia en vista del fracaso de todas las ideologías». Sin embargo, ambas explicaciones no se pueden aplicar a la ola latinoamericana de la novela histórica que empieza un poco antes, en un contexto socio-histórico e intelectual diferente.

Yo creo por el contrario que el nuevo interés por la novela histórica tiene todavía que ver con la búsqueda de la identidad continental, que representa un nuevo grado en la emancipación de la intelectualidad latinoamericana, porque en ella se expresa una nueva relación del latinoamericano para con el europeo. Claro está, la emancipación del intelectual latinoamericano de las formas de comportamiento europeas tan alabadas en la novela de Mármol empieza mucho antes: cuando José Martí en el modernismo incita a sus compatriotas para distanciarse de lo «exótico europeo» (Martí 1977, 28), cuando Carpentier en 1949 exalta lo «real maravilloso americano» en comparación con la «burocracia» de lo insólito de los surrealistas franceses (Carpentier 1983, 14). Pero incluso esta fase está caracterizada aun por una actitud defensiva. El mismo Carpentier en su El arpa y la sombra de 1979 tiene que luchar contra la imagen idealizada de Colón creada por los europeos. Cuando Abel Posse cuatro años más tarde vuelve a este argumento, ya no hay que luchar, se puede jugar con los «Colones» creados por la historiografía y la literatura. Así, se manifiesta una nueva seguridad, un nuevo sentido del valor propio de los latinoamericanos precisamente en el tratamiento literario de la propia historia.

Quiero demostrar este proceso con dos ejemplos, ambos de los años ochenta: Noticias del Imperio del mexicano Fernando del Paso, y Los perros del paraíso del argentino Abel Posse. Hace algunos años, al analizar la novela Noticias del Imperio, he acuñado el término de lo «real maravilloso europeo» para mostrar en que manera el autor mexicano lleva la descolonialización «a su último extremo, casi paradójico: la "colonización intelectual" de los antiguos colonizadores» (Rössner 1991, 227). Porque el mundo europeo tiene siempre un papel bastante importante en la Historia del subcontinente, prácticamente todos los temas históricos tratados por los autores de la nueva novela histórica (Bolívar, Colón, episodios de la conquista, o Maximiliano de México) implican también la presentación del conflicto entre lo americano y lo europeo y, por consiguiente, la descripción de una realidad histórica europea. Y yo tengo la impresión de que esta descripción, en las novelas mencionadas, se hace por primera vez no desde una perspectiva inferior o igual, sino desde una óptica de superioridad y de interés estético lleno de exotismo. Sí, el término de «exótico» aplicado por Martí a los europeos, en los textos de del Paso o de Abel Posse por primera vez aparece justificado: la Europa del siglo XIX de Carlota y Maximiliano en Noticias del Imperio aparece como un reino casi mágico, fantástico, exótico de pelucas y músicas, de bailes y vajillas de oro, de cortesanas y príncipes sodomitas, de sueños de invierno en palacios de hielo y nieve (cf. Rossner 1991); la Europa del siglo XVI en Los perros del paraíso es presentada como el mundo irracional y mágico por excelencia, donde se calma el mar-padre enojado comprando un niño «deforme a alguna aldea vecina» y arrojándolo «del acantilado con un collar de higos secos y una capa de plumas de gallina para facilitar al sacrificado su vuelo al limbo de los idiotas» (31), un mundo dominado por la sexualidad desencadenada que se traduce en una imagen que recuerda el mejor García Márquez, la del «incontenible silbido» lanzado por el «casto sexo» de la reina que no sólo hace que «[e]n los establos, los potros y los sementales relinchaban», sino incluso que «[e]l Cristo de marfil [en la cruz] vibraba extrañamente» (51; cf. Rössner 1992).

Pero lo que aparece aun más importante es la imagen contrapuesta, la de América. En el caso de Noticias del Imperio, el mundo americano está representado por Benito Juárez, indio ilustrado y liberal que observa a los príncipes locos de Europa como el pobre Maximiliano con cierta superioridad, casi sonriendo del comportamiento irracional de ellos. En el caso de Los perros del paraíso, son los mismos indios que representan la racionalidad y superioridad americana en una escena muy irónica, en la que Abel Posse pinta una especie de «cumbre» Inca-Azteca7 donde se discute la posibilidad de una invasión de los países del Noreste, pero finalmente se la rechaza; mientras los Aztecas -más mercantilistas- apoyan el proyecto, los Incas «socialistas» cuya técnica avanzada les ha permitido llegar con «globos de tela fina» hasta Dusseldorf se muestran escépticos: «Uno de nuestros globos llegó a Dusseldorf. Son hombres pálidos, aparentemente desdichados», asegura Huamán Collo, el jefe de la delegación inca.

Con este modo de presentar los dos mundos, los papeles se han invertido: Mientras en la época del realismo mágico los europeos racionales miran con interés hedonista hacia el «exótico» continente latinoamericano para gozar el «elixir tropical», como dijo Valéry a propósito de Leyendas de Guatemala de Asturias (1969, 17s), ahora son los latinoamericanos quienes en la novela histórica contemplan a una Europa romántico-mágica y exótica a su vez. Con toda la semejanza que podemos encontrar por ejemplo entre Amalia y Noticias del Imperio en la técnica de incorporar documentos, y de polemizar científica o pseudo-científicamente con la historiografía propiamente dicha8, el papel didáctico de la novela histórica contemporánea -por lo menos en base a los dos textos citados- parece haberse invertido. Ya no se trata de guiar al lector, mediante el ejemplo espantoso de la propia Historia a seguir el camino racional de la civilización europea, sino de consolidar en los latinoamericanos la conciencia del propio valor en vista de un mundo histórico europeo que puede ser fascinante, exótico, pero que permanece siempre objeto (incluso objeto inferior) y nunca se puede convertir en modelo.

Se trata, por lo tanto, de una especie de «de-construcción» de la historia europea, historia que siempre había dominado en la formación del intelectual latinoamericano. José Martí ya había amonestado a los latinoamericanos de interesarse más de «nuestra Grecia» y «nuestra Roma» (1977, 29); la nueva novela histórica en América Latina, a mi parecer, está finalmente acabando con las Grecias, Romas, pero sobretodo con las Europas cartesianas idealizadas de la tradición latinoamericana. Cuando hablo de de-construcción, utilizo este término en su sentido original y no en aquello del pos-estructuralismo; pero sin embargo, las novelas mencionadas tienen que ver también con este aspecto del «deconstructivismo» -es decir la suspensión de la validez de ideologías y realidades en el juego de los significantes, en un diálogo lúdico entre muchos textos- porque tanto Noticias del Imperio como Los perros del paraíso (y muchas «nuevas novelas históricas» más) son también novelas polifónicas, campos de inter-reacción de varios tipos de discurso histórico y narrativo. En este aspecto reside la modernidad formal y expresiva de estos textos, una modernidad que nos permite definirlas «a la altura» de los grandes textos ya «clásicos» de la nueva novela en la generación anterior.






Bibliografía

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  • Valéry, Paul. 1969. Carta a Francis de Miomandre. En: Asturias, Miguel Ángel. Leyendas de Guatemala. En: Obras completas I. Madrid: Aguilar, 175.


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