21
«A propósito del preguntar de los españoles
y del mal responder del indio (porque no se entendían los
unos a los otros), habíamos puesto en este lugar la
deducción del nombre Perú, que, no lo
teniendo aquellos indios en su lenguaje, se causó de otro
paso semejantísimo a éste, y por haberse detenido la
impresión de este libro más de lo que yo
imaginé, lo quité de este lugar y lo pasé al
suyo propio, donde se hallará muy a la larga con otros
muchos nombres puestos a caso, porque ya en aquella historia, con
el favor divino, este año de seiscientos y dos, estamos en
el postrer cuarto de ella y esperamos saldrá
presto»
(VI, 16: 562).
22
«[...] y a mí me dé su favor y
amparo para que de hoy más emplee lo que de la vida me queda
en escribir la historia de los incas, reyes que fueron del
Perú, el origen y principio de ellos, su idolatría y
sacrificios, leyes y costumbres, en suma, toda su república
como ella fue antes que los españoles ganaran aquel imperio.
De todo lo cual está ya la mayor parte puesta en el telar.
Diré de los incas y, de todo lo propuesto, lo que a mi madre
y a sus tías y parientes ancianos y a toda la demás
gente común de la patria les oí y lo que yo de
aquellas antigüedades alcancé a ver, que aún no
eran consumidas todas en mis niñeces, que todavía
vivían algunas sombras de ellas. Asimismo diré del
descubrimiento y conquista del Perú lo que a mi padre y a
sus contemporáneos que lo ganaron les oí, y de esta
misma relación diré el levantamiento general de los
indios contra los españoles y las guerras civiles que sobre
la partija hubo entre Pizarros y Almagros, que así se
nombraron aquellos bandos que para destrucción de todos
ellos, y en castigo de sí propios, levantaron contra
sí mismos. Y de las rebeliones que después en el
Perú pasaron diré brevemente lo que oí a los
que en ellas de la una parte y de la otra se hallaron, y lo que yo
vi, que, aunque muchacho, conocí a Gonzalo Pizarro y a su
maese de campo Francisco de Carvajal y a todos sus capitanes, y a
don Sebastián de Castilla y a Francisco Hernández
Girón, y tengo noticia de las cosas más notables que
los visorreyes, después acá, han hecho en el gobierno
de aquel imperio»
(VI, 22: 581).
23
Al respecto es
interesante señalar que en la Relación de la
descendencia..., que se desgajó de La Florida,
se comparaba a Mérida con Roma, en una fórmula
análoga a la que luego utilizará para el Cuzco:
«[...] Mérida, que en las
Españas de otro tiempo, ya fue Roma, como lo dice el
afligido de Amor, Garci Sánchez de Badajoz [...]»
(235).
24
Pupo Walker (1982, 32n).
25
No sólo el
largo proceso de gestación de la obra (resumido por De Mora)
favorece la inscripción de esos indicios en paratextos (como
pueden ser las cartas editadas por Asensio u otras, o,
también, las referencias en prólogos a otras obras,
como la traducción de los Diálogos de amor).
La larga historia de su escritura deja un pre-texto (el manuscrito
titulado Historia de los sucesos de la Florida del Adelantado
Hernando de Soto, que ha comentado bien Maticorena). Como ya
Carmen de Mora señalara, la principal modernidad de su
discurso consiste en «escribir y mirarse
mientras escribe»
(19). Esto puede generalizarse para
toda la obra de Garcilaso y, como han visto Pupo Walker (1982) y
Rodríguez-Vecchini es en los prólogos y dedicatorias
donde esa «auto-contemplación» se elabora y se
convierte en mecanismo de «legitimación» de la
escritura.
26
«Protagonizando dicho espacio, el "yo" / autor es la forma
adoptada de la retórica procesal que sustituye a la tercera
persona canónica. Pierde así el distanciamiento
gramatical conveniente en virtud del cual la historia aparece como
si ella misma se autorrefiriera»
(Rodríguez
Vecchini: 606); «De una parte, el
historiador procura ganar credibilidad, alegando exactitud en el
tratamiento de los hechos. De la otra parte, la res gestae, elaborada
artísticamente, constituye curiosamente el argumento
más sólido de la autoacreditación»
(609). También lo ve así Pupo Walker (1985: 101):
«[...] en La Florida, la
elaboración narrativa, como tal, no sólo se cultiva
para embellecer y otorgar decoro al texto, sino que sirve,
concretamente, para mitigar la ausencia de un material informativo
autorizado»
.
27
Este proceso, en
palabras de Pupo Walker, revela la existencia de un discurso
«capaz de nutrirse a sí
mismo y que a la vez parece multiplicarse al quedar
contrapuestos los estratos de su configuración»
(1982: 56; la cursiva es mía).
28
Carmen de Mora
(48-50) ha detectado uno fundamental: la reiteración de
motivos dicotómicos a lo largo del texto, que se integran
sin duda en la «pulsión de
reproducción»
que estoy aquí analizando. De
Mora identifica y ejemplifica los siguientes: prohibición / transgresión; pacto /
traición; cautiverio / liberación; separación
/ encuentro; exploración / regreso; saqueo /
restitución
. La simetría estructural es para De
Mora una prueba de la conciencia artística: «No deja de ser curioso que al comienzo de
La Florida una nave que se adelante indebidamente pone en
peligro la vida de los demás y al final, en un
círculo perfecto, una nave que retrocede, también por
desobediencia, acarrea una desastre en el que perecieron 48
hombres. Este pequeño detalle es, sin embargo, un importante
indicio de hasta qué punto cuidaba el autor la estructura de
su obra»
(49). También detecta ese efecto Voigt
(522), con otro sentido: «The violent conclusion of La
Florida del Inca is thus prefigured in
its opening lines, and the recurrent motif is not conquest, but
loss»
.
29
Un escribano debe
dejar testimonio de un flechazo extraordinario lanzado por un
indio: «El cual tiro, por haber sido de
brazo tan fuerte y bravo, porque el caballo era uno de los
más anchos y espesos que en todo el ejército
había, mandó el gobernador que quedase memoria de
él por escrito y que un escribano real diese fe y testimonio
del tiro. Así se hizo, que luego vino un escribano que se
decía Baltasar Hernández (que yo conocí
después en el Perú), natural de Badajoz e hijodalgo
de mucha bondad y religión, cual se requería y
convenía que lo fueran todos los que ejercitaran este oficio
pues se les fía la hacienda, vida y honra de la
república. Este hidalgo en sangre y en virtud asentó
por escrito y dio testimonio de lo que vio de aquella flecha, que
fue lo que hemos dicho»
(III, 38: 395); en otro lugar, un
escrito funcionará como garantía del beneficio
prometido a los indios: «[el Rey] sabría lo que por los castellanos, sus vasallos
y criados habían hecho
[los indios de Anilco], y lo mandarían poner escrito en memoria para la
gratificar Su Majestad o los reyes sus descendientes
[...]» (V/2, 15: 521). Finalmente, el escrito es prueba de la
riqueza de un hallazgo: «[El gobernador], volviendo a los oficiales, les dijo que no
había para qué hiciesen tantas cargas impertinentes y
embarazosas para el ejército, que su intención no
había sido sino llevar dos arrobas de perlas y
aljófar, y no más, para enviar a La Habana para
muestra de la calidad y quilates de ellas, "que la cantidad", dijo,
"creerla han a los que escribiéramos de ella"»
(III, 14: 318). Como no se sabe que Hernando de Soto tuviera
intención de escribir su propia historia, el uso de la
primera persona puede ser aquí un deslizamiento de la figura
del «escribano»-Garcilaso, una inconsistencia a la hora
de transcribir el discurso directo, relacionada con los
márgenes de fidelidad de la reproducción.
30
«Escribir historia es también silenciar,
no reproducir aquello que pueda resultar odioso o infamante: los
agravios que Pánfilo de Narváez había
infligido a Hirrihigua que por ser odiosos no se cuentan»
(II/1, 1: 115). Pero, sin embargo, quizá como testimonio
irónico del dominio de la materia Garcilaso los dirá
más adelante, de modo indirecto: «Empero (como la injuria no sepa perdonar),
todas las veces que
[Hirrihigua] se
acordaba que a su madre habían echado a los perros y
dejádola comer de ellos y cuando se iba a sonar y no hallaba
sus narices, le tomaba el diablo por vengarse de Juan Ortiz, como
si él se las hubiera cortado»
(II/1, 3: 120).
Aún insiste más adelante en que la
reproducción en la memoria de la ofensa sufrida redunda en
la incapacidad de perdón: «[...] [a Hirrihigua]
le era imposible sufrir que aquel cristiano
viviese, porque su vida le era muy odiosa y abominable, que cada
vez que le veía se le refrescaban las injurias pasadas y de
nuevo se daba por ofendido»
(II/1, 3: 121).
También se silencian las historias «antiguas y modernas»
de castigos de
inocentes «las cuales dejaremos por no
ofender oídos poderosos y lastimar los piadosos»
(II/1, 4: 124) o los nombres de protagonistas de hechos infamantes:
«Los dos capitanes
[a los que se les
había escapado el cacique tullido de Apalache], que por su honra callamos sus nombres, y sus buenos
soldados hicieron grandes diligencias por aquellos montes buscando
a Capasi [...]»
(II/2, 12: 235). Tampoco merece ser
reproducido aquello que «no es de la
historia»
: «[el caballero Gómez Arias vuelve
a La Habana a dar cuenta] de lo que hata
entonces les había sucedido y de las buenas partes y
calidades que habían visto y notado de la Florida,
demás de lo cual había de tratar otros negocios de
importancia, que, porque no son de nuestra historia, no se hace
relación de ellos»
(II/2, 17: 250).
Paradójicamente, Garcilaso no dudará en incluir
largas digresiones sobre la historia del Perú, prueba de que
su concepto de lo que «sí es de
la historia»
es absolutamente personal. En otras
ocasiones, el silencio procede de la limitación del saber
del historiador, que no puede reproducir informaciones pertinentes
(como el nombre de la «señora de
Cofachiqui»
(III, 11: 309), o de la aplicación del
principio de la humilitas, que hubiera debido impedir que la
historia del «magnánimo y nunca
vencido caballero»
Hernando de Soto «la escribiera un indio»
(V/1, 7: 469)
o que convierte en parca cualquier reproducción de sucesos
extraordinarios, que el lector debe suplir: «[...] estimara yo en mucho saberlas decir como
mi autor deseaba que dijera. Recíbase mi voluntad, y lo que
yo no acertare a decir quede para la consideración de los
discretos que suplan con ella lo que la pluma no acierta a escribir
[...]. suplicaré encarecidamente se crea de veras que antes
quedo corto y menoscabado de lo que convenía decirse que
largo y sobrado en lo que hubiese dicho»
(III, 14:
319-320). Lo mismo sucede al considerar la batalla de Mauvila:
«[...] tengo necesidad de remitirme en
lo que de este capítulo resta a la consideración de
los que lo leyesen para que, con imaginarlo, suplan lo que yo en
este no puedo decir cumplidamente acerca de la aflicción y
extrema necesidad que estos españoles tuvieron de todas las
necesarias para poderse curar y remediar las vidas [...];
demás de mi poco caudal, es imposible que cosas tan grandes
se puedan escribir bastantemente ni pintarlas como ellas
pasaron»
(III, 29: 369). Con esa colaboración del
lector, que en ocasiones propicia elipsis violentas por consabidas
(«Ésta es, en común, la
enemistad de los indios del gran reino de la Florida. Y ella misma
sería gran parte para que aquella tierra se ganase con
facilidad, porque "todo reino diviso, etcétera"»
;
V/1, 4: 460), la práctica de la abbreviatio también se revela
como freno a la escritura proliferante: cuando las acciones o los
sucesos se repiten no merece la pena que el historiador incurra en
redundancias: «Y no diremos más
de este entierro por no repetir en el de los señores curacas
(que veremos presto donde habrá bien que decir) lo que
aquí hubiésemos dicho»
(III, 14: 318);
«Con la batalla y pelea continua que el
primer día y noche tuvieron los indios con los
españoles, con esa misma, sin innovar cosa alguna ni mudar
orden, los siguieron diez días continuos con sus noches, que
por evitar prolijidad no los escribimos singularmente, y
también porque no acaecieron particularidades más de
las que dijimos del primer día»
(VI, 4: 533). La
historia no debe escribir pormenorizadamente todos los
sucesos, sino sólo reproducir aquellos singulares y
notables.