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«A propósito del preguntar de los españoles y del mal responder del indio (porque no se entendían los unos a los otros), habíamos puesto en este lugar la deducción del nombre Perú, que, no lo teniendo aquellos indios en su lenguaje, se causó de otro paso semejantísimo a éste, y por haberse detenido la impresión de este libro más de lo que yo imaginé, lo quité de este lugar y lo pasé al suyo propio, donde se hallará muy a la larga con otros muchos nombres puestos a caso, porque ya en aquella historia, con el favor divino, este año de seiscientos y dos, estamos en el postrer cuarto de ella y esperamos saldrá presto» (VI, 16: 562).

 

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«[...] y a mí me dé su favor y amparo para que de hoy más emplee lo que de la vida me queda en escribir la historia de los incas, reyes que fueron del Perú, el origen y principio de ellos, su idolatría y sacrificios, leyes y costumbres, en suma, toda su república como ella fue antes que los españoles ganaran aquel imperio. De todo lo cual está ya la mayor parte puesta en el telar. Diré de los incas y, de todo lo propuesto, lo que a mi madre y a sus tías y parientes ancianos y a toda la demás gente común de la patria les oí y lo que yo de aquellas antigüedades alcancé a ver, que aún no eran consumidas todas en mis niñeces, que todavía vivían algunas sombras de ellas. Asimismo diré del descubrimiento y conquista del Perú lo que a mi padre y a sus contemporáneos que lo ganaron les oí, y de esta misma relación diré el levantamiento general de los indios contra los españoles y las guerras civiles que sobre la partija hubo entre Pizarros y Almagros, que así se nombraron aquellos bandos que para destrucción de todos ellos, y en castigo de sí propios, levantaron contra sí mismos. Y de las rebeliones que después en el Perú pasaron diré brevemente lo que oí a los que en ellas de la una parte y de la otra se hallaron, y lo que yo vi, que, aunque muchacho, conocí a Gonzalo Pizarro y a su maese de campo Francisco de Carvajal y a todos sus capitanes, y a don Sebastián de Castilla y a Francisco Hernández Girón, y tengo noticia de las cosas más notables que los visorreyes, después acá, han hecho en el gobierno de aquel imperio» (VI, 22: 581).

 

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Al respecto es interesante señalar que en la Relación de la descendencia..., que se desgajó de La Florida, se comparaba a Mérida con Roma, en una fórmula análoga a la que luego utilizará para el Cuzco: «[...] Mérida, que en las Españas de otro tiempo, ya fue Roma, como lo dice el afligido de Amor, Garci Sánchez de Badajoz [...]» (235).

 

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Pupo Walker (1982, 32n).

 

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No sólo el largo proceso de gestación de la obra (resumido por De Mora) favorece la inscripción de esos indicios en paratextos (como pueden ser las cartas editadas por Asensio u otras, o, también, las referencias en prólogos a otras obras, como la traducción de los Diálogos de amor). La larga historia de su escritura deja un pre-texto (el manuscrito titulado Historia de los sucesos de la Florida del Adelantado Hernando de Soto, que ha comentado bien Maticorena). Como ya Carmen de Mora señalara, la principal modernidad de su discurso consiste en «escribir y mirarse mientras escribe» (19). Esto puede generalizarse para toda la obra de Garcilaso y, como han visto Pupo Walker (1982) y Rodríguez-Vecchini es en los prólogos y dedicatorias donde esa «auto-contemplación» se elabora y se convierte en mecanismo de «legitimación» de la escritura.

 

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«Protagonizando dicho espacio, el "yo" / autor es la forma adoptada de la retórica procesal que sustituye a la tercera persona canónica. Pierde así el distanciamiento gramatical conveniente en virtud del cual la historia aparece como si ella misma se autorrefiriera» (Rodríguez Vecchini: 606); «De una parte, el historiador procura ganar credibilidad, alegando exactitud en el tratamiento de los hechos. De la otra parte, la res gestae, elaborada artísticamente, constituye curiosamente el argumento más sólido de la autoacreditación» (609). También lo ve así Pupo Walker (1985: 101): «[...] en La Florida, la elaboración narrativa, como tal, no sólo se cultiva para embellecer y otorgar decoro al texto, sino que sirve, concretamente, para mitigar la ausencia de un material informativo autorizado».

 

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Este proceso, en palabras de Pupo Walker, revela la existencia de un discurso «capaz de nutrirse a sí mismo y que a la vez parece multiplicarse al quedar contrapuestos los estratos de su configuración» (1982: 56; la cursiva es mía).

 

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Carmen de Mora (48-50) ha detectado uno fundamental: la reiteración de motivos dicotómicos a lo largo del texto, que se integran sin duda en la «pulsión de reproducción» que estoy aquí analizando. De Mora identifica y ejemplifica los siguientes: prohibición / transgresión; pacto / traición; cautiverio / liberación; separación / encuentro; exploración / regreso; saqueo / restitución. La simetría estructural es para De Mora una prueba de la conciencia artística: «No deja de ser curioso que al comienzo de La Florida una nave que se adelante indebidamente pone en peligro la vida de los demás y al final, en un círculo perfecto, una nave que retrocede, también por desobediencia, acarrea una desastre en el que perecieron 48 hombres. Este pequeño detalle es, sin embargo, un importante indicio de hasta qué punto cuidaba el autor la estructura de su obra» (49). También detecta ese efecto Voigt (522), con otro sentido: «The violent conclusion of La Florida del Inca is thus prefigured in its opening lines, and the recurrent motif is not conquest, but loss».

 

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Un escribano debe dejar testimonio de un flechazo extraordinario lanzado por un indio: «El cual tiro, por haber sido de brazo tan fuerte y bravo, porque el caballo era uno de los más anchos y espesos que en todo el ejército había, mandó el gobernador que quedase memoria de él por escrito y que un escribano real diese fe y testimonio del tiro. Así se hizo, que luego vino un escribano que se decía Baltasar Hernández (que yo conocí después en el Perú), natural de Badajoz e hijodalgo de mucha bondad y religión, cual se requería y convenía que lo fueran todos los que ejercitaran este oficio pues se les fía la hacienda, vida y honra de la república. Este hidalgo en sangre y en virtud asentó por escrito y dio testimonio de lo que vio de aquella flecha, que fue lo que hemos dicho» (III, 38: 395); en otro lugar, un escrito funcionará como garantía del beneficio prometido a los indios: «[el Rey] sabría lo que por los castellanos, sus vasallos y criados habían hecho [los indios de Anilco], y lo mandarían poner escrito en memoria para la gratificar Su Majestad o los reyes sus descendientes [...]» (V/2, 15: 521). Finalmente, el escrito es prueba de la riqueza de un hallazgo: «[El gobernador], volviendo a los oficiales, les dijo que no había para qué hiciesen tantas cargas impertinentes y embarazosas para el ejército, que su intención no había sido sino llevar dos arrobas de perlas y aljófar, y no más, para enviar a La Habana para muestra de la calidad y quilates de ellas, "que la cantidad", dijo, "creerla han a los que escribiéramos de ella"» (III, 14: 318). Como no se sabe que Hernando de Soto tuviera intención de escribir su propia historia, el uso de la primera persona puede ser aquí un deslizamiento de la figura del «escribano»-Garcilaso, una inconsistencia a la hora de transcribir el discurso directo, relacionada con los márgenes de fidelidad de la reproducción.

 

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«Escribir historia es también silenciar, no reproducir aquello que pueda resultar odioso o infamante: los agravios que Pánfilo de Narváez había infligido a Hirrihigua que por ser odiosos no se cuentan» (II/1, 1: 115). Pero, sin embargo, quizá como testimonio irónico del dominio de la materia Garcilaso los dirá más adelante, de modo indirecto: «Empero (como la injuria no sepa perdonar), todas las veces que [Hirrihigua] se acordaba que a su madre habían echado a los perros y dejádola comer de ellos y cuando se iba a sonar y no hallaba sus narices, le tomaba el diablo por vengarse de Juan Ortiz, como si él se las hubiera cortado» (II/1, 3: 120). Aún insiste más adelante en que la reproducción en la memoria de la ofensa sufrida redunda en la incapacidad de perdón: «[...] [a Hirrihigua] le era imposible sufrir que aquel cristiano viviese, porque su vida le era muy odiosa y abominable, que cada vez que le veía se le refrescaban las injurias pasadas y de nuevo se daba por ofendido» (II/1, 3: 121). También se silencian las historias «antiguas y modernas» de castigos de inocentes «las cuales dejaremos por no ofender oídos poderosos y lastimar los piadosos» (II/1, 4: 124) o los nombres de protagonistas de hechos infamantes: «Los dos capitanes [a los que se les había escapado el cacique tullido de Apalache], que por su honra callamos sus nombres, y sus buenos soldados hicieron grandes diligencias por aquellos montes buscando a Capasi [...]» (II/2, 12: 235). Tampoco merece ser reproducido aquello que «no es de la historia»: «[el caballero Gómez Arias vuelve a La Habana a dar cuenta] de lo que hata entonces les había sucedido y de las buenas partes y calidades que habían visto y notado de la Florida, demás de lo cual había de tratar otros negocios de importancia, que, porque no son de nuestra historia, no se hace relación de ellos» (II/2, 17: 250). Paradójicamente, Garcilaso no dudará en incluir largas digresiones sobre la historia del Perú, prueba de que su concepto de lo que «sí es de la historia» es absolutamente personal. En otras ocasiones, el silencio procede de la limitación del saber del historiador, que no puede reproducir informaciones pertinentes (como el nombre de la «señora de Cofachiqui» (III, 11: 309), o de la aplicación del principio de la humilitas, que hubiera debido impedir que la historia del «magnánimo y nunca vencido caballero» Hernando de Soto «la escribiera un indio» (V/1, 7: 469) o que convierte en parca cualquier reproducción de sucesos extraordinarios, que el lector debe suplir: «[...] estimara yo en mucho saberlas decir como mi autor deseaba que dijera. Recíbase mi voluntad, y lo que yo no acertare a decir quede para la consideración de los discretos que suplan con ella lo que la pluma no acierta a escribir [...]. suplicaré encarecidamente se crea de veras que antes quedo corto y menoscabado de lo que convenía decirse que largo y sobrado en lo que hubiese dicho» (III, 14: 319-320). Lo mismo sucede al considerar la batalla de Mauvila: «[...] tengo necesidad de remitirme en lo que de este capítulo resta a la consideración de los que lo leyesen para que, con imaginarlo, suplan lo que yo en este no puedo decir cumplidamente acerca de la aflicción y extrema necesidad que estos españoles tuvieron de todas las necesarias para poderse curar y remediar las vidas [...]; demás de mi poco caudal, es imposible que cosas tan grandes se puedan escribir bastantemente ni pintarlas como ellas pasaron» (III, 29: 369). Con esa colaboración del lector, que en ocasiones propicia elipsis violentas por consabidas («Ésta es, en común, la enemistad de los indios del gran reino de la Florida. Y ella misma sería gran parte para que aquella tierra se ganase con facilidad, porque "todo reino diviso, etcétera"»; V/1, 4: 460), la práctica de la abbreviatio también se revela como freno a la escritura proliferante: cuando las acciones o los sucesos se repiten no merece la pena que el historiador incurra en redundancias: «Y no diremos más de este entierro por no repetir en el de los señores curacas (que veremos presto donde habrá bien que decir) lo que aquí hubiésemos dicho» (III, 14: 318); «Con la batalla y pelea continua que el primer día y noche tuvieron los indios con los españoles, con esa misma, sin innovar cosa alguna ni mudar orden, los siguieron diez días continuos con sus noches, que por evitar prolijidad no los escribimos singularmente, y también porque no acaecieron particularidades más de las que dijimos del primer día» (VI, 4: 533). La historia no debe escribir pormenorizadamente todos los sucesos, sino sólo reproducir aquellos singulares y notables.

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