31
Garcilaso subraya
casi siempre los márgenes de una cita, especialmente cuando
se trata de las Peregrinaciones de Alonso de Carmona:
«Alonso de Carmona dice en su
relación que [...]. Todas son palabras del mismo Alonso de
Carmona, como él escribió en esta su
Peregrinación [...]»
(V/2, 7: 497). La
inscripción de la fuente al principio y al final suple la
ausencia de otros signos tipográficos y acota el salto
estilístico que marca la diferencia entre el texto propio y
el ajeno, al tiempo que protege al primero de la
contaminación del régimen del simulacro: «[...] en todo lo que no hago mención de
ellos, con ser tanto, no hablan palabra»
(VI, 7: 542).
Garcilaso perfila los límites de su propio texto y
revaloriza, por contraste, la riqueza de su propia escritura.
32
Como cuando treinta soldados regresan de Apalache a Vitachuco (II/2, caps. 8-9) y ello propicia que se recuerden hechos anteriores: los muertos que allí quedaron (II/2, p. 225) y que son testimonio de la batalla; o la memoria del lebrel Bruto, que había sido «flechado» en el río Ocali (II/2, pp. 227-228).
33
Se trata de la
aventura contada en el libro I en el que unos indios atacan a dos
españoles y uno muere mientras que el otro (Galván)
queda tan malherido que, cada vez que cuenta su historia dice:
«Cuando los indios nos mataron a
mí y a mi compañero Pedro López, hicimos esto
y esto»
. La reiteración idéntica causa risa
porque la anécdota se basa -por otra parte- en un mal uso de
la lengua, en una inconsecuencia verbal.
34
«La relación que hemos dado de la vida de Juan
Ortiz tuvo el gobernador, aunque confuso, en el pueblo del cacique
Hirrihigua, donde al presente lo tenemos. Y antes la había
tenido, aunque no tan larga, en La Habana, de uno de los cuatro
indios que dijimos había preso el contador Juan de
Añasco [...]»
(II/1, 5: 125).
35
Rodríguez-Vecchini ha reparado en que este proceso
está relacionado con el «montaje
de acreditación»
(615) de la historia.
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«[...] en suma notaron que todo cuanto en el
pueblo habían visto no era más que un principio de
poblar y cultivar miserablemente una tierra que con muchos quilates
no era tan buena como la que ellos habían dejado y
desamparado [...]. A este comparar de unas cosas a otras se
acrecentaba la memoria de las muchas y buenas provincias que
habían descubierto, sin las olvidadas y otras cuyos nombres
no habían procurado saber. Acordábaseles la
fertilidad y abundancia de todas ellas, la buena disposición
que tenían para producir las mieses, semillas y legumbres
que de España les llevasen y la comodidad de pastos,
dehesas, montes y ríos que tenían para criar y
multiplicar los ganados que quisiesen echarles. Últimamente
traían a la memoria la mucha riqueza de perlas y
aljófar que habían despreciado y las grandezas en que
se habían visto, porque cada uno de ellos había
presumido ser señor de una gran provincia. Cotejando, pues,
ahora aquellas abundancias y señoríos con las
miserias y poquedades presentes, hablaban unos con otros sus
imaginaciones y tristes pensamientos y, con gran dolor de
corazón y lástima que de sí propios
tenían, decían: "¿No pudiéramos
nosotros vivir en la Florida como viven estos españoles en
Pánuco? ¿No eran mejores las tierras que dejamos e
éstas en que estamos? ¿Dónde, si
quisiéramos parar y poblar, estuviéramos más
ricos que estos nuestros huéspedes? ¿Por ventura
tienen ellos más minas de oro y plata que nosotros hallamos
ni las riquezas que despreciamos? ¿Es bien que hayamos
venido a recibir limosna y hospedaje de otros más pobres que
nosotros pudiendo nosotros hospedar a todos los de España?
¿Es justo ni decente a nuestra honra que de señores
de vasallos que pudiéramos ser hayamos venido a mendigar?
¿No fue mejor haber muerto allí que vivir
aquí?". Con estas palabras y otras semejantes, nacidas del
dolor del bien que habían perdido, se encendieron unos
contra otros en tanto furor y saña que, desesperados del
pesar de haber desamparado la Florida, donde tantas riquezas
pudieran tener, dieron en acuchillarse unos con otros con rabia y
deseo de matarse»
(VI, 17: 566-567).
37
«"¿A qué queréis ir a México?
¿A mostrar la poquedad y vileza de vuestros ánimos
que, pudiendo ser señores de un reino tan grande, donde
tantas y tan hermosas provincias habéis descubierto y
hollado, hubiésedes tenido por mejor (desamparándolas
por vuestra pusilanimidad y cobardía) iros a posar a casa
extraña y comer a mesa ajena pudiéndola tener propia
para hospedar y hacer bien a otros muchos?"»
(VI, 18:
571).
38
«De esta manera, la historia recapitula en el
momento de clausura: al resumir, autorrefiriéndose, los
pasos más notables de la res gestae, se reconoce a sí misma
retrospectivamente y realiza una primera lectura de
aprobación»
(Rodríguez-Vecchini: 616).
También lo ha visto Voigt (254): «In chapter 19 of book
IV, La Florida del Inca stages a scene of its own reception. [...]
Garcilaso here takes advantage of the opportunity not only to
remind his readers of important episodes in the book but to mold
their reactions through the example of the listeners, whose
response is clearly articulated through a series of
verbs: "Admiráronse [...]
Maravilláronse [...] Espantáronse
[...]"»
.
39
Y esto empieza
dentro del propio marco de la obra: de hecho, el capítulo 22
del libro VI es una especie de «superfetación»
aparentemente no prevista (el sumario inicial de ese libro dice
«contiene veinte y un
capítulos»
, 525). La historia de la Florida se
extiende allí mucho más allá del sexto
año de la jornada, alcanza hasta el año de 1568, con
la enumeración de víctimas españolas
(particularmente clérigos) muertas en la Florida para
«regar» con sangre de cristianos aquel territorio.
40
«[...] si la tierra es fértil gracias a
una naturaleza en proceso, y si los productos de España se
reproducen asombrosamente, esta abundancia resulta ser el modelo
natural de los procesos culturales mismos. Es decir, la nueva
cultura, hecha de trasplantes y de mezclas, tiene en los procesos
naturales una metáfora de sus propias riquezas. Los hombres
no son menos que sus frutos; y de la naturaleza, del discurso sobre
la naturaleza americana, pueden sacar lección»
(Ortega: 44); «El modelo es la
abundancia, la noción de la fecundidad y la riqueza como
horizonte donde el sujeto histórico se realiza plenamente.
América es la plenitud de España»
(45).