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Garcilaso subraya casi siempre los márgenes de una cita, especialmente cuando se trata de las Peregrinaciones de Alonso de Carmona: «Alonso de Carmona dice en su relación que [...]. Todas son palabras del mismo Alonso de Carmona, como él escribió en esta su Peregrinación [...]» (V/2, 7: 497). La inscripción de la fuente al principio y al final suple la ausencia de otros signos tipográficos y acota el salto estilístico que marca la diferencia entre el texto propio y el ajeno, al tiempo que protege al primero de la contaminación del régimen del simulacro: «[...] en todo lo que no hago mención de ellos, con ser tanto, no hablan palabra» (VI, 7: 542). Garcilaso perfila los límites de su propio texto y revaloriza, por contraste, la riqueza de su propia escritura.

 

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Como cuando treinta soldados regresan de Apalache a Vitachuco (II/2, caps. 8-9) y ello propicia que se recuerden hechos anteriores: los muertos que allí quedaron (II/2, p. 225) y que son testimonio de la batalla; o la memoria del lebrel Bruto, que había sido «flechado» en el río Ocali (II/2, pp. 227-228).

 

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Se trata de la aventura contada en el libro I en el que unos indios atacan a dos españoles y uno muere mientras que el otro (Galván) queda tan malherido que, cada vez que cuenta su historia dice: «Cuando los indios nos mataron a mí y a mi compañero Pedro López, hicimos esto y esto». La reiteración idéntica causa risa porque la anécdota se basa -por otra parte- en un mal uso de la lengua, en una inconsecuencia verbal.

 

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«La relación que hemos dado de la vida de Juan Ortiz tuvo el gobernador, aunque confuso, en el pueblo del cacique Hirrihigua, donde al presente lo tenemos. Y antes la había tenido, aunque no tan larga, en La Habana, de uno de los cuatro indios que dijimos había preso el contador Juan de Añasco [...]» (II/1, 5: 125).

 

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Rodríguez-Vecchini ha reparado en que este proceso está relacionado con el «montaje de acreditación» (615) de la historia.

 

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«[...] en suma notaron que todo cuanto en el pueblo habían visto no era más que un principio de poblar y cultivar miserablemente una tierra que con muchos quilates no era tan buena como la que ellos habían dejado y desamparado [...]. A este comparar de unas cosas a otras se acrecentaba la memoria de las muchas y buenas provincias que habían descubierto, sin las olvidadas y otras cuyos nombres no habían procurado saber. Acordábaseles la fertilidad y abundancia de todas ellas, la buena disposición que tenían para producir las mieses, semillas y legumbres que de España les llevasen y la comodidad de pastos, dehesas, montes y ríos que tenían para criar y multiplicar los ganados que quisiesen echarles. Últimamente traían a la memoria la mucha riqueza de perlas y aljófar que habían despreciado y las grandezas en que se habían visto, porque cada uno de ellos había presumido ser señor de una gran provincia. Cotejando, pues, ahora aquellas abundancias y señoríos con las miserias y poquedades presentes, hablaban unos con otros sus imaginaciones y tristes pensamientos y, con gran dolor de corazón y lástima que de sí propios tenían, decían: "¿No pudiéramos nosotros vivir en la Florida como viven estos españoles en Pánuco? ¿No eran mejores las tierras que dejamos e éstas en que estamos? ¿Dónde, si quisiéramos parar y poblar, estuviéramos más ricos que estos nuestros huéspedes? ¿Por ventura tienen ellos más minas de oro y plata que nosotros hallamos ni las riquezas que despreciamos? ¿Es bien que hayamos venido a recibir limosna y hospedaje de otros más pobres que nosotros pudiendo nosotros hospedar a todos los de España? ¿Es justo ni decente a nuestra honra que de señores de vasallos que pudiéramos ser hayamos venido a mendigar? ¿No fue mejor haber muerto allí que vivir aquí?". Con estas palabras y otras semejantes, nacidas del dolor del bien que habían perdido, se encendieron unos contra otros en tanto furor y saña que, desesperados del pesar de haber desamparado la Florida, donde tantas riquezas pudieran tener, dieron en acuchillarse unos con otros con rabia y deseo de matarse» (VI, 17: 566-567).

 

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«"¿A qué queréis ir a México? ¿A mostrar la poquedad y vileza de vuestros ánimos que, pudiendo ser señores de un reino tan grande, donde tantas y tan hermosas provincias habéis descubierto y hollado, hubiésedes tenido por mejor (desamparándolas por vuestra pusilanimidad y cobardía) iros a posar a casa extraña y comer a mesa ajena pudiéndola tener propia para hospedar y hacer bien a otros muchos?"» (VI, 18: 571).

 

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«De esta manera, la historia recapitula en el momento de clausura: al resumir, autorrefiriéndose, los pasos más notables de la res gestae, se reconoce a sí misma retrospectivamente y realiza una primera lectura de aprobación» (Rodríguez-Vecchini: 616). También lo ha visto Voigt (254): «In chapter 19 of book IV, La Florida del Inca stages a scene of its own reception. [...] Garcilaso here takes advantage of the opportunity not only to remind his readers of important episodes in the book but to mold their reactions through the example of the listeners, whose response is clearly articulated through a series of verbs: "Admiráronse [...] Maravilláronse [...] Espantáronse [...]"».

 

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Y esto empieza dentro del propio marco de la obra: de hecho, el capítulo 22 del libro VI es una especie de «superfetación» aparentemente no prevista (el sumario inicial de ese libro dice «contiene veinte y un capítulos», 525). La historia de la Florida se extiende allí mucho más allá del sexto año de la jornada, alcanza hasta el año de 1568, con la enumeración de víctimas españolas (particularmente clérigos) muertas en la Florida para «regar» con sangre de cristianos aquel territorio.

 

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«[...] si la tierra es fértil gracias a una naturaleza en proceso, y si los productos de España se reproducen asombrosamente, esta abundancia resulta ser el modelo natural de los procesos culturales mismos. Es decir, la nueva cultura, hecha de trasplantes y de mezclas, tiene en los procesos naturales una metáfora de sus propias riquezas. Los hombres no son menos que sus frutos; y de la naturaleza, del discurso sobre la naturaleza americana, pueden sacar lección» (Ortega: 44); «El modelo es la abundancia, la noción de la fecundidad y la riqueza como horizonte donde el sujeto histórico se realiza plenamente. América es la plenitud de España» (45).

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