161
Vol. III (septiembre, 1903), págs. 48-65.
162
Datos sobre el estreno de estas dos obras dramáticas nos ofrece Manuel Fernández Avello en Recuerdos asturianos de Ramón Pérez de Ayala, Oviedo, Biblioteca Popular Asturiana, 1980, págs. 39-50. Del hallazgo del «Prólogo» (con su «Escena única») a Un alto en la vida errante hemos dado cuenta en la nota 56.
163
Op. cit., pág. 195.
164
Carlos Longhurst, «Sobre la originalidad de Tinieblas en las cumbres», Ínsula, núms. 404-405 (julio-agosto, 1980), pág. 5.
165
«Hidalgos y burgueses...», pág. 228.
166
Op. cit., pág. 197.
167
«Ramón Pérez de Ayala y el Modernismo», en Pelayo H. Fernández, ed., Simposio Internacional Ramón Pérez de Ayala, págs. 27-38.
168
Ibíd., pág. 36.
169
Para María Dolores Albiac, este temprano cambio de actitud de Ayala es consecuencia de sus relaciones con Ortega (lo mismo apunta D. Gamallo Fierros, aunque lamenta la falta de datos para documentar esta opinión). La doctora Albiac, en «Hidalgos y burgueses» (págs. 213-215), nos dice que después de Helios «es Ortega quien lo lleva a senderos más a ras de tierra y precipita una lógica evolución». Para 1905, cuando se encuentra redactando Tinieblas, «Ayala está a caballo entre el modernismo en crisis y las posiciones de Ortega», quien dos años después le aconsejará marchar a Inglaterra «con una corresponsalía de Miguel Moya para su trust de periódicos». Para terminar este apartado, quiero señalar que he venido utilizando los términos «modernismo» y «simbolismo» para referirme respectivamente a la época y a una específica corriente literaria que, junto con otras, forma parte de aquélla. En este sentido, me remito al juicio de José Olivio Jiménez (Op. cit., págs. 14-15): «Modernismo y simbolismo: he aquí el primer problema que el tema plantea, pues son las dos caras -época y tendencia, estilo general y particular disposición poética- de una misma moneda [...] Si hoy contamos, al fin, con una imagen más cabal del modernismo es porque ya lo vemos, tanto ideológica como estéticamente, en calidad de un estilo epocal -complejo, heterogéneo y sincrético-, integrado en simultaneidad por las direcciones estéticas, y no es necesario enumerarlas de nuevo ahora, más diversas y aun contrarias. En virtud de ese mismo sincretismo, la inclinación simbolista tuvo con frecuencia que convivir, a veces en un mismo autor y hasta en un mismo texto, con la teóricamente más distante y opuesta: el parnasismo, por ejemplo. Y en gracia a ese mismo carácter general y sincrético, el término modernismo ha actuado en ocasiones como un cristal opaco que impide ver con nitidez cada uno de sus muy distintos elementos integrantes -en nuestro caso, aquel de éstos que dio precisamente a la escritura de la época su mayor imantación poética: el simbolismo.»
170
O. C., II, pág. 865.