81
Mariano Baquero Goyanes, «La novela como tragicomedia: Pérez de Ayala y Ortega, en Perspectivismo y contraste (De Cadalso a Pérez de Ayala), Madrid, ed. Gredos, 1963, pág. 161.
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Vide M. Baquero Goyanes, El cuento español... Incide más el citado crítico sobre las características del cuento-situación en su art. «Los cuentos de Baroja», Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 265-267 (julio-septiembre, 1972), págs. 408-426. Sobre esta misma modalidad de relatos: Eran Brandenberger, Op. cit., págs. 280-281, y Mirella d'Ambrosio de Servodidio, Azorín, escritor de cuentos, New-York-Madrid, Las Américas Publishing Company-Anaya, 1971. También sobre Azorín y la evolución de la narrativa hacia formas modernas, vide el art. de Eduardo Gómez de Baquero, «Azorín, cuentista», El Sol, Madrid, 21 de julio de 1929.
83
Juan Paredes Núñez, Los cuentos de Emilia Pardo Bazán, Universidad de Granada, 1979, pág. 362.
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Es uno de los casos de máxima concentración: el cuentecillo tiene un carácter evidentemente oral y figura cerrando humorísticamente un breve ensayo sobre el carácter asturiano que fue recogido por García Mercadal en El Raposía. Del mismo modo, y con el apropiado gracejo, nos cuenta Pérez de Ayala un chiste o cuentecillo que no me resisto a apuntar aquí. No aparece en un contexto de narraciones, sino introducido en un artículo que puede leerse en el libro Pequeños ensayos (Madrid, Biblioteca Nueva, 1963); en págs. 72-75 encontramos el art. titulado «Por ser cojo», que comienza: «Casi todos conocen aquel cuentecillo que reza así: 'Era un ricacho que tenía suntuoso palacio, más para mover la admiración y envidia de quienes le visitaban que para gozar de él. Teníalo abierto en todo punto a quienes quisieran visitarlo, y gustaba él mismo de mostrarlo, a modo de guía de museo, celoso de encarecer sus bellezas y fastuosidades, y, sobre todo, de que no le tocasen y estropeasen nada. Artesones, pinturas, esculturas, mármoles y bronces, todo era de mucho precio y primor. Pero lo que más le enorgullecía eran los tillados, taraceados con las maderas más ricas y exóticas, pulimentados como lunas de Venecia. No consentía que nadie los pisase, y por evitarlo había tendido al paso mullida alfombra de ruedo. Sucedió que un general, su amigo, vino a visitarte y a visitar su palacio. Era un bravo y desenvuelto militar que usaba una pierna de palo, habiendo perdido la suya propia en una acción de guerra. 'Por aquí, por la alfombra', decía el ricacho señalando el camino. Pero el general, como si nada oyese, metíase por el tillado, andando de un lado para otro y levantando con el palo de la falsa pierna un ruido deplorable que al ricacho le hacía eco en el corazón. No sabiendo cómo atajar el mal, el ricacho suplico: 'Por Dios, general, no ande usted sobre el tillado, que va a resbalar.' En esto, el general se volvió sonriente, levantó en el aire con prodigioso alarde de equilibrio la pierna de palo, hasta mostrar al ricacho una formidable contera puntiaguda y respondió: '¡Quiá! Llevo un buen pincho'. La historia no concluye así; como es de presumir, al ricacho le dió un soponcio.»
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Además de los relatos citados, que presentan evidentes rasgos teatrales (El otro padre Francisco, Artemisa, Pandorga.), habría que mencionar no sólo obras de clara disposición teatral (La dama negra, Sentimental Club), sino también gran número de cuentos y de novelas cortas en que aparecen verdaderas escenas: Éxodo, La araña, La caída de los limones, Don Rodrigo y don Recaredo, La fuerza moral, Pilares, La triste Adriana, El árbol genealógico, Tío Rafael de Vaquín... Es fácil para cualquier lector de los relatos de Ayala comprobar lo que aquí se afirma.
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Wayne C. Booth, La retórica de la ficción, Barcelona, Bosch, Casa Editorial, S. A., 1974, pág. 19. La conclusión citada viene precedida por una completa enumeración de «las muchas voces» que puede adoptar el autor, la variedad de formas en que éste puede hacer su aparición; y añade una concisa sentencia: «[...] aunque el autor puede hasta cierto punto elegir sus disfraces, él nunca puede elegir el desaparecer».
87
R. Pérez de Ayala, «El liberalismo y La loca de la casa», Las máscaras, en O. C., III, pág. 52.
88
La Edad de Plata (1902-1931.) Ensayo de interpretación de un proceso cultural, Barcelona, Los Libros de la Frontera, 1975, pág. 39. En escritores de la época finisecular la crónica toma, a veces, forma de cuento; así lo ha observado Allen Phillips en su excelente estudio Alejandro Sawa, mito y realidad, Madrid, Ediciones Turner, 1976; vide esp. págs. 240-241, 244-247 y 292-309.
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Vide Guillermo de Torre, «Un arcaizante moderno: Ramón Pérez de Ayala», en La difícil universalidad española, Madrid, Gredos, 1965, págs. 163-199 (lo apuntado en el texto puede leerse en pág. 178).
90
Joaquín Forradellas, «El último vástago: novela primera de Pérez de Ayala», Letras de Deusto, vol. 5, n.º 9 (enero-junio de 1975), págs. 137-155.