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Después de este acontecimiento maravilloso

Mihai Eminescu

Traducción de Ricardo Alcantarilla

...Después de este acontecimiento maravilloso, mi caballero apresuró el caballo hacia la loma de un cerro alejado, para pasar los charcos y los pantanos peligrosos de Bugeag1. Pero apenas había recorrido la mitad del camino y muchos caminos venían en cruz y por donde se volviera no veía en el horizonte nada más que barranco, barranco desierto y gris lo rodeaba y ya ni sabía hacia dónde marchar. Le cogió la noche. Era una de aquellas noches negras en que la luna flota como una mancha apenas vista en el cielo. Solo de vez en cuando ella reavivaba de repente en todo su poder, para alumbrar la llanura gris y desierta, para desaparecer de nuevo horas enteras. Temía los baches y hoyos, el caballo estaba cansado, a él mismo le parecía caer de la montura. Bajó del caballo y puso su oreja en la tierra. Estuvo mucho tiempo de ese modo, cuando oyó como si, sigiloso, ronco, un profundo sonido de campana... él se sobresaltó. Volvió sus ojos a donde le pareció oír sonido y vio una luz turbia y como titilante. Cogió entonces el caballo por las riendas y empezó a ir a paso acelerado -aunque apenas podía con sus patas-. Detrás de un trozo de lugar se vio parado en medio por una zanja que había llenado de juncos y malas hierbas el agua, que rodeaba el lugar de donde venía la luz -y, cuando la luna salió por un instante para alumbrar el lugar-, él vio una muralla vieja y grande, con alguna torre en cada esquina y con una puerta gigantesca en el medio de la muralla. Era una ruina más, parecía desierta, el tejado se había derrumbado por algunos sitios, los muros parecían inclinados sin puntales, las ventanas rotas, el envigado putrefacto y derrumbado. Un puente levadizo, mucho más podrido, llevaba sobre la zanja al patio del castillo.

Él fue dentro. La luz apareció en la ventana de una de las torres, luego pasó, como llevada por todo el castillo, a lo largo de todas las ventanas y desapareció. Al mismo tiempo la luna se sumergió tras una nube negra, sin dejar ninguna huella ni ráfaga siquiera y había unas tinieblas como no había habido. Silencio mortal... El caballero ató su caballo al pilar de un tipo de cobertizo, se acercó a la casa y fue ante ella con pasos tranquilos y apenas oídos. Había tranquilidad como una tumba. Él miró por las ventanas de abajo, pero fijó sus ojos en unas tinieblas impenetrables y no pudo distinguir nada. Después de un corto monólogo fue a la puerta, cuyas jambas estaban colgado, de una cadena, un martillo pesado. Él lo levantó, se arrepintió, luego golpeó una vez fuerte. Toda la guarida resonó desierta, después de nuevo silencio. Él repitió el golpe -de nuevo un eco sordo y profundo, después de nuevo silencio mortal-. Golpeó por tercera vez, ningún movimiento de ser vivo. Dio unos pasos adentro, para ver si no divisaba fortuitamente luz en alguna parte del castillo... La luz apareció en el mismo lugar donde había aparecido antes, pero desapareció igual de veloz. Al mismo tiempo cayó un golpe sordo y profundo de la torre. El corazón del caballero hizo una pausa tremebunda... Estuvo mucho tiempo inmóvil, luego quiso dar algunos pasos hacia el caballo, pero la vergüenza de sentir miedo le retuvo; el honor y un irresistible deseo de llevar la aventura a un fin lo devolvieron a la puerta. Cogió el corazón, se llenó de hombría, sacó el sable con una mano, con la otra elevó el picaporte de la puerta. La puerta pesada tronaba de los quicios y era difícil de empujar, él la forzó a más no poder, de repente se le escapó de las manos, él empujó para adentro y la puerta volvió a caer tras él cerrada. Un escalofrío frío le pasó de la coronilla hasta las plantas, se volvió para encontrar la puerta y pasó mucho hasta que la encontró, palpando, pero con todo el forcejeo de sus fuerzas ya no la pudo abrir. Tras muchos intentos infructuosos, él empezó a mirar a su alrededor y vio al fondo una escalera, enroscada como el cascarón de un caracol, una llama pálida-azulada, como una luz de lamparilla, que se divisaba trémula sobre los muros negros de piedra... era como una semilla de amapola. Él se repuso otra vez, fue palpando hacia la llama, pero ella huía ante él. Él llegó hasta abajo de la escala y tras un instante de arrepentirse empezó a subir despacio apoyándose con una mano a la pared. Él vio la misma llama alejándose ante él hasta que llegó a un corredor extenso y largo... La llama parecía que flotaba en el aire a lo lejos en el corredor, llevada como de una mano invisible... él la seguía a hurtadillas solo con la punta de los pies, porque se asustaba del ruido de sus propios pasos. La llama le condujo hasta él, subió otras escaleras, aquí desapareció. En aquel momento resonó de nuevo la campana de la torre... como un gemido. Le pasó por los huesos y la médula este sonido ronco, piadoso, quejumbrosa.

Estaba en tinieblas totalmente. Estiró sus manos y empezó a subir también esta escalera... Una mano fría como la de un muerto le cogió la izquierda y le tiró tras ella... intentó soltarla, pero no pudo, blandió la espada delante, oyó un grito tremebundo y la mano fría quedó sin fuerza en él... Él la dejó caer al suelo y fue con una resolución desesperada adelante. La escalera corta, enroscada, estrecha estaba llena de ruina y agujeros. Los escalones eran cada vez más y más angostos, hasta que llegó a una rejilla de hierro. Él lo golpeó con el pie y la abrió. Llevaba a un corredor tortuoso y con ángulos, apenas suficientemente extenso como para que un hombre pueda pasar con manos y pies por él. Un brillo apenas, cuya fuente no se sabía lo alumbraba de modo que lo podías ver. El caballero se atrevió a seguir. Un gemido hondo, desnudo se oye por las bóvedas del corredor, desde lo lejos. Él fue siempre adelante y vislumbró de nuevo la llama azul que le había alumbrado antes. El corredor arqueado se abrió de repente en una galería grande y espaciosa en el medio de la cual él divisó un hombre vestido en hierro y armado plenamente que, con la cara siniestra y tremebunda, levantaba con una mano el sable y mostraba la otra, mutilada y ensangrentada. El caballero saltó con valor sobre él, pero desapareció de repente, dejando caer una llave pesada de hierro. La llama había quedado suspendida sobre alas de una puerta grande al final de la galería. El caballero se dirigió hacia ella, metió la llave en la cerradura pesada de hierro, la giró con fuerza, las alas de la puerta salieron en ambas las partes y apareció una sala grande y alargada en cuyo fondo había un ataúd alzado por un catafalco y a su alrededor ardían en candeleros altas antorchas de cera blanca. A lo largo de los muros de la sala había, en hileras largas, estatuas gigantescas del mármol negro, vestidos como moros y con sables grandes en las manos. Cuando el caballero entró, todos levantaron los sables y adelantaron un pie. La llama pequeña flotaba siempre ante él, él la seguía siempre, hasta que quedaron seis pasos ante el ataúd; en el momento aquel la tapa saltó del ataúd, la campana sonó a alarma... una dama en sudario blanco y largo, de muerta, con un velo negro sobre la cara, se incorporó despacio del ataúd y tendió sus brazos hacia él. En aquel momento las estatuas hicieron sonar los sables y se dirigieron hacia él. El caballero se arrojó como el relámpago sobre la mujer y se colgó a su cuello, ella retiró el velo y le besó en la boca. De repente todos los muros viejos temblaron y se desmoronaron alrededor. Al caballero le entró un desvanecimiento en el corazón como si él hubiera caído al suelo...

Cuando volvió a su naturaleza, él se encontró acostado en una cama de terciopelo en un cuarto, la más espléndida y rica que había visto en su vida, alumbrada por luces colocadas en candelabros de cristal. Una mesa cargada con todo tipo de manjares estaba en medio del cuarto... Una música tranquila pintaba la armonía en el aire, las puertas se dieron de lado y una mujer de una indescriptible belleza, cargada con ropas brillantes y adornos caros, entró, seguida de otras mujeres, también hermosas, pero menos que ella. Ella llegó al lado del caballero, se arrodilló a su lado y le besó las manos. Las chicas jóvenes trajeron una corona de laurel y se la colocaron sobre la frente, ella le cogió las manos y le llevó a la cabecera de la mesa, donde se colocó a su izquierda.


-¡Ángela! -murmuró él asombrado. Por muy bajo que lo hubiera dicho, ella le oyó, inclinó sus ojos piadosos y sonrió. Los sirvientes entraron para servir la mesa -una música encantadora le acarició el oído. Él estaba mudo de asombro y respondía con inclinaciones y maneras corteses. Después de que se levantaron todos de la mesa, todas las chicas se dispersaron, menos Ángela, que le llevó de nuevo al sofá, y le puso en sus brazos, le rodeó el cuello con su brazo desnudo, fino, marmóreo, acercó sus labios a su boca suya y empezó a hablarle, boca con boca, de este modo.

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