21
Platón, demostrando cómo las ideas de la cantidad discreta y sus relaciones son necesarias hasta en las menores artes, se burla con razón de los autores de su tiempo, que pretendían que Palamedes había inventado los números en el sitio de Troya, como si, dice el filósofo, Agamenón hubiera podido ignorar hasta entonces cuántas piernas tenía. Se comprende, en efecto, la imposibilidad de que la sociedad y las artes hubieran llegado a donde se encontraban ya cuando el sitio de Troya si los hombres no hubieran usado los números y el cálculo; pero la necesidad de conocer los números antes que adquirir otros conocimientos hace difícil imaginar su invención. Una vez conocido el nombre de los números es fácil explicar su sentido y excitar las ideas que esos nombres representan; mas para inventarlos ha sido preciso, antes de haberse familiarizado, por así decir, con las meditaciones filosóficas, ejercitarse en conocer a los seres por su sola esencia e independientemente de toda otra percepción; abstracción muy penosa, muy metafísica, muy poco natural y sin la cual, no obstante, esas ideas nunca se hubieran podido transferir de una especie o género a otro, ni los números hacerse universales. Un salvaje podía considerar separadamente su pierna derecha y su pierna izquierda, y mirar ambas bajo la idea indivisible de un par; pero no pensar que tenía dos, porque, una cosa es la idea representativa, que nos pinta un objeto, y otra la idea numérica, que lo determina. Todavía menos podía calcular hasta cinco, y aunque poniendo una mano sobre otra hubiera podido observar que los dedos se correspondían exactamente, estaría lejos de pensar en su igualdad numérica; no sabía mucho mejor el número de sus dedos que el de sus cabellos, y si, después de haberle hecho comprender qué son los números, alguien le hubiera dicho que en los pies tenía igual número de dedos que en la mano, hubiese quedado seguramente sorprendido, al hacer la comparación, viendo que era verdad.
22
El aoristo es cierto tiempo verbal de la conjugación griega. N. de T.
23
«Hasta tal punto les es a ellos más provechosa la ignorancia de los vicios que a los otros el conocimiento de la virtud.» (Justin., Historia, lib. III, cap. II.) N. de T.
24
No deben confundirse el amor propio y el amor de sí mismo, dos pasiones muy diferentes por su naturaleza y por sus efectos. El amor de sí mismo es un sentimiento natural que lleva a todos los animales a velar por su conservación, y que, guiado en el hombre por la razón y la piedad, produce la humanidad y la virtud. El amor propio no es más que un sentimiento relativo, ficticio, nacido en la sociedad, que lleva a cada individuo a hacer más caso de sí que de nadie, que inspira a los hombres todo el mal que se hacen mutuamente y que es la fuente verdadera del honor.
Dicho esto, sostengo que en nuestro estado primitivo, en nuestro verdadero estado natural, el amor propio no existe, porque, considerándose cada hombre en particular como el único espectador que le contempla, como el único ser en el universo que se interesa por él, como el juez único de su propio mérito, no es posible que un sentimiento que tiene su origen en comparaciones que él no está en situación de hacer pueda germinar en su alma. Por igual razón, este hombre no podrá sentir ni odio ni deseos de venganza, pasiones que sólo pueden nacer de nuestra opinión ante una ofensa recibida, y como es el desprecio o la intención de dañar, y no el mal, lo que constituye la ofensa, los hombres que no saben ni estimarse ni compararse pueden hacerse mutuas violencias cuando buscan con ellas alguna ventaja, pero nunca ofenderse. En una palabra: el hombre, no mirando a sus semejantes sino como podía mirar a los animales de otra especie cualquiera, puede arrebatar la presa al más débil o ceder la suya al más fuerte, considerando estas rapiñas como hechos naturales, sin el menor movimiento de insolencia o desprecio y sin más pasión que el dolor o la alegría de un buen o mal resultado.
25
Bernardo de Mandeville, médico y escritor holandés establecido en Inglaterra, muerto en 1733. N. de T.
26
«La Naturaleza, al darnos las lágrimas, muestra que ha otorgado al hombre un corazón compasivo.» (Juvenal, sát. XV.) N. de T.
27
Rousseau dice en el libro VIII de sus Confesiones que el retrato de este filósofo corresponde a Diderot. N. de T.
28
Ictiófagos (del griego ixquofa/goj [ichthyophágos], de ixqu/j [ichthýs], «pez», y fa/gomai [phágomai], «comer»), los que se alimentan de peces. N. de T.
29
Es cosa muy notable que, después de tantos años como hace que los europeos se torturan en adaptar a los salvajes de diversas regiones del mundo a su manera de vivir, no hayan podido ganar uno sólo, ni aun en favor del cristianismo, pues nuestros misioneros hacen de ellos algunas veces cristianos, pero nunca hombres civilizados. Nada puede vencer su obstinada repugnancia a adoptar nuestras costumbres y nuestro modo de vivir. Si esos pobres salvajes son tan desgraciados como se pretende, ¿por qué inconcebible aberración del entendimiento rehúsan constantemente civilizarse a nuestra semejanza o aprender a vivir felices entre nosotros? Se lee en cambio en mil sitios que muchos franceses y otros europeos se han refugiado voluntariamente en esos pueblos y han pasado su vida entera sin poder abandonar esa extraña manera de vivir, y se ve a sensatos misioneros recordar enternecidos los días tranquilos e inocentes pasados entre esos pueblos tan despreciados. Si se responde que carecen de luces suficientes para juzgar sanamente su estado y el nuestro, replicaré que la apreciación de la felicidad es más bien asunto del sentimiento que de la razón. Por otra parte, esa objeción se vuelve contra nosotros con mayor fuerza, pues hay más distancia de nuestras ideas al estado de espíritu en que sería necesario hallarse para concebir el gusto que encuentran los salvajes en su modo de vivir, que entre las ideas de los salvajes y las que pueden hacerle comprender nuestra existencia. En efecto: después de algunas observaciones pueden ver fácilmente que nuestros esfuerzos se encaminan a dos únicos objetos; a saber, para sí, las comodidades de la vida, y la consideración de los demás. Pero ¿de qué manera podemos nosotros imaginar la especie de placer que experimenta un salvaje pasando una vida solo, en medio de los bosques, o pescando, o soplando en una mala flauta sin saber sacar nunca ni un solo tono y sin preocuparse de aprenderlo?
Varias veces se han llevado salvajes a París, a Londres y otras ciudades; se ha corrido a deslumbrarlos con nuestro lujo, nuestras riquezas y nuestras artes más útiles y curiosas; todo esto no ha excitado nunca en ellos sino una admiración estúpida, sin el menor movimiento de deseo. Recuerdo, entre otras, la historia de un jefe de algunos americanos septentrionales que fue conducido a la corte de Inglaterra hace una treintena de años. Se le presentaron mil cosas para hacerle un presente que pudiera agradarle, sin hallar nada que pareciera interesarle. Nuestras armas le parecían pesadas e incómodas, nuestros zapatos le herían los pies, nuestros vestidos le molestaban; todo lo rechazaba. Por fin se advirtió que, habiendo tomado una manta de lana, parecía que le agradaba cubrir con ella su espalda. «Convendréis -le dijeron en seguida- en la utilidad de este objeto.» « Sí -respondió-, me parece tan bueno como una piel.» Pero no hubiera dicho esto siquiera si hubiese llevado una y otra bajo la lluvia.
Tal vez se me diga que la costumbre, sujetando a uno a su manera de vivir, impide a los salvajes apreciar lo que hay de bueno en la nuestra; pero, en tal caso, debe parecer por lo menos extraordinario que la costumbre tenga más fuerza para mantener a los salvajes en el goce de su miseria que a los europeos en el disfrute de su felicidad. Para oponer a esta última objeción una respuesta a la cual nada se pueda replicar, sin acudir al ejemplo de los jóvenes salvajes que vanamente se ha intentado civilizar, sin hablar de los groenlandeses e islandeses que se ha intentado educar y alimentar en Dinamarca, y que la tristeza o la desesperación hicieron perecer, sea de languidez, sea en el mar por intentar volver a nado a sus países, me contentaré con citar un solo ejemplo bien probado, que ofrezco para su examen a los admiradores de la civilización europea:
«Todos los esfuerzos de los misioneros holandeses del Cabo de Buena Esperanza no han podido convertir a un solo hotentote. Van der Stel, gobernador del Cabo, cogió a uno en su infancia y le hizo educar en los principios de la religión cristiana y en la práctica de los usos de Europa. Se le vistió lujosamente, se le enseñaron varias lenguas, y sus progresos respondieron admirablemente a los cuidados puestos en su educación. El gobernador, esperando mucho de su espíritu, le envió a las Indias con un comisario general, que le empleó útilmente en los asuntos de la Compañía. Después de la muerte del comisario volvió al Cabo. Algunos días después, en una visita que hizo a algunos hotentotes parientes suyos, tomó la decisión de despojarse de sus vestidos europeos y cubrirse con la piel de una oveja. Así volvió al fuerte, con un paquete que contenía sus anteriores ropas, y presentándolas al gobernador, le dijo: Tened la bondad, señor de tener presente que renuncio para siempre a estos vestidos; renuncio también por toda mi vida a la religión cristiana; he resuelto vivir y morir en la religión, en las costumbres y usos de mis antepasados. La única gracia que os pido es que me dejéis el collar y el machete que llevo; los guardaré como recuerdo vuestro. En el acto, sin esperar la respuesta de Van der Stel, emprendió la huida, y jamás volvió al Cabo.» (Historia de los viajes, tomo V, pág. 175.)
30
Se me podría objetar que, en un desorden semejante, los hombres, en lugar de exterminarse sañudamente, se hubieran dispersado si no hubiese habido límites a su dispersión. Pero, en primer lugar, estos límites hubiesen sido al menos los del mundo, y si se piensa en la excesiva población que resulta del estado natural, se comprenderá que la tierra, en ese estado, no habría tardado en quedar cubierta de hombres, forzados de tal modo a vivir reunidos. Por otra parte, se habrían dispersado si el mal hubiese sido rápido, un cambio del día a la mañana; pero nacían bajo el yugo, estaban habituados a llevarlo, aunque sentían su peso, y se contentaban con esperar la ocasión de sacudirlo. En fin: acostumbrados ya a mil comodidades, que los forzaban a vivir agrupados, la dispersión no era tan fácil como en los primeros tiempos, en los cuales, no teniendo nadie necesidad sino de sí mismo, cada uno tomaba su partido sin esperar el consentimiento de los demás.