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Dos cartas de Elena Garro sobre el teatro mexicano

Guillermo Schmidhuber de la Mora

Tuve la suerte de conocer a Elena Garro a fines de 1981, durante un viaje a París, en una cena que me ofreció Juan Soriano. La promesa que me hiciera este artista de invitar a otros mexicanos que estuviera en esa ciudad, se vio colmada cuando se presentaron a la cena Elena Garro y Helenita Paz, primero; poco después la hermana de Juan Soriano, y, por último, José Luis Cuevas y una acompañante regiomontana, además de otras personas. Esa velada ha quedado fija en mi recuerdo con una manera inmarcesible, como si la hubiera soñado más que vivido, como aquel niño de Recuerdos del porvenir, que «pasaba largas horas recordando lo que no había visto ni nunca oído». Esa noche, Elena Garro y yo iniciamos una conversación sin final sobre el Teatro, y acabamos hablando de sus obras y de mi dramaturgia. Hoy que recuerdo una vez más esa noche, soy consciente de lo mucho que significó para mi persona y para mis búsquedas creativas el poder compartir mi pasión por el Teatro con otra persona que también cree en un Teatro que nace de la admiración por los misterios de la vida y de la muerte, y que percibe las lejanas presencias de los dioses. La velada se alargó, -«habíamos abolido el tiempo»-, hasta que París comenzó a despertar a un nuevo día. Acompañé a las dos Elenas a su casa en un taxi, y me dirigí a mi hotel para empacar porque en unas horas iba a cruzar de regreso el Atlántico. En el avión aún me preguntaba si mi conversación con Elena no sería una transposición de alguna de sus maravillosas novelas a mi biografía.

Poco después cumplí la promesa de escribir a las Elenas. Esa primera carta abrió nuestra amistad epistolar. Mi conversación sobre Rodolfo Usigli en aquel primer encuentro hizo mella en los recuerdos de Elena; así como mis cuestionamientos sobre la verdadera naturaleza del Teatro, sirvieron de estímulo para que pusiera en papel su meditación sobre la tragedia. Hoy hace diez años que intercambiamos las primeras cartas. Muchas veces al asomarme a mis archivos, el delgado papel de sus cartas y su letra de vieja mecanografía con correcciones a pluma han llamado a mi atención, invitándome a recorrer de nuevo, con un amistoso rumiar de viejas conversaciones, cada uno de sus párrafos, porque en ellas Elena Garro expone, con valiosos detalles, sus sentires y sus búsquedas personales de dramaturga. Ya en alguna ocasión anterior se ha publicado un artículo que nos reúne. Fue resultado de un feliz encuentro que tuvimos en París el 16 de mayo de 1988, gracias a Lady Rojas-Tempre, una crítica peruana que colabora con la Universidad de Ontario, en Canadá, quien nos entrevistó y publicó dos excelentes artículos tomados de nuestro conversatorio sobre el Teatro.

Para lograr una mejor comprensión de las cartas de Elena, he decidido incluir aquellas de las mías que generaron sus inolvidables epístolas. En sus dos cartas sobresale la confesión de la Garro de la importancia que el autor de El gesticulador tuvo para que ella «corriera el riesgo del Teatro», como Usigli gustaba calificar al amar y el sufrir de la vocación a la dramaturgia.

Más de cinco décadas han pasado desde que Rodolfo Usigli escribió El gesticulador (1938), pieza que marcó en el tiempo y en el espacio el advenimiento del Teatro mexicano como un movimiento hegemónico, con temas esencialmente mexicanos y con características propias. Las relaciones personales y autorales de Rodolfo Usigli y Elena Garro no han sido apuntadas por la crítica, a pesar de que esta dramaturga mexicana fue continuadora de algunas de las búsquedas usiglianas. El Teatro breve de la Garro fue reunido bajo el título más irónico que registra el Teatro mexicano, Un hogar sólido (1958), que constituye la culminación del «realismo mágico», como había calificado Usigli en su Itinerario del autor dramático (1940) a las búsquedas ulteriores del realismo. Además, las indagaciones antihistóricas usiglianas fueron proseguidas con Felipe Ángeles (1979); la única obra de Teatro sobre la revolución mexicana que puede ser comparada sin detrimento con El gesticulador.

Mi primera carta, la que sirvió de llave para iniciar nuestra correspondencia, fue fechada el 3 de noviembre de 1981, Monterrey, y tiene el siguiente texto:

Muy estimada Elena:

¿Por qué hay momentos que adquieren tanta intensidad que quedan fijados en el recuerdo y en la emoción? No lo sé, pero es uno de los síntomas de una enfermedad que le acosa a la humanidad y se llama ansia de trascendencia. Uno de esos momentos fue el diálogo en que me contaste de tu nueva obra de Teatro. La historia ha estado en mi mente desde entonces, y hasta he llegado a imaginar el segundo acto en la estación de trenes.

He sido invitado a dar una ponencia en la Universidad de Kansas en un Simposio/Festival sobre «Contextos y Perspectivas: Teatro Latinoamericano Actual». ¿Pudiera comentar algunos puntos de tu obra? Aún si no la has terminado, ¿me pudieras enviar algunos textos y comentarios que me permitieran enriquecer la anécdota con nombre y vidas de los personajes? Estoy tan emocionado que no puedo digerir que me niegues este privilegio.

Mi ponencia hablará sobre la libertad y el Teatro. Analizaré tres conceptos de libertad: La libertad cósmica, la libertad del «nosotros» y la libertad del «yo». Creo que el Teatro latinoamericano ha hecho demasiado hincapié en el Teatro social del «nosotros», y no será un gran Teatro mientras no cubra las tres libertades. Analizaré tres obras, siendo la tuya, como todo tu Teatro, la que alcanza un equilibrio superior al Teatro social, y se acerca más al Teatro matizado a lo «griego» por las tres libertades.

Ojalá pronto reciba una nota tuya. Reciban tú y Elena un saludo personal y la admiración de mi esposa y mía. Las recuerda,

Guillermo Schmidhuber

La contestación de Elena Garro está fechada el 27 de enero de 1982, en París:

Querido Guillermo:

¡Mira hasta cuando contesto tu carta del 4 de noviembre del año pasado! El veinte octubre vi a Grijalbo, mi editor, que me dio dos billetes de avión para ir a México el 9 de noviembre. Al salir del hotel, llovía mucho y pesqué una gripe mala. Las gripes son peligrosas para los cardíacos. No sé si fue «psicosomática», como dicen ahora, pues volver era enfrentarse a los fantasmas vivos, que nos hicieron polvo a Helena y a mí. No ir era quedarse flotando, flotando... El día viernes, 6 de noviembre, decidí ir por mi visa al Consulado de México. Llevaba los certificados médicos de Lola y de Petrouchka, dados en Madrid en junio y legalizados en el Consulado de Francia en Madrid. (Lola y Petrouchka son mis dos gatitos.) en el consulado mexicano de París se negaron a certificarlos para que pudieran entrar a México mis dos gatos. Me dijeron que debía volver al consulado mexicano de Madrid. No podía hacerlo. El lunes era 9, día de viaje. Volví al estudio (mi casa). Volví a empaparme, estaba ¡tan desconcertada! Llamé al Embajador para ver si él podía hacer el servicio. Fue inútil, no quiso ponerse al teléfono. Tomó mi recado una señora: Helene de la Suchere, que dijo «¡Qué barbaridad, cuántos problemas van a tener en México con sus gatos!». Y anulé el viaje. Pero no anulé la gripe, que me volvió con más fuerza por la mojada.

Te cuento esto para explicarte el motivo que me impidió recoger tu obra en la casa de Juan Soriano. No sabía que me la habías mandado. Le llamé a Juan un día que me sentí fastidiada. Tomó el teléfono Marek y me anunció que tenían tu obra y que podía ir a recogerla cuando quisiera, pero que llamara antes. Cuando llamé, Soriano estaba muy ocupado. Llamé lo menos cien veces, pero Juan es un hombre cargado de compromisos y no lo he vuelto a ver desde aquella noche en que nos conocimos. Ahora Diego está enfermo y Juan doblemente ocupado, de manera que decidí escribirte sin haber leído tu obra, lo cual me parece una vergüenza.

Estoy segura de que tu obra es tan noble y tan inteligente como toda tu persona. A mí también me conmovió mucho conocerte. Tu carta me impresionó, me arrepentí de no haber ido a México, pero no puedo abandonar a mis gatos desplazados o marginados. Los pobres son gringos y hace diez años que nos acompañan. Estuvieron con nosotras en los asilos de mendigos de Madrid. Nos dieron un sótano helado, ellos vivían escondidos en una especie de closet en el que había una pileta para lavarse. Tiritaban de frío, encogidos, sin moverse, se sabían en peligro. Las otras mendigas les tomaron afecto. Los pobres han llevado una vida de «perros». Su época dorada es París, ¿cómo abandonarlos? O, ¿cómo «exponerlos» a que los mataran en México como insinuó la señora de la Suchere? Uno de los traumas fuertes que tengo, me lo produjo el hecho de que mataran a mis gatitos mexicanos unos días después de lo de Tlatelolco. Escribí una obra de Teatro, se llama «Sócrates y los gatos». ¡Es fuerte! Es lo único que he escrito sobre el famoso Movimiento. Es en tres actos. Podríamos decir que es la tragedia de los mártires anónimos, en ella figura también Agripina, mi perra, a la que también asesinaron. La obra es completamente realista. Es una especie de retrato de una situación revolucionaria... tal vez mis animales eran contrarrevolucionarios. Como ves, tampoco yo creo en la ridícula mentira del Teatro de «nosotros». «¿Nosotros?» ¡Vaya demagogia! No estoy en contra de la demagogia cuando la hacen los políticos demagogos, que para esa están. Pero sí me opongo a las «obras» de los impostores inventados por los políticos demagogos, que están terminando con el Teatro en el mundo entero. El Teatro era el espejo del hombre y su destino. Ahora quieren convertirlo en un miserable mitin político en el que nadie cree ni se reconoce. En una época tan trágica como la nuestra ha hecho todo lo posible por romper ese espejo, y para ponernos una venda que nos impida contemplar la tragedia ¡terrible! que nos circunda. A nadie le he dicho que tengo escrita «Sócrates y los Gatos», que tal vez se publique después que yo haya muerto. Es un espejo infame. No creo que quieran verse retratados sus protagonistas, que somos todos los modernos. A ti que crees en el Teatro, en el único Teatro que existe y en el que yo también creo, te lo cuento y tal vez algún día te la envíe, no para que la publiques, ni para que la comentes, sino para que me des tu opinión. ¿Te acuerdas que hablamos de la censura interior? Creo firmemente en ellas y sólo es el resultado de la censura interior. ¿Por qué tengo miedo de enseñar Sócrates y los gatos? No tuve miedo al escribirla en Nueva York en 1972, todavía no me habían pegado lo suficiente.

Voy a buscar en uno de mis cuatro baúles (toda mi propiedad) la obra de Teatro que me pides: «Parada Empresa». Tendré que ponerla en orden, pues está deshojada y con las páginas revueltas. No lo he hecho porque debo enviarle a Joaquín Mortiz una novela: «Mi hermana Magdalena», si es que quiero comer. Quería que la novela fuera graciosa, pero no logro darle la alegría que busco dar en ella. Tal vez se deba a la congoja económica y a la censura interior, que paraliza la mente y la mano.

«Parada Empresa» tiene tres actos, como te conté, dos largos, el primero y el tercero, y el segundo muy corto, que sirve de túnel del tiempo, podríamos decir, para unir las dos acciones del primer acto y del tercer acto, que podrían ser la misma acción, ya que el hombre está condenado a la repetición de sus errores, por eso no escapa a su destino. La obra no es fantástica, aunque el segundo acto puede resultar un poco mágico dentro de su desarrollo completamente realista.

Me gustaría leer tu ponencia. ¡Es tan raro escuchar a alguien que crea todavía en la misión sagrada del Teatro, ahora que lo han convertido en slogans, carteles y consignas! El Teatro es la dimensión de la tragedia y está por encima de los carteles o del llamado «Teatro realista o socialista o popular». ¿No te parece que Calderón, Lope y Sófocles, etc., hicieron Teatro político? Es decir que su Teatro entraba dentro de la política de su tiempo. ¡Claro que el Teatro político en el más alto sentido de la palabra, es decir, en el sentido religioso del hombre! Sin embargo, los clásicos carecían de «mensaje», hablo del mensaje del «Teatro de "nosotros"». El hombre [y la mujer] es singular. Y en su singularidad está su universalismo y, por ende, su tragedia. Si lo convertimos en masa, pierde su sentido de ser, se convierte en algo informa e inhumano, es decir, en el sueño soñado por los totalitarios. En la singularidad de Edipo nos podemos reconocer todos, porque es un arquetipo, pero en el Teatro de «nosotros», donde el hombre se convierte en una caricatura colectiva, nadie podrá reconocerse. ¡Helas! asistimos al triunfo de los impostores en el arte, tan necesarios a los demagogos de la política. Fincan su «fuerza» en las palabrotas, en la obscenidad y en la pornografía. No asustan a nadie, en cambio, corrompen a muchos. Hablas de libertad. Palabra equívoca a la que habrá que lavar con lejía para poder pronunciarla. En la única libertad que creo es en un espacio abierto dentro de nosotros mismos, el único espacio libre que nos queda para soñar, pensar y crear, aunque tu obra quede secreta y ese espacio a fuerza de tener miedo se estreche cada día un poco más.

Los personajes de «Parada Empresa» son tres centrales y cinco circunstanciales. A ninguno de ellos lo mueve la política, son llevados por sus pasiones superiores a ellos mismos, por eso no escapan a su destino. También yo creo en el Teatro griego, renunciar a él es renunciar a lo sagrado. La Misa es o era también un espectáculo teatral de orden superior. Yo creo en el escenario y en el foso que separa al espectador del actor, esa distancia le da la dimensión de espacio necesario a su sentido sagrado. Estoy en contra del Teatro que se hace en los mercados o en las calles, salvo cuando está hecho por los verdaderos titiriteros o de los hombres mosca o por los merolicos, auténticamente populares.

Espero que si estás en México me contestes pronto. Aquí hace frío y en el estudio casi no tengo calefacción, en cambio tengo que pagar 400 dólares de luz. ¿Te das cuenta? Creo que la dueña, que tiene una tienda abajo del estudio, me pasa su luz a mi contador. Son 400 dólares por los tres meses de verano y estuve tres semanas fuera de París. Es la política de la usura. ¿Sabes que la ley ha aprobado que los usureros cobren el 35 por ciento? ¿Te das cuenta? ¡Qué pecado! En un Paris-Match de octubre, leí la declaración del general Durazo, el jefe de la policía mexicana, que dice que sus policías ganan 200,000 pesos al mes, es decir, 8,000 dólares ¡Y pensar que a una le pagan mil dólares por una novela! Y nada por las obras de Teatro. Una vez escribí a Autores y dijeron que no me conocían. Escribí porque un amigo me dio un periódico mexicano en el que anunciaban La dama boba, pero en el consulado me informaron que no pagaban porque era para instruir al pueblo. Como ves, después de corneada, apaleada. ¡Te apuesto a que ningún escritor de Teatro escribe gratis! Dirás que me quejo, pero estoy harta de contar «la perras», como se dice en España. Ya recogí todos los datos para la historia de la Revolución soviética que estoy escribiendo. Digo todos, casi todos, es más correcto.

Bueno, querido Guillermo, recibe tú y tú esposa todos los deseos de un año muy feliz de tus amigas

Elena Garro y Helena Paz

P. D. Mándame tu obra otra vez.

Mi respuesta fue fechada el 22 de febrero de 1982, en Monterrey.

Muy estimada Elena:

Tu carta me llegó en un momento cuya oportunidad fue extraordinaria. Yo dirijo un museo patrocinado por el Grupo Alfa y exactamente ese día había hecho crisis el problema económico de ese grupo, y se había pensado en la decisión de cerrar el museo. Tu carta me dio una perspectiva enorme de la vida. Recordé las vicisitudes de la dos Elenas y su peregrinaje, y encontré en tus letras un particular acicate para seguir con esfuerzo positivo, tratando de apoyar la idea de la importancia de la cultura sobre las pequeñas cosas de la vida; ya que la cotidianidad, que veces nos abruma con ser tan prolija, pierde su importancia al analizarla desde otro espacio y otro tiempo. Afortunadamente se tomó la decisión de que el Museo permaneciera abierto, y el esfuerzo de más de tres años sigue en pie.

No leas «Los herederos de Segismundo» porque ahora está en prensa, y pronto te podré mandar mi obra convertida en un libro. Por cierto que la portada lleva un hermoso dibujo de Juan Soriano.

La conferencia en la Universidad de Kansas cambió un poco de enfoque. Me solicitaron que mi plática tuviera el sesgo de un homenaje a Rodolfo Usigli. El título será «El riesgo de ser dramaturgo», desde la perspectiva de los que formamos parte de la Nueva Dramaturgia mexicana, pero de todas formas tendrá que analizar al Maestro desde la más amplia conceptualización del Teatro, porque como tú dices, hemos perdido la gran dimensión del Teatro. Ya te contaré más cuando dicte la conferencia en el Simposio.

Conocí a Rodolfo Usigli en 1978 pocos meses antes de que muriera. Me recibió en su apartamento y conversamos largo rato. Cuando le pedí un consejo para un dramaturgo novato, me comentó: «Que le monten, o que no le monten, que lo alaben o que lo critiquen, que le publiquen o que lo ignoren, no importa. Cuando pasen muchos años usted podrá saber si fue o no dramaturgo. Es el riesgo del Teatro. Ahora nadie puede saber a dónde puede llegar. Si quiere saberlo tendrá una vida difícil, y, quizá, al final descubrirá que no fue dramaturgo». Después me dedicó uno de sus libros escribiendo: «A Guillermo Schmidhuber, autor de La catedral humana, porque corrió el riesgo del Teatro. R. Usigli». El verbo lo escribió en pasado, como si supiera que yo iba a correr el riesgo del Teatro con todo mi esfuerzo. Siempre he considerado ese momento como una iniciación o un bautizo. De todas maneras analizaré al maestro Usigli desde los tres Teatros: El Teatro del yo, el Teatro del Nosotros y el Teatro Cósmico. A veces he sospechado que Usigli corrió el riesgo del Teatro y llegó al final del camino con la duda de su arte, acaso porque deseó alcanzar el Teatro Cósmico (a lo griego) y su pluma fue menos generosa que su visión.

Mucho te agradecería me permitieras leer «Parada Empresa», me interesó tanto por tus comentarios y por tu carta. Me puedes mandar, la leo y te la regreso. En la ocasión de mi conferencia o en otra me gustaría mencionarla; porque, por lo que conozco, cumple plenamente con los requisitos que para mí el gran Teatro debe tener.

Ojalá pudieran venir las dos, con Lola y Petrouchka y todo, a México en un futuro próximo. Todos son bienvenidos a mi casa. Mis dos hijos, de dos y cuatro años, les darían a las gatitas mucho cariño. Para mi esposa Olga Martha y para mí sería una honra tenerlas a todas con nosotros.

Reciban un saludo cariñoso, con la esperanza de que pronto visiten México porque creo que nuestro país necesita de tu figura y de tu orientación, como ustedes necesitan palpar directamente la cantidad de mexicanos que las necesitamos y las queremos.

Guillermo Schmidhuber

Aún sin recibir contestación de Elena Garro, le dirigí otra carta el 12 de mayo de 1982, desde Monterrey.

Muy estimada Elena:

Por fin salió mi libro «Los herederos de Segismundo», y antes de que se distribuya quise enviarte un ejemplar. Con esta obra gané hace dos años el Premio Nacional de Teatro del INBA. Mucho me gustaría saber tu opinión.

Estuve en el Simposio de Teatro Latinoamericano de la Universidad de Kansas que te comenté anteriormente. Tu espíritu estuvo presente, primero porque hubo dos ponencias sobre tu Teatro, y segundo, porque conocí a Gabriela Mora1; conversamos largamente del cariño y la admiración que ambos te tenemos. Ella había perdido contacto contigo en tu viaje a París, me permití darle tu dirección. Yo presenté una ponencia en un Homenaje a Usigli, pero espero que abras tus baúles y un día me permitas leer Parada Empresa que desde que me la comentaste en París la he traído a menudo en mis pensamientos.

Hace poco releí Un hogar sólido y descubrí con agrado los dibujos de Juan Soriano. ¿Qué coincidencia que ahora te estoy enviando un libro mío con un magnífico dibujo del buen amigo Juan?

Olga Martha y mis dos hijos bien. En estos días he andado con un trabajo abrumador porque el museo que dirijo llegó a un millón de visitantes. En la ceremonia tuvimos la premier de una obra de Teatro infantil de creación colectiva (yo también colaboré), utilizando actores, cine hemisférico, multimedia y música original. Fue una gran noche que augura una larga permanencia en cartelera. La obra se lleva a cabo en el Planetario.

Reciban tú y Elena un saludo lleno de cariño y de buenos deseos para que estos tiempos que están viviendo y los que vendrán sean plenos de felicidad y de paz.

Guillermo Schmidhuber

La segunda carta de Elena Garro fue escrita en París el 13 de junio de 1982:

Querido Guillermo:

Recibí tu primera carta ¡tan amable y cariñosa! y luego tu última, con Los herederos de Segismundo. Ya la había leído, pues Juan Soriano, a su vuelta de México, me envió por correo tus dos obras. Las que tú me mandaste no sé cuando tiempo: Los héroes inútiles y Los herederos de Segismundo. Ahora, esta mañana volví a leer Los héroes inútiles. Una primera lectura es una sorpresa, una segunda es la compenetración con la obra.

Desde luego, tu Teatro me parece magnífico. Me quedé sorprendida. Es tan raro encontrar en nuestros días algo a lo que se pueda llamar Teatro. Obras sobran, pero el Teatro escasea. Diré que mi primera sorpresa fue tu brillante valor para retomar con una concepción moderna, al olvidado coro griego. Te confesaré, que muchas veces quise hacerlo, pero no encontré la forma. Arriesgaba darle un aire acartonado, convencional o pedante. Tú salvas todos los obstáculos. En Los héroes inútiles la mujer cobra una dimensión trágica en el mejor sentido de la palabra. Nicolasa y Clarín2 son más cotidianos, pero tal vez en esa simplicidad reside su fuerza trágica. Es ¡tan sorpresivo el final de esa obra! ¡Tan contemporáneo! El lector o público no imagina nunca que ellos sean los hijos de Segismundo. O más bien, sus herederos. En Segismundo, abordas los temas de nuestro tiempo: la ciencia, la religión, el arte, proyectados hacia el gran público, o sea la masa, como se dice ahora. Podemos decir que los tres fracasan. Y podemos decir también que los únicos capaces de recoger esa herencia es el pueblo simple, que por algún motivo no ha roto con la tradición, o sea, con la verdadera cultura. Sí, ellos son los únicos merecedores de tan preciosa herencia. Por otra parte, la repetición de Segismundo en la torre y el paso por ella de Américo, que no es sino la misma repetición, dan el destino del hombre, siempre condenado a repetirse y a repetir su mismo error o su desdichada condición humana. La ceguera del poder, es la ceguera de los Dioses frente a su propio infortunio, yo creo firmemente en el infortunio de los Dioses, de ahí el infortunio de los poderosos o reyes, hechos q su semejanza, y en el infortunio de los humildes, hechos a la semejanza de los poderosos. Ya los ocultistas decían «Como es arriba es abajo». Una sociedad gobernada por gánsteres provoca la formación y proliferación de bandas juveniles de delincuentes, como antes, los reyes provocaban vocaciones religiosas o artísticas. Tu obra da mucho a meditar. Contigo, hay que volver a la antigua sabiduría de sabernos mortales. Tantos afanes, tantos desvelos, tantos errores, para terminar con nuestra amiga ¡la muerte!3. Me siento incapaz de decirte con una carta banal, lo que significó tu obra para mí, y desde luego te agradezco el gran momento que me diste con su lectura. Los diálogos son fluidos, corren, nos llevan de la mano, no hay esfuerzo, y se diría que tampoco para ti lo hubo al escribirlos. No entiendo que hayas quedado sólo finalista en el Certamen Tirso de Molina del Centro Iberoamericano de Cooperación. Conozco a algunos de sus miembros y eso me lo vuelve más comprensible. En fin, si yo hubiera sido jurado... bueno, yo no seré nunca nada y es una lástima, porque lucharía por el buen Teatro a brazo partido. Pero he aprendido que no existo. Alguien lo ha decretado. Te aseguro, querido Guillermo, que no seré una gran autora, pero que sí soy una admirable lectora. A mí no me dan gato por liebre. Desde las primeras líneas, sé si la obra va a funcionar o es una porquería. Por eso me abstengo de leer a tanto «genio» impuesto por poderes extraterrestres. Tengo la impresión de que existe un poder oculto que nos ¡impone! los valores que debemos admirar. Yo me quedo al margen. Me rebelo. Me gustaría montar alguna de tus obras. ¿No sabes que empecé como coreógrafa? Trabajé con Julio Bracho, otro talento que México tiró a la basura. Y trabajé con Usigli. Yo era una jovencita y ellos ya eran señores de treinta años. (En aquellos días, treinta años era el máximo). Recuerdo a Usigli, con su monóculo, colgado de una cintita negra así como sus gafas, muy especiales, sus polainas grises y su gran desesperación por expresarse. En «El Generalito» de San Ildefonso, ensayábamos todas las noches El burgués gentilhombre de Molière. En San Pedro y San Pablo, ensayábamos con Julio Bracho Las troyanas, y a Giraudoux, y ahora no recuerdo cuáles eran las otras obras que montamos en Bellas Artes. Lo que sí recuerdo es que las autoridades se precipitaron a cortar los fondos. «Demasiada publicidad personal», decretaron Manuel Moreno Sánchez, Salvador Toscano, que fue a orinarse en la gorra de Bracho, y Rafael López Malo. ¿Sabes?, se habían pegado carteles en la ciudad y el Teatro era un éxito. ¡Claro! todos listos a darle el palo. Engatusaron al pobre Rodolfo Usigli. Él sería el sustituto de Bracho. Y trabajamos con él, que estaba en la miseria (Rodolfo vivía con su madre en una horrible miseria. Lo llamaban Chaplin y le hacían burlas sangrientas) y cuando la obra estaba lista, ¡paf!, «no hay dinero». Yo quise mucho a Usigli. También a Bracho. Creo que actualmente no hay en México ni aquí en París, directores de su talla. No creas que exagero o que hablo por motivos personales. No. Soy objetiva, y esos dos pobres mexicanitos, gozaban de algo que se llamaba: el fuego sagrado. ¡Lo pagaron! Usigli terminó de diplomático y así terminó su talento teatral, y Bracho de director de cine comercial. En cuanto a mí, pues ya ves cómo he terminado de «clochard», como se llama en Francia a los mendigos. Cuando me vi obligada a dejar el Teatro, no pude volver a pisar un Teatro en muchos años. Ni como espectadora. Me producía una especie de ira que no debía expresar, y que me hundía en depresiones profundas. Años después, muchos años después, decidí escribirlo, ya que no podía actuarlo ni vivirlo. Pero, no es lo mismo. No, no, no es lo mismo. Usigli hizo lo mismo. Yo asistí a la primera lectura de El gesticulador en la Editorial Séneca de Pepe Bergamín. Éramos unas veinte personas. La obra nos dejó pegados a la silla, y el pobre Usigli, casi, casi, lloró de emoción porque le permitieron expresarse. Bergamín ofreció una copa de champagne. ¡Era muy amigo de Rodolfo! Fue él quien le quitó la etiqueta de payaso «polaco», como lo llamaban sus amigos, los Moreno Sánchez y compañía, que lo utilizaban de puerquito. Lo llevaban a una cantina a emborracharlo a que hablara de «sus grandezas», decían. ¡Pobres politiquillos intelectualoides! No sabían que Rodolfo, no hablaba de sus grandezas, sino que era grande. En París tuve la suerte de coincidir con él. Todavía me da risa recordar que él y Anselmo Mena llamaban a Molotov «el chato o el chatito Molotov». En esos días Molotov estaba en París, había una conferencia internacional en el Palais de Chaillot. Voy a cortar los recuerdos, debo salir. Mañana, te escribiré otra vez y te enviaré poemas de Helena Paz, a ver si puedes encontrar un hueco en alguna revista para ella. También hablaremos de Gabriela Mora, a la que quiero mucho. Sale en un cuento de Andamos huyendo Lola, el que se llama «La primera vez que me vi». Mucho afecto para Martha, tus hijos y tú. Y mucha admiración. Tu amiga.

Elena Garro

Mi contestación está fechada en Monterrey, el 3 de noviembre de 1981:

Muy estimada Elena:

No siempre los deseos lo llevan a uno a la acción. Por muchas semanas te he traído en la mente, y cada vez que en conversaciones de trabajo y de familia hemos mencionado el caos económico de México, tu imagen ha venido a mi mente como preguntando ¿cómo la estarán pasando la Elenas?

He leído tu última carta muchas veces, y tus comentarios sobre mis Héroes inútiles y sobre Los herederos de Segismundo me han dado la esperanza de que tantos esfuerzos para escribir han dado algunos frutos.

Mi demora en poner estas líneas se debe a que en agosto sorpresivamente fui invitado a dirigir el Centro Cultural FONAPAS Tijuana. Como recordarás, yo dirijo el Centro Cultural Alfa en Monterrey, situación que me ha obligado a partir mi vida en dos ciudades y a pasarme muchas horas en aviones. El 20 de octubre se inauguró el Centro de Tijuana con asistencia del señor Presidente y su esposa, y un sinnúmero de personas importantes. Hasta ahora tengo una poca de calma para sentarme a mandarte un saludo y un libro.

Por fin salieron tres obras mías en un tomo, con una hermosa portada que me dibujó Alberto Beltrán. Notarás que te robo una frase de una de tus cartas, caí en la tentación porque la siento como medalla de soldado. Espero que no te parezca mal que una frase escrita en privado, se lance a la luz. Mucho me gustaría oír tus comentarios de Lacandonia porque es una de la obras en que más trabajo e investigación he puesto, y porque en el fondo, cuando te conocí en París, la estaba escribiendo, y en múltiples ocasiones tu figura y tu «santa ira» estaban presentes entre los personajes y yo.

Cuando vengas a México necesitas corroborar cuánto se te recuerda y cuando se te quiere. En tu itinerario tienes que tocar Monterrey y llegar a la casa por unos días a descansar. Mi esposa te conoce muy bien como escritora y por las veces que hemos hablado de ti, y mucho le gustaría platicar contigo largas horas.

Te tengo una buena noticia, UNESCO me invitó a dar una conferencia en una reunión de Museos en la India. Yo nunca he visitado ese país, pero sé que tú lo conoces muy bien. Lástima que la geografía nos separe y no puedas orientarme antes de partir a tan recónditos lugares.

Recibe un abrazo cariñoso de mi esposa y mío, para ti y para Elena. Espero que pronto nos podamos encontrar.

Guillermo Schmidhuber

Toda mi vida he sido un buen corresponsal. No sé qué me gusta más, si recibir cartas o enviarlas. De lo que sí estoy seguro es que no he recibido cartas más bellas que estas, ni más llenas de significado para un dramaturgo como yo, que lucha por conjuntar las investigaciones críticas con la creación dramática.

En muchas de sus obras breves de Teatro, Elena Garro ha recreado el tiempo y el espacio mítico, de la misma manera como lo hizo en su primera novela, Recuerdos del porvenir. En la conciencia mítica no hay cabida para la casualidad, así que hay que encontrar una explicación a todas las conjeturas en la magia. ¿Cómo explicar de otra manera nuestros tres encuentros y nuestras largas cartas?

En el mundo garreano, todo vive en el presente infinito, porque su concepto del tiempo es circular. En sus pensamientos y en sus palabras escritas vibran simultáneamente los orígenes míticos del Teatro y a las ideas vanguardistas de hoy, con una fe esperanzada y con una esperanza fiel en el devenir eterno del Teatro. Es por eso que no he querido guardar estas cartas en el panteón de la correspondencia, en el archivo. Mejor decidí poner en práctica una frase de La señora en su balcón: «la muerte es aprender a hacer todas las cosas». Así que mientras encuentran su muerte, nuestras cartas pueden ver la letra impresa y pasar por otros ojos, los que ahora las leen, los tuyos, porque tú también intentas desentrañar el misterio de la Garro, para así poder ver, en el fondo de su mirada, el reflejo de tus propios misterios.