Dos poemas
Concha Zardoya
ciegos, errados en el aire oscuro...
(Garcilaso, Elegía I)
La frontera del alma no se toca
en este oscuro aire prisionera,
aire oscuro, sin pájaros de España.
Sus límites, ay, libres, son su reja.
El alma, así, naufraga en estos muros,
se hiere en ellos, lívida: golpean
estos hierros sombríos su ternura,
su piedad y su paz y cuanto sueña.
Ansía ver tu luz, España clara,
para ser de verdad y ser de veras,
unánime sentirse, constelada
de plenitud, profunda, viva, cierta.
Aquí, en el aire oscuro, ronda, vaga,
sobrevive a sus sueños, en la espera
de dormir en tus montes algún día
o, sencilla, morir entre tus hierbas.
Nadie nos oye
... que tan sorda orejatiene la soledad como el desierto.
(Góngora)
Aunque la voz fulgura, honda, férvida,
en el desierto mar de los destierros,
en el ancho arenal de la distancia,
nadie oye su son, nadie sus ecos.
La voz dispara sílabas al aire
de la ausencia y el alto y sordo cielo:
un gran vacío absorbe -¡gran caverna!-
cada palabra viva en su silencio.
La soledad encubre con su noche,
inmensa, tutelar, final, sin viento,
nuestra voz de dolor que nadie oye.
En su propia ceniza, flor de fuego,
arde sola y altiva... Se requema
para oírse a sí misma tras el tiempo.
(Del libro en prensa Corral de vivos y muertos: poemas para españoles, Editorial Losada, Buenos Aires)