Muchas cofradías surgieron en la Edad Media al amparo de la
estructura de un grupo profesional o gremio que quisiera ponerse
bajo la advocación de un santo al que, o bien se le adjudicaba un
patronazgo o ya lo tenía por tradición. Cuando una hermandad lo
solicitaba y se consideraba que lo merecía, por su antigüedad o por
reunir a varias congregaciones que tuviesen el mismo fin, se
convertía en archicofradía. Algunas archicofradías incluso nacieron
de la fusión con otras en la reorganización que se dio en el siglo
XVIII a fin de acabar con los gastos desmesurados e innecesarios de
una infinidad de pequeñas cofradías. La Novísima Recopilación de
Leyes de España, de 1806, vino a eliminar todas aquellas
hermandades que no se hubiesen erigido con permiso de la autoridad
eclesiástica o con autorización real. Muchas de esas pequeñas
hermandades se refugiaron en otras mayores como las del Santísimo
(sacramentales) o las de la Vera Cruz. Podía además darse el caso,
de que algunas personas fuesen cofrades de diferentes
congregaciones con lo que, o bien se multiplicaban sus obligaciones
y los gastos consiguientes o bien se dejaban de cumplir,
derivándose de ello un deterioro en el orden interno. La
desamortizaciones de Mendizábal y Madoz vinieron a agravar la
crisis de las cofradías que dependían o habían salido de algunas
órdenes, al verse éstas obligadas a dejar sus conventos y misiones,
pero también por la venta de bienes de hermandades y obras pías que
conllevaron.
En cuanto a los gremios, podría decirse que, aun siendo
corporaciones técnicas, tuvieron una base religiosa pues
perseguían, además del agrupamiento de personas según su oficio,
una ayuda a quienes lo necesitasen –fuesen los propios oficiales o
sus familiares- por medio de la limosna o del socorro. La costumbre
era muy antigua y está suficientemente acreditada teniendo en
cuenta la solidez del culto a los muertos tanto en los pueblos
germánicos como en Grecia y Roma. Frente a la nobleza y sus
privilegios, la mayor parte de los gremios buscaba una protección y
una representatividad. No parece extraño, por tanto, que la
costumbre de “dar caridad” se haya mantenido hasta tiempos
recientes entre los hermanos y familiares de un cofrade difunto, de
cuyos posibles abusos advertían anualmente las visitas del Obispo,
recordando que la escasa herencia que dejara una persona recién
fallecida se podía dilapidar en banquetes y agasajos dados a quien
venía a mostrarle el último afecto. En cualquier caso, y sobre todo
en la Edad Media, el respeto a la muerte se demostraba amparando
corporativamente a la familia (dotes para huérfanas y doncellas),
dejando de trabajar uno o varios días para honrar al hermano y
haciéndole un postrer homenaje en el que se incluía túmulo, paño
mortuorio de terciopelo y abundantes cirios. No es extraño que
quien estuviese desasistido de todo esto sintiera un desamparo
vital o un vacío difícil de cubrir.