El archivo de Uclés
José María Escudero de la Peña
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Síntesis
armónica de los dos elementos más poderosos y
avasalladores en la Edad Media, expresión exacta del
feudalismo á la vez caballeresco y monacal, elemento
decisivo casi siempre, allí donde interponía sus
múltiples, extensas y bien arraigadas fuerzas, las
órdenes militares de caballería fueron en
España, hasta la época de los Reyes Católicos,
molesto cuanto temido contrapeso del poder real, que, solo merced
á largas y empeñadas contiendas, no menos que
á tortuosas y hábiles maquinaciones, pacientemente
seguidas á través del tiempo y de los
obstáculos de todo género, llegó por fin
á sacudir el yugo, con la administración de las
Órdenes, primero por Alejandro VI concedida á
D. Fernando y
á Doña Isabel, y con la perpetua incorporación
de sus maestrazgos á la
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Rudo fué aquel golpe, que vino á herir incurablemente en sus fundamentos la vida, influjo y poder de las Órdenes, para las cuales comenzó sin duda entonces una prolongada agonía, que dura ya tres siglos. Mas era tal su vigorosa constitución, tantos los servicios y gloriosos recuerdos simbolizados en sus pendones durante la épica hazaña de la reconquista (que sus milicias y las de los concejos casi por igual llevaron á feliz término), tantos los recursos de poder y riqueza por ellas reunidos; que fueron dejando y restan aún por doquiera, allí donde sentaron su planta por algún tiempo, monumentos, rotos ó vacilantes ya muchos de ellos, pero que aún así alcanzan á dar idea de lo que fué la institución que les dió vida.
Uno de esos
monumentos, que ni las injurias del tiempo, ni los horrores de la
guerra extranjera, como de la civil, á que tantas veces
sirvió de teatro, ni el mismo lamentable abandono de los
hombres, á que parece sistemáticamente relegado,
lograron por completo degradar, es sin duda la Casa conventual de
la Orden de Santiago en Uclés. No es ahora nuestro
ánimo, ni para ello habríamos de bastar, hacer
historia ni descripción, siquiera fuesen sucintas, de aquel
magnífico edificio, por más de un concepto comparable
al Monasterio del Escorial1;
ni hacernos cargo del triple aspecto de cenobio, palacio y
fortaleza, que le prestan espacioso templo y largos claustros,
vastas y cómodas habitaciones y dependencias, doble y
almenado recinto con fuertes torreones. Tampoco vamos á
ponderar la belleza de su emplazamiento, sirviendo de corona en
verde y escarpada colina, á cuyo pie se tiende en escalonado
anfiteatro la villa de Uclés, un tiempo rica y
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Vamos solamente á dar una ligera idea del rico y precioso archivo que formaba uno de los principales ornatos del Convento de Uclés, y cuyos restos, incautados á nombre de la Nación en 1869, han sido poco há trasladados al Archivo Histórico Nacional, por real orden de 25 de Enero de este año.
Comienzan los
documentos de este Archivo casi desde el establecimiento de la
Orden de Santiago en Uclés, hacia el año 1174, y muy
desde su origen consta ya el interés, la vigilancia y esmero
que se desplegaran en conservar los títulos á la
institución tocantes. Al fin de unas constituciones dadas al
hospital, que la Orden mantenía en el pueblo de las Tiendas,
por el prior de Uclés D. Pedro, con el capítulo, en la era
1269 (año 1231), establecióse que se hiciera
índice alfabético de las mismas, del que se
pondría un ejemplar en el armario del tesoro de Uclés
y otro en dicho hospital. En el capítulo celebrado por los
santiaguistas en Mérida en el año de 1310, se
mandó asimismo que en el tesoro de Uclés se
depositasen las cartas. En otro documento, inserto en el Bulario de
la Orden, á la pág. 312, consta también que en
1347 estaba destinada para el Archivo la encomienda de la villa de
Pozo-Rubio, dependiente del mismo priorato de Uclés, y que
se llamaba encomienda de la cámara de la Orden. D. Juan Pacheco, marqués
de Villena, poderoso é intrigante magnate, elegido gran
maestre
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No fué menor el cuidado que á la conservación de los documentos de la Orden dedicaron los monarcas españoles, así que en ellos hubo recaído la administración, como desde luego, y en primer lugar, lo prueba la existencia de un tomo en folio manuscrito, que contiene el inventario ó índice de aquel Archivo, formado en 1505, á virtud de provisión de D. Fernando el Católico, por D. Diego de Torremocha, á quien el Rey mandó al efecto una instrucción del Consejo de las Órdenes, creado, no había mucho, en 1489.
Sabido es que en
el reinado de Felipe II, y con motivo principalmente del
empeño que puso aquel monarca en la creación y en el
enriquecimiento de la Biblioteca del Escorial, confirió
diferentes comisiones literarias á varios doctos de aquella
época, y en especial á Ambrosio de Morales, quien
cumpliendo Real cédula dada en Madrid á 18 de Mayo de
1572, en este año y en el de 1573, visitó las
iglesias y monasterios de los reinos de León, Galicia y
Principado de Asturias para reconocer las reliquias de santos,
sepulcros reales, memorias y libros, así de molde como de
mano, que en ellos se conservasen, de cuyo encargo rindió
cuenta Morales en una obra, de todos conocida, y que fué
dada á luz en 1765 por el P. Florez. Al regresar de este viaje, hubo
Morales de tener noticia de la riqueza é importancia que
atesoraba el Archivo de Uclés, por conducto, al parecer, de
su sobrino D. Antonio
Morales, individuo que era de la Orden de Santiago y obispo que
fué de Mechoacan y luego de la Puebla de los
Angeles2.
Interesada sin duda la incansable diligencia que en este linaje de
estudios siempre demostró, el docto cronista pasó
á Uclés en el siguiente año de
15753,
y fruto de sus desvelos é investigaciones en aquel copioso
depósito diplomático fueron diferentes trabajos, que
originales se conservan, con otros, también suyos, en la
Biblioteca escurialense, códice ij &. 7, parte de los
cuales, y entre ellos una
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No todos los
Archivos de las Órdenes militares habían sido mirados
con tanto esmero, y en particular el que se había ido
reuniendo en el Consejo, de cuya creación hablamos antes,
llegó á tal desorden que, según refiere
D. Santiago
Agustín Riol en su Informe, publicado en el tomo III del
Semanario erudito de
Valladares, las bulas y papeles servían más de
embarazo que de alivio á los fiscales y procuradores
generales para la defensa de las Órdenes. Y aunque en el
año de 1690 se procuró remedio, nombrando á
D. José
Antonio Severino, oficial mayor que á la sazón era en
la secretaría de aquel Consejo, para que ordenase estos
papeles, en lo que trabajó; fué poca la mejora, y
siguieron después confundidos y descuidados. Alcanzaba este
mal á los otros archivos de las Órdenes, á los
que se iban llevando los papeles causados en el citado Consejo, y
hubo de llegar á tal punto, que en el año de 1721 se
representó al Rey que se habían perdido muchos
documentos, y que los existentes se hallaban tan desordenados, que,
no sirviendo los índices antiguos, costaba inmenso trabajo
encontrar lo que se buscaba, y se gastaba mucho en personas que se
enviaban al efecto, y las cuales era necesario entendiesen los
caracteres antiguos. En su vista, el Rey, por decreto de 26 de
Febrero de dicho año 1721, resolvió nombrar una
persona que, estando siempre á la orden del Consejo, fuese
á reconocer los Archivos citados, y tuviese en ellos
superioridad y facultad de registrarlos, consultar y proponer lo
preciso para seguridad y reparo de las piezas donde estuviesen,
debiendo en cada uno formar un nuevo índice, que quedase en
el propio Archivo, y copia de él para el Consejo.
Nombróse para este encargo á D. Luís de Salazar y Castro,
comendador de Zurita y procurador general de la Orden de Calatrava,
otorgándole voto en el referido Consejo y la
asignación de 18.000 reales, mitad del sueldo que gozaban
los demás ministros, sin minoración ni descuento del
de procurador
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En el año 1731, publicó el conventual de Uclés, D. José López de Agurleta, su Vida del Venerable Fundador de la Orden de Santiago, y aunque en la primera página del Prólogo al lector dice que se movió á escribirla «quando se le mandó recorrer bula por bula y letra por letra todos los pergaminos del Archivo de la Orden», nada más añade, ni consta de otra manera que trabajase en el arreglo y clasificación de los documentos.
En el año
1743, á consecuencia de un informe de D. Bernabé de Chavos y Porras,
de la Orden de Santiago y capellán de honor, hubo de
intentarse y promoverse un nuevo arreglo, que no llegó
á tener efecto4.
Pero cuando el Archivo alcanzó sin duda al apogeo de su
esplendor y perfección, fué hacia los años
1789 al 91,
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Así
llegó el Archivo de Uclés, no solamente á su
apogeo, según hemos indicado, sino á ser uno de los
más útiles y preciosos de la nación, como el
ilustre prelado Tavira lo consignó en las notas á la
Regla de su Orden, impresa en Madrid en 1791, y como más por
menor debió hacerse constar en un opúsculo, que bajo
sus auspicios hubo de publicarse, y que no hemos logrado
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Bien poco duradero fué por cierto el esplendor del archivo de Uclés, que, como dejamos dicho, llegó á su apogeo al finalizar el siglo XVIII. En los primeros años del actual tuvo lugar la invasión francesa y la memorable guerra de la independencia, durante la cual Uclés hubo de ser más de una vez teatro de belicosas escenas, y muy principalmente del revés que sufrieron las armas españolas en la batalla dada el 13 de Enero de 1809. Después de aquella sangrienta función, acantonáronse los franceses por algún tiempo en el pueblo de Tarancón, próximo á Uclés, y la Casa conventual vió más de una vez profanada su iglesia y convertida en cuadra, devastadas sus dependencias, revuelto su archivo y saqueada la biblioteca, muchos de cuyos volúmenes se apropiaron sin escrúpulo los jefes superiores, como los subalternos, del ejército invasor, conduciendo á Tarancón y á otros pueblos considerable número de volúmenes, de los que solo una pequeña parte volvió al poder de sus dueños.
Rechazada la
invasión francesa, volvió á restablecerse el
orden en la Casa conventual, si bien no llegó esta á
recobrar todo su prístino esplendor. Mas ese mismo
incompleto renacimiento fué bien pronto perturbado
nuevamente por los horrores de la guerra, ahora, para mayor
desgracia, civil é intestina. La situación especial
de Uclés, y muy particularmente de su convento de
Santiaguistas, fué causa de que frecuente y alternativamente
se viese ocupado durante la contienda de los siete años, ya
por los liberales, ya por los facciosos tratando unos y otros, como
era
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A contar desde entonces, ya no se interrumpió ni hubo de encontrar remedio la decadencia lastimosa de la Casa de Uclés. Abandonada por sus habitadores, mal reparados sus techos y muros, en una posición topográfica y en un clima en que tan indispensables son los reparos, reducida solo á morada de algunas pocas personas encargadas del escaso culto y del no muy grande servicio de la vicaría eclesiástica, única dependencia que allí permaneció; despoblándose y arruinándose también rápidamente la mayor y mejor parte del lugar de Uclés, que había vivido á la sombra y al calor del Convento, hubo este de necesitar toda su solidez y monumental grandeza para no venir también completamente á tierra.
No hay que decir cuál sería entre tanto la suerte que archivo y biblioteca corrieron; abandonados uno y otra, rotas y maltrechas sus techumbres, puertas y estanterías, anidando libremente las garduñas y otras alimañas entre los libros y documentos, sepultados además en el salitre que en gran cantidad se desprendía de los muros; caminaban rápidamente á su completa destrucción y perdida, á la cual, por otra parte, contribuían de vez en cuando la avaricia y la rapiña, fomentadas á la sombra del abandono y falta de responsabilidad, pues durante largas temporadas no residía en el Convento ni aun el Gobernador eclesiástico, que interinamente desempeñaba las funciones de prelado en aquel territorio, destinado según un concordato, á ser cabeza de coto redondo de jurisdicción episcopal de las Órdenes.
El abandono y el
desorden llegaron á tal punto, que se dió el caso de
venderse públicamente en puestos de libros de Madrid,
códices y volúmenes impresos, que tanto por la
índole y rareza de algunos de ellos, cuanto por llevar otros
la marca de su procedencia, hubo de conocerse salían de la
biblioteca de Uclés. Para evitar, pues, la total
desaparición de esta, dictóse por el Ministerio
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No corresponde al que estas líneas traza, que tuvo la honra de formar parte de aquella comisión, encarecer los rudos y penosos trabajos que llevaron á cabo, en el corto espacio de dos meses, todos sus individuos10, sin distinción de clase ni procedencia, luchando con un clima desapacible, en las peores condiciones de instalación y alojamiento, y dedicados á sus tareas durante todas las horas hábiles del día en el Archivo y la Biblioteca de la Casa-convento, sin abrigo y aun sin techo los primeros días, y teniendo que desenterrar materialmente los libros y papeles de entre el salitre é inmundicias de todo género, que llegaron á llagar profundamente las manos de todos.
Debatíase
entre tanto la cuestión del ulterior destino que
había de darse á los restos, aún considerables
y preciosos, de la riqueza diplomática y
bibliográfica de Uclés. Según parece,
fué la mente del Gobierno ponerlos á buen recaudo en
establecimientos de la Corte. Mas esta salvadora medida hubo de
encontrar tenaz oposición en el Consejo de las
Órdenes y en personas influyentes,
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No fué, sin embargo, del todo inútil la comisión, pues, además de las reparaciones y limpieza que con motivo de su estancia se llevaron á cabo en el archivo y biblioteca, formó catálogo de todos los libros, impresos y manuscritos, que aún restaban, y que fueron sellados, y verificó la rectificación de que para el archivo de privilegios existía, redactado por D. Juan Antonio Fernández, anotando las faltas, que por fortuna eran muchas menos que en la biblioteca; y en cuanto al Archivo de pruebas, no dejó también de ganar algo su conservación, así por haberse cubierto por entonces su techumbre, como por lo que también se proveyó á su aseo y coordinación.
Cerca de nueve años transcurrieron, al parecer sin otra novedad que la de irse cada vez degradando más la Casa convento de Uclés, no solo porque siguió abandonada su custodia y reparo, sino porque hasta desapareció la efímera existencia que la prestaba la oficina de la vicaría eclesiástica, que fué también trasladada al pueblo de Villamayor, donde reside el Gobernador eclesiástico actual. Ocurrida la revolución de Setiembre de 1868, llevóse á cabo e n principios del siguiente año la incautación por el Estado de los libros, documentos y objetos de arte pertenecientes al clero; si bien esta medida fué en Uclés, como en la mayor parte de España, meramente formal, pues consistió solamente en cerrar y sellar las puertas de los archivos y bibliotecas, que en tal situación, y salvas poquísimas excepciones, continúan aún, sin que nada se haya resuelto acerca de su ulterior destino, con notorio perjuicio, no solo de la conservación y aun de la custodia de estos tesoros literarios, sino del público en general, que de ellos se encuentra tan privado como cuando se hallaban en manos de sus antiguos y poco francos poseedores.
Gracias, por fin,
á repetidas gestiones, tanto oficiales como privadas,
dictóse con fecha 25 de Enero del presente año una
Real orden, comunicada por el Ministerio de Fomento, y en cuya
virtud se destinaron al Archivo Histórico Nacional todos los
papeles
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No son de este lugar los obstáculos que todavía ofreció el cumplimiento de dicha orden, y que, en gran parte, han sido vencidos, merced al celo, inteligencia y actividad del individuo del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, D. Darío Cordero, á quien se comisionó para llevarla á cabo; pues nos resta apenas el espacio necesario para reseñar, siquiera sea sumariamente, las adquisiciones que por este medio han venido á avalorar y completar las ya importantes series, de análoga índole, que el Archivo Histórico Nacional poseía. Entre ellas, merecen preferente mención 2.901 documentos y 79 libros, en papel y pergamino, restos únicos, á una tercera parte reducidos, del en otro tiempo mucho más rico Archivo de Privilegios de la Orden. Mas aun así, son estos de gran estima, ya por los diferentes, y algunos muy importantes, asuntos históricos sobre que versan, ya por el valor paleográfico y artístico de los diplomas, iluminaciones y sellos que aún se conservan.
No menor aprecio
merecen 9.770 expedientes de informaciones ó pruebas de
caballeros, freires y señoras de la Orden de Santiago; y si
á esta cifra de los completos y en su mayor parte cerrados
en cubiertas rotuladas, se agregan numerosos papeles y cuadernos
sueltos, cuyo reconocimiento y clasificación ha de hacerse,
no será aventurado afirmar que llegan á 10.000 los
salvados del Archivo de pruebas. En unas 400 pueden calcularse,
según el comisionado Sr. Cordero, las pruebas perdidas, por no
restar de ellas más que fragmentos ó asquerosos
detritus, producidos por la inclemencia de los elementos, á
que tantos años estuvieron expuestas, no menos que por las
alimañas é insectos que en ellas han morado. Por lo
demás, no necesitamos encarecer la importancia
histórica que asimismo atesora esta colección, en la
que sin duda se encierran datos biográficos, en gran parte
desconocidos, de muchos de los principales personajes que en
nuestra España,
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La notable colección de la propia índole que el Archivo Histórico Nacional poseía, se ha enriquecido también, de esta manera, con 31 códices griegos en papel, escritos, al parecer, en el siglo XIV, y que en su mayor parte llevan nota de haber sido donados á la Casa de Uclés por el arzobispo de Valencia, D. Martín de Ayala, que en ella fuera conventual. A estos hay que añadir otros 23 códices latinos, escritos casi todos en pergamino ó vitela y en letra de los siglos XIII al XVI; y por último, una colección de 22 tomos de opúsculos y papeles varios sobre diversas materias, y que datan de las XVII y XVIII centurias.
Al propio tiempo la Biblioteca del Archivo Histórico, hoy unida á la de la Escuela de Diplomática, se ha aumentado con 693 volúmenes impresos, que conforme á la autorización concedida en la Real orden de 25 de Enero, ya citada, se han escogido, entre los de la Biblioteca de Uclés, por tratar de historia civil y religiosa, nacional y extranjera; de Cronología, Arqueología, Diplomática y otras ciencias, cuya consulta es de tan precioso como útil auxilio en los trabajos de estudio, clasificación y catalogación de archivos, bibliotecas y museos.
Grandes han debido ser, como se ve por cuanto dicho llevamos, las pérdidas sufridas en todas y cada una de estas colecciones; más aún así, cabe nos felicitemos de encontrar lo que queda ya á salvo del inminente é irreparable riesgo que en Uclés corría, como lo prueban, no solo esas faltas que deploramos, sino las profundas y vergonzosas huellas que, en gran parte de los documentos, pruebas, libros y códices rescatados, han dejado la humedad y el salitre, el diente y los excrementos de las alimañas é insectos, el polvo y la inmundicia, en fin, y el abandono más absoluto en que yacieron durante casi todo lo que va del presente siglo.
Madrid, Mayo de 1872.
