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El archivo de Uclés

José María Escudero de la Peña







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1. Creación y auge del archivo

Síntesis armónica de los dos elementos más poderosos y avasalladores en la Edad Media, expresión exacta del feudalismo á la vez caballeresco y monacal, elemento decisivo casi siempre, allí donde interponía sus múltiples, extensas y bien arraigadas fuerzas, las órdenes militares de caballería fueron en España, hasta la época de los Reyes Católicos, molesto cuanto temido contrapeso del poder real, que, solo merced á largas y empeñadas contiendas, no menos que á tortuosas y hábiles maquinaciones, pacientemente seguidas á través del tiempo y de los obstáculos de todo género, llegó por fin á sacudir el yugo, con la administración de las Órdenes, primero por Alejandro VI concedida á D. Fernando y á Doña Isabel, y con la perpetua incorporación de sus maestrazgos á la

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corona, que del pontífice Adriano VI recabó, en 1523, el emperador Cárlos I de España y V de Alemania.

Rudo fué aquel golpe, que vino á herir incurablemente en sus fundamentos la vida, influjo y poder de las Órdenes, para las cuales comenzó sin duda entonces una prolongada agonía, que dura ya tres siglos. Mas era tal su vigorosa constitución, tantos los servicios y gloriosos recuerdos simbolizados en sus pendones durante la épica hazaña de la reconquista (que sus milicias y las de los concejos casi por igual llevaron á feliz término), tantos los recursos de poder y riqueza por ellas reunidos; que fueron dejando y restan aún por doquiera, allí donde sentaron su planta por algún tiempo, monumentos, rotos ó vacilantes ya muchos de ellos, pero que aún así alcanzan á dar idea de lo que fué la institución que les dió vida.

Uno de esos monumentos, que ni las injurias del tiempo, ni los horrores de la guerra extranjera, como de la civil, á que tantas veces sirvió de teatro, ni el mismo lamentable abandono de los hombres, á que parece sistemáticamente relegado, lograron por completo degradar, es sin duda la Casa conventual de la Orden de Santiago en Uclés. No es ahora nuestro ánimo, ni para ello habríamos de bastar, hacer historia ni descripción, siquiera fuesen sucintas, de aquel magnífico edificio, por más de un concepto comparable al Monasterio del Escorial1; ni hacernos cargo del triple aspecto de cenobio, palacio y fortaleza, que le prestan espacioso templo y largos claustros, vastas y cómodas habitaciones y dependencias, doble y almenado recinto con fuertes torreones. Tampoco vamos á ponderar la belleza de su emplazamiento, sirviendo de corona en verde y escarpada colina, á cuyo pie se tiende en escalonado anfiteatro la villa de Uclés, un tiempo rica y

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populosa y hoy casi convertida en ruinas. Ni queremos traer á la mente del lector los gloriosos y á menudo tristes y sangrientos recuerdos que evocan aquellos lugares, desde la época romana, de la cual restan no pocos vestigios en vías, mansiones y lápidas, hasta la terrible derrota que allí sufrieron las huestes cristianas deshechas por los almoravides, y que costó al sexto Alfonso la vida del único de sus hijos varones, aquel Sancho, tierno vástago de sus ya tardíos conyugales amores con la bella Zaida, hija del rey árabe Ebn Abed de Sevilla; ni siquiera mención haremos ahora del más reciente desastre que en Uclés sufrieron las armas españolas al mando del general Venegas, peleando contra las invasoras francesas, acaudilladas por el mariscal Victor, el 13 de Enero de 1809, ni de las distintas y siempre destructoras vicisitudes que tanto el pueblo como la Casa conventual corrieron durante la guerra carlista de los siete años.

Vamos solamente á dar una ligera idea del rico y precioso archivo que formaba uno de los principales ornatos del Convento de Uclés, y cuyos restos, incautados á nombre de la Nación en 1869, han sido poco há trasladados al Archivo Histórico Nacional, por real orden de 25 de Enero de este año.

Comienzan los documentos de este Archivo casi desde el establecimiento de la Orden de Santiago en Uclés, hacia el año 1174, y muy desde su origen consta ya el interés, la vigilancia y esmero que se desplegaran en conservar los títulos á la institución tocantes. Al fin de unas constituciones dadas al hospital, que la Orden mantenía en el pueblo de las Tiendas, por el prior de Uclés D. Pedro, con el capítulo, en la era 1269 (año 1231), establecióse que se hiciera índice alfabético de las mismas, del que se pondría un ejemplar en el armario del tesoro de Uclés y otro en dicho hospital. En el capítulo celebrado por los santiaguistas en Mérida en el año de 1310, se mandó asimismo que en el tesoro de Uclés se depositasen las cartas. En otro documento, inserto en el Bulario de la Orden, á la pág. 312, consta también que en 1347 estaba destinada para el Archivo la encomienda de la villa de Pozo-Rubio, dependiente del mismo priorato de Uclés, y que se llamaba encomienda de la cámara de la Orden. D. Juan Pacheco, marqués de Villena, poderoso é intrigante magnate, elegido gran maestre

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de Santiago en 1467, nombró al bachiller Gonzalo Sánchez de Olivares para que arreglase las escrituras de Uclés, como consta lo verificó en 1469.

No fué menor el cuidado que á la conservación de los documentos de la Orden dedicaron los monarcas españoles, así que en ellos hubo recaído la administración, como desde luego, y en primer lugar, lo prueba la existencia de un tomo en folio manuscrito, que contiene el inventario ó índice de aquel Archivo, formado en 1505, á virtud de provisión de D. Fernando el Católico, por D. Diego de Torremocha, á quien el Rey mandó al efecto una instrucción del Consejo de las Órdenes, creado, no había mucho, en 1489.

Sabido es que en el reinado de Felipe II, y con motivo principalmente del empeño que puso aquel monarca en la creación y en el enriquecimiento de la Biblioteca del Escorial, confirió diferentes comisiones literarias á varios doctos de aquella época, y en especial á Ambrosio de Morales, quien cumpliendo Real cédula dada en Madrid á 18 de Mayo de 1572, en este año y en el de 1573, visitó las iglesias y monasterios de los reinos de León, Galicia y Principado de Asturias para reconocer las reliquias de santos, sepulcros reales, memorias y libros, así de molde como de mano, que en ellos se conservasen, de cuyo encargo rindió cuenta Morales en una obra, de todos conocida, y que fué dada á luz en 1765 por el P. Florez. Al regresar de este viaje, hubo Morales de tener noticia de la riqueza é importancia que atesoraba el Archivo de Uclés, por conducto, al parecer, de su sobrino D. Antonio Morales, individuo que era de la Orden de Santiago y obispo que fué de Mechoacan y luego de la Puebla de los Angeles2. Interesada sin duda la incansable diligencia que en este linaje de estudios siempre demostró, el docto cronista pasó á Uclés en el siguiente año de 15753, y fruto de sus desvelos é investigaciones en aquel copioso depósito diplomático fueron diferentes trabajos, que originales se conservan, con otros, también suyos, en la Biblioteca escurialense, códice ij &. 7, parte de los cuales, y entre ellos una

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circunstanciada noticia de muchos documentos del Archivo, vieron la luz en el tomo II de los Opúsculos, bajo el título de Noticias históricas sacadas del Archivo de Uclés, de sus sepulcros y calenda y del testamento del infante D. Enrique, con un cronicón hasta ahora no publicado: volumen en 4.º, impreso en Madrid en la oficina de D. Benito Cano, año de 1793.

No todos los Archivos de las Órdenes militares habían sido mirados con tanto esmero, y en particular el que se había ido reuniendo en el Consejo, de cuya creación hablamos antes, llegó á tal desorden que, según refiere D. Santiago Agustín Riol en su Informe, publicado en el tomo III del Semanario erudito de Valladares, las bulas y papeles servían más de embarazo que de alivio á los fiscales y procuradores generales para la defensa de las Órdenes. Y aunque en el año de 1690 se procuró remedio, nombrando á D. José Antonio Severino, oficial mayor que á la sazón era en la secretaría de aquel Consejo, para que ordenase estos papeles, en lo que trabajó; fué poca la mejora, y siguieron después confundidos y descuidados. Alcanzaba este mal á los otros archivos de las Órdenes, á los que se iban llevando los papeles causados en el citado Consejo, y hubo de llegar á tal punto, que en el año de 1721 se representó al Rey que se habían perdido muchos documentos, y que los existentes se hallaban tan desordenados, que, no sirviendo los índices antiguos, costaba inmenso trabajo encontrar lo que se buscaba, y se gastaba mucho en personas que se enviaban al efecto, y las cuales era necesario entendiesen los caracteres antiguos. En su vista, el Rey, por decreto de 26 de Febrero de dicho año 1721, resolvió nombrar una persona que, estando siempre á la orden del Consejo, fuese á reconocer los Archivos citados, y tuviese en ellos superioridad y facultad de registrarlos, consultar y proponer lo preciso para seguridad y reparo de las piezas donde estuviesen, debiendo en cada uno formar un nuevo índice, que quedase en el propio Archivo, y copia de él para el Consejo. Nombróse para este encargo á D. Luís de Salazar y Castro, comendador de Zurita y procurador general de la Orden de Calatrava, otorgándole voto en el referido Consejo y la asignación de 18.000 reales, mitad del sueldo que gozaban los demás ministros, sin minoración ni descuento del de procurador

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general que le daba su Orden, ni de los demás que tuviese por otros empleos, situados los 18.000 reales en los tesoros ordinarios de las tres Órdenes. Era Salazar sujeto muy á propósito para este empeño, tanto por sus conocimientos históricos y paleográficos, cuanto por la afición y diligencia, que dejó bien probadas con la reunión de la copiosa y escogida colección de documentos, códices y libros que llegó á reunir á fuerza de trabajos y desvelos, y que, legada en su testamento al monasterio de Monserrate de Madrid, ha venido, después de no pocas visicitudes y sensibles pérdidas, á encontrar digno paradero en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia. No ha llegado, sin embargo, á nuestra noticia cuáles fueron sus trabajos en los otros archivos de las Órdenes; mas, por lo que toca al de Uclés, en esta época considerado como el general de la de Santiago, ya porque fuesen relativamente menores su confusión y desorden, merced á los trabajos que reseñados dejamos, ya por falta de tiempo, ya, por fin, y esto parece lo más probable, llevado de su gran inclinación á las genealogías, solo consta que trabajase en el Archivo especial de pruebas de caballeros que en Uclés existía, el cual arregló y coordinó, quedando lo demás en el estado que antes tenía, y que, merced al no acostumbrado abandono y á su incesante aumento, dejaba cada vez más que desear.

En el año 1731, publicó el conventual de Uclés, D. José López de Agurleta, su Vida del Venerable Fundador de la Orden de Santiago, y aunque en la primera página del Prólogo al lector dice que se movió á escribirla «quando se le mandó recorrer bula por bula y letra por letra todos los pergaminos del Archivo de la Orden», nada más añade, ni consta de otra manera que trabajase en el arreglo y clasificación de los documentos.

En el año 1743, á consecuencia de un informe de D. Bernabé de Chavos y Porras, de la Orden de Santiago y capellán de honor, hubo de intentarse y promoverse un nuevo arreglo, que no llegó á tener efecto4. Pero cuando el Archivo alcanzó sin duda al apogeo de su esplendor y perfección, fué hacia los años 1789 al 91,

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por disposición y á costa del Consejo de las Órdenes, y merced, sobre todo, á la ilustrada cuanto inteligente iniciativa, que en este, como en otros asuntos científicos y arqueológicos, demostró el Ilmo. Sr. D. Antonio de Tavira, prior á la sazón del convento de Uclés, electo obispo de Canarias y que luego lo fué de Salamanca. Nombró el Consejo para arreglar el Archivo á D. Juan Antonio Fernández, versado en Diplomática, como lo prueban los trabajos y el índice que en el corto espacio de año y medio5 llevó á cabo, y de que aun quedan relevantes muestras, como lo haremos ver en otro artículo6. Para que el aspecto exterior del Archivo correspondiera á la importancia de su contenido, no menos que á la suntuosidad del edificio en que se hallaba, á la fortuna de sus poseedores y al buen gusto del prelado que lo dirigió, construyóse también entonces una lujosa estantería de nogal, con adornos y bronces dorados, en una sala contigua á la capitular y situada en la parte septentrional del convento7.

Así llegó el Archivo de Uclés, no solamente á su apogeo, según hemos indicado, sino á ser uno de los más útiles y preciosos de la nación, como el ilustre prelado Tavira lo consignó en las notas á la Regla de su Orden, impresa en Madrid en 1791, y como más por menor debió hacerse constar en un opúsculo, que bajo sus auspicios hubo de publicarse, y que no hemos logrado

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ver8. Así también pudo admirarlo y disfrutarlo el abate Don Lorenzo Hervás y Panduro, quien en Octubre de 1799 hizo de él una estimable y detallada descripción (impresa con otra del Archivo de la Corona de Aragón)9, de la cual hemos tomado algunas noticias, y en cuyo trabajo afirmaba con harta razón que, aunque propio y particular de la Orden de Santiago, interesaba el Archivo de Uclés á la general historia civil y eclesiástica de España. Así, por último fué dado al digno prior, que á tal esplendor lo llevara, colocar, como resumen y corona de su obra, la siguiente inscripción:

Inscripción







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2. Decadencia y ruina

Bien poco duradero fué por cierto el esplendor del archivo de Uclés, que, como dejamos dicho, llegó á su apogeo al finalizar el siglo XVIII. En los primeros años del actual tuvo lugar la invasión francesa y la memorable guerra de la independencia, durante la cual Uclés hubo de ser más de una vez teatro de belicosas escenas, y muy principalmente del revés que sufrieron las armas españolas en la batalla dada el 13 de Enero de 1809. Después de aquella sangrienta función, acantonáronse los franceses por algún tiempo en el pueblo de Tarancón, próximo á Uclés, y la Casa conventual vió más de una vez profanada su iglesia y convertida en cuadra, devastadas sus dependencias, revuelto su archivo y saqueada la biblioteca, muchos de cuyos volúmenes se apropiaron sin escrúpulo los jefes superiores, como los subalternos, del ejército invasor, conduciendo á Tarancón y á otros pueblos considerable número de volúmenes, de los que solo una pequeña parte volvió al poder de sus dueños.

Rechazada la invasión francesa, volvió á restablecerse el orden en la Casa conventual, si bien no llegó esta á recobrar todo su prístino esplendor. Mas ese mismo incompleto renacimiento fué bien pronto perturbado nuevamente por los horrores de la guerra, ahora, para mayor desgracia, civil é intestina. La situación especial de Uclés, y muy particularmente de su convento de Santiaguistas, fué causa de que frecuente y alternativamente se viese ocupado durante la contienda de los siete años, ya por los liberales, ya por los facciosos tratando unos y otros, como era

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natural, más de su fortificación y defensa que de conservar ni aun poner á salvo sus riquezas monumentales, amenguadas á la vez por la exclaustración de los conventuales santiaguistas, que en aquella misma época tuvo lugar, y que contribuyó sin duda á distraer de su sitio natural gran parte del moviliario y efectos de la Casa, y entre ellos no pocos documentos y libros.

A contar desde entonces, ya no se interrumpió ni hubo de encontrar remedio la decadencia lastimosa de la Casa de Uclés. Abandonada por sus habitadores, mal reparados sus techos y muros, en una posición topográfica y en un clima en que tan indispensables son los reparos, reducida solo á morada de algunas pocas personas encargadas del escaso culto y del no muy grande servicio de la vicaría eclesiástica, única dependencia que allí permaneció; despoblándose y arruinándose también rápidamente la mayor y mejor parte del lugar de Uclés, que había vivido á la sombra y al calor del Convento, hubo este de necesitar toda su solidez y monumental grandeza para no venir también completamente á tierra.

No hay que decir cuál sería entre tanto la suerte que archivo y biblioteca corrieron; abandonados uno y otra, rotas y maltrechas sus techumbres, puertas y estanterías, anidando libremente las garduñas y otras alimañas entre los libros y documentos, sepultados además en el salitre que en gran cantidad se desprendía de los muros; caminaban rápidamente á su completa destrucción y perdida, á la cual, por otra parte, contribuían de vez en cuando la avaricia y la rapiña, fomentadas á la sombra del abandono y falta de responsabilidad, pues durante largas temporadas no residía en el Convento ni aun el Gobernador eclesiástico, que interinamente desempeñaba las funciones de prelado en aquel territorio, destinado según un concordato, á ser cabeza de coto redondo de jurisdicción episcopal de las Órdenes.

El abandono y el desorden llegaron á tal punto, que se dió el caso de venderse públicamente en puestos de libros de Madrid, códices y volúmenes impresos, que tanto por la índole y rareza de algunos de ellos, cuanto por llevar otros la marca de su procedencia, hubo de conocerse salían de la biblioteca de Uclés. Para evitar, pues, la total desaparición de esta, dictóse por el Ministerio

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de Fomento, en 4 de Marzo de 1860 y con carácter reservado, Real orden, nombrando una comisión compuesta de cinco individuos del Cuerpo de Archiveros-bibliotecarios, bajo la dirección del que es hoy dignísimo jefe superior del mismo, y lo era ya entonces segundo de la Biblioteca Nacional, el Excmo. Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch, para que se procediese á formar inventario de los códices, libros, manuscritos y papeles históricos existentes en la Casa-convento de Santiaguistas de Uclés, con sujeción á varias reglas y prevenciones bibliográficas y administrativas, entre ellas, la de sellar todos los volúmenes, como se hizo, con una marca especial.

No corresponde al que estas líneas traza, que tuvo la honra de formar parte de aquella comisión, encarecer los rudos y penosos trabajos que llevaron á cabo, en el corto espacio de dos meses, todos sus individuos10, sin distinción de clase ni procedencia, luchando con un clima desapacible, en las peores condiciones de instalación y alojamiento, y dedicados á sus tareas durante todas las horas hábiles del día en el Archivo y la Biblioteca de la Casa-convento, sin abrigo y aun sin techo los primeros días, y teniendo que desenterrar materialmente los libros y papeles de entre el salitre é inmundicias de todo género, que llegaron á llagar profundamente las manos de todos.

Debatíase entre tanto la cuestión del ulterior destino que había de darse á los restos, aún considerables y preciosos, de la riqueza diplomática y bibliográfica de Uclés. Según parece, fué la mente del Gobierno ponerlos á buen recaudo en establecimientos de la Corte. Mas esta salvadora medida hubo de encontrar tenaz oposición en el Consejo de las Órdenes y en personas influyentes,

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que, mal aconsejadas sin duda, pero tenaces, llegaron al fin á conseguir quedase en gran parte ilusoria, puesto que se decidió la continuación de los documentos y libros en la Casa conventual.

No fué, sin embargo, del todo inútil la comisión, pues, además de las reparaciones y limpieza que con motivo de su estancia se llevaron á cabo en el archivo y biblioteca, formó catálogo de todos los libros, impresos y manuscritos, que aún restaban, y que fueron sellados, y verificó la rectificación de que para el archivo de privilegios existía, redactado por D. Juan Antonio Fernández, anotando las faltas, que por fortuna eran muchas menos que en la biblioteca; y en cuanto al Archivo de pruebas, no dejó también de ganar algo su conservación, así por haberse cubierto por entonces su techumbre, como por lo que también se proveyó á su aseo y coordinación.

Cerca de nueve años transcurrieron, al parecer sin otra novedad que la de irse cada vez degradando más la Casa convento de Uclés, no solo porque siguió abandonada su custodia y reparo, sino porque hasta desapareció la efímera existencia que la prestaba la oficina de la vicaría eclesiástica, que fué también trasladada al pueblo de Villamayor, donde reside el Gobernador eclesiástico actual. Ocurrida la revolución de Setiembre de 1868, llevóse á cabo e n principios del siguiente año la incautación por el Estado de los libros, documentos y objetos de arte pertenecientes al clero; si bien esta medida fué en Uclés, como en la mayor parte de España, meramente formal, pues consistió solamente en cerrar y sellar las puertas de los archivos y bibliotecas, que en tal situación, y salvas poquísimas excepciones, continúan aún, sin que nada se haya resuelto acerca de su ulterior destino, con notorio perjuicio, no solo de la conservación y aun de la custodia de estos tesoros literarios, sino del público en general, que de ellos se encuentra tan privado como cuando se hallaban en manos de sus antiguos y poco francos poseedores.

Gracias, por fin, á repetidas gestiones, tanto oficiales como privadas, dictóse con fecha 25 de Enero del presente año una Real orden, comunicada por el Ministerio de Fomento, y en cuya virtud se destinaron al Archivo Histórico Nacional todos los papeles

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libros y demás objetos que componían el Archivo de la Orden de Santiago de Uclés, como también los códices, manuscritos é impresos de la Biblioteca de la misma que ofreciesen mérito é importancia bibliográfica, ó carácter de especialidad; debiendo conducirse los restantes libros al Instituto de segunda enseñanza de Cuenca.

No son de este lugar los obstáculos que todavía ofreció el cumplimiento de dicha orden, y que, en gran parte, han sido vencidos, merced al celo, inteligencia y actividad del individuo del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, D. Darío Cordero, á quien se comisionó para llevarla á cabo; pues nos resta apenas el espacio necesario para reseñar, siquiera sea sumariamente, las adquisiciones que por este medio han venido á avalorar y completar las ya importantes series, de análoga índole, que el Archivo Histórico Nacional poseía. Entre ellas, merecen preferente mención 2.901 documentos y 79 libros, en papel y pergamino, restos únicos, á una tercera parte reducidos, del en otro tiempo mucho más rico Archivo de Privilegios de la Orden. Mas aun así, son estos de gran estima, ya por los diferentes, y algunos muy importantes, asuntos históricos sobre que versan, ya por el valor paleográfico y artístico de los diplomas, iluminaciones y sellos que aún se conservan.

No menor aprecio merecen 9.770 expedientes de informaciones ó pruebas de caballeros, freires y señoras de la Orden de Santiago; y si á esta cifra de los completos y en su mayor parte cerrados en cubiertas rotuladas, se agregan numerosos papeles y cuadernos sueltos, cuyo reconocimiento y clasificación ha de hacerse, no será aventurado afirmar que llegan á 10.000 los salvados del Archivo de pruebas. En unas 400 pueden calcularse, según el comisionado Sr. Cordero, las pruebas perdidas, por no restar de ellas más que fragmentos ó asquerosos detritus, producidos por la inclemencia de los elementos, á que tantos años estuvieron expuestas, no menos que por las alimañas é insectos que en ellas han morado. Por lo demás, no necesitamos encarecer la importancia histórica que asimismo atesora esta colección, en la que sin duda se encierran datos biográficos, en gran parte desconocidos, de muchos de los principales personajes que en nuestra España,

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y aun en Estados extranjeros hoy y que de ella un tiempo dependían, ilustraron Letras, Artes y Armas, desde los comienzos del siglo XVI hasta los fines del XVIII.

La notable colección de la propia índole que el Archivo Histórico Nacional poseía, se ha enriquecido también, de esta manera, con 31 códices griegos en papel, escritos, al parecer, en el siglo XIV, y que en su mayor parte llevan nota de haber sido donados á la Casa de Uclés por el arzobispo de Valencia, D. Martín de Ayala, que en ella fuera conventual. A estos hay que añadir otros 23 códices latinos, escritos casi todos en pergamino ó vitela y en letra de los siglos XIII al XVI; y por último, una colección de 22 tomos de opúsculos y papeles varios sobre diversas materias, y que datan de las XVII y XVIII centurias.

Al propio tiempo la Biblioteca del Archivo Histórico, hoy unida á la de la Escuela de Diplomática, se ha aumentado con 693 volúmenes impresos, que conforme á la autorización concedida en la Real orden de 25 de Enero, ya citada, se han escogido, entre los de la Biblioteca de Uclés, por tratar de historia civil y religiosa, nacional y extranjera; de Cronología, Arqueología, Diplomática y otras ciencias, cuya consulta es de tan precioso como útil auxilio en los trabajos de estudio, clasificación y catalogación de archivos, bibliotecas y museos.

Grandes han debido ser, como se ve por cuanto dicho llevamos, las pérdidas sufridas en todas y cada una de estas colecciones; más aún así, cabe nos felicitemos de encontrar lo que queda ya á salvo del inminente é irreparable riesgo que en Uclés corría, como lo prueban, no solo esas faltas que deploramos, sino las profundas y vergonzosas huellas que, en gran parte de los documentos, pruebas, libros y códices rescatados, han dejado la humedad y el salitre, el diente y los excrementos de las alimañas é insectos, el polvo y la inmundicia, en fin, y el abandono más absoluto en que yacieron durante casi todo lo que va del presente siglo.

Madrid, Mayo de 1872.





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