21
Citadas las tres, de forma literal la árabe de Mérida y la de Ginzo, por F. ÁLVAREZ REQUEJO, op. cit., 193 ss. (pequeña incorrección en la fuente de la emeritense: «el Sr. Arvinet» es «el Sr. Alsinet»). Los originales están en la RAH. La árabe de Mérida, que en realidad eran tres, una de las cuales tuve la satisfacción de redescubrir en perfecto estado, en la antigua colección Monsalud -hoy Municipal- de Almendralejo, será objeto de otro pequeño artículo más adelante (cf. entre tanto la op. cit. en nota 1, 111-112, lám. XVI y notas 353-354 y, sobre todo, en el catálogo citado supra, nota 3, 42 y fig. 22, con buena foto). Fechando la construcción de la Alcazaba de Mérida en el 835 d. C., siguen siendo las inscripciones árabes más antiguas de España y, a mi juicio, con ellas el gobernador de Mérida, Abd Allah ben Ta'laba, quiso imitar la inscripción romana fundacional que debía presidir la porta principalis de la vieja colonia romana y que él mismo había ordenado arrancar y traducir, según un bello y muy poco divulgado relato de al-Rasís: cf. ALICIA M.ª CANTO, «Fuentes árabes para la Mérida romana», La Islamización de la Extremadura romana (Jornadas del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, enero 1999), Cuadernos Emeritenses n.º 17 (edd. F. Valdés y A. Velázquez), Mérida, 2001, 11-86, espec. 78-83.
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En 1994, como primer resultado del reencuentro y estudio, entre 1992 y 1993, de sus voluminosos papeles inéditos, conservados en la biblioteca de la Real Academia de la Historia, tuve la satisfacción de trazar una breve semblanza personal y científica de este estudioso malagueño, de tan feliz y luego truncada trayectoria personal, que Emil Hübner un siglo después admiró como uno de los mejores de los españoles: A. M.ª CANTO Y DE GREGORIO, «Un precursor hispano del CIL en el siglo XVIII: El marqués de Valdeflores», Boletín de la Real Academia de la Historia CXCI, 1994, 499-516. Dos años después se publicó el estudio sobre él de M. ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, La Antigüedad en la Historiograf ía española del s. XVIII: El Marqués de Valdeflores (Col. Textos Mínimos n.º 33), Málaga, 1996. A fines de 2001 se ha celebrado en la Escuela Española de Arqueología de Roma el congreso Iluminismo e Ilustración. Las Antigüedades y sus protagonistas en España y en Italia en el siglo XVIII, en el que tengo entendido que P. Rodríguez Oliva participó con el tema «El Marqués de Valdeflores y la arqueología española», cuyas Actas imagino se hallarán en prensa.
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Por su carácter también precursor, en casi un siglo, con respecto al Corpus Inscriptionum Latinarum germano, por no ser muy extensa y por completar la visión «ilustrada» de la Historia Antigua en Campomanes. Cf. mi art. cit. en nota anterior, 502 con nota 9.
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Doce años más tarde, en 1790, se creó en efecto la Real Audiencia de Cáceres.
25
La queja por el destrozo que la intensividad de la ganadería llevaba ocasionando a la agricultura extremeña «estaba en el ambiente», y en el mismo sentido se pueden leer las palabras de ANTONIO PONZ, en su célebre Viage de España (vols. VII y VIII, Madrid, 1784, cf. supra), que recuerda las protestas que ya hacía en 1765 el P. Sarmiento. Campomanes -con más mérito aún, pues él mismo era Presidente de la Mesta- quiso practicar la alternativa personalmente, invirtiendo grandes sumas en el «descuaje» de las 1900 hectáreas de su «Coto» emeritense, y en su preparación para una explotación mixta de agricultura, ganado, pastos y árboles, así como en la reparación de la red hidráulica romana para el regadío y en la apertura de una innovadora fábrica de papel, ello a través de colaboradores y administradores, pues parece que él visitó la finca sólo en pocas ocasiones. Sobre estos últimos detalles se extiende, documentadamente (ya que se trata de un interesante intento de «finca modélica» al modo ilustrado), C. DE CASTRO, Campomanes. Estado y reformismo ilustrado, Madrid, 1996, passim y especialmente 402-410. Hubo al menos una visita o estancia más en el Coto de las que esta autora documenta (1778, 1780 y 1782: p. 410, su nota 42): la de enero de 1796, cuando Campomanes recibe y hospeda allí a la familia real. Aparte de ello, resulta verosímil que, más liberado a partir de 1791 de sus obligaciones públicas, pudiera pasar en él algunos de sus ocios. El «Coto Campomanes» es una espléndida finca de caza, próxima a Mérida y contigua al pantano de Proserpina, que le fue regalada en 1771 por Carlos III; ha sido preservada en la familia por también ilustrados descendientes, hoy D. Manuel Gasset Dorado.
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C. DE CASTRO, op. cit., 292-294, para su especial preocupación por la dura situación de Extremadura. Para su pensamiento político véase la ya citada recopilación editada por S. CORONAS (supra en nota 16).
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Como a todo estadista inteligente, el asunto de las vías de comunicación en España siempre le preocupó, posiblemente por el grado de conocimiento del problema que había adquirido en su cargo al frente del servicio oficial de Correos . Expresiva muestra de ello son sus interesantes obras Itinerario de las carreras de postas de dentro y fuera del reino y Noticia geográfica del Reyno de Portugal, ambas de 1761; la primera de ellas va a ser reeditada próximamente por el Ministerio de Fomento en el marco de los homenajes del bicentenario, y tiene un interés complementario para la Arqueología nacional por las antiguas rutas que constata.
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Precisamente fue nuestro añorado J. ÁLVAREZ Y SÁENZ DE BURUAGA quien, tras minuciosas investigaciones en los archivos municipales, destacó los acuerdos de los libros de Actas del municipio a los que me estoy refiriendo, en: Materiales para la Historia de Mérida (de 1637 a 1936), Mérida-Los Santos de Maimona, 1994, 180-182.
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Creo que tal visita debió de hacerla aprovechando el viaje como Presidente de la Mesta al que ya me he referido; aunque éste se dice terminado en Madrid el 4 de mayo de 1778, la fecha se referirá al informe mismo. Como la carta a Mérida indica que ha llegado felizmente a la Corte un domingo de abril del mismo año, éste sería el último anterior, y la no mención de la visita al «Coto» en la Memoria debe explicarse por ser una actividad privada en su transcurso.
30
E. RODRÍGUEZ AMAYA, «Viaje de Campomanes a Extremadura», Revista de Estudios Extremeños, septiembre-diciembre de 1948, 199 ss., donde se copia íntegro y sin comentarios. En el preámbulo cuenta el autor que «llegó a sus manos una copia [del manuscrito original] con todas las garantías de autenticidad». Pero no fue directamente del ejemplar que conserva la RAH, sino del ejemplar de la familia. Agradezco la noticia de este artículo al buen amigo y experto conocedor de la bibliografía emeritense D. Agustín Velázquez, conservador del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida. Posteriormente localicé el manuscrito de la Academia.