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Resultan erróneas algunas versiones actuales que dan a entender que el viaje anticuario subvencionado por la corona o por la Academia «duró veinte años». En realidad sólo lo fue en el trienio 1752-1755 (caída del marqués de la Ensenada), pero el resto (los cinco años primeros, de 1747 a 1752 y el periodo 1755-1765), así como la mayor parte de sus publicaciones, lo fueron a costa y por voluntad del propio Valdeflores. M. ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR (op. cit. en nota 22, 35 y nota 34) concreta que sus fondos procedieron entonces de la cesión que le hizo su padre, para ese propósito, de las rentas de sus dos señoríos. Entre 1765 y su prematura muerte, en 1772, Valdeflores fue además alternativamente procesado, desterrado, encarcelado y perdonado, pero sólo para recluírse de por vida en su Málaga natal, en un itinerario tan desgraciadamente frecuente en la historia moderna de nuestro país.
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Sobre los manuscritos y dibujos del marqués y, en general, sobre los aspectos epigráficos de su Viage, me encuentro trabajando hace un tiempo, tras presentar un plan a la RAH. En mi artículo de 1994 quise comenzar por el recuerdo mismo y la justa reivindicación de su personalidad humana y científica.
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No está en la RAH, la tomo de la transcripción de L. GIL, op. cit. en nota 5, 165-170, doc. n.º 8. No se halla en el completo índice de manuscritos y cartas de Campomanes hecho por Álvarez Requejo en 1954 (quizá por no conocer los documentos de esta parte del archivo, entonces no pública). Como entre los papeles privados del conde está también el plan complementario de Gúseme (v. infra nota 63), se puede suponer que el abandono del plan fue muy temprano. F. GASCÓ citó el proyecto y un párrafo del mismo en «Historiadores, falsarios y estudiosos de las antigüedades andaluzas», en: VV. AA., La Antigüedad como argumento. I. Historiografía de Arqueología e Historia Antigua en Andalucía (eds. J. Beltrán y F. Gascó), Sevilla, 1993, 26; ésta y la de nota 64 son las referencias modernas de él que conozco.
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Véase que éstas eran precisamente las preocupaciones de Valdeflores en el esquema de su obra, y especialmente la ordenación estricta, geográfica y temática, cf. A. M.ª CANTO, art. cit., 507. También ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, op. cit., 58 ss.
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De esta frase cabe deducir que Campomanes no piensa en la publicación del futuro corpus epigráfico para un uso más general, sino como obra auspiciada o financiada por la Academia, para el uso exclusivo de sus miembros; pero ello se comprende a la perfección en el marco de la época.
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Véase aquí una diferencia absolutamente fundamental con el proyecto de Valdeflores, quien era partidario de estudiar personalmente las inscripciones, viajando y haciéndoles autopsia y dibujo «en los pueblos y lugares en que están fijadas», sin confiar en la desigual precisión de cientos de informantes. En este sentido su posición de rigor científico se desiguala a favor de Valdeflores, pero en ello creo percibir el sentido más pragmático y realista del político nato. Hübner también recibió muchísimas de corresponsales.
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El grueso del trabajo, pues, se confía a los Correspondientes. No se prevé un medio de discriminar la autenticidad o la validez de piezas y lecturas recogidas por los «colectores» anteriores pero luego perdidas o, simplemente, que pudieran ser mera fábula por no ser de confianza la primera noticia.
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Omite citar el Ensayo sobre los alfabetos de las letras desconocidas (basado sobre todo en las leyendas monetales hispánicas) que Valdeflores acababa de publicar en Madrid en 1752 y fue más valioso que el anterior de V. J. DE LASTANOSA, de 1645 (CANTO, 503 y nota 17 y ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, op. cit., 67-68), y en sí mismo una joya bibliográfica. Se observará que las «desconocidas» no precedían a las fenicias. El citado «Sr. Pastor» es D. Miguel Pérez Pastor, Correspondiente desde 1753, autor del primer Catálogo de las medallas de la Academia (que según creo permanece inédito) y en 1763 su primer Anticuario.
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En el «Plan» de su Viage el marqués de Valdeflores, en la parte referida a inscripciones, comenzaba con «las griegas» y «las desconocidas» (scil., las hispánicas), y además por ese orden cronológico. Valdeflores no había tenido en cuenta en 1747 ni las fenicias ni las cartaginesas, de cuyas inscripciones incluso lo que tenemos ahora, dos siglos y medio y muchas excavaciones después, es cuantitativa y comparativamente casi inapreciable. Pero es natural que Campomanes, que acababa de estudiar a los cartagineses, en Cartago y en España, quisiera tenerlas presentes, por más que de este tipo apenas se encontraran.
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Puede que Campomanes no supiera que Valdeflores tenía acabado desde 1752 el manuscrito de sus Conjeturas sobre las medallas de los reyes godos y suevos de España, que no vio la luz, en Málaga y a sus expensas, hasta 1759.