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El texto español habla de «mortero» y de «majadero». El majadero es efectivamente la mano del almirez, como lo indica a las claras Sebastián de Covarrubias: «Majadero. El instrumento con que se maja. Llamamos majadero al necio por ser voto de ingenio, como lo es la mano del mortero, a que se haze alusión» (Tesoro de la lengua castellana, ed. de Martín de Riquer, Barcelona, Horta, 1943, p. 781 a). Nótese que el texto italiano emplea de la misma manera: mortaio (= mortero) y pestello (= mano del mortero).

 

12

La versión castellana del Decamerón no pudo reimprimirse pues el texto figuraba en el Índice de 1559. No obstante, Boccaccio sigue siendo el punto de referencia en cuanto se habla de novela, como lo atestigua SEBASTIÁN DE COVARRUBIAS, en 1611: «Novela, un cuento bien compuesto o patraña para entretener los oyentes, como las novelas de Bocacio» (Tesoro, p. 381 a. Entre los años 1580 y 1590, se traducen al español, después de haberlas purgado de algunas obscenidades para hacerlas aparentemente «ejemplares», tres colecciones célebres de novelas, las de Straparola, Bandello y Giraldi Cinthio). Sobre su impacto en la narrativa española, véanse: M. MENÉNDEZ PELAYO, Orígenes de la novela, III, Madrid, CSIC, 1961, pp. 34 y ss.; WALTER PABST, La novela corta en la teoría y en la creación literaria. Madrid, Gredos, 1972; J.-M. LASPERAS, La nouvelle en Espagne au Siècle d'Or, Montpellier, Publications de la Recherche de l'Université de Montpellier, 1987, etc. Recuérdese que Mateo Alemán, en su Guzmán de Alfarache, echará mano de la novela «al itálico modo».

 

13

Lo ha subrayado muy bien EUGENIO ASENSIO en su Itinerario del entremés. De Lope de Rueda a Quiñones de Benavente, Madrid, Gredos, 1971, p. 25: «Tiene el sacristán -tal vez aspirante a clérigo y con órdenes menores- un pie en la Iglesia, lo que le habilita para cabeza de turco del anticlericalismo muy vivaz en la Edad Media y soterrado en el Siglo de Oro, que perturba tantas almas católicas cuando parangonan al sacerdote ideal con el que a su lado actúa».

 

14

Véase lo que indica JAVIER HUERTA CALVO en el estudio preliminar (p. 36) a su edición del Teatro breve de los siglos XVI y XVII, Madrid, Taurus, 1985.

 

15

Tesoro, p. 437 b.

 

16

Sobre las características del chiste, véase MONIQUE JOLY, La bourle et son interprétation. Espagne, 16e-17e siècles, Lille, Atelier national de reproduction des thèses, 1982, pp. 165-171.

 

17

Véase JOAN COROMINAS, Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, 4 vols., Madrid, Gredos, 1954, artículo «chiste».

 

18

Covarrubias no registra el término en su Tesoro. Francisco del Rosal, a principios del siglo XVII, introduce el verbo amartelar y apunta: «parece de Martyrio» (cf. Diccionario etimológico, ed. de Enrique Gómez Aguado, Madrid, CSIC, 1992, p. 76). El Diccionario de Autoridades inserta amartelar: «enamorar, solicitar y acariciar a alguna persona, especialmente mujer» y amartelado: «el que quiere y ama mucho a otro» (cf. la ed. facsímil de la de 1726, 3 vols., Madrid, Gredos, 1964).

 

19

Véase lo que escribe Correas al comentar el refrán: «Al buen kallar, llaman Sancho»: «... en la lengua española, usamos mucho la figura "paronomasia", ke es semexança de un nombre a otro, porke para dar grazia kon la alusión i anbigüedad a lo ke dezimos, nos kontentamos i nos basta parezerse en algo un nombre a otro para usarle por él; i ansi dezimos: [...]"está en Peñaranda" una kosa para dezir ke está empeñada; i ke es "ladrillo" para llamar a uno ladrón...» (Vocabulario de refranes y frases proverbiales, ed. de L. Combet, Bordeaux, Institut d'Études Ibériques et Ibéro-Américaines, 1967, p. 41 b).

 

20

Tesoro, p. 946 b.

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