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31

Y hasta en esto el parecido con la picaresca es asombroso. Estebanillo González, que ha cambiado mil veces de ocupación en su ajetreada vida, afirma en un momento: «por hallarme afligido de la soledad del campo, de la frialdad del tiempo y falta de tabernas, y parecerme cargo de conciencia llevar de jornal más que valía la aceituna que cogía, pues antes servía de estorbo y embarazo a los que me ayudaban, cobré un día de fiesta lo que me debía mi amo, con lo cual me fui a la vuelta de Sevilla» (Florencio Sevilla, La novela picaresca española, p. 1075).

 

32

Véase la peregrina razón que aduce Estebanillo González para abandonar un país, por ejemplo: «enfadábame ya de oír tanto alón, alón, sin haber algunos de gallinas ni de capones» (Florencio Sevilla, op. cit., p. 1082).

 

33

Horacio Castellanos Moya, Donde no estén ustedes, Barcelona, Tusquets, 2003, p. 103. Aquí se hace igualmente imprescindible otra cita del Estebanillo González: «Pasamos de la plaza de armas a juntarnos con el ejército que traía Su Alteza Serenísima del Infante Cardenal para pasar a los Estados de Flandes; y, habiéndonos agregado a él, siguiendo la dicha derrota, ganamos algunas villas, cuyos nombres no han llegado a mi noticia, porque yo no las vi ni quise arriesgar mi salud ni poner en contingencia mi vida, pues la tenía yo tan buena, que mientras los soldados abrían trinchea abría yo las ganas de comer, y en el ínter que hacían baterías se las hacía yo a la olla, y los asaltos que ellos daban a las murallas los daba yo a los asadores. Y, después de ponerse mi amo a la inclemencia de las balas y de venir molido, me hallaba a mí muy descansado y mejor bebido, y tenía a suerte comer quizá mis desechos, y beber, sin quizá, mis sobras» (Florencio Sevilla, op. cit., p. 1087).

 

34

Michel Foucault, L'herméneutique du sujet. Cours au Collège de France, 1981-1982, Paris, Gallimard, 2001.

 

35

Rodrigo Rey Rosa, Imitación de Guatemala, p. 328.

 

36

Sloterdijk, op. cit., p. 201.

 

37

Horacio Castellanos Moya, El sueño del retorno, Barcelona, Tusquets, 2013, p. 19.

 

38

De nuevo Estebanillo: «Bebía yo tan desaforadamente de aquel licor zaragozano, que mis camaradas me habían muchas veces reñido, diciéndome que mirase que aquel vino no era francés ni italiano, sino español, puro y sin trampas» (Florencio Sevilla, op. cit., p. 1124). Erasmo explica también su propensión a adorar a las mujeres sirviéndose de una experiencia traumática de su niñez: «siempre había sacado de quicio a las mujeres que habían compartido su vida conmigo. Y entonces una imagen salió a flote en mi memoria: en los primeros años de la secundaria, en el colegio sólo para varones de los hermanos maristas donde yo estudiaba, un grupo de alumnos nos agrupábamos cada tarde en una especie de terraplén, bajo el cual pasaban los autos conducidos por jóvenes madres que llevaban o recogían a sus hijos, y desde el cual se divisaban claramente bajo el volante los muslos desnudos de aquellas conductoras que vestían minifalda, muslos cuya vista nos producía excitación, exclamaciones de regocijo e imágenes para la masturbación. Ninguna de las madres de los integrantes del grupo, claro está, pasaba bajo el terraplén desde el que husmeábamos dentro de los autos, y en el caso de que lo hubiera hecho, no habría sido objeto de nuestro interés, pues nuestras madres pertenecían a una generación mayor, ajena a la minifalda, y las que despertaban nuestra incipiente lascivia eran aquellas jóvenes que llevaban a sus niños al kínder o a la primaria» (Castellanos, El sueño del retorno, p. 176).

 

39

Ibid., p. 71.

 

40

Ibid., p. 72.