El estudio del paisaje y su incorporación en la novela histórica: «El señor de Bembibre», de Enrique Gil y Carrasco
Enrique Rubio Cremades
Universidad de Alicante
El paisaje, la naturaleza, forma parte indeleble de la obra literaria de Enrique Gil y Carrasco. En época temprana, recién llegado a Madrid -año 1836, tras frecuentar las reuniones del destartalado, sombrío y solitario café del Parnasillo, famoso por ser punto de reunión de afamados escritores-, se dará a conocer gracias a la lectura de sus versos relacionados con el paisaje y la naturaleza de su entrañable Bierzo. Transcurrido un breve lapso de tiempo, año 1837, Espronceda leerá en el Liceo madrileño su poema «Una gota de rocío», versos que verían la luz gracias a su inserción en el periódico El Español1. A raíz de la visita al Liceo de la reina María Cristina, la junta directiva seleccionó un Corpus poético de entre los poetas miembros de dicho círculo literario, figurando su poema «La niebla»2 entre otras cinco composiciones que formarían parte de un álbum poético ofrecido en homenaje a la regente. Estas muestras poéticas relacionadas con el paisaje, como expresión íntima de sus sentimientos y sensibilidad, son harto frecuentes tanto en su obra poética, como en sus escritos en prosa fuertemente imbricados con la musicalidad y armoniosa interrelación de los hechos. Estilo literario que es conocido con el calificativo de prosa poética. Sus relatos El Amanecer en San Antonio de la Florida3 y El Lago de Carucedo4 estarían, precisamente, infartados con el paisaje, con la naturaleza. El lago de Carucedo, situado entre la provincia de León y no lejos de la provincia de Orense, será el marco perfecto para el engarce de una historia de amor plena de aventuras y desventuras amorosas; un contexto geográfico que dará cobijo a la relación amorosa que finalizará de forma trágica, pues un funesto suceso en un aciago día, la naturaleza, el paisaje idílico, se convertirá en un lugar de destrucción a causa de un terremoto, pereciendo los dos amantes. Es un final trágico que nos recuerda también aquel trágico suceso que pondrá fin a la historia amorosa en Enrique y Florentina, personajes de la novela Los terremotos de Orihuela de Estanislao de Kostka y Vayo5.
En el corpus literario anterior a la publicación de El señor de Bembibre está también presente esta especial y sutil percepción de la naturaleza. Si aludíamos en estas líneas a sus composiciones poéticas y relatos breves, cabe también tener en cuenta sus escritos relacionados con las impresiones y relatos de viajes, especialmente el titulado Bosquejo de un viaje a una provincia del interior, publicado en el periódico El Sol en el año 18436. Este excelente recorrido por el Bierzo será el perfecto armazón de la historia novelada por Gil y Carrasco, de ahí que su lectura sea fundamental para engarzar los hechos narrados con el marco geográfico descrito. Este detenido recorrido por el Bierzo muestra esa perenne querencia de Gil por la naturaleza, por todo lo relativo al paisaje y su adecuación a los sentimientos del propio escritor. En ese sentido cabría citar también títulos o cabeceras de poesía cuyo contenido versa sobre la naturaleza, como su conocidísima composición «La violeta»7 o «La caída de las hojas»8. Incluso cabría citar sus artículos insertos en la colección costumbrista Los Españoles pintados por sí mismos, como «El pastor trashumante»9, «El segador»10 y «El maragato»11, pues si bien es verdad que lo esencial del análisis es el tipo, el oficio o profesión del mismo, Gil lo engarza con el origen de su nacimiento, del paisaje que le vio nacer, como si la naturaleza hubiese forjado el carácter de este tipo nacido en el Bierzo. Insisto, esta preocupación por la naturaleza no solo se percibe en su novela El señor de Bembibre, sino también en el conjunto de su obra, incluido su Diario de viaje12 o sus artículos publicados en el periódico El Laberinto en el mismo año que publicó dicha novela, año 184413.
De lo expuesto en estas líneas se comprenderá fácilmente el testimonio de Azorín sobre la obra de Gil y Carrasco. Con anterioridad a la publicación de El paisaje de España visto por los españoles, en Clásicos y Modernos, Azorín lo cita en tono elogioso; incluso, cabe señalar, que es el único novelista romántico por él estudiado y leído con admiración. Bien es verdad que a Azorín no le interesa el mundo de ficción desarrollado por Gil, ni percibe en él valores literarios que destacar. Es cierto que El señor de Bembibre, a pesar de ser la mejor novela española del Romanticismo, está inmersa en una modalidad narrativa que no supuso una auténtica innovación literaria, pero no por ello encierra en sí misma aspectos dignos de destacar, como la narración de una historia de amor infartada en un contexto histórico medieval cuya lectura transcurre paralela a la propia historia de España de la primera mitad del siglo XIX. Para Azorín, El señor de Bembibre carece de una trabazón lógica, impregnada de incongruencias, candorosa e infantil; calificativos cuyos contenidos eran, precisamente, los demandados por la sociedad de la época. Aventuras y desventuras amorosas de los protagonistas, ambientación medieval, interpretación de la historia de España como si de una aventura se tratara, personajes misteriosos y con un alto concepto del honor serían aspectos que atraían a un determinado lector que prefería, precisamente, estos relatos a los folletines o productos subliterarios a lo Eugenio Sue. Un público atraído por las novelas scottianas y en una época en que la originalidad de la novela española brillaba por su ausencia.
Visto todo desde esta perspectiva cabría matizar los prejuicios de la crítica en torno a este tipo de novelas, pero lo fundamental en estas líneas es destacar lo que realmente impresionó a Azorín: el paisaje en la literatura. En sus reflexiones, el valor de El señor de Bembibre radica en este preciso y concreto aspecto:
«Este libro forma, o debe formar, época en la evolución de nuestra literatura; en las páginas de este libro nace, por primera vez en España, el paisaje en el arte literario. ¿Lo sabía el autor? ¿Era el propósito de Enrique Gil, no el de tejer una fábula novelesca, sino el de tomar de ella motivo para ir ensartando paisajes y más paisajes de la bella tierra del Bierzo? El Señor de Bembibre no es más que una colección de paisajes. La fábula de la novela se desenvuelve en la Edad Media; pero la Naturaleza, siempre igual, casi igual siempre, con pocas variantes a lo largo de los siglos, allí está, con sus arboledas, sus umbrías y sus serenos lagos. Como en los cuadros de Velázquez, los lejos del Guadarrama y del panorama castellano son idénticos siempre a la realidad actual, estos paisajes que el poeta pone como fondos de una historia medieval retratan con exactitud los campos y las montañas invariables»14.
Azorín tras escudriñar diversos textos de la novela de Gil señala cierta semejanza y paralelismo entre los paisajes de Carlos Haes, pintor belga afincado en Madrid, pues en ambos se percibe, indudablemente, la «técnica de la época (cierta afectación, cierta manera lamida y suave, cierto gusto por la composición un poco teatral); pero hay también mucho del país, del ambiente, de la tonalidad peculiar de la tierra que se copia»
15. Cabe señalar al respecto que Gil y Carrasco no pudo tener influencias del arte pictórico de Haes, pues el pintor belga nació en el año 1829 y hasta el año 1857, fecha en la que obtuvo por oposición la plaza de profesor de paisaje en la Escuela Superior de Madrid, Haes no se dio a conocer en España16.
Las concomitancias que Azorín establece entre Gil y Haes estriban, en mi opinión, en que ambos rompen los convencionalismos de la época. Gil y Carrasco prescinde de la prosa convencional característica de la novela histórica española, carente de originalidad y nada poética, para convertirla en algo sublime, como una proyección de los sentimientos. Ruptura que, evidentemente, se da también en Haes, pues con anterioridad a sus obras la pintura española estaba plagada de convencionalismo y amaneramientos. Haes, con la práctica y con la enseñanza opuso al predominio de la fantasía, el estudio directo de la naturaleza. En los extractos de revistas y prensa que de las Exposiciones incluye M. Ossorio y Bernard en su Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX se perciben las concomitancias entre el novelista y el pintor. Sirva de botón de muestra el siguiente extracto que define la pintura, los cuadros de Haes: «Hay en ellos vida, animación, calor; sus cielos transparentes, sus aguas fielmente reproducidas del natural, sus efectos de luz tocados con habilidad, sus terrenos pastosos bien entonados [...] Copia a la naturaleza sorprendiéndola en sus más poéticos instantes [...]»
17. No sin razón, Azorín apuntaría en el enjundioso Prólogo que figura al frente de El paisaje de España visto por los españoles, en el que se analiza la naturaleza desde los orígenes mismos de la literatura, que el sentimiento amoroso por el paisaje, por la naturaleza, nace en el siglo XIX, con el Romanticismo, cuando surge el yo, el subjetivismo frente al mundo, cuando el hombre se siente dueño de sí mismo en contacto con la naturaleza. Por primera vez, como indica Azorín, el Romanticismo trae al Arte la naturaleza en sí misma, no como algo accesorio; apreciaciones que más tarde serían enriquecidas y matizadas por la crítica posterior, al afirmar que la prosa de Gil y Carrasco estaba motivada y guiada por el lirismo poético. Una prosa poética que aparecía por primera vez en la novela española y que engarzaba sutilmente la naturaleza con el sentimiento del escritor18.
Es evidente que el argumento de El señor de Bembibre no difiere en mucho del de otros relatos de la época, especialmente en lo referido a recursos o pretextos literarios y a la concentración de motivos arquetípicos de la novela histórica, desde la clara división del mundo novelesco entre personajes con un alto concepto del honor enfrentados a otros de comportamiento vil, hasta recursos propios de las novelas góticas o de terror (apariciones misteriosas, enfrentamientos cruentos, pasadizos secretos, cadáveres mutilados, muertes aparentes...). Pese a estos temas repetitivos, Gil y Carrasco ennoblece el género novela, pues sus personajes lejos de comportarse como héroes o seres superiores al resto de sus congéneres, actúan plenos de humildad, inmersos en profundos sentimientos que no difieren en nada del resto de los mortales. Esto, unido a la presencia de una naturaleza engarzada con los sentimientos de sus protagonistas, especialmente a través de la heroína de ficción, doña Beatriz, dará a la novela un sesgo especial. La melodía del idioma, la cadencia de la frase, la utilización sutil del castellano y la maestría en tejer el idioma tanto para la descripción de la naturaleza como para la exposición de los sentimientos propios del ser humano son aspectos en gran medida dignos de elogio, especialmente en una época, primera mitad del siglo XIX, en el que primaba en exceso la traducción de obras extranjeras, se erigían como grandes novelistas plagiarios carentes de ética y se adaptaban obras extranjeras a fin de sustentar el panorama literario de la época. Larra denunciará en numerosos artículos el aluvión de traducciones, la ausencia de obras originales y la inoperancia de la crítica que primaba más una mala traducción que una obra original. Desde esta perspectiva, la novela de Gil alcanza una nueva dimensión, pues supone una réplica contra esta expoliación y bandidaje literarios de su época. Sus descripciones, ambientes y paisajes (desde el despuntar un día primaveral hasta la aparición del crepúsculo de la tarde o llegada del otoño) están descritos con sutil delicadeza. Su prosa poética envuelve las riberas del Gil, las sierras de Aquiana, el lago de Carucedo, contextos geográficos que sirven de engarce tanto para la exposición de la trama argumental como para la descripción de una naturaleza sentida y en consonancia con los estados anímicos de los personajes.
En la obra de Gil y Carrasco la naturaleza es una constante, de tal suerte que sus elementos confluyen en su universo literario. Especial mención merece su relato El Lago de Carucedo, la historia de los desventurados amores de Salvador y María, que tras un cúmulo y laberíntico mundo de aventuras y desventuras se reencuentran ya en el ocaso de sus vidas, cuando ambos profesan en órdenes religiosas. En el preciso instante en que el protagonista se refiere a su amada su invariable y profundo amor, se produce un violento terremoto que acaba con la vida de los dos amantes. Los monjes, pasados los primeros instantes, contemplan un ropaje blanco y negro, como sus hábitos flotando sobre las aguas. La naturaleza, en este caso el lago de Carucedo, cobra una nueva perspectiva, pues, precisamente, sobre los hábitos de los amantes hace su aparición un cisne de blancura resplandeciente que tras alzarse del agua y posarse en la cima de las rocas, canta con dulzura y tristeza, para finalmente levantar el vuelo y perderse en las nubes.
El agua simboliza y rememora, precisamente la unión universal de virtualidad, fons et origo (fuente y origen), como en la historia de estos amantes, separados en plena juventud por un aciago acontecimiento y unidos por el destino bajo una misma tumba: el lago; es decir, la muerte y la sepultura. En este sentido la inmersión en las aguas simboliza el retorno a lo preformal, con su doble sentido de muerte y disolución, pero también de renacimiento. En El señor de Bembibre el lago de Carucedo tendrá también su espacio, tanto en la ficción como en la descripción real del mismo. Enrique Gil lo engarza con un contexto vivo, poblado, necesario y vital para quienes moran en su derredor; una naturaleza cuyos matices aparecen descritos desde la sintonía del escritor y fuertemente imbricada en los sentimientos que esa misma naturaleza le inspira. El lago cobra vida, se transforma, se enriquece con nuevas tonalidades gracias a la evolución de las estaciones del tiempo y del transcurso de las horas; un lago que cobra vida y se transforma en consonancia con los estados anímicos de los personajes. El lago será en ese sentido no solo el compañero de doña Beatriz en su desventurado peregrinaje por la vida, sino también el fiel reflejo de sus sentimientos y virtudes. En la conversación que don Álvaro mantiene con el abad de Carucedo sobre el futuro desposorio de doña Beatriz con el conde de Lemos el lago se erige como una premonición de fatal sino: «Pobre paloma sin mancilla -repuso el abad con una voz casi enternecida-, su alma es pura como el cristal del lago de Carucedo, cuando en la noche se pintan en su fondo todas las estrellas del cielo, y ese reguero de maldición acabará por enturbiar y amargar esta agua limpia y serena»
19.
La enfermedad que mina el cuerpo de doña Beatriz deja de hostigarla en determinados momentos y, al igual que la naturaleza, la mutación experimentada deja, una vez más, entrever este paralelismo entre la heroína de ficción y el paisaje:
«Poco a poco alguna mejoría en su salud y parecían disminuir su ansiedad y sus temores. El lago había recobrado la verdura de sus contornos y la serenidad de sus aguas, [...] La naturaleza entera, finalmente, se mostraba tan hermosa y galana, como si del sueño de la muerte despertase a una vida perdurable de verdor y lozanía [...]´. A la manera que el agua de los ríos se tiñe de los diversos colores del cielo, así el espectáculo del mundo exterior recibe las tintas que el alma le comunica con su alegría o dolor»20.
El lago de Carucedo aparece al final de la novela como un vivo reflejo del fatal desenlace. Su sufrimiento y dolor presagian una pronta muerte. Desde el mirador de su quinta observa el paisaje transformado y en consonancia con su estado anímico:
«Estaba muy entrada la noche, y la luna, en la mitad del cielo, parecía al mismo tiempo adormecida en el fondo del lago. Con su luz vaga y descolorida, los contornos de los montes y peñascos se aparecían extrañamente suavizados y como vestidos de un ligero vapor. No se movía ni un soplo de aire [...]»21.
El Bierzo enmarca la peripecia argumental de El señor de Bembibre. Si prescindimos de los temas o asuntos característicos de las novelas históricas ya apuntados con anterioridad, descubriremos que la reivindicación de la Orden del Temple no solo se engarza con las fuentes históricas utilizadas por Gil, sino también con la peculiar naturaleza de este contexto geográfico. La decisión de don Álvaro de convertirse en templario por despecho amoroso y pasión por doña Beatriz encuentran en el Bierzo el marco propicio para la manifestación de sus sentimientos, reflexiones y cuitas amorosas. Los itinerarios de los personajes por los afluentes del Sil -Boeza, Cabrera, Cúa, Ferreriros, Oza, Silencio, Valcarre y Valtejada- no solo enriquecen la narración con una prosa poética, sino que también actúan como resortes evocadores para expresar a través de la contemplación de las aguas los estados anímicos de los personajes, especialmente el de doña Beatriz. Una heroína de ficción que aún en los instantes de mayor desesperación por la ausencia del amado escribe versos sobre la naturaleza como mágica explosión de su tristeza y melancolía:
«La flor, del alma su fragancia pierde;por lo de ayer el corazón suspira,cae de los campos su corona verde;¡lágrimas sólo, queda a la lira!»22.
Entre las pertenencias personales de doña Beatriz, alter ego de Enrique Gil, don Álvaro encuentra sentidas manifestaciones de amor de su amada, escritos desde la pasión, desde el amor y la lejanía de su amado. Sentimientos amorosos imbricados sutil e incesantemente con la naturaleza, tal como sucede en el siguiente texto perteneciente también al final de la novela:
«Al cabo volverá, sí, volverá, no hay que dudarlo; ¿para qué se había de ataviar tan pomposamente la naturaleza con todas las galas de la primavera, sino para recibir a mi esposo? ¡Bellas son estas arboledas mecidas por el viento, bellas estas montañas vestidas de verdura, puras y olorosas sus olores silvestre, y místico y cadencioso el rumor de sus manantiales y arroyuelos, pero, al cabo, son galas del mundo, y yo tengo mi cielo dentro de mi corazón! Yo saldré a buscarle con mi laúd en la mano, con mi cabeza cubierta del rocío de la noche y como la esposa de los Cantares, preguntaré a todos los caminantes: En dónde está mi bien amado»23.
La suntuosidad del paisaje, las descripciones de los cerros y sierras son también perfecto marco para la lucha cruenta entre los rivales amorosos. En la Aquiana, sierra austera sustentada en una serie de peñas abruptas y que domina el Bierzo, morirá don Álvaro tras haber llevado una vida eremítica. La estrategia militar de los partidarios del conde de Lemos y del Temple estará en función de las peculiaridades de esta naturaleza agreste que enmarca la batalla; naturaleza que en nada se parece a anteriores novelas históricas, plagadas de convencionalismos y de ambientes difícilmente identificables con un contexto geográfico. Por el contrario, El señor de Bembibre se sumerge en su peculiar naturaleza y engarza las vivencias de sus personajes en la propia naturaleza. En esto, precisamente, radica la innovación prosística de Enrique Gil, el meritorio valor de enriquecer y transformar la prosa en una época en que se traducía o imitaba y las novelas originales brillaban por su ausencia.