221
Ob. cit., pp. 82-83.
222
Carlos Feal, «Confianza y azar en la obra de Pedro Salinas», Ínsula, 540 (diciembre 1991), p. 5.
223
José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (1914), edición de Julián Marías, Madrid, Cátedra, 1984, p. 207.
224
«¿Crees que la visión, la visión misma, la flor más esplendente del conocer hizo al ojo? No, al ojo lo hizo la vida, y el ojo hizo la visión, y luego por ministerio de la visión perfeccionó la vida al ojo... Sí, el ojo es para algo más hondo que ver, es para alegrar el alma» [EC, III, 335].
225
J. Ortega y Gasset, El Espectador III (1921), en Obras completas. Tomo II. El espectador (1916-1934), Madrid, Revista de Occidente, 1967, p. 311.
226
Escribe Ortega: «tiene, pues, el marco algo de ventana, como la ventana mucho de marco. [...] Un rincón de ciudad o paisaje, visto a través del recuadro de la ventana, parece desintegrarse de la realidad y adquirir una extraña palpitación de ideal. [...] La boca del telón es el marco de la escena [que] nos advierte que en el hinterland imaginario de la escena, abierto tras él, empieza el otro mundo, el irreal, la fantasmagoría» (ob. cit., pp. 312-313).
227
Cito siempre por la edición de Pilar Moraleda a Pedro Salinas, Teatro completo (Sevilla, Ediciones Alfar, 1992, p. 27), que, a partir de este momento, incluyo entre corchetes con la abreviatura TC y la página o páginas correspondientes. Torres Nebrera alude a esta reiteración y considera que «rara es la pieza escénica que no cuenta con un amplio ventanal en su decorado, ventanal que ejerce la función, casi siempre, de ser posible marco abierto, transparente, lumínico en cierto modo, por donde la realidad II, la que facilita el hallazgo o la confianza, se hace realidad presente» (introducción a Pedro Salinas, Teatro, Madrid, Narcea, 1979, p. 58). La lectura del ensayo de Salinas amplía el juego significativo de este motivo en su teatro, puesto que pone el énfasis en que la validez de la ventana radica en la dirección contemplativa adoptada, donde las posibilidades dependen de cuál sea nuestra actitud: o bien creer que poseemos la realidad aparente de lo representado, o bien servirnos de este marco para asomarnos al otro lado, atravesar la ventana, realizar, gracias al proceso de la representación dramática, el verdadero ejercicio contemplativo de la percepción desde las premisas unamunianas antes mencionadas que superan el planteamiento de Ortega [EC, III, 337].
228
Andrés Soria Olmedo, «Dos voces a nivel», prólogo a su edición anotada de la valiosa Correspondencia (1923-1951) entre Salinas y Jorge Guillén, Barcelona, Tusquets, 1992, pp. 24-26.
229
Carta del 4 de junio de 1949, en Correspondencia, ob. cit., p. 501.
230
Véase Francisco Ruiz Ramón, «Salinas dramaturgo: ¿compromiso o evasión?», en AA. VV., Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, Granada, Universidad de Granada, 1979, pp. 190-201.